Han pasado diez años desde la fundación de la «Pravda» legal, el diario bolchevique legal —según las leyes zaristas—¹¹¹. Y antes de este decenio hay aproximadamente otro decenio: nueve años (1903-1912), contando desde el surgimiento del bolchevismo, y si se cuenta desde la fundación de la vieja «Iskra»¹¹² (1900), de orientación completamente «bolchevique», entonces trece años (1900-1912).

El décimo aniversario del diario bolchevique publicado en Rusia... ¡Solo han pasado diez años desde entonces! Pero, por el contenido de la lucha y del movimiento, se ha vivido en este tiempo cien años. La rapidez del desarrollo social en los últimos cinco años es directamente sobrenatural, si se mide con las viejas medidas, con las medidas de los filisteos europeos, como los héroes de las II y II½ Internacionales —esos filisteos civilizados que están acostumbrados a considerar «natural» que cientos de millones de personas (más de mil millones, para ser exactos) en las colonias, en los países semidependientes y completamente pobres, acepten soportar el trato que se les da como a hindúes o chinos, soportar una explotación inaudita, el saqueo directo, el hambre, las violencias y las burlas —todo para que los «civilizados» puedan decidir «libre», «democrática» y «parlamentariamente» la cuestión de si repartirse pacíficamente el botín o matar a una docena o dos de millones para repartirse el botín imperialista —ayer entre Alemania e Inglaterra, mañana entre Japón y América (con tal o cual participación de Francia e Inglaterra).

La causa fundamental de esta inmensa aceleración del desarrollo mundial es la incorporación a él de nuevos cientos y cientos de millones de personas. La vieja Europa burguesa e imperialista, que estaba acostumbrada a considerarse el ombligo del mundo, se pudrió y reventó en la primera matanza imperialista como un absceso fétido. Por más que se lamenten por ello los Spengler y todos los pequeñoburgueses ilustrados capaces de entusiasmarse (o al menos de ocuparse) con él, esta decadencia de la vieja Europa significa solo uno de los episodios en la historia de la caída de la burguesía mundial, hartada del saqueo imperialista y de la opresión de la mayoría de la población de la tierra.

Esa mayoría ahora ha despertado y se ha puesto en movimiento, que ni las potencias más fuertes y «poderosas» pueden detener. ¡Qué van a poder! Los actuales «vencedores» en la primera matanza imperialista no pueden vencer ni siquiera a la pequeña, insignificante pequeña Irlanda, no pueden vencer ni siquiera la confusión que se ha creado entre ellos mismos en las cuestiones financieras y monetarias. Mientras que la India y China hierven. Eso son más de 700 millones de personas. Esto, con la adición de los países asiáticos circundantes y enteramente similares a ellos, es más de la mitad de la población de la tierra. Allí se avecina, inexorable y cada vez más rápidamente, el año 1905 —con la diferencia esencial e inmensa de que en 1905 la revolución en Rusia pudo aún transcurrir (al menos al principio) aisladamente, es decir, sin arrastrar inmediatamente a la revolución a otros países. Mientras que las revoluciones que crecen en la India y en China ya se están incorporando y se han incorporado a la lucha revolucionaria, al movimiento revolucionario, a la revolución internacional.

El décimo aniversario del diario legal bolchevique «Pravda» nos muestra claramente uno de los jalones de la gran aceleración de la grandísima revolución mundial. En 1906-1907 el zarismo aplastó la revolución, al parecer, por completo. El Partido bolchevique supo, al cabo de pocos años, avanzar —en otra forma, de otro modo— hacia la ciudadela del enemigo y comenzar diariamente, «legalmente», la labor de volar desde dentro la maldita autocracia zarista y terrateniente. Pasaron otros pocos años, y la revolución proletaria organizada por el bolchevismo venció.

Cuando se fundó la vieja «Iskra», en 1900, en ello participó apenas una decena de revolucionarios. Cuando surgió el bolchevismo, en ello participaron, en los congresos ilegales de Bruselas y Londres en 1903, unas cuatro decenas de revolucionarios¹¹³.

En 1912-1913, cuando surgió la «Pravda» legal bolchevique, detrás de ella estaban decenas y cientos de miles de obreros que, con sus recaudaciones de kopeks, vencieron tanto la opresión del zarismo como la competencia de los traidores pequeñoburgueses del socialismo, los mencheviques.

En noviembre de 1917, en las elecciones a la Asamblea Constituyente, votaron por los bolcheviques 9 millones de 36. Pero en la realidad, no en la votación, sino en la lucha, a fines de octubre y en noviembre de 1917 estaban por los bolcheviques la mayoría del proletariado y del campesinado consciente, representados por la mayoría de los delegados del II Congreso Panruso de los Soviets, por la mayoría de la parte más activa y consciente del pueblo trabajador, precisamente el ejército de entonces, de doce millones de hombres.

Tal es el pequeño cuadro numérico de la «aceleración» del movimiento revolucionario mundial en los últimos veinte años. Un cuadro muy pequeño, muy incompleto, en el que se expresa muy groseramente la historia de un pueblo de solo 150 millones de habitantes, mientras que en estos veinte años comenzó y creció hasta convertirse en una fuerza invencible la revolución en países con una población de hasta mil millones y más (toda Asia, sin olvidar también el África del Sur, que recientemente recordó su pretensión de ser humanos, no esclavos, y lo recordó de una manera no del todo «parlamentaria»).

Y si algunos, perdón por la expresión, «spengleritos» deducen de aquí (hay que esperar toda clase de tonterías de los dirigentes «listos» de las II y II½ Internacionales) que con este cálculo se excluye de las fuerzas revolucionarias al proletariado de Europa y América, responderemos: los mencionados dirigentes «listos» razonan constantemente como si del hecho de que nueve meses después de la concepción se debe esperar el nacimiento de un niño, se pudiera determinar la hora y el minuto del parto, la posición del niño en el parto, el estado de la parturienta durante el parto, y el grado exacto de dolores y peligros que el niño y la parturienta tendrán que sufrir. ¡Gente «lista»! No pueden adivinar de ninguna manera que, desde el punto de vista del desarrollo de la revolución internacional, el paso del cartismo a los Henderson, lacayos de la burguesía, o de Varlin a Renaudel, o de Wilhelm Liebknecht y Bebel a Südekum, Scheidemann y Noske, no es más que algo así como el «paso» de un automóvil de una carretera llana y uniforme de cien verstas a un charco sucio y fétido en la misma carretera, a un charco de unas cuantas arshinas.

Los hombres hacen ellos mismos su historia. Pero los cartistas, los Varlin y los Liebknecht la hacen con su cabeza y su corazón. En cambio, los dirigentes de las II y II½ Internacionales la «hacen» con partes del cuerpo muy diferentes: fertilizan el terreno para nuevos cartistas, para nuevos Varlin, para nuevos Liebknecht.

La autoilusión sería el mayor daño para los revolucionarios en el momento presente, el más difícil. Aunque el bolchevismo se ha convertido en una fuerza internacional, aunque en todos los países civilizados y avanzados ya han nacido nuevos cartistas, nuevos Varlin, nuevos Liebknecht, que crecen bajo la forma de partidos comunistas legales (como era legal nuestra «Pravda» bajo el zarismo hace diez años), sin embargo, la burguesía internacional sigue siendo todavía incomparablemente más fuerte que su enemigo de clase. Esta burguesía, que ha hecho todo lo que ha podido para dificultar el parto, para decuplicar los peligros y los dolores del parto del poder proletario en Rusia, está aún en condiciones de condenar a millones y decenas de millones de personas a los dolores y a la muerte mediante guerras contrarrevolucionarias e imperialistas, etc. No debemos olvidarlo. Debemos adecuar hábilmente nuestra táctica a esta peculiaridad de la situación actual. La burguesía puede, por ahora, atormentar, torturar, matar libremente. Pero no puede detener la victoria completa, inevitable y —desde el punto de vista histórico-mundial— no muy lejana, del proletariado revolucionario.

2/V. 1922.

«Pravda» nº 98, 5 de mayo de 1922.

Firmado: N. Lenin

Se publica según el texto del periódico «Pravda».