en Mannheim  
[Bremen,] 18 de sept. de 1840  

¡Mi muy estimada!  

En este momento se ha desatado la tormenta equinoccial de manera terrible: en nuestra casa, esta noche ha reventado una ventana por el viento, y los árboles crujen de un modo lastimosísimo. ¡Mañana y pasado llegarán noticias de naufragios! ¡El Viejo! está junto a la ventana con el ceño fruncido, porque anteayer se hizo a la mar un barco en el que lleva lienzos por valor de 3000 táleros, y no están asegurados. No me dices nada sobre la carta para Ida que incluí en mi anterior carta, ¿o acaso se me olvidó meterla? – Ahora me quedo realmente aquí hasta Pascua, lo cual, por diversos motivos, me trae absolutamente sin cuidado. Conque Ida ya se ha ido; eso te resultará muy fastidioso.  

También nosotros tenemos aquí un buen campamento, de casi 3000 hombres, tropas de Oldenburg, Bremen, Lübeck y Hamburgo. Hace poco estuve allí; fue enormemente divertido. Justo al comienzo de la tienda (donde un tabernero había montado un gran comedor) estaba sentado un francés, completamente borracho, que ya no podía tenerse en pie. Los camareros le colgaron una gran corona y entonces él se puso a bramar: «¡Coronáos de lauro, queríos vasos llenos!». Luego lo arrastraron a la cámara mortuoria, es decir, al pajar, y allí se quedó tirado y se durmió. Cuando volvió a estar sobrio, le pidió prestado un caballo a otro, se montó y se puso a galopar sin parar de un lado a otro del campamento. Siempre estaba a punto de caerse del modo más placentero. Disfrutamos muchísimo de la broma y de un vino especialmente hermoso. El domingo pasado cabalgué hasta Vegesack, excursión en la que tuve el placer de calarme hasta los huesos cuatro veces, y eso que tenía tanto ardor interior que siempre volvía a secarme al instante. Pero también llevaba un caballo espantoso, que trotaba con una dureza terrible, de modo que aquella infame sacudida se me metía por los tuétanos. —En este mismo instante nos traen arrastrando otras 6 botellas de cerveza,  

las cuales han de pasar de inmediato al proceso de inflamación —yo pensaba en cigarros—, debe decir al proceso de evacuación. — Una botella ya casi la he despachado y con ella he fumado un cigarro, ahora mismo vuelve a marcharse nuestro Don Guillermo, el joven principal, y luego se empieza de nuevo.  

19 de sept. de 1840. Lleváis a fin de cuentas una vida más aburrida que nosotros. Ayer por la tarde ya no había más trabajos que hacer, y el Viejo se había ido, y Wilhelm L[eupold] apenas se dejaba ver. Así que me encendí un cigarro, escribí primero lo que antecede para ti, luego saqué del pupitre el «Fausto» de Lenau y leí en él. Después me bebí aún otra botella de cerveza y a las siete y media fui al Roth; entramos en la Union, leí la «Historia de los Hohenstaufen» de Raumer y luego me comí un bistec con ensalada de pepinos. A las diez y media me fui a casa, leí la «Gramática de las lenguas romances» de Diez hasta que me entró sueño. Para colmo mañana es otra vez domingo y el miércoles, día de oración y penitencia de Bremen, y así uno se va arreglando poco a poco hasta meterse en el invierno. Este invierno tomaré lecciones de baile con Eberlein, para acostumbrar mis tiesas piernas a un poco de gracia.  

Ahí tienes una escena de la Schlachte, es decir, la calle que da por un lado al Weser y donde se descargan las mercancías. El tipo del látigo es el carretero que se dispone a llevarse precisamente los sacos de café que están allí detrás; el tipo con el saco a la derecha es el mozo de muelle que los carga; a su lado hay un catador que acaba de sacar una muestra y aún la sostiene en la mano, y al lado el barquero, de cuya barcaza se descargaron los sacos. No podrás negar que estas figuras son muy interesantes. Cuando el carretero conduce, se monta en el caballo sin silla, estribos ni espuelas y le clava sin cesar los talones en las costillas, así:  

Ahora vuelve a llover de una manera totalmente indebida para un sábado por la tarde; en realidad sólo debería llover entre semana y a partir del sábado al mediodía hacer buen tiempo. ¿Sabes qué es el café superfino medio bueno ordinario de Domingo? He ahí otra vez uno de esos conceptos profundos que aparecen en la filosofía del estamento mercantil y que vuestras capacidades intelectuales no pueden comprender. El café superfino medio bueno ordinario de Domingo es café de la isla de Haití, que tiene un levísimo matiz de color verde, por lo demás es gris, y en el cual, por cada diez granos buenos, se reciben de añadidura cuatro granos malos, seis piedrecitas y un cuarto de lote de suciedad, polvo, etc. Ahora ya lo habrás comprendido. De eso cuesta ahora la libra 9 1/2 Groten, que son 4 Silbergroschen 8 1/2 Pfennige. Semejantes secretos comerciales en realidad no debería revelarlos, ya que no se ha de charlar lo que se aprende en la escuela; pero porque eres tú, quiero hacer una excepción. — En este momento dice nuestro trabajador: “Herr Derkhiem, cuando usté se junta con los muchachos, tié que hacerse respetar un poquillo más, si no, la gente se le sube del todo a las barbas; Heinrich es un chico malo, yo ya he tenío más de un tropiezo con él; no tié que andar jugando tanto con ellos, tié que darles enseguida un sopapo detrás de las orejas, que si no, no hay manera; y cuando usté va al Viejo, ése tampoco les hace ná a los chicos, lo único que dice es: Dejadme en paz con ese tipo”. Ahí puedes practicar un poco nuestro bajo alemán. Por lo demás, soy tu más rendido  

Friedrich  
Bremen, 19.9.40