Un atardecer

De Friedrich Oswald

[„Telegraph für Deutschland“
N.º 125, agosto de 1840]

To-morrow comes!!

Shelley.

1

En el jardín estoy sentado — justo se ha hundido
del viejo día el sol en las corrientes,
y las que, por él dominadas, ocultas yacían,
chispean alegres ahora, centellas del arrebol.

Las flores están y se miran tan mustias,
pues se les fue del sol el claro brillo;
mas las aves, en las inalcanzables
copas de los árboles, cantan alegres su canción de amor.

Las naves reposan sobre el lomo del río,
las que de ordinario surcan el vasto océano,
y a lo lejos retumba la madera de los puentes
por donde marchan hacia casa las cansadas huestes humanas.

La fresca bebida espuma en la clara copa,
y ante mí yacen comedias de Calderón;
y así me embriago, cual bebedor genuino,
con el vino y las poderosas tragedias.

2

Pálido se torna ya el arrebol en el poniente —
paciencia, una mañana llega, una mañana de libertad,
el sol asciende, y eterno fulge su trono,
lejos queda la noche con sus turbias cuitas.
1 ¡Llega una mañana! (Shelley, Queen Mab)

Allí brotan de nuevo las flores, no en arriates,
no sólo allí donde sembramos la semilla,
la tierra entera se vuelve un jardín radiante.

Y todas las plantas cambian sus comarcas,
la palma de la paz adorna los bordes del Norte,
la rosa del amor corona a los ateridos de frío.

El roble firme emigra hacia el Sur,
allí su rama golpea a los déspotas como clava,
y quien devolvió la paz a la tierra,
ve su cabeza ceñida por su fronda.

El áloe brota hacia lo alto en el mundo entero —
a él se asemeja el severo espíritu del pueblo,
tan lleno de púas, tan tosco y poco vistoso,
hasta que de pronto, con fuerte crujido, rompe a través
de todo obstáculo una flor luminosa,
la llama de la libertad, que ardía oculta,
exhalando el aroma que puede elevarse a Dios
antes que el incienso que los hipócritas le ofrendan.
Y solos quedan en la floresta, y olvidados,
ahora sin sentido, únicamente los cipreses.

3

Las aves que entonces sobre las verdes ramas
con canto recio anuncian el arrebol de la mañana,
que ya conocen, cuando las nubes inclinan
su húmeda frente hacia las honduras bajas de los valles,
que pronto el sol ocupará el trono,
ésos son los varones del corro de poetas;
su palabra es llevada lejos, a los vientos,
que, libres, gustan de aliarse con la palabra libre.

Los cantores no se apuestan en las atalayas de los castillos —
los castillos nobiliarios hace tiempo se hundieron, destrozados —;
desde robles soberbios, que en la tormenta no crujieron,
miran hacia el sol, audaces y sin desasosiego;
aunque el rayo de la luz, tan largamente aguardado,
los ciegue cuando envuelva puro al mundo,
y yo soy también uno de los libres cantores;
el roble Börne es aquel en cuyas ramas
trepé yo, cuando en el valle los opresores
apretaban más sus cadenas en torno a Alemania.
Sí, uno soy de las aves audaces
que navegan en el mar etéreo de la libertad;
y aunque fuera sólo gorrión en sus bandadas —
preferiría ser gorrión entre ellas,
antes que ruiseñor, si hubiera de yacer en jaula,
y con el canto servir a un príncipe.

4

Entonces el navío, que entre las olas echa espuma,
no llevará más mercancías para enriquecer a unos pocos,
no servirá más al ávido mercader para almacenar,
traerá la simiente de la que brota la dicha humana;

es un corcel que, juvenil de gozo, se encabrita,
su jinete trae a los hipócritas y a los rastreros muerte y destrucción,
es uno de los audaces ahuyentadores de penas,
es un pensamiento que sueña con la libertad.

La bandera no ostenta ya el blasón del rey,
ante el que la tripulación se doblega con miedo y temblor —;
ostenta la nube en torno a la cual, tras las tormentas,
cuando el rayo la desgarró con sus golpes,
quiere posarse, reconciliador, el arco de la paz.

5

Entonces el amor tiende puentes, invisibles,
de corazón a corazón; aunque por sus arcos
ruja abajo el raudo torrente de los años,
el torrente de las pasiones, envuelto en espuma,
el puente no vacila, duro como el diamante,
y sobre él ondea la enseña luminosa de la libertad
y sobre él anda el hombre; hacia donde dirija
la mirada, adonde pueda llevarlo su pie,
ve alzarse hacia el cielo un techo hospitalario,
siempre se le brindará con gusto refrigerio;
donde se recueste, cegado el ojo por el sueño,
se sentirá allí en casa y sin temor.
Mas hacia el éter tiende puentes nuevos,
una fe más pura, sobre la cual los hombres, más audaces,
van al cielo, para mirar, humildes y orgullosos,
a los ojos del eterno arquetipo de todos los espíritus.

De su seno han salido,
a su seno retornan de nuevo,
sintiéndose como eslabones de la cadena espiritual
que eternamente envuelve la materia.

6

Un vino nuevo llenará entonces las copas,
el vino de la libertad, para embriaguez lozana;
no envolverá los sentidos en niebla,
da nuevo sentido en feliz trueque,
de modo que alcances a captar la melodía de las esferas
con la escucha de tu oído,
que en las venas se te aclare la sangre,
se torne éter que recorre las infinitudes,
que tus miradas por el augusto
espacio primigenio avancen como audaces guerreros
y conquisten estrellas en las alturas;
entretanto, cual fuegos fatuos, se deslizan
ante ti las imágenes del dolor pasado.

7

Y entonces surge, un Calderón, uno nuevo,
un pescador de perlas en el mar de la poesía,
su canto llamea de imágenes, fuegos de ofrenda
de olorosas pilas de leños de cedro;
resuena su cantar, resuena la áurea lira
con la aniquilación sangrienta del tirano:
la humanidad escucha el soberbio canto de victoria,
y a todo el mundo lo empapa la suave paz.
También aquél canta cómo otrora alcanzó la victoria
la humanidad sobre las huestes de los tiranos
en la puente de Mantible*, por donde, en medio
de todas las lanzas, penetró en la augusta
tierra prometida de la libertad con pasos audaces;
cómo allí se convirtió en el médico de su honra*,
ella, que tan largo tiempo, como el príncipe constante*,
hubo de padecer sed de redención entre cadenas.

Hija del aire*, descendió entonces la libertad
gozosa a la tierra desde el espacio del éter,
cantó sus prodigiosas canciones mágicas,
entonces la vida* en derredor se tornó un dulce sueño.
Allí brilló de nuevo, clara, la copa de la alegría
y sin ser turbada por la espuma de salvaje fermentación;
el sol ahuyenta las nubes como las cuitas
y trae, siempre gozosa, mañanas de abril y mayo*.

8

Mas ¿cuándo surgirá ese nuevo sol,
cuándo se desmoronará con estrépito el viejo tiempo?
Vimos ponerse el viejo sol,
¿cuánto tiempo nos cobijará la noche oscura?
A través de velos de nubes atisba la luna turbia,
la niebla se asienta sobre las honduras de los valles;
en la niebla reposa cuanto habita en la tierra,
nosotros, los que velamos, andamos a tientas como los ciegos.
¡Paciencia! las nubes que rodean la luna,
ya al ascender las ahuyenta ante sí el sol,
las nieblas que se enroscan por los valles
son rondas de espíritus despertadas por el aliento de la mañana.
En el Oriente danza hacia lo alto la estrella matutina,
rayos de un rojo de sangre cruzan las nieblas —;
¿no veis ya flores que abren sus cálices?,
¿no resuena ya el coro alegre de las avecillas?
La mitad del cielo resplandece en claro fulgor,
cumbres nevadas se tornan rubíes de rosa;
las áureas nubes que allí se alzaron disparadas
son las testas de nobles corceles del sol;
¡mirad hacia allí, hacia donde fluyen los rayos más densos,
para saludar jubilosos al joven sol!

* la puente de Mantible
* el médico de su honra
* el príncipe constante
* la hija del aire
* la vida es sueño
* Mañanas de abril y mayo