En la primavera de 1919 tuve ocasión de pronunciar un informe ante los obreros de Petrogrado. El informe, como es costumbre, fue taquigrafiado. Fue taquigrafiado, como es costumbre, muy mal —o quizá no tan mal, sino que yo hablé, como es costumbre, mal. El informe, mal taquigrafiado o mal pronunciado, fue, como es costumbre, publicado.

Conociendo demasiado bien y sintiendo demasiado agudamente todo esto «malo» y todo esto «como es costumbre», envié entonces a los camaradas de Petrogrado el siguiente «epílogo» a mi informe (publicado, si la memoria no me falla, bajo el título: «Éxitos y dificultades del poder soviético»):

«EPÍLOGO

Tras haber dedicado no poco trabajo a corregir la taquigrafía de mi discurso, me veo obligado a dirigir una súplica apremiante a todos los camaradas que quieran taquigrafiar mis discursos para su publicación.

La súplica consiste en que nunca se fíen ni de la taquigrafía ni de ninguna otra transcripción de mis discursos, nunca persigan su transcripción, nunca publiquen transcripciones de mis discursos.

En lugar de la transcripción de mis discursos, si hay necesidad de ello, que publiquen reseñas de los mismos. He visto en los periódicos

tales reseñas de mis discursos que resultaban satisfactorias. Pero ni una sola vez he visto una transcripción siquiera medianamente satisfactoria de mi discurso. De qué se debe esto, no me atrevo a juzgar: si por la excesiva rapidez de mi habla, o por su construcción incorrecta, o por alguna otra causa, pero el hecho es un hecho. Ni una sola transcripción satisfactoria de mi discurso, ni taquigráfica ni de ningún otro tipo, he visto jamás. Mejor una buena reseña del discurso que una mala transcripción del mismo. Por eso ruego: nunca publiquéis ninguna transcripción de mis discursos. 17. IV. 1919. //. Lenin».

Este epílogo lo envié a Petrogrado con la siguiente posdata: «Ruego encarecidamente a los camaradas de Petrogrado que impriman lo siguiente como prólogo o como epílogo a mi discurso, aunque sea en el tipo más pequeño. 17. IV. Lenin».

El lector ve con qué cautela, casi en tono suplicante, rogaba yo a los camaradas petrogradenses que imprimieran «aunque sea en el tipo más pequeño» estas pocas líneas. Como es costumbre, los petrogradenses —encabezados por el camarada Zinóviev—... ¿cómo decirlo más suavemente?... me «tomaron el pelo». Como es costumbre, los petrogradenses aman extraordinariamente mostrar su autonomía e independencia a toda costa —hasta el punto de no cumplir la petición del autor, obligatoria para todas las demás personas, camaradas y ciudadanos, en todos los países y en todas las repúblicas, incluso soviéticas (a excepción del independiente Petrogrado). Cuando yo, al ver que los petrogradenses no habían cumplido mi petición, me quejé amargamente al camarada Zinóviev, este, como es costumbre, me respondió: «El asunto ya está hecho, ahora no se puede corregir, y además, ¿cómo podíamos imprimir un epílogo con el que usted desacredita su folleto?». Así, a la... «independencia» se añadió además la astucia, y fui definitivamente dejado en ridículo.

Recientemente, la historia de los discursos mal pronunciados o (quizá «y») mal taquigrafiados se repitió de nuevo: fueron mis discursos en el II Congreso Panruso de los Departamentos de Instrucción Política y en la Conferencia del Partido del Gobierno de Moscú *.

Escarmentado por la amarga experiencia, decidí ahora proceder de manera menos «suplicante». Busqué en mi archivo mi viejo prólogo del 17. IV. 1919 y lo publico como prólogo a mis dos artículos. No reimprimo ninguno de los dos discursos mencionados por la razón indicada más arriba.

Que triunfe la verdad —más vale tarde que nunca. Y triunfará en muchos sentidos: también en que los petrogradenses serán, aunque sea en pequeña medida, castigados por su excesiva «independencia» y por su astucia; también en que el público lector conocerá, por fin, con la mayor exactitud, claridad y evidencia, todo el grado de inutilidad de la transcripción de mis discursos; también en que los interesados en mis consideraciones sobre una de las principales tareas del momento en el ámbito de nuestra «nueva política económica» recibirán un texto completamente exacto de lo que realmente quise decir y realmente dije.

N. Lenin
16. XI. 1921.