Es extraño que se vuelva a plantear una cuestión tan elemental, tan de abecé. Desgraciadamente, Trotsky y Bujarin nos obligan a hacerlo. Ambos me acusan de «sustituir» la cuestión, o de que abordo el problema «políticamente», mientras que ellos lo abordan «económicamente». Bujarin llegó incluso a incluir esto en sus tesis y pretendió «elevarse por encima» de ambos contendientes: yo, según él, combino una cosa y la otra.

La incorrección teórica es clamorosa. La política es la expresión concentrada de la economía, repetí en mi discurso, ya que antes ya había oído ese reproche absurdo, completamente inadmisible en boca de un marxista, por mi enfoque «político». La política no puede dejar de tener primacía sobre la economía. Razonar de otro modo significa olvidar el abecé del marxismo.

¿Acaso mi valoración política es incorrecta? Díganlo y demuéstrenlo. Pero decir (o siquiera admitir indirectamente la idea) de que el enfoque político equivale al «económico», de que se puede tomar «una y otra cosa», eso significa olvidar el abecé del marxismo.

En otras palabras. El enfoque político significa: si se aborda incorrectamente la cuestión de los sindicatos, esto arruinará el poder soviético, la dictadura del proletariado. (La escisión del partido con los sindicatos, en la hipótesis de que el partido esté equivocado, derrocaría con toda seguridad el poder soviético en un país campesino como Rusia.) Se puede (y se debe) verificar esta consideración en el fondo, es decir, analizar, profundizar, decidir si este enfoque es correcto o incorrecto. Decir: yo «valoro» su enfoque político, «pero» esto es solo político, nosotros necesitamos «también el económico», es lo mismo que decir: yo «valoro» su consideración de que, dando tal paso, se rompe el cuello, pero considere también que estar harto y vestido es mejor que estar hambriento y desnudo.

Bujarin ha caído teóricamente en el eclecticismo, predicando la combinación del enfoque político y económico.

Trotsky y Bujarin presentan la cosa como si nosotros nos preocupáramos por el crecimiento de la producción, y ustedes solo por la democracia formal. Esta presentación es falsa, porque la cuestión se plantea (y, según el marxismo, solo puede plantearse) así: sin un enfoque político correcto ante el asunto, una clase determinada no mantendrá su dominación y, por consiguiente, no podrá resolver tampoco su tarea productiva.

Más concretamente. Zinóviev dice: «Ustedes cometen un error político al provocar escisiones en los sindicatos. Sobre el crecimiento de la producción hablé y escribí ya en enero de 1920, poniendo como ejemplo la construcción de una casa de baños». Trotsky responde: «¡Vaya una cosa! ¡Piénsalo! (pág. 29) escribir un folleto con el ejemplo de la casa de baños, y ustedes en cambio “ni una palabra”, “ni una sola palabra” (pág. 22) sobre lo que deben hacer los sindicatos».

Es falso. El ejemplo de la casa de baños vale, disculpen el retruécano, por diez «atmósferas productivas» más unas cuantas «democracias productivas». El ejemplo de la casa de baños dice clara, simplemente, precisamente para la masa, precisamente para las «capas profundas», lo que deben hacer los sindicatos, mientras que las «atmósferas productivas» y las «democracias» son broza que ciega los ojos de las masas obreras y dificulta su comprensión.

El camarada Trotsky también me reprochó que «Lenin no ha dicho ni una palabra» (pág. 66) sobre «el papel que juegan y deben jugar esas palancas que se llaman el aparato de los sindicatos».

Disculpe, camarada Trotsky: tras haber leído íntegramente las tesis de Rydzutak y haberme adherido a ellas, dije sobre esto más, más completa, más correcta, más simple y más claramente que todas sus tesis, todo su informe o co-informe y su discurso de clausura. Porque, repito, los premios en especie y los tribunales disciplinarios de camaradas significan cien veces más para el dominio de la economía, para la dirección de la industria, para elevar el papel productivo de los sindicatos, que las palabras completamente abstractas (y por ello vacías) sobre la «democracia productiva», la «fusión» y cosas por el estilo.

Bajo el pretexto de plantear el punto de vista «productivo» (Trotsky) o de superar la unilateralidad del enfoque político y combinar este enfoque con el económico (Bujarin), se nos ha ofrecido:

1) El olvido del marxismo, expresado en la definición teóricamente incorrecta y ecléctica de la relación de la política con la economía;

2) La defensa o encubrimiento del error político que se expresa en la política de «sacudida» [peretriasjivanie], que impregna de cabo a rabo todo el folleto-plataforma de Trotsky. Y este error, si no se reconoce y no se corrige, conduce a la caída de la dictadura del proletariado;

3) Un paso atrás en el ámbito de las cuestiones puramente productivas, económicas, de las cuestiones sobre cómo aumentar la producción; precisamente un paso atrás desde las tesis prácticas de Rydzutak, que plantean tareas concretas, prácticas, vitales, vivas (desarrollad la propaganda productiva, aprended a distribuir bien los premios en especie y a emplear más correctamente la coacción en forma de tribunales disciplinarios de camaradas), hacia tesis generales abstractas, desustanciadas, teóricamente incorrectas, formuladas de manera intelectualoide, con olvido de lo más práctico y concreto.

Esta es, en realidad, la correlación entre Zinóviev y yo, por un lado, y Trotsky y Bujarin, por el otro, en la cuestión de la política y la economía.

No pude, por tanto, leer sin sonreír la objeción que me hizo el camarada Trotsky el 30 de diciembre: «El camarada Lenin en su discurso de clausura en el VIII Congreso de los Soviets, en el informe sobre nuestra situación, dijo que necesitamos menos política, más economía, y en la cuestión de los sindicatos, ponía en primer plano el aspecto político del asunto» (pág. 65). Al camarada Trotsky estas palabras le parecieron «sumamente acertadas». En realidad, expresan la más desesperada confusión de conceptos, una «mezcolanza ideológica» realmente sin límites. Por supuesto, yo siempre he expresado, expreso y expresaré el deseo de que nos ocupemos menos de política y más de economía. Pero no es difícil entender que para cumplir estos deseos es necesario que no haya peligros políticos ni errores políticos. Los errores políticos cometidos por el camarada Trotsky y profundizados, agravados por el camarada Bujarin, distraen a nuestro partido de las tareas económicas, del trabajo «productivo», nos obligan, desgraciadamente, a perder tiempo corrigiendo estos errores, discutiendo con la desviación sindicalista (que conduce a la caída de la dictadura del proletariado), discutiendo contra el enfoque incorrecto del movimiento sindical (enfoque que conduce a la caída del poder soviético), discutiendo sobre «tesis» generales en lugar de una discusión práctica, «económica», sobre quién daba mejor y más exitosamente los premios en especie, organizaba los tribunales, realizaba la fusión sobre la base de las tesis de Rydzutak, aprobadas del 2 al 6 de noviembre por la V Conferencia Panrusa de Sindicatos: los molineros de Sarátov, los mineros del carbón del Donbás, los metalúrgicos de Petrogrado, etc.

Tomemos la cuestión de la utilidad de la «amplia discusión». Aquí vemos también cómo los errores políticos distraen de las tareas económicas. Yo estaba en contra de la llamada «amplia» discusión y consideré y considero un error, un error político del camarada Trotsky, que hubiera frustrado la comisión sindical, en la que debía haberse dado una discusión de trabajo. Considero un error político del grupo «amortiguador» encabezado por Bujarin, que no comprendieran las tareas del amortiguador (sustituyendo también aquí la dialéctica por el eclecticismo); precisamente desde el punto de vista del «amortiguador» debían haber salido con enérgica furia contra la amplia discusión, a favor de trasladar la discusión a la comisión sindical. Miren lo que ha pasado.

El 30 de diciembre Bujarin llegó a decir que «hemos proclamado una nueva consigna sagrada de democracia obrera, que consiste en que todas las cuestiones se discutan no en estrechos colegios, no en pequeñas asambleas, no en una corporación cualquiera, sino que todas las cuestiones se lleven a amplias asambleas. Y yo afirmo que, llevando la cuestión del papel de los sindicatos a una asamblea tan grande como la de hoy, damos con ello un paso no atrás, sino adelante» (pág. 45). ¡Y este hombre acusaba a Zinóviev de charlatanería [vodoleistvo] y de exagerar la democracia! ¡Pura charlatanería y «soltar tonterías», completa incomprensión de que el democratismo formal debe estar subordinado a la conveniencia revolucionaria!

No está mejor en Trotsky. Sale con la acusación: «Lenin quiere a toda costa eliminar, sabotear la discusión de fondo de la cuestión» (pág. 65). Declara: «Por qué no entré en la comisión, lo dije claramente en el CC: mientras no se me permita, en igualdad de condiciones con todos los demás camaradas, plantear estas cuestiones en toda su amplitud en la prensa del partido, mientras tanto no espero ninguna utilidad de la consideración secreta de estas cuestiones y, por tanto, tampoco del trabajo en la comisión» (pág. 69).

¿El resultado? No ha pasado ni un mes desde que Trotsky el 25 de diciembre comenzó la «amplia discusión», y difícilmente se encontrará 1 de cada 100 responsables del trabajo del partido que no sienta hastío por esta discusión, que no reconozca su inutilidad (por no decir algo peor). Porque Trotsky ha quitado tiempo al partido discutiendo sobre palabras, sobre malas tesis, tildando de «secreta» precisamente la consideración práctica, económica en la comisión, que se habría propuesto como tarea el estudio y la verificación de la experiencia práctica para, aprendiendo de esta experiencia, avanzar en el verdadero trabajo «productivo», y no retroceder, desde la obra viva a la escolástica muerta de toda clase de «atmósferas productivas».

Tomemos la célebre «fusión». Yo aconsejé el 30 de diciembre callar sobre ella, porque no hemos estudiado nuestra propia experiencia práctica, y sin esa condición las discusiones sobre la fusión degeneran inevitablemente en charlatanería, en una dispersión vacía de las fuerzas del partido del trabajo económico. Llamé «proyectismo burocrático» a las tesis de Trotsky sobre este punto, con propuestas de introducir en los consejos de economía nacional de 1/3 a 1/2 y de 1/2 a 2/3 de representantes de los sindicatos[24].

Por esto se enfadó mucho conmigo Bujarin, quien, según veo en la pág. 49 del informe, me demostraba detallada y minuciosamente «que cuando la gente se reúne y habla de algo, no debe hacerse la sordomuda» (literalmente impreso en dicha página). Se enfadó también Trotsky, quien exclamó:

«Pido a cada uno de ustedes que anote en su libreta que el camarada Lenin ha llamado a esto burocracia en tal fecha, y yo me atrevo a predecir que esto será dentro de unos meses tomado en consideración y como guía, para que en el VCSPS [Consejo Central de Sindicatos de toda Rusia] y el VSNJ [Consejo Superior de Economía Nacional], en el Comité Central de Metalúrgicos y en el departamento de metal, etc., haya trabajadores comunes de un tercio a la mitad…» (pág. 68).

Al leer esto, pedí al camarada Miliutin (vicepresidente del Consejo Superior de Economía Nacional) que me enviara los informes impresos existentes sobre la cuestión de la fusión. Pienso para mí: empezaré, aunque sea poco a poco, a estudiar nuestra experiencia práctica, porque es insoportablemente aburrido dedicarse al «hablar general del partido» (expresión de Bujarin, pág. 47, que quizás se convierta en una «palabrita alada» no menos que el famoso «sacudir») – en vano, sin material, sin hechos, inventándose discrepancias, definiciones, «democracias productivas».

Y bien, ya ahora la participación de los obreros, en promedio, es del 61,6%, es decir, más cerca de 2/3 que de la mitad. El carácter burocrático-proyectista de lo que escribió sobre esto el camarada Trotsky en sus tesis ya está demostrado. Hablar, discutir, escribir plataformas «de 1/3 a 1/2» o «de 1/2 a 2/3», todo esto es el más vacuo «hablar general del partido», distracción de fuerzas, medios, atención, tiempo del trabajo productivo, puro politicismo sin contenido serio. En cambio, en la comisión, donde hubiera personas con experiencia, donde no se aceptara escribir tesis sin haber estudiado los hechos, se podría con provecho para la causa dedicarse a verificar la experiencia – digamos, encuestar a una docena o dos (de los millares de «trabajadores comunes»), cotejar sus impresiones y conclusiones con los datos objetivos de la estadística, intentar obtener indicaciones prácticas para el futuro: si es necesario, con tales resultados de la experiencia, avanzar inmediatamente en la misma dirección o modificar algo y cómo modificar exactamente la dirección, los procedimientos, el enfoque, o, en interés de la causa, detenerse, verificar la experiencia una y otra vez, rehacer quizás algo, etc., etc.

Un verdadero «hombre de la economía», camaradas (permítanme también a mí dedicarme un poco a la «propaganda productiva»), sabe que los capitalistas y organizadores de trusts, incluso en los países más avanzados, durante muchos años, a veces diez años y más, se dedicaron al estudio y verificación de su (y ajena) experiencia práctica, corrigiendo, rehaciendo lo comenzado, retrocediendo, corrigiendo muchas veces, para lograr un sistema de dirección, una selección de administradores superiores e inferiores, etc., completamente adecuado al asunto. Así era bajo el capitalismo, que en todo el mundo civilizado se apoyaba en su trabajo económico en la experiencia y los hábitos de siglos. Y nosotros construimos sobre un terreno nuevo, que exige el más prolongado, tenaz y paciente trabajo de reeducación de los hábitos que el capitalismo nos ha legado y cuya transformación solo es posible muy gradualmente. Abordar esta cuestión como lo hace Trotsky es radicalmente incorrecto. «¿Hay – exclamaba en su discurso del 30 de diciembre – ¿hay entre nuestros obreros, entre los trabajadores del partido y los sindicatos, una educación productiva? ¿Sí o no? Yo respondo: no» (pág. 29). Es ridículo abordar así una cuestión semejante. Como si preguntaran: ¿Hay en tal división suficiente cantidad de valenki [botas de fieltro]? ¿Sí o no?

Incluso dentro de diez años tendremos que decir con toda seguridad que no todos los trabajadores del partido y los sindicatos tienen suficiente educación productiva. Del mismo modo que dentro de diez años no habrá suficiente educación militar en todos los trabajadores del partido, los sindicatos y el departamento militar. Pero el comienzo de la educación productiva lo hemos creado con que cerca de mil obreros, miembros y delegados de los sindicatos, participan en la dirección y dirigen empresas, centros [glavki] y organismos superiores. El principio fundamental de la «educación productiva», de la educación de nosotros mismos, viejos militantes clandestinos y periodistas profesionales, consiste en que nosotros mismos nos pongamos a estudiar y enseñemos a otros a ponerse a estudiar atenta y detalladamente nuestra propia experiencia práctica, según la regla: «mide siete veces, corta una». La verificación persistente, lenta, cuidadosa, profesional, concienzuda de lo que ha hecho ese millar, la corrección aún más cuidadosa y profesional de su trabajo y el avance solo después de la utilidad completamente demostrada de tal procedimiento, tal sistema de dirección, tal proporción, tal selección de personas, etc. He aquí la regla fundamental, cardinal, absoluta de la «educación productiva», y precisamente esta regla la viola el camarada Trotsky con todas sus tesis, con todo su enfoque de la cuestión. Precisamente todas las tesis, todo el folleto-plataforma del camarada Trotsky son tales que, con sus errores, han desviado la atención y las fuerzas del partido del trabajo «productivo» profesional hacia ociosas y vacías discusiones verbales.