[„Telegraph für Deutschland“ 
Nr. 55, abril de 1840] 

* La troupe de volatines de Görres ha hecho en Joel Jacoby una valiosa 
adquisición. El papel de payaso lo desempeñaba antes el señor Guido 
Görres, cuyas bromas, sin embargo, no acababan de agradar al público; 
pero el nuevo miembro ha vuelto a demostrar hace poco, en su “Lucha y 
victoria”*, su vocación para ese papel de un modo sorprendente. Un 
hombre de tal versatilidad, a quien sientan igual de bien el gorro rojo y la púrpura de 
David, el frac de un candidato hambriento de colocación y la camisa de penitencia 
del catecúmeno, que asume con placer el oficio de anuncio ambulante y que lleva por delante un número del “Berliner 
politisches Wochenblatt” y por detrás el catálogo editorial de Manz en 
Ratisbona, un hombre así se adapta con soltura a todos 
los papeles. He aquí que sale a escena por vez primera, sin el menor 
titubeo, y mientras “salvación y paz, lucha y victoria os anuncian sus sones”, 
mira de reojo con un ojo hacia la Orden del Águila Roja, y con el otro 
hacia la mitra. 

“¿Con qué he de regalaros?”, pregunta al público. “¿Queréis 
de la cosecha de 1832 o de 1834, ¿de 1836 o de 1839? ¿Qué debo declamar, 
a Marat o a Jarcke, a David o a Görres o a Hegel?” Pero es magnánimo 
y nos da un guiso de todas las reminiscencias que se dejan espantar 
en el desierto de su cabeza, y es verdad, nos da algo 
refrescante. | 

Uno se halla en apuros para decidir por dónde abordar este despropósito. Se me 
dispensará con gusto de exponer en detalle la perfidia de la actitud, la caótica 
confusión de los conceptos que también distingue a este escrito del autor, 

* Ratisbona, 1840 

60 Joel Jacoby 

pues tenemos ante nosotros a un semi-alienado, 
en cuya cabeza los embriones informes de pensamiento propios celebran una 
orgía desenfrenada con los conceptos injertados de otros. ¡Cuánto sabrá 
aún, por ejemplo, nuestro poeta de su pasado, cuando se llama a sí mismo “un 
hombre callado”! Él, que durante ocho años no deja de gritar, rabiar, 
bramar por la revolución, contra la revolución, por Prusia, por el Papa. 
¿Ése es un hombre callado? Él, cuyos lamentos fueron siempre sinónimo de acusación, 
el denunciante nato, que siempre sembró sospechas en masa, ¿pertenece acaso 
a los callados del país? 

La confusión lingüística de Franz Karl Joel Jacoby es proporcionada a su confusión 
mental. Nunca le habría atribuido a la lengua alemana 
que pudiera ceñirse tan estrechamente a las representaciones más embrolladas. 
Palabras que jamás se habían visto son aquí mezcladas; con-
ceptos que se repelen son enganchados entre sí con un verbo omnipotente; 
las expresiones más honestas, más inocentes se encuentran de repente 
entre reminiscencias de los años revolucionarios de Joel, entre frases 
de aire sospechoso de Menzel, Leo y Görres, entre pensamientos 
mal comprendidos de Hegel, y sobre todas ellas blande el poeta su 
látigo de acosador, de modo que toda la salvaje jauría se precipita hacia adelante, dando volteretas 
y tambaleándose, y encuentra finalmente reposo en el seno de la única 
Iglesia beatífica. 

El contenido propiamente dicho de esta obra maestra, redactada en un pseudo-
paralelismo, en la antigua “grandiosa manera de decirlo todo dos veces (a veces 
también tres o seis)”, consiste en los líricos lamentos 
de un judío y de un catecúmeno, y luego en los lamentos de un 
católico, en los cuales el autor sale de la unilateral subjetividad 
lírica y desarrolla un drama auténticamente moderno, en cuyo 
centro la enérgica personalidad del autor actúa como héroe trágico (por lo menos, 
está bastante triste de ver), y sobre cuyas desconsoladoras confusiones 
se alza la aurora medieval de la Iglesia católica; gigantesco 
se eleva el nuevo profeta Joel desde el caos moderno y profetiza 
el ocaso de todas las aspiraciones revolucionarias, liberales, hegelianas y 
protestantes, las cuales dejarán paso a una nueva era de irreflexión. 
Se pronuncia la maldición sobre todo 
lo que no se doblega al báculo pastoral; solo la “patria prusiana” 
recibe pia desideria!; en cambio, los vascos carlistas y el 
“ruiseñor belga”! entran en el gozo de su señor Loyola. Se 

3 piadosos deseos 

Joel Jacoby 61 

ve que al señor Jacoby le ha quedado bien grabado en la memoria el terrorismo de la época 
jacobina. Un sangriento juicio se dicta sobre todos los enemigos del 
jesuitismo y del principio monárquico, sobre todo sobre los nuevos 
filósofos, que llevan un puñal en una vaina de conceptos que confunden el sentido 
y bajo sus abigarrados harapos el bien conocido sudario 
(al menos el señor Jacoby lo conoce muy bien de antes), en el que los 
sacerdotes y los príncipes encuentran juntos su sueño mortal. Pero el 
nuevo profeta los conoce, “yo os he comprendido siempre”, dice él mismo. Al 
Maestro, en cambio, lo absuelve, porque algunas de las ideas del Maestro han 
caído como nieve en la ardiente cabeza del señor Jacoby y allí, ciertamente, se han 
convertido en agua. Ante el coro de buitres y lechuzas que viene a continuación, así como ante el 
infernal júbilo, enmudece la crítica, como es justo que ocurra. 

En Joel Jacoby vemos el espantoso extremo al que son finalmente empujados 
todos esos señores caballeros de la sinrazón. Hasta ahí conduce por fin 
toda enemistad contra el pensamiento libre, toda oposición al 
poder absoluto del espíritu, ya se presente como salvaje y desordenado 
sansculotismo o como espíritu servil, irreflexivo, de lacayo; ya se 
represente con la raya en el pelo del pietista o con la tonsura del 
clérigo. Joel Jacoby es un trofeo viviente, un signo de la victoria 
que ha alcanzado el espíritu pensante. Quienquiera que haya saltado alguna vez a la 
palestra por el siglo XIX, puede dirigir miradas triunfantes 
a este desventurado poeta del tiempo, pues, tarde o temprano, 
todos sus adversarios se le asemejarán. 

Friedrich Oswald