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¡A TRAVÉS DE LOS ALPES!

Athenæum nº 48, 4 de diciembre de 1841

¡Gracias a Dios que hemos dejado atrás Basilea! Una ciudad tan estéril, llena de levitas y sombreros de tres picos, filisteos y patricios y metodistas, donde nada es fresco y vigoroso salvo los árboles que rodean la catedral de rojo ladrillo y los colores de la Pasión de Holbein, que puede verse entre otras pinturas en la biblioteca de aquí; una ciudad tan mezquina, con toda la fealdad de la Edad Media y nada de su belleza, no puede atraer a un corazón juvenil que tiene su imaginación enteramente ocupada con los Alpes suizos e Italia. ¿Acaso la transición de Alemania a Suiza, del suave Margraviato de Baden, cubierto de viñedos, a Basilea, es tan desalentadora sólo para que luego sea más profunda la impresión que causen los Alpes? La región que ahora recorremos tampoco es la más hermosa. A la derecha, las últimas estribaciones del Jura, verdes y frescas, es cierto, pero sin carácter; a la izquierda, el estrecho Rin, que también parece sentir horror por Basilea, tan lentamente se arrastra valle abajo, y más allá del Rin otro pedacito de Alemania. Poco a poco nos alejamos del verde río, el camino asciende y subimos la estribación más externa del Jura, que se adelanta entre el Aar y el Rin. De repente, el paisaje cambia. Ante nosotros se abre un valle soleado y alegre; no, tres o cuatro valles. El Aar, el Reuss y el Limmat, visibles en largos trechos, serpentean entre las colinas y unen sus aguas; aldeas y pequeñas villas se alzan en sus orillas, y a lo lejos una cadena de montañas tras otra se eleva como los graderíos de un anfiteatro gigantesco detrás de la fila de colinas del primer plano; aquí y allá brilla la nieve a través de las brumas que flotan en torno a las cumbres más lejanas, y el Pilatus se alza sobre la masa de picos como si estuviera sentado en juicio, al igual que el antiguo gobernador de Judea que le dio su nombre: ¡estos son los Alpes!

Descendemos aprisa, y sólo ahora, con los Alpes cercanos, caemos en la cuenta de que estamos en Suiza. Junto con el paisaje suizo aparecen el vestido suizo y la arquitectura suiza. La lengua suena más hermosa, más refinada que el dialecto de Basilea, al que la corpulencia de la vida urbana patricia ha prestado una grosería materialista y tosca; los semblantes se vuelven más libres, más abiertos, más vivaces; el sombrero de tres picos cede su lugar al sombrero redondo, los largos faldones que arrastraban a la chaquetilla corta de terciopelo. — La pequeña ciudad de Brugg queda pronto atrás y, siguiendo el camino, atravesamos los veloces y verdes ríos; mientras nuestros ojos pasan raudos sobre todas las vistas encantadoras y rápidamente cambiantes, dejamos atrás el Aar y el Reuss con el Habsburgo, cuyas ruinas miran desde una cumbre boscosa, y entramos en el valle del Limmat para seguirlo hasta Zúrich.

Tenía que pasar un día en Zúrich, y en el camino hacia la tierra prometida de la juventud alemana, un día es un retraso bastante considerable. ¿Qué podía esperar de Zúrich? ¿Valdría la pena la estancia? Lo admito: desde los sucesos de septiembre y la victoria de los guardianes de Sión de Pfäffikon [117], no podía imaginarme Zúrich sino como una segunda Basilea, y pensé con desaliento en el día que ya daba por perdido. En mi inocencia, ya ni siquiera pensaba en el lago, tanto más cuanto que los chaparrones que, tras un continuo sol, me habían alcanzado por fin entre Basilea y Zúrich me prometían una jornada lluviosa. Pero cuando al despertar vi un cielo matutino azul sobre las montañas soleadas, me levanté de un salto y salí apresurado. Caminando al azar, llegué a una especie de terraza rodeada de jardines y coronada por viejos árboles. Un letrero me informó de que los jardines eran públicos, y subí con brío. Entonces vi el lago tendido ante mí, resplandeciente bajo el sol matutino, humeante de niebla temprana, rodeado de montañas densamente arboladas, y en el primer momento me sobrecogió por completo un cierto asombro ingenuo ante la existencia de un paisaje de tan sorprendente belleza. Un amable ciudadano de Zúrich al que abordé me dijo que allá arriba, en el Ütliberg, la vista era tan hermosa que los zuriqueses llamaban a su montaña el pequeño Rigi [pico de los Alpes suizos famoso por su belleza], y no sin cierta justificación. Eché un vistazo a la cima; era la más alta de la cadena del Albis, que corre a lo largo del lado suroeste del lago, y, en general, más alta que las otras montañas que alcanzaba a ver. Pregunté el camino y partí en seguida. Después de una marcha de una hora y media, estaba en la cima.

Aquí el lago se extendía ante mí en toda su longitud, con todo su centelleante juego de verdes y azules, con la ciudad y las innumerables casas en sus riberas montuosas; y allí, al otro lado del Albis, un valle lleno de verdes prados al que descendían bosques de claros robles y oscuros abetos, un mar verde con colinas por olas en el que las casas yacían como barcos, y al sur, en el horizonte, la resplandeciente cadena de glaciares, desde la Jungfrau hasta el Septimer y el Julier; y desde el cielo azul, el sol de mayo derramaba la gloria de sus rayos sobre el mundo en su atavío dominical, de modo que lago y campo y montaña rivalizaban en resplandor y no había fin para el esplendor.

Cansado de mirar, entré en la casa de madera que se alza en la cumbre y pedí algo de beber. Me lo trajeron, junto con el libro de visitantes. Todos sabemos lo que se encuentra en libros de este género: todo filisteo los considera instituciones para alcanzar la inmortalidad, en las que puede transmitir a la posteridad su oscuro nombre y alguno de sus pensamientos sumamente triviales. Cuanto más obtuso es, más largos son los comentarios con que acompaña su nombre. Los comerciantes quieren demostrar que, aparte del café, el aceite de ballena o el algodón, la hermosa naturaleza, que ha creado todo esto e incluso el oro mismo, todavía ocupa un pequeño rincón en sus corazones; las damas expresan sus sentimientos efusivos, los estudiantes su exuberancia e impertinencia, y los sesudos maestros de escuela expiden a la naturaleza un pomposo certificado de madurez. «¡Magnífico Otli, peligroso rival del Rigi!» —comenzó a apostrofar, en estilo ciceroniano, un doctor en artes iliberales. Con fastidio, pasé la página y dejé sin leer a todos los alemanes, franceses e ingleses. Entonces encontré un soneto de Petrarca en italiano, que en traducción suena aproximadamente así:

En espíritu subí hasta la morada alta  
de aquella a quien busco abajo y nunca encuentro.  
Suave la mirada que en otro tiempo evitó la mía:  
así estaba ella en la tercera esfera celeste.  
Tomándome la mano, dijo quedo: «Aquí ya no  
pueden correr lágrimas donde jamás nos separaremos.  
Soy yo quien largo tiempo turbó tu paz,  
volviendo demasiado pronto a esta mi morada.  

“¡Oh, si la mente humana comprendiera mi dicha!  
Sólo te busco a ti, y a la forma que amaste  
y que dejé abajo hace ya tanto tiempo.”  

¿Por qué no dijo más, por qué soltó mi mano?  
Un poco más de aquel dulce sonido, lo sé,  
y del paraíso no me habría movido jamás. [118]

La persona que había copiado esto se llamaba Joachim Triboni, de Génova, y por este apunte se hizo de inmediato amigo mío. Pues cuanto más huecos y disparatados eran los demás comentarios, tanto más nítidamente destacaba este soneto sobre aquel trasfondo, y tanto más me conmovía. Allí donde la naturaleza despliega toda su magnificencia, donde la idea que dormita en su interior parece, si no despertar, al menos soñar un sueño dorado, el hombre que no puede sentir ni decir otra cosa que «¡Naturaleza, qué hermosa eres!» no tiene derecho a tenerse por superior a la masa vulgar, superficial y confusa. En un espíritu más profundo, sin embargo, se alzan las penas y padecimientos individuales, sólo para fundirse en el esplendor de la naturaleza y disolverse en una suave reconciliación. Esta reconciliación difícilmente podía expresarse con más hermosura que en este soneto. Pero hubo todavía otra circunstancia que me hizo amigo de aquel genovés. Así que otro antes que yo había traído su pena de amante a esta cumbre; de modo que yo no estaba allí solo con un corazón que apenas un mes atrás había estado colmado de infinita dicha y ahora se hallaba desgarrado y desolado. ¿Y qué dolor tiene más derecho a manifestarse ante la belleza de la naturaleza que el más noble y profundo de todos los dolores personales, el dolor del amor?

Contemplé una vez más los verdes valles y luego bajé de la montaña para ver la ciudad más de cerca. Se extiende en torno al estrecho extremo del lago como un anfiteatro, y desde el lago ofrece también un aspecto encantador con sus aldeas y casas de campo circundantes. Las calles también destacan por sus hermosos edificios nuevos. En una conversación nocturna con un viejo viajero supe que este estado de cosas no existía desde hacía mucho. Él no se cansaba de maravillarse de cuánto más hermosa se había vuelto la vieja Zúrich en los últimos seis años, y de con qué brillantez el anterior gobierno había realzado la dignidad exterior de la República levantando edificios públicos. Hoy, cuando un determinado partido no se cansa de arrojar lodo al cadáver de aquel gobierno, merece mencionarse el hecho de que, en vida, no sólo tuvo el coraje sin precedentes de nombrar a un Strauss, sino que también cumplió con los demás deberes gubernamentales con honor.

A la mañana siguiente partí hacia el sur. Primero, el camino corría a lo largo de todo el lago hasta Rapperswil y Schmirikon, un camino maravilloso entre jardines, casas de campo y aldeas pintorescamente agrupadas y cubiertas de viñedos; al otro lado del lago, la larga y verde oscura cresta del Albis, con sus exuberantes estribaciones, y al sur, donde las montañas se separan, los picos deslumbrantes de los Alpes de Glaris. En medio del lago aparece una isla, Ufnau, la tumba de Ulrich von Hutten. Luchar como él por la idea libre y descansar así de la lucha y la fatiga: ¿qué más se podría pedir? Arrullado por el apagado embate de las verdes olas rompiendo contra la tumba del héroe con un sonido parecido al lejano entrechocar de armas y gritos de batalla, custodiada por gigantes acorazados de hielo y eternamente jóvenes, ¡los Alpes! Y luego un Georg Herwegh, como representante de la juventud alemana, peregrinando a esta tumba y depositando en ella sus canciones, la expresión más hermosa de las ideas que animan a la joven generación: eso pesa más que estatuas y monumentos.

Se celebraba una feria en Uznach, adonde el camino conducía tras dejar el lago, y el interior de la diligencia, que hasta entonces había ocupado yo solo, se llenó de gente que regresaba de la feria, los cuales, poco a poco, empezaron a sentir los efectos de la anterior noche de juerga y se durmieron, dejándome con mis reflexiones. Ahora nos recibió un valle hermosísimo; suaves colinas onduladas, vestidas de verdes prados y coronadas de bosques, nos envolvieron; vi aquí por primera vez de cerca el verde de matices tan peculiares de los bosques suizos, mezcla de árboles de hoja caduca y de coníferas, y no puedo describir la profunda impresión que me causó. Esta mezcla, que hace resaltar por igual las tonalidades claras y oscuras, confiere un gran encanto incluso a un campo monótono, y aunque la disposición de montañas y valles no era aquí nada extraordinario, sorprendía encontrar una región en la que casi toda la belleza residía en el colorido; y esto hacía tanto más hermoso el colorido. Naturaleza sublime y austera me esperaba en cantidad suficiente en el camino hacia las alturas de la cadena alpina; pero esta suavidad y gracia no las volví a encontrar hasta el lado italiano.

Entretanto, pronto me hallé de nuevo al pie de montañas más altas, cuyas cimas, aunque por debajo de la línea de las nieves, aparecían aún blancas en aquel mes de mayo. A través de valles ora angostos, ora más amplios, seguimos el canal que une el lago de Zúrich con el lago de Wallenstädt. Pronto este último se extendió ante mí. Aquí la comarca presenta ya un carácter muy distinto del que tiene en los alrededores del lago de Zúrich; la cuenca yace casi inaccesible entre escarpadas rocas que surgen directamente del agua y no dejan más que una estrecha abertura en cada extremo del lago. Un pobre barco de vapor recogió a los viajeros de la diligencia, y pronto Weesen, la pequeña ciudad donde habíamos embarcado, desapareció al cerrarse las montañas. Todos los rastros de la actividad humana quedaron atrás; el vapor avanzaba solitario en la hermosa soledad, cada vez más adentro en este silencioso reino de la naturaleza; las verdes crestas de las olas, las cimas nevadas y las cascadas que de ellas se precipitaban aquí y allá brillaban bajo el vivo sol. De cuando en cuando, una verde garganta boscosa o un trozo de pradera sonreía entre el blanquecino granito de las rocas, y a lo lejos, el tenue velo de niebla que se alzaba del lago se difuminaba en suaves matices violáceos contra el telón de las montañas. Era un paisaje que casi desafía al espíritu humano a aquella personificación del espíritu de la naturaleza que hallamos en la leyenda popular, donde las rocas hendidas, con sus coronas de nieve, adoptan los rasgos de rostros de ancianos de profundas arrugas y plateados cabellos, y los verdes cabellos flotantes de hechiceras sirenas emergen de las ondas claras.

Poco a poco, las paredes que nos oprimían se abrieron un tanto; estribaciones densamente cubiertas de maleza se adentraban en el lago, y una franja blanca relumbró a través de la niebla azul: las casas de Wallenstädt, que se halla al final del lago. Desembarcamos y seguimos alegremente hacia Chur; sobre nuestras cabezas, la cadena rocosa cuyas cumbres más altas llevan el nombre de Die sieben Kurfürsten. En sus petrificados mantos de armiño, sus coronas de nieve doradas por el sol de la tarde, los severos señores se sentaban allí tan solemnes como si estuvieran reunidos en el Römer de Frankfurt para elegir al Emperador, imperturbables ante los gritos y empujones del pueblo a sus pies en todo el Sacro Imperio Romano Germánico, cuya constitución se había vuelto, con el paso del tiempo, tan petrificada como sus siete representantes aquí presentes. [119] Tales nombres en boca del pueblo son, por lo demás, prueba de cuán profundamente alemanes son los suizos, por poco que a ellos mismos les guste admitirlo. Tal vez regrese más tarde a este tema con más detalle, y por ahora lo dejo.

Ahora nos adentrábamos más y más en las rocas; los lugares en que la mano del hombre había dado un aspecto más suave a la naturaleza en estado bruto se volvían cada vez más escasos; el castillo de Sargans se aferraba a un acantilado perpendicular como un nido de golondrina, hasta que en Ragaz los árboles encontraron por fin tierra suficiente sobre el pedregoso suelo para poder revestirlo de denso bosque. También aquí hay un castillo en la ladera, pero está en ruinas, del mismo modo que, en general, los pasos de un valle fluvial a otro muestran aquí con bastante frecuencia semejantes vestigios del derecho del garrote. En Ragaz el valle se ensancha de nuevo; las montañas retroceden con temor ante el poderoso genio del joven río que se ha abierto paso vigorosamente a través de los gigantes de granito del Gotardo y del Splügen y que ahora se hincha hacia su gran destino con el orgullo y el coraje de la juventud; es el Rin al que ahora saludamos de nuevo. En un ancho lecho se desliza solemnemente sobre grava y arena, pero por las rocas esparcidas a lo lejos se puede ver con qué salvaje furia se desata cuando se ha saciado de la indolente comodidad y se yergue con ánimo destructor. De aquí en adelante, su valle forma el camino que conduce a Chur y de allí hacia el paso del Splügen.

En Chur comienza ya la mezcla de lenguas que domina en toda la parte más alta de los Alpes. Alemán, romanche e italiano en dialecto lombardo podían oírse en la estación de postas. El romanche, la lengua de los montañeses de Graubünden, ha sido muy discutido por los filólogos, y sin embargo sigue envuelto en una misteriosa oscuridad. Unos han tratado de agruparlo, por su independencia, con las principales lenguas romances; otros han buscado en él elementos franceses, sin considerar cómo pudieron penetrar allí. Si se quiere prestar alguna atención a este idioma, lo más natural sería compararlo con los dialectos vecinos. Pero hasta ahora no se ha hecho. Lo poco que durante mi tránsito pude recoger de personas que conocen la lengua indica que en la formación de las palabras está muy estrechamente emparentado con el dialecto lombardo vecino y sólo se diferencia de éste dialectalmente. Todo lo que se ha tenido por influencia francesa vuelve a encontrarse al sur de los Alpes.

A la mañana siguiente partimos de Chur Rin arriba, a lo largo de un ancho valle rodeado de salvajes rocas. Al cabo de unas horas, un escarpado muro montañoso surgió de la tenue niebla matutina, coronado con las ruinas de un castillo, y se plantó justo en medio del camino. El valle parecía cerrarse ante nosotros, y sólo pudimos avanzar por una estrecha garganta. Ante nosotros se alzó una esbelta torre blanca; pertenece a Thusis, o, como dicen los lombardos, Tosana, que significa «ciudad de las doncellas». Está bellamente situada en una estrecha hondonada cercada por escarpadas moles rocosas; la más inaccesible de todas lleva las ruinas del castillo de Hohenrhätien. No hay mayor aislamiento que aquel al que la naturaleza ha condenado a esta aldea, y sin embargo, también aquí los hombres han sido más fuertes que la naturaleza; como para desafiarla, han trazado la carretera por el centro de Thusis y cada día transportan por ella a ingleses, comerciantes y turistas. — Después de Thusis, la cadena alpina que habíamos de cruzar al anochecer comenzó a elevarse con rapidez. Abandoné la diligencia y eché a andar por la carretera, fortalecido por un vaso de Veltliner, que aquí se encuentra en su mejor calidad. No hay otro camino semejante en el mundo entero. Tallado en la roca colgante, asciende serpenteando por las gargantas que el Rin ha excavado para sí mismo. Enormes murallas verticales de granito se alzan rígidas a ambos lados de la senda, a la cual en muchos puntos no alcanza ni siquiera el sol del mediodía, y muy abajo el salvaje torrente de montaña ruge y truena a través de las rocas hendidas, arrancando abetos y rodando peñascos como un furioso titán a quien un dios ha arrojado dos montañas sobre el pecho. Las últimas montañas desafiantes, que no quieren doblegarse a la dominación todopoderosa del hombre, parecen haberse refugiado aquí, formando en filas cerradas para defender su libertad; aterradoras y graves, miran al viajero, y en la imaginación se oye su voz: «¡Ven aquí, hombre, si te atreves; escala nuestras cumbres y siembra tu trigo en los surcos de nuestras frentes; pero arriba el sentimiento de tu pequeñez te oprimirá y te dará vértigo, el suelo cederá bajo tus pies y te estrellarás al caer de roca en roca dentada. Puedes abrir caminos entre nosotras; cada año nuestro aliado, el Rin, bajará hinchado de cólera y despedazará tu obra!»

En ninguna parte es tan colosal esta resistencia de la fuerza de la naturaleza al espíritu humano, casi podría decirse tan consciente de sí misma, como aquí. El horror solitario del camino y el antiguo peligro de este paso alpino le han dado el nombre de Via mala. Hoy, por supuesto, es distinto. También aquí el espíritu ha vencido a la naturaleza, y como una cinta de unión, el camino sigue de roca en roca, seguro, cómodo, casi indestructible y transitable en todas las estaciones del año. Sin embargo, un horrible sentimiento de temor se apodera de uno al ver las rocas amenazadoras; parecen estar meditando venganza y liberación.

Athenäum No. 49, 11 de diciembre de 1841

Poco a poco, sin embargo, la garganta se ensancha, los rugientes saltos de agua se vuelven más escasos, el lecho del Rin, que a menudo ha tenido que abrirse paso por desfiladeros de escasos centímetros de ancho, se expande, las paredes escarpadas se toman más tendidas y retroceden, se abre un verde valle y Andeer, una pequeña aldea conocida por las gentes de Graubünden y del valle de la Valtelina como lugar de baños, se encuentra en el centro de esta primera terraza del Splügen. La vegetación es aquí mucho más escasa, lo cual resulta tanto más sorprendente cuanto que desde Thusis hasta aquí no se veían ni hojas ni hierba, y sólo los abetos lograban aferrarse a los escarpados riscos. Pero aun así, fue un alivio para la vista ver un valle verde cubierto de praderas y una ladera arbustiva, después de todas las lúgubres y pardogrisáceas paredes de granito. Inmediatamente después de Andeer ascendimos una empinada cuesta por la que el camino serpenteaba en mil revueltas. Dejé éstas para la diligencia y trepé por el pedregal, entre arbustos y enredaderas densamente enmarañadas, hasta el punto donde el camino doblaba hacia la otra ladera de la montaña. Allí, el verde valle se extendía muy por debajo de mí, ensartado por el Rin, cuyo trueno volvía a llegarme en ecos. Una última mirada hacia abajo a modo de saludo, y luego adelante. El camino me condujo entre rocas inclinadas, altas como el cielo, hasta una hondonada, otra vez en la más abandonada soledad del mundo. Me apoyé en el parapeto y miré hacia abajo, al Rin, que formaba un remanso bajo árboles de oscuro follaje. La quieta superficie verde sobre la que las ramas se inclinaban ocultando por todas partes rinconcillos secretos con su fronda, los musgosos muros de roca, los rayos de sol que aquí y allá penetraban: todo ello poseía una magia singular. El murmullo del río apaciguado sonaba casi inteligible, como la conversación de aquellas hermosas doncellas cisne que acuden volando de lejos sobre las montañas para despojarse de su plumaje de cisne en un escondido y secreto lugar y bañarse en la onda fría como la nieve bajo las verdes ramas. De vez en cuando, el trueno de los saltos de agua resonaba como la voz airada del espíritu del río que las reprendía por su falta de prudencia, pues ellas saben que deben seguir al hombre que les robe el plumaje de cisne, y además está a punto de llegar un coche de postas lleno de mirones de doncellas, y en cualquier caso no es decoroso que unas féminas se bañen cerca del camino público, aunque se trate de románticas doncellas cisne. Pero las hermosas ninfas se ríen del angustiado anciano, pues saben muy bien que nadie las ve, salvo aquel a quien la vida soñadora de la naturaleza ha sido revelada, y que él no les hará daño.

De minuto en minuto refrescaba más entre las montañas; hacia el mediodía, después de trepar un poco, encontré la primera nieve y, de pronto, acalorado como estaba por el rápido ascenso y la carrera bajo el sol abrasador, sentí un marcado frío en el aire. Ésa era la temperatura de la segunda terraza de este paso, donde se halla la aldea de Splügen, el último lugar donde se habla alemán, entre altas montañas contra cuyas verdes paredes destacan los chalets de color pardo oscuro. La comida del mediodía se tomó en una casa dispuesta enteramente al estilo italiano, con suelos de piedra y gruesos muros de piedra incluso en los pisos superiores; luego se prosiguió el viaje por una pared rocosa casi vertical. En una garganta boscosa, entre los últimos árboles que vi de este lado de los Alpes, yacía un alud, un ancho río de nieve que se había desprendido de las paredes más empinadas. No tardaron en comenzar unas gargantas desoladas donde los torrentes de montaña braman bajo una firme y abovedada cubierta de nieve y las rocas desnudas apenas quedan cubiertas por manchas de musgo. La nieve se hacía más espesa y se extendía más. Justo en la cima, a ambos lados del camino, se había abierto un sendero donde la nieve alcanzaba tres y hasta cuatro veces la altura de un hombre. Abrí escalones en la pared de nieve con los talones y trepé. Ante mí se extendía un amplio valle blanco como la nieve, en medio del cual se alzaba un techo gris, la aduana austríaca, el primer edificio del lado italiano de los Alpes. El examen de nuestro equipaje en esta casa, durante el cual oculté con éxito mis Varinas [tabaco] a los ojos de los guardias fronterizos, me dio tiempo para mirar un poco a mi alrededor. Por todas partes, capas de roca desnuda y gris, cuyas cimas cubiertas de nieve, un valle en el que a causa de la nieve no se veía ni una brizna de hierba, y mucho menos un arbusto o un árbol; en suma, un desierto horrible y abandonado sobre el cual se encuentran los vientos italianos y alemanes y empujan sin cesar nubes grises unas contra otras, una soledad más terrible que el Sahara y más prosaica que el brezal de Lüneburg, una región donde nieva nueve meses y llueve tres meses año tras año: tal fue mi primera visión de Italia. Pero luego descendimos con rapidez, la nieve desapareció, y donde ayer apenas se había derretido la blanca cubierta invernal, hoy brotaban ya azafranes amarillos y azules, la hierba comenzaba a verdecer, aparecían de nuevo los arbustos, luego árboles entre los cuales se precipitaban blancas cascadas, y el espumoso Liro corría muy abajo, en un valle lleno de sombras violetas, brillando blanco como la nieve a través de oscuras avenidas de castaños; el aire se tornaba cada vez más cálido aunque el sol ya se hundía tras las montañas, y en Campo Dolcino ya estábamos entre auténticos italianos, si no en la auténtica Italia. Los habitantes de la pequeña aldea se agolpaban alrededor de nuestra diligencia y parloteaban en su áspero dialecto lombardo, nasal, sobre los caballos, el vehículo y los viajeros; todos auténticos rostros italianos, cuya expresión vigorosa realzaban los espesos cabellos y barbas negros. Proseguimos con rapidez, descendiendo a lo largo del Liro, entre prados y bosques, a través de innumerables bloques gigantescos de granito arrojados desde los picos alpinos quién sabe cuándo, cuyos agudos salientes y bordes negros contrastaban extrañamente con el fondo verde claro de los prados. Una hilera de hermosos pueblos, apoyados contra las rocas, con sus esbeltas torres de iglesia blancas como la nieve, en particular S. Maria di Galivaggio, desfilan ante nuestros ojos; al fin el valle se abre y en un recodo se alza la torre de Chiavenna o, en alemán, Kliwen, una de las principales poblaciones del valle de Veltlin. Chiavenna es una ciudad completamente italiana, con casas altas y calles estrechas, donde por todas partes se oyen arranques apasionados en lombardo: fiocul d'ona putana, porco della Madonna, etc. Mientras aquí reclamaban nuestra atención una cena italiana y vino del Veltlin, el sol se hundía tras los Alpes del Rhätikon; una diligencia austríaca con un condottiere italiano y un carabiniere de escolta nos recogió, y partimos hacia el lago de Como. La luna se alzaba llena y clara en el cielo azul oscuro, donde aquí y allá comenzaba a brillar alguna estrella. El crepúsculo llameaba en lo alto, dorando las cumbres de las montañas, y una magnífica noche meridional se echaba encima. Así continué a través del verde país de los viñedos, con las vides trepando por los emparrados y hasta las copas de las moreras; el aire tibio de Italia me acariciaba cada vez más suavemente, la magia de una tierra nunca conocida pero largo tiempo soñada me producía un dulce estremecimiento, y contemplando en espíritu los esplendores que mis ojos iban a ver, me quedé dichosamente dormido.