Cartas al padre en Trier

Karl Marx

[Carta al padre en Trier]

Berlín, 10 de noviembre [1837]

¡Querido padre!

Hay momentos de la vida que se alzan como mojones ante un tiempo ya transcurrido, pero que al mismo tiempo señalan con determinación hacia una nueva dirección.

En un punto de transición así, nos sentimos compelidos a contemplar con el ojo de águila del pensamiento lo pasado y lo presente, para cobrar de ese modo conciencia de nuestra verdadera situación. Sí, la propia historia universal ama esa mirada retrospectiva y se contempla a sí misma, lo que a menudo le imprime la apariencia de un retroceso y un estancamiento, mientras que en realidad no hace sino arrojarse al sillón para comprenderse, para penetrar espiritualmente su propio acto, el acto del espíritu.

Pero el individuo se vuelve lírico en tales momentos, pues toda metamorfosis es, en parte, canto del cisne y, en parte, obertura de un gran poema nuevo, que pugna por cobrar figura en colores todavía difusos y resplandecientes; y sin embargo, querríamos erigir un monumento a lo una vez vivido, ello debe volver a ganar en el sentimiento el lugar que perdió para la acción, ¿y dónde hallaría una sede más sagrada que en el corazón de los padres, el juez más indulgente, el partícipe más íntimo, el sol del amor, cuyo fuego calienta el centro más recóndito de nuestras aspiraciones? ¿Cómo podría mucho de lo desagradable, de lo censurable, hallar mejor compensación y perdón que convirtiéndose en manifestación de un estado esencialmente necesario? ¿Cómo podría, al menos, el juego a menudo adverso de la contingencia, de la aberración del espíritu, sustraerse al reproche de un corazón deformado?

Así pues, cuando ahora, al término de un año aquí vivido, echo una mirada retrospectiva a las circunstancias del mismo y de ese modo contesto, muy querido padre, a tu tan amada carta de Ems, permíteme contemplar mis

relaciones como considero yo la vida en general, a saber, como la expresión de un quehacer espiritual que cobra forma en todas las direcciones, en la ciencia, en el arte, en las situaciones privadas.

Cuando os dejé, había surgido para mí un mundo nuevo, el del amor, y por cierto, en un principio, un amor ebrio de añoranza, vacío de esperanza. Incluso el viaje a Berlín, que en otras circunstancias me habría sumido en el más alto grado de embeleso, me habría excitado a la contemplación de la naturaleza, me habría inflamado en el goce de vivir, me dejó frío; es más, me desazonó de forma llamativa, pues las rocas que veía no eran más escarpadas ni más audaces que las sensaciones de mi alma, las anchas ciudades no eran más vivaces que mi sangre, las mesas de los hostales no estaban más sobrecargadas ni eran más indigestas que los fardos de fantasía que yo transportaba y, en fin, el arte no era tan bello como Jenny.

Llegado a Berlín, rompí todas las conexiones que había mantenido hasta entonces, hice con desgana escasas visitas y busqué sumergirme en la ciencia y en el arte.

Según el estado de ánimo de entonces, la poesía lírica tenía que ser forzosamente el primer asunto, o por lo menos el más agradable, el más próximo; pero, tal como lo comportaban mi situación y todo mi desarrollo anterior, era puramente idealista. Un más allá tan remoto como mi amor se convirtió en mi cielo, en mi arte. Todo lo real se difumina, y todo lo difuminado carece de límite, ataques al presente, sentimiento amplio y sin forma plasmado sin arte, nada natural, todo construido a partir de la luna, la oposición total entre lo que es y lo que debe ser, reflexiones retóricas en lugar de pensamientos poéticos, pero quizás también una cierta calidez del sentimiento y un esforzarse por el vuelo caracterizan todos los poemas de los tres primeros cuadernos que recibió Jenny, enviados por mí. Toda la anchura de un anhelo que no ve límite alguno se plasma en múltiples formas y convierte el «poetizar» en un «dilatar».

Ahora bien, la poesía podía y debía ser solo acompañamiento; yo tenía que estudiar jurisprudencia y sentía ante todo el impulso de forcejear con la filosofía. Ambas empresas se enlazaron de tal modo que, de una parte, estudié a Heineccius, a Thibaut y las fuentes de manera puramente acrítica, solo como un escolar, traduciendo al alemán, por ejemplo, los dos primeros libros de las Pandectas, y de otra parte procuré llevar a cabo una filosofía del derecho a través de todo el ámbito del derecho. A modo de introducción antepuse algunas proposiciones metafísicas y conduje esa desdichada obra hasta el derecho público, un trabajo de casi 300 pliegos.

Aquí resaltó ante todo, muy perturbadoramente, el mismo antagonismo entre lo real y lo que debe ser,

que es propio del idealismo, y fue la madre de la siguiente división, torpe e incorrecta. Primero vino la que yo bauticé, de manera graciosa, metafísica del derecho, esto es, principios, reflexiones, determinaciones conceptuales, separados de todo derecho real y de toda forma real del derecho, tal como se presenta en Fichte, solo que en mí más moderno y más vacío de contenido. En ello, la forma no científica del dogmatismo matemático, en la que el sujeto correte en torno a la cosa, raciocina de acá para allá, sin que la cosa misma se configure como algo que se despliega rico, viviente, fue desde el principio un obstáculo para concebir lo verdadero. El triángulo permite al matemático construir y demostrar; sigue siendo una mera representación en el espacio, no se desarrolla hacia nada ulterior; hay que ponerlo junto a otra cosa, y entonces adopta otras posiciones, y este diverso poner-lo-en-relación-con-lo-mismo le confiere distintas relaciones y verdades. En cambio, en la expresión concreta del mundo pensado viviente, como lo es el derecho, el Estado, la naturaleza, la entera filosofía, aquí el objeto mismo ha de ser atisbado en su desarrollo, no hay que introducir en él divisiones arbitrarias, la razón de la cosa misma debe seguir rodando como algo que pugna dentro de sí y encontrar en sí su unidad.

Como segunda parte venía ahora la filosofía del derecho, es decir, según mi opinión de entonces, la consideración del desarrollo del pensamiento en el derecho romano positivo, como si el derecho positivo en su desarrollo pensado (no me refiero a sus determinaciones puramente finitas) pudiera ser en general algo distinto de la configuración del concepto del derecho, que empero debía abarcar la primera parte.

Esta parte, además, la había dividido yo en doctrina formal y doctrina material del derecho, de las cuales la primera debía describir la forma pura del sistema en su sucesión y su conexión, la división y la extensión; la segunda, en cambio, el contenido, el condensarse de la forma en su contenido. Un error que tengo en común con el señor von Savigny, según hallé más tarde en su erudita obra sobre la posesión, solo que con la diferencia de que él llama determinación conceptual formal «encontrar el lugar que tal o cual doctrina ocupa en el (fingido) sistema romano», y determinación material, «la doctrina de lo positivo que los romanos atribuyeron a un concepto así fijado», mientras que yo entendía por forma la arquitectónica necesaria de las configuraciones del concepto, y por materia la cualidad necesaria de esas configuraciones. El error residía en que creía que una cosa podía y debía desarrollarse separada de la otra, y así no obtuve una forma real, sino un escritorio con cajones, en los que después esparcí arena.

Pues el concepto es lo mediador entre forma y contenido. En un desarrollo filosófico del derecho, por tanto, lo uno tiene que brotar de lo otro; es más, la forma no debe ser sino la progresión del contenido. Así vine a dar con una división como la que el sujeto puede trazar a lo sumo para una clasificación ligera y superficial, pero el espíritu del derecho y su verdad naufragaron. Todo el derecho se descomponía en contractual y extracontractual. Me tomo la libertad de insertar aquí, hasta la división del jus publicum, que también está elaborado en la parte formal, el esquema para una mejor ilustración.

I.

II.

jus privatum.

jus publicum.

I. jus privatum.

a) Del derecho privado contractual condicionado,

b) del derecho privado incondicionado, extracontractual.

A. Del derecho privado contractual condicionado.

a) Derecho personal. b) Derecho sobre las cosas. c) Derecho personal-cósico.

a) Derecho personal.

I. Por contrato oneroso, II. por contrato de promesa, III. por contrato benéfico.

I. Por contrato oneroso.

2. Contrato de sociedad (societas). 3.
Contrato de arrendamiento de obra
(locatio conductio).

3. Locatio conductio.

En cuanto se refiere a operae |servicios|.

a) Locatio conductio propiamente dicha (¡no se refiere ni al arrendamiento romano ni al arrendamiento rústico romano!),

b) mandatum |mandato|.

2. En cuanto se refiere al usus rei |derecho de uso sobre una cosa|.

a) Sobre suelo:
ususfructus
usufructo
| (tampoco en el mero sentido romano), b) sobre casas:
habitatio
derecho de habitación (primero en casa propia, después en casa ajena)
|.

II. Por contrato de promesa.

1. Contrato de arbitraje o transacción. 2. Contrato de seguro.

III. Por contrato benéfico.

2. Contrato de ratificación.

1. fidejussio |fianza|. 2. negotiorum gestio |gestión de negocios sin mandato|.

3. Contrato de donación.

1. donatio |donación|. 2. gratiae promissum |promesa de una liberalidad|.

b) Derecho sobre las cosas.

I. Por contrato oneroso.

2. permutatio stricte sic dicta |permuta en su sentido originario|.

1. Permutatio propiamente dicha |permuta|. 2. mutuum (usurae) |préstamo de consumo (intereses)|. 3.
emtio venditio
compraventa
|.

II. Por contrato de promesa.

Pignus
prenda manual
|.

III. Por contrato benéfico.

2. commodatum |comodato, contrato de préstamo de uso|. 3. Depositum |depósito de bienes confiados|.

Mas, ¿a qué seguir llenando las hojas con cosas que yo mismo he desechado? Divisiones tricotómicas recorren el conjunto, está escrito con fatigosa prolijidad y las representaciones romanas han sido abusadas del modo más bárbaro para constreñirlas a entrar en mi sistema. De otra parte, al menos en cierto modo, cobré así amor y visión de conjunto por la materia.

Al final del derecho privado material vi la falsedad del conjunto, que en su esquema básico linda con el kantiano, desviándose por completo de él en la ejecución, y de nuevo se me hizo claro que sin filosofía no se podía avanzar. Así pude, con buena conciencia, echarme otra vez en sus brazos y escribí un nuevo sistema fundamental metafísico, a cuyo término me vi forzado otra vez a reconocer lo errado del mismo y de todas mis anteriores aspiraciones.

Entretanto, había adquirido la costumbre de hacer exzerpta de todos los libros que leía, como del «Laocoonte» de Lessing, del «Erwin» de Solger, de la Historia del arte de Winckelmann, de la Historia alemana de Luden, y de garabatear de paso reflexiones. Al mismo tiempo, traduje la «Germania» de Tácito, los «Libri tristium» de Ovidio, y empecé privadamente, es decir, a partir de gramáticas, inglés e italiano, en lo cual hasta ahora no he alcanzado nada; leí el Derecho penal de Klein y sus Anales, y todo lo más reciente de la literatura, aunque esto último solo de paso.

Al final del semestre busqué de nuevo danzas de musas y música de sátiros, y ya en este último cuaderno que os he enviado, el idealismo se trasluce a través de un humor forzado («Escorpión y Félix»), a través de un drama fracasado, fantástico («Oulanem»), hasta que por fin se trueca por completo y pasa a puro arte de la forma, la mayoría de las veces sin objetos que entusiasmen, sin curso arrebatador de las ideas.

Y sin embargo, esos últimos poemas son los únicos en los que repentinamente, como por un golpe mágico —¡ah! el golpe fue en un principio demoledor—, me relampagueó enfrente el reino de la verdadera poesía como un lejano palacio de hadas, y todas mis creaciones se desmoronaron en la nada.

Que durante estas múltiples ocupaciones, a lo largo del primer semestre, hubiera que pasar en vela muchas noches, librar muchas luchas, soportar muchas incitaciones internas y externas, que al final no saliera yo muy enriquecido y que, además, hubiera descuidado naturaleza, arte, mundo, hubiera rechazado amigos, esta reflexión pareció hacérsela mi cuerpo; un médico me recomendó el campo, y así llegué por vez primera, a través de toda la larga ciudad, ante la puerta de Stralow [Stralau]. No sospechaba que allí, de enclenque clorótico, llegaría a madurar hasta alcanzar una robusta firmeza corporal.

Había caído un telón, mi sanctasanctórum se había desgarrado, y era preciso entronizar nuevos dioses.

Del idealismo —que, dicho sea de paso, yo había comparado y nutrido con el kantiano y el fichteano— vine a parar a buscar la idea en lo real mismo. Si antes los dioses habían habitado por encima de la Tierra, ahora se habían convertido en el centro de la misma.

Yo había leído fragmentos de la filosofía hegeliana, cuya grotesca melodía de rocas no me agradaba. Quise aún una vez sumergirme en el mar, pero con la intención determinada de encontrar la naturaleza espiritual tan necesaria, concreta y sólidamente redondeada como la corporal, ya no

ejercitar destrezas de esgrimidor, sino, más bien, sacar a la luz del sol la perla pura.

Escribí un diálogo de aproximadamente 24 pliegos: «Cleantes, o del punto de partida y el progreso necesario de la filosofía». Aquí se unieron en cierta medida arte y ciencia, que se habían separado por completo, y, vigoroso caminante, abordé la obra misma, un desarrollo filosófico-dialéctico de la divinidad, tal como se manifiesta como concepto en sí, como religión, como naturaleza, como historia. Mi última proposición era el comienzo del sistema hegeliano, y este trabajo, para el cual me había familiarizado en alguna medida con las ciencias naturales, con Schelling, con la historia, que me causó infinitos quebraderos de cabeza y está escrito tan |...No puede descifrarse en el manuscrito; probablemente, los fragmentos de dos palabras tachadas| (pues propiamente debía ser una nueva lógica) que ahora apenas puedo yo mismo volver a sumirme en él, este mi hijo más amado, criado a la luz de la luna, me lleva como una falsa sirena a los brazos del enemigo.

De puro enfado, durante algunos días no pude pensar nada en absoluto; corría como un loco por el jardín junto al agua cenagosa del Spree, que lava almas y diluye el té, di incluso una partida de caza con mi casero, corrí a Berlín y quise abrazar a cada esquinero.

Poco después cultivé solo estudios positivos: estudio de la «Posesión» de Savigny, del Derecho penal de Feuerbach y de Grolmann, del «De verborum significatione» de Cramer, del Sistema de Pandectas de Wening-Ingenheim y de la «Doctrina Pandectarum» de Mühlenbruch, que todavía estoy estudiando a fondo; por último, títulos sueltos según Lauterbach, el proceso civil y, sobre todo, el derecho eclesiástico, del cual he leído y exzerpido la primera parte, la «Concordia discordantium canonum» de Graciano, casi por completo en el corpus, así como el apéndice, las «Institutiones» de Lancelotti. Después traduje en parte la Retórica de Aristóteles, leí «De augmentis scientiarum» del célebre Baco de Verulamio, me ocupé mucho de Reimarus, cuyo libro «Sobre los instintos artísticos de los animales» medité con fruición, di también con el derecho alemán, pero principalmente solo en la medida en que estudié las capitulares de los reyes francos y las cartas de los papas a los mismos. Por el disgusto a causa de la enfermedad de Jenny y de mis vanos y fracasados trabajos espirituales, por el encono devorador de tener que convertir en mi ídolo una opinión que me era odiosa, caí enfermo, como ya te escribí antes, querido padre. Una vez repuesto, quemé todos los poemas y esbozos de novelas, etcétera, en la ilusión de que podía desprenderme por completo de ello, de lo cual hasta ahora ciertamente no he suministrado contrapruebas.

Durante mi malestar, había conocido a Hegel de cabo a rabo, así como a la mayoría de sus discípulos. A través de varias reuniones con amigos en Stralow, entré en un club de doctores, entre los cuales se contaban algunos docentes privados y el más íntimo de mis amigos berlineses, el Dr. Rutenberg. Aquí, en la disputa, se revelaron no pocas opiniones encontradas, y cada vez más me encadené yo mismo a la filosofía mundana actual, a la que había pensado escapar; pero todo lo sonoro había enmudecido, una verdadera furia irónica se apoderó de mí, como fácilmente podía suceder después de tanto negado. A ello se sumó el persistente silencio de Jenny, y no pude descansar hasta haber comprado la modernidad y el punto de vista de la actual consideración científica mediante algunas producciones malas, como «La visita», etc.

Si acaso no te he expuesto con claridad todo este último semestre, ni he entrado en todos los pormenores, y he desdibujado también todos los matices, perdónalo en gracia a mi anhelo de hablar del presente, querido padre.

H. von Chamisso me ha remitido una esquela insignificante por todo extremo, en la que me comunica «que lamenta que el Almanaque no pueda utilizar mis contribuciones, porque hace ya tiempo que está impreso». Me la tragué de puro enfado. El librero Wigand ha remitido mi plan al Dr. Schmidt, editor del milagroso almacén de buen queso y mala literatura. Adjunto su carta; este último no ha respondido aún. Entre tanto, no abandono en modo alguno este plan, sobre todo porque todas las celebridades estéticas de la escuela hegeliana han prometido su colaboración, por mediación del docente Bauer, que desempeña un gran papel entre ellos, y de mi coadjutor, el Dr. Rutenberg.

En lo que respecta ahora a la cuestión de la carrera cameralista, querido padre mío, he trabado recientemente conocimiento con un asesor, Schmidthänner, quien me ha aconsejado pasar a ella como justiciario después del tercer examen de derecho, lo cual me vendría tanto más a gusto cuanto que realmente prefiero la jurisprudencia a toda ciencia de la administración. Este señor me dijo que, desde el Tribunal Superior Territorial de Münster, en Westfalia, él mismo y otros muchos lo han conseguido en tres años hasta llegar a asesor, lo cual no es difícil —se entiende, estudiando mucho—, puesto que aquí los estadios no están fijamente determinados como en Berlín y en otras partes. Si más tarde uno se doctora habiendo sido ya asesor, hay también perspectivas mucho más fáciles de poder ingresar de inmediato como profesor extraordinario, como

le ha sucedido al señor Gärtner en Bonn, que escribió una obra mediocre sobre códigos provinciales y, por lo demás, solo es conocido por declararse adepto a la escuela jurídica hegeliana. Pero, oh querido, inmejorable padre mío, ¿no sería posible discutir todo esto personalmente contigo? El estado de Eduard, los padecimientos de la querida madrecita, tu indisposición —aunque confío en que no sea grave—, todo ello me ha hecho desear, más aún, hace casi necesario que me apresure a ir con vosotros. Ya estaría ahí si no dudara de manera cierta de tu permiso, de tu consentimiento.

Créeme, mi querido, amado padre, no me impulsa ninguna intención egoísta (aunque yo sería dichoso de volver a ver a Jenny), pero es un pensamiento el que me mueve, y no debo expresarlo. Sería incluso para mí, en más de un aspecto, un paso duro, pero como escribe mi única, mi dulce Jenny, todas esas consideraciones se desvanecen ante el cumplimiento de deberes que son sagrados.

Te ruego, querido padre, sea cual sea tu decisión, que no muestres esta carta, o al menos esta hoja, a la madre angelical. Mi repentina llegada podría tal vez reanimar a la grande, magnífica mujer.

La carta que he escrito a la madrecita está redactada mucho antes de la llegada de la amada esquela de Jenny, y así, sin saberlo, quizá he escrito demasiado de cosas que no son del todo pertinentes, o lo son muy poco.

Con la esperanza de que poco a poco se disipen las nubes que se ciernen en torno a nuestra familia, que me sea a mí mismo permitido sufrir y llorar con vosotros y demostrar quizás, en vuestra cercanía, la honda, entrañable participación, el inconmensurable amor que a menudo tan torpemente soy capaz de expresar; con la esperanza de que también tú, querido, por siempre amado padre, considerando la configuración de mi ánimo, tantas veces zarandeada acá y allá, perdones allí donde a menudo el corazón parece haberse extraviado, mientras el espíritu en lucha lo ensordecía; de que muy pronto vuelvas a estar completamente restablecido del todo, de modo que yo mismo pueda estrecharte contra mi corazón y abrirme por completo,

tu hijo, que te ama eternamente,

Karl

Perdona, querido padre, la letra ilegible y el mal estilo; son casi las cuatro, la vela se ha consumido enteramente y los ojos

están turbios; una verdadera inquietud se ha apoderado de mí; no podré apaciguar los agitados fantasmas antes de estar en vuestra amada cercanía.

Saluda cariñosamente a mi dulce, magnífica Jenny. Su carta ha sido leída por mí ya 12 veces, y siempre descubro nuevos encantos. Es, en todos los aspectos, incluido el estilístico, la carta más hermosa que soy capaz de imaginar de una dama.

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