Una noche, mi carruaje me llevaba solitario  
a través de aquel conocido territorio alemán  
donde muchos corazones, abatidos por el poder,  
arden en impotente y llameante furor.  

En furor porque la libertad, tan cara comprada  
con lucha y con incesante vigilancia,  
había sido expulsada, para que lenguas venales se mofaran  
y la denigraran con cruel insolencia.  

Sobre los prados se tendía una niebla, densa y calma.  
A veces, una ráfaga de viento golpeaba con fuerza  
los álamos, y estos, en rápida alarma,  
despertaban del sueño, para pronto volver a dormitar.  

Claro estaba el aire. Aguda pendía la luna en hoz,  
como una espada de Damocles sobre la ciudad  
hacia la que yo me apresuraba.  

La ira de los reyes vuela rápido  
desde lejos para abatir a sus víctimas.  

Alrededor de las ruedas del carruaje corren saltando jaurías  
de perros que me ladran.  
¿Y acaso aúllan tal como los escritorzuelos asalariados de la capital,  
que han olfateado mi alma librepensadora?  

¿Qué me importa? Hundido en mis almohadones,  
vivo en sueños de muchos mañanas valientes.  
No os engañéis — justo antes del alba, bien sabemos,  
la pesadilla alcanza lo más hondo de sus horrores.  

Sí, la mañana llega al fin deslizándose en silencio.  
Una sola estrella brilla para alumbrar su camino.  
Los piadosos despiertan al repique de campanas de libertad —  
¡no ya rebato, sino paz en este día jubiloso!  

El árbol del espíritu ha enroscado sus raíces, cual brazos,  
en torno al pasado, para aplastar todo lo caduco y viejo,  
y ahora sus ramas esparcen por todo el mundo  
¡relucientes flores de oro eterno!  

Y así dormí, y desperté aquella mañana siguiente,  
y vi la tierra toda feliz, limpia y resplandeciente,  
y la ciudad de Stüve [Osnabrück, cuyo burgomaestre era Johann Karl Bertram Stüve] llena de alegría y risas,  
Ciudad de la Libertad, bañada en luz matutina.