Engels a Marie Engels

en Mannheim

Querida Marie:

No me escribas próximamente otra vez acerca de Barmen; la madre deja siempre las cartas por ahí hasta que ella misma escribe, y eso dura a menudo muchísimo. Pero lo que quería escribirte: no se lo debes escribir a casa, pues quiero darles una sorpresa la próxima primavera con ello: ahora llevo un bigote descomunal y próximamente me dejaré un Henriquatre y una perilla. La madre se va a asombrar cuando de pronto aparezca por la Bleiche un tipo tan alto y barbinegro. El año que viene, cuando vaya a Italia, tengo que tener también aspecto de italiano.

Esto lo ha escrito la pequeña Sophie Leupold¹, que acaba de visitarme en el despacho mientras el viejo² y Eberlein, que come aquí en casa, están en un gran banquete. ¡Oh, podría contarte cosas interesantísimas de ese banquete, de compromisos aún no públicos y de besos furtivos, pero eso no es para una muchacha interna en un pensionado! Ya lo sabrás con tiempo de sobra cuando volvamos a estar en casa. Entonces me siento en el jardín, tú me traes una jarra grande de cerveza y un pan con mantequilla y salchichón, y entonces digo: Mira, mi querida hermana, ¿por qué me has traído ahora la cerveza? y porque hace una hermosa tarde de verano, quiero contarte también lo del gran banquete que se celebró en el año de 1840, el 29 del mes de octubre, en Bremen, en la Martini número once, en el consulado real de Sajonia. Pero ahora sólo puedo decirte que hoy a mediodía se consumirán cantidades realmente enormes de madeira, oporto, Pauillac, Haut-Sauternes y vino del Rin. Pues aunque sólo hay cinco señores, todos beben muy bien, casi tan bien como yo. – Ahora mismo estamos en el Freimarkt, y aunque no tengo el honor de ser presentado a Su Alteza Real, una gran duquesa y muchas princesas serenísimas, también nosotros nos divertimos. Por fortuna soy tan miope que no sé qué aspecto tienen las contadas personas altas, altísimas y serenísimas que han tenido la honra de pasar en coche a mi lado. Cuando a ti te presenten próximamente a otra de esas señoras gratísimas, escríbeme si es guapa; si no, esas personalidades no me interesan lo más mínimo. Nuestro noble Ratskeller está ahora tan hermosamente montado como jamás lo ha estado; se está de maravilla sentado entre las barricas. El domingo pasado celebramos allí un comers de bigotes. Hice circular, en efecto, una circular entre todos los jóvenes con capacidad bigotil, diciendo que ya era hora de execrar a todos los filisteos, y que nada mejor para ello que lleváramos bigotes. El que tuviera suficiente coraje para desafiar a la filisteería y llevar bigote, que se suscribiera. En seguida reuní una docena de bigotes, y entonces se fijó el veinticinco de octubre, día en que nuestros bigotes cumplían un mes, para un jubileo común del bigote. Pero ya me figuraba yo cómo iría la cosa: compré un poco de cera para bigotes y me la llevé; y resultó que uno tenía un bigote muy hermoso, pero por desgracia completamente blanco, y otro había recibido de su principal la orden de cortarse aquel adefesio criminal. En fin, esta noche teníamos que tener al menos algunos, y quien no lo tuviera, que se pintara uno. Entonces me levanté y pronuncié el siguiente brindis:

Un bigote llevaban en todo tiempo  
Todos los valientes hombres, a lo ancho y a lo largo,  
Y los que blandían la espada por la patria,  
Todos llevaban bigotes negros y castaños.  
¡Por eso en estos días belicosos  
Todos debemos llevar un orgulloso bigote!  
Los filisteos, por supuesto, no lo sufrieron  
Y se cortaron los bigotes,  
Pero nosotros no somos filisteos,  
Por eso nos dejamos crecer el bigote frondoso.  
¡Viva todo buen cristiano  
Que esté dotado de un bigote,  
Y _pereant_ todos los filisteos  
Que han proscrito y desterrado los bigotes!

A estos versos de taberna se brindó con gran entusiasmo, y luego se levantó otro. A éste su principal no quería darle la llave de la casa, y así tenía que estar en casa a las diez; si no, cerraban la casa y no le dejaban entrar más. Aquí les pasa así a más de un pobre diablo. Éste dijo:

¡_Pereant_ todos los  
Principales  
Que no entregan la llave de casa!  
¡Pelos y moscas puedan encontrar  
En la fuente en la cena,  
Y se revuelvan sin dormir en la cama!

Se volvió a brindar. Así continuó hasta las diez, hora en que los sin‑llave‑de‑casa tuvieron que irse a casa, mas nosotros, los afortunados que tenemos llave de casa, nos quedamos sentados y comimos ostras. Yo me comí ocho piezas; más no pude, hasta ahora no puedo tomarle gusto a ese potingue.

Como tanto te gustan las cuentas y hasta quieres recompensarme con la condecoración del sobre amarillo, tendré la gracia de obsequiarte con la observación de que el cambio corriente está ahora al 106 ¹/₂%, mientras que hace un año estaba a 114. Los luises de oro bajan de tal modo que quien tenía aquí en Bremen un millón de táleros hace un año, ahora sólo tiene novecientos mil, es decir, cien mil táleros menos. ¿No es enorme?

Todavía no me escribes nada acerca del papelucho para Ida¹; ¿lo recibiste y lo entregaste o no? Sería fatal si no lo hubiera enviado y se hubiera quedado aquí tirado cayendo en manos del viejo. Así que escríbeme, y en concreto la larga carta de seis páginas que me has prometido. Ya sabré cómo corresponder. Aquí en el sobre volverás a ser obsequiada con algunos cálculos que puedes tomar muy a pecho. Que haya tenido que volver a copiar esta carta es culpa del señor Timoleon Miesegans, de Bremen, el mismo que el viejo echó de casa una vez, hace dos años. Con consideración y sumisión.

Friedrich  
Bremen, 29 de oct. de 1840

¹ Heinrich Leupold ‑? en el manuscrito: es.  
² Ida Engels