Dos sermones de F. W. Krummacher

[„Telegraph für Deutschland“ 
Nr. 149, septiembre de 1840]

Tenemos ante nosotros los dos sermones que indujeron a los tan piadosos habitantes de Bremen a prohibir al celoso predicador de Elberfeld, F. W. Krummacher, el seguir subiendo al púlpito de la iglesia de San Ansgario. Aunque el estilo de predicación de un Krummacher produzca una impresión generalmente desagradable y aguada en quien está acostumbrado al Padre del Mundo o al ser absoluto, el texto de los discursos de Krummacher es lejía, corrosivo, incluso agua fuerte. Ya por la originalidad con que, desde el púlpito, como aquí sucede, se relaciona con las feligresías, se leerán los discursos con interés; muestran que Krummacher es un zelote lleno de espíritu, dotado de ingenio y fantasía. Se puede dudar de que este lenguaje acorazado fluya de una auténtica fe pétrea en el cristianismo. Creemos que Krummacher no es un hipócrita, sino que se atrincheró en ese modo de predicar solo por gusto, y tanto menos puede dejarlo cuanto que, en efecto, el tono habitual de los arrulladores evangélicos del amor y de los predicadores de damas es de muy mal gusto. Pero lo cierto es que Krummacher desconoce por completo el significado del púlpito cuando lo eleva a silla de la Inquisición. ¿Qué puede llevarse a casa una comunidad de semejante sermón? Nada, excepto esa soberbia espiritual que resulta tan repugnante en el pietismo. Quien solo exige fe a su comunidad, quien solo parafrasea con sinónimos ese mandamiento inflexible y utiliza el resto del sermón para la polémica del día, difundirá mucha presunción, soberbia y obstinación ortodoxa, pero muy poco cristianismo. Krummacher parece dedicarse metódicamente a esa tarea de emancipar la sencillez cristiana para convertirla en soberbia. La frase de que el espíritu, el ingenio, la fantasía, el talento poético, el arte, la ciencia, todo no es nada ante Dios, es en él un estereotipo.

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Dice:

«En el cielo es día de fiesta, no cuando nace un poeta, sino cuando un descarriado es despertado.»

Describe al más pobre de su comunidad una importancia que podría tener, de modo que este tiene que creerse infaliblemente más elevado y más sabio que Kant, Hegel, Strauß, etc., a quienes Krummacher anatematiza continuamente en sus sermones. ¿No debería la propia naturaleza de Krummacher surgir también de una ambición —retrocedida, del afán de distinguirse? Hay muchas cabezas que ambicionaron lo más alto, no lograron alcanzarlo mediante la diligencia, el talento y la solidez, y luego esperan llevárselo a la corona eterna mediante una virtuosidad de fe sin parangón. Al menos, uno se sentiría muy inclinado a explicarse así, y no de otro modo, la continua polémica de Krummacher contra todo lo que tiene fama en el mundo. — Es realmente doloroso encontrar en los sermones mencionados pocos elementos disolventes, emoción, sentimiento, auténtico dolor. A un ser tan rígido y celoso como él no puede serle familiar el tono del amor. Sin embargo, se encuentran pasajes que reconcilian de nuevo con el carácter extraño de este hombre. ¡Qué pocos sermones tenemos en que se encuentre un pasaje tan bello como el siguiente!:

«Sí, amigos, el mundo no se acaba allí donde en la orilla del mar brama la tormenta, ni donde allá arriba camina la luna enlutada y las estrellas silenciosas miran melancólicas hacia la tierra. Más allá se extiende otra región, más amplia, más luminosa. ¡Oh, allí es mejor estar que aquí! Allí ya no se llevan rosas a la tumba; allí ya no amenaza a amor separación alguna; allí no reposa ya ni una gota de hiel en la copa de la alegría. Un mundo tal existe, tan cierto como que el Señor Jesús se remontó visiblemente a él.»