La leyenda de Sigfrido y el movimiento revolucionario alemán A la edad de veinte años, Engels, bajo el seudónimo de Friedrich Oswald, colabora en la revista Telegraph für Deutschland. Allí hace aparecer, en el número de diciembre de 1840, un artículo donde, cuando románticos y teutómanos reclamaban como suyos Los Nibelungos, busca en el lejano pasado germánico motivos de exaltación para el movimiento revolucionario alemán.

¿Por qué nos toca tan profundamente la leyenda de Sigfrido? No es a causa de la historia misma ni de la ignominiosa traición de que es víctima el joven héroe; es a causa de la significación profunda de su persona. Sigfrido es el representante de la juventud alemana. Todos los que llevamos en el pecho un corazón que la vida, en su estrechez, no ha logrado domar, sabemos lo que esto quiere decir. Todos sentimos la misma sed de acción, el mismo espíritu de independencia ante la rutina, que empujó a Sigfrido fuera del castillo de su padre; la eterna deliberación, el miedo pusilánime de la acción nos repugna; queremos lanzarnos a través del mundo libre, queremos destruir las barreras de la circunspección y combatir por la corona de la vida, la acción. Los filisteos han hecho lo necesario para aportarnos gigantes y dragones, sobre todo en el dominio de la iglesia y del estado. Mas nosotros vivimos en otra época: se nos mete en prisiones llamadas escuelas, donde, en lugar de golpear a nuestro alrededor, debemos, irrisoriamente, conjugar en griego el verbo golpear en todos los modos y todos los tiempos; y cuando escapamos a la disciplina, caemos en los brazos de la diosa del siglo, la Policía. Policía cuando se piensa, policía cuando se habla, policía cuando se anda, a caballo o en vehículo; policía para los pasaportes, los permisos de estadía, las carpetas de la aduana... ¡El diablo tire por tierra gigantes y dragones! No nos han dejado más que la apariencia de la acción, el florete en lugar de la espada: ¿Para qué diablos el arte más perfeccionado de la esgrima, si sólo se tiene un florete y si no se tiene el derecho de ejercer este arte con la espada? Cuando un día se rompan las barreras, cuando el filisteísmo y la indiferencia sean abolidos, cuando el deseo de acción estalle a plena luz. ¿Veis allá abajo, del otro lado del Rhin, la torre de Wesel? La ciudadela de la ciudad que se ha llamado una fortaleza de la libertad alemana, se ha convertido en una tumba de la juventud alemana. ¡Y es ella, precisamente, la que da frente a la cuna del más grande joven alemán! ¿Quiénes han sido encarcelados? Estudiantes que no querían haber aprendido en vano la esgrima .. . Mas quiero descender al Rhin y dar oído a lo que las olas de la tierra natal de Sigfrido, empurpuradas por el sol poniente, cuentan sobre el tema de su tumba en Worms y del tesoro escondido. ¡Quizá cualquier bienhechora hada Morgana hará de nuevo surgir ante mis ojos el castillo de Sigfrido o centellear las acciones heroicas reservadas a sus descendientes del siglo XIX.

F. Engels: «La patria de Sigfrido», Obras, t. II, pp. 94-95, Mega.

La literatura popular Si la crítica conociera mejor el movimiento de las clases populares inferiores, sabría que la resistencia extrema que éstas encuentran en la vida práctica, las modifica cada día. La nueva literatura en prosa o en verso que, en Inglaterra y en Francia, viene de las clases populares inferiores, le probaría que las clases populares inferiores saben elevarse intelectualmente sin la protección inmediata del santo Espíritu de la crítica crítica. C. Marx-F. Engels: La sagrada familia, p. 219 Thomas Hood En La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845) Engels no deja de señalar las manifestaciones literarias del sufrimiento y de la revuelta proletarios. Cita Obras, t. IV. pp. 177-178, Mega) la poesía de un obrero de Birmingham, Edward P. Mead, contra el «rey Vapor» y sus intendentes, los capitalistas: «Es música para sus oídos el grito del pobre en lucha contra la muerte; esqueletos de niñas y de chiquillos el infierno del rey Vapor llenan totalmente».

El poema se termina con un llamado a la insurgencia: «Y sus furiosos intendentes, los altivos señores de las fábricas, rebosantes de oro y rojos de sangre, deben ser abatidos por la cólera del pueblo, así como el monstruo, ¡su Dios!»

«Es la expresión exacta del sentimiento que reina entre los obreros», escribe Engels. Más lejos, habla de Thomas Hood (1799-1845), el autor de la Canción de la Camisa. Thomas Hood,2 el más dotado de todos los humoristas ingleses contemporáneos y, como todos los humoristas, pleno de sentimientos humanos, mas sin ninguna energía intelectual, ha publicado al comienzo del año 1844, en el momento en que la miseria de las costureras