INFORME DEL CEC Y DEL CCP DEL 23 DE DICIEMBRE
(Atronadoras ovaciones. Gritos: «¡Hurra!», «¡Viva nuestro jefe, el camarada Lenin!», «¡Viva el jefe del proletariado internacional, el camarada Lenin!». Aplausos prolongados que no cesan.) ¡Camaradas! Debo rendir un informe sobre la situación interior y exterior de la república. Es la primera vez que me toca dar un informe así en circunstancias en que ha transcurrido un año entero sin que haya habido ni una sola invasión, por lo menos de importancia, contra nuestro Poder soviético por parte de capitalistas rusos y extranjeros. Es el primer año en que hemos disfrutado, aunque en grado muy incompleto, de un relativo respiro de las invasiones y hemos podido aplicar, siquiera en alguna medida, nuestras fuerzas a lo que es nuestra tarea principal y fundamental: a restaurar la economía arruinada por las guerras, a curar las heridas que infligieron a Rusia las clases explotadoras dominantes, y a echar los cimientos de la edificación socialista.
Ante todo, al referirme a la situación internacional de nuestra república, debo manifestar lo que ya he tenido ocasión de decir: que se ha creado un cierto equilibrio, sumamente inestable, pero equilibrio al fin, en las relaciones internacionales. Y ahora somos testigos de ello. Es sumamente extraño para aquellos de nosotros que han vivido la revolución desde el comienzo, que han conocido y observado directamente las dificultades inauditas que tuvimos que vencer para romper los frentes imperialistas, ver ahora cómo se han desarrollado los acontecimientos. Nadie, seguramente, esperaba entonces, ni podía esperar, que la situación llegara a ser lo que es.
Nos representábamos (y acaso no esté de más recordarlo ahora, porque nos servirá a nosotros y para nuestras conclusiones prácticas en las cuestiones económicas principales) el desarrollo futuro en una forma más simple y más directa de lo que ha resultado. Nos decíamos a nosotros mismos, decíamos a la clase obrera, decíamos a todos los trabajadores, tanto de Rusia como de otros países: no hay otra salida de la maldita y criminal matanza imperialista que la salida revolucionaria, y, rompiendo la guerra imperialista con la revolución, abrimos la única salida posible de esta criminalísima matanza para todos los pueblos. Nos parecía entonces –y no podía parecernos de otro modo– que ese camino era claro, directo y el más fácil. Ha resultado que por ese camino directo, que es el único que realmente nos ha sacado de los lazos imperialistas, de los crímenes imperialistas y de la guerra imperialista que sigue amenazando al resto del mundo, ha resultado que, por lo menos con la rapidez que nosotros contábamos, los demás pueblos no han podido entrar. Y si, sin embargo, vemos ahora lo que ha resultado, vemos a la única República Soviética Socialista existente rodeada de toda una serie de potencias imperialistas ferozmente hostiles, nos preguntamos: ¿cómo ha podido ocurrir esto?
Se puede responder sin la menor exageración: ha ocurrido porque, en lo fundamental, nuestra comprensión de los acontecimientos era justa, porque, en lo fundamental, nuestra valoración de la matanza imperialista y del embrollo creado entre las potencias imperialistas era acertada. Sólo por eso se ha producido esa situación tan extraña, ese equilibrio tan inestable, incomprensible y, sin embargo, hasta cierto punto indudable, que vemos ahora y que consiste en que, rodeados por todas partes de potencias inconmensurablemente más poderosas

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que nosotros desde el punto de vista económico y militar, con frecuencia abierta y rabiosamente hostiles, vemos, no obstante, que no han logrado realizar la obra en que durante tres años gastaron tantos medios y tantas fuerzas: la obra de estrangular directa e inmediatamente a la Rusia Soviética. Cuando nos preguntamos cómo ha podido ocurrir esto, cómo ha podido suceder que uno de los Estados indudablemente más atrasados y sumamente débiles, al que abiertamente son hostiles las potencias más poderosas del mundo, haya resistido la embestida dirigida contra él, cuando analizamos esta cuestión, vemos claramente de qué se trataba: teníamos razón en lo más fundamental. Tuvimos razón en nuestros pronósticos y en nuestros cálculos. Resultó que, aunque no recibimos aquel apoyo rápido, directo e inmediato de las masas trabajadoras de todo el mundo con que contábamos, que poníamos como base de toda nuestra política, recibimos, en cambio, un apoyo de otro género, un apoyo no directo, no rápido, pero en grado suficiente para que precisamente ese apoyo, precisamente esa simpatía de las masas trabajadoras –obreras y campesinas, de los trabajadores agrícolas– del mundo entero, incluso de las potencias que más nos son hostiles, precisamente ese apoyo y esa simpatía hayan sido la fuente última, la causa decisiva de que todas las invasiones contra nosotros hayan terminado en un fracaso, de que la unión de los trabajadores de todos los países, que fue proclamada por nosotros, consolidada y, dentro de los límites de nuestra república, realizada, haya ejercido su acción sobre todos los países. Por muy inseguro que sea este apoyo mientras exista el capitalismo en otros países (cosa que debemos ver claramente y reconocer sin rodeos), por muy inseguro que sea todo este apoyo, hay que decir que ya hoy podemos apoyarnos en él. Esta simpatía y este apoyo se han manifestado en que la invasión que durante tres años hemos sufrido, que nos ha causado ruinas y sufrimientos inauditos, esa invasión, no diré que sea imposible –a este respecto hay que ser muy cauto y precavido–, pero está, sin embargo, enormemente dificultada para nuestros enemigos. Y esto explica, en último término, la extraña situación, incomprensible a primera vista, que observamos ahora.

Si pesamos con toda sangre fría la simpatía hacia el bolchevismo y la revolución socialista, si examinamos la situación internacional simplemente desde el punto de vista de la correlación de fuerzas, independientemente de que esas fuerzas estén por una causa justa o injusta, por la clase explotadora o por las masas trabajadoras –no vamos a considerar esto, sino que trataremos de sopesar cómo están agrupadas estas fuerzas en el plano internacional–, veremos que estas fuerzas están agrupadas de modo que, en lo fundamental, se han confirmado nuestros pronósticos, nuestros cálculos: el capitalismo se descompone, y después de la guerra que concluyó primero con la paz de Brest-Litovsk y luego con la paz de Versalles –ya no sé cuál es peor–, cada vez crece más el odio y la repulsión hacia ella incluso en los países que salieron vencedores. Y cuanto más nos alejamos de la guerra, más claro se hace no sólo para los trabajadores, sino también, en muy amplia medida, para la burguesía de los países vencedores, que el capitalismo se descompone, que la crisis económica en todo el mundo ha creado una situación insoportable, que no hay salida, a pesar de todas las victorias obtenidas. He aquí por qué nosotros, siendo inconmensurablemente más débiles que todas las demás potencias desde el punto de vista económico, político y militar, somos al mismo tiempo más fuertes que ellas porque sabemos y valoramos acertadamente todo lo que sale y tiene que salir de este embrollo imperialista, de este ovillo sangriento y de las contradicciones (tomad, por ejemplo, siquiera la contradicción monetaria, de las demás ya no hablaré) en que ellos se enredaban y se enredan cada vez más hondo sin ver la salida.
Y observamos cómo cambia de lenguaje los representantes de la burguesía más moderada, resuelta y absolutamente alejada de todo pensamiento sobre el socialismo en general –ya no digo «sobre ese terrible bolchevismo»–, cómo cambian de lenguaje incluso hombres como el famoso escritor Keynes, cuyo libro ha sido traducido a

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todas las lenguas, que él mismo participó en las negociaciones de Versalles, que puso toda su alma en ayudar a sus gobiernos; incluso él tuvo que abandonar después ese camino, retirarse, aunque continuaba maldiciendo el socialismo. Repito, no habla ni quiere siquiera pensar en el bolchevismo, dice al mundo capitalista: «Lo que estáis haciendo os lleva a una situación sin salida», y hasta les propone algo así como anular todas las deudas.
¡Muy bien, señores! Ya era hora de que siguierais nuestro ejemplo.
Hace pocos días leíamos en los periódicos una breve información de que uno de los jefes experimentados, sumamente hábiles y diestros del gobierno capitalista, Lloyd George, parece empezar a proponer una medida semejante, y que América parece querer responderle: disculpad, pero nosotros queremos cobrar íntegramente lo nuestro. Entonces nos decimos: mal andan los asuntos de esas potencias avanzadas y poderosísimas que, después de tantos años de guerra, discuten una medida tan sencilla. ¡A nosotros nos fue más fácil hacerla! ¡Acaso no hemos vencido dificultades mucho mayores! (Aplausos.) Si en una cuestión como ésta vemos una confusión creciente, decimos, sin olvidar ni un instante el peligro que nos rodea, por débiles que seamos económica y militarmente en comparación con cualquiera de esos Estados que todos juntos expresan a menudo abiertamente su odio hacia nosotros, que no tememos esa propaganda. Cuando nosotros expresamos puntos de vista un tanto diferentes sobre la justicia de la existencia de terratenientes y capitalistas, eso no les gusta, y esos puntos de vista son declarados propaganda criminal. Esto no puedo comprenderlo de ninguna manera, porque semejante propaganda se realiza legalmente en todos los Estados que no comparten nuestros puntos de vista y concepciones económicas. Pero la propaganda de que el bolchevismo es una cosa monstruosa, criminal, usurpadora –no hay palabra para expresar todo ese monstruo–, esa propaganda se realiza abiertamente en todos esos países. Recientemente he tenido ocasión de ver a Christensen, que se presentó como candidato a la presidencia

de los Estados Unidos por el partido obrero-campesino de allí. No os engañéis, camaradas, respecto a esta denominación. No se parece en nada a lo que en Rusia se llama partido obrero-campesino. Allí es un partido puramente burgués, abierta y resueltamente hostil a todo socialismo, reconocido como completamente decente por todos los partidos burgueses. Pues bien, este hombre, de origen danés, ahora americano, que obtiene hasta un millón de votos (eso es algo, después de todo, en los Estados Unidos) en las elecciones presidenciales, me contó cómo intentó en Dinamarca, entre un público «vestido como yo» –dijo él, y él iba bien vestido, a la burguesa–, cuando intentó decir que los bolcheviques no eran criminales, «casi me matan», dijo. Le dijeron que los bolcheviques son monstruos, usurpadores; ¿cómo se le ocurre hablar en una sociedad decente de esa gente? Tal es la atmósfera de propaganda que nos rodea.
Y, sin embargo, vemos que se ha creado un cierto equilibrio. Es una situación política objetiva, independiente de nuestras victorias, que muestra que hemos valorado la profundidad de las contradicciones ligadas a la guerra imperialista y que medimos más acertadamente que nunca, más que las otras potencias, que a pesar de todas sus victorias, a pesar de toda su fuerza, hasta ahora no han encontrado ni encuentran salida. Tal es la esencia de la situación internacional que explica lo que observamos actualmente. Tenemos ante nosotros un equilibrio sumamente inestable, pero, sin embargo, indudable, indiscutible, hasta cierto punto. Si será duradero, no lo sé, y creo que no se puede saber. Por eso, de nuestra parte se necesita una grandísima cautela. Y el primer mandamiento de nuestra política, la primera lección que se desprende de nuestra actividad gubernamental durante el año, lección que deben asimilar todos los obreros y campesinos, es: estar alerta, recordar que estamos rodeados de personas, clases, gobiernos que expresan abiertamente el mayor odio hacia nosotros. Hay que recordar que de toda invasión estamos siempre a un paso.

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Haremos todo lo que esté en nuestras manos para prevenir esa calamidad. Hemos sufrido una carga tan pesada de la guerra imperialista como apenas la ha sufrido ningún otro pueblo. Hemos sufrido después la carga de la guerra civil que nos impusieron los representantes de las clases dominantes que defendían la Rusia emigrante –la Rusia de los terratenientes, la Rusia de los capitalistas–. Sabemos, sabemos demasiado bien qué calamidades inauditas trae consigo la guerra para los obreros y los campesinos. Por eso debemos tratar esta cuestión con la mayor cautela y circunspección. Hacemos las mayores concesiones y sacrificios, todo con tal de conservar la paz que nos ha costado tan caro. Hacemos las mayores concesiones y sacrificios, pero no todas, no ilimitadas; que los representantes, por fortuna pocos, de los partidos militares y de las cliques conquistadoras de Finlandia, Polonia y Rumania, que juegan con esto, se lo graben bien en la memoria. (Aplausos.)
Quien razone con alguna cordura y calculadamente como político, dirá que no ha habido ni puede haber en Rusia otro gobierno que el Soviético que haga tales concesiones y tales sacrificios en relación con las nacionalidades, tanto las que existían dentro de nuestro Estado como las que llegaron al Imperio ruso. No hay ni puede haber otro gobierno que, tan claramente como nosotros, comprenda y tan claramente diga y declare ante todos que la actitud de la vieja Rusia, la Rusia zarista, la Rusia de los partidos militares, su actitud hacia los pueblos que poblaban Rusia, era criminal, que esas relaciones son inadmisibles, que provocaban la más legítima protesta de indignación, la rebelión de las nacionalidades oprimidas. No hay ni puede haber otro gobierno que reconozca tan abiertamente esa situación, que lleve a cabo esa propaganda, propaganda antichovinista, propaganda de reconocimiento de la criminalidad de la vieja Rusia, la Rusia del zarismo y la Rusia de Kerenski, gobierno que lleve a cabo la propaganda contra la anexión violenta

a Rusia de otras nacionalidades. No son palabras: es un hecho político simple, claro para todos, completamente indiscutible. Mientras no haya por parte de ninguna nacionalidad intrigas contra nosotros que liguen a esas nacionalidades, imperialistamente esclavizándolas, mientras no hagan un puente para estrangulamos, no nos detendremos ante las formalidades. No olvidaremos que somos revolucionarios. (Aplausos.) Pero hay hechos que prueban de modo irrefutable, indiscutible, que la más pequeña nacionalidad, por desarmada que sea, por débil que sea, en Rusia, que ha vencido a los mencheviques y a los eseristas, puede estar absolutamente segura y debe estar segura de que no tenemos hacia ella más que intenciones pacíficas, de que nuestra propaganda sobre la criminalidad de la vieja política de los viejos gobiernos no se debilita, y de que nuestro deseo de mantener, a toda costa, a precio de enormes sacrificios y concesiones, la paz con todas las nacionalidades que estuvieron en el Imperio ruso y no quisieron quedarse con nosotros, permanece firme. Esto lo hemos demostrado. Y por fuertes que sean las maldiciones que llueven sobre nosotros de todas partes, lo demostraremos. Nos parece que lo hemos demostrado perfectamente, y ante esta asamblea de representantes de los obreros y campesinos de toda Rusia, ante toda la masa multimillonaria de obreros y campesinos rusos, diremos que defenderemos por todos los medios la paz futura, que no nos detendremos ante grandes concesiones y sacrificios para mantener esa paz.
Pero hay un límite que no se puede traspasar. No toleraremos burlas contra los tratados de paz, no toleraremos intentos de perturbar nuestro trabajo pacífico. No lo toleraremos en modo alguno y nos levantaremos como un solo hombre para defender nuestra existencia. (Aplausos.)
Camaradas, lo que acabo de decir os resulta perfectamente comprensible y claro, y no podíais esperar otra cosa de cualquiera que os informe de nuestra política. Sabíais que nuestra política es así y solamente

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así. Pero, por desgracia, hay ahora en el mundo dos mundos: el viejo –el capitalismo, que está en un callejón sin salida, que no retrocederá nunca– y el nuevo mundo naciente, que es todavía muy débil, pero que crecerá, porque es invencible. Ese viejo mundo tiene su vieja diplomacia, que no puede creer que se pueda hablar directa y abiertamente. La vieja diplomacia considera: aquí precisamente debe haber alguna astucia. (Aplausos y risas.) Cuando el representante de ese viejo mundo omnipotente en lo económico y en lo militar nos envió –hace ya tiempo– a uno de los representantes del gobierno americano, Bullitt, proponiéndonos que hiciéramos la paz con Kolchak y Denikin, una paz para nosotros muy desfavorable, y cuando dijimos que valoramos tanto la sangre de los obreros y campesinos, que ya había corrido mucho en Rusia, que, aunque la paz es sumamente desfavorable para nosotros, estamos dispuestos a ella, porque estamos seguros de que Kolchak y Denikin se descompondrán interiormente; cuando dijimos esto directamente, con poco uso del refinado tono diplomático, entonces ellos decidieron que debíamos ser sin falta unos engañadores. Y tan pronto como Bullitt, que había conversado amigablemente con nosotros en una mesa común, llegó a su patria, lo recibieron con insultos, lo obligaron a dimitir, y me extraña que todavía no lo hayan enviado a presidio, según la costumbre imperialista establecida, por su secreta simpatía hacia los bolcheviques. (Risas. Aplausos.) Y resultó que nosotros, que entonces proponíamos la paz, la peor para nosotros, obtuvimos la paz en condiciones mejores para nosotros. Es una pequeña lección. Sé que no aprenderemos la vieja diplomacia, como no podemos rehacemos, pero las lecciones que durante este tiempo hemos dado en materia de diplomacia y que han sido percibidas por otras potencias, no han podido pasar sin dejar huella del todo, seguramente han quedado en la memoria de algunos. (Risas.) Y por eso nuestra declaración directa de que los obreros y campesinos de Rusia aprecian sobre todo los bienes de la paz, pero que sólo hasta cierto límite soportarán retrocesos a este respecto, fue recibida de tal modo que ellos

no olvidaron ni un segundo, ni un minuto las cargas que han soportado en la guerra imperialista y en la guerra civil. Este recordatorio nuestro, que estoy seguro confirmaremos y expresaremos con todo el congreso, con toda la masa de obreros y campesinos, con toda Rusia; estoy seguro de que este recordatorio, como quiera que se le reciba, cualquiera que sea la astucia diplomática que se sospeche, según la vieja costumbre diplomática, no pasará sin dejar huella y desempeñará, al menos, algún papel.
He aquí, camaradas, lo que considero necesario decir sobre la cuestión de nuestra situación internacional. Se ha alcanzado hasta cierto punto un equilibrio inestable. Materialmente, en lo económico y en lo militar, somos inmensamente débiles; moralmente –sin entender, claro está, esta idea desde el punto de vista de la moral abstracta, sino entendiéndola como correlación de las fuerzas reales de todas las clases en todos los Estados–, somos más fuertes que todos. Esto se ha probado en la práctica, se demuestra no con palabras sino con hechos, ya se ha demostrado una vez, y, quizás, si la historia da un cierto giro, se demostrará más de una vez. He aquí por qué nos decimos: una vez emprendida nuestra edificación pacífica, pondremos todas nuestras fuerzas para continuarla sin interrupción. Al mismo tiempo, camaradas, estad alerta, defended la capacidad defensiva de nuestro país y de nuestro Ejército Rojo como a la niña de vuestros ojos, y recordad que no tenemos derecho a permitir ni un segundo de debilitamiento en lo que respecta a nuestros obreros y campesinos y a sus conquistas. (Aplausos.)
Camaradas, de esta breve exposición de lo más esencial de nuestra situación internacional, paso a cómo empiezan a desarrollarse las relaciones económicas entre nosotros y en la Europa Occidental, en los Estados capitalistas. La grandísima dificultad ha consistido en que, sin ciertas relaciones mutuas entre nosotros y los Estados capitalistas, son imposibles para nosotros relaciones económicas estables. Los acontecimientos muestran muy claramente que también son imposibles para ellos. Pero nosotros no estamos ahora tan altruistamente dispuestos y pensamos más en cómo seguir existiendo ante la actitud

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hostil de las otras potencias hacia nosotros.
¿Pero es concebible siquiera una cosa semejante: que una república socialista exista en un cerco capitalista? Parecía inconcebible ni desde el punto de vista político ni desde el militar. Que esto es posible desde el punto de vista político y militar, está demostrado, es ya un hecho. ¿Y desde el punto de vista comercial? ¿Y en lo que se refiere al intercambio económico? ¿Acaso no nos amenazaron con que nos rodearían de alambre de púas y que, por tanto, no existirían relaciones económicas de ninguna clase? «No tuvieron miedo a la guerra, así que los tomaremos por el bloqueo».
Camaradas, durante estos cuatro años hemos visto muchas amenazas y amenazas tan terribles, que no podemos temer a ninguna de ellas. En cuanto al bloqueo, la experiencia ha demostrado que no se sabe para quién es más pesado: si para los bloqueados o para los que bloquean. La experiencia ha demostrado, indudablemente, que durante este primer año, en que puedo daros un informe como período de respiro, aunque sea relativamente elemental, de la violencia directamente bestial, no nos reconocían, nos rechazaban, las relaciones con nosotros eran declaradas inexistentes (bueno, que según el derecho burgués sean declaradas inexistentes), pero, sin embargo, existen. He aquí lo que me considero con derecho a deciros, sin la menor exageración, como uno de los principales resultados del año 1921 que informo.
No sé si os ha sido repartido hoy o se os repartirá el informe del NKID al IX Congreso de los Soviets. A mi juicio, este informe tiene el defecto de ser demasiado grueso y de que es difícil leerlo hasta el final. Pero quizás sea ésta una debilidad mía, y no dudo de que, aunque no inmediatamente, la gran mayoría de vosotros, así como toda persona que se interese por la política, leerá ese informe. E incluso si no se lee entero, sino que se le echa una ojeada y se hojea un poco, se ve que Rusia se ha cubierto, si se puede

expresar así, de toda una serie de relaciones comerciales bastante regulares y permanentes, representaciones, tratados, etc. Cierto es que no tenemos el reconocimiento jurídico. Esto conserva su importancia, porque el peligro de que se rompa el equilibrio inestable, el peligro de nuevos intentos de invasión ha aumentado, como he dicho antes, pero el hecho sigue siendo un hecho.
En 1921 –primer año en el intercambio comercial con el extranjero– hemos dado un paso enorme hacia adelante. Esto está ligado en parte a la cuestión del transporte –base, quizás, principal o una de las principales de toda nuestra economía–. Esto está ligado con la importación y la exportación. Permitidme citar las cifras más breves al respecto. Todas nuestras dificultades, las más increíbles, todo el peso, el quid de nuestras dificultades está en el combustible y en los víveres, todo el peso está en la economía campesina, en el hambre y las calamidades que se han abatido sobre nosotros. Sabemos bien que todo esto está ligado a la cuestión del transporte; hay que hablar de ello y es necesario que todos los camaradas de las localidades lo sepan y que a todos los camaradas de las localidades se les diga una y otra vez que necesitamos tender toda nuestra energía para vencer la crisis de víveres y de combustible. De estas causas sigue sufriendo nuestro transporte –instrumento material de las relaciones con el extranjero–.
Las mejoras de organización durante este año en nuestro transporte son indudables. Durante 1921 transportamos con barcos fluviales mucho más que durante 1920. El recorrido medio en 1921 se expresó en 1.000 puds-verstas, y en 1920, en 800 puds-verstas. El progreso de organización, indudablemente, existe. Hay que decir que empezamos a recibir ayuda del extranjero por primera vez: tenemos encargados millares de locomotoras, y ya hemos recibido las primeras 13 suecas y 37 alemanas. Es un comienzo muy pequeño, pero un comienzo al fin. Tenemos encargados centenares de cisternas, y hasta 500 de ellas han llegado ya en 1921. Pagamos todo esto extraordinariamente caro, desmedidamente caro, pero eso significa, sin embargo, que la gran industria de los países avanzados nos presta ayuda, significa que la gran industria de los países capitalistas nos ayuda a restaurar nuestra economía,

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a pesar de que todos ellos están dirigidos por capitalistas que nos odian de todo corazón. Todos ellos están unidos por gobiernos que continúan publicando sin cesar en su prensa cómo va el asunto del reconocimiento de iure de la Rusia Soviética, y si el gobierno bolchevique es legal o ilegal. Y después de largas investigaciones resulta legal, pero no puede ser reconocido. Esta triste verdad de que todavía no nos reconocen no tengo derecho a ocultarla, pero debo deciros que las relaciones comerciales se desarrollan, sin embargo, entre nosotros.
Todos estos países capitalistas han llegado a una situación tal que nos explotan, que les pagamos de más, pero, sin embargo, ayudan a nuestra economía. ¿Cómo ha sucedido esto? ¿Por qué actúan contra su voluntad, contra lo que no cesa de repetir la prensa? Y esa prensa no es como la nuestra ni por el número de ejemplares ni por la fuerza y el odio con que se lanzan contra nosotros. Nos declaran criminales y, sin embargo, nos ayudan. Resulta que están ligados económicamente con nosotros. Resulta, como ya os dije, que nuestro cálculo, tomado en gran escala, resulta más acertado que el suyo. Y no porque entre ellos no haya hombres que sepan calcular con acierto –al contrario, los tienen en mayor número que nosotros–, sino porque no se puede calcular con acierto cuando se está en el camino de la perdición. He aquí por qué quería, además, comunicaros algunas cifras que muestran el desarrollo de nuestro comercio exterior. Tomaré solamente las cifras más breves, que se puedan recordar. Si seguimos los tres años –1918, 1919 y 1920–, nuestra importación del extranjero resultará de un poco más de 17 millones de puds, y en 1921, de 50 millones de puds, es decir, tres veces más que en los tres años anteriores juntos. Nuestra exportación en los tres primeros años juntos fue de dos millones y medio de puds; en un solo año, 1921, de 11 millones y medio de puds. Esta cifra es insignificante, miserable, ridículamente pequeña; esta cifra dice inmediatamente a todo conocedor: miseria. He aquí lo que testimonian estas cifras. Pero, sin embargo, es un comienzo.

Y nosotros, que hemos sufrido el intento de estrangularnos directamente, que hemos oído durante años las amenazas de que las relaciones con nosotros, mientras sigamos siendo lo que somos, no serían permitidas por todos los medios; nosotros vemos, sin embargo, que alguien ha resultado más fuerte que esas amenazas. Vemos, sin embargo, que el desarrollo económico ha sido valorado por ellos incorrectamente, y por nosotros, acertadamente. Se ha echado el cimiento. Toda nuestra atención, todos nuestros esfuerzos, todos nuestros cuidados debemos aplicarlos ahora a que este desarrollo no se detenga, a que avance.
Citaré aún otro pequeño cuadro para mostrar cómo durante 1921 hemos avanzado. En el primer trimestre de 1921, la importación fue de unos 3 millones de puds; en el segundo trimestre, de 8 millones de puds; en el tercero, de 24 millones de puds. Avanzamos, sin embargo. Estas cifras son insignificantes, pero aumentan gradualmente. Y vemos cómo aumentan en 1921, que fue un año de pesadumbre inaudita. Sabéis lo que costó una calamidad como el hambre, qué sufrimientos inauditos sigue causando a toda la agricultura, a la industria y a toda nuestra vida. Sin embargo, a pesar de que fuimos un país tan fuertemente arruinado por la guerra, un país que soportó calamidades tan colosales, como resultado de todas las guerras y como resultado del dominio de los zares y los capitalistas, nos encontramos ahora, sin embargo, en el camino que nos abre la posibilidad de mejorar nuestra situación, a pesar de la incesante hostilidad hacia nosotros. He aquí el factor fundamental. He aquí por qué, cuando leíamos recientemente acerca de la Conferencia de Washington 133, cuando oíamos la noticia de que las potencias hostiles se verían obligadas a convocar en verano una segunda conferencia con invitación de Alemania y de Rusia, para discutir las condiciones de una paz auténtica, decimos: nuestras condiciones son claras y precisas, las hemos expuesto, han sido publicadas . ¿Cuánta hostilidad encontraremos? A este respecto no hay ilusiones. Pero sabemos que la situación económica de los que nos bloquearon ha resultado vulnerable. Hay una fuerza mayor que el deseo, la voluntad y la decisión de cualquier gobierno o clase hostil; esta
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fuerza son las relaciones económicas mundiales generales, que les obligan a entrar en este camino de relaciones con nosotros. Cuanto más entren en este camino, más amplia y rápidamente se perfilará lo que hoy, en mi informe sobre 1921, sólo puedo mostraros en cifras tan miserables.
Debo pasar ahora a nuestra situación económica interior. Y aquí la cuestión principal en que habrá que detenerse ante todo es la cuestión de nuestra política económica. En pasar a esa nueva política económica, en dar los primeros pasos en ese camino, aprender a darlos, adaptar a ello nuestra legislación, nuestra administración, ha consistido nuestra labor principal durante el año 1921, del que informo. Sabéis por la prensa la multitud de hechos, informaciones que muestran cómo se ha desarrollado el trabajo a este respecto. No exigiéis, claro está, que yo aduzca aquí hechos adicionales o enumere unas u otras cifras. Es necesario solamente señalar lo fundamental, lo que más nos ha unido a todos, lo más esencial desde el punto de vista de la cuestión más esencial y más radical de toda nuestra revolución y de todas las futuras revoluciones socialistas (si se las toma en el plano mundial en general).
La cuestión más radical, más esencial, es la relación de la clase obrera con el campesinado, la alianza de la clase obrera con el campesinado, la capacidad de los obreros avanzados, que han pasado por la larga, dura, pero también agradecida escuela de la gran fábrica, su capacidad para organizar las cosas de modo que atraigan a su lado a la masa de campesinos, aplastados por el capitalismo, aplastados por los terratenientes, aplastados por su vieja economía miserable y pobre, para demostrarles que sólo en la alianza con los obreros, cualesquiera que sean las dificultades que haya que soportar en ese camino –y las dificultades son muchas, y no podemos cerrar los ojos ante ellas–, sólo en esa alianza está la liberación del campesinado del secular yugo de los terratenientes y capitalistas. Sólo en la consolidación de la alianza de obreros y campesinos reside la liberación común de la humanidad

de cosas como la reciente matanza imperialista, de las salvajes contradicciones que vemos ahora en el mundo capitalista, donde un pequeño número, una ínfima minoría de las potencias más ricas se ahoga en su riqueza, mientras la población gigantesca del globo terráqueo vive en la miseria, sin poder disfrutar de la cultura y de los ricos recursos que existen, que no tienen salida por falta de intercambio.
El paro forzoso es la calamidad principal de los países avanzados. No hay otra salida de esta situación que la alianza sólida del campesinado y la clase obrera que ha pasado por la dura, pero única escuela sólida y seria: la fábrica, la explotación fabril, la unión fabril. No hay otra salida. Esta alianza, política y militar, la hemos experimentado en los años más duros de nuestra república. Por primera vez en 1921 experimentamos esta alianza como económica. Hemos organizado las cosas a este respecto todavía muy, muy mal. Hay que decirlo abiertamente. Hay que ver ese defecto y no adornarlo, hay que dirigir todas las fuerzas para corregirlo y comprender que aquí está la base de nuestra nueva política económica. Para plantear correctamente las relaciones entre la clase obrera y el campesinado, sólo se pueden concebir dos caminos. Si la gran industria se halla en un estado floreciente, si puede suministrar inmediatamente a los pequeños campesinos una cantidad suficiente de productos, o una cantidad mayor que antes, y establecer así relaciones correctas entre las existencias de productos agrícolas que provengan de los campesinos y los artículos industriales, entonces el campesinado estará completamente satisfecho; entonces el campesinado, en su masa, el campesinado sin partido, reconocerá, por la fuerza de las cosas, que este nuevo orden es mejor que el orden capitalista. Si se habla de una gran industria floreciente, capaz de satisfacer inmediatamente al campesinado con todos los productos necesarios, esta condición existe; si se toma la cuestión en el plano mundial, una gran industria floreciente

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que puede suministrar al mundo todos los productos existe en la tierra, pero no se sabe ponerla en marcha sino para fabricar cañones, municiones y demás instrumentos, aplicados con tanto éxito en 1914-1918. Entonces la industria trabajó para la guerra y suministró a la humanidad sus productos tan ampliamente que resultaron no menos de 10 millones de hombres muertos y no menos de 20 millones de mutilados. Esto lo hemos visto, y la guerra en el siglo XX no es ya como las guerras anteriores.
Entre las personas más hostiles y extrañas a todo socialismo, implacablemente hostiles a la menor idea socialista, después de esta guerra, incluso en los países que salieron de ella vencedores, se han alzado el mayor número de voces que dicen claramente que, aunque no hubiera en el mundo malos bolcheviques, difícilmente se podría permitir otra guerra así. Esto lo dicen representantes de los países más ricos. Para eso trabajó esa rica y avanzada gran industria. Sirvió para la fabricación de mutilados, y no le quedó tiempo para suministrar sus productos a los campesinos. Sin embargo, tenemos derecho a decir que en el plano mundial esa industria existe. En la tierra hay países con una gran industria tan avanzada que puede suministrar inmediatamente a centenares de millones de campesinos atrasados. Esto lo ponemos como base de nuestros cálculos. Sabéis mejor que nadie, observándolo en la vida cotidiana, lo que nos ha quedado de nuestra gran industria, que ya de por sí era débil. Por ejemplo, en el Donbás, esa base fundamental de la gran industria, hubo tantas destrucciones durante la guerra civil y pasaron tantos gobiernos imperialistas (¡cuántos vio Ucrania!), que ello no podía reflejarse de otro modo que quedando de nuestra gran industria restos insignificantes. Si a esto se añade una calamidad como la mala cosecha de 1921, se comprenderá que el intento de suministrar al campesinado productos de la gran industria pasada a manos del Estado no nos haya resultado.

Una vez que ese intento no ha resultado, no puede haber otra relación económica entre el campesinado y los obreros, es decir, entre la agricultura y la industria, que el intercambio, que el comercio. En esto consiste la esencia. La sustitución del sistema de requisición por el impuesto en especie –en esto consiste la esencia de nuestra política económica; esta esencia es la más simple. Si no hay una gran industria floreciente, capaz de organizarse de modo que satisfaga inmediatamente con sus productos al campesinado, no hay ninguna otra salida para el desarrollo gradual de una poderosa alianza de obreros y campesinos sino el camino del comercio y la elevación gradual de la agricultura y de la industria por encima de su estado actual, bajo la dirección y el control del Estado obrero. No hay ningún otro camino. La necesidad absoluta nos ha llevado a ese camino. Y sólo en esto consiste la base y la esencia de nuestra nueva política económica.
En la época en que la atención principal y las fuerzas principales estaban distraídas por las tareas políticas y militares, no podíamos actuar de otro modo que con la máxima rapidez, lanzándonos hacia adelante con la vanguardia, sabiendo que esa vanguardia sería apoyada. En el ámbito de las grandes transformaciones políticas, en el ámbito de la grandísima obra que realizamos durante tres años, poniéndonos en guerra contra las potencias dominantes del mundo, la alianza de campesinos y obreros nos estuvo asegurada por un simple impulso político y militar, porque cada campesino sabía, sentía y palpaba que contra él estaba el enemigo secular: el terrateniente, a quien, de uno u otro modo, ayudan los representantes de otros partidos. Y por eso esa alianza fue tan sólida e invencible.
En el ámbito económico, la alianza debe construirse sobre otras bases. Aquí es necesario un cambio de esencia y de forma de la alianza. Si alguien del partido comunista, del sindicato o simplemente de los que simpatizan con el Poder soviético ha pasado por alto ese necesario cambio de esencia de la alianza y de su forma, tanto peor para él. Esos descuidos son inadmisibles en la revolución. La necesidad de cambiar la forma de la alianza está provocada por el hecho de que la alianza política y la alianza militar no podían continuarse tan sencillamente en el ámbito económico,

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cuando todavía no tenemos gran industria, cuando está arruinada por la guerra inaudita en ningún Estado. Y la industria no se ha recuperado todavía ni siquiera en los Estados infinitamente más ricos que el nuestro y que ganaron con la guerra, no perdieron. El cambio de forma y de esencia de la alianza de obreros y campesinos ha resultado necesario. En la época política y militar, llegamos mucho más lejos de lo que nos permitía directamente la alianza económica de obreros y campesinos. Tuvimos que hacerlo para vencer al enemigo, y tuvimos derecho a hacerlo. Lo hicimos con éxito, porque vencimos a nuestros enemigos en el terreno que entonces existía: en el terreno político y militar; pero en el terreno económico hemos sufrido toda una serie de derrotas. Y no hay que temer reconocerlo; al contrario, sólo cuando no temamos reconocer nuestras derrotas y deficiencias aprenderemos a vencer; cuando miremos la verdad cara a cara, aunque sea la más triste. Por nuestros méritos en el primer terreno, en el político y militar, tenemos derecho a sentirnos orgullosos. Han pasado a la historia como una conquista mundial que se mostrará aún en todos los terrenos. Pero en el terreno económico, durante el año del que tengo que daros cuenta, sólo hemos empezado a andar por el camino de la nueva política económica, y damos en este aspecto un paso adelante. Al mismo tiempo, en este aspecto empezamos apenas a aprender, y cometemos muchísimos más errores, mirando hacia atrás, dejándonos llevar por la experiencia pasada, que fue magnífica, elevada, grandiosa, tuvo importancia mundial, pero que no pudo resolver esa tarea de carácter económico que se nos impone ahora, en las condiciones de un país arruinado en el terreno de la gran industria, en condiciones que nos exigen aprender ante todo ese nexo económico que ahora es inevitable y necesario. Ese nexo es el comercio. Es un descubrimiento muy desagradable para los comunistas. Es muy posible que este descubrimiento sea sumamente desagradable, incluso indudablemente es desagradable, pero si nos guiamos por consideraciones de agrado o

desagrado, caeremos al nivel de esos «casi» socialistas de los que hemos visto bastante en la época del Gobierno Provisional de Kerenski. Difícilmente esos «socialistas» gozan ya de alguna autoridad en nuestra república. Nuestra fuerza ha sido siempre la capacidad de tener en cuenta las correlaciones reales y no temerlas, por muy desagradables que nos sean.
Puesto que la gran industria existe en el plano mundial, es indudablemente posible el paso directo al socialismo –y nadie refutará este hecho, como no refutará que esa gran industria o se asfixia y crea paro forzoso en los países más florecientes y ricos vencedores, o no hace más que fabricar municiones para exterminar a los hombres–. Y si nosotros, en las condiciones de atraso en que entramos en la revolución, no tenemos ahora el desarrollo industrial que necesitamos, ¿qué, vamos a renunciar? ¿Vamos a desanimarnos? No. Pasaremos al trabajo duro, porque el camino en que estamos es justo. Indudablemente, el camino de la alianza de las masas populares es el único camino en que el trabajo del campesino y el trabajo del obrero será trabajo para sí mismos, y no trabajo para el explotador. Y para realizar esto en nuestras condiciones, es necesario ese nexo económico que es el único posible: el nexo a través de la economía.
He aquí la causa de nuestro retroceso; he aquí por qué tuvimos que retroceder al capitalismo de Estado, retroceder a las concesiones, retroceder al comercio. Sin esto, sobre la base de la ruina en que nos encontramos, no restauraremos la debida relación con el campesinado. Sin esto, corremos el peligro de que el destacamento de vanguardia de la revolución se adelante tanto que se separe de la masa campesina. No habrá unión entre él y la masa campesina, y eso sería la perdición de la revolución. A esto debemos mirar con especial sobriedad, porque de aquí se deriva, en primer lugar y sobre todo, lo que llamamos nuestra nueva política económica. He aquí por qué dijimos unánimemente que

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aplicamos esta política en serio y por mucho tiempo, pero, claro está, como ya se ha observado con razón, no para siempre. Está provocada por nuestro estado de miseria y ruina y por el grandísimo debilitamiento de nuestra gran industria.
Me permitiré ahora citar las cifras más pequeñas para mostrar que por muy difícil que nos haya sido esto, por muchos errores que hayamos cometido (hemos cometido muchísimos), la cosa avanza, sin embargo. Camaradas, no tengo datos generales sobre el desarrollo del comercio interior; creo que citaré solamente los datos de la cifra de negocios del Centrosoyuz, datos de tres meses. Así, en septiembre, la cifra de negocios del Centrosoyuz se expresa en 1 millón de rublos oro; en octubre, 3 millones; en noviembre, 6 millones. Estas cifras, si se toman como cifras absolutas, son otra vez miserables, pequeñas; hay que reconocerlo directamente, porque sería más perjudicial hacerse ilusiones al respecto. Son cifras de miseria, pero en las condiciones de ruina en que nos encontramos, estas cifras hablan indudablemente de que hay un movimiento hacia adelante, de que podemos agarrarnos a esta base económica. Por muy numerosos que sean los errores que cometemos –tanto los sindicatos como el partido comunista y el aparato de gobierno–, nos convencemos, sin embargo, de que podemos librarnos de esos errores, y poco a poco nos libramos, de que vamos por el camino que restaurará a toda costa las relaciones entre la agricultura y la industria. Debemos y podemos lograr el aumento de las fuerzas productivas, aunque sea al nivel de la pequeña economía campesina y mientras sobre la base de la pequeña industria, si tan difícil es la restauración de la gran industria. Debemos conseguir éxitos, y empezamos a conseguirlos, pero hay que recordar que aquí hay otro ritmo y otras condiciones de trabajo; aquí es más difícil lograr la victoria. Aquí no podemos alcanzar tan rápidamente nuestros fines como lo logramos en el terreno político y militar. Aquí no podemos ir a impulsos y saltos, y los plazos aquí son otros: se cuentan por decenas de años. En estos plazos tendremos que lograr éxitos en la guerra económica y en condiciones no de ayuda, sino de hostilidad, de parte de nuestros vecinos.

Y nuestro camino es seguro, porque es el camino al que, tarde o temprano, inevitablemente llegarán también los demás países. Por este camino seguro hemos empezado a andar. Sólo hay que pesar detalladamente cada paso mínimo, tener en cuenta todos nuestros errores mínimos, y entonces lograremos lo nuestro en este camino.
Ahora, camaradas, debería hablar un poco de nuestra principal actividad productiva: la agricultura, pero creo que sobre esta cuestión oiréis un informe mucho más detallado y completo del que podría hacer yo, así como acerca del hambre, que os expondrá el camarada Kalinin.
Sabéis perfectamente, camaradas, con qué peso inaudito cayó sobre nosotros el hambre en 1921. Estas calamidades de la vieja Rusia tenían que transmitirse inevitablemente a nosotros, porque la única salida de esto sólo puede estar en la restauración de las fuerzas productivas, pero no sobre la vieja base miserable y pequeña, sino sobre una base nueva, sobre la base de la gran industria y la electrificación. Sólo en esto consiste la liberación de nuestra miseria, de las continuas hambrunas; y para este trabajo, como se ve inmediatamente, no sirven los plazos con que medíamos nuestras victorias políticas y militares. Sin embargo, estando rodeados de Estados hostiles, hemos roto ese bloqueo: por muy escasa que haya sido la ayuda, hemos recibido algo. Toda ella se expresa en total en 2 millones y medio de puds. Es toda la ayuda que hemos recibido del extranjero, que los Estados extranjeros bondadosamente pudieron prestar a la Rusia hambrienta. Hemos podido reunir mediante donativos unos 600.000 rublos oro. Es una cifra demasiado insignificante, y por esa cifra vemos con qué interés egoísta ha tratado la burguesía europea nuestro hambre. Todos habréis leído probablemente cómo al principio, con las noticias del hambre, pomposa y solemnemente declaraban influyentes hombres de Estado que servirse del hambre para plantear la cuestión de las viejas deudas sería cosa diabólica. No sé si el diablo es más temible que el imperialismo contemporáneo. Sé que en realidad ha ocurrido precisamente que se

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ha intentado cobrarnos las viejas deudas en condiciones especialmente duras, a pesar del hambre. No nos negamos a pagar y declaramos solemnemente que estamos dispuestos a hablar de ello de manera comercial. Pero dejarnos esclavizar por ello sin ninguna consideración, sin ningún cálculo de reclamaciones mutuas, sin ninguna discusión comercial de la cuestión –todos lo comprendéis, y a este respecto no puede haber duda–, eso no lo permitiremos jamás, bajo ningún concepto.
Debo comunicaros que los últimos días nos han traído, sin embargo, un éxito bastante considerable en la lucha contra el hambre. Habréis leído seguramente en los periódicos que en América se han asignado 20 millones de dólares para ayuda a los hambrientos de Rusia, probablemente en las condiciones en que ayuda la ARA, la organización americana de ayuda a los hambrientos. Hace pocos días se ha recibido un telegrama de Krassin de que el gobierno americano propone garantizar formalmente, durante tres meses, la recepción por nuestra parte de víveres y semillas por esos 20 millones de dólares, si nosotros pudiéramos convenir en gastar 10 millones de dólares (20 millones de rublos oro) en el mismo fin. Nosotros hemos dado inmediatamente ese acuerdo, y esto ha sido transmitido por telégrafo. Y, al parecer, se puede decir que durante los primeros tres meses garantizaremos, por la suma de 30 millones de dólares, es decir, 60 millones de rublos oro, víveres y semillas para los hambrientos. Esto, claro está, es poco, de ningún modo cubrirá la terrible calamidad que se ha abatido sobre nosotros. Todos lo comprendéis perfectamente. Pero, en todo caso, es una ayuda que indudablemente hará su obra en aliviar la necesidad desesperada y el hambre desesperada. Y si en otoño logramos ya un cierto éxito en el suministro de semillas a las regiones hambrientas y en la extensión de las siembras en general, tenemos la esperanza de lograr en primavera un éxito aún mayor.
En otoño teníamos sembradas aproximadamente en las provincias hambrientas el 75% de la superficie de invierno; en las provincias parcialmente afectadas por la mala cosecha, el 102%; en las provincias productoras, el 123%; en las provincias

consumidoras, el 126%. Esto muestra, en todo caso, que por diabólicamente duras que fueran nuestras condiciones, prestamos al campesinado alguna ayuda en la extensión de las siembras y en la lucha contra el hambre. En las condiciones que se han formado, tenemos derecho a esperar ahora, sin ninguna exageración y sin temor a caer en error, que prestaremos una ayuda sustancial al campesinado en la siembra de primavera. Esta ayuda, repito, no será completa de ningún modo. De ningún modo tendremos suficiente para cubrir toda la necesidad. Hay que decirlo francamente. Y tanto más hay que tensar las fuerzas para ampliar esa ayuda.
A este propósito debo comunicar las cifras finales referentes a nuestro trabajo de abastecimiento. El impuesto en especie, en conjunto, ha proporcionado a los campesinos, tomando todo el campesinado, un alivio. Esto no necesita demostración. No se trata sólo de la cantidad de grano que se tomó al campesino, sino de que el campesino se sintió más seguro con el impuesto en especie, y en él aumentó el interés por la economía. Al campesino laborioso, al aumentar las fuerzas productivas, el impuesto en especie le abría un camino más amplio. El resultado de la recaudación del impuesto en especie durante el año que se informa es, en conjunto, tal que debemos decir: hay que tensar todos nuestros esfuerzos para no fracasar.
He aquí los resultados generales, más breves, que puedo comunicaros según los últimos datos facilitados por el Comisariado del Pueblo de Abastecimiento. Necesitamos no menos de 230 millones de puds. De ellos, 12 millones de puds para los hambrientos, 37 millones para semillas y 15 millones para fondo de reserva; y podemos obtener 109 millones por el impuesto en especie, 15 millones por la tasa de molienda, 12 millones y medio por la devolución del préstamo de semillas, 13 millones y medio por el intercambio de mercancías, 27 millones de Ucrania y 38 millones de puds del extranjero (38 millones si consideramos que obtendremos 30 millones, teniendo en cuenta la operación de que acabo de hablaros, y, además, compraremos 8 millones de puds). Total: 215 millones de puds. Tenemos así déficit y ni un solo pud de reserva. Y si podremos comprar aún en el extranjero, no se sabe. Nuestro plan de abastecimiento está calculado ahora al ras para

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imponer la menor carga posible al campesinado, que ha sufrido el hambre. Durante largo tiempo hemos empleado todos los esfuerzos en las instituciones centrales soviéticas para que el plan de abastecimiento se distribuyera al máximo. Si en 1920 considerábamos que a cargo del Estado había 38 millones de personas, ahora hemos reducido esa cifra a 8 millones. He aquí la reducción que hemos realizado a este respecto. Pero de aquí se deduce una sola conclusión: el impuesto en especie debe ser recaudado en un 100%, es decir, íntegramente, a toda costa. No olvidamos ni un momento que esto constituye una enorme carga para el campesinado, que ha sufrido tanto. Sé perfectamente que los camaradas de las localidades, que han experimentado en sí mismos todo el trabajo de abastecimiento, saben mejor que yo lo que significa esa tarea: recaudar ahora mismo, sin falta, el 100% del impuesto en especie. Pero debo, en nombre del gobierno, como resultado del informe de nuestros trabajos en 1921, deciros: esta tarea, camaradas, hay que cumplirla, hay que aceptar esta dificultad y es necesario vencer esta carga. De lo contrario, no se asegura lo más fundamental, lo más elemental en nuestro transporte y en nuestra industria; no se asegura el presupuesto mínimo, absolutamente necesario, sin el cual no se puede existir en la situación en que nos encontramos, rodeados de enemigos y con un equilibrio internacional sumamente inestable.
Sin esfuerzos gigantescos no hay ni puede haber salida de la situación en que nos encontramos, a los que atormentó la guerra imperialista y la guerra civil, a los que persiguieron las clases gobernantes de todos los países, y por eso hay que decir con toda claridad, sin temor a la amarga verdad, y confirmar en nombre del congreso en las localidades a todos los trabajadores: «Camaradas, toda la existencia de la república soviética, todo nuestro más modesto plan de restauración del transporte y de la industria está calculado sobre la base de que cumplamos nuestro programa general de abastecimiento. Por eso, el impuesto en especie recaudado en un 100% es una necesidad absoluta».

Al hablar del plan, pasaré a la situación práctica que tenemos con el plan de Estado. Empezaré por el combustible, que es el pan de la industria, la base de todo nuestro trabajo industrial. Probablemente ya habréis recibido hoy o recibiréis en estos días los materiales sobre el trabajo de nuestro Gosplán, la Comisión de Planificación del Estado. Recibiréis el informe sobre el congreso de electrotécnicos, que ha dado un material gravísimo y riquísimo, una comprobación por las mejores fuerzas técnicas y científicas de Rusia de ese plan que es el único científicamente comprobado, más corto y más próximo para restaurar nuestra gran industria, que exige no menos de 10 a 15 años para su cumplimiento. Ya lo he dicho y no me cansaré de repetirlo: los plazos con que debemos contar en nuestro trabajo práctico no son ahora los que vimos en el terreno del trabajo político y militar. Muchos de los trabajadores dirigentes del partido comunista y de los sindicatos lo han asimilado, pero es necesario que lo asimilen todos. Entre otras cosas, en el folleto del camarada Krzhizhanovski, que se os repartirá mañana –informe sobre la actividad del Gosplán–, veréis cómo, desde el punto de vista del pensamiento colectivo de los ingenieros y agrónomos, se plantea la cuestión de nuestro plan de Estado en general. Veréis cómo abordan la cuestión –no desde el punto de vista habitual para nosotros, general-político o general-económico, sino desde el punto de vista de la experiencia colectiva– los ingenieros y agrónomos, calculando, entre otras cosas, hasta qué límites podemos retroceder. Encontraréis en ese folleto la respuesta a esta cuestión desde el punto de vista de los ingenieros y agrónomos, y tanto más valioso es que encontraréis en él, como resultado del trabajo de nuestra institución estatal de planificación general durante el año que se informa, el cálculo de cómo ellos plantean la cuestión del transporte y la industria. Es comprensible que no pueda exponeros aquí el contenido de ese trabajo.
Quisiera detenerme brevemente en la cuestión de cómo marcha el plan de combustible, porque en este terreno, al comenzar el año 1921 que se informa, sufrimos el más duro quebranto. Precisamente aquí, apoyándonos

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en la mejora del asunto a fines de 1920, cometimos el mayor error de cálculo y llevamos al transporte a una crisis colosal en la primavera de 1921, crisis provocada ya no sólo por la insuficiencia de medios materiales, sino también por el hecho de que calculamos mal el ritmo de la velocidad de desarrollo. Ya entonces se manifestó el error de que la experiencia asimilada por nosotros en el período político y militar la trasladamos a las tareas económicas: error importantísimo, error radical, que seguimos repitiendo a cada paso, camaradas, hasta ahora. Actualmente tenemos muchos errores, y hay que decir que si no tomamos conciencia de esos errores y si a toda costa no logramos corregirlos, no podrá haber una mejora económica sólida. Después de la lección que hemos recibido, planteamos el plan de combustible para el segundo semestre de 1921 con gran cautela, considerando inadmisible la menor exageración y luchando contra ella por todos los medios. Las cifras para fines de diciembre, aunque aún incompletas, que me fueron comunicadas por el camarada Smilga, que dirige todas nuestras instituciones de recogida de combustible, muestran que tenemos aquí déficit, pero un déficit ya no considerable, y un déficit que muestra la mejora de la estructura interna de nuestro presupuesto de combustible, precisamente lo que los técnicos llaman su mineralización, es decir, un gran éxito en el suministro a Rusia de combustible mineral, y sólo sobre el combustible mineral puede basarse sólidamente la gran industria, capaz de servir de base para la sociedad socialista. Así fue calculado a principios del segundo semestre de 1921 nuestro plan de combustible. Si traducimos la leña, 2.700.000 brazas cúbicas, a combustible condicional de 7.000 calorías, como siempre lo traducimos y como se ha hecho en la página 40 del folleto de Krzhizhanovski que se os repartirá, calculamos obtener 297 millones de puds. Ahora las cifras muestran que hemos obtenido unos 234 millones de puds. Aquí hay una gran falta, sobre la que debo llamar vuestra atención. En el trabajo de leña de nuestras instituciones de combustible hemos sido muy cuidadosos durante el año que informo. Pero precisamente este

trabajo está más ligado que ningún otro al estado de la economía campesina. Precisamente aquí recae todo el peso sobre el campesino y su caballo. Aquí la falta de combustible, la falta de forraje, etc., se reflejan mucho en el trabajo. He aquí por qué se produce la falta. He aquí por qué ahora, cuando estamos al comienzo de la campaña invernal de combustible, tengo que decir otra vez: camaradas, llevad a las localidades la consigna del mayor esfuerzo de las fuerzas en este terreno. En el terreno de nuestro presupuesto de combustible hemos calculado en las dimensiones mínimas solamente lo absolutamente necesario para levantar la industria, pero en esas dimensiones mínimas hay que cumplirlo a toda costa, por duras que sean las condiciones.
Más adelante. Calculábamos obtener 143 millones de puds de carbón; hemos obtenido 184 millones de puds: aquí hay éxito, progreso de la mineralización de nuestro combustible, progreso del Donbás y de otras instituciones donde toda una serie de camaradas han trabajado con gran abnegación y han alcanzado resultados prácticos en la mejora de la gran industria. Os daré un par de cifras relativas al Donbás, porque ésta es la base, el gran centro de toda nuestra industria. Calculábamos obtener 80 millones de petróleo, que dará, traducido a combustible condicional, 120 millones. Con la turba contábamos con 40 millones (19 millones de combustible condicional) y obtuvimos 50. Total, calculábamos obtener 579 millones de puds, y, al parecer, se logrará obtener no más de 562 millones. En conjunto, hay deficiencia de combustible. Cierto es que esta deficiencia no es tan grande; quizás un 3-4%, pero, en todo caso, es una deficiencia. En todo caso, habrá que reconocer que todo esto es una amenaza directa para la gran industria, porque algo del mínimo que fue asignado no se cumplirá. Con este ejemplo, creo, os he mostrado, en primer lugar, que nuestras instituciones de planificación no trabajaron en vano y que se ha iniciado la aproximación del momento del cumplimiento de nuestros planes, y al mismo tiempo, este ejemplo muestra que apenas empezamos a levantarnos, que a este respecto la pesadez, la dificultad de nuestra situación económica es todavía en sumo grado grande, y que por eso la consigna fundamental, el grito de combate fundamental,

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el llamamiento fundamental con que debe conducir y concluir su trabajo nuestro congreso, con que debe partir hacia las localidades, es: se necesita aún tensión de fuerzas, por muy pesada que sea, tanto en el terreno del trabajo industrial como en el terreno del trabajo agrícola. No hay otra salvación para la república, para mantener, conservar, consolidar el poder de los obreros y campesinos, que la tensión del trabajo a este respecto. Que hemos logrado éxitos no pequeños lo ha mostrado especialmente, por ejemplo, el Donbás, donde trabajaron con extraordinaria abnegación y con extraordinario éxito camaradas como Piatakov –en el terreno de la gran industria–, como Rujimovich –en el terreno de la pequeña industria–, a quien por primera vez fue posible organizar la pequeña industria de modo que diera algo. En la gran industria, el rendimiento del picador alcanzó la norma de antes de la guerra, cosa que antes no teníamos. La producción total del Donbás, si tomamos 1920, se calculaba en 272 millones de puds. Se calculaba en 272 millones, y en 1921 se calcula en 350 millones de puds. Esta cifra es muy, muy pequeña en comparación con la máxima de antes de la guerra –1.700 millones–. Pero es algo, sin embargo. Muestra que se da un paso serio hacia adelante. Es, sin embargo, un paso adelante en la restauración de la gran industria, y no podemos escatimar sacrificios para restaurar la gran industria.
Dos palabras más sobre la metalurgia. A este respecto, nuestra situación es particularmente grave. Producimos acaso un 6% de lo que producíamos antes de la guerra. ¡Hasta qué ruina, hasta qué miseria han llevado a Rusia la guerra imperialista y la guerra civil! Pero, desde luego, nos levantamos. Se crean centros como Yugostal 135, donde trabaja también del modo más abnegado el camarada Mezhlauk. Por dura que sea nuestra situación, vemos aquí un éxito enorme. En el primer semestre de 1921 fundíamos mensualmente 70.000 puds de arrabio; en octubre, 130.000; en noviembre, 270.000, es decir, casi cuatro veces más. Vemos que no tenemos fundamento para entregarnos al pánico.

No nos ocultamos en absoluto que las cifras que he citado muestran un nivel miserable, de miseria, pero podemos probar, sin embargo, con estas cifras que por muy pesado que haya sido 1921, qué excepcionales pesadumbres se hayan abatido sobre la clase obrera y campesina, nos levantamos, estamos en el camino justo y, tensando todas las fuerzas, podemos esperar que el ascenso sea aún mayor.
Quisiera comunicar aún algunos datos sobre el éxito de la electrificación. Por desgracia, todavía no tenemos un gran éxito. Contaba con poder felicitar al IX Congreso por la inauguración del segundo gran centro eléctrico construido por el Poder soviético: el primero fue Shaturka, y el segundo, el nuevo centro, la central de Kashira, que precisamente contábamos inaugurar en diciembre 136. Habría dado –y puede dar– 6.000 kilovatios en primera instancia, lo que, con los 18.000 kilovatios que tenemos en Moscú, sería una ayuda sustancial. Pero aquí toda una serie de obstáculos ha motivado que en diciembre de 1921 no podamos inaugurar esta central. Se inaugurará en el plazo más breve, no más de unas semanas. En general, probablemente habréis prestado atención al informe que hace unos días fue publicado en «La Vida Económica» y firmado por el ingeniero Levi, uno de los colaboradores importantes del VIII Congreso Electrotécnico de toda Rusia y, en general, uno de nuestros más importantes trabajadores. De ese informe os citaré solamente las siguientes breves cifras: si sumamos 1918 y 1919, en ese período se inauguraron 51 centrales con una potencia de 3.500 kilovatios. Si sumamos 1920 y 1921, se inauguraron 221 centrales con una potencia de 12.000 kilovatios. Si compramos estas cifras con las de la Europa Occidental, naturalmente parecerán sumamente miserables, de miseria. Pero muestran cómo puede avanzar la cosa incluso en presencia de dificultades no vistas en ningún país. Un papel no pequeño ha desempeñado la difusión de pequeñas centrales en el campo. Hay que decir claramente que muy a menudo hubo aquí despilfarro. Pero incluso en ese despilfarro hay alguna utilidad. Esas pequeñas centrales han creado en el

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campo centros de la moderna y nueva gran industria. Aunque son insignificantes, muestran, sin embargo, a los campesinos que Rusia no se detendrá en el trabajo manual, no permanecerá con su primitivo arado de madera, sino que avanzará hacia otros tiempos. Y en las masas campesinas penetra poco a poco la idea de que debemos y podemos poner a Rusia sobre otra base. Los plazos aquí, como ya he dicho, se miden por decenas de años, pero el trabajo ha comenzado ya, la conciencia en la masa campesina se amplía, en parte precisamente gracias a que las pequeñas centrales crecen entre nosotros más rápidamente que las grandes. Pero si en 1921 nos retrasamos en la inauguración de una gran central eléctrica, a principios de 1922 habrá dos: Kashira, en las cercanías de Moscú, y Utkina Zavod, cerca de Petersburgo 137. A este respecto, en todo caso, estamos en el camino por el que nos está asegurado el movimiento hacia adelante, si con la misma tensión nos dedicamos al cumplimiento de nuestras tareas.
Dos palabras más sobre otro éxito: nuestro éxito en el trabajo de la turba. La extracción de turba en 1920 alcanzó 93 millones de puds; en 1921, 139 millones de puds –quizás el único terreno en que hemos superado con mucho la norma de antes de la guerra–. En el terreno de la turba tenemos riquezas inabarcables, como en ningún otro país del mundo. Pero aquí hubo gigantescas dificultades, y en parte subsisten aún ahora, en el sentido de que este trabajo, en general pesado, era terriblemente pesado precisamente en Rusia. El invento del método hidráulico de extracción de turba, en el que trabajaron en el Glavtorf los camaradas Radchenko, Menshikov y Morozov, facilita este trabajo. A este respecto se ha alcanzado un éxito enorme. En 1921 trabajaron solamente 2 bombas de turba –aparatos para la extracción hidráulica de la turba, que libran a los obreros del trabajo de presidio que hasta ahora está ligado a la extracción de turba–. Ahora se han encargado en Alemania y están asegurados para 1922 veinte aparatos. La colaboración con el país europeo avanzado ha comenzado. Y ante nosotros se abre ahora la posibilidad de desarrollar este asunto, que es imposible pasar por alto. La abundancia de pantanos y la reserva de turba en Rusia es grande como en ninguna parte, y convertir ese trabajo de presidio, al que iba y podía

ir sólo un pequeño número de obreros, en un trabajo más normal, ahora parece posible. La colaboración práctica con el moderno Estado avanzado –con Alemania– se ha alcanzado, puesto que allí se fabrican ya en las fábricas los aparatos que facilitan ese trabajo, aparatos que, con seguridad, serán puestos en marcha en 1922. A esta circunstancia debemos prestar atención. En este terreno podemos hacer mucho, muchísimo, si todos sabemos y todos difundimos la idea de que con la tensión de los esfuerzos, con la mecanización del trabajo, tenemos en Rusia una posibilidad mayor que cualquier otro Estado de salir de la crisis económica.
Ahora, en el terreno de nuestra política económica, quiero subrayar aún otro aspecto de la cuestión. Al valorar nuestra nueva política económica, no basta prestar atención a lo que puede ser particularmente importante. Naturalmente, la esencia de la nueva política económica es la alianza del proletariado y el campesinado; la esencia está en la unión de la vanguardia, el proletariado, con el amplio campo campesino. El aumento de las fuerzas productivas –a toda costa, inmediatamente, ahora mismo– ha comenzado, gracias a la nueva política económica. Hay aún otro aspecto de la nueva política económica: la posibilidad de aprender. La nueva política económica es la forma en que empezaremos a aprender a administrar de verdad; y a este respecto hemos trabajado hasta ahora rematadamente mal. Naturalmente, al dirigente comunista, al dirigente sindical de las masas trabajadoras le es difícil imaginarse que el comercio es hoy la piedra de toque de nuestra vida económica, la única unión posible del destacamento de vanguardia del proletariado con el campesinado, el único engranaje posible para iniciar el auge económico en un frente común. Si tomamos a cualquier comerciante que comercie bajo el control del Estado y del tribunal (el tribunal es proletario entre nosotros, y el tribunal sabrá vigilar a cada empresario particular para que las leyes se escriban para ellos no como se escriben en los Estados burgueses; hace poco en Moscú hubo ese ejemplo 138, y todos

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sabéis bien que multiplicaremos el número de estos ejemplos, castigando severamente los intentos de violación de nuestras leyes por parte de los señores empresarios particulares), veremos que, sin embargo, ese comerciante, ese empresario particular, por un ciento por ciento de ganancia sabrá hacer una cosa –digamos, adquirirá materias primas para la industria–, como a menudo no sabrán hacerla ningún comunista ni sindicalista. Y aquí está precisamente la importancia de la nueva política económica. Aprended. Este aprendizaje es muy serio, todos debemos cumplirlo. Este aprendizaje es sumamente severo. No se parece a la lectura de conferencias en la escuela y a la rendición de unos u otros exámenes. Es un problema de lucha económica dura, severa, planteada en medio de la miseria, en medio de pesadumbres, dificultades, falta de pan, hambre, frío inauditos, pero es el verdadero aprendizaje que debemos realizar. Aquí, todo intento de eludir esta tarea, todo intento de cerrar los ojos, de que nosotros, dicen, estamos al margen, será la más criminal y la más peligrosa soberbia, comunista y profesional. De este pecadillo, camaradas, todos los que gobernamos la Rusia Soviética sufrimos mucho, y hay que reconocerlo con toda franqueza para librarnos de ese defecto.
Emprendemos la tarea de nuestra edificación económica sobre la base de nuestra experiencia de ayer, y en esto reside precisamente nuestro error radical. Aquí os citaré un proverbio francés que dice que, por lo general, en los hombres los defectos tienen relación con sus cualidades. Los defectos del hombre son como una continuación de sus cualidades. Pero si las cualidades se prolongan más de lo necesario, se manifiestan no cuando es necesario y no donde es necesario, entonces se convierten en defectos. Probablemente casi todos vosotros lo habréis observado en la vida personal y en general, y ahora observamos en todo el desarrollo de nuestra revolución, de nuestro partido y de nuestros sindicatos, que son el principal apoyo del partido, en todo el aparato que gobierna la Rusia Soviética, observamos este defecto que ha aparecido como una continuación

de nuestras cualidades. La grandísima cualidad fue que en el terreno político y militar dimos un paso de importancia histórica mundial que ha entrado en la historia mundial como el cambio de dos épocas. Cualesquiera que sean los sufrimientos que nos quepa soportar aún, nadie puede quitarnos eso. Salimos de la guerra imperialista y de nuestras calamidades sólo gracias a la revolución proletaria, sólo gracias a que el régimen soviético vino a sustituir al viejo régimen. Esto no se puede quitar; esto es una cualidad incuestionable, incuestionable e inalienable que no puede ser arrebatada por ningún esfuerzo y embestida de nuestros enemigos, pero que precisamente, si se prolonga allí donde no es necesario, se convierte en el defecto más peligroso.
Las tareas políticas y las tareas militares podían resolverse levantando el entusiasmo en el grado dado de conciencia de los obreros y campesinos. Ellos comprendieron todo lo que la guerra imperialista los ahogaba; no era necesario un ascenso a un nuevo grado de conciencia, a un nuevo grado de organización, para comprenderlo. El entusiasmo, el ímpetu, el heroísmo, que ha quedado y quedará eternamente como monumento de lo que hace la revolución y de lo que pudo hacer, ayudaron a resolver esas tareas. Con esto alcanzamos nuestro éxito político y militar, y esta cualidad se convierte ahora en nuestro defecto más peligroso. Miramos hacia atrás y pensamos que del mismo modo se pueden resolver también las tareas económicas. Pero en esto precisamente está el error: cuando la situación ha cambiado y debemos resolver tareas de otro género, aquí no se puede mirar hacia atrás e intentar resolver con el procedimiento de ayer. ¡No lo intentéis, no lo resolveréis! Y esta inexactitud debemos reconocerla. Los trabajadores comunistas y los trabajadores sindicales, que a menudo se apartan del negro, duro, plurianual trabajo económico, que exige constancia, pruebas duras, trabajo prolongado, exactitud y perseverancia, ya sea como trabajadores soviéticos, ya sea como combatientes de ayer, se apartan, se excusan con recuerdos de que ayer hicimos una gran cosa; me recordáis la fábula de los gansos que se jactaban de que «Roma fue salvada por ellos», pero a los cuales

IX CONGRESO DE LOS SOVIETS DE TODA RUSIA
el campesino respondió con un varetazo: «Dejad a vuestros antepasados en paz, y vosotros, ¿qué habéis hecho?». Que en 1917-1918-1919-1920 resolvimos nuestras tareas políticas y militares con aquel heroísmo, con aquel éxito con que echamos los cimientos de una nueva época de la historia mundial, esto no lo niega nadie. Esto nos pertenece, y nadie, ni en el partido ni en los sindicatos, intenta quitárnoslo; pero ante los trabajadores soviéticos y ante los trabajadores sindicales se plantea ahora otra tarea.
Ahora estáis rodeados de potencias capitalistas que no os ayudarán, sino que os estorbarán; ahora trabajáis en condiciones de miseria, ruina, hambre y calamidad. O aprendéis a trabajar con otro ritmo, contando el trabajo por decenios y no por meses, agarrándoos a esa masa que está agotada y que no puede trabajar con ritmo revolucionario-heroico en el trabajo cotidiano, o aprendéis esto, o con justicia os llamarán gansos. Cualquier trabajador sindical y político, cuando dice la frase general de que, ea, nosotros, los sindicatos, nosotros, el partido comunista, gobernamos, eso está bien. En el terreno político y militar lo hicimos magníficamente; en el terreno económico lo hacemos mal. Hay que reconocerlo y hacerlo mejor. A cualquier sindicato que plantea en términos generales la cuestión de si los sindicatos deben participar en la producción, le diré: dejad ya de charlar (aplausos) y respondedme mejor a la cuestión práctica y decid (si estáis en un puesto de responsabilidad, como persona autorizada, trabajador del partido comunista o del sindicato): ¿dónde habéis organizado bien la producción, cuántos años la habéis organizado, cuántas personas os están subordinadas –mil o diez mil–, dadme la lista de aquellos a quienes colocáis en el trabajo económico que habéis llevado a cabo hasta el fin, y no que os pongáis a veinte cosas y luego, por falta de tiempo, no llevéis ninguna hasta el fin? Entre nosotros, en las costumbres soviéticas, no ocurre que la economía se lleve hasta el fin, que durante varios años se alegue el éxito, que no se tema aprender de ese comerciante que tomará el 100%

de ganancia y todavía se quedará con algo, sino que se escribe una magnífica resolución sobre las materias primas y se dice que nosotros, dicen, somos representantes del partido comunista, del sindicato, del proletariado. Con permiso, ¿qué se llama proletariado? Es la clase que está ocupada en el trabajo en la gran industria. ¿Y dónde está la gran industria? ¿Qué proletariado es ése? ¿Dónde está vuestra industria? ¿Por qué está parada? ¿Porque no hay materias primas? ¿Y vosotros habéis sabido recogerlas? No. Escribiréis una resolución para que las recojan, y os sentaréis en un charco, y os dirán –tontería– y, por consiguiente, os parecéis a un ganso cuyos antepasados salvaron Roma.
Ahora la historia nos ha impuesto la labor de una grandísima transformación política: rematarla con un lento, pesado y difícil trabajo económico, donde los plazos se señalan muy largos. Siempre en la historia las grandes transformaciones políticas han requerido un largo camino para ser digeridas. Todas las grandes transformaciones políticas se decidían por el entusiasmo de los destacamentos de vanguardia, tras los cuales iba espontánea, semiconscientemente, la masa. De otro modo no podía ni desarrollarse la sociedad que estaba oprimida por los zares, los terratenientes, los capitalistas. Y esta parte del trabajo, es decir, la transformación política, fue realizada por nosotros de modo que la significación histórico-mundial de esta obra es indiscutible. Pero tras la gran transformación política surge, sin embargo, otra tarea que hay que comprender: hay que digerir esa transformación, hacerla vida, sin excusarse con que el régimen soviético es malo y que hay que reconstruirlo. Entre nosotros hay muchísimos aficionados a reconstruir de todas las maneras, y de esas reconstrucciones resulta una calamidad tal que no he conocido mayor calamidad en mi vida. Que existen defectos en el aparato de organización de las masas, lo sé perfectamente, y por cada diez defectos que cualquiera de vosotros me señale, os nombraré inmediatamente un ciento adicional. Pero no se trata de mejorarlo con una rápida reorganización, sino de que hay que digerir esa transformación política para alcanzar otro nivel cultural económico. He aquí dónde está el quid. No re-

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construir, sino, al contrario, ayudar a corregir los numerosos defectos que existen en el régimen soviético y en todo el sistema de administración, para ayudar a decenas y millones de personas. Es necesario que toda la masa campesina nos ayude a digerir esa grandísima conquista política que hemos realizado. Aquí hay que ser sobrio y darse cuenta de que esa conquista está hecha, pero aún no ha entrado en la carne y la sangre de la economía de la vida cotidiana y en las condiciones de existencia de las masas. Aquí hace falta trabajo de decenas de años, y hay que gastar enormes esfuerzos en él. No se puede llevar con el mismo ritmo, con la misma rapidez y en las mismas condiciones en que llevábamos el trabajo militar.
Antes de terminar, me permitiré extender esa lección –de que los defectos son a veces la continuación de nuestras cualidades– a una de nuestras instituciones, concretamente a la Checa. ¡Camaradas! Todos sabéis, claro está, qué salvaje odio inspira esa institución a la emigración rusa y a los numerosos representantes de las clases dominantes de los países imperialistas que viven con esa emigración rusa. ¡No faltaba más! Esa institución fue nuestra arma contundente contra las innumerables conjuras, innumerables atentados contra el Poder soviético por parte de personas que eran infinitamente más fuertes que nosotros. Ellos, los capitalistas y terratenientes, conservaron en sus manos todas las relaciones internacionales, todo el apoyo internacional; tuvieron el apoyo de Estados incomparablemente más poderosos que el nuestro. Sabéis por la historia de esas conjuras cómo actuaban esas personas. Sabéis que no se podía responder a ellas de otro modo que con la represión, implacable, rápida, inmediata, apoyada en la simpatía de los obreros y campesinos. Esto es una cualidad de nuestra Checa. Siempre lo subrayaremos cuando oigamos, directa o indirectamente, como oímos a menudo desde el extranjero, los gritos de aquellos representantes rusos que saben usar en todas las lenguas la palabra «Checa» y considerarla como imagen, tipo de la barbarie rusa.
¡Señores capitalistas, rusos y extranjeros! Sabemos que a vosotros no os puede gustar esa institución. ¡No

faltaba más! Supo rechazar vuestras intrigas y vuestras maquinaciones como nadie, en las circunstancias en que vosotros nos estrangulabais, en que nos rodeabais de invasiones, en que construíais conjuras interiores y no os deteníais ante ningún crimen para desbaratar nuestro trabajo pacífico. No tenemos otra respuesta que la de una institución que conociera cada paso del conspirador y supiera no ser persuasiva sino castigadora inmediata. Sin esa institución, el poder de los trabajadores no puede existir mientras existan en el mundo explotadores que no tengan ganas de presentar en bandeja a los obreros y campesinos sus derechos de terratenientes, sus derechos de capitalistas. Esto lo sabemos muy bien, pero sabemos al mismo tiempo que las cualidades del hombre pueden convertirse en sus defectos, y sabemos que la situación que se ha creado entre nosotros exige imperiosamente limitar esa institución a la esfera puramente política, concentrarla en aquellas tareas en que la situación y las condiciones la ayudan. Si los intentos de contrarrevolución fueran tales como lo han sido hasta ahora –y no tenemos pruebas de que a este respecto haya cambiado la psicología de nuestros adversarios, no tenemos fundamento para ello–, sabremos responder de modo que vean en nuestra respuesta algo serio. El Estado soviético admite a representantes extranjeros so pretexto de ayuda, y esos representantes ayudan a derrocar el Poder soviético, de lo que ha habido ejemplos. En situación semejante no caeremos, gracias a que valoraremos y utilizaremos una institución como la Checa. Esto podemos garantizarlo a todos y a cada uno. Pero al mismo tiempo decimos claramente que es necesario someter a la Checa a una reforma, definir sus funciones y competencia y limitar su trabajo a las tareas políticas. Ante nosotros está ahora la tarea del desarrollo del intercambio civil –esto lo exige la nueva política económica–; eso exige una mayor legalidad revolucionaria. Es comprensible que en las circunstancias de la ofensiva militar, cuando cogían por el cuello al Poder soviético, si entonces nos hubiéramos planteado esa tarea como primordial, habríamos sido pedantes, habríamos jugado a la revolución, pero

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no habríamos hecho la revolución. Cuanto más entramos en condiciones que son condiciones de un poder sólido y firme, cuanto más se desarrolla el intercambio civil, más imperiosamente necesario es lanzar la consigna firme de realizar una mayor legalidad revolucionaria, y más se reduce la esfera de la institución que responde con un golpe de respuesta a cada golpe de los conspiradores. Tal es el resultado de la experiencia, observaciones y reflexiones que el gobierno ha obtenido durante el año que se informa.
Para concluir, debo decir, camaradas, que la tarea que estamos resolviendo este año y que hasta ahora hemos resuelto tan mal –la unión de obreros y campesinos en una sólida alianza económica, incluso en las condiciones de la mayor miseria y ruina– está planteada ahora por nosotros correctamente, hemos tomado la línea correcta, y no puede haber ninguna duda al respecto. Y esta tarea no es sólo rusa, sino también mundial. (Atronadores, prolongados aplausos que no cesan.)
La tarea que estamos resolviendo ahora, temporalmente aislados, parece una tarea puramente rusa, pero en realidad es la tarea que se planteará ante todos los socialistas. El capitalismo perece; en su agonía puede aún causar a decenas y centenares de millones de hombres sufrimientos increíbles, pero ninguna fuerza puede impedir su caída. La nueva sociedad, que se basará en la alianza de obreros y campesinos, es inevitable. Tarde o temprano, veinte años antes o veinte años después, llegará, y para ella, para esa sociedad, ayudamos a elaborar las formas de la alianza de obreros y campesinos cuando trabajamos en la solución de nuestra nueva política económica. Resolveremos esta tarea y crearemos la alianza de obreros y campesinos tan sólida que ninguna fuerza en la tierra podrá romperla. (Atronadores y prolongados aplausos que no cesan.)

Publicado el 23 de diciembre de 1921
en el boletín «IX Congreso de los Soviets de toda Rusia. Informe
estenográfico», nº 1

Se imprime según el texto del libro «Noveno Congreso de los Soviets de diputados obreros, campesinos, del Ejército Rojo y cosacos de toda Rusia. Informe estenográfico». Moscú, ed. del CEC, 1922, cotejado con la estenografía.