Este es un libro de un guardia blanca, Arcadi Averchenko, llevado casi hasta el oscurecimiento de la razón por la amargura: «Una docena de cuchillos en la espalda de la revolución». París, 1921. Es interesante observar cómo el odio llevado hasta la ebullición ha provocado tanto los puntos notablemente fuertes como los notablemente débiles de este libro altamente talentoso. Cuando el autor dedica sus relatos a un tema que le es desconocido, el resultado no es artístico. Por ejemplo, el relato que describe a Lenin y Trotski en la vida doméstica. Hay mucha saña, pero no se parece, ¡querido ciudadano Averchenko! Le aseguro que Lenin y Trotski tienen muchos defectos en cualquier aspecto, incluido, por tanto, también en la vida doméstica. Solo que, para escribirlos con talento, hay que conocerlos. Y usted no los conoce.

En cambio, la mayor parte del libro está dedicada a temas que Arcadi Averchenko conoce magníficamente, que ha vivido, reflexionado y sentido. Y con un talento asombroso se describen las impresiones y el estado de ánimo del representante de la vieja Rusia, la de los terratenientes y fabricantes, rica, atiborrada y que atiborraba a otros. Así, exactamente así debe parecer la revolución a los representantes de las clases dirigentes. El odio que arde en llamas hace que los relatos de Averchenko a veces –y en su mayoría– sean brillantes hasta lo asombroso. Hay incluso obritas verdaderamente magníficas, por ejemplo, «La hierba pisoteada por las botas», sobre la psicología de los niños que han vivido y viven la guerra civil.

Sin embargo, el autor solo se eleva hasta el auténtico patetismo cuando habla de la comida. Cómo comían los ricos en la vieja Rusia, cómo merendaban en Petrogrado –no, no en Petrogrado, sino en Petersburgo– por 14 rublos con cincuenta kopeks y por 50 rublos, etc. El autor lo describe directamente con voluptuosidad: esto sí lo sabe, esto lo ha vivido y sentido, aquí ya no cometerá errores. El conocimiento del tema y la sinceridad son fuera de lo común.

En el último relato: «Fragmentos hechos añicos» se describe en Crimea, en Sebastopol a un antiguo senador –«era rico, generoso, con influencias»– «ahora en el almacén de artillería descarga y clasifica proyectiles a jornal», y al antiguo director de «una enorme fábrica metalúrgica, considerada la primera del lado de Víborg. Ahora es dependiente de un almacén de comisiones, y en los últimos tiempos incluso ha adquirido cierta experiencia en la tasación de capotes de mujer usados y osos de peluche de felpa traídos a comisión».

Ambos viejecitos recuerdan lo antiguo, los atardeceres de Petersburgo, las calles, los teatros, por supuesto la comida en «El Oso», en «La Viena» y en «El Pequeño Yaroslavl», etc. Y los recuerdos son interrumpidos por exclamaciones: «¿Qué les hicimos nosotros? ¿A quién estorbábamos?» ... «¿En qué les estorbaba todo esto?» ... «¿Por qué hicieron esto con Rusia?» ...

Arcadi Averchenko no puede comprender por qué. Los obreros y los campesinos lo comprenden, al parecer, sin dificultad y no necesitan explicaciones.

Algunos relatos, en mi opinión, merecen ser reimpresos. Hay que alentar el talento.

«Pravda» № 263, 22 de noviembre de 1921.

Firma: N. Lenin

Se publica según el texto del periódico «Pravda».