¡Querido amigo! Dentro de dos o tres días recibirá usted nuestro Órgano Central, y entonces, espero, habrá ya una plena «sintonía» en nuestros puntos de vista. Temo, hablando con franqueza, que algunos de sus pasos no sean interpretados en el sentido de que usted está eludiendo a nuestro representante legítimo en la Oficina Socialista Internacional, el Sr. Litvinoff. 76, High Street, Hampstead, Londres, N. W. Por supuesto, tal interpretación sería una tergiversación malintencionada, pero aún así sea más prudente.

Troelstra le ha engañado o inducido a error. Es un archioportunista y agente de las intrigas del centro más vil de los más viles oportunistas: los socialdemócratas alemanes (con Kautsky a la cabeza, defendiendo vilmente a los oportunistas) y su infame Vorstand. No acudiremos a conferencia alguna ni daremos paso alguno por iniciativa de semejantes canallas; nos mantendremos al margen: ¡que se cubran de vergüenza ellos solos! Y una vez se hayan cubierto de vergüenza, seguirán haciéndolo. Los franceses ya han rechazado sus intrigas, y sin los franceses sólo es posible una sucia comedia de sucios miserables.

Larin, por lo visto, le está engañando de manera desvergonzada. Si él expresa «confianza» en el Vorstand alemán, comprendo que Troelstra lo ha «anotado». ¡¡Cómo no!! ¡¡Confianza en los más inmundos oportunistas!! Por Dios, corrija lo que pueda corregir y no exprese la menor confianza, ni directa ni indirectamente, a ninguno de los oportunistas, ni alemanes ni franceses. Pannekoek tiene razón: la II Internacional ha muerto definitivamente. La mataron los oportunistas (y no el «parlamentarismo», como dijo el torpe Pannekoek). «Encolar» las divergencias no es más que una intriga miserable, y nosotros no debemos tomar parte en ella, ni directa ni indirectamente.

Procuraremos enviarle un par de hojas volantes en breve. No se vaya, tenga paciencia. Organice todo lo que le he escrito, espere hasta que el Órgano Central esté en Rusia, espere hasta que hayamos sintonizado plenamente con los camaradas rusos (con Kámenev y otros) después de que reciban el Órgano Central. Antes de que todo esto esté hecho, no hay ni que pensar en su partida. Nuestra mudanza es aún prematura 37. Aclare, de paso, si es posible imprimir materiales socialdemócratas en Suecia (como nuestro Órgano Central).

¡Pobre Gorki! Qué lástima que se haya cubierto de vergüenza firmando el inmundo papelucho de los liberales rusos 38. Tras ellos se han deslizado también Meshkovski, Plejánov, etc. (Máslov y Smirnov incluidos).

Consiga sin falta y relea (o pida que le traduzcan) «Weg zur Macht»* de Kautsky. ¡Lo que escribió allí sobre la revolución de nuestros días! ¡Y ahora, cómo se ha envilecido, renegando de todo aquello!

Nuestra causa ahora es la guerra despiadada contra el chovinismo, encubierto (con la cháchara sobre la defensa de la «patria», etc.), especialmente contra el «socialchovinismo» de Plejánov, Guesde, Kautsky (¡el más vil de todos, hipócrita!) y Cía. Defendiendo la revolución (burguesa en Rusia y socialista en Occidente), también la predicamos en medio de la guerra. Nuestra consigna es la guerra civil. Son sofismas puros eso de que esta consigna sea inadecuada, etcétera, etcétera. No podemos «hacerla», pero la predicamos y trabajamos en esa dirección. En cada país, ante todo, lucha contra el chovinismo de ese país, despertar el odio hacia su propio gobierno, llamamientos (reiterados, insistentes, repetidos, incansables) a la solidaridad de los obreros de los países beligerantes, a su guerra civil conjunta contra la burguesía.

Nadie se atreverá a garantizar cuándo y en qué medida se «justificará» prácticamente esta prédica: no es ésa la cuestión (sólo los viles sofistas reniegan de la agitación revolucionaria por la incertidumbre de cuándo estallará la revolución). La cuestión está en esa línea de trabajo. Sólo este trabajo —

* — «El camino al poder». — Ed.