ALEXANDER JUNG, LECCIONES SOBRE LA MODERNA LITERATURA ALEMANA *2 (Danzig 1842, Gerhard.)

[Deutsche Jahrbiicher fir Wissenschaft und Kunst Año L, núm. 160, 7 de julio de 1842]

Cuanto más halagüeño es el formidable movimiento espiritual con que Kónigsberg trata de colocarse en el centro del desarrollo político alemán y cuanto con mayor libertad y de modo más acusado se manifiesta allí la opinión pública, tanto más extraño tiene que parecernos que precisamente en ese lugar pretenda imponerse en el terreno filosófico cierta actitud de justo medio que se halla, manifiestamente, en contradicción con aquel público. Rosenkranz ofrece todavía algún que otro aspecto respetable, aunque también a él le falte el valor de la consecuencia; en cambio, todo el desmadejamiento y toda la lamentable pobreza del justo medio filosófico se pone de manifiesto en el señor Alexander Jung.

En todo movimiento, en toda lucha de ideas, nos. encontramos con cierto tipo de cabezas confusas que sólo se encuentran a gusto en medio de las aguas revueltas. Mientras los principios no se esclarecen ante sí mismos, se las deja hacer, pues cuando cada uno pugna por ver claro no es fácil descubrir la predestinada. falta de claridad de las mentalidades a que nos referimos. Pero cuando .cada elemento ocupa el lugar que le corresponde y los principios se deslindan, ha llegado la. hora de dar el pasaporte-a los que no sirven y de «ajustar cuentas definitivas con ellos, pues su vaciedad se revela ahora aterradoramente. Entre estas gentes de quienes venimos hablando figura también el señor Alexander Jung. : Para nosotros, lo mejor sería ignorar el libro de referencia; pero como; además, su autor edita la Hoja literaria de Kónigsberg,* desde cuyas columnas exhibe todas las semanas ante el público su tedioso positivismo, los lectores de los Anales me perdonarán que por una vez me fije en el señor Jung y trace de él una semblanza un poco'meticulosa. En tiempo de la en su día Joven Alemania *? Jung publicó unas cartas sobre la literatura contemporánea.5* Se había sumado a la nueva tendencia, pero, sin quererlo, entró con ella en oposición. ¡Magnífica po. sición para nuestro mediador! ¡El señor Alexander Jung en la extrema izquierda! No es difícil imaginarse la situación tan desagradable en que este hombre se encontraba y el torrente de excusas en que prorrumpió. Sentía, sin embargo, una pasión especial por Gutzkow, que a la sazón pasaba por ser el archiheterodoxo. Quería dar rienda suelta a su angus- [99]

tiado corazón, pero tenía miedo, no quería escandalizar. ¿Qué camino seguir? El señor Jung encontró un recurso digno de él. Escribió una apoteosis de Gutzkow, pero procurando no mencionar siquiera su nombre; escrito el artículo, le puso este título: “Fragmentos sobre un anónimo”. Diremos, si usted nos lo permite, señor Alexander Jung, que era la suya, una conducta bastante cobarde.

Posteriormente, Jung volvió a comparecer con un libro conciliador y confuso: Kónigsberg en Prusia y los extremos del pietismo Kónigsbergense.55 ¡Vaya título! El pietismo de por sí no está mal, lo único con. denable son sus extremos. Lo mismo que la Hoja literaria de Kónigsberg combate ahora los extremos de la tendencia de los jóvenes hegelianos, pues todos los extremos en general son malos y sólo la bendita conci. liación y moderación sirven para algo, ¡Como si los extremos no fuesen sencillamente las consecuencias! Por lo demás, este libro ya fue comentado en su día en los Anales de Halle. ] Ahora, se descuelga con el libro citado más arriba y derrama en él toda una carretada de aseveraciones vagas y ayunas de espíritu crítico, de juicios confusos, frases huecas y concepciones ridículamente limitadas. Tal parece como si hubiese estado durmiendo todo el tiempo, desde la publicación de sus cartas. Rien appris, rien oublié! + La Joven Alemania ha pasado a la historia, ha aparecido la escuela de los jóvenes hegelianos, Strauss, Feuerbach, Bauer y los Anales han atraído sobre sí la atención general, la lucha de principios se halla en 'su apogeo, se trata de un combate a vida o muerte, se halla en juego el cristianismo, el movimiento político lo invade todo, y el bueno de Jung sigue todavía pensando de un modo simplista que “la nación” no tiene otra: cosa que hacer que seguir pendiente de una nueva obra de teatro de Gutzkow, de la novela que ha anunciado Mundt o del nuevo rasgo de ingenio que hay que esperar de Laube. Mientras el grito de lucha resuena 2 través de toda Alemania, mientras se debaten delante de sus narices los nuevos principios, el señor Jung se sienta tranquilamente en su cuarto, muerde la pluma y se pone a cavilar sobre el concepto: de lo “moderno”. No oye nada ni ve nada, pues se hunde hasta los pelos en montones de libros cuyo contenido ya no interesa a nadie y se esfuerza por clasi. ficar limpia y ordenadamente cada una de las piezas en las categorías hegelianas.

En el umbral de sus Lecciones pone como vigía el fantasma de lo “moderno”. ¿Qué es lo “moderno”? El señor Jung nos dice que toma como punto de partida de lo “moderno” a Byron y George Sand y que los más próximos elementos principales de la nueva era hay que buscarlos en Alemania, y son Hegel y los escritores de la llamada: Joven Literatura. — - Al pobre Hegel se le atribuye todo lo habido y por haber. Ateísmo, hegemonía de la autoconciencia, teoría revolucionaria del Estado y, por si todo eso no bastara, ahora, la Joven Alemania. Pero es sencillamente ridículo querer poner a Hegel en relación con esta pandilla. ¿Acaso el 2 No ha aprendido ni olvidado nada.

señor Jung ignora que Gutzkow polemizó siempre contra la filosofía hegeliana, que Mundt y Kiúhne apenas entienden nada de estos problemas y que Mundt,. sobre todo, en la Madonna y en otros lugares ha expresado los mayores disparates € incomprensiones en relación con Hegel y es ahora adversario declarado de.sus doctrinas? ¿Y no sabe que Wienbarg se ha manifestado también en contra de. Hegel y que, en su Historia de la literatura, Laube emplea constantemente de «un modo falso las categorías hegelianas? : Enseguida, el señor Jung aborda el concepto de lo “moderno” y se tortura en torno a él a lo largo de seis páginas, sin llegar a dominarlo. ¡Como si “lo: moderno” pudiera nunca “elevarse a concepto”! ¡Como si pudiera convertirse en una: categoría filosófica una frase tan vaga, imprecisa y hueca como ésta, deslizada de un modo más o menos misterioso por las cabezas superficiales! ¡Qué abismo tan grande de diferencia entre lo “moderno” de Heinrich Laube, que huele a salón aristocrático y toma cuerpo en la figura de un: dandy, y la “ciencia moderna” destacada en-el título de la doctrina de la fe de Strauss! *6 Pero, tiempo perdido, pues el señor A. Jung ve en este título la prueba de que Strauss reconoce lo moderno, lo que hay de específicamente moderno en la Joven Alemania, como una potencia erigida sobre sí, e inmediatamente lo mete en el mismo saco con la joven literatura. Y, por último, define el concepto de lo moderno como la: independencia del sujeto con respecto a toda autoridad puramente externa, Que esta aspiración constituye una nota fundamental del movimiento de nuestra época lo sabemos desde hace tiempo: y que los “modernos” guardan relación con ello no lo negará nadie; pero aquí se revela de un modo brillinte el :confusionismo de Jung al convertir chabacanamente la parte en el todo y una época ya caduca. de transición en el periodo de florecimiento. Se trata a todo: trance, valga.o no, de hacer: de la Joven Ale. mania el exponente de todo el contenido de la época y, de paso, tam. bién Hegel recibe su pequeña parte. Ya vemos cómo el señor Jung aparecía hasta 'aquí dividido en dos segmentos: en un: ventrículo de su corazón se albergaba Hegel, en :el otro la Joven” Alemania. Ahora, al escribir estas Lecciones no tenía más remedio «que poner en conexión los dos segmentos. ¡Vaya perplejidad! La mano izquierda acariciaba a: la filosofía, mientras la derecha hacía mimos -a+la superficial y chillona negación de la filosofía y, en buena doctrina cristiana, la mano derecha ignoraba lo que hacía la izquierda. ¿Qué podía hacer el señor Jung? En vez de proceder honradamente y renunciar a uno de los dos amores, incompatibles entre sí, dando un audaz viraje, trata de derivar de la filo: sofía. la negación de toda filosofía.

Con este fin, se dedican treinta páginas al pobre Hegel. Una ampulosa apoteosis henchida de frases vuelca su turbio torrente sobre la tum. ba del grande hombre; y, en seguida, el señor Jung se tortura queriendo demostrar que el rasgo fundamental del sistema hegeliano es la afirmación del libre sujeto contra la heteronomía de la rígida objetividad. Pero no hace falta estar muy versado en Hegel para saber que este filósofo se coloca en un punto de vista bastante más alto, que es el de la conciliación del sujeto con las potencias objetivas, que muestra un enorme respeto por la objetividad, por la realidad, que pone lo existente muy por encima de la razón subjetiva del individuo, -y precisamente desde este punto de vista exige que la realidad objetiva se considere como racional, Hegel no es el profeta de la autonomía subjetiva, como cree el señor Jung y como, convertida la autonomía en arbitrariedad, se manifiesta en la Joven Alemania; el principio hegeliano es también heteronomía, supeditación del sujeto a la razón general. Y, a veces, por ejemplo en la filosofía de la religión, a la sinrazón general. Nada despreciaba Hegel tanto como el intelecto, el cual no es otra cosa que la razón plasmada en su subjetividad e individualidad. Tal vez el señor Jung trate de contestarme a esto diciéndome que él no se refiere a eso, sino que habla tan sólo de la autoridad puramente externa, que tampoco se propone ver en Hegel más que la mediación entre ambas facetas y «que el individuo “moderno”, a su juicio, no quiere, precisamente, verse condicionado más que “por la propia convicción de la racionalidad de un algo objetivo”, pero en ese caso yo le rogaría, a mi vez, que no mezclase a Hegel con los jóvenes alemanes cuya esencia consiste cabalmente en la arbitrariedad subjetiva, en la curiosidad y el capricho, y en ese caso tendríamos que “el individuo moderno” no es más que otro modo de designar a un hegeliano. Partiendo de una confusión tan ilimitada, se comprende que el señor Jung vaya a buscar lo “moderno” a la escuela hegeliana, y con razón se considera el lado izquierdo llamado preferentemente a confraternizar con los jóvenes alemanes. , Por fin, el autor pasa a hablar de la “moderna” literatura, y al llegar aquí prorrumpe en un tropel de elogios y reconocimientos. No hay, en este campo, nadie que no haya hecho algo bueno, que no represente algo digno de mención, nadie a quien la literatura no deba cierto progreso. Estas interminables alabanzas, este afán conciliador, este empeño incontenible de hacer de alcahuete y negociador. literario, resulta insoportable. ¿Qué se le da a la literatura de que tal'o cual autor tenga un poquito de talento, de que haya aportado en este o en.el otro aspecto una minucia, si el tal autor-no sirve para nada, si toda su tendencia y su carácter literario, su obra vista en conjunto, no tienen el menor valor? En literatura, nadie vale de por sí, sino solamente en relación con el todo. Si yo me prestase a semejante crítica, tendría que proceder tam. bién de un modo muy discutible con el señor Jung, porque tal vez haya en este libro cinco: páginas que no están mal escritas y denotan algún talento.

Al señor Jung le fluyen de los puntos de la pluma, con gran facilidad o cierta grandeza, una gran cantidad de pronunciamientos cómicos. Así, hablando del modo tan tajante como la crítica ha dado de lado a Piickler, se alegra de que aquélla “emita un juicio sin parar mientes en la persona ni en el rango”. Pues “esto —dice— acredita en verdad la elevada posición, independiente de sí misma, en que se halla la crítica alemana”. ¡Qué opinión tan mala debe de tener el señor Jung de la nación alemana cuando le cotiza tan alta una cosa como ésta! ¡Como si hiciese falta, en realidad, un valor admirable para censurar las obras de un príncipe!

Pasaré por alto estos chismes que tratan de hacerse pasar por historia de la literatura y que, aparte de su vaciedad e incongruencia interiores, acusan además enormes lagunas; faltan, por ejemplo, los líricos Griin, Lenau, Freiligrath, Herwegh, los dramáticos Mosen y Klein, etc. Por último, llega el señor Jung a la meta que desde el primer momento se había propuesto y nos habla de su querida Joven Alemania, que representa para él la cúspide de “lo moderno”. Y comienza con Bórne. Pero, en realidad, la influencia ejercida por Búrne sobre la Joven Alemania no ha sido tan grande; Mundt y Kihne lo tenían por un loco, para Laube era demasiado democrático y demasiado decidido, y solamente en Gutzkow y en Wienbarg se manifiesta una influencia más profunda. Gutzkow, sobre” todo, debe muchísimo a Bórne. Pero la mayor influencia fue la:que éste llegó a ejercer calladamente sobre la nación, que conserva sus obras como un santuario y se fortaleció y mantuvo erguida en ellas en los turbios años de 1832 a 1840, hasta que nacieronícon los nuevos liberales o liberales filosóficos los auténticos hijos del autor-de las Cartas de París.56. * * >: Sin la influencia directa e indirecta de Bórne, le habría resultado mucho más difícil cristalizar a la tendencia “libre inspirada por Hegel. Pero ahora se trataba simplemente de limpiar de escombros: los caminos especulativos tapiados entre Hegel y Bórne, lo cual no-era tan difícil, Estos dos hombres estaban“más cerca el uno del otro de loque parecía. La inmediatez y la sana' intuición: de Bórmne se revelaron como el lado práctico de lo que Hegel tenía por lo menos en perspectiva, teórica. mente, Y, como es natural, el señor Jung tampoco ve-esto. Búórne es para él, hasta cierto punto, claro está, un: hombre respetable e incluso un hombre de carácter, «lo que en ciertas circunstancias tiene indudablemente mucho valor, posee 'méritos innegables, como los poseen tar. bién, por ejemplo, un Varnhagen o un Piickler, y también ha escrito buenas críticas teatrales, pero era un fanático y un terrorista, y de-ambas cosas ¡líbrenos Dios! Esa es la lamentable concepción, desmadejada y cobarde, que se nos ofrece de un hombre que ya con sus solas intenciones- era. un exponente de su tiempo. o Este Jung, que trata de construir a “base del concepto absoluto la Joven Alemania y hasta la personalidad de Gutzkow, ni siquiera es capaz de comprender un carácter tan sencillo como 'el de Bórne; no se da cuenta del modo tan necesario y tan consecuente con que brota. ban de la esencia más íntima de Bórne hasta los juicios más extremos y más radicales, no se da cuenta de que Bórne era, por naturaleza, un republicano y de que, tratándose de un hombre así, no pueden consi. derarse demasiado fuertes las Cartas de París, ¿O acaso el señor Jung no ha oído nunca a un suizo o un norteamericano hablar de los Estados monárquicos? ¿Y quién se atrevería a reprochar a Bórne el que “sólo considerara la vida desde el punto de vista de la política?” ¿No hace Hegel lo mismo? ¿No es también para él el Estado, en su transición hacia la historia universal, es decir, en las condiciones de la política interior y exterior, la realidad concreta del espíritu absoluto? Y —es ridículo—, dada esta manera directa e ingenua de ver de Bórne, que encuentra su complemento en la concepción más amplia de Hegel y que muchas veces coincide con ella de un modo asombroso, el señor Jung entiendé, sin. embargo, que Bórne se ha “trazado un sistema de política y de felicidad de los pueblos”, una imagen abstracta perdida en las nubes de la que hay que partir para explicarse sus ideas unilaterales y sus testarudeces. El señor Jung no tiene ni la más remota noción: de la significación de Bórne, de su férreo y'coherente carácter, de su imponente fuerza de voluntad, y no puede tenerla, siendo él como es un hombrecillo conciliador, de carácter blando y sin independencia. , Ignora que Bórne:es una personalidad única en la historia alemana y el abanderado de la li bertad de Alemania, el único hombre de' la: Alemania de su. tiempo; no sospecha siquiera lo que es levantarse frente a cuarenta millones de alemanes y proclamar el reino de la idea; no puede comprender que Bórne sea el Juan Bautista de la nueva época, que predica la penitencia a los alemanes satisfechos de sí mismos y les anuncia que ya el hacha va acercándose a las raíces del árbol y que vendrá el hombre:fuerte que sustituirá el agua- bautismal por el fuego y aventará la paja de la era. De esta paja forma parte también el señor A. Jung. Por último, el señor Jung pasa a hablar de su querida Joven Alemania y comienza con una crítica de Heine bastante tolerable, aunque demasiado prolija. Los demás van desfilando por turno, primero Laube, Mundt y Kúhne, enseguida Wienbarg, al. que se tributa merecido homenaje, y por último, en cerca de cincuenta páginas, Gutzkow. Los.tres primeros reciben el acostumbrado homenaje al justo medio, muchos elogios y censuras muy recatadas; a Wienbarg se le destaca resueltamente, pero sólo en cuatro páginas; finalmente, a Gutzkow, con'un servilismo desvergonzado, se le presenta como el exponente de.lo “moderno”, construyéndolo con arreglo al esquema conceptual de Hegel y tratándolo como a una personalidad de primera. fila, Podría uno dejar pasar estos juicios si se tratase de un autor joven y en proceso de desarrollo; son muchos los que durante algún tiempo cifraron esperanzas en la Joven Literatura y, augurándole un gran porvenir, valoraron sus obras con mayor indulgencia que la de que por sí merecían. Sobre todo, quien reproduzca; en su propia conciencia las etapas más recientes de desarrollo del espíritu alemán volverá alguna vez la vista con predilección a las obras de Mundt, Laube o Gutzkow. Pero, de entonces acá, los progresos logrados sobre esta tendencia se han impuesto enérgicamente y la vacuidad de la mayoría de los escritores de la Joven Alemania se ha revelado de una manera aterradora. La Joven Alemania emergió de la vaguedad de.una época agitada, y esta misma vaguedad quedó después adherida a ella. Ideas que por aquel entonces bullian en las cabezas como algo informe y sin desarrollar y que más tarde se convirtieron en ideas concientes gracias a la filosofía, fueron convertidas por la Joven Alemania en un juego de la fantasía. De ahí la imprecisión, la confusión que en cuanto a los conceptos imperaban entre los jóvenes alemanes. Entre quienes más concientes eran de lo que querían se destacaban Gutzkow y Wienbarg, entre los que menos, Laube. Mundt. perseguía quimeras sociales; Kiihne, en el que bullía algo de Hegel, clasificaba y esquematizaba. Pero, la falta general de claridad no permitía obtener ningún resultado importante. La idea de la legitimidad de lo sensible se concebía, después del precedente de Heine, de un modo tosco y cha. bacano, los principios políticos liberales diferían según la personalidad de cada cual y la situación de la mujer daba pie a las discusiones más estériles y más confusas. Nadie sabía dónde estaba el otro. 'A la confusión general de la época hay que atribuir también las medidas tomadas por los diversos gobiernos contra estas gentes. La forma fantástica en que se propagaban aquellas ideas sólo podía contribuir a aumentar la confusión. Las brillantes apariencias «de los escritores de la Joven Alemania, su ingenioso, chispeante y vivo modo de escribir y la misteriosa mística: de que nimbaban sus términos fundamentales, unido todo ello a-la regeneración de la crítica y a la animación que sabían dar a sus revistas literarias, no tardaron: en atraer a gran número de escritores más jóvenes que ellos y mo pasó mucho tiempo antes de que todos tuvieran su corte, exceptuando a Wienbarg. Las viejas letras achacosas hubieron de ceder a los nuevos impulsos y la “Joven Literatura” se hizo cargo del campo conquistado, se repartió las zonas de influencia y. se dividió «interiormente en el reparto. La insuficiencia del principio hubo de manifestarse aquí. Cada cual se había engañado en cuanto al otro. Los principios se esfumaron; sólo se trataba ya de per. sonalidades. Todo el problema estaba en si había de triunfar Gutzkow o Mundt. Los periódicos comenzaron a verse llenos de pandillismo, capillas, intrigas y disputas en torno:a minucias. La fácil victoria había convertido a estos jóvenes señores en hombres soberbios y petulantes. Se consideraban como figuras pertenecientes a la historia universal, Donde quiera que aparecía un joven escritor, se le ponía la pistola.al pecho, exigiendo de él sumisión incondicional, Cada cual se arrogaba el derecho a'ser adorado como el único y exclusivo dios de la literatura. ¡No' adorarás a otros dioses, fuera de mál La más tenue censura: provocaba mortales enemistades.

Por este camino, la tendencia perdía todo el contenido espiritual que aún pudiera tener y se empantanaba en el escándalo, el cual culminó en el libro de Heine sobre Búrne 57 y que degeneró en la infamia. De todas estas personalidades, examinadas una por una, la más noble es, sin duda alguna, Wienbarg, hombre vigoroso y de cuerpo entero, una estatua de bruñido bronce hecha de una pieza y sin la menor mácula. Gutzkow es el más claro y el más inteligible de todos; el que más ha producido y el que, con Wienbarg ha aportado, además, los más inequívocos testimonios de sus intenciones. Pero, si se propone permanecer en el campo de la dramaturgia, debería elegir temas mejores y más pletóricos de ideas que hasta ahora e inspirarse para escribir no tanto en el espíritu “moderno” como en el espíritu real del presente. Nosotros exigimos más contenido de pensamiento que las frases liberales de un Patkul o la blanda sensibilidad de un Werner.58 Para lo que Gutzkow tiene gran talento es para la publicística; es un periodista nato, pero sólo podrá mantenerse en pie de un modo: asimilándose la más reciente trayectoria de. la filosofía de la religión y del Estado y consagrando incondicionalmente al movimiento de nuestra época su Telégrafo, que, según se dice, trata de resucitar, Pero si se deja llevar de la degenerada amena literatura, acabará siendo. uno':de tantos periódicos entre litera. rios y científicos que no son. ni carne ni pescado, en los que abundan las tediosas novelas, que apenas se leen y que, en general, han caído más bajo que nunca por:su contenido y en el favor del público.- La época de estas publicaciones ha pasado ya y van perdiéndose, poco a poco, en la corriente de los periódicos políticos, que pueden muy bien dar de lado al poquito de literatura que todavía «conservan. Laube, pese a todas sus malas cualidades, es todavía, en cierto modo, digno de estima; pero su literatura desordenada y sin principios, hoy novelas, mañana historias de la literatura, ¡pasado mañana críticas, dramas, etc., su vanidad y superficialidad, no le dejan' desarrollarse. Y el espíritu de la libertad brilla en él tan poco como en Kiihne. Las “ten. dencias” de la que un díafue la “Joven Literatura” hace mucho tiempo que han caído en el olvido, y los dos han sido absorbidos por el vacuo y abstracto interés literario. La indiferencia se ha tornado en franca apostasía e Heine y Mundt. El libro de Heine contra: Bórne es lo más indigno que jamás haya escrito en lengua alemana, y las más recientes actividades de Mundt en El Piloto han: privado al autor de la Madonna del último rastro de respeto a los ojos de la nación. Aquí, en Berlín, se sabe demasiado bien qué se proponía el señor Mundt al rebajarse. de este modo ante sí mismo: proponíase conseguir una cátedra; ello hace que sea todavía más repugnante esta. sumisión que de pronto se ha manifestado en el señor Mundt. Dejemos que el señor Mundt y su escudero F. Radewell sigan infundiendo sospechas contra la moderna filosofía, agarrándose al ancla de salvación de la revelación schellingiana y poniéndose en ridículo ante la nación con sus disparatados intentos de filosofar por cuenta propia. La libre filosofía puede seguir lanzando al mundo, tranquilamente y sin que nadie los refute, sus trabajos filo. sóficos de discípulos, los cuales se derrumban por sí solos. Lo que lleva en la frente el nombre del señor Mundt aparece marcado, como las obras de Leo, con el sello de la apostasía. Tal vez consiga pronto un nuevo seguidor en la persona del señor Jung; no sería difícil, como ya hemos visto y aún habremos de ver más adelante. Una vez que el señor Jung ha alcanzado la verdadera meta de sus Lecciones, pone gran empeño en provocar al final, una vez más, las carcajadas de la nación. Pasa de Gutzkow a David Strauss, atribuye a éste el eminente mérito de haber resumido “los resultados de Hegel y Schleiermacher y los del moderno estilo” (¿acaso es esto el estilo moderno?) y, a este propósito, se queja amargamente de la espantosa y eterna negación.

¡La negación, la negación! Los pobres positivistas y gentes del justo medio ven crecer más y más la ola de la negación, se aferran los unos a los otros y se ponen a gritar, clamando por algo positivo. Y he aquí - que un Alexander Jung predica acerca del movimiento eterno de la his. toria universal, llama al progreso negación y, por último, se las da de falso profeta que anuncia “un gran alumbramiento positivo”, que describe de antemano con las más retorcidas frases y del que dice que: derrotará con la espada del Señor a los Strauss, los Feuerbach y cuantos: guardan relación con ellos. Y también en su Hoja literaria predica la * palabra del nuevo Mesías “positivo”.

¿Puede darse nada más antifilosófico que este disgusto tan mal recatado, que este descontento tan abierto con el presente? ¿Cabe com. portarse de un modo más afeminado y desmedulado que como lo hace el señor A. Jung? ¿Cabe concebir un juego más lamentable de la fantasía —si exceptuamos el escolasticismo neoschellingiano— que esta devota fe en el “Mesías positivo”? ¿Cuándo ha existido una confusión mayor y también, desgraciadamente, más extendida que la que ahora reina en relación con los conceptos de “lo positivo y lo negativo”? Si nos tomamos la molestia de mirar de cerca a la tan denostada negación, enseguida vemos que también ella es, en absoluto, una posición. Claro está que para quienes consideran cómo no positivo lo racional, el pensamiento, porque no se está quieto, sino que se mueve, y cuyo espíritu, adhesivo como la yedra, necesita de un muro en ruinas, de un hecho, para apegarse a él claro está, digo, que para esos todo progreso es negación. Pero, la verdad es que el pensamiento, en su desarrollo, es lo único eterno y positivo, al paso que la facticidad, la exterioridad de los hechos, es precisamente lo negativo, lo que tiende a desaparecer y lo que se expone a la crítica.

“¿Pero, quién será el encargado de custodiar este tesoro infinito, que permanece cerca de nosotros?”, continúa diciendo el señor Jung, con redoblado patetismo. Dicho en otras palabras, ¿quién será el Mesías que saque a las débiles y vacilantes almas del destierro de la negación, de la sombría noche de la desesperación, para llevarlas al país en que manan la leche y la miel? “¿Será Schelling? — Grandes y santas esperan. zas ciframos nosotros en Schelling, precisamente porque durante -tanto tiempo ha confiado en la soledad y por haber sido él precisamente quien descubrió aquel lugar de quietud junto al manantial del pensamiento y de la creación, aquel lugar señorial que hace que el tiempo deje de ser el tiempo”, etc. Es la manera de hablar de un hegeliano, y más adelante (Hoja literaria de Kónigsberg, núm. 4): “Mucho, muchísimo, esperamos de Schelling. Confiamos en que cruzará por la historia con el mismo resplandor de una luz nueva y nunca vista con que un día cruzó por la naturaleza”, etc.

Y luego, en el núm. 7, un homenaje al Dios ignoto de Schelling. La filosofía de la mitología y de la revelación se construye como algo necesario y el señor Jung se siente feliz en la conciencia de poder seguir aunque sólo sea de lejos y con su mirada encendida de entusiasmo la trayectoria del pensamiento schellingiano. Tan blandengue y nostál. gico es el pensamiento de este Jung, que sólo se siente satisfecho cuando se consagra a otro, cuando se somete a una autoridad ajena. Inútilmen. te buscaremos en él ni rastro de independencia; cuando suelta el punto de apoyo en que se hace fuerte, se derrumba sobre sí mismo y comienza a llorar lágrimas de nostalgia. Se siente seguro incluso abrazándose a lo que no conoce, y, a pesar de las noticias bastante seguras que se tenían acerca de la filosofía schellingiana ya antes de ser expuesta en Berlín, y acerca del contenido específico de sus lecciones, para el señor Jung no hay mayor beatitud que el prosternarse”a los pies de Schelling. No sabe cómo se ha expresado Schelling acerca de Hegel en el prólogo a la obra de Cousin $2 o, mejor dicho, lo sabe muy bien, lo que no es obstáculo para que él, un hegeliano, rinda culto a Schelling y para que, con estos antecedentes, se atreva todavía a llevar en los labios el nombre de Hegel y a invocar su autoridad en contra de la más reciente trayectoria.

Y, para coronar su propia y querida indignidad, prosternándose nuevamente ante Schelling en el núm. 13, quema ante su primera lección el incienso de toda su admiración y prosquinesis. Encuentra, según nos dice, comprobado en esta primera lección lo que de Schelling “no sólo presuponía, sino que sabía aquel entrelazamiento maravillosamente lozano y acabado también en cuanto a la forma de todos los elementos cien: tíficos, artísticos y morales, que en una asociación del mundo antiguo y el mundo cristiano pueden consagrar a la persona así glorificada como un sacerdote de lo supremo y de su revelación muy diferente de los sacerdotes de rango inferior y de los simples laicos”. Claro está que algunos han caído tan bajo, “que niegan por envidia incluso la grandeza que aquí se revela a todo el mundo, clara y pura como la luz del sol”. “Ya la primera de sus lecciones irradia ante nosotros, espléndidamente, toda la grandeza de Schelling, su superioridad sobre cuanto brilla y se destaca en las tendencias puramente unilaterales.” —““Quien ha comenzado así no tiene más remedio que continuar poderosamente, acabará necesariamente como vencedor, y si todos se cansan y fatigan y caen, inhabituados a' semejante vuelo, y nadie es ya capaz de seguir mi de com» prender lo que tú proclamas desde el primer momento, puedes estar seguro de que te escuchan los: manes de quien es igual a tí, del más leal y más espléndido de tus amigos, los manes del viejo Hegel.” $ No sabemos qué pensaría el señor Jung cuando se dejó llevar de este arrebato de entusiasmo y estampó sobre el papel toda esta romántica tirada. Nuestro devoto “sacerdote” no tenía, al parecer, mi la más remota noción de lo que, por lo menos aquí, en Berlín, todo el mundo sabía de antemano o podía inferir con toda seguridad. Y ahora nadie ignora cuáles son las “revelaciones” que nos predica aquel “sacerdote de lo supremo” y dónde residen la “grandeza”, la “misión de revelar lo supremo a la humanidad”, el “grandioso vuelo” y cómo Schelling “ha acabado como vencedor”. En el librillo titulado Schelling y la revelación, cuya paternidad debo confesar aquí, he procurado yo exponer de un modo completamente objetivo el contenido de la nueva revelación. Y el señor Jung debiera poner de manifiesto a la luz de este testimonio hasta qué punto se han cumplido sus esperanzas o, por lo menos, tener la sinceridad y el valor de reconocer su brillante error. Sin entrar detalladamente en la crítica de' Sealsfield, con la que el señor Jung pone fin a su libro, puesto que me hallo muy distante del campo literario, sólo quiero, para terminar, remitirme a algunos pasajes de la Hoja literaria de Kónigsberg, para poner de relieve una vez más, a la luz de ellos, el desmadejamiento y la ampulosidad del señor Jung. Ya en el núm. 1 se alude, aunque de un :modo muy retraído, a la Esencia del cristianismo, de Feuerbach; en el núm. 2 se ataca, todavía con respeto, la teoría de la negación de los Anales; en el núm. 3 se rinde homenaje a Herbart, como antes a Schelling; en el núm. 4 se tributan elogios a ambos y al mismo tiempo, se previene al. lector contra el radicalismo; en el núm. 8 se inicia una crítica detallada del libro de Feuerbach, en la que la mediocridad del justo medio hace valer su superioridad sobre el radicalismo resuelto. ¿Y cuáles son los argumentos decisivos que aquí se emplean? Feuerbach, dice el señor Jung, tendría toda la razón si la tierra fuese el universo entero; desde el punto de vista terrenal, su obra es hermosa, palmaria, excelente, irrefutable; pero, desde el punto de vista universal, del mundo en su totalidad, es nula. ¡Hermosa teoríal ¡Como si en la luna dos más dos fuesen cinco, en el planeta Venus las piedras volasen ingrávidamente o en el sol hablasen las plantas! ¡Como si más allá de la atmósfera terrestre comenzase una razón aparte, una nueva razón y el espíritu pudiera medirse por su distancia del sol! ¡Como si la autoconciencia a que llega la tierra en la humanidad no se convirtiera en conciencia del mundo en el momento mismo en que conoce la posición que ocupa como momento de ella! ¡Como si semejante objeción fuese algo más que un pretexto para dar: largas a la fatal respuesta al viejo problema, desplazándola a la infinitud mala del espacio! ¿No suena a algo raramente simplista el que el señor Jung deslice de pronto en medio de la cadena fundamental de su argumentación la tesis de “la razón que trasciende de toda detérminabilidad meramente esfé. rica”? ¿Cómo puede entonces, habiendo reconocido la consecuencia y la racionalidad de lo que se rebate desde el punto de vista terrenal, dis- : tinguir esto del punto de vista “universal”? Sin embargo, es algo perfectamente digno de un imaginativo y de un sentimental como el señor Jung el perderse en la infinitud mala del cielo estrellado y el cavilar toda suerte de curiosas hipótesis y maravillosas ensoñaciones en torno a los seres pensantes, amantes y sujetos de fantasía que flotan en los otros planetas.

Pero resulta ridículo, a este propósito, el que llame la atención en contra de la superficialidad de acusar a Feuerbach y Strauss, sin más, de ateísmo y de incondicional negación de la inmortalidad. El señor Jung no ve que estos pensadores no reclaman otro punto de vista que éste. Prosigamos. En el núm. 12, nos amenaza ya el señor Jung con su cólera; en el núm. 26 se construye a Leo y, basándose en el innegable talento del hombre, se olvidan y palían totalmente sus intenciones, más aún, se juzga a Ruge del mismo modo injusto que a Leo. El núm. 29 reconoce la insulsa crítica que en los Anales de Berlín hace Hinrich de la Trompeta * y se manifiesta, aunque de un modo todavía no resuel. to, en contra de la izquierda; el núm. 35, colmando la medida, publica un largo y cruel artículo sobre F. Baader, cuya mística sonámbula y cuya negación de la filosofía se le reconocen como un mérito; final. mente el núm. 36 se lamenta de “nuestra polémica” o, dicho en otras palabras, se queja, manifiestamente, de un artículo publicado por E. Meven en la Gaceta Renana,'! en el que por una vez —¡Cosa curiosal— se le cantan las verdades al señor Jung.

Y es que el señor Jung vivía tan perdido en sus sueños, que se consi. deraba como nuestro “camarada de luchas”, que creía “defender las mismas ideas” y consideraba que aunque “mediasen diferencias” entre nosotros, “no cabía duda acerca de la identidad de los principios y los fines”. Confiamos en que ahora se habrá dado cuenta, por fin, de que nosotros no queremos ni podemos fraternizar con él. Estos desventurados individuos anfibios y ambiguos no son aptos para la lucha. Esto entusiasma a los hombres decididos y a las gentes de carácter. En el curso de las anteriores líneas comete, además, el error de caer en los tópicos más triviales acerca del despotismo literario de los liberales, haciendo además reserva expresa de conservar su libertad. Que se quede con ella y que todo el mundo se la respete y le deje usarla tranquilamente por toda una eternidad. Pero, nos permitirá que le demos las gracias por la ayuda que trata de prestarnos, le relevemos de ella y le digamos honradamente qué opinión nos merece. De otro modo, resultaría que el verdadero déspota literario era él, y su temperamento es demasiado blando para ello. El mismo número a que nos referimos termina dignamente con un grito de auxilio contra “el egoísta y hueco clamor que, de un modo furioso, eleva a Dios la autoconciencia”, después de lo cual la Hoja literaria de Kónigsberg se atreve a €stampar estas espantosas exclamaciones: “¡¡Abajo el cristianismo, abajo la inmortalidad, abajo Dios!!” Se consuela, sin embargo, añadiendo que “están ya en el vestíbulo los funerarios encargados de transportar los cadáveres de quienes se atreven a proferir semejantes gritos”. Es decir, una vez más la impotencia de una apelación al futuro. No he tenido ocasión de ver ningún otro número del periódico de Jung. Pero creo que bastarán las pruebas aducidas para justificar por qué debe rechazarse a Jung de la comunidad de los hombres resueltos y de los “Libres”, pues él mismo se coloca ahora en la actitud de ver lo que se hace de él, Y, para terminar, permítaseme todavía una observación. No cabe duda de que el señor Jung es el escritor más débil de carácter, más carente de vigor y menos claro de Alemania. ¿Cómo explicarse todo esto y cómo explicar la forma edificante de que hace gala en todos sus escri. tos? ¿Habrá que buscar la razón de ello en que, según se dice, el señor Jung fue anteriormente, ex officio,» un escritor devoto? 2 FRIEDRICH Oswald b De oficio.