Karl Beck!
Por Friedrich Oswald

[„Telegraph für Deutschland“
Nr. 202, diciembre de 1839]

Un sultán soy, salvaje y agitado por tormentas,
Mi ejército, las acorazadas figuras del canto;
En torno a mi frente el pesar ha plegado

El turbante en pliegues llenos de misterio —

Con estas ampulosas palabras se presentó el señor Beck, pidiendo entrada, en las filas de los poetas alemanes; en los ojos, la orgullosa conciencia de su vocación; en torno a la boca, un rasgo moderno de dolor universal. Así tendió la mano hacia el laurel. Dos años han transcurrido desde entonces; ¿cubre el laurel, conciliador, los «pliegues llenos de misterio» de su frente?

En su primera colección de poemas había una gran audacia. ¡«Cantos acorazados», una «nueva Biblia», una «joven Palestina»; el poeta de veinte años saltaba de la prima directamente al tercer cielo! Aquello fue un fuego como hacía mucho no ardía, un fuego que humeaba copiosamente porque procedía de madera demasiado verde, demasiado fresca.

La joven literatura se desarrolló con tal rapidez y brillantez que sus adversarios comprendieron cuánto más se pierde que se gana con un altivo desmentir o un juicio sumario. Era hora ya de examinarla con mayor detenimiento y de atacar sus verdaderas debilidades. Con ello quedó reconocida, desde luego, la paridad de rango de la joven literatura. Y pronto se encontró un buen número de esas facetas débiles —sean reales o aparentes es algo que aquí no nos concierne—; pero lo que más ruidosamente se afirmó fue que la antigua Joven Alemania quería derribar la lírica. Ciertamente, Heine combatía contra los suabos; Wienbarg hacía amargos comentarios sobre la lírica cotidiana y su eterna monotonía, Mundt rechazaba toda lírica por inactual y profetizaba un mesías literario de la prosa; esto era demasiado. Los alemanes hemos estado desde siempre orgullosos de nuestras canciones; si el francés se vanagloriaba de su Carta, conquistada por sí mismo, y se burlaba de nuestra censura, nosotros mostrábamos con orgullo la filosofía de Kant hasta Hegel y la serie de canciones desde el Ludwigslied hasta Nikolaus Lenau. ¿Y ahora se pretendía echarnos a perder ese tesoro lírico? Ved aquí que llega la lírica de la «joven literatura» con Franz Dingelstedt, Ernst von der Haide, Theodor Creizenach y Karl Beck.

Poco antes de los poemas de Freiligrath aparecieron las «Noches» de Beck. Es sabido el revuelo que ambas colecciones de poemas causaron. Surgieron dos jóvenes líricos a los que entonces ninguno de los más jóvenes podía igualar. La relación de Beck y Freiligrath entre sí fue tratada en el «Elegante Zeitung» por Kühne en esa manera suya, conocida ya por los «Caracteres». Quisiera aplicar a esta crítica las palabras de Wienbarg sobre G. Pfizer.

Las «Noches» son un caos. Todo yace abigarrado y revuelto. Imágenes, a menudo audaces, como extrañas formaciones rocosas; gérmenes de una vida futura, anegados, empero, por un mar de frases; aquí y allá comienza ya a brotar una flor, a asentarse una isla firme, a formarse un estrato de cristal. Pero todo es aún confusión y desorden. No a Börne, sino al propio Beck se aplican estas palabras:

¡Cómo las imágenes se agitan desordenadas y centelleantes
Por mi cabeza tormentosa, colérica!

La imagen que Beck nos ofrece en su más reciente intento sobre Börne es terriblemente torcida y falsa; la influencia de Kühne es aquí inconfundible. Dejando de lado que Börne jamás hubiera hablado con tales frases, tampoco conocía todo ese dolor universal desesperado que Beck le atribuye. ¿Acaso es éste el claro Börne, el carácter firme e inquebrantable, cuyo amor calentaba pero no quemaba, y menos aún a sí mismo? No, éste no es Börne; es sólo un vago ideal del poetizar moderno, compuesto de coquetería heineana y ripios mundtianos, un ideal de cuya realización Dios nos guarde. En la cabeza de Börne nunca se agitaron desordenadas y centelleantes las imágenes, sus bucles nunca se erizaron maldiciendo hacia el cielo; en su corazón nunca resonó la medianoche, sino siempre la hora matinal; su cielo no era de un rojo sangriento, sino siempre azul. Por fortuna, Börne no era tan espantosamente desesperado como para poder escribir la «decimoctava noche».

Si Beck no charlara tanto del rojo de la vida con el que escribe su Börne, yo creería que no ha leído al «Devorador de franceses». Puede Beck tomar el pasaje más sentimental del «Devorador de franceses», y será luz del día frente a su afectada desesperación de noche tormentosa. ¿Acaso no es Börne ya de por sí lo bastante poético? ¿Tiene que ser aderezado aún con este dolor universal de última moda? De última moda digo —pues jamás podré creer que algo semejante pertenezca a la auténtica poesía moderna—. Ésa es precisamente la grandeza de Börne: haber estado por encima de los miserables ripios y de las consignas de coterie de nuestros días.

[„Telegraph für Deutschland“
Nr. 203, diciembre de 1839]

Antes aún de que pudiera formarse un juicio acabado sobre las «Noches», Beck se presentó ya con una nueva serie de poesías. «El poeta errante» nos lo mostró desde otro lado. La tormenta había amainado, el caos comenzaba a ordenarse. No se esperaban descripciones tan excelentes como las que ofrecían el primer y el segundo canto; no se había creído que Schiller y Goethe, que habían caído en las garras de nuestra estética pedante, pudieran brindar materia para una composición poética como la que se daba en el tercer canto; que la reflexión poética de Beck planearía sobre la Wartburg tan tranquila y casi filístreamente como de hecho lo hizo.

Con «El poeta errante» había entrado Beck formalmente en la literatura. Beck anunció «Cantos tranquilos», y las revistas informaron de que elaboraba una tragedia: «Almas perdidas».

Transcurrió un año. Aparte de poemas sueltos, nada se supo de Beck. Los «Cantos tranquilos» no aparecían y de las «Almas perdidas» nada seguro pudo saberse. Finalmente, la «Elegante» trajo «Bosquejos novelísticos» de él. Un intento en prosa de un autor semejante podía en cualquier caso reclamar atención. Dudo, sin embargo, que este intento haya satisfecho a amigo alguno de la musa beckiana. En algunas imágenes se reconocía al antiguo Beck; el estilo, con esmerado cuidado, podía desarrollarse de manera bastante agradable, pero esto es también todo lo bueno que cabe decir de este pequeño relato. Ni pensamientos profundos ni vuelo poético se elevaban por encima de la esfera de la común literatura de entretenimiento; la invención, bastante trivial e incluso fea, la ejecución, ordinaria.

En un concierto me dijo un amigo que los «Cantos tranquilos» de Beck habían llegado. Justo entonces sonaba el Adagio de una sinfonía de Beethoven. Así serán estos cantos, pensé; pero me había engañado: en ellos había poco Beethoven y mucho lamento belliniano. Cuando tomé en la mano el pequeño cuaderno, me horroricé. ¡Ya el primer canto, tan infinitamente trivial, de una manera tan barata, cuasi original sólo por expresiones rebuscadas!

A las «Noches» sólo recuerda en estos cantos la enorme ensoñación. Que en las «Noches» se soñara mucho era disculpable; en «El poeta errante» se le podía pasar por alto, pero ahora el señor Beck no sale en absoluto del dormir. Ya en la página 3 se sueña; p. 4, p. 8, p. 9, p. 15, p. 16, p. 23, p. 31, p. 33, p. 34, p. 35, p. 40, etc., por doquier sueños. A ello se suma toda una serie de imágenes oníricas. Sería ridículo si no fuera demasiado triste. La esperanza de originalidad hubo de desaparecer salvo en unas pocas métricas nuevas; a cambio, han de indemnizarnos resonancias heineanas y una ingenuidad desmesuradamente infantil que recorre casi todos estos cantos del modo más repugnante. Particularmente sufre de ello la primera sección: «Cantos del amor. Su diario». De una llama ardiente, de un espíritu noble y enérgico, como Beck pretende ser, yo no habría esperado semejante papilla insulsa y repugnante. Sólo dos o tres cantos son tolerables. «Su diario» es algo mejor; aquí y allá hay al fin un canto auténtico que puede indemnizarnos por los muchos dislates y desvaríos. El mayor de estos desvaríos de su diario es «Una lágrima». Se sabe lo que Beck ya antes había rendido en la poesía de las lágrimas. Entonces dejaba «al dolor, el rudo corsario sangriento, cruzar por el mar callado de la lágrima» y «a la pena, el mudo, frío pez», chapotear en él; ahora se añade aún más:

Lágrima, no en vano
Eres plena y grande,
Pues la dicha de mi vida
¡Nada en tu regazo! (!)
En ti nada tanto, tanto,
Mi amor y mi tañer de cuerdas.

Lágrima, no en vano
¡Eres plena y grande!

¡Qué simpleza! Las imágenes oníricas contienen todavía lo mejor de todo el cuaderno, y algunos cantos entre ellas son al menos cordiales. Especialmente: «¡Duerme bien!», que, a juzgar por la fecha de la primera impresión en la «Elegante», debe contarse entre los más tempranos de estos cantos. El poema final es uno de los mejores, sólo que algo lleno de frases, y al final aparece otra vez «de la lágrima del espíritu universal el fuerte escudo».

Cierran el volumen intentos en la balada. El «Rey de los gitanos», cuyo comienzo sabe mucho al modo descriptivo de Freiligrath, es desvaído frente a los vivientes cuadros de la vida gitana en Lenau, y el torrente de frases que ha de obligarnos a encontrar el poema fresco y vigoroso lo hace aún más repugnante. En cambio, «La rosita» es un momento reproducido con gracia. «El cuerpo de guardia húngaro» pertenece a la categoría del «Rey de los gitanos»; la última balada de este ciclo es un ejemplo de cómo un poema puede tener versos fluidos y sonoros y bellos ripios, sin dejar empero una impresión especial. El Beck anterior habría presentado de modo más gráfico al siniestro bandido Janossyk con tres imágenes certeras. Y éste, para colmo, tiene aún que soñar en la penúltima página, y así termina el cuaderno, pero no el poema, cuya continuación se promete en el segundo tomito. ¿Qué significa esto? ¿Acaso han de terminar las poesías como las revistas, con un «continuará»?

Las «Almas perdidas», después de haber sido declaradas irrepresentables como drama por la dirección de varios teatros, han sido destruidas por el autor, según se oye; otra tragedia: «Saúl», parece estar elaborándola ahora; al menos, la «Elegante» ha ofrecido sólo el primer acto y la «Theater-Chronik» un gran prospecto de ella. Este acto ha sido ya comentado en estas hojas. Lo dicho allí, por desgracia, sólo puedo confirmarlo. Beck, cuya fantasía informe y tanteante lo incapacita para la representación plástica de caracteres y pone en boca de todas sus personas las mismas frases; Beck, que en su concepción de Börne mostró cuán poco puede comprender un carácter, y menos aún crearlo, no podía tener ocurrencia más desdichada que la de escribir una tragedia. Beck tuvo que tomar prestada la exposición, involuntariamente, de un modelo apenas aparecido, tuvo que hacer hablar a su David y Merob en el tono quejumbroso de «Su diario», tuvo que reproducir las transiciones de estado de ánimo en el alma de Saúl con la tosquedad de una comedia de feria. Cuando se oye hablar a Moab, se reconoce entonces la importancia que Abner tiene en su modelo; este Moab, ese rudo, sangriento discípulo de Moloch, que está más cerca del animal que del hombre, ¿había de ser el «espíritu malo» de Saúl? Un hombre natural no es aún una bestia, y Saúl, que se opone a los sacerdotes, no encuentra placer por ello en los sacrificios humanos. A esto se suma un diálogo sumamente acartonado, el lenguaje mate, y sólo unas pocas imágenes tolerables, que no pueden empero sostener acto alguno de una tragedia, recuerdan expectativas que el señor Beck parece ya no poder cumplir.