Paisajes
De Friedrich Oswald

["Telegraph für Deutschland"
Núm. 122, julio de 1840]

La Hélade tuvo la fortuna de ver su carácter paisajístico llevado a la conciencia en la religión de sus habitantes. La Hélade es un país del panteísmo; todos sus paisajes están —o al menos lo estaban— enmarcados en la armonía. Y sin embargo, cada árbol, cada fuente, cada montaña se agolpan demasiado en primer plano, y sin embargo su cielo es demasiado azul, su sol demasiado radiante, su mar demasiado grandioso como para que pudieran contentarse con la lacónica espiritualización de un *Spirit of nature* shelleyiano, de un Pan omniabarcante; cada detalle reclama, incluso en su hermosa rotundidad, un dios particular, cada río quiere sus ninfas, cada bosquecillo sus dríades — y así surgió la religión de los helenos. Otras regiones no tuvieron tanta suerte; no sirvieron a pueblo alguno como fundamento de su fe y han de aguardar un ánimo poético que conjure el genio religioso que dormita en ellas. Si os situáis en el Drachenfels o en el Rochusberg, cerca de Bingen, y contempláis el valle del Rin fragante de vides, las lejanas montañas azules fundidas con el horizonte, el verde de los campos y viñedos inundado por el oro del sol, el azul del cielo reflejándose desde la corriente— entonces el cielo desciende con su luz sobre la tierra y se espeja en ella, el espíritu se hunde en la materia, la palabra se hace carne y habita entre nosotros — esto es cristianismo encarnado. En directo contraste con ello está la landa del norte de Alemania; allí no hay sino tallos secos y humilde brezo que, en la conciencia de su debilidad, no se atreve a alzarse del suelo; aquí y allá, un árbol otrora desafiante, hoy astillado por el rayo; y cuanto más sereno está el cielo, tanto más se separa en su autosuficiente magnificencia de la pobre tierra maldita, que yace ante él en sayal y ceniza, tanto más abrasador posa su ojo solar sobre la arena desnuda y estéril — aquí está representada la cosmovisión judía.

La landa ha sido bastante denostada, toda la literatura* ha volcado sobre ella execraciones y la ha empleado solo, como en el "Edipo" de Platen, como decorado de la sátira, pero también se ha desdeñado buscar sus raros encantos, sus ocultas relaciones poéticas. Hay que haber crecido propiamente en una hermosa comarca, en alturas de montaña y coronas boscosas de rocas, para sentir cabalmente lo inhóspito, lo desolado del Sáhara del norte de Alemania, pero también para rastrear con regocijo las bellezas ocultas de este territorio, no siempre visibles como la fata morgana líbica. La auténtica prosa de Alemania se oculta solo en las estepas de patatas de la orilla derecha** del Elba. Pero la patria de los sajones, la tribu alemana más fecunda en hazañas, es también poética en su desolación. En una noche de tormenta, cuando las nubes revolotean espectrales en torno a la luna, cuando los perros se ladran mutuamente de lejos, cabalgad entonces con caballos resollantes hacia adentro de la landa infinita, galopad entonces con riendas sueltas sobre los bloques de granito erosionados y los túmulos de los gigantes; a lo lejos relumbra el agua de las marismas en el reflejo de la luna, sobre ella revolotean fuegos fatuos, inquietante suena el aullido del vendaval sobre la vasta llanura; el suelo se vuelve inseguro bajo vosotros y sentís que habéis entrado en el dominio de la leyenda popular alemana. Solo desde que conozco la landa del norte de Alemania he comprendido verdaderamente los "Cuentos infantiles y del hogar" de los Grimm. A casi todos estos cuentos se les nota que surgieron aquí, donde con la irrupción de la noche desaparece lo humano y las horribles criaturas informes de la fantasía popular se deslizan sobre un suelo cuya desolación es inquietante ya al mediodía claro. Son la sensibilización de los sentimientos que embargan al habitante aislado de la landa cuando, en una noche salvaje semejante, recorre su patria o contempla desde la alta torre la llanura desolada. Entonces las impresiones que le han quedado de las noches de tormenta de la landa desde su infancia se presentan de nuevo ante él y se configuran en esos cuentos. El secreto del surgimiento del cuento popular no lo sorprendéis en el Rin ni en Suabia, mientras que aquí cada noche de relámpagos —clara noche de relámpagos, dice Laube— habla de ello con lenguas de trueno.

* * En el tercer tomo del "Blasedow" [2] el Viejo se ocupa de la landa.

El hilo estival de mi apología de la landa se prolongaría seguramente aún más, llevado por el viento, si no se hubiera enredado precisamente ahora en un desdichado poste indicador pintado con los colores nacionales de Hannover. He meditado largo tiempo sobre el significado de estos colores. Los del reino de Prusia no indican ciertamente lo que Thiersch quiere hallar en ellos en su mal poema prusiano; en todo caso, recuerdan en su prosa a la fría, desalmada burocracia y a todo aquello que para el habitante del Rin todavía no es del todo convincente del prusianismo; el áspero contraste entre negro y blanco puede ofrecer una analogía para la relación entre rey y súbditos en la monarquía absoluta; y puesto que, según Newton, propiamente no son colores, pueden insinuar que la actitud leal en la monarquía absoluta es la que no se atiene a ningún color. La gallarda bandera roja y blanca de los hanseáticos era adecuada al menos en otros tiempos; el esprit francés irisa en la tricolor, cuyos colores hizo suyos incluso la flemática Holanda, probablemente para parodiarse a sí misma; la más hermosa y llena de significado sigue siendo, por supuesto, siempre la desdichada tricolor alemana. ¡Pero los colores de Hannover! Imaginaos a un lechuguino que con sus inexpresables blancos ha sido hostigado durante una hora sobre ramas y piedras, a través de zanjas de carretera y campos recién arados, imaginaos la estatua de sal de Lot —un ejemplo para el otrora *Nunquam retrorsum!* hannoveriano, como advertencia para muchos—, imaginaos este venerable monumento cubierto de barro por la desvergonzada juventud beduina, y tendréis un poste de armas hannoveriano. ¿O acaso significa el blanco la inocente ley fundamental del Estado y el amarillo el lodo con que es salpicada por ciertas plumas venales?

Si retengo el carácter religioso de las comarcas, los paisajes holandeses son esencialmente calvinistas. La total prosa, la imposibilidad de una espiritualización que pesa sobre una vista lejana holandesa, el cielo gris, que es lo único que le cuadra, todo eso suscita la misma impresión que dejan en nosotros las infalibles decisiones del Sínodo de Dordrecht. Los molinos de viento, lo único moviente en el paisaje, recuerdan a los elegidos de la predestinación, impulsados única y exclusivamente por el soplo de la disposición divina; todo lo demás yace en la "muerte espiritual". Y el Rin, como el espíritu fluyente y viviente del cristianismo, pierde en esta seca ortodoxia su fuerza fecundante y tiene que encenagarse por completo. Así aparecen, vistos desde el Rin, sus orillas holandesas; otras partes del país serán más hermosas, yo no las conozco. — Rotterdam, con sus sombríos muelles, con sus canales y barcos, es un oasis para los provincianos del interior de Alemania; aquí se comprende cómo pudo la fantasía de un Freiligrath marchar con las fragatas que parten hacia playas lejanas y frondosas. ¡Luego, otra vez las malditas islas de Zelanda, nada más que juncos y diques, molinos de viento y agujas de campanario de carillón, entre las cuales serpentea el barco de vapor durante horas!

¡Pero ahora, qué sensación bienaventurada cuando escapamos por fin de los filisteos diques, de la oprimida ortodoxia calvinista, al territorio del espíritu que ondea libre! Helvoetsluys desaparece, las orillas del Waal se hunden a derecha e izquierda en las olas que jubilosamente se alzan, el amarillo arenoso del agua se transforma en verde, ¡y ahora olvidemos lo que queda atrás y hacia fuera, con el corazón gozoso, hacia la verde oscuro, diáfana corriente!

¡Y ahora Berna, los dolores
que te han infligido, abandona,
y marcha con todo el corazón
hacia la gran ruta libre!

El cielo se inclina,
se hace uno con el mar.
Tú, desgarrado, ¿quieres
interponerte?

El cielo se inclina
y abraza el mundo hermoso,
dichoso de los bellos miembros
que tiene enlazados.

Como si quisiera besarlo,
saltaba la ola,
y tú, ¿quieres, desgarrado,
consumar tu curso?

¡Mira cómo el dios del amor
se hunde en el mundo,
y cómo, para permanecer en él,
se entrega a él en el hombre!
¿No llevas a todas partes
al dios en tu pecho?
¡Déjale, pues, que se mueva libre
y sé digno de él!

Entonces cuélgate de los obenques del bauprés y mira las olas, cómo, divididas por la quilla, lanzan a lo lejos la blanca espuma sobre tu cabeza; mira luego sobre la lejana, verde superficie, donde las coronas espumeantes de las olas emergen en eterna inquietud, donde los rayos de sol de mil espejos danzantes se reflejan en tus ojos, donde el verde del mar se funde con el azul especular del cielo y el oro del sol en un color maravilloso: allí desaparecen todas las pequeñas cuitas, todos los recuerdos de los enemigos de la luz y de sus ataques pérfidos, ¡y te yergues en la orgullosa conciencia del espíritu libre e infinito! Solo he tenido una impresión que pudiera compararse a esta; cuando por primera vez se abrió ante mí la idea de Dios del último filósofo, este pensamiento gigantesco del siglo decimonono, me sobrecogieron los mismos estremecimientos bienaventurados, entonces me envolvía como fresca brisa marina que sopla del cielo purísimo; las simas de la especulación yacían ante mí como la insondable corriente marina de la que el ojo que escruta el fondo no puede apartarse; ¡en Dios vivimos, nos movemos y somos! Eso llega a nuestra conciencia en el mar; sentimos que todo en torno nuestro y nosotros mismos estamos alentados por Dios; toda la naturaleza nos es tan afín, las olas nos saludan tan familiarmente, el cielo se extiende tan amorosamente dichoso alrededor de la tierra, y la luz del sol tiene un resplandor tan indescriptible que se cree poder asirla con las manos.

El sol se hunde en el noroeste; a su izquierda se alza una franja resplandeciente desde el agua: la costa de Kent, la orilla meridional del Támesis. Sobre el mar yacen ya las nieblas del crepúsculo, solo en el oeste está derramada, como sobre el cielo, también sobre el agua, la púrpura de la tarde; el cielo oriental resplandece en un azul profundo del que Venus emerge ya brillante; en el suroeste se extiende largamente sobre el horizonte Margate, en cuyas ventanas se refleja el arrebol vespertino, una larga franja dorada en luz mágica; y ahora agitad las gorras y saludad a la libre Inglaterra con grito gozoso y vaso lleno. ¡Buenas noches, a un alegre despertar en Londres!

["Telegraph für Deutschland"
Núm. 123, agosto de 1840]

Vosotros, que os quejáis de la prosa de los ferrocarriles sin haber visto nunca uno, haceos conducir en el que va de Londres a Liverpool. Si hay algún país hecho para ser recorrido en ferrocarril, es Inglaterra. Ninguna belleza deslumbrante, ninguna colosal masa rocosa, mas un país lleno de suaves ondulaciones de colinas que, con la iluminación solar inglesa, nunca del todo clara, tiene un encanto maravilloso. Uno se asombra de las múltiples agrupaciones del sencillo decorado; a partir de un par de colinas, campo, árboles, ganado pastando, la naturaleza crea mil paisajes amenos. De peculiar hermosura aparecen los árboles con que todos los campos están plantados, aislados y en grupos, de modo que toda la comarca adquiere un aspecto como de parque. Luego, de nuevo un túnel que mantiene al convoy unos minutos en la oscuridad y que desemboca en un desfiladero del que uno es transportado de súbito a los rientes y soleados campos. De pronto, la vía conduce sobre un viaducto transversalmente a través de un largo valle; muy abajo yacen ciudades y aldeas, los bosques y prados entre los cuales serpentea el río; a derecha e izquierda montañas que se desvanecen en el fondo, y sobre el encantador valle una iluminación mágica, mitad niebla, mitad luz de sol — pero apenas se ha contemplado la maravillosa región, uno es sustraído a ella en un desolado desfiladero y tiene tiempo de recrear la imagen mágica en la fantasía. Y así continúa hasta que la noche irrumpe y el sopor cierra los ojos cansados de mirar. ¡Oh, hay una rica poesía en las provincias de Britania! A menudo se cree estar todavía en los *golden days of merry England*** y ver a Shakespeare deslizarse con el arcabuz tras el seto, como aún cazaba caza ajena, o uno se sorprende de que sobre esta verde vega no se desenvuelva realmente una de sus divinas comedias. Pues dondequiera que esté la escena, en Italia, en Francia o Navarra, en el fondo es siempre la *merry England* a la que pertenecen sus grotescos palurdos, sus superseñudos maestros de escuela, sus mujeres de simpática singularidad; en todas partes se nota en el conjunto que solo el cielo inglés le cuadra. Únicamente algunas comedias, como el "Sueño de una noche de verano", tienen lo sudista-climático tan perfectamente como "Romeo y Julieta", también en los caracteres.

Y ahora, ¡de vuelta a nuestra patria! La pintoresca y romántica Westfalia se ha enojado por completo con su hijo Freiligrath, que la ha olvidado enteramente por el Rin, ciertamente mucho más pintoresco y romántico; consolémosla con algunas palabras halagadoras, para que su paciencia no se quiebre antes de que aparezca el segundo fascículo. Westfalia está rodeada de cadenas montañosas hacia Alemania y solo abierta hacia Holanda, como si hubiera sido expulsada por Alemania. Y sin embargo, sus hijos son auténticos sajones, alemanes fieles, buenos. Ahora bien, aquellos montes ofrecen espléndidos puntos de vista; al sur los valles del Ruhr y del Lenne, al este el valle del Weser, al norte una cadena montañosa desde Minden hasta Osnabrück — por doquier las más ricas perspectivas, solo en el centro del país una tediosa llanura arenosa a través de la cual se transparentan siempre la hierba y el trigo. Y luego las antiguas y bellas ciudades, ante todo Münster con sus iglesias góticas, con los soportales de su mercado, con Annette Elisabeth von Droste-Hülshoff y Levin Schücking. Este último, a quien tuve el placer de conocer allí, fue tan amable de llamar mi atención sobre las poesías de aquella dama [1], y no puedo dejar pasar esta ocasión sin saldar una parte de la deuda que el público alemán ha contraído con estas poesías. En ellas se ha demostrado nuevamente que la afamada profundidad alemana se lo pone demasiado fácil en la valoración de poemas; se hojean, se examina si las rimas son puras, los versos fluidos, si el contenido es fácil de entender y rico en imágenes impactantes, al menos deslumbrantes, y el juicio está listo. Pero poemas como estos, donde una interioridad del sentimiento, una ternura y originalidad de las imágenes de la naturaleza como quizá solo Shelley puede tener, una fantasía audaz, byroniana, aparecen bajo el ropaje de una forma ciertamente algo rígidamente drapeada, en un lenguaje no exento de provincialismos, pasan sin dejar huella; ¿quién tendría, empero, ganas de leerlos algo más despacio de lo habitual — y puesto que uno no toma poemas en la mano sino cuando llega la hora de la siesta, la belleza de los mismos bien podría incluso perturbar el sueño! Además, la poetisa es una católica creyente, ¡y cómo va un protestante a interesarse por eso! Pero si el pietismo hace ridículo al hombre, al magister, al diácono Albert Knapp, la fe infantil le sienta bien a la señorita Droste. Es un asunto espinoso el del librepensamiento religioso de las mujeres. Las George Sand, las misis Shelley son raras; con demasiada facilidad corroe la duda el ánimo femenino y eleva el entendimiento a un poder que no debe tener en ninguna mujer. Mas si las ideas por las que nosotros, hijos de lo nuevo, estamos y caemos son verdad, entonces no está ya lejano el tiempo en que el corazón femenino lata tan cálidamente por las flores del pensamiento del espíritu moderno como ahora por la piadosa fe de los padres — y solo entonces el triunfo de lo nuevo estará ante la puerta, cuando la joven generación lo absorba con la leche materna. 

** En el "Telegraph für Deutschland": izquierda.

*** días dorados de la alegre, cordial Inglaterra