ERNST MORITZ ARNDT ** Por F. Oswald [Telegraph fir Deutschland, núm. 2, enero de 1841]

Como el viejo Eckart de la leyenda, vemos al viejo Arndt plantarse junto al Rin, exhortando a la juventud alemana, que lleva ya tantos años mirando hacia la Montaña de Venus francesa y hacia las seductoras y ardientes muchachas, y trata de inculcarle las ideas que brillan desde lo alto de su almena. Pero estos salvajes jóvenes siguen su carrera sin hacer caso del viejo adalid, y no todos ellos se tienden, abatidos, como el Tannháuser Heine.?” Tal es la posición que ante la juvenutd alemana ocupa hoy Arndt. Todos sienten por él un gran respeto, pero su ideal de la vida alemana ya no llena sus aspiraciones; quieren mayor decisión, una energía vital más poderosa y más resuelta; quieren que las venas de la historia uni. versal por donde la sangre tiene que llegar al corazón de Alemania palpiten con mayor ardor y mayor fuerza. Y reclaman, además, que se simpatice con Francia, pero no con aquella simpatía de la sumisión con que sueñan los franceses, sino con una simpatía más alta y más libre, cuyo carácter ha pintado en tan hermosos trazos Bórne, en su Devorador de franceses, saliendo al paso de los teutomaníacos. Arndt se ha dado cuenta de que los tiempos presentes no le son propicios, de que su persona no es respetada por lo que piensa, sino que se respetan sus pensamientos como homenaje a su recia y viril personalidad. Por eso, su pueblo debiera levantar a la personalidad, a la trayectoria cultural, al modo de pensar y a la época de este hombre, sostenido durante una serie de años por su talento y sus intenciones, en el cumplimiento de un alto deber, monumento como el que él se ha levantado en sus discutidísimos Recuerdos de la vida exterior. Dejando a un lado, por el momento, la tendencia, no cabe duda de que el libro de Arndt es, desde el punto de vista estético, una manifes- - tación interesantísima. Hace mucho tiempo que nuestra literatura no registraba este lenguaje apretado y medular, que merecería dejar una huella profunda en ciertos escritores de la nueva generación. Vale más pecar de rigidez que de languidez. Hay autores para quienes la esencia del estilo moderno consiste en envolver lindamente en sonrosada carne todos los músculos que resaltan, todos los tendones que se tensan, aun a riesgo de parecer un poco femeninos. Yo, desde luego, prefiero el viril esqueleto del estilo de Arndt a la manera esponjosa de ciertos estilis- [28]

tas que se llaman “modernos”. “Tanto más cuanto que Arndt ha sabido rehuir, en lo posible, las rarezas de sus coetáneos de 1813 y sólo cae en la afectación con su empleo absoluto del superlativo (como en las lenguas románico-meridionales). Y tampoco encontramos en él esa horrenda mescolanza lingiística que vuelve a estar hoy a la orden del día; por el contrario, nos demuestra cuán pocas ramas de fuera pueden injertarse en el tronco de nuestra lengua sin violentarla. No cabe duda de que el carro de nuestros pensamientos rueda mejor y sobre mejores caminos tirado por caballos alemanes que por corceles franceses o griegos, y las chacotas sobre los extremos del puritanismo no dan en el blanco.

Pero, entremos más a fondo en el libro. Ocupa la mayor parte de él el idilio de la vida juvenil, trazado con mano auténticamente poética. Quien ha tenido la suerte de vivir los primeros años de su vida como los vivió Arndt puede sentirse afortunado. No entre el polvo de una gran ciudad, donde los goces de lo individual se ven aplastados por los intereses de la totalidad, ni en los asilos para ahormar a niños pequeños o en las filantrópicas cárceles en que se trata de ahogar todas las fuerzas que brotan, sino bajo el cielo libre, en medio del campo y los bosques, donde la naturaleza se encargó de forjar a este hombre de acero, que mira con asombro a una generación afeminada como a los habitantes de un país inconcebible. La gran fuerza plástica con que Arndt pinta esta parte de su vida casi le hace a uno pensar que todas las poesías idílicas saldrían sobrando si nuestros autores pudieran vivir esos idilios como los ha vivido Arndt. Lo que mayor asombro causará a muestro siglo será, sin duda, la autodisciplina con que el joven Arndt hermanaba la castidad germánica con el rigor espartano. Un rigor que, siempre y cuando que sea tan candoroso, tan libre como el de Arndt de las baladronadas de un Jahn y sepa musitar para sí el hoc tibi proderit olim a podría servir de ejemplo a nuestra juventud apegada a la chimenea. No creemos que pueda ser muy útil a su patria, en efecto, una juventud que huye del agua fría como los perros, que, al sentirse los primeros fríos, se arropa con abrigos y bufandas o considera como un honor el liberarse del servicio militar por cualquier debilidad física. ¡Y no digamos la castidad, considerada poco menos que como un crimen en estos tiempos en que lo primero que se hace al llegar a una ciudad es preguntar por “el barrio en que terminan las casas”.28 Aunque disto mucho de ser, en verdad, un moralista abstracto y odio toda monstruosidad ascética, nun. ca me avendré al amor caído; me produce pena que la seriedad moral amenace con derrumbarse y que la sensualidad trate de imponerse como el bien supremo. La verdad es que la emancipación práctica de la carne sentirá siempre sonrojo ante un hombre como Arndt, En 1800 abraza Arndt la carrera que le estaba reservada. Los ejérci. tos de Napoleón invaden Europa, y con el poder del emperador de los franceses crece también el odio que Arndt siente contra él. El profesor de Greifswald protesta, en nombre de Alemania, contra la opresión, y a Algún día te aprovechará a tí, tiene que huir. Por último, la nación alemana se pone en pic y Arndt puede regresar a su patria. Habría sido de desear que esta parte del libro fuese más minuciosa; el autor se recata modestamente ante el ar mamento de Alemania y sus-hazafias. En vez de darnos a entender que no permaneció inactivo ante el desarrollo de los acontecimientos, habría podido hablarnos de la historia de aquellos días desde su punto de vista subjetivo. Y aún trata con mayor concisión los sucesos posteriores. Merece hacerse notar, aquí, de una parte, la inclinación cada vez más defi. nida hacia la ortodoxia, en lo religioso, y, de otra parte, el tono misterioso y casi servil con que Arndt nos habla de su suspensión, como besando la vara que lo azota. Pero aquel a quien esto asombre podrá convencerse, a la vista de las declaraciones recientemente publicadas en la prensa que Arndt considera su reposición como un acto de justicia y no como un don gracioso, de que su firmeza y su decisión tradicionales jamás flaquearon en él.

Pero lo que da especial importancia al libro de Arndt es la difusión de gran cantidad de cosas memorables sobre la guerra de liberación. En sus páginas vemos revivir con gran fuerza los tiempos gloriosos en que la nación alemana, después de muchos siglos, se levantó por vez primera contra la opresión extranjera, oponiendo a ésta toda su grandeza y su vigor. Y los alemanes nunca podremos recordar bastante aquellas lu... chas, para espolear con el recuerdo nuestra conciencia nacional adormecida: pero no, claro está, en el sentido de un partido que ahora parece creer haberlo hecho todo y que, dormido sobre los laureles de 1813, se recrea contemplándose en el espejo de la historia, sino más bien en sentido contrario. Pues el gran resultado de aquella lucha no fue el haber sacudido el yugo extranjero, cuya naturaleza monstruosa, que descansaba exclusivamente sobre los hombros de Atlante de Napoleón, se habría derrumbado por sí misma tarde o temprano, ni fue tampoco la “liber. tad” conquistada, sino que debe buscarse, realmente, en algo que muy pocos coetáneos llegaron a percibir claramente. La más alta conquista de aquellos años fue el que nos percatáramos de que habíamos perdido nuestros santuarios nacionales, de que, para empuñar las armas, no necesitábamos aguardar a que los príncipes se dignasen autorizarnos, más aún, de que éramos nosotros quienes obligábamos a los poderosos a encabezar nuestra lucha;? en una palabra, el hecho de que fuéramos por un momento la fuente del poder del Estado, el pueblo soberano, y ello explica el que los hombres que con mayor claridad se dieron cuenta de esto y obraron en consecuencia fuesen los que el gobierno consideró más peligrosos. Pero aquella fuerza estimulante y vivificadora no tardó en languidecer. La semilla maldita de la desunión mató el tan necesario impulso del todo sobre las partes, fragmentó el interés general de Alemania en una multitud de intereses provinciales e impidió que nues. tro país encontrase un fundamento para la vida del Estado como el que España supo crear en la Constitución de 1812.2* Por el contrario, la b Cf, sobre este punto Karl Bade, Napoleon in Jahre 1813 [“Napoleón en 1813”, Altona, 1840. : ?

suave lluvia primaveral de las promesas generales que caía sobre nosotros desde las “altas regiones” era ya demasiado para nuestros corazones abrumados por la opresión, y fuimos lo bastante necios para no apercibirnos de que hay promesas cuyo quebrantamiento nunca se perdona desde el punto de vista de la nación, pero se perdona, en cambio, fácilmente, desde el punto de vista de la personalidad (?). Vinieron luego los Congresos,2 dando a los alemanes el tiempo necesario para que en ellos se disiparan los sueños de la libertad y volvieran a encontrarse, al despertar, en el viejo terreno de las majestades y los súbditos. Y quien no se resignaba todavía a renunciar a sus aspiraciones y se empeñaba en seguir actuando con la vista puesta en la nación veíase acorralado por todas las potencias gobernantes en el callejón sin salida de la teutomanía. Pocos fueron los espíritus escogidos que supieron abrirse paso entre este laberinto y encontrar el camino que conduce a la verdadera libertad, Los teutomaníacos pugnaban por complementar las hazañas de la “liberación y liberar también de la hegemonía espiritual del extranjero a una Alemania que había conquistado la independencia material, Esta tendencia envolvía, precisamente por ello, una negación, y así en ella latía algo positivo, aparecía soterrado bajo una oscuridad de la que jamás llegó a emerger: lo que de ello salía a la luz meridiana de la razón era, casi siempre, irracional. Toda la concepción del mundo en que estas gentes se inspiraban era algo carente de fundamento filosófico, pues, según ellos, el mundo entero había sido creado en función de los alemanes y éstos, por su parte, habían alcanzado ya de largo tiempo atrás el summum de la perfección. La teutomanía era la negación abstracta, en sentido hegeliano. Creaba alemanes abstractos, despojados de cuanto no pudiera demostrar sesenta y cuatro generaciones de ascendencia germánica pura y una raíz auténticamente nacional, Y hasta lo que en ello había de aparentemente positivo era negativo, ya que el encaminamiento de Alemania hacia sus ideales-sólo podía lograrse mediante la negación de todo un siglo y de su historia, lo que equivalía a empeñarse a retrotraer'a la nación a la Edad Media germánica o incluso a la prístina pureza de los prototeutones del Bosque de Teutoburgo.2 Marcaba el extremismo de esta tendencia la figura de Jahn. Y la unilateralidad de esta concepción convertía a los 'alemánes en el pueblo elegido de Israel, negando los innumerables brotes histórico-universales surgidos en tierras no germánicas. El iconoclasta Grimm arremetía, sobre todo, contra los franceses, cuya invasión acababa de ser rechazada y cuya he. gemonía en lo externo tiene su razón de ser en el hecho de que los franceses han sido el pueblo que más fácilmente ha llegado a dominar la forma de la cultura, de la civilización europea. Los grandes y eternos resultados de la revolución eran vituperados como “baratijas galas” o incluso como un “engaño y una trampa” del extranjero; nadie paraba mientes en la afinidad entre aquellas gigantescas hazañas de un pueblo y el levantamiento popular de 1813. Lo que Napoleón había hecho por la humanidad, la emancipación de los israelitas, un sano derecho privado en sustitución de las Pandectas, velase condenado solamente por la persona de su autor. El odio a los franceses se erigió en un deber; la maldición del antigermanismo cayó sobre cualquier manera de pensar que tratara de elevarse a mayor altura. El patriotismo convertíase, así, en algo también esencialmente negativo y dejaba a la patria indefensa en la lucha de los tiempos, esforzándose solamente en alejar del lenguaje términos extranjeros desde hacía mucho tiempo germanizados, para sustituirlos por otros ampulsosos, pero de neta raíz germánica. Todos los errores de esta tendencia se habrían evitado si hubiese sido, realmente, una tendencia concretamente alemana, en la que se tomara a los alemanes como lo que eran, como el resultado de dos mil años de historia, aprovechando el momento propicio que se ofrecía para nuestro destino: el de ser el fiel de la balanza de la historia de Europa, en vez de perder de vista todo esto, Pero, por otra parte, tampoco podemos pasar por alto ni silenciar aquí el que esta teutomanía representaba una fase necesaria en la formación de nuestro espíritu del pueblo y constituía, con el otro término que vendría después, la antítesis sobre cuyos nombres se alza la moderna concepción del mundo. [Telegraph fiir Deutschland, núm. 3, enero de 1841]

Este término antagónico que se enfrenta a la teutomanía es el libera. lismo cosmopolita del Sur de Alemania, encaminado hacia la negación de las diferencias nacionales y hacia la visión de una gran humanidad libre y homogénea. Era una concepción nacida del racionalismo religioso, con el que había manado de la misma fuente, de la filantropía del siglo xvxr, en tanto que la teutomanía se orientaba consecuentemente hacia la ortodoxia teológica, en la que, con el tiempo, acabaron todos sus adeptos (Arndt, Steffens, Menzel). El carácter unilateral del libe. ralismo cosmopolita ha sido ya frecuentemente puesto de relieve por sus adversarios —situados, cierto es, también ellos, en puntos de vista unilaterales—, y no hay para qué detenerse demasiado en esto. Al principio, la revolución de Julio pareció favorecer estas tendencias, pero todos los partidos trataron de explotarla a su favor. De la revolución de Julio data y en ella se contiene la destrucción efectiva de la teuto. manía o, mejor dicho, de su capacidad creadora. Pero también data de ella el derrumbamiento del cosmopolitismo, ya que la importancia trascendente de la “Semana Grande”s2 reside precisamente en la restitución de la nacionalidad francesa a su posición de gran potencia, obli. gando con ello a las otras nacionalidades a buscar su propia cohesión interior.

Había ya, antes de esta reciente conmoción mundial, dos hombres que trabajaban calladamente por el desarrollo del espíritu alemán que solemos llamar moderno, dos hombres que en vida casi se ignoraron el uno al otro, pero que se complementan mutuamente, como después de su muerte se ha reconocido: Bórne y Hegel. Es frecuente presentar a Bórne, sin razón alguna, como un cosmopolita, ya que era, en reali. dad, más alemán que sus enemigos. Es cierto que los Anales de Halle han enlazado recientemente su crítica de la “práctica política” al nom. bre del señor de Florencourt,$ pero ello no quiere decir que éste sea, ni mucho menos, su representante. Este autor ocupa el lugar en que se encuentran los dos extremos del germanismo y el cosmopolitismo, como ocurrió también en el movimiento de las corporaciones estudian. tiles; viéndose posteriormente afectado tan sólo de un modo superficial por el desarrollo del espíritu nacional, El hombre de la política práctica es Bórne y su posición histórica se debe cabalmente al hecho de que era conciente de esta misión. Fue él quien arrancó del cuerpo del germanismo el vestido de un estado retórico y de oropel, dejando también al descubierto, implacablemente, las vergiienzas del cosmopolitismo, reducido a buenos, pero impotentes deseos. Bórne habló a los alemanes con las palabras del Cid: Lengua sín manos, ¿cuemo osas fablar? <-3* Na. die ha pintado tan bien como él la magnificencia de la acción. Todo, en Bórne, es vida y fuerza. Solamente de sus escritos puede afirmarse que son, en realidad, actos en pro de la libertad. ¡Que nadie hable, aquí, de “definiciones conceptuales” o de “categorías eternas”! El modo como Bórne expone la posición de las nacionalidades europeas y del destino que les está reservado no tiene nada de especulativo. Y es él el primero que ha expuesto en toda su verdad el problema de las relaciones entre Alemania y Francia, prestando con ello a la idea un servicio mayor que los hegelianos, quienes, mientras tanto, se limitaban a aprenderse de memoria la Enciclopedia de Hegel, creyendo que con ello servían cumplidamente a su siglo. Y aquella exposición a que nos referimos demuestra precisamente cuán por encima del superficial cosmopolitismo se hallaba Bórne. La unilateralidad intelectiva era, para él, algo tan necesario como para Hegel el exagerado esquematismo; pero, en vez de comprender esto, no vemos más allá de los toscos y, mo pocas veces, torcidos axiomas de las Cartas: de París.

Junto a Bórne y frente a él, vemos a Hegel, el pensador, presentar a la nación su sistema ya acabado. La autoridad no. se tomó el trabajo de penetrar a través de las abstrusas formas de Hegel y de su férreo estilo. ¿Y cómo podía saber que esta filosofía habría de lanzarse audazmente, desde su seguro puesto teórico, a los agitados mares de los acontecimientos y que estaba ya desenvainando la espada para descargarla directamente sobre la práctica de lo existente? ¿Acaso no era Hegel, personalmente, un hombre seguro y ortodoxo, cuya fuerza polémica iba dirigida precisamente contra las tendencias que el poder público rechazaba, contra el racionalismo y el liberalismo cosmopolita? Pero los señores que empuñaban el timón del Estado no supieron ver que Hegel sólo combatía estas tendencias para despejar el camino a otras más al. tas, que la nueva teoría sólo podía descansar sobre el reconocimiento de la nación y tenía que echar raíz en ella para poder desplegar libre. mente sus consecuencias vivas, Cuando Bórne atacaba a Hegel, tenía e En español, en el original, plenamente razón desde su punto de vista, pero la autoridad, al proteger a Hegel y elevar casi su doctrina al plano de filosofía del Estado prusiano, se exponía a un peligro del que ahora, a todas luces, se arrepiente. ¿O había de dejarse a Altenstein, que, procedente de una época más liberal, adoptaba un punto de vista superior, las manos libres hasta el punto de hacerle a él responsable de todo? El caso es que cuando, después de morir Hegel, sopló sobre su doctrina el hálito fresco de la vida, brotaron de la “filosofía del Estado prusiano” vástagos con los que ningún partido habría podido ni soñar. Los nombres de Strauss en el campo teológico y los de Gans y Ruge en el campo político quedarán para siempre en la historia. Fue ahora cuando las espesas nieblas de la especulación se disiparon para hacer lucir los brillantes astros de las ideas que habían de iluminar el movimiento del siglo. Y, aunque se puede reprochar a la crítica estética de Ruge su ceguera y su esquematismo doctrinal, hay que reconocerle el mérito de haber puesto el lado político del sistema hegeliano en consonancia con el espíritu de los tiempos y de haberlo restituido al respeto de la nación. Gans, por su parte, sólo había hecho esto indirectamente, al continuar la filosofía de la historia hasta los tiempos presentes; Ruge ha proclamado abiertamente el sentido liberal del hegelianismo, secundado por Kóppen; ninguno de los «dos ha tenido miedo a crearse enemigos y ambos han seguido su camino aun a riesgo de dividir la escuela, y su valentía debe ser reconocida como se merece. La entusiasta e inconmovible seguridad en la idea, propia del neohegelianismo, es la única fortaleza sobre la que pueden -replegarse, seguros de sí mismos, los espíritus liberales, cuando la reacción, apoyada desde arriba, los obligue a retroceder momentáneamente, Tales son. los factores más recientes que determinan el desarrollo del espíritu político alemán, y es misión de nuestro tiempo llevar a cabo la interpenetración de Hegel y Bórne. El neohegelianismo lleva ya en sí una buena parte de Bórne, y éste no tendría empacho en suscribir muchos de los artículos de los Anales de Halle. Pero, es lo cierto que, en parte, la conjunción del espíritu con la acción no se ha impuesto todavía a la conciencia y, en parte, no ha penetrado aún en la nación. Todavía hay quienes enfrentan estrictamente a Bórne y a Hegel, pero del mismo modo que no sería posible juzgar de la importancia práctica de Hegel para el presente (no hablamos de su importancia filosófica para la eternidad) ateniéndose solamente a la teoría pura de su sistema, no podríamos atribuir a Bórne una repulsa pura y simple de esa filosofía, basada en sus extravagancias y unilateralidades, jamás negadas. ¡Telegraph fiir Deutschland, núm. 4, enero de 1841]

Con lo dicho, creo haber caracterizado suficientemente la posición que la teutomanía ocupa ante nuestro tiempo para poder ahora entrar en un análisis detallado de alguna de sus facetas, tal como Arndt las expone en su libro. Nada expresa tan claramente el abismo que separa a Arndt de la actual generación como el hecho de que sea para él indiferente en la vida del Estado aquello en que nosotros ponemos la sangre y la vida. Arndt se declara resueltamente monárquico; bien. No nos dice si es partidario de la monarquía constitucional o de la monarquía absoluta. El punto angular de la diferencia está en que Arndt y quienes piensan como él cifran el bien del Estado en que príncipe y pueblo sientan un amor sincero el uno por el otro y coincidan en el sincero empeño por lograr el bienestar de todos. Para nosotros, en cambio, es evidente que las relaciones entre gobernantes y gobernados tienen que hallarse, ante todo, jurídicamente ordenadas, después de lo cual pueden y deben venir los factores afectivos. Primero el derecho y luego la equidad. ¿Qué príncipe sería tan malvado como para no querer a su pueblo y para no ser —y, al decir esto, hablo de Alemania—, querido por él, aunque sólo fuese por el hecho de ser su monarca? Pero, ¿acaso hay un solo príncipe que pueda gloriarse, de 1815 para acá, de haber hecho progresar esencialmente a su pueblo? ¿Acaso todo lo que poseemos no es obra propia nuestra, algo que nos pertenece, a pesar de todos los controles y fiscalizaciones? Es fácil y muy bonito hablar del amor entre el príncipe y el pueblo y, desde que el gran poeta del “¡Salve a tí, en la corona de la victorial” 33 cantó aquello de que “el amor del hombre libre hace seguras las alturas escarpadas en que pisan los príncipes”, ¡cuántas necedades se han escrito acerca de este tema! Bien podríamos calificar de reaccionario, considerar como una reacción propia de nuestro tiempo, el tipo de gobierno que nos amenaza ahora por uno de los lados. La jurisdicción patrimonial,3% encaminada a la creación de una alta nobleza, los gremios con los que se trata de resucitar a una “honorable” burguesía, los privilegios que se conceden a todos los llamados gérmenes históricos, que son, en realidad, tocones ya secos. Pero no es solamente en este punto donde el germanismo se deja arrebatar por la resuelta reacción su libertad de pensamiento; también sus ideas constitucionales obedecen a la inspiración de los señores del Semanario polí. tico berlinés. Le da a uno pena ver cómo hasta el recio y sereno Arndt se ha dejado embaucar por el oropel sofístico del “Estado organizado”. Frases como la del desarrollo histórico, la utilización de los momentos dados, la estructura orgánica, etc., debieron de tener, en su tiempo un encanto ignorado de nosotros, hoy, en que mos. damos cuenta de que no pasan de ser hermosas frases que no toman en serio su propio signi. ficado. Se trata, sencillamente, de fantasmas. ¿Qué se entiende por Estado orgánico? Aquel Estado cuyas instituciones han ido brotando a lo largo de los siglos con la nación y del seno de ella, en vez de construirse a base de teorías. Está muy bien, en general, pero veamos ahora cómo se aplica esto a Alemania. Se trata de que este organismo consista en que los miembros del Estado se dividan en nobleza, burgueses y campesinos, con todo lo que ello lleva consigo. Y todo debe contenerse in nuce 1 en la palabra “organismo”. ¿Acaso no se trata de un á Implícitamente.

pobre y vil sofisma? El autodesarrollo de la nación ¿no significa, acaso, libertad? Os aferráis con ambas manos a lo que ansiáis: a toda la opresión de la Edad Media y del ancien régime. Por fortuna, este juego de manos no se le puede achacar a Arndt. No son los partidarios de la división de la sociedad en estamentos, somos nosotros, sus adversarios, quienes queremos una vida orgánica del Estado. Por el momento, no se trata para nada de una “construcción teórica”, sino de algo con lo que se nos quiere embaucar, del desarrollo de la nación por sí misma. Con la diferencia de que nosotros tomamos eso en serio y sinceramente, mientras que aquellos señores ignoran, al parecer, que todo organismo deja de ser algo orgánico tan pronto como muere; hacen moverse, con sus alambres galvánicos, los cadáveres del pasado y tratan de hacernos creer que no se trata de un mecanismo, sino de un organismo vivo. Pretenden fomentar el autodesarrollo de la nación y le atan al pie el grille. te del absolutismo, para que avance más de prisa. Pretextan ignorar “que lo que ellos llaman teoría, ideología o Dios sabe cómo, hace ya mucho tiempo que se ha convertido en sangre y savia del pueblo y, en parte, integra ya la vida, y que no somos nosotros, sino ellos quienes vagan a ciegas por los caminos utópicos de la teoría. En efecto, lo que hace medio siglo era aún una teoría, se ha convertido desde la revolución en un factor integrante y sustantivo del organismo del Estado. Y, sobre todo, pues es lo más importante, ¿no está el desarrollo de la humanidad por encima del de la nación?

¿Y el régimen de estamentos? Entre burgueses y campesinos no existe ninguna muralla divisoria; ni la misma Escuela histórica toma esto en serio; es una muralla divisoria que sólo se levanta pro forma, para justificar con ella la existencia aparte de la nobleza. 'Todo gira en torno a ésta, y con la nobleza desaparecería el sistema estamental. Pues bien, el estamento de la nobleza es aún peor que la nobleza misma. Un estamento hereditario basado en el mayorazgo es, para la concepción moderna de la sociedad, lo más disparatado del mundo. Pudo tener razón de ser en la Edad Media, en que, en las ciudades imperiales (como todavía ocurre hoy, por ejemplo en Bremen) los gremios y sus privilegios eran hereditarios, en que podemos decir que había hombres con sangre de panadero o de plomero. Y, bien mirada la cosa, ¿qué significa el orgullo del noble ante la conciencia que tiene un cervecero de que todos sus antepasados hasta la vigésima generación nacieron y vivieron en el mismo oficio? Un carnicero o, como se dice en Bremen, con poético lenguaje, un cortador de huesos y de carne, puede ingresar a la nobleza, como es el caso del señor Fouqué, cuyo oficio guerrero consistió continuamente en tomar parte en batallas y cortar músculos y huesos. Constituye una ridícula arrogancia de la nobleza el preciarse de ser un estamento, ya que, según las leyes de todos los Estados, a los nobles no les compete exclusivamente ningún oficio, ni el de la guerra, ni el de la gran propiedad territorial, Todos los escritos sobre la nobleza podrían ostentar como divisa el verso del trovador Guillermo de Poitiers: “esta canción no habla de nada”.27 Por eso, porque los nobles perciben su total nulidad, ninguno de ellos puede ocultar el dolor que eso le produce, desde el ingeniosísimo barón de Sternberg hasta el más necio de todos, que es C.L.F.W.G. de Alvensleben. Está muy mal empleada esa tolerancia que deja a los nobles la satisfacción de considerarse como algo aparte, siempre y cuando que no caigan en la arrogancia de reclamar ninguna clase de privilegios. Mientras consideremos a la nobleza como algo aparte, querrá disfrutar de privilegios y los reclamará. Nuestra reivindicación permanece inconmovible: ¡nada de estamentos, sino una nación grande, una y con derechos iguales para todos los ciudadanos del Estado!

[Telegraph fiir Deutschland, núm. 5, enero de 1841]

Otra cosa que Arndt pide para su Estado son los mayorazgos y, en general, una legislación agraria que reduzca la propiedad de la tierra a relaciones fijas. También este punto, aparte de la importancia general que reviste, merece ser tenido en cuenta, ya que, en lo que a él se refiere, amenaza también la reacción de nuestro tiempo con volver las cosas al estado en que se encontraban antes de 1789. Recientemente hemos podido ver cómo se concedía un título de nobleza a ciertas familias a condición de que garantizasen la fundación de un mayorazgo a tono con su prosperidad económica. AÁrndt se muestra resueltamente contrario a la libertad y división ilimitadas de la propiedad de la tierra, por considerar como una consecuencia inevitable de ello la parcelación del suelo hasta el punto en que éste no pueda alimentar a su poseedor. No se da cuenta de que la plena libertad de la propiedad de la tierra lleva en sí misma precisamente los medios para poder compensar en su conjunto lo que, en detalle, aquí y allá, pueda desequilibrarla. Por su parte, la embrollada legislación vigente en la mayoría de los Estados alemanes y las no menos embrolladas propuestas de Arndt no han cerado nunca el paso a toda suerte de inconvenientes en las relaciones agrarias, sino que sólo han servido, a lo sumo, para entorpecerlos, entorpecen, al mismo tiempo, al producirse desproporciones, el retorno voluntario a una ordenación racional y obstaculizan los progresos de la legislación, mediante cien mezquinas consideraciones de orden privado, que no acaban nunca. En cambio, la libertad de la tierra impide caer en ninguno de los dos extremos, ni en el de la concentración de grandes propiedades en manos de la aristocracia ni en el de la división en par celas excesivamente pequeñas y, por tanto, inútiles para quien las posee. Cuando uno de los dos platillos de la balanza se inclina demasiado, inmediatamente se equilibra con el peso del otro. Y aunque la propiedad de la tierra vuele de unas manos a otras, siempre será más hermoso el rugiente y agitado océano, con su grandiosa libertad, que el tranquilo lago con su inmóvil espejo, cuyas olas en miniatura chocan a cada paso con una lengua de tierra, con las raíces de un árbol o con una piedra. La autorización de mayorazgos es la aquiescencia del Estado a que se cree una aristocracia, pero, en realidad, este encadenamiento de la propiedad territorial constituye precisamente, como todo lo que sean títulos hereditarios e inalienables, un incentivo para la revolución. ¿Acaso no es un reto directo que se lanza al pueblo al vincular la parte mejor del país a determinadas familias, haciéndola inasequible al resto de los miembros del Estado? ¿Acaso los mayorazgos no responden a una concepción de la propiedad que hace ya mucho tiempo que no corres. ponde a nuestro modo de pensar y de conocer? No puede admitirse que una generación tenga derecho a disponer arbitrariamente de la propiedad de todas las generaciones futuras, que se permita disfrutar, admi. nistrar y disponer a su antojo, sin limitación alguna ¡como si no atentase a la libertad de la propiedad y la destruyese, manejándola con un despotismo que priva de esta libertad a todos los descendientes!, ¡y como si este encadenamiento del hombre a la gleba pudiera regir eternamentel Por lo demás, la atención que Arndt presta a la propiedad de la tierra está muy justificada y la importancia del tema merecería sin duda un tratamiento más minucioso del problema, enfocado desde la altura de nuestro tiempo. Hasta ahora, todas las teorías que se han sostenido adolecen de esa enfermedad hereditaria de los eruditos alemanes, consistente en que se precian, todos ellos, de demostrar su independencia manteniendo un sistema aparte del de los otros.

Si los lados retrógrados del germanismo merecían ser examinados cui. dadosamente, en parte por respeto al hombre que los mantenía por propia convicción y en parte por el favor que últimamente están encontrando en Prusia, debemos rechazar, en cambio, enérgicamente, otra tendencia que, momentáneamente, amenaza con imponerse entre nosotros: me refiero a la francofobia. No es mi propósito ponerme a discutir con Arndt ni con los hombres de 1813, pero sí tengo que decir que me asquean completamente esos serviles desatinos de que hoy se dejan llevar, en todos los periódicos, quienes son incapaces de pensar por cuenta propia. Sólo quien se deja arrastrar por el servilismo puede mostrarse convencido por el tratado de Julio *8 de que la cuestión oriental es una cuestión vital para Alemania y de que Mohamed Alí constituye un peligro para la cultura germánica. Desde este punto de vista, debemos reconocer que Francia, al tomar bajo su protección a Egipto, ha cometido contra la nacionalidad alemana el mismo crimen en que ella incurrió a comienzos de siglo. Es verdaderamente triste que, desde hace medio año, no podamos echarnos a la cara un periódico que no se deje arrastrar por esa furia antifrancesa, ahora recrudecida. ¿Y todo, para qué? Para otorgar a los rusos incrementos territoriales y a los ingleses el poder comercial de que necesitan con objeto de poder cercarnos y aplastarnos a los alemanes. ' El principio de estabilidad de Inglaterra y el sistema ruso: he ahí los dos enemigos jurados del progreso europeo, y no Francia y su movimiento. Y porque a dos principes alemanes se les haya ocurrido adherirse a este tratado, el problema se ha convertido de pronto en una cuestión alemana y Francia, el viejo enemigo jurado, el impío “extranjero” y el armamento de Francia, perfectamente natural en un país agraviado, se hacen aparecer hoy como una infamia contra la nación alemana. El insensato griterío de algunos periodistas franceses clamando por la frontera del Rin se considera un tema digno de prolijas réplicas, que, desgraciadamente, los franceses no se paran a leer, y la canción de Beck: “¡No, no lo tendrán!”, se convierte a la fuerza en canción popular. De buena gana concedo a Beck el éxito de sus estrofas, cuyo contenido poético no entraré a examinar; me alegro, incluso, de que en la orilla izquierda del Rin se alcen voces y sentimientos tan alemanes, pero me parece ridículo que en artícu. los ya aparecidos en los citados periódicos y que he tenido ocasión de leer se trate de elevar nada menos que a himno nacional tan modesta canción, “¡No, no lo tendrán!”. Otra vez, como vemos, una actitud negativa. ¿Es que podemos darnos por contentos con una canción popular basada en una negación? ¿Acaso los sentimientos de la nacionalidad alemana sólo pueden encontrar un punto de apoyo en. una polémica contra el extranjero? Pese al entusiasmo de que está inflamado, tampoco el texto de la “Marsellesa” es ninguna maravilla, pero ¡cuánto más noble resulta el sobreponerse a las fronteras nacionales para abrazar la causa de la humanidad! Cuando ya nos han sido arrebatadas la Borgoña y la Lorena, cuando ya Flandes es francés y Holanda y Bélgica son países independientes, cuando ya Francia, apropiada de la Alsacia, ha avanzado hasta el Rin y sólo conservamos una parte relativamente pequeña de la faja izquierda del río que en otro tiempo fue nuestra, ¡no nos avergonzamos de baladronear y gritar: no, no conseguiréis el último pedazo que aún nos queda! Y si los franceses consiguieran apoderarse del Rin, todavía gritaríamos, con el más ridículo de los orgullos: ¡No conseguirán arrebatarnos el libre Weser alemán! Y por ahí adelante, hasta llegar al Elba y el Oder, hasta que Alemania se viera repartida entre los franceses y los rusos y sólo pudiéramos ya entonar otra can. ción: ¡No, no la tendrán, el río libre y caudaloso de la teoría alemana, mientras siga fluyendo tranquilamente hacia el mar de lo infinito, mientras siga nadando en sus aguas un pez ideológico ajeno a la práctica! En vez de hacer penitencia, vestidos de estameña y con la ceniza en la frente por nuestros pecados, que nos han llevado a perder todas aquellas hermosas tierras, por nuestra desunión y la traición a la idea, por nuestro patriotismo provincial, que renuncia a lo grande por obtener mezquinos beneficios locales, y por nuestra falta de conciencia nacional, alardeamos de grandeza. Es, ciertamente, una idea fija de los franceses el afirmar su propiedad sobre el Rin, pero la única respuesta digna del pueblo alemán a esa arrogante pretensión sería gritar, con Arndt: “¡Ven. gan acá la Alsacia y la Lorena!” Pues yo —tal vez en contraste con muchos cuyos puntos de vista, por lo demás, comparto— abrigo, desde luego, la opinión de que la reconquista de la orilla izquierda del Rin, territorio de habla alemana, es una cuestión de honor nacional y opino, asimismo, que la germanización de Holanda y Bélgica, que se han desprendido de nosotros, constituye una necesidad política para Alemania. ¿O es que vamos a dejar que en aquellos países sea totalmente aplastada la nacionalidad alemana, .mientras en el Este se levanta el eslavismo, con una fuerza cada vez mayor? ¿Es que vamos a pagar la amistad de Francia con el sacrificio de la cul. tura alemana de nuestras más bellas provincias? ¿Vamos a considerar como el fallo definitivo e inapelable del espíritu universal una posesión que apenas cuenta cien años y que mi siquiera ha sabido asimilarse lo conquistado, los tratados de 1815? *9 Pero, de otra parte, no seremos dignos de recobrar la Alsacia mientras no seamos capaces de darle lo que ahora poseen: una vida libre y pública dentro de un gran Estado. No cabe duda de que, un día, se entablará de nuevo la lucha entre Alemania y Francia, y entonces se demostrará cuál de los dos países es digno de poseer la orilla izquierda del Rin. Entre tanto, podemos encomendar tranquilamente el problema al desarrollo de nuestra nacionalidad y del espíritu universal; entre tanto, laboremos por un claro y mutuo entendimiento entre las naciones europeas y por la unidad interior de nuestro país, que constituye nuestra necesidad más apremiante y la base de nuestra futura libertad. Mientras persista la fragmentación de nuestra patria, seremos, políticamente, un cero a la izquierda y nuestra vida pública, nuestro constitucionalismo, nuestra libertad de prensa y todos nuestros postulados no pasarán de ser buenos deseos cuya realización se quedará siempre a mitad de camino. ¡Á eso es, pues, a lo que debemos aspirar, y no a la extirpación de los franceses!

Y, sin embargo, la negación teutomaníaca todavía no ha cumplido plenamente su misión, ni mucho menos; quedan todavía muchas cosas que mandar de regreso a sus casas a través de los Alpes, del Rin y del Vístula. A los rusos les dejaremos la Pentarquía; *% a los italianos su papismo y todo lo relacionado con él, su Bellini, su Donizetti y hasta su Rossini, si quieren darse importancia con estos compositores, enfrentándolos a Mozart y Beethoven; a los franceses, sus arrogantes juicios acerca de nosotros, sus vaudevilles y sus óperas, su Scribe y su Adam. Que vuelvan al lugar de su procedencia todas esas costumbres y modas extranjeras, todos esos superfluos términos exóticos importados de fuera. Decidámonos de una vez a dejar de imitar a otros países, a unirnos fuertemente entre nosotros, para formar un pueblo alemán uno, indivisible, fuerte, y, Dios mediante, libre.