Immermanns «Memorabilien»

Immermanns «Memorabilien»  
Primer tomo. Hamburgo, Hoffmann und Campe. 1840  

[«Telegraph für Deutschland»  
Núm. 53, abril de 1841]

La noticia de la muerte de Immermann fue un duro golpe para nosotros, los renanos; no sólo por la significación poética, sino también por la personal de este hombre, aunque esta última comenzaba a desenvolverse aún más que la primera. Mantenía él una relación propia con las fuerzas literarias más jóvenes que últimamente han surgido en Renania y en Westfalia; pues, desde el punto de vista literario, Westfalia y el Bajo Rin forman un todo, por más que en lo político se hayan diferenciado hasta ahora tan netamente; así, el *Rheinische Jahrbuch* constituye, para los autores de ambas provincias, un centro común. Cuanto más se había mantenido el Rin hasta ahora alejado de la literatura, tanto más pugnaban los poetas renanos por erigirse en representantes de su tierra natal, y así obraban, ciertamente no siguiendo un plan, pero sí con una meta. Un afán semejante rara vez se queda sin el centro de una personalidad fuerte a la que los más jóvenes se subordinan sin menoscabo de su autonomía, y este centro parecía querer ser Immermann para los poetas renanos. Pese a no pocos prejuicios contra los renanos, paulatinamente se había naturalizado entre ellos, había consumado abiertamente su reconciliación con el presente literario al que todos los más jóvenes pertenecían, un espíritu nuevo, más fresco, había descendido sobre él, y sus producciones hallaban cada vez mayor reconocimiento. Así, también el círculo de jóvenes poetas que se juntaban a su alrededor y acudían a él desde la vecindad se hacía cada vez más grande; ¡cuántas veces, por ejemplo, no cerraba Freiligrath, cuando aún escribía facturas y calculaba *Conti Correnti* en Barmen, el libro memorial y el libro mayor, para pasar uno o un par de días en compañía de Immermann y de los pintores de Düsseldorf! De este modo sucedió que Immermann ocupó un puesto importante en los sueños, que aquí y allá despuntaban, de una escuela poética renano-westfaliana; antes de que madurara la fama de Freiligrath, era él la transición mediadora de la literatura provinciana a la literatura común alemana. Quien tenga ojo para tales relaciones y conexiones, hace tiempo que no ignora esta circunstancia; hace un año, entre otros, Reinhold Köstlin señalaba en «Europa» cómo Immermann iba madurando hacia la posición que Goethe ocupó en sus últimos años[^1]. La muerte ha desgarrado todos estos sueños de futuro y esperanzas.

Pocas semanas después de la muerte de Immermann aparecieron sus «Memorabilien». ¿Era ya lo bastante maduro, en la edad más vigorosa del hombre, para escribir sus propias memorias? Su destino lo afirma, su libro lo niega. Pero tampoco hemos de considerar los «Memorabilien» como la conclusión con que un anciano declara terminada su carrera; Immermann ajustaba cuentas, más bien, tan sólo con un período anterior de su actividad, con el período exclusivamente romántico, y así flota, en verdad, otro espíritu sobre este libro que sobre las obras de aquel período. A ello se sumaba que los acontecimientos aquí descritos se habían alejado tanto por el poderoso vuelco del último decenio que incluso a él, a su contemporáneo, le parecían históricamente liquidados. Y sin embargo, creo poder afirmar que, diez años después, Immermann hubiera concebido con mayor altura y libertad el presente y la posición de éste respecto al eje de su obra, la guerra de liberación. Pero, por lo pronto, se trata de considerar los «Memorabilien» tal como son de una vez.

Si el antiguo romántico había aspirado ya en «Los Epígonos» al más elevado punto de vista de la plasticidad y serenidad goethianas, si el «Münchhausen» descansaba ya enteramente sobre la base del modo poético moderno, su obra póstuma muestra con mayor claridad aún hasta qué punto Immermann sabía apreciar los más recientes desarrollos literarios. El estilo, y con él la forma de la intuición, son enteramente modernos; sólo el contenido más reflexionado, la articulación más rigurosa, la peculiaridad de carácter acuñada con nitidez y la actitud —aunque bastante velada— antimoderna del autor distinguen este libro de la masa de descripciones, caracteres, memorias, recensiones, situaciones, estados, etc., con que hoy día se satura nuestra literatura, que suspira por un sano aliento poético de vida. En todo ello Immermann tiene el tacto suficiente para llevar rara vez ante el foro de la reflexión objetos que pueden apelar a otro tribunal distinto del del entendimiento desnudo.

El primer tomo que aquí se presenta halla su materia en «la juventud de hace veinticinco años» y en los influjos que la dominaban. Una «carta aviso» lo introduce, en la que se expone con la mayor fidelidad el carácter del todo. Por un lado, estilo moderno, palabras de orden modernas, incluso principios modernos; por el otro, peculiaridades del autor cuyo significado para un círculo más amplio ha caducado hace tiempo. Immermann escribe para alemanes modernos, como dice con palabras bastante secas, para aquellos que se mantienen igualmente lejos de los extremos del germanismo y del cosmopolitismo; entiende la nación de un modo enteramente moderno y sienta premisas que, consecuentemente, conducirían a la autocracia como destino del pueblo; se pronuncia decididamente contra «la falta de confianza en sí mismo, la furia de servir y de despreciarse»[^2] que aquejan a los alemanes. Y, sin embargo, al lado de esto existe una predilección por la prusianidad que Immermann sólo puede apoyar en razones muy endebles, una mención tan fría e indiferente de los afanes constitucionales en Alemania, que muestra con harta claridad que Immermann no había captado aún, en modo alguno, la unidad de la moderna vida espiritual. Se ve con claridad cómo el concepto de lo moderno no acaba de agradarle, porque se resiste frente a no pocos de sus factores, y cómo, sin embargo, tampoco puede desechar ese concepto.

Con «Recuerdos de muchacho» comienzan las memorias propiamente dichas. Immermann cumple su promesa de narrar únicamente los momentos en que «la historia llevó a cabo su tránsito a través de él»[^3]. Con la conciencia del muchacho crecen los acontecimientos del mundo, se acrecienta la edificación colosal de cuya caída él había de ser testigo; inicialmente rugientes en la lejanía, las olas de la historia rompen el dique de la Alemania septentrional en la batalla de Jena, fluyen sobre la autocomplaciente Prusia —que cumple ahora también, para su Estado en particular, el «Après moi le déluge»[^4] del gran rey— e inundan enseguida la ciudad natal de Immermann, Magdeburgo. Esta parte es la mejor del libro; Immermann es más fuerte en la narración que en la reflexión, y ha logrado excelentemente captar el reflejo de los acontecimientos del mundo en el pecho singular. A esto se suma que precisamente aquí está el punto a partir del cual, por lo pronto, se adhiere sin reservas al progreso. Como a todos los voluntarios de 1813, la Prusia anterior a 1806 es para él el *ancien régime* de este Estado, mas también —cosa que ahora se concede menos— la Prusia posterior a 1806 es el Estado renacido de arriba abajo, el nuevo orden de las cosas. Pero con el renacimiento de Prusia la cosa tiene su miga. El primer renacimiento por el gran Federico fue ensalzado de tal modo con ocasión del jubileo del año pasado, que no se comprende cómo un interregno de veinte años pudo hacer necesario ya un segundo[^5]. Y luego se quiere afirmar que, pese al doble bautismo de fuego, el viejo Adán ha vuelto a dar recientemente fuertes señales de vida. En el presente apartado, empero, Immermann nos ahorra los elogios del *statu quo*, y así se irá viendo, a lo largo de estas líneas, dónde se separa el camino de Immermann del de la época moderna.

[«Telegraph für Deutschland»  
Núm. 54, abril de 1841]

«La juventud, hasta que entra en la vida pública, es educada por la familia, por la doctrina, por la literatura. Como cuarto medio de educación se añadía, para la generación que consideramos, el despotismo. La familia la abriga y la cuida, la doctrina la aísla, la literatura la conduce de nuevo a lo vasto; a nosotros, el despotismo nos dio los comienzos del carácter.»[^6]

Conforme a este esquema está dispuesta la parte reflexiva del libro, y difícilmente se le podrá negar la aprobación, pues tiene la gran ventaja de captar el curso evolutivo de la conciencia en la sucesión temporal de sus grados. – La sección sobre la familia es completamente sobresaliente, mientras se mantiene en la vieja familia, y sólo cabe lamentar que Immermann no se haya esforzado más por ligar en un todo las partes de luz y de sombra. Todas las observaciones que ofrece aquí son atinadísimas. En cambio, su concepción de la familia más moderna muestra de nuevo que no se había liberado aún del viejo azoramiento y del mal humor frente a los fenómenos del último decenio. Ciertamente, la «comodidad a la antigua usanza», la satisfacción con el hogar, ceden cada vez más el paso a un descontento, a un no bastar los goces de la vida familiar; pero, en contrapartida, también la filisteísmo de la paternidad familiar, el halo que rodea al gorro de dormir, se pierden cada vez más, y los motivos del descontento, que Immermann destaca casi todos con entera exactitud y sólo de manera demasiado chillona, son precisamente síntomas de una época que aún forcejea, no conclusa. La era anterior a la dominación extranjera había llegado a su término y llevaba, como tal, el sello de la quietud – pero también de la inactividad, y se arrastraba con el germen de la decadencia. Nuestro autor hubiera podido decir muy brevemente: la familia moderna no puede defenderse de cierta incomodidad porque se le plantean nuevas exigencias que todavía no sabe conciliar con sus derechos propios. La sociedad se ha tornado otra, como Immermann concede; la vida pública ha aparecido como un factor completamente nuevo; literatura, política, ciencia, todo eso penetra ahora más hondamente en la familia, y ésta se ve en apuros para alojar a todos esos huéspedes extraños. ¡Ahí está! La familia es todavía demasiado según el viejo estilo para entenderse de veras con los intrusos y ponerse en buen pie con ellos, y aquí tiene lugar ciertamente una regeneración de la familia; el penoso proceso ha de recorrerse una vez, y mucho me temo que la vieja familia bien lo necesitaba. Por lo demás, Immermann ha estudiado la familia moderna precisamente en la parte más móvil de Alemania, en la más accesible a los influjos modernos: en el Rin, y aquí es donde el malestar de un proceso de transición ha salido a la luz con máxima claridad. En las ciudades de provincia de la Alemania interior, la vieja familia todavía alienta y obra bajo la sombra de la bata de dormir que es la única bienaventuranza, la sociedad aún se halla en el pie de anno 1799, y la vida pública, la literatura, la ciencia son despachadas con toda calma y parsimonia sin que nadie se deje perturbar en su rutina. – Como prueba de lo aducido sobre la vieja familia, el autor ofrece aún «anécdotas pedagógicas» y cierra luego la parte narrativa del libro con el «tío», un retrato de carácter de los viejos tiempos. La educación que la familia imparte a la generación que crece está conclusa; la juventud se arroja en brazos de la doctrina y de la literatura. Aquí comienzan las partes menos logradas del libro. En lo tocante a la doctrina, Immermann fue rozado por ella en una época en que el alma de toda ciencia, la filosofía, y la base de lo que se ofrecía a la juventud, el conocimiento de la Antigüedad, se hallaban en una rapidísima transformación, e Immermann no tuvo la ventaja de poder participar, aprendiendo, en ese vuelco hasta su meta. – Cuando éste llegó a una conclusión, él había dejado atrás, hacía tiempo, la escuela. Por ahora no dice mucho más que el hecho de que la doctrina de aquellos años era estrecha, y recupera en artículos separados las palancas más incisivas de la época. Con ocasión de Fichte da de sí cosas filosóficas que a nuestro hombre del concepto podrán antojársele harto singulares. Se deja seducir aquí a ingeniosos razonamientos sobre un asunto para cuyo calado no basta un ojo agudo y poético. ¡Cómo se estremecerán nuestros estrictos hegelianos cuando lean de qué manera se expone aquí en tres páginas la historia de la filosofía! Y hay que conceder que difícilmente se puede hablar de filosofía de un modo más diletantesco que como aquí se hace. Ya el primer enunciado: que la filosofía oscila siempre entre dos puntos, que busca lo cierto o bien en la cosa o bien en el yo, está visiblemente escrito a favor de la secuencia del yo fichteano tras la «cosa en sí» kantiana y a lo sumo se puede aplicar a Schelling, pero en ningún caso a Hegel. – A Sócrates se le llama la encarnación del pensar y por eso mismo se le niega la capacidad de tener un sistema; en él lo que había era la doctrina pura unida a un adentrarse imparcial en la empiria, y, porque esta alianza iba más allá del concepto, él sólo pudo manifestarse como personalidad, no como doctrina. ¿No son éstas proposiciones que habrán de sumir en la mayor perplejidad a una generación crecida bajo influjos hegelianos? ¿No cesa acaso toda filosofía allí donde la concordancia del pensar y de la empiria «va más allá del concepto»? ¿Qué lógica resiste cuando la falta de sistema se atribuye como atributo necesario a la «encarnación del pensar»?

Mas, ¿para qué perseguir a Immermann por un terreno por el cual sólo quería darse un vuelo? Baste decir que, así como no puede despachar los filosofemas de siglos anteriores, tampoco sabe presentar la filosofía de Fichte en su conjunto con su personalidad. En cambio, los retratos de carácter que ofrece aquí, los de Aristóteles, Sócrates, etc., vuelven a ser completamente excelentes. Estos retratos arrojan tanta luz sobre las fuerzas e ideas actuantes en cuyo ámbito se hallaba la juventud de entonces, como largas disquisiciones. También allí donde la literatura constituye el tema, leemos con mucho mayor agrado la exposición de la relación en que se situaba «la juventud de hace veinticinco años» respecto a los grandes poetas, que la demostración, débilmente fundada, de que la literatura alemana tiene, antes que todas sus hermanas, un origen moderno, no romántico. Siempre parecerá forzado hacer brotar a Corneille de una raíz romántico-medieval y querer asignar a Shakespeare a la Edad Media más que la materia bruta que él encontró. ¿Habla aquí acaso la conciencia no del todo limpia del antiguo romántico, que quiere rechazar el reproche de un criptorromanticismo persistente?

Tampoco gustará la sección sobre el despotismo, a saber, el napoleónico. La adoración heineana de Napoleón es ajena a la conciencia del pueblo, pero, sin embargo, a nadie le satisfará que Immermann, que reivindica aquí la imparcialidad del historiador, hable como prusiano ofendido. Él mismo ha sentido bien que aquí era necesario un ir más allá del punto de vista nacional-alemán y, en especial, del prusiano; por ello se mantiene en el estilo lo más cauto posible, adapta su actitud tanto como es posible a lo moderno y sólo se arriesga con pequeñeces y cosas accesorias. Pero paulatinamente se vuelve más audaz, confiesa que no le acaba de entrar en la cabeza cómo se puede contar a Napoleón entre los grandes hombres, erige todo un sistema del despotismo y muestra que Napoleón fue en este oficio un chapucero y un mal oficial. No es éste, empero, el verdadero camino para comprender a los grandes hombres.

De este modo, Immermann —prescindiendo de algunos pensamientos que se han adelantado a su convicción— se mantiene ciertamente, en lo principal, alejado de la conciencia moderna. Mas, a pesar de ello, no se deja alistar en ninguno de los partidos en que se suele dividir el *statu quo* espiritual de Alemania. La tendencia a la que parece más próximo, la germanomanía, la rechaza expresamente. El conocido dualismo de Immermann se manifestaba en su talante como prusianidad, por un lado, y como romanticismo, por el otro. La primera desembocaba paulatinamente, sobre todo en el funcionario, en la prosa más sobria y maquinal; la segunda, en una desmesura sin fondo. Mientras Immermann se mantuvo en este punto no pudo granjearse un verdadero reconocimiento y hubo de ver cada vez más que estas tendencias no eran sólo opuestos polares, sino que además dejaban cada vez más indiferente el corazón de la nación.

Al fin se atrevió a un avance poético y escribió «Los Epígonos». Y apenas la obra había abandonado el almacén del editor, le deparó a su autor la oportunidad de comprender que sólo su tendencia anterior se había opuesto a un reconocimiento más general de su talento por parte de la nación y de la literatura más joven. «Los Epígonos» fueron apreciados en casi todas partes y dieron lugar a diatribas sobre el carácter de su autor, como Immermann no las estaba acostumbrado hasta entonces. La literatura joven —si es que aún se puede usar ese nombre para los fragmentos de una cosa que nunca fue un todo— fue la primera en reconocer la significación de Immermann y lo introdujo de veras ante la nación. Internamente, él había estado malhumorado por la separación cada vez más tajante entre prusianidad y poesía romántica, así como por la relativamente escasa popularidad de que gozaban sus escritos, y había impreso a sus obras, involuntariamente, el sello de un aislamiento espinoso. Ahora, una vez que había dado un paso adelante, con el reconocimiento vino también sobre él otro espíritu, más libre y más sereno. El viejo entusiasmo juvenil volvió a deshelarse y tomó impulso en «Münchhausen» hacia la reconciliación con el lado práctico-entendido del carácter. Sus simpatías románticas, que aún le andaban por la cerviz, las acalló con «Ghismonda» y con «Trilstan»; mas ¡qué diferencia frente a las anteriores obras poéticas románticas y, en particular, qué plasticidad domina en ellas frente a «Merlin»!

[«Telegraph für Deutschland»  
Núm. 55, abril de 1841]

En general, el romanticismo no era para Immermann sino forma; de la fantastichería de la escuela romántica lo preservaba la sobriedad de la prusianidad; pero era ésta la que, a su vez, lo mantuvo en cierta medida obcecado frente al desarrollo de la época. Es sabido que Immermann, en lo religioso, era muy liberal, mas en lo político era partidario demasiado celoso del gobierno. A través de su posición respecto a la literatura más joven, se vio ciertamente acercado a las aspiraciones políticas del siglo y aprendió a conocerlas desde otro lado; pero, como muestran los «Memorabilien», la prusianidad se mantenía aún muy firme en él. No obstante, se encuentran precisamente en este libro no pocas manifestaciones que contrastan tan marcadamente con la visión fundamental de Immermann y descansan tan hondamente sobre una base moderna, que no cabe desconocer un influjo significativo de las ideas modernas sobre él. Los «Memorabilien» muestran con claridad un esfuerzo de su autor por mantener el mismo paso que su tiempo, y ¡quién sabe si la corriente de la historia no habría socavado paulatinamente el dique conservador-prusiano tras el que Immermann se atrincheraba!

Y ahora, ¡una observación más! Immermann dice que el carácter de aquella época que describe en los «Memorabilien» fue predominantemente juvenil; que se pusieron en movimiento motivos juveniles y se pulsaron temple de ánimo juveniles. ¿No sucede lo mismo con nuestra época? La vieja generación en la literatura se ha extinguido, la juventud se ha adueñado de la palabra. Más que nunca, nuestro futuro depende de la generación que está creciendo, pues ésta habrá de decidir sobre oposiciones que se encumbran cada vez a mayor altura. Cierto es que los viejos se quejan de modo espantoso de la juventud —y es verdad que es muy desobediente—; pero dejadla tan sólo que siga sus propios caminos, ya se orientará, y los que se extravíen tienen la culpa ellos mismos. Pues nosotros tenemos una piedra de toque para la juventud en la nueva filosofía; de lo que se trata es de abrirse paso a través de ella fatigosamente y, sin embargo, no perder el juvenil entusiasmo. Quien sienta temor ante el denso bosque en cuyo interior se alza el palacio de la idea, quien no se abra paso a golpe de espada y, besándola, despierte a la princesa dormida, ése no es digno de ella ni de su reino; ése puede irse, hacerse párroco rural, comerciante, asesor o lo que quiera, tomar mujer, procrear hijos con toda beatitud y honradez, pero el siglo no lo reconoce como hijo suyo. No necesitáis por ello convertiros en viejos hegelianos envolviéndoos en el en sí y para sí, la totalidad y el espeso nimbo, pero no debéis rehuir el trabajo del pensamiento; pues sólo mediante el pensamiento llegáis a ser libres.

[^1]: En el original, citado así en el texto.
[^2]: Immermann, *Memorabilien*, I, p. 13.
[^3]: Ibíd., p. 35.
[^4]: *«Après moi le déluge»* – «Después de mí, el diluvio».
[^5]: W. Alexis, *Der große Friedrich*, 1840.
[^6]: Immermann, *Memorabilien*, I, p. 135.

pues solo es auténtico el entusiasmo que, como el águila, no rehúye las turbias nubes de la especulación, el aire tenue y enrarecido de las altas regiones de la abstracción, cuando se trata de volar hacia el sol de la verdad. Y en este sentido, la juventud de hoy ha pasado también por la escuela de Hegel, y más de un grano de semilla de las secas cápsulas del sistema ha germinado espléndidamente en el pecho juvenil. Pero esto da también la mayor confianza en el presente: que su destino no depende de la cautela temerosa de los hechos, del filisteísmo rutinario de la vejez, sino del noble e indómito fuego de la juventud. ¡Por tanto, luchemos por la libertad mientras seamos jóvenes y estemos llenos de fuerza ardiente; quién sabe si aún podremos hacerlo cuando la vejez se nos insinúe!

Friedrich Oswald