SIGNOS RETRÓGRADOS DE LOS TIEMPOS [Telegraph fiir Deutschland, núm. 26, febrero de 1840]

Nada hay nuevo bajo el sol. He aquí una de esas afortunadas seudo. verdades a las que está reservada la más brillante .de las carreras, que de boca en boca dan la vuelta a la tierra en cruzada triunfal, y que al cabo de los siglos siguen siendo citadas con tanta frecuencia como si aca. baran de acuñarse. Las auténticas verdades rara vez son tan afortuna. das; nacen condenadas a luchar y a padecer, son torturadas y enterradas vivas y cada cual las compone y adereza como se le antoja. : ¡Nada hay nuevo bajo el sol! Al contrario; hay mucho nuevo, pero ahogado, si no figura entre esas acomodaticias seudoverdades tras las cuales marcha siempre como séquito: la consabida frase de “como es sabido”, etc., y que, como los destellos de la luz nórdica, no tardan en ceder a las sombras de la noche, En cambio, cuando se alza en el horizonte, con los arreboles de la aurora, una auténtica verdad nueva, los hijos de la noche saben bien que se halla bajo la amenaza de su reino de las tinieblas y empuñan las armas. La luz del norte encuentra siempre un cielo sereno, mientras que la cárdena luz del amanecer alumbra un cielo encapotado cuyas nubes tiene que ahuyentar o ilu. minar con su resplandor. Algunas de aquellas nubes que se apelotonan sobre la rojiza aurora de los tiempos son las que rápidamente queremos examinar aquí.

Pero, abordemos el tema con otras palabras. Son conocidos los in. tentos que se han hecho de comparar con una línea el curso de la historia.

“La forma de la historia —dice un ingenioso libro 18 escrito contra la filosofía de la historia de Hegel— no es una línea ascendente y descendente, ni es un círculo concéntrico o una espiral, sino la línea del paralelismo épico, ora convergente” (como creemos que debe decirse, en vez de “congruente”), “ora divergente.” Yo prefiero atenerme, sin embargo, a una espiral trazada libremente, cuyas vueltas no sean muy precisas. La historia comienza su marcha lentamente, partiendo de un punto invisible, en torno al cual va dando vueltas, como adormilada; pero, con el tiempo, describe órbitas cada vez más rápidas y agitadas, hasta que por último se lanza disparada como un cohete flameante de una estrella en otra, tan pronto recorriendo su vieja trayectoria como cruzándola, para acercarse más y más, con cada nueva circunvolución, al infinito. ¿Quién podría atalayar [18]

el final? Y, sin embargo, en los sitios en que parece recorrer de nuevo su vieja trayectoria, se yergue la miopía de quienes no ven más allá de sus narices y gritan, jubilosos, que han concebido un nuevo pensamiento, ¡Ahí lo tenemos: nada hay nuevo bajo el sol! Y nuestros héroes chinos de la quietud, nuestros mandarines del retroceso no caben en sí de gozo; se disponen a suprimir de los anales del mundo, de un plumazo, tres siglos, como si fuesen una precipitada peregrinación a regiones vedadas o un delirio febril, sin darse cuenta de que la historia brinda el camino más recto a un nuevo y resplandeciente astro hecho de ideas, que pronto, en su grandeza solar, cegará sus cansados ojos. En uno de estos puntos de la historia nos hallamos ahora. Todas las ideas lanzadas a la palestra desde Carlomagno, todos los gustos que han ido desplazándose unos a otros desde hace cinco siglos, se empeñan en hacer valer todavía hoy, una vez más, sus derechos caducos. El feuda. lismo de la Edad Media y el absolutismo de Luis XIV, la jerarquía romana y el pietismo del siglo pasado se disputan el honor de arrojar por la borda al pensamiento libre. Se me dispensará de extenderme acerca de esto; no en vano relampaguean miles de espadas, todas más afiladas que la mía, contra cuantos lucen en el escudo una de estas divisas, y sabemos demasiado que todos ellos se estrellan unos contra otros y contra el diamantino pie del progreso de los tiempos. Pero a aquellas gigantescas reacciones en la vida de la Iglesia y del Estado corresponden insensibles aspiraciones en el arte y en la literatura, inconcientes retro. cesos a siglos anteriores, que, si bien no amenazan a los tiempos, sí amenazan a los gustos de la época y que hasta ahora, aunque parezca raro, nunca se han enumerado todos juntos.

No hace falta ir muy lejos, para encontrarse con estos fenómenos a que nos referimos. Basta entrar en un salón amueblado a la moderna para darse cuenta de quién es el padre espiritual de las formas que nos rodean. Se han conjurado todos los abortos rococó de los tiempos del más burdo absolutismo con el fin de forzar al espíritu del movimiento dentro de la forma en que se sentía “P'état c'est moi”= a gusto, Nuestros salones aparecen decorados y amueblados con mésas, sillas, armarios y sofás, en el style de la renaissance? y sólo falta que se le plante a Heine una peluca y se embuta a Bettina e en una casaca galoneada, para restaurar totalmente el siécle.1 [Telegraph fiir Deutschland, - núm. 27, febrero de 1840]

Estos salones parecen hechos expresamente para leer en ellos las no. velas del señor de Sternberg, con su predilección maravillosa por la época de Maintenon, Al espíritu de Sternberg se le ha perdonado este capricho y se ha tratado también de indagar, aunque en vano, natural. a El Estado soy yo: divisa del absolutismo. b Estilo del Renacimiento, e Bettina de Arnim, escritora romántica alemana, ú Siglo, mente, las razones profundas que lo expliquen; yo, por mi parte, me permitiré la afirmación de que es precisamente este rasgo de las novelas de Stermberg que contribuye por el momento a su difusión el que habrá de perjudicar bastante a la permanencia de su fama. Aun prescindiendo del hecho de que las eternas referencias a la más seca y prosaica de las épocas, junto a cuyas maneras retorcidas, que pataleaban entre el cielo y la tierra y junto a cuyas marionetas convencionales podrían pasar por naturales nuestro tiempo y Sus hijos, no es precisamente lo que realza la belleza de la poesía, es lo cierto que estamos demasiado habi. tuados a contemplar esa época bajo una luz irónica para que, a la larga, pueda placernos bajo otra iluminación, y el encontrar en cada novela de Sternberg uno de estos caprichos tiene por fuerza que acabar resul. tando tedioso.

No es posible, por lo menos así lo considero yo, ver en esta inclinación algo más'que un capricho, y ya por esto solo, aunque no mediasen otros motivos, carece de toda razón profunda de ser; sin embargo, creo haber encontrado el punto de apoyo para esto en la vida de la “buena sociedad”. No cabe duda de que el señor de Sternberg ha sido educado para ella, ha aprendido a moverse en ella con gran deleite y tal vez haya encontrado en esos círculos sociales su verdadera patria. En estas condiciones, nada tiene de extraño que coquetee con una época cuyas formas sociales eran mucho más suaves y redondeadas, aunque también más toscas y de peor gusto que las, de hoy.

Mucho más intrépidamente que en el señor de Sternberg se ha manifestado el gusto del siécle en su ciudad natal, París, donde se dispone seriamente a arrebatar a los románticos una victoria apenas adquirida. Han llegado Victor Hugo y Alejandro Dumas, y con ellos el tropel de los imitadores; el artificio de las Ifigenias y las Natalias ha cedido el puesto al artificio de una Lucrecia Borgia, al espasmo ha seguido el delitio febril; se acusa a los clásicos franceses de plagiar a los antiguos. Pero apareció la señorita Raquel y todo fue olvidado, Hugo y Dumas, Lucrecia Borgia y los plagios; Fedra y el Cid recorren la escena con solemne paso y recitando esculpidos alejandrinos, Aquiles se complace en alusiones a Luis el Grande y Ruy Blas y Mademoiselle de Belle-Isle apenas se atreven a asomarse por entre bastidores, para correr enseguida a las fábricas de traducciones y a las escuelas nacionales de Alemania. Debe de ser un sentimiento de beatitud para un legitimista el poder olvidarse, contemplar las obras de Racine de la revolución, de Napoleón y de la Semana Grande, la gloria del ancien régime * resucita de su sepultura, el mundo se adorna con tapices flordelisados, Luis, el monarca absoluto, se pasea con su jubón de brocado y su peluca empolvada por las podadas avenidas de los jardines de Versalles y un omnipotente abanico de amante regia gobierna a la venturosa corte y a la desventurada Francia. Ahora bien, mientras en Francia perdura la reproducción de lo que fue, parece como si en la literatura alemana de nuestros días quisiera e Antiguo régimen.

repetirse una característica de la literátura francesa del siglo pasado. Me refiero al diletantismo filosófico que se manifiesta en algunos de los escritores modernos, como en su día se hizo valer entre los enciclopedistas. Lo que aquí era el materialismo comienza a ser allí Hegel. Mundt fue el primero que —para decirlo en su lenguaje— introdujo en la literatura las categorías hegelianas; y Kuhne, como siempre, se apresuró a imitarlo, escribiendo la Cuarentena en el manicomio, y aunque el segundo volumen de los Caracteres acredita ya cierta deserción de Hegel, en el primero se contienen bastantes pasajes en los que este autor trata de traducir a Hegel al lenguaje moderno. Desgraciadamente, estas traducciones figuran entre aquellas que no pueden entenderse sin leer el original.

La analogía es innegable; ¿se confirmará también en el siglo presente la conclusión que el autor, ya una vez tentado, saca de la suerte del diletantismo filosófico en la centuria pasada, a saber, la de que con el sistema pasa a la literatura el germen de la muerte? ¿Se aferrarán tercamente al suelo arado por el agente poético las raíces de un sistema que ha sobrepujado en consecuencia a todos los anteriores? ¿O será que estos fenómenos responden simplemente al amor con que la filosofía abre los brazos a la literatura y cuyos frutos se revelan de un modo tan brillante en Hotho, Rútscher, Strauss, Rosenkranz y los Anales de - Halle? 1? Claro está que, de ser así, cambiaría el punto de vista y podríamos confiar en aquella conjunción de la ciencia y la vida, de la filosofía y las tendencias modernas, de Búrne y Hegel, cuya preparación era ya anteriormente el designio de una parte de la llamada Joven Alemania. Fuera de estos caminos, sólo queda abierta otra salida, aunque resul. ta, ciertamente, un tanto cómica al lado de las otras dos: la de suponer que Hegel no ejerce ninguna influencia notable sobre la amena literatura. Creo, sin embargo, que serán pocos los que se decidan a abrazar este camino.

[Telegraph fir Deutschland, núm. 28, febrero de 1840]

Pero debemos remontarnos todavía mucho más atrás de los enciclopedistas y de madame de Maintenon; Duller, Freiligrath y Beck se permiten representar en nuestra literatura a la segunda escuela silesiana del siglo xv11.22 ¿A quién no le recuerdan las cadenas y coronas de Duller, su Anticristo, su Loyola, el Emperador y el Papa que él nos presenta al pathos capaz de asaltar cielos de los bans asiáticos del difunto Ziegler von Klipphausen o al “Gran Duque Arminio, en unión de Su Alteza Thusnelda”, de Hohenstein?

Beck ha sobrepasado incluso en ampulosidad a aquellas buenas gentes; algunas páginas de sus poesías podrían muy bien pasar por productos del siglo xvi, tenidos de la moderna angustia universal. Y Freili. grath, que tampoco sabe, a veces, distinguir entre ampulosidad y lenguaje poético, retrocede totalmente hasta Hofmanswaldau, al renovar el alejandrino 2: y volver a la coquetería de las palabras extranjeras. Pero es de esperar que abandone estas maneras con sus temas extranjeros. Se agosta la palmera, sopla la arena del desierto, El poeta se arroja al regazo de la patria, ¡Es otro y, sin embargo, sigue siendo el mismo! 22 Y si no lo hiciera, podemos estar seguros de que a la vuelta de cien años sus poesías serían algo así como un herbario o una salvadera, semejantes a esas reglas métricas latinas que usan en las escuelas para enseñar -la historia natural. Un Raupach no podría con otra inmortalidad que con esta inmortalidad práctica de sus crónicas en ambos, pero de Freiligrath hay que esperar otra cosa: que nos entregue poesías que sean perfectamente dignas del siglo xx.

Pero, ¿acaso no es hermoso que nuestra literatura de reproducciones, desde la escuela romántica, haya avanzado ya desde el siglo xn hasta el xvi? Por este camino, ya no habrá mucho que esperar para que lle, gue Gottsched.

Confieso mi perplejidad cuando me empeño en agrupar bajo un solo punto de vista estos detalles; confieso haber perdido el hilo por el que se unen a la marcha incontenible de los tiempos. Tal vez sea todavía demasiado pronto para abarcarlos en una ojeada de conjunto y haya que aguardar a que aumenten en extensión y en número. Pero no deja de ser curioso que lo mismo en la vida que en el arte y en la literatura se manifieste esta reacción, que las quejas de los bandos ministeriales resuenen en paredes que parecen haber escuchado aquello de Pétat c'est moi y que al grito de los modernos oscurantistas de este campo corresponde en aquel otro la sobrecargada oscuridad de una parte de la moderna poesía alemana.