[„Morgenblatt für gebildete Leser“  
Nr. 196, 17 de agosto de 1841]  

Bremen, julio  

El «Roland» debía zarpar a las seis de la mañana. Apoyado en la caja de las ruedas, miraba yo a la multitud que se apiñaba a bordo del vapor en busca de conocidos. Pues hoy se había organizado una dominical excursión de placer a Bremerhaven, y además a precios reducidos, con lo que todos aprovechaban la ocasión para acercarse un poco al mar y ver algunos grandes barcos. Me llamó la atención que la codicia, que de ordinario trabaja sin cesar en pro de una aristocracia del dinero, hiciera aquí también, por una vez, algunas concesiones a la democracia. La rebaja de precios hizo posible la participación de los menos pudientes, y se había suprimido además la diferencia entre primera y segunda cámara, lo cual, en Bremen, donde las «clases superiores» nada temen más que la mezcla de sociedad, significa mucho. Así, el vapor se llenó por completo. Auténticos «burgueses de Bremen» que en su vida habían salido del territorio de la libre ciudad hanseática y querían ahora enseñar el puerto a su familia, formaban el núcleo de la compañía; toneleros, emigrantes, oficiales artesanos había también en masa; aquí y allá se veía a algún hombre de la bolsa que, perteneciendo a la buena sociedad, se apartaba del gentío, y por todas partes se veía a los campesinos sobre el tablero de ajedrez de una ciudad comercial, que siempre están siendo empujados hacia adelante, a los tenedores de libros, que a su vez se dividen en dependientes, primeros aprendices y los más jóvenes. El dependiente ya se considera una persona importante; le falta un solo paso para la independencia; es el factótum de su casa, conoce al dedillo las relaciones de su firma, está al tanto de la situación del mercado, y en la bolsa los corredores se agolpan a su alrededor. El primer aprendiz no se tiene en mucho menos; es verdad que no está con el principal en el mismo pie que el dependiente, pero ya sabe despachar muy bien a un corredor, y sobre todo a un tonelero o a un barquero, y en ausencia del principal y del dependiente ostenta la conciencia de que ahora representa a la firma y de que el crédito de toda una casa depende de su conducta. El más joven, en cambio, es una criatura desdichada; representa a la casa comercial a lo sumo ante el trabajador que embala las mercancías o ante el cartero en cuyo distrito está la oficina. No sólo tiene que copiar todas las cartas comerciales y letras de cambio, repartir y pagar las facturas, sino que, además, ha de hacer por completo de mozo de recados, llevar las cartas al correo, atar paquetes, marcar cajones y recoger las cartas en la oficina de correos. A mediodía se puede ver la estafeta atestada de estos «más jóvenes» que esperan el correo de Hamburgo. Y lo peor es que cualquier descuido que ocurra en la oficina ha de dejárselo achacar pacientemente al más joven; pues entre sus obligaciones está la de ser el chivo expiatorio de toda la oficina. Estas tres clases se separan también rigurosamente en sociedad: los más jóvenes, cuyos zapatos de niño aún no han acabado de gastarse del todo, se complacen en risotadas y mucho ruido por nada; los primeros aprendices discuten con afán sobre la última gran compra que ha hecho un comerciante de azúcar, y cada uno tiene sus conjeturas al respecto; los dependientes sonríen ante chistes que no ven la luz del día y saben decir cosas significativas sobre las damas presentes.

* guardián de la virtud.

[„Morgenblatt für gebildete Leser“  
Nr. 197, 18 de agosto de 1841]  

Bremen, julio  

El vapor zarpó. Aunque los bremenses pueden contemplar un espectáculo así todos los días, la curiosidad bremense hubo de manifestarse, no obstante, en una enorme masa de gente que desde cada saliente de la orilla presenciaba nuestra partida. — El tiempo no era precisamente favorable; era, ciertamente, el mismo viejo cielo de bronce del que habla Homero, pero la cara vuelta hacia nosotros, que los dioses eternos no hacen limpiar a diario, estaba cubierta de un moho considerable. Más de una vez una gota de lluvia apagó con un chisporroteo mi cigarro. Los dandis, que hasta entonces llevaban sus impermeables sobre el brazo, se vieron obligados a ponérselos, y las damas abrieron los paraguas. — La salida de Bremen es, vista desde el Weser, muy bonita: a la izquierda la Neustadt con su largo «Deich» plantado de árboles; a la derecha, los jardines de la muralla, que aquí se extienden hasta el Weser y están coronados por un colosal molino de viento. Pero luego llega el desierto bremense: a derecha e izquierda matorrales de sauces, praderas pantanosas, plantaciones de patatas y una masa de campos de col rizada. La col rizada es el plato preferido de los bremenses.  

A pesar de la fuerte lluvia y del viento cortante, un larguirucho ayudante de corredor de seguros estaba de pie sobre la caja de las ruedas y hablaba en Plattdeutsch con el capitán, que bebía tranquilamente su café. Luego se apresuró a bajar de nuevo junto a una sociedad de comerciantes de segundo rango para darles cuenta de las importantes declaraciones del capitán. Los dependientes y los primeros aprendices casi se disputaban a esta distinguida personalidad, pero él no les hacía caso, pues hoy sólo hablaba con casas ya establecidas. De repente bajó precipitadamente de la caja de las ruedas y trajo la noticia: «¡Dentro de un cuarto de hora estamos en Vegesack!». «¡Vegesack!», repitieron contentos todos los oyentes; pues Vegesack es el oasis del desierto bremense; en Vegesack hay montañas de sesenta pies de altura, y el bremense habla incluso de la «Suiza de Vegesack». Vegesack se halla, por lo demás, en situación muy bonita o, como se dice aquí, «mona» o «dulce», pensando entonces uno en la última partida de azúcar amarillo de La Habana vendida con ganancia. La villa misma ofrece al Weser una fachada amena; antes de llegar se ven numerosos cascos de barcos en el Weser, unos ya fuera de servicio, otros recién construidos aquí. El Lesum desemboca aquí en el Weser y forma con sus colinas unas orillas también muy «monas», que se dice que son hasta románticas, según me aseguró bajo palabra de honor el maestro de escuela de Grohn, una aldea cercana a Vegesack. Inmediatamente detrás de Vegesack, el mar de arena intenta realmente formar olas considerables y se hunde de manera bastante abrupta en el Weser. Aquí se encuentran las villas de los aristócratas bremenses, cuyos jardines embellecen realmente la orilla del Weser durante un pequeño trecho. Luego, por supuesto, vuelve el viejo aburrimiento. — Bajé bajo cubierta y encontré en un pequeño cuarto lateral de la cámara a un grupo de «primeros aprendices» que estaban desplegando todas sus velas para entretener debidamente a tres bonitas hijas de un sastre; delante de la puerta se apiñaba una tropa de «los más jóvenes», que escuchaban con atención la cháchara de los primeros aprendices; detrás de ellos estaba la guardia de honor de las damas, un viejo amigo de la casa, a quien aquel desaguisado movía a un refunfuño iracundo. La conversación me aburría, y así volví a subir y me situé sobre la caja de las ruedas. Nada hay más hermoso que encontrarse así por encima de una multitud de personas, contemplar el apiñamiento y oír la confusión de palabras que, sin conexión, llega desde abajo. Allí arriba se siente más frescamente el soplo del viento, y la lluvia, que ciertamente también se disfruta más frescamente allí, es al menos mejor que las gotas que un filisteo nos deja caer en la corbata con su paraguas.

[„Morgenblatt für gebildete Leser“  
Nr. 198, 19 de agosto de 1841]  

Bremen, julio  

Por fin, tras varias aldeas hannoveranas y oldenburguesas de poco interés, una grata variación: el puerto franco de Brake, cuyas casas y árboles forman un fondo de efecto para los barcos que se hallan sobre el Weser. Hasta aquí llegan ya buques de altura mayores, y desde aquí aguas abajo el Weser, cuando no está desgarrado por islas, tiene ya una anchura considerable. — Tras una breve escala, el vapor siguió viaje, y en hora y media, después de casi seis horas de travesía, estábamos en destino. Cuando el fuerte de Bremerhaven apareció ante nosotros, un librero de mi conocimiento citó a Schiller, el corredor de seguros citó la «Shipping and Mercantile Gazette», un comerciante citó el último número de la lista de importaciones. Con un magnífico arco penetró el vapor en el Geest, un pequeño río que desemboca en el Weser a la altura de Bremerhaven. Pero los pasajeros se apiñaban, a pesar de las advertencias del capitán, hacia la proa del barco; la marea estaba en su punto más bajo y, de un golpe, el «Roland», representante de la independencia bremense, quedó varado en la arena. Los pasajeros se dispersaron, la máquina trabajó hacia atrás y el «Roland» salió felizmente del banco de arena.  

Bremerhaven es una población joven. En 1827 Bremen compró a Hannover una pequeña franja de tierra e hizo construir allí el puerto a costa de gastos ingentes. Poco a poco se trasladó allí toda una colonia bremense, y la población sigue aumentando. Por eso aquí todo es bremense, desde el estilo de construcción de las casas hasta la lengua Plattdeutsch de los habitantes, y el bremense de viejo cuño, que quizá se irritó por la contribución extraordinaria con cuyo producto se compró aquel pedacito de tierra, no puede ahora ocultar su alegría al ver lo bien, lo adecuado y lo bremense que es todo aquí. — Desde el lugar de llegada de los vapores se tiene de inmediato la mejor perspectiva del conjunto. Un hermoso y ancho muelle, en cuyo centro destaca la colosal casa del puerto en un fracasado estilo antiguo; el puerto en toda su longitud, con todos sus barcos; a la izquierda y al otro lado del mismo, el pequeño fuerte ocupado por soldados hannoveranos, cuyas murallas de ladrillo muestran con demasiada claridad que está allí meramente por fórmula. Por eso es también completamente consecuente que no se deje entrar a nadie en el interior del fuerte, permiso que en cualquier fortaleza prusiana se obtiene fácilmente. — Bajo la lluvia recorrimos el muelle. Aquí y allá una calle lateral ofrecía una mirada al interior de la población; todo en ángulo recto, las calles perfectamente rectas, las casas con frecuencia aún en construcción. Esta disposición moderna de la población contrasta únicamente con Bremen. Con el mal tiempo y el oficio divino aún no concluido, las calles estaban tan silenciosas como en Bremen.

[„Morgenblatt für gebildete Leser“  
Nr. 199, 20 de agosto de 1841]  

Bremen, julio  

Subí a bordo de una gran fragata, cuya cubierta estaba llena de emigrantes que contemplaban cómo se izaban las «jölles» [yolle, bote]. Jölle se llama aquí a todo bote que tiene quilla y que, por tanto, es apto para el servicio en la mar. La gente estaba aún alegre; no habían pisado todavía los últimos terrones del suelo patrio. Pero yo he visto lo cerca que les llega cuando abandonan realmente para siempre la tierra alemana, cuando el barco, con todos los pasajeros a bordo, sale lentamente del puerto para fondear en la rada y de allí zarpar hacia el mar abierto. Son casi todos fisonomías leales, alemanas, sin falsía, con brazos robustos, y basta con detenerse un momento entre ellos, con ver la cordialidad con que se tratan, para reconocer que ciertamente no son los peores los que abandonan su patria para establecerse en el país de los dólares y de las selvas vírgenes. El refrán «Quédate en tu tierra y gánate honradamente el pan» parece hecho como de encargo para los alemanes, y sin embargo no es así; quien quiere ganarse honradamente el pan se va, al menos muy a menudo, a América. Y no es en modo alguno siempre la falta de alimento, y mucho menos la codicia, lo que empuja a esa gente a la lejanía; es la situación vacilante del campesino alemán entre la servidumbre y la independencia, son la sujeción hereditaria y el despótico arbitrio de los tribunales patrimoniales lo que le amargan la comida al labrador y le quitan el sueño, hasta que se decide a abandonar su patria. — Eran sajones los que se iban en aquel barco. Bajamos la escalera para examinar el interior del navío. La cámara estaba amueblada con extraordinaria elegancia y confort; una pequeña habitación cuadrada, todo elegante como en un salón de la aristocracia, caoba adornada con oro. Delante de la cámara, en pequeños y coquetones gabinetes, estaban los dormitorios de los pasajeros; al lado, por una puerta abierta nos llegaba el olor a jamón de la despensa. Tuvimos que subir de nuevo a cubierta para bajar por otra escalera al entrepuente. «Ahí abajo, sin embargo, es horrible», citaron todos mis acompañantes cuando volvimos a subir. Ahí abajo yacía la canalla que no tiene bastante dinero para gastar noventa táleros en un pasaje en cámara, el pueblo ante el que uno no se quita el sombrero, cuyas costumbres se califican aquí de vulgares, allí de incultas, la plebe que nada tiene, pero que es lo mejor que un rey puede tener en su reino, y que es, sobre todo en América, la única que mantiene en pie el principio alemán. Son los alemanes de las ciudades los que han enseñado a los americanos su miserable desprecio hacia nuestra nacionalidad. El comerciante alemán hace gala de despojarse de su germanidad y de convertirse en un completo mono yanqui. Este ser híbrido es feliz cuando ya no se le nota el alemán, habla inglés incluso con sus paisanos y, cuando vuelve a Alemania, es cuando más hace de yanqui. Se oye hablar inglés a menudo en las calles de Bremen, pero uno se equivocaría mucho si tomase a todo el que habla inglés por un británico o un yanqui; cuando éstos vienen a Alemania, hablan siempre alemán para aprender nuestra difícil lengua; aquellas gentes son siempre alemanes que han estado en América. Únicamente el campesino alemán, y acaso todavía el artesano en las ciudades marítimas, es el que se aferra con férrea firmeza a sus costumbres y lengua populares, el que, separado de los yanquis por las selvas vírgenes, los montes Alleghany y los grandes ríos, construye una nueva y libre Alemania en medio de los Estados Unidos; en Kentucky, Ohio y en el oeste de Pennsylvania, sólo las ciudades son inglesas, mientras que en el campo todo habla alemán. Y el alemán ha aprendido en su nueva patria virtudes nuevas sin perder las antiguas. El espíritu corporativo alemán se ha desarrollado aquí hasta convertirse en un cultivado espíritu de asociación política y libre, que urge al gobierno cada día para que se introduzca el alemán como lengua judicial en los condados alemanes[#1], que crea un periódico alemán tras otro, todos los cuales rinden culto a un esfuerzo mesurado y tranquilo por desarrollar los elementos de libertad existentes, y lo que es la mejor señal de su poder: ha hecho surgir la fracción de los «Native Americans», extendida por todos los Estados, que quiere impedir la inmigración y dificultar al inmigrante la obtención del derecho de ciudadanía.  
«Ahí abajo, sin embargo, es horrible». A lo largo de todo el entrepuente corre una hilera de camas, varias una al lado de otra y dos en cada vertical. Aquí reina un aire opresivo, donde hombres, mujeres y niños yacen amontonados unos junto a otros como adoquines en la calle, enfermos al lado de sanos, todo mezclado. A cada momento se tropieza uno con un montón de ropa, enseres, etc.; aquí gritan niños pequeños, allá se levanta una cabeza de una cama. Es un espectáculo triste; ¡y cómo será cuando una tormenta persistente lo revuelva todo y las olas azoten la cubierta, de modo que la escotilla, la única que deja entrar aire fresco, no pueda abrirse! Y en los barcos bremenses todo está aún dispuesto del modo más humano. Cómo les va a la mayoría de los que salen por El Havre es cosa sabida. Después visitamos otro barco, americano; en ese momento se cocinaba, y una mujer alemana que estaba cerca, al ver los malos alimentos y la preparación aún peor, dijo con amargura que habría preferido quedarse en casa.

[#1] distritos rurales.

[„Morgenblatt für gebildete Leser“  
Nr. 200, 21 de agosto de 1841]  

Bremen, julio  

Regresamos al mesón. La primera dama de nuestro teatro estaba sentada en un rincón con su esposo, el ultimo uomo* del mismo, y varios otros actores; la demás compañía era muy insignificante, y así eché mano de unos impresos que había sobre la mesa, de los cuales lo más interesante era un informe anual sobre el comercio de Bremen. Lo tomé y leí los siguientes pasajes: «Café demandado en verano y otoño, hasta que hacia el invierno surgió un estado de mayor flojedad. El azúcar gozó de aceptación constante, aunque la verdadera idea para ello no vino sino con los mayores suministros». ¡Qué ha de decir un pobre literato cuando ve cómo el modo de expresarse no sólo de la moderna literatura de entretenimiento, sino también de la filosofía, penetra en el estilo de los corredores! ¡Estados e ideas en un informe comercial! ¡Quién lo hubiera esperado! Pasé la hoja y encontré la denominación: «Café Domingo superfino mediano bueno ordinario real». Pregunté al dependiente de uno de los primeros armadores de Bremen, que se hallaba presente, qué quería decir aquella denominación superfina. Contestó: «Vea usted esta muestra, que acabo de tomar de un cargamento llegado para nosotros; a eso se ajustará aproximadamente tal denominación». Entonces descubrí que el café Domingo superfino mediano bueno ordinario real es un café de la isla de Haití, de color gris verdoso pálido, y del cual la libra se compone de quince lotes de granos buenos, diez lotes de granos negros y siete lotes de polvo, piedrecitas y otras basuras. Me hice iniciar así en varios otros misterios de Hermes y me entretuve el tiempo hasta cerca del mediodía, en que tomamos una comida muy mediocre, siendo llamados luego por la campana de nuevo al vapor. La lluvia cesó por fin, y apenas había «salido» el barco del Geest cuando las nubes se desgarraron y los rayos de sol cayeron claros y cálidos sobre nuestras ropas todavía húmedas. Para general admiración, sin embargo, el barco no navegó río arriba, sino hacia la rada, donde un soberbio bergantín de tres palos acababa de fondear. Apenas llegamos a la mitad de la corriente, las olas se hicieron mayores y el barco empezó a balancearse de modo sensible. ¡Quién, de cuantos han estado en la mar, no siente latir más alto su corazón al notar esta señal de la cercanía del mar! Por un momento cree uno que va a salir otra vez a la mar libre y rumorosa, al verde profundo y claro de las olas, en medio de aquella luz maravillosa que generan unidos el sol, el azul del cielo y el mar; uno empieza involuntariamente a balancear acompañando el movimiento del barco. Las damas eran entre tanto de otra opinión, se miraban asustadas y palidecían, mientras el vapor describía «in a gallant style», como dicen los ingleses, un semicírculo alrededor del barco recién llegado y recogía a su capitán. El ayudante del corredor de seguros explicaba precisamente a unos señores que en vano habían buscado en la proa el nombre del barco,