30 de septiembre.

... Usted escribe: «demasiado tiempo he vivido en el mundo como para no saber que en estos casos la razón no está de un solo lado, sino de ambos». Lo admito plenamente. El problema es que esa «parte» no asimila la nueva situación, la nueva base, y exige lo que antes se conseguía fácilmente (aunque fuera tras meses de peleas) y ahora es irrealizable. La base ha cambiado, es un fait accompli[1]; pero ellos siguen guiándose sobre todo por lo ofensivo que resultó esto o aquello en el congreso, por la furia con que se comportó Lenin, etc. Lo ocurrido, no hay palabras, lo admito, y reconocí francamente mi «furia» en la carta a Starovier[2].

Pero la cuestión es que los resultados alcanzados mediante una lucha «furiosa» no son en absoluto furiosos, mientras que esa parte combate y combate a causa de la furia contra los propios resultados, contra los resultados inevitables y necesarios. Usted, desde hace tiempo, ya sabe hacia dónde marchaban las cosas. Sabe cómo expresó su firme convicción sobre el estorbo que representaban ciertos «viejos», y no dudará, por supuesto, de que la desdichada «troika» no es una añagaza, ni un golpe jacobino, sino la salida directa, natural y mejor, ¡vive Dios!, la mejor salida a tres años de «desgarramientos». La troika está construida sobre tres ángulos y elimina todo terreno para los desgarramientos. Usted sabe hasta qué punto llevaba la susceptibilidad y la actitud «personal» (en lugar de política) hacia el asunto de Mártov + Starovier + Zasúlich, cuando, por ejemplo, estuvieron a punto de «condenar» políticamente a un hombre por una historia de carácter puramente personal. Usted entonces, sin vacilar, se puso del lado de los «desolladores y verdugos». Y este caso es totalmente, totalmente típico. Pues ahora también — la raíz es la misma, la misma mezcla de lo personal y lo político, la misma sospecha de que nosotros deseamos manchar personalmente, cuando solo estamos apartando (y desplazando) políticamente. Y cuando usted me recuerda que también debo tener culpa, respondo: no pienso en la culpa personal ni la niego, pero de ello no se deriva la exigencia de un correctivo político. Precisamente en esto radica el callejón sin salida, el completo callejón sin salida de la situación: que por una suma de ofensas personales, de descontentos personales con la composición de los centros, exigen un correctivo político. ¡Tout ce que vous voulez, mais pas de ça![3] Y si se considera como causa (como algunos quieren) una divergencia política, ¿no es ridículo entonces exigir, para la «paz», la cooptación de un número mayor o al menos igual de adversarios políticos? Ridículo hasta el nec plus ultra[4]. Y el pequeño caso que cité más arriba, de una larga serie de desgarramientos, es típico no solo por su esencia, sino también por la forma del desenlace. ¿Sabe usted cómo nos impusimos entonces? Éramos minoría, pero nos impusimos por la firmeza, por la amenaza de llevar la cuestión «ante todos». Y ellos piensan ahora: haremos lo mismo. El problema es que ahora no es como entonces. Ahora la base formal es ineliminable. Si no existiera esta base formal, ¿por qué no seis, si la gente ha llegado al rojo vivo? Hemos penado tres años, penaremos otros tres; decidíamos no por votos, sino por la firmeza, decidamos también ahora por la firmeza. Pero esto ya no es posible: ese es el meollo. Y este cambio se niegan obstinadamente a verlo y comprenderlo. Esto es lo que hace la situación sin salida. Ahora el dilema es implacable: o divergencia en la cuestión de personas, y entonces es ridículo armar un escándalo político y abandonar el trabajo por eso. O divergencia política, y entonces es aún más ridículo «corregirla» imponiendo a determinadas personas de otro, digamos, matiz.

Ahora ellos toman (o fingen tomar) lo segundo. Entonces que entre Mártov en la troika y demuestre ante el partido los errores de los otros dos en su colegio: de lo contrario, si no participa en el colegio, no podrá obtener datos para desenmascarar esos errores y prevenir al partido contra ellos. De lo contrario, sus acusaciones no serán más que vano chismorreo de partido (Parteiklatsch) a cuenta del futuro.

Si optas por lo primero, entonces no lleves tu ofensa hasta el punto de abandonar el trabajo, que el trabajo te hará olvidar rápidamente la «furia». No hay callejón más sin salida que el callejón de apartarse del trabajo.

[1] Hecho consumado. (N. de la Red.)
[2] Véase el presente tomo, pág. 298. (N. de la Red.)
[3] ¡Todo lo que quiera, menos eso! (N. de la Red.)
[4] ¡En grado sumo! (N. de la Red.)

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Escrito el 30 de septiembre de 1903.
Enviado de Ginebra a Celle.
Publicado por primera vez en 1927 en la Recopilación Leninista VI.
Se reproduce según la copia manuscrita de N. K. Krúpskaya.