Desde Elberfeld

[,Telegraph für Deutschland“
núm. 178, noviembre de 1839]

Desde hace algún tiempo se han alzado lamentos, amargos lamentos sobre la desoladora fuerza del escepticismo; aquí y allá se miraba con tristeza el edificio derruido de la vieja fe, aguardando con temor que se desgarrasen las nubes que cubren el cielo del porvenir. Con un sentimiento parecido, melancólico, dejo de la mano las «Lieder eines heimgegangenen Freundes»; son canciones de un muerto, de un auténtico cristiano del valle del Wupper, que recuerdan la dichosa época en que uno mismo podía aún creer con ánimo infantil en una doctrina cuyas contradicciones hoy puede uno contar con los dedos, en que uno ardía de santo celo contra el librepensamiento religioso —un celo ante el que ahora se sonríe o se sonroja—. El lugar de impresión muestra ya que no se debe juzgar estos versos según la medida habitual, que aquí no se encuentran pensamientos deslumbrantes ni el vuelo libre de un espíritu sin ataduras; y sería incluso injusto exigir otra cosa que productos del pietismo. La única medida justa que cabe aplicar a estos poemas la proporciona la anterior literatura del Wupper, sobre la que ya he desahogado sobradamente mi disgusto¹, para poder ahora juzgar también una de sus producciones desde otro punto de vista. Y es innegable que en este libro se manifiesta un progreso. Los poemas —que parecen provenir de un lego, aunque no inculto— están al menos a la altura, por el pensamiento, de los de los predicadores Döring y Pol; incluso, a veces, no se puede desconocer un leve soplo de romanticismo, tanto como de él puede adherirse a la doctrina calvinista. Por lo que atañe a la forma, son sin embargo indudablemente lo mejor que el valle del Wupper ha producido hasta

³ _Cf._ tomo I de nuestra edición, pp. 429-432

ahora; rimas nuevas o raras están a menudo empleadas con cierta destreza; el autor se ha elevado incluso hasta el dístico y la oda libre, formas que, no obstante, le venían demasiado altas. La influencia de Krummacher¹ es innegable; sus giros e imágenes se utilizan por doquier; pero cuando el poeta canta:

Peregrino: ¡Pobres ovejitas del rebaño de Cristo,
nada veo de su gloria
en ti, oh ovejita, tan quieta.
Ovejita: Oprimida un instante, luego elevada muy alto,
la ovejita está en el paraíso.
Peregrino, calla, y vuélvete corderito,
los que, callados, se humillan, entran por la puerta estrecha;
por eso calla y ora y vuélvete corderito,

¡eso no es imitación de Krummacher, sino ya él mismo! En cambio, se encuentran pasajes sueltos de estos poemas que resultan realmente conmovedores por la verdad del sentimiento —¡ay, solo que nunca se puede olvidar que este sentimiento es en gran parte enfermizo!—. Y, sin embargo, también aquí se muestra cuán tonificante y consoladora actúa en todas partes una religión realmente convertida en asunto del corazón, incluso en sus más tristes extremos.

Querido lector, perdóname por haberte presentado un libro que puede tener para ti un interés infinitamente escaso; tú no has nacido en el valle del Wupper, quizá nunca estuviste en sus montes ni viste a tus pies las dos ciudades; pero tú también tienes una patria y regresas acaso con el mismo amor que yo a sus apariencias insignificantes, una vez que has desahogado tu ira contra sus extravíos.

S. Oswald

¹ Friedrich Wilhelm Krummacher