Imaginemos que un representante de los comunistas tiene que penetrar en un local donde los representantes de la burguesía hacen su propaganda ante una asamblea de obreros bastante numerosa. Imaginemos, además, que la burguesía exige de nosotros un precio elevado por la entrada en ese local. Si el precio no fue estipulado de antemano, debemos, por supuesto, regatear para no gravar el presupuesto de nuestro partido. Si hemos pagado demasiado caro por la entrada en ese local, sin duda hemos cometido un error. Pero es mejor pagar caro —al menos mientras no aprendamos a regatear como es debido— que renunciar a la posibilidad de intervenir con nuestra palabra ante los obreros que hasta ahora han estado en posesión exclusiva, por así decirlo, de los reformistas, es decir, de los más fieles amigos de la burguesía.

Esta comparación me vino a la mente al leer en la "Pravda" de hoy una noticia telegráfica de Berlín sobre las condiciones en que se ha llegado a un acuerdo entre los representantes de las tres Internacionales.

Nuestros representantes actuaron incorrectamente, en mi opinión, al aceptar las dos condiciones siguientes: primera condición, que el Poder Soviético no aplicará la pena de muerte en el proceso de los 47 socialistas-revolucionarios; segunda condición, que el Poder Soviético permitirá que estén presentes en el juicio los representantes de las tres Internacionales.

## Hemos Pagado Demasiado Caro

Ambas condiciones no son otra cosa que una concesión política que el proletariado revolucionario ha hecho a la burguesía reaccionaria. Si alguien dudara de la exactitud de tal definición, para desenmascarar la ingenuidad política de esa persona bastaría con plantearle la pregunta: ¿aceptaría el gobierno inglés u otro gobierno contemporáneo que los representantes de las tres Internacionales estuvieran presentes en el proceso contra los obreros irlandeses acusados de insurrección del 89? ¿O en el proceso contra los obreros de África del Sur acusados de la reciente insurrección del 90? ¿Aceptarían en estos casos y otros semejantes el gobierno inglés u otro gobierno que se les prometiera no aplicar la pena de muerte a sus adversarios políticos? Basta reflexionar un poco sobre esta cuestión para comprender la siguiente verdad simple: tenemos ante nosotros, en todo el mundo, la lucha de la burguesía reaccionaria contra el proletariado revolucionario. En este caso, la Internacional Comunista, que representa a una de las partes en esta lucha, hace una concesión política a la otra parte: la burguesía reaccionaria. Pues todo el mundo sabe (excepto aquellos que quieren ocultar la verdad evidente) que los eseristas dispararon contra los comunistas y organizaron insurrecciones contra ellos, actuando de hecho, y a veces formalmente, en un frente único con toda la burguesía reaccionaria internacional.

Cabe preguntarse: ¿qué concesión nos ha hecho a cambio la burguesía internacional? La respuesta solo puede ser una: ninguna concesión nos ha hecho.

Solamente los razonamientos que oscurecen esta verdad simple y clara de la lucha de clases, solamente los razonamientos que echan arena a los ojos de los obreros y las masas trabajadoras, pueden intentar oscurecer esta verdad evidente. Según el acuerdo firmado en Berlín por los representantes de la III Internacional, ya hemos hecho dos concesiones políticas a la burguesía internacional. A cambio no hemos recibido de ella ninguna concesión.

Los representantes de las Internacionales II y II ½ desempeñaron el papel de chantajistas de una concesión política que el proletariado hizo a la burguesía, negándose resueltamente

a llevar a cabo, o siquiera a intentar llevar a cabo, alguna concesión política por parte de la burguesía internacional hacia el proletariado revolucionario. Por supuesto, este hecho político indiscutible fue oscurecido por hábiles representantes de la diplomacia burguesa (la burguesía ha enseñado a los representantes de su clase a ser buenos diplomáticos durante muchos siglos), pero el intento de oscurecer el hecho no cambia en nada el hecho mismo. Que ciertos representantes de las Internacionales II y II ½ estuvieran directa o indirectamente vinculados con la burguesía es, en este caso, una cuestión completamente secundaria. No los acusamos de vínculos directos. Es completamente irrelevante para el asunto si hubo un vínculo directo o un vínculo indirecto bastante enredado. Para el asunto solo importa que la Internacional Comunista hizo una concesión política a la burguesía internacional bajo la presión de los representantes de las Internacionales II y II ½ y que a cambio no recibimos ninguna concesión.

¿Qué conclusión se desprende de esto?

La conclusión es, ante todo, que los camaradas Radek, Bujarin y otros, que representaban a la Internacional Comunista, actuaron incorrectamente.

Además. ¿Se deduce de esto que debemos romper el acuerdo que firmaron? No. Creo que semejante conclusión sería incorrecta y que no debemos romper el acuerdo firmado. Solo debemos sacar la conclusión de que los diplomáticos burgueses resultaron esta vez más hábiles que los nuestros y que la próxima vez —si el precio de entrada al local no se estipula de antemano— tendremos que regatear y maniobrar con más habilidad. Tendremos que establecer como regla no hacer concesiones políticas a la burguesía internacional (por hábilmente que estén encubiertas estas concesiones por cualesquiera mediadores) si no recibimos a cambio concesiones más o menos equivalentes por parte de la burguesía internacional hacia la Rusia Soviética o hacia otros destacamentos del proletariado internacional que lucha contra el capitalismo.

## Hemos Pagado Demasiado Caro

Es posible que los comunistas italianos y una parte de los comunistas y sindicalistas franceses, que estaban en contra de la táctica del frente único, saquen de las consideraciones anteriores la conclusión de que la táctica del frente único es errónea 91. Esta conclusión sería manifiestamente incorrecta. Si los representantes de los comunistas pagaron demasiado caro por la entrada en el local donde tienen alguna, aunque pequeña, posibilidad de dirigirse a los obreros que hasta ahora se encuentran en posesión exclusiva de los reformistas, hay que tratar de corregir ese error la próxima vez. Pero un error incomparablemente mayor sería renunciar a toda condición y a todo pago para penetrar en ese local cerrado y bastante bien guardado. El error de los camaradas Radek, Bujarin y otros no es grande; es tanto menos grande cuanto que, como máximo, corremos el riesgo de que, alentados por los resultados de la conferencia de Berlín, los adversarios de la Rusia Soviética organicen dos o tres atentados, quizá con éxito, contra personas determinadas. Pues ahora saben de antemano que pueden disparar contra los comunistas teniendo la posibilidad de que una conferencia como la de Berlín impida a los comunistas disparar contra ellos.

Pero, en todo caso, hemos abierto alguna brecha en el local cerrado. En todo caso, el camarada Radek ha conseguido desenmascarar, al menos ante una parte de los obreros, que la II Internacional se negó a incluir entre las consignas de la manifestación la consigna de la abolición del Tratado de Versalles 92. El error más grande de los comunistas italianos y de una parte de los comunistas y sindicalistas franceses consiste en que se contentan con el conocimiento que ellos tienen. Se contentan con saber bien que los representantes de las Internacionales II y II ½, así como los señores Paul Levi, Serrati y otros, son los más hábiles representantes de la burguesía y conductores de su influencia. Pero las personas y los obreros que saben esto con verdadera firmeza y comprenden realmente su significado son, sin duda, una minoría tanto en Italia como en Inglaterra, en América y en Francia. Los comunistas no deben cocerse en su propio jugo, sino aprender a actuar

de modo que, sin detenerse ante sacrificios conocidos, sin temer los errores inevitables al inicio de cualquier tarea nueva y difícil, penetren en el local cerrado donde los representantes de la burguesía ejercen su influencia sobre los obreros. Los comunistas que no quieran comprender esto y no quieran aprenderlo no pueden esperar conquistar a la mayoría de los obreros o, en todo caso, dificultan y retrasan la conquista de esa mayoría. Y esto, para los comunistas y para todos los partidarios reales de la revolución obrera, es algo completamente imperdonable.

La burguesía, en la persona de sus diplomáticos, resultó una vez más más hábil que los representantes de la Internacional Comunista. Tal es la lección de la conferencia de Berlín. No olvidaremos esta lección. De esta lección extraeremos todas las conclusiones necesarias. Los representantes de las Internacionales II y II ½ necesitan el frente único porque esperan debilitarnos mediante concesiones excesivas de nuestra parte; esperan penetrar en nuestro local comunista sin ningún pago; esperan, mediante la táctica del frente único, convencer a los obreros de la justeza de la táctica reformista y de la incorrección de la táctica revolucionaria. Nosotros necesitamos el frente único porque esperamos convencer a los obreros de lo contrario. Los errores de nuestros representantes comunistas los echaremos sobre ellos y sobre los partidos que cometen esos errores, tratando de aprender en el ejemplo de estos errores y lograr no repetirlos en el futuro. Pero en ningún caso echaremos los errores de nuestros comunistas sobre las masas del proletariado, que en todo el mundo se enfrentan al embate del capital que las ataca. Para ayudar a estas masas a luchar contra el capital, para ayudarlas a comprender el "mecanismo astuto" de los dos frentes en toda la economía internacional y en toda la política internacional, por eso hemos aceptado la táctica del frente único y la llevaremos hasta el final.

Dictado por teléfono el 9 de abril de 1922.
"Pravda" nº 81, 11 de abril de 1922.

Firma: Lenin

Se imprime según el texto del periódico "Pravda".