El 25 (12) de marzo, Vladímir Ilich escribe la cuarta «Carta desde lejos».
La publicamos a partir de una copia conservada entre los papeles de Vladímir Ilich, hecha con papel carbón.
5.
LENIN. CARTAS DESDE LEJOS. CARTA CUARTA. ¿CÓMO LOGRAR LA PAZ?
[25 (12) de marzo.]

Acabo de leer (12/25 de marzo) en la *Neue Zürcher Zeitung* (núm. 517 del 21/III) el siguiente despacho telegráfico desde Berlín:

«Desde Suecia comunican que Máximo Gorki ha enviado tanto al gobierno como al Comité Ejecutivo un saludo escrito con entusiasmo. Saluda la victoria del pueblo sobre los señores de la reacción y llama a todos los hijos de Rusia a ayudar a la construcción del nuevo edificio estatal ruso. Al mismo tiempo, exhorta al gobierno a coronar su obra liberadora con la conclusión de la paz. No debe ser, dice, una paz a cualquier precio; Rusia tiene hoy menos motivos que nunca para aspirar a una paz a cualquier precio. Debe ser una paz que permita a Rusia existir con honor ante los demás pueblos de la tierra. Ya ha corrido bastante sangre la humanidad; el nuevo gobierno se granjearía el mayor mérito no sólo ante Rusia, sino ante toda la humanidad, si a él, al nuevo gobierno, le fuera posible concluir rápidamente la paz».

Así transmiten la carta de M. Gorki.

Se experimenta un sentimiento amargo al leer esta carta, empapada hasta la médula de los prejuicios corrientes del filisteo. A quien escribe estas líneas le ocurrió, en sus encuentros con Gorki en la isla de Capri, prevenirle y reprocharle sus errores políticos. Gorki paraba estos reproches con su inimitable sonrisa encantadora y con la declaración sincera: «Sé que soy un mal marxista. Además, todos nosotros, los artistas, somos personas un poco irresponsables». No es fácil discutir contra esto.

No hay duda de que Gorki es un enorme talento artístico, que ha aportado y aportará mucho provecho al movimiento proletario mundial.
Pero ¿para qué se mete Gorki en política?

A mi juicio, la carta de Gorki expresa prejuicios sumamente extendidos no sólo de la pequeña burguesía, sino también de una parte de los obreros que se hallan bajo su influencia. Todas las fuerzas de nuestro partido, todos los esfuerzos de los obreros conscientes deben orientarse hacia una lucha tenaz, perseverante y multilateral contra esos prejuicios.

El gobierno zarista inició y llevó esta guerra, la guerra actual, como una guerra imperialista, de rapiña, de bandidaje, para saquear y ahogar a los pueblos débiles. El gobierno de los Guchkov y los Miliukov es un gobierno de terratenientes y capitalistas, que se ve obligado a continuar y quiere continuar exactamente la misma guerra. Dirigirse a este gobierno proponiéndole concertar una paz democrática equivale a dirigirse a los dueños de burdeles con un sermón sobre la virtud.

Aclaremos nuestro pensamiento.

¿Qué es el imperialismo?
En mi folleto *El imperialismo, fase superior del capitalismo*, que fue entregado a la editorial *Parus* antes de la revolución, aceptado por ella y anunciado en la revista *Létopis*, respondía yo así a esta pregunta:

«El imperialismo es el capitalismo en aquella etapa de desarrollo en que se ha conformado la dominación de los monopolios y del capital financiero, ha adquirido señalada importancia la exportación de capital, ha comenzado el reparto del mundo por los trusts internacionales y ha terminado el reparto de todo el territorio de la tierra entre los países capitalistas más importantes» (cap. VII del citado folleto, anunciado en *Létopis*, cuando aún existía la censura, con el título: V. Ilín, *El capitalismo más reciente*).

La cosa se reduce a que el capital ha crecido hasta alcanzar dimensiones colosales. Las asociaciones de un pequeño número de grandes capitalistas (cárteles, sindicatos, trusts) manejan miles de millones y se reparten entre sí el mundo entero. Toda la tierra está repartida. La guerra ha sido provocada por el choque de los dos más poderosos grupos de multimillonarios, el anglo-francés y el alemán, por un nuevo reparto del mundo.

El grupo anglo-francés de capitalistas quiere, en primer lugar, despojar a Alemania, quitándole sus colonias (casi todas se las han quitado ya), y después a Turquía.

El grupo alemán de capitalistas quiere arrebatar Turquía para sí y resarcirse de la pérdida de colonias con la conquista de pequeños Estados vecinos (Bélgica, Serbia, Rumania).

He ahí la auténtica verdad, encubierta con toda clase de mentiras burguesas acerca de la guerra «liberadora», «nacional», de la «guerra por el derecho y la justicia» y otros análogos oropeles con que los capitalistas embaucan siempre al pueblo sencillo.

Rusia no hace la guerra con su propio dinero. El capital ruso es partícipe del anglo-francés. Rusia hace la guerra para saquear Armenia, Turquía, Galitzia.

Guchkov, Lvov, Miliukov, nuestros actuales ministros, no son hombres casuales. Son representantes y jefes de toda la clase de los terratenientes y capitalistas. Están atados por los intereses del capital. Los capitalistas no pueden renunciar a sus intereses, como un hombre no puede levantarse a sí mismo tirándose de los pelos.

En segundo lugar, Guchkov-Miliukov y Cía. están atados al capital anglo-francés. Han hecho y hacen la guerra con dinero ajeno. Han prometido pagar por los miles de millones prestados cientos de millones anuales en concepto de intereses y exprimir este tributo de los obreros y campesinos rusos.

En tercer lugar, Guchkov-Miliukov y Cía. están atados por tratados directos sobre los fines de rapiña de esta guerra con Inglaterra, Francia, Italia, Japón y otros grupos de capitalistas-bandidos. Esos tratados los concertó aún el zar Nicolás II. Guchkov-Miliukov y Cía. se han aprovechado de la lucha de los obreros contra la monarquía zarista para conquistar el poder, y los tratados concertados por el zar los han confirmado. Así lo hizo todo el gobierno de Guchkov y Miliukov en su manifiesto, que la Agencia Telegráfica de Petersburgo transmitió por telégrafo al extranjero el 7 (20) de marzo: «el gobierno» (de Guchkov y Miliukov) «observará fielmente todos los tratados que nos unen con otras potencias», se dice en ese manifiesto. El nuevo ministro de Asuntos Exteriores, Miliukov, ha declarado lo mismo en su telegrama a todos los representantes de Rusia en el extranjero del 5 (18) de marzo de 1917.

Todos estos tratados son secretos, y Miliukov y Cía. no quieren hacerlos públicos por dos razones: 1) temen al pueblo, que no quiere la guerra de rapiña; 2) están atados al capital anglo-francés, que exige el secreto de los tratados. Pero todo el que lea los periódicos y estudie el asunto sabe que en esos tratados se habla del saqueo de China por el Japón, de Persia, Armenia, Turquía (Constantinopla, en particular), Galitzia, por Rusia, de Albania por Italia, de Turquía y las colonias alemanas por Francia e Inglaterra, etc.

Tal es el estado de cosas.
Por eso, dirigirse al gobierno de Guchkov y Miliukov con la proposición de concertar cuanto antes una paz honrosa, democrática, de buena vecindad, es lo mismo que si un bondadoso «padrecito» de aldea se dirigiera a los terratenientes y comerciantes proponiéndoles vivir «cristianamente», amar al prójimo y poner la mejilla derecha cuando le golpeen la izquierda. Los terratenientes y comerciantes escuchan el sermón, continúan oprimiendo y despojando al pueblo, y se llenan de admiración ante la habilidad del «padrecito» para consolar y apaciguar a los «mujiks».

Exactamente el mismo papel —independientemente de que tengan o no conciencia de ello— desempeñan todos los que, durante la actual guerra imperialista, se dirigen con buenos discursos sobre la paz a los gobiernos burgueses. Los gobiernos burgueses a veces se niegan en absoluto a escuchar tales discursos e incluso los prohíben; a veces permiten pronunciarlos, distribuyendo promesas a diestro y siniestro de que ellos precisamente guerrean en aras de la más rápida conclusión de la paz «más justa», y de que el único culpable es su enemigo. Las conversaciones sobre la paz dirigidas a los gobiernos burgueses resultan, de hecho, un engaño al pueblo.

Los grupos de capitalistas que han anegado la tierra en sangre por el reparto de tierras, mercados, concesiones, no pueden concertar una paz «honrosa». Sólo pueden concertar una paz vergonzosa, una paz sobre el reparto del botín saqueado, sobre el reparto de Turquía y de las colonias.

Y el gobierno de Guchkov y Miliukov, además, no está en general de acuerdo con la paz en el momento actual, pues ahora obtendría del «botín» «sólo» Armenia y una parte de Galitzia, mientras que él quiere saquear también Constantinopla y, además, recuperar de manos de los alemanes Polonia, a la que el zarismo oprimió siempre de manera tan inhumana y desvergonzada. Más aún, el gobierno de Guchkov y Miliukov es, en esencia, sólo un mandatario del capital anglo-francés, que quiere conservar las colonias saqueadas a Alemania y, encima, obligar a Alemania a devolver Bélgica y parte de Francia. El capital anglo-francés ayudó a los Guchkov y los Miliukov a derribar a Nicolás II, para que ellos le ayudaran a «vencer» a Alemania\*).

¿Qué hacer?
Para lograr la paz (y tanto más para lograr una paz realmente democrática, realmente honrosa), es necesario que el poder en el Estado no pertenezca a los terratenientes y capitalistas, sino a los obreros y a los campesinos más pobres. Los terratenientes y capitalistas son una ínfima minoría de la población; los capitalistas, como es bien sabido, sacan ganancias fabulosas de la guerra.

Los obreros y los campesinos más pobres son la inmensa mayoría de la población. Ellos no se enriquecen con la guerra, sino que se arruinan y pasan hambre. Ellos no están atados ni al capital, ni a los tratados entre los grupos de bandidos capitalistas; ellos pueden y quieren sinceramente poner fin a la guerra.

Si el poder estatal en Rusia perteneciera a los Soviets de Diputados Obreros, Soldados y Campesinos, estos Soviets y el Soviet de toda Rusia elegido por ellos podrían, y seguramente accederían, a llevar a la práctica el programa de paz que nuestro partido (el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia \*\*) trazó ya el 13 de octubre de 1915 en el núm. 47 de su órgano central, *Social-Demócrata* (que se editaba entonces, debido a la opresión de la censura zarista, en Ginebra).

Ese programa de paz sería, sin duda, el siguiente:
1) El Soviet de Diputados Obreros, Soldados y Campesinos de toda Rusia (o el Soviet de Petrogrado que lo sustituya temporalmente) declararía de inmediato que no está vinculado en modo alguno a ningún tratado ni de la monarquía zarista ni de los gobiernos burgueses.
2) Publicaría de inmediato todos esos tratados, para entregar a la vergüenza pública los fines de rapiña de la monarquía zarista y de todos los gobiernos burgueses sin excepción.
3) Propondría de inmediato y abiertamente a todas las potencias beligerantes concertar sin demora un armisticio.
4) Publicaría de inmediato, para conocimiento de todo el pueblo, nuestras condiciones de paz, obreras y campesinas: liberación de todas las colonias; liberación de todos los pueblos dependientes, oprimidos y carentes de plenos derechos.
5) Declararía que no espera nada bueno de los gobiernos burgueses, y propondría a los obreros de todos los países derrocarlos y entregar todo el poder en el Estado a los Soviets de Diputados Obreros.
6) Declararía que las deudas de miles de millones contraídas por los gobiernos burgueses para llevar a cabo esta guerra criminal, de rapiña, pueden pagarlas los propios señores capitalistas, y que los obreros y campesinos no reconocen esas deudas. Pagar los intereses de esos empréstitos significa pagar durante largos años un tributo a los capitalistas por haber permitido, magnánimamente, que los obreros se mataran unos a otros por el reparto del botín capitalista.

¡Obreros y campesinos! —diría el Soviet de Diputados Obreros—, ¿estáis dispuestos a pagar cientos de millones de rublos al año a los señores capitalistas como recompensa por una guerra que se ha hecho por el reparto de las colonias africanas, de Turquía, etc.?

Por estas condiciones de paz, el Soviet de Diputados Obreros, en mi opinión, accedería a hacer la guerra contra cualquier gobierno burgués y contra todos los gobiernos burgueses del mundo, porque sería una guerra verdaderamente justa, porque todos los obreros y trabajadores de todos los países ayudarían a su éxito.

El obrero alemán ve ahora que la belicosa monarquía en Rusia está siendo sustituida por una belicosa república, una república de capitalistas que desean continuar la guerra imperialista, que confirman los tratados de rapiña de la monarquía zarista\*\*\*).

Juzgad vosotros mismos: ¿puede confiar el obrero alemán en semejante república?
Juzgad vosotros mismos: ¿se mantendrá la guerra, se mantendrá la dominación de los capitalistas sobre la tierra, si el pueblo ruso, al que ayudaron y ayudan los vivos recuerdos de la gran revolución del año cinco, conquista la plena libertad y entrega todo el poder estatal en manos de los Soviets de Diputados Obreros y Campesinos?

Zúrich, 12/25 de marzo de 1917.
*N. Lenin*

\*) Este párrafo está tachado en el manuscrito con lápices azul y negro. —*Ed.*
\*\*) A continuación siguen, tachadas con lápiz negro, las palabras: «unificada por el Comité Central». —*Ed.*
\*\*\*) A partir de este párrafo, todo el final de la carta está tachado en el manuscrito con lápiz negro. —*Ed.*