Los libros populares alemanes'?'!
Por Friedrich Oswald

[ Telegraph für Deutschland
N.° 186, noviembre de 1839]

¿No es un gran elogio para un libro el ser un libro popular, un libro popular alemán? Pero precisamente por eso nos está permitido exigir grandes cosas de un libro semejante; precisamente por eso debe satisfacer todas las pretensiones razonables y ser inatacable en su valor por cualquier lado que se le mire. El libro popular tiene la misión de alegrar, animar, deleitar al campesino cuando regresa fatigado por la noche de su dura faena diaria, hacerle olvidar sus fatigas, transformar su pedregoso campo en un fragante jardín de rosas; tiene la misión de trocar el taller del artesano y la miserable buhardilla del atormentado aprendiz en un mundo de poesía, en un palacio de oro, y presentarle a su fornida amada bajo la figura de una bellísima princesa; pero también tiene la misión, junto a la Biblia, de hacerle más claro su sentimiento ético, traerle a la conciencia su fuerza, su derecho, su libertad, despertar su valor, su amor a la patria.

Si, pues, en general, las exigencias que, sin ser injusto, cabe plantear a un libro popular son: un rico contenido poético, un humor recio, pureza ética, y, para el libro popular alemán, un espíritu alemán vigoroso y probo —cualidades que permanecen idénticas en todo tiempo—, también estamos autorizados a exigir, a la par, que el libro popular responda a su época o deje de ser libro popular. Si observamos en particular el presente, la lucha por la libertad que suscita todas sus manifestaciones, el constitucionalismo en desarrollo, la resistencia contra la presión de la aristocracia, el combate del pensamiento contra el pietismo, de la jovialidad contra los restos de una adusta ascética, no veo por qué habría de ser injusto exigir que el libro popular acudiera aquí en ayuda del menos cultivado, mostrándole, aunque, naturalmente, no en deducción inmediata,

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la verdad y la racionalidad de estas tendencias — pero en ningún caso fomentar la gazmoñería, el servilismo ante la nobleza, el pietismo. De suyo se entiende, empero, que costumbres de tiempos anteriores, cuyo ejercicio sería hoy un absurdo o incluso una injusticia, tienen que permanecer ajenas al libro popular.

De acuerdo con estos principios, podemos y debemos también enjuiciar aquellos libros que ahora son realmente libros populares alemanes y suelen agruparse bajo este nombre. Son, en parte, productos de la poesía medieval alemana o románica, en parte, de la superstición popular. Antaño despreciados y escarnecidos por los estamentos superiores, fueron, como es sabido, rastreados, reelaborados e incluso celebrados por los románticos. Pero el Romanticismo sólo atendió al contenido poético, y cuán incapaz fue de captar su significado como libros populares lo muestra Görres en su obra sobre el particular. Ya ha demostrado Görres en el tiempo más reciente que todos sus juicios son pura invención poética. Sin embargo, la opinión común sobre estos libros sigue descansando en su obra, y Marbach todavía se remite a ella al anunciar su edición. En la triple nueva reelaboración de estos libros —en prosa por Marbach, por Simrock una en prosa y una en verso—, dos de las cuales están destinadas de nuevo al pueblo, se nos ha brindado la ocasión de examinar otra vez con exactitud los objetos de estas reelaboraciones en su valor popular.

El juicio sobre el valor poético de estos libros puede dejarse a cada cual, mientras la poesía de la Edad Media en general sea enjuiciada de modo tan diverso; pero el que sean realmente auténtica poesía, no lo negará nadie. Así, pues, aunque no puedan legitimarse como libros populares, debe quedarles incólume su contenido poético, sí, según las palabras de Schiller:

«Lo que en el canto ha de vivir eterno,
debe hundirse en la vida»,

quizá más de un poeta encuentre un motivo más para salvar para la poesía, mediante la reelaboración, aquello que demuestra ser insostenible para el pueblo. —Entre los relatos de origen alemán y los de origen románico se da una diferencia muy significativa; los alemanes, auténticas leyendas populares, ponen en primer plano al hombre actuante; los románicos destacan a la mujer, ya sea meramente paciente (Genoveva) o amante, es decir, también pasiva frente a la pasión. Tan sólo dos constituyen una excepción: Los hijos de Aimón y Fortunato, ambos

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románicos, pero también leyendas populares, mientras que Octaviano, Melusina, etc., son productos de la poesía cortesana y sólo más tarde pasaron al pueblo mediante la reelaboración en prosa. —De los cómicos, también sólo uno no es de origen directamente alemán, Salomón y Morolf, mientras que Eulenspiegel, los Schildbürger, etc., no pueden sernos disputados.

Si consideramos la totalidad de estos libros y los enjuiciamos según los principios enunciados al principio, resulta claro que solo satisfacen estas exigencias por un lado; tienen poesía y humor en rica medida y en una forma generalmente comprensible incluso para el más inculto, pero por el otro lado, la totalidad no satisface en absoluto, algunos libros expresan justo lo contrario, otros satisfacen solo parcialmente. Los fines particulares que el presente podría exigirles faltan por completo, naturalmente, en estas obras como productos de la Edad Media. A pesar de la extrema riqueza de esta rama literaria y pese a las declamaciones de Tieck y Görres, dejan, pues, todavía mucho que desear; pero si esta laguna podrá llenarse alguna vez, es otra cuestión que no me atrevo a responder.

[ Telegraph für Deutschland
N.° 188, noviembre de 1839]

Pasando ahora a lo particular, la más importante es, sin duda, la historia de Sigfrido el Astado. —Este libro lo acepto con gusto; es un relato que deja poco que desear, está expuesto con la poesía más exuberante, ora con la máxima ingenuidad, ora con el más hermoso pathos humorístico; aquí hay un humor chispeante —¿quién no conoce el costoso episodio de la lucha entre los dos gallinas?—; aquí hay carácter, un ánimo audaz, juvenilmente fresco, del que todo oficial artesano errante puede tomar ejemplo, aunque ya no tenga que luchar con dragones y gigantes. Y con sólo corregir las erratas, en las que la edición que tengo a la vista (la de Colonia) es en extremo abundante, y poner correctamente la puntuación, las refundiciones de Schwab y Marbach desaparecen ante este auténtico estilo popular. El pueblo ha demostrado también su gratitud hacia él; ninguno de estos libros ha llegado a mis manos tan frecuentemente como éste.

Duque Enrique el León. —De este libro, por desgracia, no he podido conseguir ningún ejemplar antiguo; la edición más reciente, impresa en Einbeck, parece haber ocupado enteramente el lugar de la antigua. Al principio figura una genealogía de la Casa de Brunswick, que llega hasta el año 1735;

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luego sigue la biografía del duque Enrique según la historia, y a continuación la leyenda popular. Se adjuntan además un relato que cuenta de Godofredo de Bouillon lo mismo que la leyenda popular de Enrique el León, la historia del esclavo Andrónico, atribuida a un abad palestino Gerasimi y modificada de manera significativa al final, y un poema de la moderna escuela romántica, cuyo autor no me viene a la memoria, en el cual se vuelve a narrar la leyenda del león. Así, la leyenda, sobre la que descansa precisamente el libro popular, desaparece por completo bajo los apéndices con que la munificencia del docto editor la ha provisto. La leyenda misma es muy hermosa, pero lo demás no puede interesar; ¡¿qué le importa al suabo la historia de Brunswick?! Y, ¿a qué viene el moderno y verboso romance detrás del sencillo estilo del libro popular? —Pero también éste ha desaparecido; el genial refundidor, que me parece un cura o un maestro de escuela de fines del siglo pasado, escribe de la manera siguiente:

«Así, el objetivo del viaje estaba alcanzado, la Tierra Santa yacía ante los ojos, ¡se pisó el suelo con el que se enlazan los recuerdos más significativos de la historia religiosa! La piadosa sencillez, que había mirado hacia aquí con añoranza, se trocó aquí en devoción fervorosa, halló aquí plena satisfacción, y se convirtió en el más vivo gozo en el Señor.»

Restitúyase la leyenda en su lengua antigua, agréguesele, para completar un libro, otras auténticas leyendas populares, y envíese así al pueblo, y mantendrá vivo el sentido poético; pero en esta forma no es digna de circular entre el pueblo.

[ Telegraph für Deutschland
N.° 189, noviembre de 1839]

Duque Ernst. —El autor de este libro no fue un poeta especialmente destacado, pues encontró todos los momentos poéticos ya en el cuento oriental. Sin embargo, el libro está bien escrito y es muy entretenido para el pueblo; pero eso es todo. Ya nadie creerá en la realidad de las figuras fantásticas que en él aparecen; por ello, puede dejarse sin cambios en manos del pueblo.

Llego ahora a dos leyendas que el pueblo alemán creó y configuró, a lo más profundo que puede mostrar la poesía popular de todos los pueblos. Me refiero a la leyenda de Fausto y del Judío Errante. Son inagotables; cada época puede apropiárselas sin remodelarlas en su esencia; y aunque las reelaboraciones de la leyenda de Fausto posteriores a

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Goethe pertenezcan a las Ilíadas post Homerum, nos descubren siempre nuevos aspectos —por no hablar de la importancia de la leyenda de Asuero para la poesía moderna—. ¡Pero cómo contienen los libros populares estas leyendas! No están concebidas como productos de la libre fantasía, no, sino como hijos de una superstición esclava; el libro del Judío Errante exige incluso una fe religiosa en su contenido, que trata de justificar con la Biblia y muchas leyendas insulsas; de la leyenda contiene sólo lo más externo, pero una muy larga y aburrida amonestación cristiana sobre el judío Asuero. La leyenda de Fausto ha degenerado en una vulgar historia de brujería, aderezada con anécdotas triviales de magia; incluso la poca poesía que se ha conservado en la comedia popular ha desaparecido casi por completo. Pero estos dos libros no solo son incapaces de proporcionar un goce poético, sino que en su forma actual tienen que robustecer y renovar la vieja superstición; ¿o qué otra cosa cabe esperar de tales diabluras? También la conciencia de la leyenda y de su contenido parece estar desapareciendo por completo en el pueblo; Fausto pasa por ser un vulgar maestro de brujería y Asuero por el mayor villano aparte de Judas Iscariote. Pero, ¿no debería ser posible salvar estas dos leyendas para el pueblo alemán, restablecerlas en su originaria pureza y expresar su esencia con tanta claridad que también al menos cultivado no le resulte del todo incomprensible su profundo sentido? Marbach y Simrock aún no han abordado la reelaboración de estas leyendas; ¡ojalá hagan prevalecer en ellas una crítica prudente!

Otra serie de libros populares se nos presenta, los humorísticos, Eulenspiegel, Salomon und Morolf, Der Pfaff vom Kalenberge, Die sieben Schwaben, Die Schildbürger. Es una serie como pocos pueblos pueden presentar. Este ingenio, esta naturalidad tanto de la concepción como de la ejecución, el humor bonachón que acompaña por doquier a la sátira mordaz para que no se vuelva demasiado cruel, esta comicidad sorprendente de las situaciones podría en verdad avergonzar a una gran parte de nuestra literatura. ¿Qué autor contemporáneo tendría bastante inventiva para crear un libro como el de los Schildbürger? ¡Qué prosaico resulta el humor de Mundt si se lo compara con el de Die sieben Schwaben! Cierto es que para producir tales obras hacía falta una época más tranquila que la nuestra, la cual, semejante a un hombre de negocios sin sosiego, lleva siempre en los labios las importantes cuestiones que tiene que responder antes de poder pensar en otra cosa. — En cuanto a la forma de estos libros, poco habría que modificar en ellos, salvo la eliminación de algún que otro chiste malogrado y la depuración del estilo desfigurado.

De Eulenspiegel hay varias ediciones, provistas del sello de censura prusiano, que son menos completas; ya desde el principio falta un chiste grosero que en la de Marbach está representado en una xilografía muy buena.

Forman un contraste abrupto con ellos las historias de Genovefa, Griseldis e Hirlanda, tres libros de origen romántico, las cuales tienen todas por heroína a una mujer, y precisamente a una mujer sufriente; caracterizan la relación de la Edad Media con la religión, y lo hacen de un modo muy poético — sólo que Genovefa e Hirlanda están demasiado cortadas por el mismo patrón. Pero, por amor de Dios, ¿qué debe hacer hoy el pueblo alemán con esto? Cierto es que cabe imaginarse bajo la figura de Griseldis al pueblo alemán y bajo la del margrave Walther a los príncipes — pero entonces la comedia tendría que terminar de un modo completamente distinto a como sucede en el libro popular; ambas partes se negarían a semejante comparación y, aquí y allá, tendrían buen derecho para ello. Si Griseldis ha de seguir siendo un libro popular, se me antoja una petición a la alta Dieta Federal alemana en pro de la emancipación de las mujeres. Pero se sabe, aquí y allá, cómo hace cuatro años se acogieron semejantes peticiones novelescas; por lo cual me sorprende mucho que Marbach no haya sido incluido a posteriori en la Joven Alemania. — El pueblo ha representado durante bastante tiempo a Griseldis y Genovefa, que ahora interprete también una vez a Sigfrido y Reinaldo; pero el camino justo para llevarlo a ello no será seguramente el elogio de aquellas viejas historias de humillación.

El libro del emperador Octaviano pertenece por su primera mitad a esta clase, mientras que por la segunda se enlaza con las verdaderas historias de amor. La historia de Helena es sólo una imitación del Octaviano, o acaso ambas son diferentes versiones de la misma leyenda. La segunda parte del Octaviano es un excelente libro popular y sólo puede equipararse al de Sigfrido; la caracterización de Florencio, así como la de su padre adoptivo Clemente y la de Claudio, es sobresaliente, y Tieck lo tuvo aquí muy fácil; pero ¿no late por doquier el pensamiento de que la sangre noble es mejor que la sangre burguesa? ¡Y con cuánta frecuencia no encontramos todavía este pensamiento en el pueblo mismo! Y si este pensamiento no puede ser desterrado del Octaviano —y lo considero imposible—, y si pienso que ha de ser eliminado en primer lugar allí donde haya de surgir una vida constitucional, entonces que el libro sea tan poético como se quiera, censeo Carthaginem esse delendam.

[«Telegraph für Deutschland», núm. 190, noviembre de 1839]
Frente a las mencionadas historias lacrimosas de padecimientos y resignación se alzan otras tres que celebran el amor. Son: Magelone, Melusina y Tristan. Magelone es la que más me place como libro popular; Melusina está otra vez llena de monstruosidades absurdas y exageraciones fabulosas, tanto que casi se antojaría ver en ella una quijotada, y he de preguntar de nuevo: ¿qué ha de hacer el pueblo alemán con eso? Y qué decir de la historia de Tristan e Isolda —no quiero menoscabar su valor poético, porque amo la espléndida versión de Gottfried von Straßburg, aun cuando aquí y allá pudieran hallarse defectos en la narración—, pero no hay libro que menos deba ponerse en manos del pueblo que precisamente éste. Cierto es que aquí está otra vez muy cerca una cuestión moderna, la emancipación de las mujeres; un poeta hábil, al elaborar hoy el Tristan, no podría ya excluir de ningún modo esta cuestión de su trabajo, sin caer por ello en una poesía de tendencia rebuscada y aburrida. Pero en el libro popular, donde no se habla de esta cuestión, toda la narración viene a parar en una disculpa del adulterio, y dejar esto en manos del pueblo es, ciertamente, muy delicado. Entre tanto, el libro desaparece casi por completo, y muy rara vez llega a verse un ejemplar.

[«Telegraph für Deutschland», núm. 191, noviembre de 1839]
Die Haimonskinder y Fortunat, en los que volvemos a ver al hombre como centro de la acción, son de nuevo un par de verdaderos libros populares. Aquí, el humor más alegre con que el hijo de Fortuna se abre paso a través de todas sus aventuras; allí, la osada arrogancia, el indómito afán de oposición, que se enfrenta con juvenil vigor al poder absoluto y tiránico de Carlomagno y que no teme vengar con su propia mano las ofensas recibidas, incluso ante los ojos del soberano. Semejante espíritu juvenil debe imperar en los libros populares, que hace pasar por alto muchos defectos; pero ¿dónde encontrarlo en Griseldis y sus parientes?

Por último viene lo mejor: el genial calendario centenario, el archisabio libro de los sueños, la infalible rueda de la fortuna y otros engendros insensatos del enojoso superstición. Con qué miserables sofismas ha disculpado Görres estos adefesios, lo sabe todo el que haya echado un vistazo a su libro.

Todos estos tristes libros han sido honrados por la censura prusiana con su sello. Ciertamente, no son revolucionarios como las Cartas de Börne, ni inmorales como se afirma de la «Wally». Ya se ve cuán falsas son las acusaciones de que la censura prusiana sea singularmente severa. Bien es cierto que no necesito gastar una palabra más sobre si tales adefesios han de continuar entre el pueblo.

De los restantes libros populares nada hay que decir; las historias de Pontus, Fierabras, etc., han desaparecido hace tiempo y, por tanto, ya no merecen ese nombre. Pero creo haber mostrado ya en estas pocas indicaciones cuán insuficiente se presenta esta literatura cuando se la juzga en interés del pueblo y no en interés de la poesía. Lo que necesita son refundiciones de una selección rigurosa, que no se aparten de la antigua expresión sin necesidad y que, bien presentadas, se lleven al pueblo. Pretender extirpar por la fuerza las que no resisten la crítica no sería ni fácil ni aconsejable; sólo a las verdaderamente supersticiosas debe negárseles el sello de censura. Las demás desaparecen por sí mismas; Griseldis se encuentra rara vez, Tristan casi nunca. En algunas regiones no es posible conseguir ni un solo ejemplar, por ejemplo en el valle del Wupper; en otras, como Colonia, Bremen, etc., casi todos los tenderos tienen ejemplares expuestos en los escaparates para los campesinos que entran.

Pero, ¿acaso no merece el pueblo alemán una refundición razonable de estos libros, al menos de los mejores? No es, ciertamente, asunto para cualquiera llevar a cabo semejante refundición; no conozco más que a dos personas que posean la suficiente sagacidad crítica y el gusto para la selección, así como la soltura en el estilo antiguo para la ejecución: los hermanos Grimm; pero ¿tendrían ellos ganas y tiempo para esta tarea? La refundición de Marbach no es en absoluto adecuada para el pueblo. ¿Qué cabe esperar cuando empieza precisamente con Griseldis? No sólo le falta toda crítica, sino que además se ha dejado arrastrar a omisiones completamente innecesarias; a ello se suma que ha vuelto el estilo realmente mate y descolorido —compárese el libro popular del Sigfrido con cuernos y cualquier otro con su refundición. No hay allí más que frases deshilachadas, inversiones de palabras para las que no había otro motivo que la manía del señor Marbach de aparentar originalidad, a falta de otro tipo de autonomía. ¿O qué le impulsó, si no, a modificar los pasajes más hermosos del libro popular y a proveerlos de su innecesaria puntuación? Para quien no conoce el libro popular, las narraciones de Marbach están bastante bien; pero en cuanto se comparan ambos, se ve que todo el mérito de Marbach reside en la corrección de las erratas. Sus xilografías son de muy diverso valor. — La refundición de Simrock no está aún lo bastante avanzada para poder emitir un juicio sobre ella; sin embargo, confío en Simrock mucho más que en su rival. Sus xilografías son, además, siempre mejores que las de Marbach.

Estos viejos libros populares con su tono arcaico, con sus erratas y sus malas xilografías, ejercen sobre mí un extraordinario encanto poético; me trasladan de nuestros rebuscados «estados, intrincamientos y finas relaciones» modernos a un mundo mucho más cercano a la naturaleza. Pero de esto no cabe hablar aquí; Tieck, ciertamente, cifraba su principal argumento en este encanto poético —pero ¿qué valen la autoridad de Tieck, de Görres y de todos los demás románticos cuando la razón les contradice y cuando se trata del pueblo alemán?