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Engels a Marie Engels

en Mannheim

¡Querida Marie!

La verdad es que pronto va a ser demasiado contigo; querías escribirme en cuanto llegaras a M[annheim], y ahora ya hace tres semanas que estoy de vuelta aquí y aún no tengo ninguna carta tuya. Si esto sigue así, tendré que decidirme a escribir directamente a la señorita Jung, para que te veas algo obligada a demostrarme tu amor fraternal.

Quiero desearte mejor tiempo del que nosotros tenemos ahora: pura tormenta y lluvia, como en septiembre y noviembre. En el mar se hunden los barcos como las moscas que caen en un vaso de agua, y el vapor que va a Norderney apenas ha podido llegar. Anteayer estuve en Bremerhaven, y allí también llovió toda la mañana. Estuve en los barcos que llevan a los emigrantes a América; en la entrecubierta están todos juntos, es un espacio grande, tan ancho y largo como todo el barco, siempre seis literas (así se llaman los camarotes) una al lado de la otra, y encima otras seis. Allí están todos, hombres, mujeres y niños, y puedes imaginarte lo espantoso que es este espacio viciado, donde a menudo hay 200 personas, sobre todo durante los primeros días de mareo. El aire allí ya es sofocante. A los pasajeros de la cámara les va mejor, tienen más espacio y una cámara muy elegante. Ahora bien, cuando estalla una tormenta y las olas pasan por encima del barco, están peor, pues sobre la cámara hay una caja de cristal por donde entra la luz, y cuando la golpea una ola rompiente, el cristal cae con la mejor de las maneras dentro de la cámara, y detrás el agua. Normalmente, entonces, toda la cámara se llena de agua; pero las literas son tan altas que quedan secas. Cuando al mediodía nos marchamos de vuelta, llegaba justo a la rada un gran barco de tres palos que, como tú, se llama “Marie” y que venía de la isla de Cuba. No pudo entrar en el puerto por la marea baja y ancló en la rada. Nosotros nos acercamos en vapor y

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recogimos al capitán; pero en la rada el agua empieza a formar olas y el barco se balanceaba un poco. Todas las damas se pusieron pálidas en el acto y pusieron cara de ir a ahogarse; nosotros habíamos localizado a un par de hijas bonitas de sastre, con las que fuimos extremadamente galantes, y yo les conté también a esas tontas, con la cara más seria del mundo, que el balanceo continuaba hasta Brake, a donde no llegamos hasta pasada hora y media. Por desgracia, cesa justo al salir de Bremerhaven. Tres sombreros inmaduros volaron al agua y probablemente habrán nadado hacia América, además de toda una masa de botellas vacías de vino y cerveza. Aparte de esto, no he visto muchas más curiosidades que un gato muerto en el Weser que, por propia iniciativa, hacía un viaje a los Estados Unidos. Le hablé, pero él fue lo bastante grosero para no responderme.

Aquí tienes un dibujo rápido de Bremerhaven. A la izquierda, el fuerte para proteger el puerto, un viejo trasto de ladrillo que el viento derribará cualquier día; al lado, las esclusas por las que se deja entrar a los barcos al puerto, que es un canal largo y estrecho, algo más ancho que el Wupper; detrás, la ciudad; más a la derecha, el Geest, una especie de río; encima, la punta del campanario en el aire, esa es la iglesia que aún está por construir. A la derecha, en la lejanía, está Geestendorf.

Estos días conocí a uno cuyo padre es un francés nacido en América, cuya madre es alemana, él mismo nació en el mar y como vive en México, habla español por naturaleza. ¿Cuál es, pues, su patria?

En nuestra oficina tenemos ahora un completo almacén de cerveza: debajo de la mesa, detrás de la estufa, detrás del armario, por todas partes hay botellas de cerveza, y cuando el viejo[1] tiene sed, nos pide una prestada y luego nos la hace rellenar. Esto se practica ya con toda publicidad, los vasos están todo el día sobre la mesa y una botella al lado. A la derecha, en la esquina, están las botellas vacías, a la izquierda las llenas, al lado mis cigarros. Es realmente cierto, Marie, la juventud es cada vez peor, como dice el Dr. Hantschke; ¿quién habría pensado hace 20, 30 años en una maldad tan espantosa como la de beber cerveza en la oficina?

¿Qué te resulta más cómodo, que yo pague el franqueo de nuestra correspondencia y franquee mis cartas y también las tuyas, que tú enviarías sin franquear? Si ya has escrito antes de que llegue esta carta, no te volveré a escribir hasta que me hayas escrito una carta larga y razonable como respuesta a esta.

Adiós
con fiel amor
tu hermano
Friedrich
B[remen], 7 de julio 40

La carta, afortunadamente, ha quedado sin enviar y me da todavía la ocasión de contestar tu carta que acaba de llegar. “¡Quisiera tocar tan bien como ellas! Si practico con mucho empeño, también llegaré a eso”. ¿Tú? ¿Tocar una sonata de 20 páginas? ¡Tonta que eres! La chimenea se alegraría, por supuesto. ¿Qué deseos tengo para Navidad? He perdido mi petaca de cigarros y si no la encuentro pronto, ¿puedes hacerme una nueva? A la pequeña Ada[2] le agradezco su saludo y la saludo cordialmente a mi vez; dile que ella fue la primera en llamarme amable, y que yo no soy su primo ni mucho menos, sino como mucho su más rendido primo. – Cuando escribas otra vez, no dirijas la carta a Treviranus, que la recibo más tarde, sino a F. E., Bremen, Martini No. 11.

Así me la traerán a la oficina.
Farewell.

Tuyo
Friedrich
Bremen, 9 de julio de 1840

[1] Heinrich Leupold
[2] Adeline Engels