Teatro — Fiesta de los impresores — Literatura

[«Morgenblatt für gebildete Leser»
núm. 181 del 30 de julio de 1840]

Bremen, julio

Por lo que sé, ningún periódico de renombre tiene un corresponsal fijo en Bremen, y de este *consensus gentium*¹ podría fácilmente inferirse que desde aquí no habría nada que escribir; pero no es así. Tenemos, en efecto, un teatro en el que hasta hace poco actuaron como huéspedes, uno tras otro y en rápida sucesión, Agnese Schebest, Caroline Bauer, Tichatscheck y la Sra. Schröder-Devrient, y cuyo repertorio podría rivalizar en solidez con el de muchos otros, incluso más renombrados. Ya se han representado aquí *Richard Savage* de Gutzkow y *La exaltación a la moda* de Blum. La primera de estas dos piezas ha sido ya comentada hasta la saciedad; en mi opinión, una reseña de la misma aparecida hace poco en los *Hallische Jahrbücher*, una vez descontadas las frecuentes animosidades, contiene mucho de verdad, y acierta particularmente en señalar el defecto fundamental: que la relación entre madre e hijo, por ser una relación no libre, jamás puede constituir la base de un drama. Gutzkow tal vez haya reparado desde un principio en este defecto, pero tuvo razón al no dejarse disuadir por ello de llevar adelante su proyecto; pues si pretendía abrirse camino al teatro con una sola pieza, tenía que hacer algunas concesiones a la arraigada rutina teatral, que más tarde, una vez logrado su plan, siempre podría retirar. Tenía que dotar a su obra de un fundamento original, aun cuando éste no pudiera sostenerse ante la crítica poética, aun cuando sus escenas derivaran hacia el melodrama y la búsqueda del efecto. Se puede censurar *Richard Savage*, se lo puede rechazar, pero concédase también que Gutzkow ha probado con ello su talento dramático. — De *La exaltación a la moda* de Blum no hablaría siquiera si esta pieza no hubiera sido pregonada en muchos periódicos como «oportuna». Pero no hay en ella absolutamente nada de oportuno, ni en los caracteres, ni en la acción, ni en el diálogo. Es verdad que Blum se ha ganado un mérito por haber tenido el valor de llevar el pietismo a la escena; pero por tan fácil camino no se despacha uno con este pie torcido del cristianismo. Déjese ya de buscar, tras el pietismo, engaño, codicia o sensualidad refinada; de tales potenciaciones y extremos, como los que se vieron en Königsberg, de tales abusos, como los que se permitió Stephan de Dresde, el verdadero pietismo se aparta decididamente. Cuando Stephan estuvo aquí con su infortunada compañía, a punto de embarcarse para Nueva Orleans, y aún nadie abrigaba la menor sospecha moral, he visto yo mismo con qué desconfianza se comportaban frente a él los pietistas de aquí. Quien quiera escribir sobre esta tendencia, vaya una vez entre los «cuáqueros», como aquí se les llama, y vea con cuánto amor se reciben estas personas, cuán pronto se traba amistad entre dos seres completamente desconocidos que nada más saben el uno del otro sino que son «creyentes», con cuánta seguridad, consecuencia y firmeza siguen su camino, con cuán fino tacto psicológico saben descubrir todos sus pequeños defectos, y estoy convencido de que ya no escribirá ninguna «Exaltación a la moda». Contra los reproches de esta comedia tiene el pietismo tanta razón como le falta frente al pensamiento libre de nuestro siglo. — Por eso el pietismo local sólo tomó nota de la pieza en la medida en que preguntó si en ella aparecían «discursos blasfemos».

La fiesta de Gutenberg se ha celebrado también aquí, en la última Thule de la cultura alemana, y de una manera más grata que en las otras dos ciudades hanseáticas. Los impresores venían ahorrando semanalmente desde hacía varios años una parte de su salario para celebrar dignamente la fiesta; ya en fecha temprana se constituyó un comité, si bien también aquí la ejecución tropezó con dificultades por parte del Estado. Se urdieron pequeñas intrigas, ligadas las más de las veces a personalidades, como no puede ser de otro modo en Estados tan pequeños; durante un tiempo no se oyó absolutamente nada sobre todo el asunto, y parecía que, a lo sumo, se celebraría una «fiesta de los artesanos». Sólo en la víspera el interés se generalizó; apareció el programa; el profesor Wilhelm Ernst Weber, conocido por sus excelentes traducciones de clásicos antiguos y sus comentarios a poetas alemanes, dirigió la atención hacia la fiesta del día siguiente mediante su discurso pronunciado en el aula, y los comerciantes dudaban sobre si convendría conceder a los empleados de escritorio media jornada libre. Llegó el día de la fiesta; todos los barcos en el Weser habían izado sus banderas, y en el extremo inferior de la ciudad se hallaban dos navíos cuyos mástiles estaban unidos en las puntas por una larga cinta cubierta de innumerables banderas, formando un gigantesco arco de honor. En uno de aquellos barcos se hallaba también el único cañón disponible, que tronó durante todo el día. El comité, acompañado de todos los impresores, se dirigió en solemne procesión a la iglesia, y de allí al recién construido barco de vapor «Gutenberg», el más hermoso vapor que jamás haya surcado el Weser, de casco blanco como la nieve y adornado con oro. Para este su primer viaje, estaba adornado de fiesta con guirnaldas y banderas; la comitiva subió a bordo, remontó el Weser entre música y cánticos, y se detuvo en el puente, donde se entonó un coral y un impresor pronunció un discurso. Mientras todos los participantes en la fiesta tomaban a bordo un desayuno organizado por el propietario del barco, el señor Lange de Vegesack, el «Gutenberg» surcó con una rapidez que honraba a su constructor, atravesó la puerta de banderas y se dirigió a Lankenau, lugar de esparcimiento situado aguas abajo de la ciudad, mientras miles de personas le lanzaban hurras desde el puente y el muelle. Gracias a la solemne procesión y a este viaje por el Weser, la celebración adquirió el carácter de una fiesta popular, y aún más por el reparto —limitado al principio, pero luego abierto— de tarjetas para un jardín público que se había reservado e iluminado para aquella noche, adonde el comité se trasladó tras el banquete festivo. Allí se clausuró la fiesta, entre música y resplandor de luces, con Haut-Sauternes, St. Julien y champán.

Literatura
[«Morgenblatt für gebildete Leser»
núm. 182 del 31 de julio de 1840]

Bremen, julio

Por lo demás, la vida aquí es bastante monótona y propia de una pequeña ciudad; la *haute volée*, es decir, las familias de los patricios y de la aristocracia del dinero, pasan el verano en sus fincas; las damas de las clases medias tampoco pueden desprenderse, en la bella estación, de sus tertulias de té, donde se juega a las cartas y se ejercita la lengua, y los comerciantes acuden día tras día al Museo, a la Bolsa o a la Union para hablar de los precios del café y del tabaco y del estado de las negociaciones con la Unión Aduanera; el teatro se visita poco. — No hay aquí participación en la literatura viva de la patria común; se opina, poco más o menos, que con Goethe y Schiller quedaron puestas las piedras de cierre en la bóveda de la literatura alemana, y a lo sumo se concede a los románticos el valor de adornos añadidos con posterioridad. Se está abonado a un círculo de lectura, en parte por moda, en parte para poder echar más cómodamente la siesta con un periódico; pero sólo despiertan interés el escándalo y todo lo que se dice sobre Bremen en las gacetas. En muchos de los cultos, esta apatía se deberá, sin duda, a la falta de tiempo libre, pues especialmente el comerciante se ve aquí forzado a llevar siempre los negocios en la cabeza, y el posible resto de tiempo lo absorben la etiqueta entre la parentela, por lo común muy numerosa, las visitas, etc. En cambio, existe aquí una literatura cerrada que se despliega en parte en folletos, referidos en su mayoría a disputas teológicas, en parte en el periodismo, y en medida suficiente. El *Bremer Zeitung*, hoja informativa redactada con tacto, gozaba de notable reputación en un amplio radio, la cual, sin embargo, ha disminuido desde que se vio envuelto involuntariamente en las relaciones políticas del Estado vecino. Sus artículos sobre Europa occidental están escritos con talento, aunque no son decididamente liberales. Un suplemento suyo, el *Bremisches Conversationsblatt*, intentó representar a Bremen en la literatura diaria alemana y publicó artículos ingeniosos del profesor Weber y del Dr. Stahr, de Oldenburg; los poemas los proporcionaba Nicolaus Delius, joven y talentoso filólogo que también como poeta podría conquistarse poco a poco una posición honorable. Pero era difícil conseguir colaboradores foráneos de importancia, y así, por falta de contribuciones, el periódico hubo de dejar de publicarse. Otra revista, el *Patriot*, cuyo empeño era erigirse en órgano más digno para el debate de los intereses locales y, al mismo tiempo, ofrecer en el aspecto estético algo más sólido que las pequeñas hojas locales, murió a causa de su vacilante posición entre un periódico local y uno de entretenimiento. De vida más tenaz pueden jactarse los periódicos locales menores, que se nutren de escándalos, disputas entre actores, chismes de la ciudad y cosas por el estilo. El *Unterhaltungsblatt*, en especial, ha alcanzado una omnisciencia singular gracias a sus numerosos colaboradores (casi todo empleado de comercio puede vanagloriarse de haber escrito unas líneas para el *Unterhaltungsblatt*). Si en el teatro sobresale un clavo de un banco, si en la Union no se ha adquirido un folleto, si un cigarrero borracho ha pasado la noche de juerga en la calle, si un sumidero no ha sido barrido como es debido… quien primero se percata de ello es el *Unterhaltungsblatt*. Si un oficial de la milicia ciudadana se ha creído autorizado, en virtud de su cargo, a cabalgar por las aceras, puede estar seguro de que en el número siguiente de este periódico aparecerá la pregunta de si los oficiales de la milicia ciudadana pueden cabalgar por las aceras. Podría llamarse a este excelente periódico la Providencia de Bremen. Su principal colaborador es, sin embargo, Crischan Tripsteert, autor seudónimo de poemas en bajo alemán. Sería mejor para la lengua bajo-alemana que, según la exigencia de Wienbarg, fuera abolida, antes que dejarse abusar por Crischan Tripsteert para sus poesías. Los demás periódicos locales son demasiado vulgares para que su nombre merezca ser mencionado ante un público más amplio. Completamente aparte está el *Bremer Kirchenbote*, hoja pietista-ascética, redactada por tres predicadores, para la cual a veces envía contribuciones Krummacher, el conocido autor de parábolas³. El periódico se muestra tan celoso que la censura tiene que intervenir con frecuencia, lo que, dada la aceptación que su tendencia encuentra en altas instancias, seguramente sólo ocurre en caso de necesidad. Polemiza constantemente contra Hegel, el «padre del panteísmo moderno», y «su discípulo, el gélido Strauß», así como contra cualquier racionalista que se deje ver en diez millas a la redonda. Próximamente, algo sobre Bremerhaven y sobre las condiciones sociales de Bremen.

F. O.