La invención del arte de la imprenta

[La invención 
del arte de la imprenta]

¿Habrá de cantar sólo la voz del poeta
la sangrienta ambición y los tronos soberbios,
cuando en torno a él resuenan las trompetas de la Fama,
henchidos los labios, allí donde moran los dioses?
¿Tan ajena os resulta la vergüenza? ¿El don de la alabanza,
el rayo de la gloria con su clara luz,
lo derrocháis en hombres sobre los cuales la historia
vierte eternamente maldición y execración?
¡Despertad, despertad! ¡Que cante sobre las nubes
el canto, el que se ha vuelto esquivo,
con fuerza nunca vista, en sublime victoria!
Y si queréis que el mundo os tenga por dignas
del laurel que florece en torno a vuestra frente,
¡cuidad que vuestro canto
se despliegue digno del mundo y vigoroso!

En los viejos tiempos jamás se derrochaba
el perfume de la alabanza;
siempre se ofrendaba en el altar de la invención benéfica,
del espíritu benéfico.
Un día vino Saturno y con el potente arado
desgarró el seno materno de la tierra,
entonces vio el hombre extenderse
viva simiente en torno sobre el suelo árido,
subir hacia el cielo las odas de su gratitud,
y lo llamaron el dios de las edades doradas.
¿No fuiste también tú un dios, tú que al pensamiento,
a la palabra diste un día un cuerpo,
encadenaste en signos la vida del lenguaje,
que de otro modo escapaba, sin que nada lo frenase?

La invención del arte de la imprenta

Sin ti, una y otra vez, el tiempo se habría
engullido a sí mismo, hundiéndose muerto
en la tumba de la eterna desmemoria.
Viniste, y el pensamiento
vio ensancharse rápidamente su estrecha esfera,
que lo limitaba en su larga infancia.
En sus alas lo llevó hasta el mundo lejano,
donde con el tiempo futuro el pasado,
grávido de hazañas, entabla violento diálogo.
¡Tú, iluminador de la ceguera!
Alégrate, inmortal, ahora tú solo
del honor, del alto canto de gloria
que a ti te corresponden, espíritu sublime.
Y la naturaleza, como si la invención
le bastara por sí sola para mostrar su poder,
descansó desde entonces y, avara, no ha traído
al mundo ningún milagro igual.

Por fin ella se alza, para crearse
un nuevo signo, y el helado Rin
vio surgir a Gutenberg. «¡Vanos afanes!
¿De qué os sirve prestar vida
a vuestro pensamiento, escribiendo,
si él se extingue, rígido en las tinieblas,
quedando lejos, en el letárgico olvido?
¿Acaso un vaso puede contener todas las anchas olas
del océano bramante?
¡Así tampoco en un solo libro pueden
desplegarse los dones del ingenio humano!
¿Qué falta? ¿El arte del vuelo? Mas si la naturaleza
creó seres innúmeros según una imagen,
¡bien, siguiéndola a ella, mi invención!,
para que mil veces, en el eco, una verdad
resuene en poderosa proclamación,
elevándose con el vuelo de la claridad.»

Lo dijo… y surgió la imprenta, y mira: Europa,
asombrada, conmovida, se alza de inmediato
con fuerte fragor; como por viento de tormenta
avivado, resuena
el fuego fiero, cuyas llamas dormían
encerradas en las profundas tinieblas de la tierra.
¡Oh castillo funesto, levantado al error
por la vil rudeza y la furia de los tiranos!
Estalló el volcán, las rocas se pusieron al rojo,
entonces temblaron tus cimientos, estremecidos de espanto.
¿Quién es ese monstruo, impuro aborto
del espíritu maligno, que sin sonrojo
sobre el Capitolio en ruinas funda
el trono, el abominable, y ya amenaza
con matarlo todo, sí, con devorarlo todo?
Aún vive, pero el edificio de su poder
se derrumba lentamente; un día, sin embargo, cae la copa
y en torno se extienden, vastas, las ruinas.

Así domina la alta cima de la montaña
una fuerte torre sobre elevada corona de rocas;
los hijos de la guerra han plantado
allí la morada firme,
allí reinan con el poder robado,
rugiendo fuerte se precipitan desde allí a la batalla:
la torre queda abandonada,
solitaria en el bosque, sin que nadie la vea.
Aun desvencijada, mira todavía, como en otros tiempos,
con rostro amenazante hacia todos lados.
Pero un día llega el tiempo en que cae,
cae, los campos gimen,
cubiertos de escombros; hasta entonces seguirá siendo,
ciertamente, espantajo y espantapájaros de todas las gentes,
él, que era antaño su terror y su escándalo.

Ése fue el primer laurel que ciñó
las sienes de la razón; mas audaz se alza
el entendimiento, sediento de saber seguro,
y abraza el mundo en su vuelo.
Copérnico se remonta hacia la ruta de los astros,
que, impenetrable, cubría antes un velo;
allí contempla cómo en la lejanía inconmensurable
el más brillante de los astros,
el que nos trae el día, reposa en fiesta eterna.
Bajo su planta siente Galileo
rodar la esfera terrestre, y como recompensa
Italia le da una mazmorra, ciego;
y sin embargo, la tierra entre tanto sigue bogando
sin cesar, rápida, por el mar del espacio,
y con ella navegan, igual que relámpagos, los astros
centelleantes, en vuelo; entonces fue lanzado
en medio de ellos el raudo espíritu de Newton;
él los sigue y los entiende,
determinando los carriles
del impulso que los ha empujado a sus órbitas:
¿De qué te sirve conquistar el cielo,
hallar la ley que eternamente mueve
el aire y el mar? ¿Dividir el rayo
de la luz intangible, y hundirte
en la tierra, y apresar la cuna del oro
y del cristal? ¡Vuelve
al hombre, espíritu! Lo hizo, y arrojó la pesada
amargura en sus altas quejas.
«¡Cómo está herido de ceguera el sentido,
cómo resuena la salvaje cadena
que la tiranía en su furia ha forjado,
de uno a otro polo en porfía,
y destierra al lecho de muerte
al hombre, cuando se cansa de la servidumbre!
¡Que así no sea más!» Lo oyeron los déspotas,
y sintieron entonces el fuego y la espada
en la mano maldita, dos heraldos seguros.
«¡Insensatos! Las altas hogueras
que terribles desde allí amenazan con devorarme,
que con la verdad quieren disputar por mí,
son faros que hacia ella me conducen,
¡y antorchas para traer luz a su victoria!
Exigiéndola con amor,
la adora mi corazón, ebrio de entusiasmo;
mi espíritu la contempla, mis pasos la siguen,
sin temer el fuego ni la espada,
¿y sin embargo tendrían que vacilar mis pasos?
¿Acaso puedo volver atrás
el pie? Las olas del Tajo nunca
regresan a su fuente primera
cuando una vez han corrido hacia el mar;
en vano se les oponen las montañas,
no detienen su curso:
vosotros, por rápidas sendas,
empujáis fragorosamente el destino al océano.»

Entonces llegó el día, el grande,
en que un mortal se alzó de la vergüenza,
la que en todas partes es igual, con furia,
y con voz omnipotente
gritó ante el mundo entero: ¡Libre es el hombre!
Y estrechos límites no encadenaron
la sagrada llamada; sobre sus alas la tomó
el eco, que Gutenberg inventó,
y la llevó maravillosamente,
de modo que en un instante, alada,
saltó las montañas, los anchos mares,
y reinó en los vientos, sin bridas.
No la sofocó el grito de los tiranos,
y resonó potente y alto por todas partes
el júbilo de la razón: ¡el hombre es libre!

¡Sí, libre, sí, libre! ¡Oh dulce palabra, el pecho
se hinche, latiendo más fuerte, cuando has sonado en él,
mi espíritu, por ti penetrado,
colmado de tu sagrado entusiasmo,
se remonta hacia vías celestes y serenas,
y me arrastra consigo con fogosas alas!
¿Dónde estáis, los que escucháis
mi canto, mortales? Desde lo alto
veo abrirse la puerta férrea de la mazmorra del destino
y rasgarse el denso velo de los tiempos:
¡abierto yace ante mí el porvenir!
Bremen.

8°

Lo vi claro: no es ya desde ahora la tierra
el pobre planeta, donde la ambición,
la guerra han reinado con gesto feroz.
Ambos han huido por siempre,
como la peste y la tormenta, los flageladores, se dispusieron
a huir de la zona oprimida,
cuando desde el polo amenazan vientos helados.
Sintieron los hombres todos su igualdad,
con fuerza indómita los varones valientes
la conquistaron con alto clamor de júbilo.
Ahora ya no hay esclavos ni tiranos;
amor y paz se extienden en el mundo,
amor y paz respira la tierra en torno,
«¡Amor y paz!» retumba por todos los espacios.
Y arriba, en su trono de oro, tiende Dios
su cetro sobre ellos para bendecirlos,
y esparce abajo aire y alegría en todas direcciones,
de modo que por todas las sendas
fluyen en torrentes, como en los viejos tiempos otra vez.

¿No la veis?, ¿no la veis, la columna,
la grande, aquel monumento, augusto y magnífico,
cómo, encendido en brillo, deslumbra los ojos?
No son tan poderosas aquellas pirámides,
obra de esclavos que, medrosos, temblaron
ante la clava de aquel a quien la opresión preparó la fama;
ante él, incesantemente,
humea ya eterno incienso,
que la tierra agradecida consagra a Gutenberg;
¡para su gran beneficio recompensa pequeña!

¡Gloria a quien destrozó el insensato poder
de la prepotente fuerza, y elevó la potencia
del entendimiento, la del alma, a raudo vuelo!
¡Gloria a quien la verdad llevó en triunfo,
y a quien hizo sus manos eternamente fecundas!
¡Himnos sin fin al bienhechor de la humanidad!

Friedrich Engels