LOS DEBATES DE LA VI DIETA RENANA Por un Renano .ARTiCULO PRIMERO [U]

LOS DEBATES SOBRE LA LIBERTAD DE PRENSA Y LA PUBLICACióN DE LOS DEBATES DE LA DIETA ras¡ [Rheinische Zeitung, núm. 125, 5 de mayo de 1842]

Para asombro de todos los alemanes que saben leer y escribir, una buena mañana de la primavera berlinesa, la Gaceta Prusiana del Estado [661 se descolgó publicando sus confesiones. Lo hizo, cierto es, empleando para ello una forma elegante, diplomática y no precisamente divertida. Parecía como si quisiera colocar delante de sus hermanos el espejo de la conciencia; aparentando hablar en tono místico de otros periódicos prusianos, hablaba en realidad del periódico prusiano por excelencia, es decir, de sí mismo.

De diversas maneras podría explicarse esto. Julio César hablaba de sí mismo en tercera persona. ¿Por qué la Gaceta Prusiana del Estado no puede hablar de terceras personas refiriéndose a sí misma? Cuando los niños hablan de sí mismos, nunca dicen "yo", sino "Jorge", etc. ¿Por qué la Gaceta Prusiana del Estado no puede emplear el "yo" para hablar de la Gaceta de Voss [671 o de la Gaceta de Spener,[681 rehuyendo el empleo de nombres sagrados?

Acababa de hacerse pública la nueva Instrucción sobre la Censura. Nuestros periódicos se creían obligados a adoptar las apariencias y los convencionalismos de la libertad. También la Gaceta Prusiana del Estado se veía obligada a salir de su marasmo y tener alguna inspiración liberal o, cuando menos, independiente.

La primera condición inexcusable de la libertad es el conocimiento de sí mismo, que, a su vez reclama de un modo imperioso, la confesión. No dudemos, pues, que ]o que la Gaceta Prusiana del Estado nos ofrece son realmente sus confesiones. Si tenemos presente que estamos ante el primer desperezo de una criatura periodística semioficial dispuesta a conocerse a sí misma, se despejarán todos ]os enigmas. Nos convenceremos de que la Gaceta Prusiana del Estado "pronuncia tranquilamente algunas palabras importantes", y solo nos quedará la duda [ 173]

, ' LOS DEBATES DE LA VI DIETA RENANA de qué es lo que más debemos admirar, si la tranquilidad de la grandeza o la grandeza de la tranquilidad. Apenas se había hecho pública la Instrucción sobre la Censura y apenas se había recobrado de este golpe la Gaceta Prusiana del Estado, cuando la oímos preguntar: "¿Para qué les ha servido a los periódicos prusianos la mayor libertad otorgada por la censura?"

Lo que evidentemente quiere decir es: ¿de qué me han servido a mí tantos y tantos años de respetar estrictamente la censura? ¿Qué he conseguido yo con someterme tan celosamente y de todos los modos posibles a la vigilancia y a la tutela? Y, sobre todo, ¿qué va a ser de mí ahora? No he aprendido a andar y, el público, ávido de diversiones, se reirá ahora del pobre tullido. Pero no os alegréis, pues lo mismo os sucederá también a vosotros, hermanos de la prensa. Lo mejor que podemos hacer es confesar al pueblo prusiano nuestras debilidades, pero manteniendo cierto tono diplomático en nuestras confesiones. No le digamos abiertamente que carecemos de todo interés. Digámosle que, si los periódicos de Prusia carecen de interés para el pueblo prusiano, el Estado prusiano carece de interés para los periódicos. La osada pregunta de la Gaceta Prusiana del Estado y su respuesta, más osada aún, no son más que el preludio de su despertar, los anuncios del texto que se dispone a leernos, envueltos todavía en los cendales del sueño. Despierta a la conciencia y proclama su espíritu. Escuchemos a este Epiménides)G 9J Sabido es que la primera manifestación teórica de la conciencia flo. ta aún entre los sentidos y el pensamiento. Es lo que hace el niño cuando empieza a dar pruebas de una actividad intelectiva teórica v libre. ¡Pongámanos a contar!, exclama la Gaceta Prusiana del EstadoJ7°l La estadística es la primera de las ciencias políticas. Si queremos conocer la cabeza de una persona, no tenemos más que contar los pelos que tiene.

Haz con otros lo que quieras que ellos hagan contigo. Y no cabe duda de que el mejor camino que la Gaceta Prusiana del Estado pue. de seguir para llegar a conocernos, sobre todo a mí, es el de la estadística. :t:sta revelará, no sólo que aparezco con tanta asiduidad como cualquier periódico francés o inglés, sino que tengo menos lectores que cualquier periódico del mundo civilizado. Si descontamos los funcionarios que se interesan por mí de bastante mala gana y los locales públicos en los que no puede faltar una publicación semioficial, ¿quién me lee? Calculemos lo que cuesto, y r~conoceréis que no es un negocio rentable esto de pronunciar tranquilamente grandes palabras. Ved, pues, cuán convincente es la estadística y cómo los números nos excusan de operaciones mentales más complicadas. ¡Contemos, pues! l:,as columnas de números instruyen al público sin afectar en lo más mínimo sus sentimientos.1 Y la Gaceta Prusiana del Estado, con sus pujos estadísticos, no s~lo emula al chino [nl y a Pitágoras,[72l el gran estadístico universal, sino que se deja influir también por el gran filósofo de la naturaleza de nuesSOBRE LA LIBERTAD DE PRENSA tro tiempo,a que se empeña en reducir a series de números las diferencias entre los animales, etéétera. Como vemos, la Gaceta Prusiana del Estado, aunque parezca mantenerse en un terreno absolutamente positivo, no deja de tener sus fundamentos filosóficos modernos. Pero la Gaceta Prusiana del Estado es omnilatcral. No se detiene en los números, en las magnitudes numéricas. Va más allá en el reconocimiento del principio cuantitativo, pues proclama también la legitimi. dad de la magnitud espacial. El espacio es lo primero cuya magnitud se impone al niño. Es la primera magnitud del mundo que el niño percibe. Por eso el niño considera como un grande hombre a todo hombre grande, y la infantil Gaceta del Estado, dejándose llevar de la misma impresión, nos dice que los libros gordos son incomparablemente mejores que los delgados y mucho más, desde luego, que las hojas sueltas, los periódicos, que sólo constan de unas cuantas páginas. Los alemanes gustan de expresarse meticulosamente. Escribid libros interminables sobre la institución del Estado, libros atiborrados de erudición que nadie lee, fuera del autor y el obligado a reseñarlos, pero no olvidéis que vuestros periódicos no son libros. Paráos a pensar en cuántos pliegos entran en una obra concienzuda de tres volúmenes. No busquéis, pues, el espíritu de nuestros días y de nuestro tiempo en los periódicos, que os sirven los cuadros estadísticos, sino buscadlo en los libros, que por su volumen son ya una garantía de su profundidad. Tened en cuenta, buenos escolares, que se trata de cuestiones "eruditas", que debéis aprender en los libros gordos y que, si os aficionáis a nuestra lectura, la de los periódicos, por nuestro agradable formato y nuestra mundana ligereza, verdaderamente amena, la base de la cultura está en los libros voluminosos.

No cabe duda de que los días en que vivimos ya no saben apreciar la grandeza que admiramos en la Edad Media. Basta fijarse en nuestros diminutos libros piadosos y en nuestros sistemas filosóficos en octavo menor y compararlos con los veinte gigantescos infolios de un Duns Escoto. No es necesario que leáis los libros, pues basta con que admiréis su tamaño impresionante para que vuestros corazones se sientan comovidos y vuestros sentidos trastornados, como a la vista de una catedral gótica. Estas obras gigantescas, que parecen brotar de l'!oJiaturaleza como árboles inmensos, nos abruman por su tamaño, y ~~1 sentimiento opresivo es ya el comienzo de la veneración. Estos libros no son poseídos, sino que le poseen a uno.l Somos para ellos como un accidente, y la Gaceta Prusían.-1 del Estaao cree, en efecto, que el pueblo no es más que un accidente de su literatura política. Así, pues, aunque la Gaceta Prusiana del Estado se exprese en un lenguaje muy moderno, no carece de sus fundamentos históricos, que la enlazan con aquellos hermosos tiempos de la Edad Media. Ahora bien, si el pensamiento teórico del niño es cuantitativo, sus juicios y su pensamiento práctico tienen, ante todo, un carácter práca Lorenz Oken. ,, ,, 1' LOS DEBATES DE LA VI DIETA RENANA tico-sensible. Los sentidos son el primer nexo que une al mno con el mundo. Los sentidos prácticos, principalmente el olfato y el paladar, son los primeros órganos con los que juzga al mundo. De ahí que la infantil Gaceta Prusiana del Estado juzgue al valor de los periódicos y su propio valor con la nariz. Así como un filósofo griego [731 reputaba que las almas mejores eran las secas, así la Gaceta del Estado considera que son "buenos" periódicos los que "huelen bien". No se cansa de elogiar el "perfume literario" de la Gaceta General de Augsburgo [74] y del Journal des Débats.[16l ¡Palabras encomiásticas, raro simplismo! ¡Oh, grande, inmenso Pompeyo!

Por último, después de habernos permitido, con esa serie de manifes. taciones sueltas y dignas de agradecimiento, lanzar profundas miradas a su estado de alma, resume la idea que tiene del Estado en una gran reflexión cuyo quid es el gran descubrimiento de que "en Prusia, la administración pública y todo el organismo del Estado se hallan divorciados del espíritu político, razón por la cual el pueblo puede sentir todavía un interés político por los periódicos". Así, pues, según el parecer de la Gaceta Prusiana del Estado, la administración pública, en Prusia, no tiene espíritu político o, dicho de otro modo, el espíritu político no tiene a la administración pública. No es muy delicado, por parte de la Gaceta del Estado, afirmar lo que el peor de los enemigos no podría decir con peores palabras, afirmar que la vida real del Estado carece de espíritu político y que el espíritu político no vive en el Estado real.

Pero no debemos perder de vista la actitud sensorial infantil de la Gaceta Prusiana del Estado. Nos dice que, tratándose de ferrocarriles, hay que pensar solamente en el hierro y los rieles, tratándose de pactos comerciales simplemente en el azúcar y el café, y cuando se trata de fábricas de curtidos solamente en los cueros. , Y es que el niño se aferra siempre a la percepción sensible, sólo ve lo que le revelan los sentidos, y para él no existen ]os invisibles hilos nerviosos que enlazan lo particular con lo general y que, en el Estado y en todo lo demás, convierten a las partes materiales en miembros animados de un todo espiritual. El niño cree que el sol gira en torno a la tierra, que lo general gira en torno a lo singular. El niño, por tanto, no cree en el espíritu, cree en 106 espíritus.

Por eso a la Gaceta Prusiana del Estado, el espíritu político se le antoja un espectro francés: y cree poder conjurarlo arrojándole a la cabeza cueros, azúcar, bayonetas y números. Pero nuestros lectores dirán, con razón, que nos proponíamos tratar de "los debates de la Dieta renana" y que, en vez de eso, se saca a escena a este "ángel inocente", a este senil niño periodístico que es la Gaceta Prusiana del Estado, repitiendo las viejas y sabias canciones~~ de cuna con las que trata de arrullar y arrulla a sus hermanos en el tranquilo sueño invernal. SOBRE LA LIBERTAD DE PRENSA Es Schiller quien lo dice: "Lo que el intelecto del inteligente no alcanza a ver lo practica en su candorosa sencillez el espíritu del niño." [76] La Gaceta Prusiana del Estado nos recuerda, "en su candorosa sencillez", que en Prusia, lo mismo que en Inglaterra, hay Dietas regionales cuyos debates tiene la prensa diaria derecho a discutir, siempre y cuando que pueda hacerlo, pues la Gaceta del Estado, haciendo un examen clásico de conciencia, entiende que lo que a los periódicos prusianos les falta no es el derecho, sino la posibilidad. Esta posibilidad se la reconocemos nosotros como un privilegio, al tomarnos, sin más explicaciones acerca de su potencia, la libertad de poner en práctica la inspiración concebida por la Gaceta Prusiana del Estado en su candorosa sencillez.

La publicación de los debates de la Dieta sólo llegará a ser una verdad si se da a estos debates el trato de "hechos públicos"; es decir, si se hace de ellos temas periodísticos. La que más cerca tenemos ahora de nosotros es la última Dieta renana.

Comenzaremos por sus "debates sobre la libertad de prensa" y diremos, primero que nada, que, si ante este problema habremos de exponer de vez en cuando nuestras propias opiniones positivas, en los artículos posteriores nos limitaremos más bien a exponer y glosar como observadores históricos la marcha de los debates.

Es la naturaleza misma de las deliberaciones la que condiciona esta diferencia en cuanto al modo de tratarlas. En efecto, en los demás debates encontramos las distintas opiniones de los miembros de la Dieta expuestas en el mismo plano. Ante el problema de la prensa, en cambio, vemos que los adversarios de la prensa libre gozan de ciertas ventajas. Aun prescindiendo de los tópicos y lugares comunes que flotan en el ambiente, percibimos en estos adversarios cierta emoción pa. tológica, ciertos prejuicios pasionales, que les llevan a adoptar una posición real, no imaginaria, ante la prensa, cuyos defensores en esta sesión de la Dieta no mantienen, en su conjunto, un contctcto real con su defendido. Ellos no han experimentado nunca la libertad de prensa como una necesidad. Es para ellos una necesidad de la cabeza, de la que no participa el corazón. Una especie de planta "exótica" que solo les atrae como "amateurs". De ahí que a las "buenas" razones de los adversarios se opongan casi siempre vagos razonamientos genera. les, y es bien sabido que la simpleza más limitada se considera importante, con tal de que no se le niegue la existencia. Coethe dice en algún lugar [77l que el pintor sólo traza cuadros logrados de la belleza cuyo tipo ha llegado a amar, por lo menos, en un individuo viviente. También la libertad de prensa es una belleza -aunque no precisamente femenina- que es necesario haber amado para poder defenderla. Lo que uno verdaderamente ama es aquello cuya existencia se reputa necesaria, como algo sin lo cual siente uno su propia ' ,.

,1 / LOS DEBATES DE LA Vl DIETA RENANA existencia frustrada, insatisfecha, incompleta. Pero los defensores de la libertad de prensa a que nos referimos no parecen sentirse incompletos sin esta libertad.

[Rheinische Zeitung, núm. 128, 8 de mayo de 1842]

La oposición liberal nos muestra el punto culminante de una asamblea política, como la oposición, en general, es el punto culminante de una sociedad. Una época en la que es un atrevimiento filosófico dudar de Jos espectros y una paradoja rebelarse contra los procesos de brujería, <esa época, es la época legítima de los espectros y los procesos de brujas. Un país que, como la antigua Atenas, trata a los aduladores, a los pa- ~ásitos, cortesanos y serviles como gentes que viven al margen de la razón popular, como a bufones del pueblo, es el país de la independencia de la persona. Un pueblo que, como los pueblos de los mejores tiempos, reivindicando el derecho de pensar y expresar la verdad, que afirma los derechos del bufón cortesano, sólo puede ser un pueblo independiente y con criterio propio. Una asamblea por estamentos en la que la oposición asegura que la libre voluntad es parte inseparable de la esencia del hombre no es, por lo menos, la asamblea por estamentos de la libre voluntad. La excepción no hace más que confirmar la regla. La oposición liberal nos muestra qué es la posición liberal y en qué medida la libertad se ha hecho hombre.

Por eso, cuando observamos que los defensores de la libertad de prensa en esta asamblea por estamentos no se hallan, ni mucho menos, a la altura del tema, esta afirmación puede aplicarse todavía con mayor razón a la Dieta en su conjunto.

Y, sin embargo, abordamos en este punto nuestra exposición sobre los debates de la Dieta, no sólo por el interés que sentimos hacia la libertad de prensa, sino también por un interés general hacia la Dieta misma. En efecto, en ninguna otra materia se manifiesta con mayor claridad y de un modo más resuelto y acusado el espíritu estamental específico que en los debates sobre la prensa. Y esto se refiere, preferentemente, a la oposición contra la libertad de prensa, pues és en la oposición contra una libertad de carácter general donde el espíritu de una esfera determinada, el interés individual de un estamento particular, la natural unilateralidad del carácter se revela siempre del modo más rudo y despiadado, enseñando los dientes, por así decirlo, Estos debates despliegan ante nosotros una polémica del estamento de los príncipes contra la prensa libre, que se turna con la polémica en con:tra de ella del estamento de la nobleza y del de las ciudades, de tal modo que el que aquí polemiza no es el individuo, sino el estamento. Por eso ningún otro espejo reflejaría más fielmente que estos debates sobre la prensa el carácter interior de la Dieta. • Comenzaremos por los opositores contra lt1 prensa libre y, como es de justicia, por un orador del estamento de los príncipes. \ L~ ....

, ..--....._..-....-lllllliililiiiilililll-71111? ___ ... ·-.. SOBRE LA LIBERTAD DE PRENSA No entraremos en el contenido de la primera parte de su discurso, la que gira en torno a la tesis de "que tanto la libertad de la prensa como la censura constituyen un mal, etc.", porque este tema aparece tratado más a fondo por otro orador; no podemos pasar por alto, sin embargo, la argumentación propia de éste.

Dice que "la censura constituye un mal menor que los desafueros de la prensa". Y que "esta convicción ha ido afianzándose cada vez más en nuestra Alemania" (en realidad, no sabemos a qué parte de Alema. nía se refiere), "lo que ha hecho que se hayan promulgado acerca de ello leyes de carácter federal, emitidas también o hechas suyas por Prusia". [781 La Dieta trata del problema de liberar a la prensa de sus trabas. Es. tas mismas trabas, exclama el orador, las cadenas que pesan sobre la prensa, demuestran que ésta no se halla destinada a ser libre. Su existencia encadenada acredita su esencia. Las leyes contra la libertad de prensa refutan esta libertad.

Es este un argumento diplomático en contra de toda reforma, que mantiene del modo más resuelto la teoría clásica de cierto partido.l79l Toda traba puesta a la libertad constituye una prueba efectiva e irrecusable de que los titula~es del poder tuvieron un día la convicción de que era necesario poner coto a la libertad, y esta convicción debe ser luego de norma reguladora para las convicciones posteriores. Al ordenar un día que la tierra no se moviera alrededor del sol, había quedado refutado Galileo. En nuestra Alemania se había formado un día, legalmente, la conviCción de que el Imperio debía dividirse entre los príncipes, de que la servidumbre corporal era una condición propia de ciertos cuerpos hu. manos, de que el mejor medio para descubrir la verdad era recurrir a ciertas operaciones quirúrgicas, queremos decir a los tormentos, y de que las hogueras podían demostrar a los herejes las llamas del infierno por medio de las llamas temporales.

¿Acaso la servidumbre corporal proclamada por las leyes no era una prueba efectiva contra la chifladura racional de quienes pretendían que el cuerpo humano no debía ser objeto de tratos y de ventas? ¿Y los tormentos naturales no constituyen una refutación de la vacua teoría de que la verdad no se extrae a fuerza de sangrías, de que no basta con colocar la espalda del torturado sobre el potro del tormento, para arrancarle la verdad y de que los desmayos del reo a quien se descoyunta el cuerpo no equivalen a confesiones? Es asi, a juicio del oradm, cómo el hecho de la censura refuta la li. bertad de prensa, lo que constituye su verdad real y efectiva, una verdad tan palmaria, que la tipografía puede medir su magnitud, ya que la tal verdad deja de ser real y efectiva al llegar a ciertos postes fronterizos. "Ni en la palabra hablada ni en la escrita" -sigue diciendo el orador-, "ni en nuestra provincia del Rin ni en toda Alemania, vemos que se encadene el vercladero y noble desarrollo espiritual del hombre." SOBRE LA LIBERTAD DE PRENSA La crítica alcanzaría en Alemania su punto más alto si fuera capaz de demostrar que aquellos tiempos no existieron. El único terreno literario en que por aquellos años seguía palpitando el espíritu vivo, la filosofía, dejó de hablar en alemán porque el alemán había dejado de ser el lenguaje del pensamiento. El espíritu se expresaba en palabras veladas y misteriosas, porque las palabras comprensibles ya no podían ser comprendidas.

Y, por lo que se refiere a la literatura en la región del Rin -tema que creemos toca de cerca a una Dieta renana-, podrían recorrerse con la linterna de Diógenes los cinco distritos que la forman sin encontrar en parte alguna "al hombre". Para nosotros, esto no debe imputarse a la culpa de la provincia renana, sino que es más bien una prueba de su sentido político práctico. La provincia del Rin puede crear una prensa libre, pero carece de sagacidad y de ilusiones para crear una prensa sin libertad. El periodo literario que acaba de transcurrir y que podemos llamar el "periodo literario de la censura estricta" constituye, por tanto, la prueba evidente, la prueba histórica de que la censura ha encaminado el desarrollo del espíritu alemán por derroteros malsanos e irresponsables, que no hacen de ella, ni mucho menos, como sostenía el orador al que nos referimos, el magíster bonarum artium,d ¿O acaso debemos entender que es una "prensa noble y verdadera" la que sabe llevar sus cadenas con decoro?

Y si el orador "se permite citar el proverbio del dedo meñique y la mano entera", nosotros nos tomaremos, a nuestra vez, la libertad de preguntar si lo que mejor cuadra a la dignidad de un gobierno no es ofrecer al espíritu de su pueblo, no ya una mano entera, sino ambas manos a la vez.

Nuestro orador, como vemos, da de lado de un modo muy fino, con habilidad diplomática, pero c;lisplicentemente, al problema de las relaciones entre la censura y el desarrollo espiritual de un pueblo. Para presentar con gran energía el lado negativo del estamento por él representado en sus ataques contra las manifestaciones hístóricas de la libertad de prensa. Por lo que se refiere a la existencia de la libertad de prensa en otros pueblos, nos dice que "Inglaterra no puede servir de pauta, porque en este país han ido formándose .a lo largo de los siglos, por la vía histórica, condiciones que ningún otro pals podla llegar a alcanzar mediante la aplicación de teorías, sino que tenían su fundamento en la situación peculiar de Inglterra." "En Holanda, la libertad de prensa no ha podido salvar al país de una aplastante deuda nacional, que ha. contribuido en buena parte a provocar una revolución, a consecuencia de la cual se ha desprendido de él la mitad de su territorio." Pasamos por alto, aquí, a Francia, para referirnos a ella más adelante. d Maestro de las bellas artes.

f f / / , i LOS DEBATES DE LA VI DIETA RENANA "Y, por último, en Suiza ¿encontramos acaso un Eldorado cuya bendición pueda atribuirse a la libertad de prensa? ¿No produce acaso asco el ver aquellas toscas y mezquinas querellas de partidos que se debaten en los periódicos y en las que, en nombre de los partidos, con un sentimiento muy certero de su baja dignidad humana, se divide a los hombres, con arreglo a las partes del cuerpo de los animales, en hombres de cuernos y hombres de pezuñas, atrayendo sobre sí el desprecio de todos sus vecinos, con sus torpes discursos injuriosos?" Así, pues, la prensa inglesa no habla en favor de la libertad de prensa porque ésta descansa allí sobre bases históricas. La prensa inglesa sólo tiene un mérito, porque es un hecho histórico, no como prensa en general, pues para ello habría tenido que crearse sin un fundamento histórico. Es la historia la que tiene aquí el mérito, no la prensa. ¡Como si la prensa no formase también parte de la historia, como si la prensa inglesa no hubiese hecho frente a Enrique VIII, a María la Católica, a Isabel y Jacobo, librando no pocas veces feroces luchas para conquistar todos y cada uno de los fundamentos históricos sobre los que hoy descansa el pueblo inglés! ¿Y acaso no habla, por el contrario, en pro de la libertad de prensa el hecho de que la prensa inglesa, rompiendo todas las cadenas, actuara destructoramente sobre los fundamentos históricos? Pero el orador no es consecuente.

La prensa inglesa -se nos dice- no prueba nada en pro de la prensa en general, porque es inglesa. En cambio, la prensa holandesa habla en contra de la prensa en general, a: pesar de ser holandesa. En un caso, se atribuyen todos los méritos de la prensa a los fundamentos históricos; en el otro se imputan a la prensa todos los defectos de los fundamentos históricos. En un caso, se quiere que la prensa no participe para nada en el progreso de la historia; en el otro, que la historia no participe en los defectos de la prensa. No; Jo mismo en Holanda y en Suiza que en Inglaterra, la prensa se halla estrechamente entrelazada con la historia y la situación peculiar del país. ¿Debe la prensa reflejar, destruir o desarrolar los fundamentos históricos? El orador le echa en cara cada una de estas tres cosas. Censura a la prensa holandesa, por ser histórica. Nos dice que habría debido impedir la historia, salvaguardar a Holanda de su aplastante deuda nacional. Es pedir algo que va totalmente en contra de la historia. La prensa holandesa no pudo impedir que surgiese la época de Luis XIV; la prensa holandesa no pudo evitar que la marina inglesa, bajo Cromwell, pasara a ocupar el primer puesto en Europa; no pudo embrujar a los océanos para salvar a Holanda del penoso papel de verse convertida en escenario de guerras de las potencias continentales; ni pudo tampoco, como no lo pudieron todos los censores de Alemania, anular los decretos del poder de Napoleón. Pero, ¿acaso la prensa libre ha elevado nunca ni en parte alguna a la deuda nacional? Cuando toda Francia, bajo el Regente Orleáns, se 'ejó arrastrar por la locura financiera de Law, ¿quién se enfrent6 a la demencia de las especulaciones monetarias desatadas sino algunos satíricos SOBRE LA LIBERTAD DE PRENSA que, en vez de acumular billetes de banco en premio a ello, acumularon billetes policiacos, para ser encerrados en la Bastilla? La exigencia de que la prensa salvaguarde al país de la deuda nacional -que, por lo demás, podría ampliarse diciendo que debe encargarse también de pagar las deudas de cada individuo--, recuerda a aquel literato que acusaba a su médico porque se limitaba a curarle las enfermedades del cuerpo, sin cuidarse de extirpar también las erratas y los lapsus de sus escritos. La libertad de prensa, como el médico, no puede prometer la perfección a un hombre o a un pueblo. Resulta muy trivial eso de burlarse de lo bueno diciendo que es algo limitado y específico y no todo lo bueno en general, que es esto algo bueno y no lo otro. Si la libertad de prensa lo fuese todo, en bloque, haría innecesarias las demás funciones de un pueblo y saldría sobrando el pueblo mismo. El orador achaca a la prensa holandesa la revolución belga. Nadie que tenga un poco de cultura histórica negará que la separación de Bélgica y Holanda fue un hecho incomparablemente más histórico que su unión. La prensa de Holanda, se nos dice, fue la causante de la revolución belga. Pero, ¿qué prensa? ¿La reformadora, o la reaccionaria? Pregunta que podríamos también formular con respecto a Francia, y si el orador censura, digamos, a la prensa belga clerical, que era al mismo tiempo democrática, debe censurar igualmente a la prensa clerical de Francia, que era al mismo tiempo absolutista. Ambas contribuyeron al derrocamiento de sus gobiernos. En Francia no fue la libertad de prensa, sino la censura, la que revolucionó al país.

Pero, aun prescindiendo de esto, la revolución belga se rrutnífestó primeramente como una revolución espiritual, como la revolución de la prensa. Y no tiene tampoco ningún sentido afirmar que fue la prensa la que hizo la revolución belga. ¿Es esto censurable? ¿Acaso la revolución tiene que empezar manifestándose de un modo material? ¿Golpeando en vez de hablar? El gobierno puede materializar una revolución espiritual; pero una revolución material tiene el gobierno que empezar por espiritualizada.

La revolución belga es un producto del espíritu belga. Por tanto, también la prensa, que es el modo más libre en que hoy se manifiesta el espíritu, tiene su parte en la revolución belga. La prensa belga no sería la prensa belga si se mantuviese alejada de la revolución de su país, pero ésta tampoco sería una revolución belga si no hubiese sido al mismo tiempo la revolución de la prensa. La revolución de un pueblo es total; es decir, cada esfera se revoluciona a su modo, ¿por qué no también la prensa en cuanto prensa?

Por tanto, al censurar a la prensa belga, el orador no censura a la prensa: censura a Bélgica. Y es aquí donde encontramos el verdadero juicio de su concepción histórica sobre la libertad de prensa. El carácter popular de la prensa libre -y es sabido que ni siquiera el artista puede pintar grandes cuadros históricos a la acuarela-, la indivir 1 LOS DEBATES DE LA VI DIETA RENANA dualidad histórica de la prensa libre, lo que hace de ella la verdadera prensa del espíritu peculiar de su pueblo, es algo que repugna al orador del estamento de los príncipes, quien exige más bien a las pren- -~as de las diferentes naciones que sean las prensas que él concibe, prensas de la haute volée,e que, en vez de girar en torno a los cuerpos espirituales del mundo, a las naciones, giren en torno a los individuos aislados. Esta exigencia se manifiesta de un modo desembozado en los juicios que emite el orador acerca de la prensa suiza. Pero, antes, una pregunta. ¿Por qué el orador no recuerda que la prensa suiza se enfrentó al Siglo de las Luces, de Voltaire, en la persona de Albrecht van Haller? ¿Por qué no dice que, si Suiza no es precisamente un Eldorado, ha dado al mundo el profeta del futuro Eldorado de los príncipes, a ese señor van Haller que, en su Restauración de las ciencúts del Estado, ha sentado los fundamentos para la prensa "noble y verdadera", para el Semanario Político de Berlín? [811 Por sus frutos los conoceréis. ¿Y qué otra tierra del mundo habría podido ofrecer a Suiza un fruto como este, de una legitimidad tan pletórica de jugo? El orador echa en cara a la prensa suiza el que dé a los partidos "nom. bres animales", hablando de los "hombres de cuernos" y de los "hombres de pezuñas''; les reprocha, en una palabra, que hablen en suizo y hablen a suizos, es decir, a gentes acostumbradas a vivir en patriarcal armonía con los bueyes y las vacas. La prensa de este país es la prensa de Suiza. Es todo lo que hay que decir. Pero, al mismo tiempo, la prensa libre, como demuestra precisamente la prensa suiza, abre los horizontes del país por encima de los particularismos locales. Y, hablando de los nombres animales de los partidos, diremos que la misma religión emplea los elementos animales como símbolo de lo espiritual. Probablemente nuestro orador reproche también a la prensa india el que, llevada de su fervor religioso, nos hable solemnemente de Sabala, la vaca sagrada, y del mono Hanuman. Puede reprochar a la prensa india la religión hindú, como acusa a la prensa suiza del ca. rácter suizo; pero hay una prensa que no creemos que pretenda sorne. ter a la censura; nos referimos a la prensa sagrada, a la Biblia. ¿Acaso ésta no divide a toda la humanidad en los dos grandes partidos de los chivos expiatorios y las ovejas? ¿Y no es el propio Dios quien habla de sus relaciones con las casas de Judea e Israel diciendo: "para la casa de Judea soy una polilla y para la casa de Israel una larva de gusano"? Y, algo que está más cercano a nosotros, los occidentales, ¿no hay una literatura principesca que convierte toda la antropología en zo. ología, la literatura heráldica? En ella nos encontramos con cosas todavía más curiosa que los cuernos y las pezuñas. ¿Qué es, pues, lo que el orador le echa en cara a la libertad, de prensa? Sencillamente, el que los defectos de un pueblo son también los defectos de su prensa, el que ésta es la voz clara, la forma manifiesta bajo la que se presenta el espíritu histórico de un pueblo. ¿Ha d~ostrado, acaso, que el espíritu del pueblo alemán se halle exento de este e De alto copete.

SOBRE LA LIBERTAD DE PRENSA gran privilegio de la naturaleza? Lo que ha demostrado es que todo pueblo manifiesta su espíritu en su prensa. ¿O acaso el espíritu de los alemanes, formado filosóficamente, no comparte esa cualidad que, según nos asegura el orador, encontramos entre los suizos, tan apegados a lo animal?

Por último, ¿no cree el orador que los defectos nacionales de la pren. sa libre son también los defectos nacionales de los censores? ¿Están los censores exentos de la totalidad histórica, viven al margen del espíritu de su tiempo? Desgraciadamente, puede ocurrir que así sea, pero ¿qué hombre de espíritu sano no se inclinará más bien a ver en la prensa los pecados de la nación y de la época, en vez de disculpar en la censura los pecados contra la época y contra la nación? Decíamos al principio que en las voces de los distintos oradores polemizaba contra la libertad de prensa el estamento especial por el que hablaban. El orador del estamento de los príncipes alegaba, ante todo, razones diplomáticas. Demostraba el desafuero de la libertad de prensa partiendo de las convicciones de los príncipes, las_~uales se manifiestan bastante claramente en las leyes sobre la censura. _Qpinaba que el noble y verdadero desarrollo del espíritu alemán era obra de las trabas puestas desde arriba. Para acabar polemizando contra los pueblos y, con noble repugnancia, rechazaba la libertad de prensa como el lenguaje del~ pueblo, un lenguaje indelicado, indiscreto y dirigido al pueblo mismo. [Rheinische Zeitung, núm. 130, 10 de mayo de 1842]

El orador del estamento de los caballeros, al que ahora pasamos, no polemiza contra los pueblos, sino contra los hombres. En la libertad de prensa ataca a la libertad humana, en la ley de prensa ataca a la ley. Antes de entrar en el verdadero problema sobre la libertaq de prensa, plantea el que versa sobre la publicación íntegra y diaria de los debates de la Dieta. Sigámosle paso a paso: ''Dése satisfacción a la primera de las propuestas: la de dar publicidad a nuestros debates." "Está en manos de la Dieta el hacer un uso prudente de la autorización conferida."

Aquí está precisamente el punctum quaestionis.t La provincia entiende que la Dieta sólo estará en sus manos cuando la publicación de los debates no q_uede ya al libre arbitrio de la segunda, sino que constituya un deber legal.' La nueva concesión tendría que ser interpretada como un nuevo paso· atrás si la publicación de los debates se dejara al libre arbitrio de las Dietas. Los privilegios de las Dietas no constituyen derechos de la provincia. Lejos de ello, éstos terminan precisamente allí donde se convierten en t El meollo del problema.

1 ~ / / ,1 / ' tR LOS DEBATES DE LA VI DIETA RENANA privilegios de aquéllas. Los estamentos de la Edad Media, en efecto, absorbían como propios todos los derechos del país y los volvían como privilegios en contra de éste.

Los ciudadanos del Estado no quieren saber nada del derecho como privilegio. ¿Acaso puede considerar como un derecho el que nuevos privilegiados vengan a unirse a los ya existentes? Así interpretados, los derechos de la Dieta dejarían de ser derechos de la provincia para convertirse en derechos contra ella y la Dieta misma sería el mayor de los desafueros contra la provincia, rodeado del nimbo místico de ser su mayor derecho.

Sigamos leyendo el texto de su discurso y nos daremos cuenta de cómo el orador del estamento de los caballeros se deja llevar de esta concepción medieval de la Dieta, de cómo defiende sin reservas el privilegio de la Dieta contra el derecho del país. "Solamente por una convicción interior, pero no por influencias externas sería posible extender esta autorización" (la de publicar los debates de las Dietas). ¡Peregrina manera de expresarse! La influencia de la provincia sobre su Dieta es considerada como un factor externo, al que se enfrenta como delicado impulso interior la convicción de la propia Dieta, como si la sensibilidad altamente irritable de ésta gritara a la provincia: "Noli me tangere!" g Y esta frase elegíaca que nos habla de la "convicción interna" frente al viento huracanado, rudo, externo e intolerable, de hl "convicción pública" resulta tanto más extraño cuanto que se trata precisamente de que se manifieste exteriormente la convicción interior de las Dietas. Claro que también aquí se manifiesta la inconsecuencia. Allí donde el orador le parece más apropiado, en las controversias eclesiásticas, apela a la provincia. "Nosotros", prosigue el orador, "recurriremos a ella" (a la publicación de los debates) "allí donde lo consideremos oporbmo y la restringiremos cuando nos parezca que no tiene objeto o la reputemos perjudicial." En una palabra, haremos lo que nos venga en gana. Sic volo, sic iubeo, stat pro ratione voluntas.h Es en todo y por todo el lenguaje del dominador, que, ciertamente, en boca de un representante estamental moderno, no deja de tener cierto regusto agrio. ¿Ese "nosotros" de que ahí se habla quiénes son? Son, naturalmente, las Dietas. La publicación de los debates se hace para la provincia, y no para la Dieta, pero el orador entiende otra cosa. También la publicación de los debates es, según él un privilegio de la Dieta, a quien se concede el derecho de hacer resonar su sabiduría con el eco coral de las prensas, cuando así lo estime conveniente.

El orador conoce solamente la provincia de las Dietas, pero no las Dietas de la provincia. Las Díetas tienen una provincia a la q~ se g ¡No me toqueisl h Así Jo quiero y así lo ordeno, pues la voluntad es la razón. SOBRE LA LIBERTAD DE PRENSA extienden los privilegios de sus actos, pero la provincia no tiene Dietas a través de las cuales actúa. Es cierto que la provincia tiene el derecho de crearse, en ciertas condiciones prescritas, estos dioses, pero, una vez que los ha creado, debe olvidar como el adorador de los fetiches, que se trata de dioses salidos de sus manos. Así planteado el asunto, no es posible comprender, entre otras cosas, por qué una monarquía sin Dieta no tiene más valor que una monarquía con Dieta, pues si la Dieta no es la representación de la voluntad provincial confiaremos más en la inteligencia pública del gobierno que en la inteligencia privada que brota del suelo.

Nos encontramos aquí con el curioso espectáculo, basado tal vez en la esencia misma de la Dietas, de que las provincias, en vez de luchar por medio de quienes las representan, tengan que luchar en contra de ellos. Según el orador, la Dieta no considera los derechos generales de la provincia como sus únicos privilegios, ya que, en este caso, la publicación diaria e íntegra de los debates de la Dieta representaría un nuevo derecho conferido a ésta, por ser un derecho del país, sino que, por el contrario, el país debe considerar como sus únicos derechos los privilegios de las Dietas. En ese caso, ¿por qué no también los privilegios de cualquier grupo de funcionarios, de la nobleza o de los sacerdotes? Más aún, nuestro orador sostiene sin el menor recato que los pri. vilegios de las Dietas se reducen a medida que aumentan los derechos de la provincia.

"Así como a él le parece que aquí, en la asamblea, debe reinar la libertad de discusión sin que nadie tenga que sopesar cuidadosamente sus palabras, no menos necesario le parece, precisamente para conservar esta libertad de palabra y esta despreocupación por lo que se dice, que nuestras palabras no tengan por qué ser juzgadas enseguida por aquellos a quienes van destinadas." Precisamente -tal es la conclusión a que llega el orador- por ser deseable la libertad de discusión en el seno de nuestra asamblea -¡y qué libertades no lo serían, entre nosotros!- no lo es, en cambio, la libertad de discusión en la provincia. Por ser deseable que nosotros podamos expresarnos sin empacho, lo es todavía más mantener a la provincia prisionera del secreto. Nuestras palabras no van destinadas a la provincia.

Hay que reconocer el tacto con que el orador ha sabido darse cuenta de que la Dieta, mediante la publicación íntegra de sus debates, convierte lo que era un privilegio suyo en un derecho de la provincia, de que, con ello, la Dieta pasa a ser directamente objeto de la opinión pública, tiene que decidirse a comparecer ante e1la y de que, colocada a la luz de la conciencia general, tiene que renunciar a su ser propio ~ · particular en gracia a e Ha.

Ahora bien, si el orador representante de los caballeros, presenta como derechos generales los que son privilegios personales y libertades indil"iduales enfrentados al pueblo y al gobierno, defendiendo con ello, indiscutiblemente, el espíritu exclusivo de su estamento, hay que decir 1 j / ' / LOS DEBATES DE LA VI DIETA RENANA que interpreta de la manera más torcida el espiritu de la provincia, al convertir asimismo los derechos generales de ésta en apetencias personales. Es ello lo que lleva al orador a atribuir a la provincia una curiosidad personal y caprichosa por conocer nuestras palabras (es decir, las palabras pronunciadas por las personalidades reunidas en la Dieta). Le aseguramos que la provincia no tiene la menor curiosidad en conocer "las palabras" de las Dietas como personajes individuales, que son Ias que con razón podemos llamar "sus palabras". Lo que la provin~ia exige es que las palabras de las Dietas se convierten en la voz públicamente perceptible del país.

De lo que se trata es de saber si la provincia ha de tener o no conciencia de quienes la representan. ¿Deberá añadirse al misterio del gobierno el nuevo misterio de la representación? También en el gobierno está representado el pueblo. La nueva representación del pueblo por los estamentos carecería, pues, de sentido si ésta no implicara precisamente el carácter específico de que la Dieta no actúa por la provincia, sino de que es ésta la que actúa en ella; de que no está representada por ella, sino de que la provincia se representa a sí misma. Una representación sustraída a la conciencia del comitente no es tal representación. Aquello que no sé me tiene sin cuidado. Sería la más absurda de las contradicciones el que la función del Estado, que constituye preferentemente la propia actividad de cada una de las provincias, se sustrajera incluso a su cooperación formal, a su conocimiento, la absurda contradicción de que mi propia actividad, sustraída a mi conciencia, sea la obra de otro.

Una publicación de los debates de las Dietas entregada al libre arbitrio de éstas es peor aún que la no publicidad, ya que si la Dieta me dice, no lo que es, sino lo que a mis ojos quiere parecer, lo tomaré como aquello por lo que quiere hacerse pasar, como una mera apariencia, y es malo que la apariencia asuma existencia legal. ¿Tiene, incluso, derecho a llamar íntegra y pública a la publicación diaria e íntegra mediante la imprenta? ¿Acaso es extractar suplantar las palabras por la letra escrita, las personas por los esquemas, los actos sobre e1 papel? ¿O la publicidad consiste solamente en que sea referida al público la realidad, en vez de referirle al público real, es decir, no al público lector imaginario, sino el público presente y vivo? Nada más contradictorio que el que la acción pública más alta se mantenga en secreto para la provincia, el que las puertas de los tribunales estén abiertas para los procesos privados de la provincia, mientras ésta tiene que quedarse a la puerta cuando se trata de su propio proceso. De ahí que la publicación íntegra de los debates de las Dietas, entendida en su verdadero y consecuente sentido, no pueda ser otra cosa que la plena publicidad de la Dieta misma.

Pero nuestro orador, por el contrario, insiste en considerar a la Dieta .como una especie de casino de pueblo.

• "Una larga experiencia sirve de base para la mayoría de nosotros al razonaSOBRE LA LIBERTAD DE PRENSA ble acuerdo personal en que coincidimos, a pesar de las más diversas divergencias acerca de las cosas, relación que heredan de nosotros quienes más tarde se suman."

"Esto hace que estemos en mejores condiciones para apreciar el valor de nuestras palabras, y esto ocurre tanto más espontáneamente cuanto menos expuestos nos hallamos a las influencias externas, lo que sólo sería beneficioso si se nos ofreciera como un consejo bien intencionado, pero no bajo la forma de un ¡uicio reprobatorio, de un elogio o una censura, con los que la opinión pública trata de influir sobre nuestra personalidad." El señor orador habla con el alma en la mano.

Estamos tan familiarizados entre nosotros, hablamos tan sin empacho, nos atrevemos a sopesar tan fielmente el valor de nuestras respectivas palabras, que no vamos a permitir que nuestra posición tan cómoda, tas distinguida, tan patriarcal se vea alterada por el juicio de la provincia, Ja cual seguramente artibuiría menos valor a nuestras palabras. La cosa no puede ser más razonable. La Dieta no soporta la luz del día. Se siente mucho más a gusto en la sombra de la vida privada. Si toda la provincia tiene la confianza suficiente para depositar su confianza en una serie de individuos, está bien que éstos se dignen aceptarlo, pero resultaría realmente exagerado exigir que correspondieran en el mismo terreno y se prestaran a encomendarse confiadamente ellos mis. mos, sus actos y sus personalidades al juicio de la provincia, que empieza dándoles pruebas de ello. En todo, caso, es más importante el que la personalidad de la Dieta no se vea puesta en peligro por la provincia que el que el interés de la provincia corra el riesgo de verse perjudicado por la personalidad de la Dieta.

Queremos ser equitativos y, además, respetuosos. Nosotros, que somos una especie de gobierno, aunque no permitimos que se nos juzgue reprobatoriamente, que se nos haga objeto de elogios o censuras, ni consentimos que la opinión pública influya para nada en nuestra persona sacrosanta, aceptamos los consejos bien intencionados, no en el sentido abstracto de que sean buenas sus intenciones hacia el país, sino en la acepción más cabal de que vea con buenos ojos a las personas reunidas en la Dieta, de que tenga la mejor opinión acerca de su modo de proceder.

Cabría pensar, sin duda, que si la opinión pública perjudica a nuestra buena armonía también nuestra buena armonía puede dafiar a la opinión pública. Pero este sofisma se olvida de una cosa, y es que en ]a Dieta está la Dieta, y no la provincia. Nadie podría resistir al más tajante de todos los argumentos. Si la provincia nombra a sus estamentos constitucionales para que representen su entendimiento general, al hacerlo se desprende totalmente de su juicio propio y de su pro. pio entendimiento, traspasándolo enteramente a los elegidos. Dice la leyenda que a los grandes inspiradores se les da muerte o, lo que ya no es tan legendario, se les entierra vivos en una fortaleza cuando traspasan el secreto al poderoso; del mismo modo, la razón política de la provincia se suicida con su propia espada una vez que ha inspira. r j / / LOS DEBATES DE LA VI DIETA RENANA do la gran invención de las Dietas, para resucitar, como el ave fénix, en las siguientes elecciones.

Después de haber expuesto de este modo, en palabras tan llenas de buen sentido y tan convincentes los peligros exteriores a que las personalidades de las Dietas se ven expuestas por la publicación de los debates, es decir, a los peligros provenientes de la provincia, el orador termina su diatriba con la idea central que hasta aquí hemos venido siguiendo.

"La libertad parlamentaria'', dice, con palabras que suenan l!lllY bien, "se halla aún en su etapa de desarrollo. Necesita adquirir, bajo protección y bajo cuidados, la fuerza interior y la independencia sin las cuales sería peligroso ex· ponerla a las tempestades de fuera."

Una vez más la fatal contraposición de la Dieta como lo de dentro y la provincia como lo de fuera.

Desde hace mucho tiempo opinamos, ciertamente, que la libertad parlamentaria está todavía en el comienzo de sus comienzos y el discurso que comentamos ha venido a convencernos una vez más de que los estudiantes aún no han aprobado las primicias studiorum i en materia de politica. Pero no por ello opinamos -y el discurso en cuestión no hace más que confiarnos en nuestra opinión- que a la Dieta le quede todavía mucho tiempo para acartonarse, haciéndose independiente frente a !a provincia. Tal vez el orador entiende por libertad parlamentaria la libertad de los viejos parlamentarios franceses. Él mismo nos confiesa que reina de largos años atrás la armonía entre los estamentos, que su espíritu se trasmite como herencia epidémica a los homines novi j y, a pesar de ello, creen que aún no ha llegado la hora de la publicidad. La XII Dieta puede dar a esto la misma respuesta que la VI, sólo que con el acento decidido y resuelto de que es demasiado independiente para dejar que le arrebaten el noble privilegio del secreto de sus debates. Es cierto que el desarrollo de la libertad parlamentaria entendida en el viejo sentido francés,. la independencia frente a la opinión pública, el estancamiento del espíritu de casta se logra sobre todo mediante el aislamiento, pero es precisamente contra este desarrollo contra el que 1 hay que prevenir a su debido tiempo. Una asamblea verdaderamente 1 politica sólo puede prosperar bajo la gran égida del espíritu público, ' como lo vivo prospera siempre exclusivamente al aire libre. Sólo las plantas "exóticas" trasplantadas a un clima extraño necesitan la protección y los cuidados del invernadero. ¿Es que el orador considera la Die- . ta como una planta "exótica" aquí, en el clima libre y alegre de la provincia renana?

Si nuestro orador del estamento de los caballeros ha sostenido con una seriedad rayana en lo cómico, con una dignidad casi melancólica y un pathos poco menos que religioso el postulado de la alta sabiduría de los estamentos, al igual que el de su libertad e independe~ia i Rudimentos de los estudios. i Hombres nuevos.

SOBRE LA LIBERTAD DE PRENSA medievales, el ignorante se queda maravillado al ver, cómo en la cuestión de la libertad de prensa desciende de la alta sabiduría de la Dieta a la falta de sabiduría común y corriente del género humano, de la independencia y la libertad de los estamentos privilegiados que acabamos de ver postulados a la falta de libertad e independencia que por principio caracterizan a la naturaleza humana. A nosotros no nos extraña encontrarnos aquí con una de las personificaciones tan abundantes hoy del principio cristiano-Caballeresco, moderno-feudal, en una palabra, del principio romántico.

Estos señores, puesto que no quieren deber la libertad como un don natural a la luz general del sol de la razón, sino como una dote sobrenatural derramada sobre ellos por una constelación especialmente favorable de las estrellas, puesto que sólo reconocen la libertad como una cualidad puramente individual de ciertas personas y categorías, están consecuentemente obligados a subsumir la razón general y la libertad general bajo las malas intenciones y las quimeras cerebrales de "sistemas lógicamente ordenados". Para salvar las libertades especiales del privilegio, proscriben la libertad general de la naturaleza humana. Y, como estas criaturas malignas del siglo XIX y la propia conciencia de los caba. lleros, infectada por este siglo, no pueden llegar a comprender lo que es de por si incomprensible por repugnar todo concepto, a saber: cómo ciertas determinaciones interiores, esenciales y generales, han de hallarse vinculadas mediante ciertos nexos curiosos, externos, fortuitos y particulares a determinados individuos humanos, sin relación alguna con la esencia del hombre, con la razón en general, es decir, sin ser comunes a todos los individuos, se refugian necesariamente en lo místico y lo maravilloso. Y cómo, además, la posición real que estos señores ocupan en el Estado moderno no corresponde en modo alguno al concepto que se forman de ella, porque viven en un mundo situado más allá del mundo real, ya que es su imaginación la que ocupa el lugar de su corazón y su cabeza, disgustados con la práctica, recurren a la teoría, pero a la teoría del más allá, a la religión, la que, sin embargo, toma en sus manos una amargura polémica, preñada de tendencias políticas v, más o menos conscientemente, pasa a ser solamente el manto de santidad para encubrir deseos muy temporales, pero al mismo tiempo muy fantásticos.

Asi, vemos cómo nuestro caballero opone a los postulados prácticos nna teoría místico-religiosa de la imaginación, a las teorías reales una sabiduría de la experiencia mezquinamente juiciosa, prácticamente ladina, extraída de la práctica más superficial, cómo enfrenta a lo nacido del entendimiento humano, santidades sobrehumanas y a la real santidad de las ideas la arbitrariedad y el descreimiento dé puntos de vista subalternos. El lenguaje más noble más despreocupado y, por tanto, más sobrio del orador del estamento de los caballeros adquiere ahora 1111 retorcimiento patético y una untuosidad fantástica y superabundante, qne antes se veían más dominados por el pathos del privilegio. '1 / / LOS DEBATES DE LA VI DIETA RENANA "Cuanto menos puede ponerse en duda que la prensa constituye hoy un poder político, más errónea nos parece la concepción, asimismo muy extendida, de que la verdad y la luz tienen que resplandecer por la lucha entre la buena y la mala prensa y que así se abrirá más ancho camino. El hombre es siempre el mismo como individuo o como masa. Es por naturaleza un ser imperfecto y menor de edad y necesita ser educado mientras se desarrolla, es decir, hasta la muerte. Ahora bien, el arte de educar no consiste en castigar lo malo, sino en fomentar lo bueno y en alejar las falsas tentaciones. De la imperfección del hombre forma parte el hecho de que las masas se dejan influir poderosamente por los cantos de sirena del mal y a la voz sencilla y sobria de la verdad, si no una barrera absoluta, sí un obstáculo difícil de vencer. Mientras que la mala prensa habla solamente a las pasiones de los hombres y ningún medio es demasiado malo para ella con tal de alcanzar su fin mediante la remoción de las pasiones, es decir, la mayor difusión posible de los malos principios y de las malas intenciones, disfrutando a cambio de ello de todas las ventajas que le brinda esta peligrosísima of(l118iva, la más peligrosa de todas, para la que no hay, objetivamente, ninguna clase de limitaciones en el derecho ni existen subjetivamente la~ leyes de la moral, ni siquiera las del honor externo, la buena prensa se halla siempre obligada a mantenerse a la defensiva. Sus resultados pueden ser, en el mejor de los casos, puramente defensivos, conteniendo y afianzando, sin jactarse nunca de lograr progresos importantes en el campo enemigo. Y puede darse por contenta si, encima, no se ve entorpecida, además, por obstáculos externos." Hemos querido reproducir en extenso este largo pasaje, para no atenuar la patética impresión que, indudablemente, ejercerá sobre el lector. No cabe duda de que el orador se muestra aquí a la hauteur des principes.k Para luchar contra la libertad de prensa, es necesario defender la pernumente minoría de edad del género humano. Es una tautología afirmar que, si la falta de libertad es lo esencial en el hombre, la libertad es contradictoria con su esencia. Y puede haber malignos escépticos tan osados que no se muestren de acuerdo con el orador. Si la minoría de edad del género humano constituye el fundamento místico en contra de la libertad de prensa, no cabe duda de que la censura es el recurso más lógico contra la minoría de edad del género humano.

Todo lo que se desarrolla es imperfecto. El desarrollo sólo termina con la muerte. Así, pues, si somos verdaderamente consecuentes, para sacarlo de este estado de imperfección, tendríamos que matar al hombre. El orador, por su parte, se contenta con matar la libertad de prensa. La verdadera educación consiste, según él, en mantener al hombre durante su vida entera envuelto en pañales y metido en la cuna, ya que tan pronto como empieza a caminar empieza también a caer y sólo cayendo aprende a andar. Pero, si todos somos niños de brazos, ¿quién va a envolvernos en los pañales? Si todos permanecemos en la cuna, ¿quién va a mecernos? Si todos estamos presos, ¿quién va a ser el carcelero?

El hombre es por naturaleza un ser imperfecto, tanto individualmente como en masa. De principiis non est disputandum.l Por tanto, conk A la altura de los principios. 1 No hay que discutir en tomo a los principios. SOSRE LA LIBERTAD DE PRENSA cedido. Pero, ¿qué se deduce de esto? Que los razonamientos de nuestro orador son imperfectos, que son imperfectos los gobiernos, las Dietas, la libertad de prensa, todas y cada una de las esferas de la existencia humana. Y si cualquiera de estas esferas no tiene derecho a existir, por su imperfección, no lo tendrá ninguna, ni tendrá tampoco derecho a existir el hombre.

Partiendo como principio de la imperfección del hombre, ya no hay más que decir, pues sabemos de antemano que todas las instituciones humanas son imperfectas, y no hay para qué seguir hablando, pues esto no será, por tanto, su carácter específico, su nota diferencial. ¿Por qué se quiere que, entre todas estas imperfecciones, sea perfecta precisamente la prensa libre? ¿Por qué una Dieta imperfecta exige que exista una prensa perfecta? Lo imperfecto requiere la educación. Pero, ¿acaso la educación no es también humana y, por tanto, imperfecta? ¿No requiere también la educación ser educada?

Si todo lo humano, por su existencia, es imperfecto, ¿quiere esto decir que debemos mezclarlo todo, ponerlo todo a la misma altura, lo bueno y lo malo, la verdad y la mentira? Sólo seremos verdaderamente consecuentes si, al contemplar una pintura, no nos colocamos en un punto de vista que sólo nos permite ver, no los colores, sino una mancha informe de ellos, líneas embrolladas y confusas, y no un dibujo, que sólo nos muestra el mundo y las relaciones humanas en su apariencia más externa, incapaces de llegar a conocerlo y de juzgar el valm de las cosas, pues ¿cómo puede ayudarme a juzgar y a distinguir un punto de vista según el cual, en su actitud elemental, todo en el universo es imperfecto en su existencia? Es este punto de vista realmente lo más imperfecto de todas las imperfecciones que ve en torno suyo. Debemos, pues, medir la esencia de nuestras ideas interiores aplicándola a la existencia de las cosas y no dejarnos extraviar por las instancias de una experiencia trivial y unilateral, con tanta mayor razón cuanto que, con arreglo a ésta toda experiencia desaparece, todo juicio es cancelado y todos los gatos son pardos. [Rheinische Zeitung, núm. 132, 12 de mayo de 1842]

Desde el punto de vista de la idea, es evidente que la libertad de prensa ostenta un derecho muy superior al de la censura, ya que es por sí misma una forma de la idea, de la libertad, un bien positivo, mientras que la censura es una forma de la falta de libertad, de su negación, la polémica de la concepción del mundo de la apariencia contra la concepción del mundo de la esencia, una naturaleza puramente negativa.

¡No! ¡No! ¡No!, interrumpe nuestro orador. Lo que yo censuro no es el fenómeno, es la esencia. Lo que hay de malvado en la libertad / ¡' LOS DEBATES DE LA VI DIETA RENANA de prensa es la libertad. Es ésta la que abre la posibilidad del mal. La libertad es, por tanto, mala.

¡Funesta libertad!

"La apuñaló en el oscuro prado Y echó el cadáver al profundo Rin." (s-:!J Pero, "Esta vez debo hablarte, Dueño y señor, escúchame tranquilo." (8aJ ¿Acaso no existe en el país de la censura la libertad de prensa? La prensa es, ya de por sí, una realización de la libertad humana. Donde existe prensa existe, por tanto, libertad de prensa. En el país de la censura, el Estado carece de libertad de prensa, pero goza de ella un miembro del Estado, el gobierno. Aparte de que los escritos oficiales del gobierno tienen plena libertad de prensa, ¿no ejerce diariamente el censor una libertad de prensa ilimitada, si no directa, indirectamente? Los escritores son, en cierto modo, sus secretarios. Cuando el secretario no acierta a expresar la opinión del jefe, éste tacha lo escrito. Es, pues, la censura la que escribe los periódicos. Los tachones del censor son para la prensa algo así como lo que las líneas rectas -los kuas (8 ; 1- de los chinos son para el pensamiento. Los kuas del censor son las categorías de la literatura, y sabido es que las categorías forman las almas típicas del resto del contenido. La libertad es a tal punto la esencia del hombre, que hasta sus adversarios la realizan cuando luchan contra su realidad; tratan de apropicuse como la joya más valiosa lo que rechazan como joya de la naturaleza humana. Nadie combate la libertad; combate, a lo sumo, la libertad de los otros. Por tanto, todas las libertades han existido siempre, primero como privilegio particular de unos y luego como el derecho general de todos. Sólo ahora ha adquirido la pregunta un sentido consecuente. No se pregunta si la libertad de prensa debe existir, pues existe siempre. Se pregunta si la libertad de prensa debe ser el privilegio de algunos o el privilegio del espíritu humano. Se pregunta si la falta de derecho de unos debe ser el derecho de otros. Se pregunta si la "libertad del espíritu" tiene mayor derecho que la "libertad contra el espíritu". Ahora bien, si la "prensa libre" y la "libertad de prensa" deben rechazarse como "libertad general", con mayor razón la censura y la prensa censurada, pues ¿cómo puede ser buena la especie siendo malo el género? Si el orador fuese consecuente, debería condenar, no la prensa libre, sino sencillamente la prensa. Según él, ésta solo sería buena cuando no fuese un producto de la libertad, es decir, un producto humano. Cuando la prensa fuese obra de los animales o de los dioses. ~ ¿O acaso debemos -el orador no se atreve a manifestarlo- supo. ner que el gobierno obra y que obra él mismo bajo la inspiración divina? --- ~ - SOBRE LA LIBERTAD DE PRENSA Cuando un particular se jacta de poseer la inspiración divina, sólo hay en nuestra sociedad un orador que pueda refutarlo de oficio: el médico de locos.

La historia de Inglaterra se encarga de probar satisfactoriamente cómo la afirmación de la inspiración divina de los de arriba provoca la contraafirmación de la inspiración divina de los de abajo, que fue la que llevó al cadalso a Carlos l.

Nuestro orador del estamento de la nobleza pinta la censura y la libertad de prensa, la prensa censurada y la prensa libre, según veremos como dos males, pero no llega a reconocer como el mal a la prensa en general. Por el contrario. Divide a la prensa en la prensa "buena" y en la "nrala".

De la prensa mala nos dice algo increíble, y es que se propone como fin el mal y su difusión. Pasaremos por alto que el orador se fía demasiado de nuestra credulidad cuando nos pide que le creamos por su palabra en que existe una maldad de profesión. Sólo le recordaremos a este propósito, el axioma según el cual todo lo humano es imperfecto. ¿Acaso la mala prensa no será imperfectamente mala, es decir, buena, y la buena prensa imperfectamente buena y, por tanto, mala? Pero el orador nos muestra el reverso de la medalla. Afirma que la mala prensa es mejor que la buena, pues se halla siempre a la ofensiva, mientras que la buena se mantiene a la defensiva. Ahora bien, él mismo nos ha dicho que el desarrollo del hombre sólo acaba con la muerte. No es mucho, en realidad, lo que dice al sostener esto, pues se limita a decir que la muerte pone fin a la vida. Y si la vida del hombre es desarrollo y la buena prensa se halla siempre a la defensiva, se mantiene "en una actitud de defensa, conteniendo y afianzando", ¿no se opone con ello de un modo constante al desarrollo, es decir, a la vida? Así, pues, o bien esta buena prensa defensiva es mala o bien lo malo es el desarrollo, con lo que perderá su mística inverosimilitud en la interpretación racional a anterior aseveración del orador de que la finalidad que persigue "la mala prensa" es la mayor difusión posible de los malos principios y de las malas intenciones; la mayor difusión posible de los principios es, pues, según él, lo que tiene de malo la mala prensa.

Y la relación entre la buena y la mala prensa resulta todavía más curiosa cuando el orador nos asegura que la buena prensa es impotente y la mala todopoderosa, ya que la primera no influye sobre el pueblo, mientras que la segunda ejerce una influencia irresistible. Buena prensa y prensa impotente son para el orador términos idénticos. ¿Qué quiere decir con eso? ¿Que lo bueno es impotente, o que lo impotente es bueno?

Al canto de sirena de la mala prensa opone el orador la serena voz de la buena. Pero la voz serena es la que canta mejor y con mayor efecto. Tal parece como si el orador sólo conociera el calor turbulento de la pasión, pero no la ardorosa pasión de la verdad; como sí no co1 ¡ ¡; / / ¡' LOS DEBATES DE LA VI DIETA RENANA naciera el entusiasmo de la razón seguro de la victoria, ni el {x!thos irresistible de las fuerzas morales.

Entre los sentimientos de la mala prensa incluye el orador "el orgullo, que no reconoce la autoridad de la Iglesia y del Estado", la "envidia", que predica el derrocamiento de la aristocracia, y otras cosas de que luego hablaremos. Por el momento, nos limitaremos a preguntar qué le lleva a pensar que estas cosas aisladas son lo bueno. Si las potencias generales de la vida son malas, y ya hemos oído que lo malo es lo todopoderoso, lo que influye sobre las masas, ¿qué o quién puede arrogarse el derecho de hacerse pasar por bueno? Es una afirmación muy soberbia decir que mi individualidad es el bien, que las dos o tres existencias que asienten a mi individualidad son el bien y que la maldita mala prensa no lo reconoce así. ¡Qué prensa tan malvada! Si el orador, al comenzar, convertía el ataque a la libertad de prensa en un ataque a la libertad, ahora lo convierte en un ataque al bien. Su temor al mal se trueca en un temor al bien. Fundamenta la censura, por tanto, en el reconocimiento del mal y el desconocimiento del bien, o ¿acaso no desprecio a un hombre si digo de antemano que su adversario tiene que triunfar en la lucha porque ese hombre, aun siendo una persona razonable y un buen vecino, es un mal combatiente, porque, empleando armas consagradas, no sabe manejarlas, porque tanto él como yo, los dos, estamos perfectamente convencidos de su perfección, pero el mundo jamás compartirá esta convicción nuestra, porque, aun teniendo muy buenas ideas, dispone de muy pocas energías? Ahora bien, aunque las distinciones que el orador establece entre buena y mala prensa hagan superflua toda refutación, ya que se embrollan en sus propias contradicciones, no podernos dejar de lado, sin embargo, lo más importante, y es que el orador plantea el problema de un modo completamente falso, tomando como fundamento lo que precisamente se trata de fundamentar. Para poder hablar de dos clases de prensa, es necesario que estas diferencias emanen de la esencia de la prensa misma, y no de consideraciones exteriores a ella. Prensa censurada o prensa libre una de las dos tiene que ser la prensa buena o la mala. Y esto es precisamente lo que se debate, si la prensa censurada o la prensa libre es la buena o la mala, es decir, si responde a la esencia de la prensa el llevar una existencia libre o una existencia carente de libertad. Tomar la prensa mala como refutación de la prensa libre es afirmar, sin cortapisa, que la prensa libre es mala y la censurada buena, lo que se trata precisamente de demostrar.

Sentimientos bajos, intrigas personales e infamias las comparte la prensa censurada con la prensa libre. Lo que forma, pues, su distinción genérica no es el engendrar productos sueltos de tal o cual especie; también en el pantano brotan las flores. Aquí se trata de la esencia, del carácter intrínseco, de la prensa censurada y de la prensa libre. ~ La prensa libre, que es la mala, no responde al carácter de su esencia. Es la prensa censurada, con su hipocresía, su falta de carácter, SOBRE LA LIBERTAD DE PRENSA su lenguaje de eunuco y su menear la cola como un perrito, la única que realiza las condiciones intrínsecas de su esencia. La prensa censurada seguirá siendo mala aunque cree buenos productos, pues estos productos solo son buenos en cuanto representan la prensa libre dentro de la censurada y en cuanto que no forma parte de su carácter el producto de la prensa sujeta a censura. Y la prensa libre seguirá siendo buena aun cuando cree productos malos, ya que estos productos son una apostasía con respecto a la naturaleza de la prensa libre. Un castrado seguirá siendo malo en cuanto hombre aunque tenga buena voz. La naturaleza no deja de ser buena porque produzca abortos.

La esencia de la prensa libre es la esencia de la libertad, firme de carácter, racional y moral. El carácter de la prensa censurada es la negación de la esencia de la libertad, la esencia de la falta de libertad y de carácter, un monstruo civilizado, un aborto perfumado. ¿O acaso hace falta detenerse a probar que la libertad de prensa co. rresponde a la esencia de ésta y que la censura se halla en contradicción con ella? ¿No es evidente por sí mismo que las trabas externas puestas a la vida del espíritu no forman parte del carácter interior de esta vida, que son, por el contrario, su negación, y no su afirmación? Para justificar realmente la censura, el orador habría tenido que de. mostrar que la censura forma parte de la esencia de la libertad de prensa; lo que en vez de eso demuestra es que la libertad no forma parte de la esencia del hombre. Repudia todo el género para obtener una buena especie, pues no cabe duda de que la libertad es la esencia ge. nérica de todo lo que sea existencia espiritual, incluyendo, por tanto, la prensa. Para acabar con la posibilidad del mal, destruye la posibilidad misma del bien, con lo cual realiza el mal, pues sólo puede ser humanamente bueno lo que es una realización de la libertad. Por tanto, mientras no se nos demuestre que la censura emana de la esencia misma de la libertad de prensa, nosotros seguiremos consideran. do que la mala prensa es la prensa censurada.

Pero, aun aceptando que la censura haya nacido con la naturaleza de la prensa, a pesar de que ningún animal, y mucho menos aún una criatura espiritual, viene al mundo con sus cadenas, ¿qué se seguiría de aquí? Que también la libertad de prensa, tal como existe oficial. mente, que también la censura, necesita ser censurada. ¿Y quién es la llamada a censurar a la prensa del gobierno si no la prensa del pueblo? Cierto que otro orador opina que los males de la censura podrían suprimirse triplicando ésta, haciendo que la censura corriera a cargo de censores provinciales y que éstos, a su vez, se sometiran a la ceo. sura de Berlín; es decir, que la libertad de prensa tuviera una sola cara y la censura varias. ¡Cuántas vueltas y revueltas! Pero, ¿quién censuraría a la censura berlinesa? Volvamos, pues, a nuestro orador. Ya al comienzo de su discurso, nos decía que de ]a lucha entre la buena y la mala prensa no puede brotar ninguna luz, pero permítasenos ahora preguntar si lo que se propone no es convertir en pemumen. / / / LOS DEBATES DE LA VI DIETA RENANA te un forcejeo que él mismo declara inútil. ¿No nos dice él mismo que el debate entre la censura y la prensa no es la lucha entre la prensa buena y la mala? La censura no suprime la lucha; lo que hace es convertirla en una lucha unilateral, convertir una lucha abierta en una lucha embozada, una lucha de principios en la lucha del principio inerme contra la fuer. za sin principio. La verdadera censura, la censura inherente a la esencia misma de la libertad de prensa, es la crítica, el tribunal que ella misma hace brotar de su propia entraña. La censura es la crítica monopolizada por el gobierno. Pero, ¿acaso la crítica no pierde su carácter racional si no se ejerce abiertamente, sino en secreto; si no se ejerce teóricamente, sino de un modo práctico; si, en vez de estar por encima de los partidos, se convierte en arma de un partido; si no esgrime el afilado cuchillo de la inteligencia, sino las tijeras romas de la arbitrariedad; si se limita a ejercer la crítica sin soportarla; si reniega de sí misma al ejercerse; si, por último, es la negación misma de la crítica hasta el punto de confundir a un individuo con la sabiduría universal, de confundir los decretos del poder con el lenguaje de la razón, de ver en las manchas de tinta las manchas del sol, de tomar las tachaduras del censor por construcciones matemáticas y de hacer pasar los golpes por argumentos aplastantes?

Hemos visto en el curso de nuestra exposición cómo la mística del orador, una mística atizada por la fantasía sensiblera y llena de unción, se trueca, de hecho, en la dureza de corazón de una mezquina y rastrera pragmática intelectiva y en la cerrazón de horizontes de un cálculo empírico ayuno de ideas. En su razonamiento sobre las relaciones entre la ley de la censura y la ley de prensa, entre las medidas preventivas y las represivas, nos exime del esfuerzo de seguirle en su argumentación, puesto que él mismo se encarga de la aplicación consciente de su propia mística.

"De lo único de que aquí se trata es de si han de aplicarse medidas preventivas o represivas, la censura o la ley de prensa, a propósito de lo cual, sin cm bargo, no estaría de más pararse a examinar un poco más de cerca los peligros a que habría que hacer frente por cada uno de estos dos lados. Mientras que la censura trata de prevenir el mal, la ley de prensa se propone precaver su repetición por medio de la pena. Ambas soluciones son imperfectas, como lo es toda institución humana; el problema está en saber cuál lo es menos. Puesto que se trata de asuntos espirituales, ninguna de las dos resolvería un problema, que es, por cierto, el más importante. Nos referirnos al de encontrar la forma que expresara la intención del legislador de un modo tan claro y tan preciso, que quedaran bien deslindados los campos del derecho y el desafuero y se cerrara el paso a toda arbitrariedad. ¿Y qué es lo arbitrario si no el obrar al dictado de las opiniones individuales? ¿Y eómo cerrar el paso a los resultados que las opiniones individuales pueden acarrear, cuando se trata de cosas puramente espirituales? Querer encontrar una pauta tan nítida que entrañe la necesidad de deber aplicarla en cada caso concreto ateniéndose al~spíritu del legislador, equivale a querer descubrir la piedra filosofal, que hasta ahora nadie ha descubierto y que sería realmente muy difícil descubrir; por lo cual SOBRE LA LIBERTAD DE PRENSA lo arbitrario, entendiendo por tal el proceder con arreglo a criterios individuales, es inseparable tanto de la censura como de la ley de prensa. Debemos, por tanto, considerar a una y otra dentro de su inevitable imperfección y de las consecuencias a que ello conduce. Si la censura puede ahogar algunas cosas buenas, la ley de prensa, por su parte, no estará en condiciones de evitar muchas cosas malas. Pero la verdad, a la larga, no se deja atropellar . Cuanto más obstáculos se pongan en su camino, con mayor audacia marchará hacia su meta y mayor será la claridad con que la persiga y la alcance. En cambio, la palabra mala es como el fuego de los griegos, incontenible después de haber sido lanzado por el arma e incalculable en sus resultados, porque no hay para él nada sagrado e inextinguible ya que se nutre y reproduce en la boca y en el corazón de los hombres."

El orador no es muy feliz eri sus imágenes. Se deja llevar de la exaltación poética, cuando nos pinta la omnipotencia del mal. Ya habíamos tenido antes ocasión de ver cómo frente al canto de sirena del mal resonaba impotente la voz del bien, por ser demasiado serena. Ahora, compara el mal al fuego de los griegos y, como no emplea ningún símil para referirse a la verdad, si nosotros tuviéramos que encargarnos de encuadrar sus "serenas" palabras en una imagen, diríamos que la verdad es algo así como el pedernal, que escupe chispas más brillantes cuanto más se le golpea con el hierro. Lo que sería un excelente argumento para el esclavista que hace brotar la humanidad del esclavo a latigazos, una excelente máxima para el legislador, alentándolo a tomar medidas represivas contra la verdad, para que ésta persiga con mayor audacia su meta. Al parecer, el orador sólo siente respeto por la verdad cuando ésta se convierte en una fuerza natural y se demuestra de un modo tangible. ¡Cuantos más diques opongáis a la verdad, más pura será la verdad que los rompa! ¡Así, pues, a poner diques sin parar! Pero, dejemos cantar a las sirenas.

La mística "teoría de la imperfección", que el orador sostiene, ha dado, por fin, sus frutos terrenales, nos ha lanzado a la cabeza sus piedras lunares; detengámonos a ver cuáles son. Todo es imperfecto. La censura es imperfecta, la ley de prensa es imperfecta. Se ha reconocido, con ello, su esencia. Ya nada hay que decir acerca del derecho de su idea; no nos queda otro camino que establecer, desde el punto de vista del más bajo empirismo, un cálculo de probabilidades, para ver de qué lado están los mayores peligros. Si se han de tomar medidas para atajar el mal mismo por medio de la censura o precaver su repetición mediante la libertad de prensa, es simplemente una diferencia de tiempo. Vemos cómo el orador, recurriendo a la huera frase de la "imperfección humana", trata de esquivar la diferencia esencial, interior y característica que hay entre la censura y la libertad de prensa y se las arregla para convertir la controversia de un problema de principios en una cuestión de feria, a la cuestión de saber si se obtendrán más narices hinchadas con la ley de la censura o con la ley de prensa. Ahora bien, cuando se comparan entre sí la ley de prensa y la ley LOS DEBATES DE LA VI DIETA RENANA de la censura, se trata, ante todo, no precisamente de sus consecuen. cias, sino de su fundamento; no se trata de su aplicación individual, sino de su razón de ser general. Ya Montesquieu nos enseña que el despotismo es más cómodo en su aplicación que la legalidad, y Maquiavelo afirma que el mal acarrea para el príncipe mejores consecuencias que el bien. Así, pues, si no queremos hacer buena la mezquina máxima jesuítica de que el fin, cuando es bueno -y hasta de la bondad del fin nos permitimos dudar-, justifica los malos medios, deberemos investigar, ante todo, si la censura es, en cuanto a su esencia, un medio bueno.

El orador tiene razón al llamar a la ley sobre la censura una medida preventiva, pues es una medida de prevención de la policía contra la libertad, pero no está en lo cierto cuando llama a la ley de prensa una medida represiva. Esta ley es la regla de la libertad misma, que se erige en medida de sus excepciones. La medida de la censura no es ninguna ley. La ley de prensa no es ninguna medida. En la ley de prensa, castiga la libertad. En la ley sobre la censura, la libertad es castigada. La ley de censura es una ley nacida de la sospecha contra la libertad. La ley de prensa es un voto de confianza que la libertad se da a sí misma. La ley de prensa castiga el abuso de la libertad. La ley de censura castiga la libertad como un abuso. Trata a la libertad como una delincuente, ¿o acaso no rige en todas las esferas la norma de colocar las penas de honor bajo la vigilancia policiaca? La ley de censura sólo reviste la forma de una ley. La ley de prensa es una ley real.

La ley de prensa es una ley real porque es la existencia positiva de la libertad. Considera la libertad como el estado normal de la prensa y la prensa como existencia de la libertad, por lo cual sólo entra en conflicto con los delitos de prensa en cuanto excepción combatida por su propia regla y que, por tanto, se suprime en ella. La libertad de prensa se impone como ley de prensa que castiga los atentados contra ella misma, es decir, los delitos de prensa. La ley de prensa proclama la libertad como la naturaleza del delincuente. Lo que, por tanto, haga éste contra la libertad lo hace contra sí mismo, y este castigo que a sí mismo se impone se manifiesta ante él como la perut, que es el reconocimiento de su propia libertad. Así, pues, muy lejos de ser una medida represiva contra la libertad de prensa, un simple medio para asustar ante la repetición del delito por medio de la pena, habría que considerar más bien la falta de U1Ul legislación de prensa como la eliminación de la libertad de prensa de la esfera de la libertad jurídica, ya que la libertad jurídicamente reco. nocida existe en el Estado como ley. Las leyes no son medidas represivas contra la libertad, lo mismo que la ley de la gravedad no es una medida represiva contra el movimiento, ya que, en cuanto ley de la gravitación, impulsa precisamente los movimientos eternos de los astros, aunque, como ley que rige la caída de los cuerpos, se vuelve en contra ·\ mía cuando atento contra ella, tratando de sostenerme en el aire. ¡.as SOBRE LA LIBERTAD DE PRENSA leyes son más bien las normas positivas, luminosas y generales en las que la libertad cobra una existencia impersonal, teórica e independiente de la voluntad humana. Un código es la biblia de la libertad de un pueblo.

La ley de prensa es, por tanto, el reconocimiento legal de la libertad de prensa. Es derecho, porque es la existencia positiva de la libertad. Tiene, por tanto, que existir necesariamente, aunque nunca se aplique, como ocurre en Norteamérica, mientras que la censura, como la esclavitud, no pueden ser nunca legales, aunque se las registre una y mil veces en forma de ley.

No hay leyes preventivas actuales. La ley solo previene como precepto. Y éste sólo se convierte en ley activa cuando es transgredido, pues solo es verdadercl ley cuando la ley natural, inconsciente de la libertad, pasa a ser una ley consciente del Estado. Allí donde la ley es una ley real, es decir, una existencia de la libertad, es la existencia real de la libertad del hombre. Por tanto, las leyes no pueden prevenir los actos del hombre, puesto que son cabalmente las leyes interiores de vida de sus propios actos, las imágenes conscientes en que su vida misma se refleja. Así, pues, la ley retrocede ante la vida del hombre como la vida de la libertad, y solo cuando sus actos reales demuestran que el hombre deja de obedecer a la ley natural de la libertad le obliga como ley del Estado a ser libre, lo mismo que las leyes físicas solo se enfrentan a nosotros como un poder extraño cuando nuestra vida deja de ser la vida de estas leyes, cuando es una vida enferma. U na ley preventiva es, por tanto, una contradicción carente de sentido. Por eso la ley preventiva no entraña ninguna medida, ninguna regla racional, pues la regla racional solo puede emanar de la naturaleza misma de la cosa, que en este caso es la libertad. Carece de medida, porque para que la prevención de la libertad pueda imponerse tiene que ser tan grande como su objeto, es decir, ilimitada. La ley preventiva implica, por tanto, la contradicción de una limitación ilimitada, y, allí donde termina, lo que pone el límite no es la necesidad, sino el azar de la arbitrariedad, como diariamente demuestra ad oculos m la censura.

El cuerpo humano es mortal por naturaleza. Se halla, pues, expuesto ·a las enfermedades. ¿Por qué el hombre sólo se somete al médico cuando se halla enfermo, y no cuando está sano? Porque el mal no está solamente en la enfermedad, sino también en el médico. La curatela del médico haría de la vida un mal y convertiría al cuerpo humano en un objeto de tratamiento para los colegios medicinales. ¿Acaso no es más deseable la muerte misma que una vida considerada como simple medida preventiva contra la muerte? ¿No es la libertad de movimientos parte de la vida? ¿Qué es la enfermedad, si no una vida entorpecida en su libertad? Un médico perpetuo sería una enfermedad que no abriría siquiera la perspectiva de morirse, sino la de seguir viviendo. Aunque la vida muera, la muerte no puede vivir. ¿Y no tiene ~~--. ~~pí: m A ojos vistas.

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LOS DEBATES DE LA VI DIETA RENANA ritu mayores derechos que el cuerpo? Claro está que, hasta ahora, esto viene interpretándose, no pocas veces, en el sentido de que para los espíritus del libre movimiento los movimientos del cuerpo son incluso perjudiciales y deben, por tanto, coartarse. La censura parte de la idea de considerar la enfermedad como el estado normal o de ver en el \ estado normal, que es la libertad, un estado patológico. Asegura cons1 tantemente a la prensa que se halla enferma y, aunque ésta dé las ma- \ yores pruebas apetecibles de su sana y vigorosa constitución física, tiene que dejarse tratar a la fuerza. Pero la censura no es siquiera un médico literario, que aplique diferentes remedios internos con arreglo a la enfermedad. Es un cirujano de aldea, que sólo conoce una remedio mecánico universal para curarlo todo: las tijeras. Y ni siquiera es un cirujano que se proponga curar: es un médico de cirugía estética, que considera inútil y superfluo en el cuerpo del enfermo cuanto a él no le gusta y que imputa todo lo que le parece mal; es un charlatán que hace desaparecer las erupciones para no verlas, sin preocuparse de que, al cortarlas, pueda afectar a los órganos internos.

Consideráis ilícito cazar pájaros. ¿Acaso la jaula no es una medida preventiva contra las aves de rapiña, las balas y las tormentas? Consideráis un acto de barbarie cegar a los ruiseñores y no os parece bárbaro, en cambio, sacar los ojos a la pren-sa con las plumas afiladas de la censura. Consideráis despótico cortar el pelo contra su voluntad a un hombre libre, pero la censura corta diariamente tiras de carne a individuos espirituales y sólo declara sanos a los cuerpos sin corazón, a los cuerpos que no palpitan ni reaccionan, a los cuerpos devotos. [Rheínísche Zeítung, núm. l3 5, 15 de mayo de 1842]

Hemos visto que la ley de prensa es un derecho y la ley de la censura un desafuero. Pero la misma censura confiesa que no es un fin en si, que no es de por sí algo bueno, sino que responde al principio según el cual "el fin santifica los medios". Ahora bien, un fin que requiere medios reprobables no puede ser un fin bueno. ¿Y, por otra parte, no puede también la prensa invocar el mismo principio y proclamar que "el fin santifica los medios"?

La ley sobre la censura no es, pues, una ley, sino una medida policiaca y, además, una medida policíaca mala, puesto que no logra lo que se propone ni se propone lo que logra.

Si la ley sobre la censura se propone prevenir la libertad como algo reprobable, lo que logra es cabalmente lo contrario. En el país en que rige la censura, todo escrito prohibido, es decir, toda publicación que burl la la censura constituye un acontecimiento. Se erige un mártir y no hay martirio sin aureola y sin creyentes. Constituye una excepción, y si la libertad no dejara nunca de ser preciosa para el hombre, lo es '\; mucho más cuando constituye la excepción a la carencia general d, liSOBRE LA LIBERTAD DE PRENSA hertad. Todo misterio es tentador. Y allí donde la opinión pública se convierte en un misterio para sí misma, se ve tentada de antemano pvr cualquier escrito que rompe formalmente las barreras misteriosas. La cen. sura convierte a todo escrito prohibido, sea bueno o malo, en un escrito extraordinario, mientras que la libertad de prensa quita a cualquier escrito la calidad material de lo imponente. Si la censura es honrada, trata de evitar la arbitrariedad, pero convierte lo arbitrario en ley. No puede prevenir ningún peligro mayor que el que ella misma representa. Para todo ser, el peligro de vida consiste en perderse él mismo. La falta de libertad es, por tanto, el verdadero peligro de muerte para el hombre. Dejando a un lado las consecuencias morales, lo que hay que pensar es que no se J?Ueden alcanzar las ventajas de una prensa libre sin soportar <tl mismo tiempo sus inconvenientes. No hay rosa sin espinas. ¿Y qué es lo que se pierde con la pren. sa libre?

La prensa libre es el ojo siempre vigilante del espíritu del pueblo, la confianza materializada de un pueblo en sí mismo, el nexo expresado en palabras que une al individuo con el Estado y con el mundo, la cultura incorporada que esclarece las luchas materiales como luchas espirituales e idealiza su tosca forma material. Es la confesión abierta y sin reservas de un pueblo a.nte sí mismo, y la confesión tiene, como se sabe, una fuerza redentora. ' Es el espejo espiritual en que un pueblo ve reflejada su imagen, lo que constituye la condición primordial de la sabiduría. Es el espíritu del Estado que puede transportarse a cada choza más barato que el gas material. Es omnifacético, omnipresente, omnisciente. Es el mundo ideal que fluye constantemente del mundo real para refluir de nuevo a él, como un espíritu enriquecido que lo renueva todo.

En el curso de nuestra expvsición hemos visto que censura y ley de prensa son cosas distintas, como la arbitrariedad y la libertad, la ley formal y la ley real. Y lo que vale para la esencia vale también para el fenómeno. Lo que rige para el derecho de una y otro rige asimismo para su aplicación. Y la misma diferencia radical que existe entre la ley de prensa y la ley sobre la censura, es la que media también entre la posición del juez de la prensa y la del censor.

Claro está que nuestro orador, cuyos ojos están vueltos hacia el cie. lo, sólo ve en la tierra situada bajo sus pies un despreciable montón de polvo. Por eso todas las flores son, para él, flores polvorientas. De ahí que estas dos medidas sean, a sus ojos, igualmente arbitrarúts, pues la arbitrariedad es el obrar siguiendo un criterio individual, la concepción individual es inseparable de las cosas espirituales, etc., etc. Y si el modo de concebir las cosas del espíritu es siempre individual, ¿qué clase de derecho tiene un modo espiritual de ver sobre el otro, la opinión del censor sobre la del escritor? Pero, comprendemos lo que el orador quiere decir. Para argumentar el derecho de la censura, da el memorable rodeo de presentar como igualmente arbitrarias en su aplicación la censura y la ley de prensa, ya que, considerando como considera im- / / LOS DEBATES DE LA VI DIETA RENANA pedecto todo lo temporal, sólo sabe, según él, preguntarse si la arbitra. riedad debe estar del lado del pueblo o del lado del gobierno. Su misticismo se trueca en el libertinaje de poner en el mismo plano ley y arbitrariedad y de ver solamente una diferencia formal allí donde se trata de una contraposición jurídica y moral, pues él no pole. miza contra la ley de prensa, sino contra la ley. ¿O acaso existe alguna ley, la que sea, que entrañe la necesidad de ser aplicada en cada caso en el sentido que le da el legislador y que excluye absolutamente toda arbitrariedad? Hace falta una increíble osadía para afirmar que esta exigencia carente de sentido es la piedra filosofal, cuando en realidad sólo representa la mayor de las ignorancias. La ley es siempre general. El caso que con arreglo a ella debe juzgarse es singular. Para encua. drar lo particular dentro de lo general, hay que emitir un juicio. Y todo juicio es problemático. No hay leyes sin jueces. Si las leyes pudieran aplicarse por sí solas, saldrían sobrando los tribunales. Pero todo lo humano, se nos dice, es imperfecto. Así, pues, edite, bibite! n ¿Por qué, entonces, reclamais jueces, si los jueces son también humanos? ¿Por qué reclamais leyes, si éstas sólo pueden ser ejecutadas por los hombres y todo lo humano es imperfecto? Lo que hay que ha. cer, por tanto, es encomendarse a la buena voluntad del superior. La justicia es en Renania tan imperfecta como en Turquía. Por tanto, edite, bibite!

La diferencia entre un juez y un censor es inmensa. El censor no tiene más ley que su superior. El juez no tiene más superior que la ley. El deber del juez consiste en interpretar la ley para aplicarla al caso concreto, tal como lo entienda, después de un escrupuloso examen; el censor, en cambio, debe entender la ley tal y como oficialmente se la interpreta para el caso concreto de que se trata. El juez independiente no me pertenece a mí ni pertenece al gobierno. El censor dependiente es él mismo un funcionario del gobierno. En el juez puede darse, a lo sumo, el error de una razón individual, mientras que en el censor se da la capitulación del carácter de un individuo. Ante el juez comparece un determinado procedimiento de prensa, ante el censor el espíritu de la prensa misma. El juez enjuicia mi conducta con arreglo a una determinada ley; el censor no se limita a castigar el delito, sino que lo comete. Cuando comparezco ante un tribunal se me acusa de violar una ley vigente, y para que una ley sea violada es me. nester que exista. Donde no rige una ley de prensa, la prensa no puede violarla. La censura no me acusa por infracción de una ley vigente. Lo que condena es mi opinión, porque ésta no da la opinión del censor y de la superioridad. Mis hechos abiertos y desembozados, que se presentan ante el mundo y su juicio, ante el Estado y su ley son enjuiciados por un poder oculto y puramente negativo que no sabe constituirse en ley, que rehuye la luz del día, que no se halla sujeto a ninguna clase de principios generales. "

Una ley sobre la censura es algo imposible, porque no pretende cas- "

n ¡Comed y bebed! (de una canción estudiantil alemana). SOBRE LA LIBERTAD DE PRENSA tigar delitos, sino opiniones, porque no puede ser otra cosa que el cen. sor formulado, porque ningún Estado tiene la valentía de proclamar en forma de leyes generales lo que de hecho puede prohibir por medio del órgano de la censura. A eso se debe también el que el ejercicio de la censura no se encomiende a los tribunales, sino a la policía. Aún suponiendo que la censura fuese de hecho lo mismo que la jus. ticia, esto, en primer lugar, sería un hecho sin ser una necesidad. Y, en segundo lugar, la libertad no consiste solamente en lo que, sino en cómo viva, no sólo en hacer lo que es libre, sino también en hacerlo libremente. De otro modo, no habría entre el castor y el arquitecto más diferencia sino que el castor es un arquitecto con piel de castor y el arquitecto un castor sin ella.

Nuestro orador vuelve a hablar extensamente de los efectos de la libertad de prensa en los países en que realmente existe. Pero, como este tema ha sido ya tratado prolijamente, sólo nos referiremos aquí a la prensa francesa. Prescindiendo de que los defectos de la prensa francesa son los defectos de la nación francesa, nosotros no encontramos el mal allí donde lo busca el orador. No está en que la prensa de ese país sea demasiado libre, sino en que no es lo bastante libre. Es cierto que no está sujeta a una censura espiritual, pero pesa sobre ella una censura material: las elevadas fianzas pecuniarias. Actúa, por tanto, materialmente, es desplazada de su verdadero terreno al terreno de las grandes especulaciones comerciales. Además, las grandes especu. laciones comerciales requieren grandes ciudades. De ahí que la prensa francesa se concentre en pocos puntos y, si la fuerza material, conceli trada en pocos puntos, act¡'¡a demoniacamente, ¿cómo no va a ocurrii eso con la fuerza espiritual? _ Ahora bien, si queremós juzgar la libertad de prensa, no con arreglo a su idea, en modo alguno, sino con arreglo a su existencia histórica, ¿por qué no la buscamos allí donde existe históricamente? Los naturalistas, mediante sus experimentos, tratan de exponer los fenómenos naturales bajo sus condiciones más puras. Pero, aquí no necesitamos re- ' curtir a experimentos, pues en Norteamérica encontramos la libertad de prensa bajo sus formas más puras y más naturales. Ahora bien, si Norteamérica nos muestra grandes fundamentos históricos de la libertad de prensa, mayores nos los ofrece todavía Alemania. La literatura y la cultura espiritual de un pueblo con ella entrelazada no solamente son los fundamentos históricos directos de la prensa, sino que son su historia misma. ¿Y qué pueblo del mundo podría gloriarse más que el alemán de tener fundamentos históricos más directos de la libertad de prensa que el nuestro?

Pero, nos interrumpe aquí nuestro orador, ¡ay de la moralidad de Alemania si su prensa fuese libre, pues la libertad de prensa provoca "una desmoralización interior que trata de socavar el destino más alto del hombre y, con él, el fundamento de la verdadera civilización"! Lo desmoralizante es la prensa sujeta a censura. Esta prensa lleva consigo, inseparablemente, el vicio potenciado que es la hipocresía, vi. LOS DEBATES DE LA VI DIETA RENANA cio radical del que emana todos los demás males, pues carece hasta de la predisposición a la virtud y se caracteriza, incluso estéticamente considerada, por el repugnante vicio de la pasividad. El gobierno, aquí, sólo escucha su propia voz, sabe que no oye más que lo que él mismo dice, se deja llevar del engaño de que está escuchando la voz del pue- ..hlo y exige también que el pueblo se deje engañar por este fraude. Y, por su parte, el pueblo, se hunde, así, parte en la superstición pol. lítica, parte en el descreimiento político o, volviendo la espalda a la vida del Estado, se convierte en una chusma privada. Y como la prensa enaltece diariamente las creaciones de la voluntad del gobierno con las palabras con que el mismo Dios gloriaba su obra al sexto día de la Creación: "Y he aquí que todo era esplendoroso", palabras que se ven desmentidas por la realidad un día tras otro, la prensa miente sin cesar y se ve obligada a renegar incluso de la conciencia de la mentira y de desnudarse de la vergüenza. El pueblo, obligado a considerar los escritos libres como ilegales, se acostumbra a reputar lo ilegal como lo libre y a ver la libertad como algo ilegal y lo legal como lo ajeno a la libertad. De este modo, la censura mata el espíritu del Estado.

Nuestro orador teme que la libertad de prensa sea dañina para los "particulares". No se da cuenta de que la censura constituye un atentado constante contra los derechos de las personas privadas y, más aún contra las ideas. Se deja llevar del pathos en cuanto a las personalidades puestas en peligro, ¿y no hemos de incurrir nosotros en el pathos, cuando se trata de poner en peligro a la "colectividad"? No podríamos trazar una línea divisoria más nítida entre su punto de vista y el nuestro que enfrentándonos a la manera como él define lo que llama las "malas intenciones".

Nos dice que es punible como tal "el orgullo que no reconoce autoridad alguna en la Iglesia ni en el Estado", ¿y no debemos nosotros considerar "malas intenciones" punibles el no reconocer la autoridad de la razón y de la ley? "Es la envidia", nos dice, "la que predica la abo. lición de todo lo que la plebe llama aristocracia". Y nosotros decimos que es la envidia la que trata de abolir la eterna aristocracia de la naturaleza humana, la libertad, aristocracia que ni siquiera la chusma podría discutir.

"Es la perfidia la que se ceba en las personalidades, empleando la verdad o la mentira, y la que llama imperativamente a la publicidad para que no quede en el recato ningún escándalo de la vida privada." Es la perfidia -decimos nosotros- la que arranca los chismes y las personalidades de la gran vida de los pueblos, la que desconoce la razón de la historia y sólo predica al público los escándalos de la his. toria, incapaz de penetrar en los lados concretos de los fenómenos, que sólo sabe aferrarse a las personalidades y reclama imperiosamente el misterio, para ocultar todas las máculas de la vida pública. "

SOBRE LA LIBERTAD DE PRENSA "Se trata de enturbiar mediante sucias imágenes la pureza del corazón y de la fantasía."

Es la falta de pureza del corazón y la fantasía la que, por medio de sucias imágenes, se abre paso a través de la omnipotencia del mal y la impotencia del bien; es la fantasía que se enorgullece de todo lo turbio, la falta de pureza de corazón la que esconde su soberbia temporal en imágenes místicas. "Son los que desesperan de su propia salvación quienes tratan de ahogar la voz de su conciencia mediante la negación de Dios". Son los que desesperan de su propia salvación quienes convierten sus debilidades personales en debilidades de la humanidad para que no pesen sobre su propia conciencia; quienes deseseperan de que la humanidad pueda salvarse se niegan a seguir las leyes naturales innatas y predican como algo necesario para la minoría de edad del hombre; es la hipocresía la que pretexta la existencia de un Dios en cuya realidad no cree para creer en su omnipotencia; el egoísmo, para el que la salvación privada está por encima de la salvación de la humanidad.

Estas gentes, que no creen en la humanidad, canonizan al individuo. Trazan una imagen espantosa de la naturaleza humana y exigen que nos postremos de hinojos ante la aureola de santidad de unos cuantos privilegiados. Nosotros sabemos que si el individuo puede poco, la totalidad posee una gran fuerza. El orador recuerda, por último, las palabras que resuenan entre las ramas del árbol del bien y del mal acerca del goce, con cuyos frutos seguimos nosotros traficando, hoy como entonces: "No morireis en modo alguno si comeis de ellos, abrireis los ojos y sereis como los dioses, que saben distinguir entre el bien y el mal." Aunque dudamos de que el orador haya comido nunca los frutos del árbol del conocimiento, que nosotros (es decir, la Dieta renana) traficamos entonces con el diablo, de lo que el Génesis, desde luego, no dice nada, nos sometemos, sin embargo, al parecer del orador y nos limitamos a recordarle que el diablo no nos mintió entonces, pues el mismo Dios dice que "Adán se ha convertido en igual a nos, al conocer el bien y el mal". Dejaremos que el epílogo a este discurso lo exprese, como es debido, d orador, con sus propias palabras: "El leer y el escribir son aptitudes , . ,, mecamcas .

Y, aunque nuestros lectores se sientan ya cansados de estas "aptitudes mecánicas", no tenemos más remedio, después de haber escuchado al ntamento de los príncipes y al de los caballeros, que ver cómo también el estamento de las ciudades expectora en contra de la libertad de pren- •.:J. La que ante nosotros desfila es la oposición del burgués, no la del citoyen.o n Ciudadano.

LOS DEBA TES DE LA VI DIETA RENANA El orador del estamento de las ciudades cree seguir a Sieyes cuando hace el siguiente comentario: "La libertad de prensa es una cosa hermosa mientras no se apoderan de ella la g~te mala." '·'Pero, hasta ahora, no se ha descubierto ningún medio se· guro , etc., etc.

Este punto de vista que llama a la libertad de prensa una cosa mere. ce ser elogiada, aunque sólo sea por su candor. Al orador podemos reprocharle cualquier cosa menos falta de sobriedad y exceso de fantasía. Por tanto, la libertad de prensa es una cosa hermosa, algo que embellece los dulces hábitos de la existencia, algo bello y agradable. Lo malo es que existen hombres malvados que emplean las palabras para mentir, la cabeza para trepar, las manos para robar y los pies para desertar. ¡Qué hermoso sería el hablar y el pensar, qué bellos serían las manos y los pies, qué bueno el hablar, qué magnífico el pensar, qué maravillosos las manos y los pies, si no fuera por los hombres malva. dos que abusan de todo eso! Y contra esto no se ha inventado todavía el más leve remedio.

"Las simpatías que se sienten por la Constitución y la libertad de prensa se enfriarían necesariamente si se viera cómo llevan aparejados en cada país" (concretamente, en Francia) "eternos cambios y una angustiosa incertidumbre en cuanto al futuro."

Al hacer el descubrimiento, lleno de sabiduría del mundo, de que la tierra es un perpetuum mobíle, más de un buen alemán apacible se cala el gorro de dormir, se pone a suspirar acerca de los eternos cambios y mudanzas de la humanidad y se siente angustiosamente mareado, al ver cómo el techo se mueve sobre su cabeza. [Rheinische Zeitung, núm. 139, 19 de mayo de 1842]

No es la libertad de prensa la que hace que haya "cambios y mudanzas", como no es el telescopio del astrónomo el que crea el movimiento perenne del mundo planetario. ¡Malvada astronomía! 1Qué tiempos tranquilos aquellos en que la tierra, como un honorable y apacible burgués, se estaba quieta en el centro del universo, fumando tranquilamente su pipa de barro y no necesitaba siquiera encenderla, pues el sol, la luna y las estrellas pendían y giraban en torno a ella como otras tantas devotas lámparas en medio de la noche, como otras tantas "hermosas cosas"! "Quien jamás ha destruido lo que construyó se levanta firme sobre este mundo terrenal, carente de firmeza" [Bol, dice 1-Iariri, que no es francés de nacimiento, sino árabe. SOBRE LA LIBERTAD DE PRENSA El estamento al que pertenece el orador dice muy claramente lo que siente cuando se expresa del siguiente modo: "El verdadero y honesto patriota no puede reprimir la sensación de que las constituciones y la libertad de prensa no buscan el bien del pueblo, sino satisfacer el orgullo del individuo y la ambición de los partidos." Como es sabido, cierta psicología explica lo grande partiendo de pequeñas causas y, basándose en la certera intuición de que todo aquello por lo que lucha el hombre nace de su interés, deduce, por un camino falso, que sólo existen "pequeños" intereses, los intereses de un egoís... mo estereotipado. Y es sabido, asimismo, que este tipo de psicología y antropología se da especialmente en las ciudades, en las que, además, se considera como signo de astucia escrutar el mundo y descubrir detrás de las nubes de las ideas y los hechos pequeños, envidiosos e intrigantes maniquíes que desde sus asientos tiran de los hilos de todos. Pero es igualmente sabido que, mirando todavía más a fondo, tropieza uno enseguida con su propia cabeza, lo que hace que este tropezón mistificado con la cabeza de uno mismo sea, en rigor, la antropología y el conocimiento del mundo de estas gentes tan sabias. También la mediocridad y la indecisión caracterizan al orador. "Su sentimiento de independencia habla en pro de la libertad de prensa" (quiere decir, en el sentido del ponente), "pero deberá dar oídas a la razón y a la experiencia."

Si el orador hubiera dicho, a la postre, que su razón habla en pro de la libertad de prensa, pero que su servilismo se manifiesta en contra de ella, sus palabras nos ofrecerían un perfecto cuadro de costumbres de la reacción urbana. "Quien tiene una lengua y no habla, quien tiene una espada y no pelea es, sencillamente, un gusano."

Refiriéndose a los defensores de la libertad de prensa, comenzaremos por la propuesta fundamental. Pasaremos por alto lo más general de todo, lo que se dice, muy acertadamente y muy bien dicho en las palabras de introducción a la propuesta, para destacar enseguida el punto de vista característico de esta proposición.

El proponente entiende que la industria de la libertad de prensa no debe ser excluida de la libertad general de la industria, como suele hacerse, dejando ver como inconsecuencia clásica la contradicción interior. "El traba jo de los brazos y las piernas es libre, pero el de la cabeza se halla sujeto a tutela. ¿A la tutela de cabezas más esclarecidas? Nada de eso, no es ese el caso de los censores. Aquel a quien Dios confía un cargo le da tam· bién la inteligencia necesaria para ejercerlo."

A primera vista, le extraña a uno ver la libertad de prensa enmarcada en la libertad industrial. Pero no hay por qué rechazar el punto de 1 ,. ¡, 1' ( ( LOS DEBATES DE LA VI DIETA RENANA vista del orador. Si Rembrandt pinta a la Virgen bajo el ropaje de una campesina holandesa, ¿por qué nuestro orador no puede pintar a la libertad bajo una forma que le es habitual y con la que está familiarizado? Y tampoco podemos negar una relativa verdad al razonamiento de nuestro orador. Si consideramos la prensa solamente como una industria, no cabe duda de que la industria de la cabeza merece mayor libertad que la de las manos y los pies. La emancipación de las manos y los pies sólo adquiere un sentido humano mediante la emancipación de la cabeza, pues es de todos bien sabido que las manos y los pies sólo se convierten en manos y pies humanos mediante la cabeza a la que sirven.

Así, pues, aunque el punto de vista del orador pueda parecer, a pri. mera vista, un tanto original, debemos adjudicarle, desde luego una preferencia incondicional sobre el insostenible, nebuloso y precario razonamiento de aquellos liberales alemanes que creen honrar la libertad cuando la desplazan al mundo astral de la fantasía en vez de colocarla sobre el suelo firme de la realidad. A estos razonamientos de la imaginación, a estos· entusiastas sentimentales que rechazan como profa. nación todo contacto de su ideal con la realidad común y corriente les debemos los alemanes, en parte, el que la libertad se haya mantenido, hasta ahora, como algo puramente imaginativo y sentimental. Los alemanes propenden, en general, a lo sentimental y lo imaginativo; tienen cierta inclinación por la música de las esferas siderales. Hay que alegrarse, pues, de que se les demuestre que el gran problema de la idea debe colocarse en el entorno de la realidad inmediata, áspera y diaria. Los alemanes son, por naturaleza, gentes muy devotas, muy respetuosas, muy obedientes. Respetan tanto a las ideas, que no se atreven a realizarlas. Les rinden culto, las adoran, pero no las cultivan. El camino que sigue el orador va enderezado, pues, a familiarizar a los alemanes con sus ideas, a hacerles ver que no se enfrentan en ellas a algo inasequible, sino a lo que guarda relación con sus intereses diarios, a traducirles el lenguaje de los dioses al lenguaje de los hombres. Sabido es que los griegos creían reconocer en las deidades de los egipcios, los lidios y hasta los escitas a su Apolo, su Atenea y su Zeus, viendo algo puramente adjetivo en lo que los dioses extranjeros tenían de propio y peculiar. No es, pues, nada delictivo que los alemanes tomen a la diosa de la libertad de prensa, de la que nada saben, por una de sus diosas conocidas y la asimilen a ella, llamándola libertad industrial o libertad de la propiedad.

Pero, precisamente por ello, porque reconocemos y valoramos el pun. to de vista del orador, debemos criticarlo con mayor fuerza. "Cabe muy bien comprender que el régimen gremial subsista junto a la\. . ..- bertad de prensa, ya que la industria de la cabeza podria elevarse a una potencia más alta. equiparándose a las siete artes libres del pasado; pero seria pe· car en contra del Espíritu Santo empeñarse en sostener una prensa carente de libertad al lado de la libertad industrial."

oa SOBRE LA LIBERTAD DE PRENSA No cabe duda. La forma subordinada de la libertad resulta por sí misma ilegítima cuando se tiene por tal a la forma superior. Donde no se reconoce el derecho del Estado es una necedad hablar de derechos del ciudadano individual. Allí donde se proclama como legítima la libertad en general, se comprende por sí mismo que cualquier forma de libertad sea tanto más legítima cuanto más se desarrolla en ella la existencia de la libertad. Si se reconoce la legitimidad del pólipo, porque en él palpita de un modo oscuro la vida de la naturaleza, ¿cómo no va a reconocerse la del león, en la que ésta ruge y acomete? Ahora bien, si es fundada la conclusión de considerar demostrada la forma superior del derecho por el derecho de otra forma más baja, resulta falso, en cambio, el corolario consistente en hacer de la forma más baja la pauta de la más alta y de retorcer hasta lo cómico las leyes que son racionales dentro de su propia limitación, legitimando por debajo de cuerda su pretensión de no ser leyes de su propia esfera, sino de otra superior. Es algo así como si quisiéramos obligar a un gigante a morar en la casa de un pigmeo. Libertad industrial, libertad de la propiedad, libertad de conciencia, libertad de la prensa o de los tribunales: son todas especies del mis. mo género, de la libertad por antonomasia. Pero sería caer en un craso error al olvidar la diferencia por debajo de la unidad y, más aún, e1 convertir una determinada especie en pauta, en norma, en esfera de lás demás. Es la intolerancia de una especie de libertad, que sólo ad- ~, mite las otras cuando se derivan de ella y se declaran vasallos suyos:) La libertad industrial es cabalmente eso, la libertad de la indl1stria, y no puede ser otra porque en ésta se desenvuelve sin trabas, con arreglo a su propia naturaleza, la industria; la libertad judicial es la libertad de los tribunales, allí donde éstos se ajustan a las propias leyes innatas del derecho, y no a las de otra esfera cualquiera, por ejemplo, las de la religión. Cada esfera determinada de libertad es la libertad de una determinada esfera, lo mismo que todo determinado modo de vida es el modo de vida de una determinada naturaleza. Sería absurdo pedir que el león se atuviera a las leyes de vida del pólipo. Y concebiríamos falsamente la cohesión y la unidad del organismo físico si con.. cluyéramos, que, puesto que el brazo y la pierna se mueven a su modo, c1 ojo y el oído, estos órganos que arrancan al hombre a su individualidad y lo convierten en espejo y eco del universo, tienen mayor derecho a mantenerse activos, a potenciar la actividad del brazo y de la pierna. Así como en el sistema planetario cada planeta sólo se mueve en torno al sol al moverse alrededor de sí mismo, en el sistema de la líber. tad cada uno de los mundos que la forman sólo al girar de sí misma gira alrededor del sol central de la libertad. Hacer de la libertad de prensa una especie de la libertad industrial es defenderla matándola, pues, ¿acaso no anulo la libertad de un carácter cuando exijo que sea libre a la manera de otro? Tu libertad no es la mía, le grita la prensa a la industria. Lo mismo que tú sigues las leyes de tu esfera, yo quiero scgnira las leyes de la mía. Ser libre a tu modo equivale para mí a ,.

~ f.

/ / f LOS DEBATES DE LA VI DIETA RENANA verme privada de libertad, lo mismo que el carpintero no se sentiría muy contento si, cuando pide la libertad de su oficio, se le otorgara como equivalente la libertad del filósofo.

Expresemos escuetamente el pensamiento del orador. ¿Qué es libertad? Respuesta: la libertad industrial. Como un estudiante podría contestar: la libertad nocturna. Con el mismo derecho que la libertad de prensa podría enmarcarse dentro de la libertad industrial cualquier otro tipo de libertad. El juez se dedica a la industria del derecho, el sacerdote a la industria de la religión, el padre de familia a la de criar hijos, pero ¿acaso al decir esto expreso la esencia de la libertad jurídica, religiosa o familiar? Podríamos también invertir los términos y decir que la libertad inElustrial constituye una especie de la libertad de preru;a. En la industria no se trabaja solamente con las manos y los pies, sino también con la cabeza. ¿Acaso el lenguaje de la palabra es el único en que habla el pensamiento? ¿Acaso el mecánico no habla un lenguaje muy claro para mi oído en la máquina de vapor, el fabricante de camas un lenguaje muy inte'l.igible para mi espalda, y no se hace el cocinero entender muy bien de mi estómago? ¿Y no resulta contradictorio que estén permitidos todos estos tipos de libertad de prensa y que sólo se halle vedado el que hable a mi espíritu por medio de la tinta de imprenta? Para defender e incluso para comprender la libertad en una esfera, debo concebirla en su carácter esencial, y no en su aspecto externo. Pues bien, ¿puedo afirmar que sea fiel a su carácter, que se ajuste a la nobleza de su naturaleza, que sea libre la preru;a que se rebaja a convertirse en una industria? Claro está que el escritor tiene que ganar algo para poder subsistir y escribir, pero ello no quiere decir, en modo alguno, que deba subsistir y escribir con la finalidad de ganar algo. En los versos de Béranger "Je ne vis, que pour faire des chansons, Si vous m'ótez ma place Monseigneur, Je ferai des chansons pour vivre" P se contiene una amenaza puramente irónica, y el poeta, capitulando, se sale de su esfera cuando convierte su poesía en un medio. El escritor no considera en modo alguno como un medio los escritos salidos de su pluma. Son, por el contrario, fines en sí y distan tanto de ser simples medios para él mismo o para otros, que su autor cuando es necesario que lo haga, sacrifica su existencia a la de sus escritos, y de manera distinta a cómo lo hace el predicador, al elevar su religión a principio: "Obedecer más a Dios que a los hombres", entre los cuales está incluido también él, con sus necesidades y apetencia& En cambio, ningún sastre a quien encargara un frac francés se me pr~- 7' P i'Sólo vivo para componer canciones, y si me quitais mi puesto. Monseñor, haré canciones para vivir."

SOBRE LA LIBERTAD DE PRENSA sentaría con una toga romana, por considerar esta prenda más adecuada a ~s eternas leyes de la belleza.

: La primera libertad de la prensa consiste precisamente en no ser una inaustria. El escritor que la degrade para convertirla posteriormente en medio material merece como pena de esta carencia de libertad interior la extr rior, que es la censura; mejor dicho, ya su sola existencia es--41J pena. j Cierto que la prensa existe también como industria, pero como tal industria no es asunto de los escritores, sino de los impresores y los libreros. Y aquí no nos referimos a la libertad industrial de los libre. ros e impresores, sino a la libertad de prens.L, · Pero nuestro orador no se limita a argume·iítar que el derecho a la libertad de prensa se halla demostrado por la libertad industrial; sostiene que la libertad de prensa, en vez de sujetarse a sus propias leyes, debe regirse por las relaciones con la libertad industrial. Polemiza incluso contra los ponentes del comité, quienes profesan una concepción más alta acerca de la libertad de prensa y se deja llevar de postulados que sólo podemos ver por su lado humorístico. En efecto, resulta siempre cómico ver que se trata de aplicar leyes propias de una esfera más alta a las de otra inferior, lo mismo que cuando escuchamos a un niño expresarse en términos patéticos.

"Habla de autores competentes e incompetentes. Y entiende esto en el sen· tido de que considera el ejercicio de un derecho conferido por la libertad industrial como sujeto a una condición más fácil o más difícil de cumplir, según la actividad de que se trate. Como es natural, el albañil, el carpintero y el maestro de obras están sujetos a condiciones de que se hallan exentos en su mayoría los otros oficios." ''Su propuesta se refiere a un derecho en particular, no en general.'' En primer lugar, ¿quién tiene que conferir la competencia? Kant no habría conferido a Fichte la competencia para filosofar, Tolomeo no habría reconocido en Copérnico competencia para la astronomía, ni Chairvaux habría considerado a Lutero competente como teólogo. Todo sabio incluye a sus críticos entre los "autores incompetentes". ¿O acaso deberían los legos fallar quién es el autor competente? Lo mejor sería, evidentemente, encomendar este fallo a los autores incompetentes, ya que los dotados de competencia no pueden ser jueces en sus propios asuntos. ¿O debería dejarse esto de la competencia a cargo de un estamento? El zapatero Jacobo Bohme era un gran filósofo. En cambio, hay filósofos famosos que no pasan de ser grandes zapateros. Por lo demás, cuando se habla de autores competentes e incompetentes, no puede uno contentarse, tal vez, consecuentemente, con distinguir entre las personas, sino que debemos dividir la industria de la prensa, a su vez, en diferentes ramos y otorgar diferentes cédulas industriales para las distintas esferas de actividades literarias. ¿O bien considerar al autor competente como capacitado para escribir acerca de todo? De antemano podemos afirmar que el zapatero es más compe- / / t 214.

LOS DEBATES DE LA VI DIETA RENANA tente que el jurista para escribir acerca de cueros. Un jornalero es más apto que un teólogo para decir si debe trabajar o no los domingos. Por tanto, si supeditamos la competencia a determinadas condiciones de hecho tendremos que todo ciudadano del Estado es, al mismo tiempo, un autor competente e incompetente, según que se trate de los asuntos de su profesión o de cualesquiera otros. Prescindiendo de que, de este modo, el mundo de la prensa, en vez de servir de nexo general del pueblo, se convertiría en el verdadero medio para su divorcio, de que la diferencia entre los estamentos se plasmaría así espiritualmente y la historia de la literatura degeneraría en una historia natural de las diversas razas animales del espíritu; prescindiendo de los litigios fronterizos y las colisiones, que resultarían insolubles e inevitables; prescindiendo de que, así, la carencia de espíritu y la limitación se convertirían en ley de la prensa, pues yo sólo considero espiritual y libre lo particular cuando se halla conectado con el todo, y no divorciado de ello; prescindiendo de todo esto, -ya que la lectura es exactamente tan importante como la escritura, tendita que haber también lectores competentes e incompetentes, consecuencia que ya habían sacado los egipcios, cuyos sacerdotes eran, al mismo tiempo, los únicos autores y los únicos lectores competentes. Y es muy razonable \- que sólo se reconozca a los autores competentes la competencia necesaria para comprar y leer sus propios escritos. ¡Qué inconsecuencia! Allí donde reinan-los privilegios, el gobierno tiene perfecto derecho a afirmar que es el único autor competente acerca de lo que haga o deje de hacer, pues si tú, fuera del estamento particular a que perteneces, te consideras competente, como ciudadano del Estado, para escribir acerca de lo más general, que es el Estado mismo, ¿cómo los demás mortales a quienes quieres excluir no van a considerarse competentes para juzgar acerca de algo muy particular, acerca de tu propia competencia y de tus propios escritos? Y se daría, así, la cómica contradicción de que el autor competente podría escribir sin censura acerca del Estado y, en cambio, el incorn, petente sólo tendría derecho a escribir acerca del autor competente so. metiéndose a la censura.

Podemos asegurar que la libertad de prensa no se alcanza porque el séquito de los escritores oficiales se reclute entre las filas de tales o cuales personas. Los autores competentes serían entonces los autores oficiales y la lucha entre la censura y la libertad de prensa se convertiría en la lucha entre los autores competentes y los incompetentes. Con razón un miembro del cuarto estado propone, a propósito de esto, "que, si ha de mantenerse en pie alguna restricción sobre la prensa, ésta sea igual para todos los partidos, es decir, que no se conceda, en lo que a est' se refiere, mayores derechos a una clase de los ciudadanos del Estado que • las demás."

I,a censura pesa sobre todos, del mismo modo que todos son iguales bajo el despotismo, si rio por su valor, por su carencia de valor; e!e SOBRE LA LIBERTAD DE PRENSA tipo de libertad de prensa trata de implantar la oligocracia en el es. píritií.\ La censura declara a un autor, a lo sumo, incómodo e inadecuado dentro de las fronteras de su imperio. Esa libertad de prensa llega hasta la pretensión de anticiparse a la historia universal, de adelantarse a la voz del pueblo, la única que hasta ahora se ha encargado de decir qué historiadores son "competentes" y cuáles "incompetentes". Solón sólo se atrevía a juzgar a los hombres después del transcurso de su vida, después de su muerte, pero esta manera de ver se lanza a juzgar a los escritores ya antes de nacer. La prensa es la manera más general de que disponen los individuos para dar cuenta de su existencia espiritual. No conoce el prestigio de la persona, sino el prestigio de la inteligencia. ¿Pretendeis acaso captar oficialmente la capacidad de comunicación del hombre a base de signos externos especiales? Lo que no soy para otros no lo soy tampoco ni puedo serlo para mí. Si no puedo pretender que otros me reputen como espíritu, no lo soy tampoco para mí ni puedo yo reputado ante mí mismo como tal. ¿Cómo, entonces, pretendeis conferir a determinados hombres el privilegio de ser espíritus? De todos modos, si cualquiera puede aprender a leer y escribir, es necesario que a todos se les reconozca el derecho a escribir y leer. ¿Y para quién va a establecerse la división de los escritores en "competentes" e "incompetentes"? No, evidentemente, para los verdaderamente competentes, pues éstos se impondrán de todos modos. Así, pues, ¿para los "incompetentes" que quieren protegerse y ampararse a la sombra de un privilegio externo?

Ni siquiera este paliativo haría supérflua una ley de prensa, ya que, como observa uno de los estamentos de los campesinos: "¿Acaso los privilegios no pueden también excederse de su competencia y ser acreedores a una sanción? Sería, pues, necesaria en todo caso una ley de prensa, que tropezada con todos los problemas y dificultades propios de cual· quier ley de prensa en general."

Cuando el alemán echa la vista atrás para mirar a su historia, se encuentra con una de las principales causas de su lento desarrollo político, como el del pobre estado de la literatura antes de Lessing, en los "escritores competentes". Eruditos de gremio y de profesión, con patente de privilegio, doctores y demás dignidades académicas, los cuitados escritores universitarios de los siglos xvn y xvm, con sus tiesas coletas, su altanera pedantería y sus micrológicas disertaciones, se interponían entre el pueblo y el espíritu, entre la vida y la ciencia, entre la libertad y el hombre. Son los escritores incompetentes quienes han hecho nuestra literatura. Ahí teneis a Gottsched y a Lessing. Podeis escoger entre un autor "competente" y otro "incompetente". A nosotros no nos gusta la "libertad" cuya vigencia se entiende solamente en plural. Inglaterra es un ejemplo a tamaño histórico natural <le cuán peligroso es para "la libertad" el horizonte limitado de las "líbertades".

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( LOS DEBATES DE LA VI DIETA RENANA \ "Ce mot des libertés", dice Voltaire, "des privüeges, suppose l' assu¡ettissement. Des libertés sont des exemptions de la servitude générale." q Nuestro orador pretende, además, sustraer a la libertad de prensa y someter a la censura a los escritores anónimos y seudónimos. A ello objetamos que, en la prensa, el nombre no hace a la cosa y que, allí donde rige una ley de prensa, el editor, y a través de él los escritores anónimos y seudónimos se hallan también sujetos a los tribunales. Además, cuando Adán bautizó a todos los animales del paraíso se olvidó de poner nombres a los corresponsales de la prensa alemana, condenados a seguir en el anonimato in saecula SflCulorum. Si el proponente trata de restringir las personas a quienes debe considerarse súbditos de la prensa, otras Dietas tratarán de limitar el área material de la prensa, el círculo de sus actividadas y de su existencia, lo que dará pie a un estúpido regateo para saber hasta dónde debe lle.. gar la libertad de prensa.

Una de las Dietas quiere que la prensa se limite a las condiciones de vida materiales, espirituales y eclesiásticas de la provincia renana; otra postula "periódicos municipales" cuyo nombre corresponde a la limita. ción de su contenido; otra llega, incluso, a pretender que en cada provincia ¡haya solamente un periódico autorizado a expresarse libremente! Todos estos intentos nos recuerdan a aquel profesor de gimnasia inventor de un método de enseñanza del salto consistente en llevar al alumno hasta una ancha zanja, para hacerle ver allí, por medio de una serie de cuerdas, hasta donde tenía derecho a saltar. No podía saltar el primer día la zanja entera y el profesor iba moviendo las cuerdas, a medida que el alumno se entrenaba. Lo malo es que, en la primera lección el alumno caía al fondo de la zanja, de donde ya no le sacaba nadie. El profesor a que nos referimos era alemán y el alumno se llamaba "libertad". Así, pues, si nos fijamos en el tipo normal dominante, vemos que los defensores de la libertad de prensa en la sexta Dieta renana no se distinguen de sus adversarios tanto por el contenido como por la tendencia. Los unos luchan contra las restricciones al estamento especial de la prensa y los otros las defienden. 1Los unos quieren que el privilegio sea exclusivo del gobierno, mientras"'que los otros tratan de repartirlo entre varios individuos; unos quieren la censura total, otros media censura solamente, algunos abogan por tres octavas partes de libertad de prensa y hay quienes no quieren nada de esto. ¡Que Dios nos pro. teja de nuestros amigos!

Entre el espíritu general de la Dieta y los discursos del ponente y de algunos miembros del estamento de los campesinos apreciamos ¡ta total divergencia.

• El ponente dice, entre otras cosas: ..

q í ;;La fraseología de libertades y privilegios presupone la sumisión. Las libertades~on excepciones a la servidumbre general:>)

,f SOBRE LA LIBERTAD DE PRENSA "llega, lo mismo en la vida de los pueblos que en la de los individuos, una situación en la que las trabas impuestas por una tutela demasiado larga se , hacen insoportables, en que la gente quiere ser independiente y en que cada cual aspira a ser responsable de sus actos. Cuando este momento llega, la censura ya no tiene nada que hacer y, si se mantiene en pie, se la consider!! como una coacción aborrecible que impide escribir lo que se dice públicamente."\ .J Escribe como hablas y habla como escribes: es una regla que nos enseñan hasta los maestros de primeras letras. Pero, después, la regla se cambia por esta otra: habla como se te ordene y escribe como has hablado:'• "Cuantas veces el progreso incontenible de los tiempos ha desarrollado nue· vos e importantes intereses o hecho sentir nuevas necesidads para las que no existen normas adecuadas en la legislación vigente, se necesitan nuevas leyes encargadas de regular el nuevo estado de cosas de la sociedad. Un caso de esta naturaleza es el que ahora tenemos ante nosotros." Tal es la apreciación verdaderamente histórica, contraria a la manera de ver imaginaria, la que se enfrenta a la razón de la historia y la mata, para cantarle luego el requiero de sus huesós.

\ J "El problema" (de un código de la prensa) "puede, indudablemente, no ser fácil de resolver, y es posible que el primer intento que se haga para ello resulte muy imperfecto. Sin embargo, el legislador que primero se ocupe de esto merecerá la gratitud de todos los Estados y, bajo el cetro de un rey como el nuestro, tal vez le esté reservado al gobierno prusiano el honor de preceder a los demás países por este camino, el único que puede conducir a la meta." Nuestra exposición ha demostrado cuán aislado se halla este punto de vista dentro de la Dieta; asi se lo hace saber hasta la saciedad el presidente de la asamblea al ponente y esto es, por último, lo que, en palabras no muy optimistas, pero bastante certeras, expresa un miembro del estamento de los campesinos: "Se rehuye el problema como el gato escaldado huye de la leche caliente." "El espíritu del hombre debe desarrollarse libremente con arreglo a sus leyes inmanentes y hay que permitirle que exprese lo que va conquistando, si no se quiere que el cristalino río de la vida se convierta en una apestosa charca. Si el pueblo pudiera desarrollarse al amparo de la libertad de prensa, sería con seguridad el dulce y apacible pueblo alemán más necesitado de que se le espolee para sacarlo de su flema que de la camisa de fuerza espiritual de la censura. El no poder comunicar libremente los pensamientos y sentimientos de uno a sus semejantes se parece mucho a ese sistema norteamericano de aislamiento de Jos presos que, llevado a su extremo, los conduce frecuentemente a la locura. Los elogios de aquellos a quienes les está vedado censurar no tienen el menor valor; la falta de posibiidades de expresarse es como una de esas pinturas chinas de las que no hay sombras. ¡Ojalá que no se nos mantenga dentro de un pueblo así, apático e inerte!'' \ / LOS DEBATES DE LA VI DIETA RENANA Si echamos ahora una mirada retrospectiva sobre los debates acerca de la prensa, vistos en su conjunto, no podemos sustraernos a la triste y desazonadora impresión que produce en nosotros una asamblea de representantes de la provincia renana que oscila entre el deliberado acartonamiento de los privilegios y la natural impotencia de un semiliberalismo y tenemos que reprobar, sobre todo, la ausencia casi total de puntos de vista amplios y generales y esa indolente superficialidad con que se debate al mismo tiempo que se descarta el problema de una prensa libre. Y, a la vista de esto, nos preguntaremos, una vez más, ¿si la prensa se hallaba tan lejana de las Dietas, tenía tan poco contac. to real con e1las, que no les era posible defender la libertad de pren. sa con ese interés serio y concienzudo que sólo puede nacer de la necesidad? La libertad de prensa ha entregado a los estamentos su súplica con la más fina captatio benevolentiae.P Al iniciarse el debate con que se abrieron las sesiones de la Dieta, el presidente manifestó que la publicación de estos debates, al igual que cualquiera otra, se hallaba sujeta a la censura, pero advirtiendo que allí ocupaba él el lugar del censor.

Claramente se ve que, en este punto, la libertad de prensa coincidía con la libertad misma de la Dieta. Es como si la Dieta estableciera aquí, en su propia persona, la prueba de que la falta de la libertad de prensa hace ilusorias todas las demás libertades. Al poner en tela de juicio una libertad determinada, se pone en tela de juicio la libertad. Al echar por tierra una de las formas de la libertad, se rechaza la libertad entera que, en estas condiciones, sólo puede llevar ya una vida puramente ficticia, pues, a partir de este momento, solamente el azar se encarga. rá de decir sobre qué clase de asuntos va a cebarse como potencia dominante la falta de libertad. La carencia de libertad es, cuando esto ocurre, la regla, y la libertad una excepción debida solamente al azat y a la arbitrariedad. Nada, pues, más erróneo, cuando se trata de una existencia especial de la libertad, que el pensar que estamos ante un problema especial. No; es el problema general el que aquí se ventila, dentro de una esfera especial. La libertad es siempre la libertad, ya se imprima en letra de imprenta o se grabe sobre la tierra, o en la conciencia, o en una asamblea política. Y el amigo leal de la libertad, cuyo sentimiento del honor se vería lesionado sí tuviera que votar por el ser o el no ser de la libertad, se siente perplejo ante debates como éste, en los que se discute acerca de la libertad, pierde de vista el género detrás de la especie, hablando de la prensa se olvida de la libertad, cree condenar a otro y se condena en realidad a sí mismo. Como esta VI Dieta renana se ha condenado a sí misma, al emitir su fallo condenatorio contra la libertad de prensa.

& Esos altaneros y supersabios burócratas de la práctica que, para sil! adentros y sin razón alguna, piensan de sí mismos lo que con razón"" y en voz alta decía Pericles de él: r Captación de benevolencia.

··1 SOBRE LA LIBERTAD DE PRENSA "Podría realizar con cualquiera, en lo tocante al conocimiento de las necesidades del Estado y al arte de fomentarlas" [861, esos feudatarios de la inteligencia política, se alzarán de hombros y nos dirán, con su sabiduría de oráculo, que los defensores de la libertad de prensa pierden el tiempo, pues una censura suave vale más que una li. bertad de prensa dura. Nosotros replicaremos a eso con las palabras que los espartanos Espertias y Bulis dirigieron al sátrapa persa Hydarnes: "Tu consejo, Hydarnes, no pesa para nosotros igual en los dos platillos de 1a balanza, pues conoces una de las cosas sobre las que aconsejas, pero ignoras la otra. Sabes, en efecto, lo que es la servidumbre, pero no has gustado la libertad y no conoces si es dulce o es amarga. Si la conocieras, nos aconsejarías luchar por ella con la lanza y con el hacha"[87f 1 • EL EDITORIAL DEL NúMERO 179 DE LA "GACETA DE COLONIA" rss¡ [Rheinische Zeitung, núm. 191, lO de julio de 1842]

Hasta aquí habíamos reverenciado en la Gaceta de Colonia, ya que no al "periódico de la intelectualidad renana" por lo menos a un periódico renano inteligente. Nos inclinábamos a considerar sus "editoriales políticos" como un medio tan sabio cual bien escogido para hacer ahorre. cer la política al lector de modo que, por este camino, se lanzase con mayor nostalgia al lozano y atractivo reino de los anuncios, en el que bullen la industria y a veces incluso el ingenio, bajo el lema de per aspera ad astra,a o sea, traducido al lenguaje adecuado, por la política a las ostras. Pero el prudente equilibrio que la Gaceta de Colonia había sabido mantener hasta ahora entre la política y la publicidad se ha visto alterado últimamente por una clase de anuncios a los que podríamos llamar "los anuncios de la industria política". En los pri. meros momentos de inseguridad, no sabiendo dónde colocar este nuevo tipo de publicidad, nos encontramos con que un anuncio se convertía en artículo editorial y un editorial en anuncio; anuncio que, en el lenguaje del mundo político, recibe el nombre de "denuncia", pero que, cuando se paga se llama pura y simplemente un "anuncio". En el Norte, es cosumbre servir a los huéspedes exquisitos licores an. tes de una parva comida. Siguiendo esta costumbre, vamos a servir a nuestro huésped nórdico, antes de la comida, la bebida espiritu05a, con tanta mayor razón cuanto que en la comida misma, en el artículo muy "editorial" y bastante pobre del número 179 de la Gaceta de Co. lonia, no hallaremos ni rastro de "espíritu". Por eso, empezaremos sir. viendo una escena de los Coloquios de los dioses, de Luciano, que repro. duciremos siguiendo una traducción "asequible a todos", ya que entre nuestros lectores se encontrará por lo menos uno que no será heleno. "COLOQUIO DE LOS DIOSES" DE LUCIANO XXIV. Las quejas de Hermes HERMES Y LA MAYA HERMES: ¿Habrá en todo el cielo, amada madre, un dios más ajetreado q¡f ~? MAYA: ¡No digas eso, hijo querido!

HERMES: ¿Por qué no he de decirlo? ¿Acaso no estoy condenado a prestar o Por los caminos dificiles se va a los astros.

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