[„Telegraph für Deutschland“,
Nr. 23, Februar 1841]

París está vacía; en oscuras olas gigantescas
se agolpa el pueblo hacia la ribera del Sena;
el sol de Francia brilla, mas velado de crespones,
y en la sonrisa orgullosa fluye la lágrima.

El pueblo alegre se ve tan serio y callado,
ya no piensa en nuevos laureles:
allí se acerca, verdeado por la plenitud de laureles eternos,
el azote de Europa, el dios de Francia, ¡el Emperador!

Conducido y seguido por veteranos,
canosos restos de batallas, el cadáver avanza
entre el trueno de los cañones y rodeado
de banderas rumbo a París. La opulenta, rica,
pensativa ciudad se arroja a los pies
una vez más de su ídolo, ebria de devoción;
y aunque hubiera de expiarlo aún más dolorosamente
que antaño — ¡adelante! chispea la centella de la venganza.

Música de la muerte y música de las guerras
brama y se desata; los corazones más quietos laten;
así entraba él en el esplendor de sus victorias
de Austerlitz y en los días de Marengo.

Y pálido y mudo y orgulloso y grande, como siempre,
cuando cabalgaba por el torbellino del pueblo,
así avanza, transfigurado como nunca, con fulgor de gloria
el cadáver del emperador en medio del pueblo.

¿Dónde está la Guardia? ¿y dónde Dombrowski,
el invicto general de los eslavos?
¿Murat, el príncipe de los jinetes, y Poniatowski?
¿Y dónde está Ney, el más bravo de todos los bravos?

Talado está el alto bosque de héroes,
la Guardia cayó en las tempestades de Waterloo;
los últimos desfilan con porte serio,
solo Montholon suspira tras rejas de hierro.

Al ataúd sigue la fuerza y la flor del imperio,
la vieja y la joven Francia se unen
aquí, y el enemigo más irreconciliable
llora en el lugar donde el emperador llora.

¿Y quiénes son aquellos, con la frente de la victoria,
y sin embargo presa manifiesta del dolor?:
más afligidos que sus crespones son sus rostros,
pero orgulloso su andar — oh callad, son los polacos.

Saludan al emperador arcos, columnas, piedras,
monumentos, eternas imágenes y metálicos
pensamientos, audaces y abruptos como los suyos,
celebran su majestad, la desmoronada.

Desmoronada está su casa, muerta su corona;
el imperio del mundo que vio en sueños
se ha desvanecido. Como Alejandro sin
descendencia, duerme bajo el árbol de laurel.

El emperador reposa, enmudecido está el Te Deum;
las piadosas columnas, solemnemente sombreadas.
¡Toda la iglesia es su mausoleo!
Un dios muerto yace aquí, solitario, sepultado.

Friedrich O.