29 DE OCTUBRE

¡Camaradas! Al comenzar mi informe sobre la nueva política económica, debo ante todo aclarar que no entiendo este tema como quizás esperan muchos de los presentes, o más bien, solo puedo tomar una pequeña parte de este. Naturalmente, el interés principal en este asunto puede dirigirse al conocimiento y la evaluación de las últimas leyes y disposiciones del Poder Soviético referentes a la nueva política económica. El interés por tal tema sería tanto más legítimo cuanto mayor sea el número de estas disposiciones y más imperiosa la necesidad de su formalización, ordenación y recapitulación, necesidad que, a juzgar por mis observaciones en el Consejo de Comisarios del Pueblo, ya se siente mucho y muy claramente. Igualmente legítimo sería el deseo de conocer los hechos y cifras que ya existen sobre los resultados de la nueva política económica. Por supuesto, el número de tales hechos, confirmados y verificados, es aún muy reducido, pero los hay. Y, sin duda, para conocer la nueva política económica, es absolutamente necesario seguir estos hechos e intentar resumirlos. Pero no puedo encargarme de uno ni de otro tema, y si ustedes muestran interés por ellos, estoy seguro de que encontrarán ponentes para estos temas. A mí me interesa otro tema, concretamente, la cuestión de la táctica o, si se puede decir así, de la estrategia revolucionaria,

aplicada por nosotros en relación con el giro de nuestra política, y la evaluación de las condiciones de hasta qué punto esta política corresponde a nuestra comprensión general de nuestras tareas, por un lado, y por otro, hasta qué punto el conocimiento partidario actual y la conciencia partidaria se han adaptado a la necesidad de esta nueva política económica. A esta cuestión especial me gustaría dedicar exclusivamente mi intervención.
Ante todo, me interesa la cuestión de en qué sentido, al evaluar nuestra nueva política económica, se puede hablar de error de la política económica anterior, si será correcto caracterizarla como un error y, finalmente, si esto es correcto, ¿en qué sentido puede reconocerse útil y necesaria tal evaluación?
Esta cuestión, me parece, tiene importancia para evaluar hasta qué punto estamos ahora en el partido de acuerdo entre nosotros sobre las cuestiones más radicales de nuestra actual política económica.
¿Debe la atención del partido dirigirse ahora exclusivamente a las cuestiones concretas y particulares de esta política económica, o debe detenerse, al menos de vez en cuando, en la evaluación de las condiciones generales de esta política y en la correspondencia de la conciencia partidaria, el interés partidario y la atención partidaria a estas condiciones generales? Creo que la situación actual es precisamente tal que nuestra nueva política económica no está aún suficientemente definida para los amplios círculos del partido y que sin una idea clara del error de la política económica anterior no podríamos realizar con éxito nuestro trabajo de creación de las bases y de determinación definitiva de la dirección de nuestra nueva política económica.
Para explicar mi pensamiento y responder a la pregunta de en qué sentido se puede y se debe, en mi opinión, hablar del error de nuestra política económica anterior, me permitiré tomar para la comparación uno de los episodios de la guerra ruso-japonesa que, me parece, nos ayudará a representarnos con mayor precisión la corre-

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lación de diferentes sistemas y métodos de política en una revolución de este tipo, como la revolución que ocurre entre nosotros. El ejemplo del que hablo es la toma de Port Arthur por el general japonés Nogi. Lo principal que me interesa en este ejemplo es que la toma de Port Arthur pasó por dos etapas completamente distintas. La primera consistió en asaltos furiosos que terminaron todos en fracaso y costaron al famoso comandante japonés una cantidad extraordinaria de bajas. La segunda etapa fue cuando se tuvo que pasar a un asedio extremadamente pesado, extremadamente difícil y lento de la fortaleza según todas las reglas del arte, transcurrido cierto tiempo, precisamente así se resolvió la tarea de la toma de la fortaleza. Si observamos estos hechos, surge naturalmente la pregunta: ¿en qué sentido se puede evaluar como un error el primer modo de actuar del general japonés contra la fortaleza de Port Arthur? ¿Fueron erróneos los asaltos a la fortaleza? Y si fueron un error, ¿bajo qué condiciones debía el ejército japonés, para cumplir correctamente su tarea, hablar de ese error y en qué medida debía concienciarlo?

Por supuesto, a primera vista, la respuesta a esta pregunta parece la más simple. Si toda una serie de asaltos a Port Arthur resultó infructuosa –y esto es un hecho–, si las bajas sufridas por los atacantes fueron increíblemente grandes –y esto es de nuevo un hecho indiscutible–, entonces de aquí se deduce evidentemente que el error de la táctica de asalto directo e inmediato a la fortaleza de Port Arthur no requiere ninguna demostración. Pero, por otro lado, no es difícil ver que al resolver una tarea en la que había muchas incógnitas, es difícil sin la experiencia práctica correspondiente determinar con absoluta o al menos con un grado suficientemente grande de aproximación y precisión qué método puede emplearse contra una fortaleza enemiga. Era imposible determinarlo sin probar en la práctica qué fuerza representa la fortaleza:

cuál es la potencia de sus fortificaciones, cuál es el estado de su guarnición, etc. Sin esto, no era posible resolver la cuestión de aplicar el método correcto de toma de la fortaleza ni siquiera para uno de los mejores comandantes, entre los que sin duda se contaba el general Nogi. Por otro lado, el objetivo y las condiciones para la finalización exitosa de toda la guerra exigían las soluciones más rápidas posibles de esta tarea; al mismo tiempo, había una enorme probabilidad de que incluso bajas muy grandes, si resultaran necesarias para tomar la fortaleza por asalto, se compensarían con creces. Liberarían al ejército japonés para operaciones en otros teatros de guerra, completarían una de las tareas más esenciales antes de que el enemigo, es decir, el ejército ruso, lograra trasladar grandes fuerzas al lejano teatro de guerra, prepararlas mejor y, quizás, llegar a una situación en la que resultara muchas veces más fuerte que el ejército japonés.

Si observamos el desarrollo de la operación militar en su conjunto y las condiciones en las que actuó el ejército japonés, debemos llegar a la conclusión de que esos asaltos a Port Arthur significaron no solo el heroísmo más grande de un ejército capaz de incurrir en enormes bajas, sino que también significaron lo único posible en las condiciones de entonces, es decir, al comienzo de las operaciones, que era necesario y útil, porque sin probar las fuerzas en la tarea práctica de tomar la fortaleza por asalto, sin probar la fuerza de resistencia, no había fundamentos para emprender una lucha más larga y más pesada, una lucha que, por su propia duración, encerraba toda una serie de peligros de otro tipo. Desde el punto de vista de la operación en su conjunto, no podemos dejar de considerar también su primera parte, consistente en asaltos y ataques, como una parte necesaria, como una parte útil, porque, repito, sin tal experiencia el ejército japonés no podría tener suficiente conocimiento de las condiciones concretas de la lucha. ¿Cuál era la situación de este ejército cuando terminaba el período de lucha contra la fortaleza enemiga mediante asaltos? Hemos matado a miles y miles y mataremos a miles más, pero

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no tomaremos la fortaleza por este camino: tal era la situación cuando una parte o la mayoría empezó a llegar a la conclusión de que había que renunciar al asalto y pasar al asedio. Si hubo un error en la táctica, hay que acabar con ese error, y todo lo relacionado con él hay que reconocerlo como un obstáculo para la actividad que exige un cambio: hay que terminar el asalto y pasar al asedio, a una disposición diferente de las tropas, a una redistribución de las partes materiales, sin mencionar los métodos y acciones particulares. Lo que hubo antes hay que reconocerlo decidida, precisa y claramente como un error, para no tener obstáculos en el desarrollo de la nueva estrategia y táctica, en el desarrollo de las operaciones que ahora debían ir de manera completamente diferente y que, como sabemos, terminaron con pleno éxito, aunque en un período incomparablemente más largo de lo previsto.

Creo que este ejemplo sirve para explicar en qué situación se encontró nuestra revolución al resolver sus tareas socialistas en el ámbito de la construcción económica. En este sentido se distinguen claramente dos períodos. Por un lado, el período desde aproximadamente principios de 1918 hasta la primavera de 1921 y, por otro, el período en que nos encontramos desde la primavera de 1921.

Si recuerdan las declaraciones, oficiales y no oficiales, que hizo nuestro partido desde finales de 1917 hasta principios de 1918, verán que ya entonces teníamos la idea de que el desarrollo de la revolución, el desarrollo de la lucha, podía transcurrir tanto por un camino relativamente corto como por uno muy largo y pesado. Pero al evaluar el posible desarrollo, partíamos en su mayor parte –no recuerdo excepciones– de suposiciones, no siempre quizás expresadas abiertamente, pero siempre implícitas, de la transición directa a la construcción socialista. Releí a propósito lo que se escribió, por ejemplo, en marzo y abril de 1918 sobre las tareas de nuestra revolución en el ámbito de la construcción socialista *

* Véase Obras Completas, 5ª ed., tomo 36, págs. 78-82, 165-208, 283-314. Red.

y me convencí de que tal suposición realmente existía entre nosotros.

Este fue precisamente el período en que ya se había resuelto una tarea tan esencial y políticamente necesaria como preliminar, como la tarea de tomar el poder, crear el sistema soviético de Estado en lugar del anterior burgués-parlamentario, y luego la tarea de salir de la guerra imperialista, salida que, como se sabe, estuvo acompañada de bajas especialmente pesadas, con la conclusión de la paz de Brest, increíblemente humillante y que imponía condiciones casi imposibles. Después de la conclusión de esta paz, el período de marzo a verano de 1918 fue un período en el que las tareas militares parecían resueltas. Posteriormente, los acontecimientos demostraron que no era así, que en marzo de 1918, después de resolver la tarea de la guerra imperialista, solo nos aproximábamos al comienzo de la guerra civil, que desde el verano de 1918, en relación con la sublevación checoslovaca, empezó a avanzar cada vez más. Entonces, en marzo o abril de 1918, al hablar de nuestras tareas, ya contraponíamos a los métodos de transición gradual unos procedimientos de acción como el modo de lucha dirigido principalmente a la expropiación de los expropiadores, a lo que caracterizó principalmente los primeros meses de la revolución, es decir, finales de 1917 y principios de 1918. Y ya entonces se tenía que decir que nuestro trabajo en el ámbito de la organización del registro y el control se había quedado muy atrás respecto del trabajo y la actividad en cuanto a la expropiación de los expropiadores. Esto significaba que habíamos expropiado mucho más de lo que habíamos sabido registrar, controlar, administrar, etc., y, así, se planteaba el desplazamiento desde la tarea de la expropiación, la destrucción del poder de los explotadores y expropiadores, hacia la tarea de organizar el registro y el control, hacia las tareas económicas prosaicas, por así decirlo, de la construcción directa. Y ya entonces, en una serie de puntos, necesitábamos retroceder. Por ejemplo, en marzo y abril de 1918 surgió la cuestión de la remuneración de los especialistas según tarifas correspondientes no a las relaciones socialistas, sino a las burguesas, es decir, tarifas

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que no se correspondían con la dificultad o las condiciones especialmente duras del trabajo, sino que se correspondían con las costumbres burguesas y las condiciones de la sociedad burguesa. Este tipo de remuneración excepcionalmente alta, burguesamente alta, de los especialistas no entraba inicialmente en el plan del Poder Soviético y ni siquiera correspondía a toda una serie de decretos de finales de 1917. Pero a principios de 1918 hubo indicaciones directas de nuestro partido de que en este aspecto debíamos dar un paso atrás y reconocer un cierto "compromiso" (uso la palabra que entonces se usaba). Por decisión del Comité Ejecutivo Central de toda Rusia del 29 de abril de 1918 se reconoció necesario realizar este cambio en el sistema general de remuneración95.

Nuestro trabajo constructivo y económico, que entonces pusimos en primer plano, lo considerábamos desde un ángulo. Entonces se suponía la realización de la transición directa al socialismo sin un período previo que adaptara la vieja economía a la economía socialista. Suponíamos que, creando la producción estatal y la distribución estatal, con ello mismo entrábamos directamente en otro sistema económico de producción y distribución en comparación con el anterior. Suponíamos que ambos sistemas –el sistema de producción y distribución estatal y el sistema de producción y distribución privada– entrarían en lucha entre sí en condiciones tales que nosotros construiríamos la producción y distribución estatales, arrebatándoselas paso a paso al sistema enemigo. Decíamos que nuestra tarea ahora no era ya tanto la expropiación de los expropiadores, sino el registro, el control, el aumento de la productividad del trabajo, el aumento de la disciplina. Esto lo decíamos en marzo y abril de 1918, pero no nos planteábamos en absoluto la cuestión de en qué relación se encontraría nuestra economía con el mercado, con el comercio. Cuando, en relación con la polémica contra algunos camaradas que negaban la admisibilidad de la paz de Brest, planteamos, por ejemplo, en la primavera de 1918 la cuestión del capitalismo de Estado, fue planteada

no como que íbamos a retroceder hacia el capitalismo de Estado, sino como que nuestra situación sería más fácil y la solución por nuestra parte de las tareas socialistas estaría más cerca si en Rusia hubiera existido el capitalismo de Estado como sistema económico dominante. Quisiera llamar especialmente su atención sobre esta circunstancia, porque me parece necesaria para comprender en qué consistió el cambio de nuestra política económica y cómo hay que evaluar ese cambio.

Pondré un ejemplo que podría mostrar más concreta y claramente las condiciones en que se desarrolló nuestra lucha. Recientemente, en Moscú, tuve ocasión de ver un "Boletín de Anuncios" privado96. Después de tres años de nuestra anterior política económica, este "Boletín de Anuncios" causó la impresión de algo completamente insólito, completamente nuevo, extraño. Pero desde el punto de vista de los métodos generales de nuestra política económica, no hay aquí nada extraño. Es necesario recordar, si tomamos este pequeño pero bastante característico ejemplo, cómo se desarrolló la lucha, cuáles fueron sus tareas y sus métodos en nuestra revolución en general. Uno de los primeros decretos a finales de 1917 fue el decreto sobre el monopolio estatal de los anuncios. ¿Qué significaba este decreto? Significaba que el proletariado, que había conquistado el poder estatal, suponía la transición a nuevas relaciones socioeconómicas de la manera más gradual posible –no la destrucción de la prensa privada, sino su sometimiento a una cierta dirección estatal, su encauzamiento dentro del capitalismo de Estado. El decreto que establecía el monopolio estatal de los anuncios suponía, por tanto, que subsistían los periódicos de empresa privada como fenómeno general, que subsistía la política económica que exigía anuncios privados, subsistía el orden de la propiedad privada, subsistía toda una serie de establecimientos privados necesitados de reclamos, de anuncios. Tal era y solo así podía concebirse el decreto sobre la monopolización de los anuncios privados. Hay semejanza con esto en los decretos relativos a la banca, pero para no complicar el ejemplo, no hablaré de ello.

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¿Cuál fue la suerte del decreto sobre la monopolización de los anuncios privados, promulgado en las primeras semanas de existencia del Poder Soviético? Su suerte fue tal que pronto fue barrido por completo. Recordando ahora el desarrollo de la lucha y las condiciones en que se desarrolló desde entonces, resulta ridículo recordar lo ingenuos que fuimos al poder hablar a finales de 1917 sobre la introducción del monopolio estatal de los anuncios privados. ¡Qué anuncios privados podía haber en un período de lucha desesperada! El enemigo, es decir, el mundo capitalista, respondió a este decreto del Poder Soviético continuando la lucha y llevándola a la máxima tensión, hasta el final. El decreto suponía que el Poder Soviético, la dictadura del proletariado, estaba tan consolidado que no podía haber otra economía, que la necesidad de someterse a él era tan evidente para toda la masa de empresarios privados y propietarios particulares que la lucha sería aceptada por ellos en el terreno en que nosotros, como poder estatal, la colocábamos. Les decíamos: a ustedes les quedan las publicaciones privadas, les queda la iniciativa privada, les queda la libertad de anuncios necesaria para atender esas empresas, solo se establece un impuesto estatal sobre ellas, solo se establece su concentración en manos del Estado, y el sistema mismo de anuncios privados no solo no se destruye, sino que, al contrario, se les da cierta ventaja, siempre ligada a una correcta concentración del negocio de la información. Pero en la práctica resultó que la lucha hubo de desarrollarse en un terreno completamente distinto. El enemigo, es decir, la clase de los capitalistas, respondió a este decreto del poder estatal negando por completo todo ese poder estatal. No podía hablarse de anuncios en absoluto, porque todo lo que quedaba de burgués-capitalista en nuestro régimen dirigía ya entonces todas sus fuerzas a la lucha por las bases mismas del poder. A nosotros, que propusimos a los capitalistas: "Someteos a la regulación estatal, someteos al poder estatal, y en lugar de la destrucción completa

de las condiciones correspondientes a los viejos intereses, costumbres, puntos de vista de la población, obtendréis un cambio gradual de todo esto mediante la regulación estatal", a nosotros se nos planteó la cuestión de nuestra propia existencia. La táctica adoptada por la clase de los capitalistas consistió en empujarnos a una lucha desesperada e implacable que nos obligara a una destrucción de las viejas relaciones inconmensurablemente mayor de la que habíamos previsto.

Del decreto sobre la monopolización de los anuncios privados no salió nada; quedó como un papel mojado, y la vida, es decir, la resistencia de la clase de los capitalistas, obligó a nuestro poder estatal a trasladar toda la lucha a un plano completamente diferente, no a cuestiones tan insignificantes, ridículamente pequeñas, de las que a finales de 1917 tuvimos la ingenuidad de ocuparnos, sino a la cuestión de ser o no ser: quebrar el sabotaje de toda la clase empleada, rechazar al ejército de los guardias blancos, que recibió el apoyo de la burguesía de todo el mundo.

Este episodio particular del decreto sobre los anuncios proporciona, me parece, indicaciones útiles en la cuestión fundamental del error o no error de la táctica anterior. Por supuesto, evaluando ahora los acontecimientos en perspectiva del desarrollo histórico posterior, no podemos dejar de encontrar este decreto nuestro ingenuo y, en cierto sentido, erróneo, pero al mismo tiempo era correcto en él que el poder estatal –el proletariado– hizo un intento de llevar a cabo la transición a nuevas relaciones sociales con la mayor adaptación posible, por así decirlo, a las relaciones entonces existentes, lo más gradualmente posible y sin una destrucción especial. El enemigo, es decir, la clase de la burguesía, puso en juego todos los medios para empujarnos a la manifestación más extrema de lucha desesperada. Estratégicamente, desde el punto de vista del enemigo, ¿era esto correcto? Por supuesto que era correcto, porque sin probar sus fuerzas en este terreno mediante un enfrentamiento directo, ¿cómo iba a someterse la burguesía de repente a un poder proletario completamente nuevo, nunca antes visto? "Disculpen, señores respetables –nos respondió la bur-

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guesía–, nosotros hablaremos con ustedes no de los anuncios, sino de si no tendremos todavía a Wrangel, a Kolchak, a Denikin y si no se les prestará ayuda por la burguesía internacional para resolver la cuestión no de si tendrán ustedes o no Banco del Estado". Sobre esto, acerca del Banco del Estado, a finales de 1917 escribimos, como sobre los anuncios, bastantes cosas que resultaron ser solo papel escrito.

La burguesía nos respondió entonces con una estrategia correcta desde el punto de vista de sus intereses: "Primero lucharemos por la cuestión fundamental: ¿sois en absoluto un poder estatal o solo os lo parece?, y esta cuestión se resolverá, por supuesto, no con decretos, sino con la guerra, la violencia, y probablemente será una guerra no solo de nosotros, los capitalistas expulsados de Rusia, sino de todos aquellos que están interesados en el régimen capitalista. Y si resulta que el resto del mundo está suficientemente interesado, entonces a nosotros, los capitalistas rusos, nos apoyará la burguesía internacional". Al actuar así, la burguesía, desde el punto de vista de la defensa de sus intereses, actuaba correctamente. No podía, teniendo aunque fuera una gota de esperanza de resolver la cuestión fundamental por el medio más efectivo –la guerra–, no podía ni debía aceptar esas concesiones parciales que le ofrecía el Poder Soviético en interés de una transición más gradual al nuevo orden. "¡Ninguna transición, y a ningún nuevo orden!", así respondía la burguesía.

Por eso se produjo el desarrollo de los acontecimientos que ahora vemos. Por un lado, la victoria del Estado proletario con la grandeza insólita de la lucha que caracterizó todo el período de 1917 y 1918, en condiciones de un entusiasmo popular extraordinario; por otro lado, el intento de política económica del Poder Soviético, calculado inicialmente para una serie de cambios graduales, para una transición más cautelosa al nuevo orden, lo que se expresó, entre otras cosas, en el pequeño ejemplo que señalé. En lugar de ello, recibió como respuesta desde el campo enemigo

la decisión de librar una lucha implacable para determinar si el Poder Soviético, como Estado, podía mantenerse en el sistema de relaciones económicas internacionales. Esta cuestión solo podía resolverse mediante la guerra, que a su vez fue extraordinariamente encarnizada, como guerra civil. Cuanto más difícil se volvía la lucha, menos lugar quedaba para la transición cautelosa. En esta lógica de la lucha, la burguesía, dije, actuaba correctamente desde su punto de vista. ¿Y qué podíamos decir nosotros? "Ustedes, señores capitalistas, no nos asustan. También en este terreno los venceremos, adicionalmente, después de que hayan sido vencidos en el terreno político, junto con su asamblea constituyente". No podíamos obrar de otro modo. Cualquier otro proceder habría significado por nuestra parte una rendición total de posiciones.

Recuerden las condiciones del desarrollo de nuestra lucha, y comprenderán en qué consistió este cambio, aparentemente incorrecto y casual: por qué, apoyándonos en el entusiasmo general y en la dominación política asegurada, pudimos disolver fácilmente la Asamblea Constituyente, y por qué al mismo tiempo tuvimos que probar una serie de medidas para una transición gradual y cautelosa a las transformaciones económicas, por qué, finalmente, la lógica de la lucha y la resistencia de la burguesía nos obligaron a pasar a los métodos más extremos, más desesperados, que no reparaban en nada, de la lucha civil, que arruinó a Rusia durante tres años.

Hacia la primavera de 1921 se evidenció que habíamos sufrido una derrota en el intento de pasar de modo "asaltante", es decir, del modo más abreviado, rápido, directo, a las bases socialistas de producción y distribución. La situación política de la primavera de 1921 nos mostró que era inevitable, en una serie de cuestiones económicas, retirarse a posiciones de capitalismo de Estado, pasar del "asalto" al "asedio".

Si tal transición suscita en algunos quejas, llanto, desánimo, indignación, hay que decir: no es tan peligrosa la derrota como peligroso es el miedo a reconocer la propia derrota, el miedo a sacar de ahí todas las consecuencias. La lucha

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militar es mucho más simple que la lucha del socialismo contra el capitalismo, y vencimos a los Kolchak y Cía. porque no tuvimos miedo de reconocer nuestras derrotas, no tuvimos miedo de aprender de sus lecciones, de rehacer muchas veces lo que estaba inacabado o mal hecho.

Lo mismo hay que hacer en el ámbito de la lucha mucho más compleja y difícil de la economía socialista contra la capitalista. No temer reconocer la derrota. Aprender de la experiencia de la derrota. Rehacer con más cuidado, más cautela, más sistemáticamente lo que se ha hecho mal. Si admitiéramos el punto de vista de que el reconocimiento de la derrota provoca, como rendición de posiciones, desánimo y debilitamiento de la energía en la lucha, entonces habría que decir que tales revolucionarios no valen un comino.

Y espero que sobre los bolcheviques, templados por la experiencia de tres años de guerra civil, nadie pueda decir esto, salvo casos aislados. Nuestra fuerza ha estado y estará en evaluar con toda sobriedad las derrotas más duras, aprendiendo de su experiencia lo que hay que cambiar en nuestra actividad. Y por eso hay que hablar con franqueza. Esto es interesante e importante no solo desde el punto de vista de la verdad teórica, sino también desde el lado práctico. No se puede aprender a resolver las propias tareas con métodos nuevos hoy, si la experiencia de ayer no nos abrió los ojos sobre la incorrección de los viejos métodos.

La tarea de la transición a la nueva política económica consiste en que, después de la experiencia de la construcción socialista directa en condiciones increíblemente difíciles, en condiciones de guerra civil, en condiciones en que la burguesía nos imponía formas de lucha encarnizada, –ante nosotros, en la primavera de 1921, se presentó una situación clara: no construcción socialista directa, sino retirada en toda una serie de campos de la economía hacia el capitalismo de Estado, no ataque asaltante, sino una tarea muy pesada, difícil y desagradable de asedio prolongado, relacionada con toda una serie de retiradas. Esto es necesario para acercarse a la solución de la cuestión económica, es decir, asegurar la transición económica a las bases del socialismo.

No puedo hoy tocar cifras o resultados o hechos que mostrarían qué nos ha dado esta política de retorno al capitalismo de Estado. Pondré solo un pequeño ejemplo. Ustedes saben que uno de los centros principales de nuestra economía es la cuenca del Donets. Saben que tenemos allí las mayores empresas capitalistas de antes, que están al nivel de las empresas capitalistas de Europa Occidental. Saben también que nuestra tarea allí fue primero restaurar las grandes empresas industriales: con un reducido número de obreros nos era más fácil comenzar a restaurar la industria del Donets. Pero, ¿qué vemos allí ahora, después del giro primaveral en la política? Observamos allí lo contrario: un desarrollo especialmente exitoso de la producción en las pequeñas minas campesinas, que empezaron a arrendarse. Vemos el desarrollo de relaciones de capitalismo de Estado. Las minas campesinas funcionan bien, entregando al Estado, en forma de arriendo, alrededor del 30% del carbón extraído en ellas. El desarrollo de la producción en el Donbás muestra una mejora general considerable en comparación con la situación catastrófica del verano del año en curso, y en esta mejora juega un papel no pequeño la mejora de la producción en las minas pequeñas, su explotación sobre bases de capitalismo de Estado. No puedo aquí dedicarme a analizar todos los datos correspondientes, pero pueden ver palpablemente en este ejemplo ciertos resultados prácticos del cambio de política. La reactivación de la vida económica –y esto nos hace falta a toda costa–, el aumento de la productividad, que también nos hace falta a toda costa, todo esto ya empezamos a obtenerlo mediante el retorno parcial al sistema del capitalismo de Estado. De nuestra habilidad, de hasta qué punto apliquemos correctamente esta política en adelante, dependerán también los resultados ulteriores.

Ahora vuelvo al desarrollo de mi idea fundamental. Esta transición primaveral a la nueva política económica, esta retirada nuestra hacia los procedimientos, hacia los modos,

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hacia los métodos de actividad del capitalismo de Estado: ¿resultó suficiente para que, deteniendo la retirada, nos pusiéramos ya a preparar la ofensiva? No, resultó todavía insuficiente. Y he aquí por qué. Si volvemos a la comparación de la que hablé al principio (sobre el asalto y el asedio en la guerra), todavía no hemos terminado el nuevo desplazamiento de tropas, la redistribución de las partes materiales, etc.; en una palabra, no hemos terminado la preparación de nuevas operaciones que ahora, de acuerdo con la nueva estrategia y táctica, deben desarrollarse de otro modo. Si ahora vivimos la transición al capitalismo de Estado, se pregunta: ¿hay que conseguir que los métodos de actividad correspondientes a la política económica anterior no nos estorben ahora? Por supuesto –y nuestra experiencia nos lo ha mostrado–, tenemos que conseguirlo. En primavera dijimos que no temeríamos el retorno al capitalismo de Estado y hablamos de nuestras tareas precisamente como de formalizar el intercambio de productos. Toda una serie de decretos y disposiciones, una enorme cantidad de artículos, toda la propaganda, toda la legislación desde la primavera de 1921 se adaptó al fomento del intercambio de productos. ¿Qué se encerraba en este concepto? ¿Cuál era, por así decirlo, el plan de construcción presupuesto por este concepto? Se suponía intercambiar más o menos socialísticamente, en todo el Estado, los productos de la industria por los productos de la agricultura y, mediante este intercambio de productos, restaurar la gran industria como única base de la organización socialista. ¿Y qué resultó? Resultó –ahora lo saben ustedes perfectamente por la práctica, pero se ve también en toda nuestra prensa– que el intercambio de productos fracasó: fracasó en el sentido de que se convirtió en compraventa. Y ahora nos vemos obligados a reconocerlo, si no queremos esconder la cabeza bajo el ala, si no queremos hacer el papel de gente que no ve su derrota, si no tememos mirar de frente el peligro. Debemos reconocer que la retirada resultó insuficiente, que es necesario realizar una retirada adicional, otro retroceso, cuando del capitalismo de Estado

pasamos a la creación de la regulación estatal de la compraventa y la circulación monetaria. Con el intercambio de productos no resultó nada, el mercado privado resultó más fuerte que nosotros, y en lugar del intercambio de productos se obtuvo la compraventa corriente, el comercio.

¡Sírvase adaptarse a ella, porque de lo contrario el elemento de la compraventa, de la circulación monetaria, los arrollará!

He aquí por qué nos encontramos en la situación de personas que aún se ven obligadas a retirarse para poder pasar finalmente a la ofensiva. He aquí por qué en el momento actual la conciencia de que los métodos anteriores de política económica son erróneos debe ser generalmente reconocida entre nosotros. Debemos saber esto para darnos cuenta claramente de cuál es el clavo de la situación, cuál es la peculiaridad de la transición que tenemos ante nosotros. Las tareas externas no se nos presentan ahora mismo como apremiantes. Tampoco se presentan como apremiantes las tareas militares. Ante nosotros tenemos ahora, principalmente, tareas económicas, y debemos recordar que la próxima transición no puede ser una transición directa a la construcción socialista.

Con nuestro asunto (económico) no pudimos aún arreglárnoslas durante tres años. Con el grado de ruina, miseria y atraso cultural que teníamos, resultó imposible resolver esta tarea en un plazo tan breve. Pero el asalto en general no pasó sin dejar huella y sin utilidad.

Ahora nos encontramos en condiciones en que debemos retroceder un poco más, no solo hacia el capitalismo de Estado, sino también hacia la regulación estatal del comercio y la circulación monetaria. Solo por este camino, aún más largo de lo que habíamos supuesto, podemos restaurar la vida económica. Restauración del sistema correcto de relaciones económicas, restauración de la pequeña economía campesina, restauración y levantamiento sobre nuestros hombros de la gran industria. Sin esto no saldremos de la crisis. No hay otra salida; y, sin embargo, la conciencia de la necesidad de esta política económica en nuestro medio aún no es suficientemente clara. Cuando, por ejemplo, se

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dice: ante nosotros está la tarea de que el Estado se convierta en comerciante al por mayor o aprenda a dirigir el comercio al por mayor, una tarea comercial, mercantil –esto parece extraordinariamente extraño, y a algunos extraordinariamente terrible. "Si los comunistas han llegado a hablar de que ahora se plantean tareas comerciales, ordinarias, simplísimas, vulgarísimas, mezquinísimas tareas comerciales, ¿qué puede quedar entonces del comunismo? ¿No hay que llegar por ello al desánimo definitivo y decir: bueno, todo está perdido?" Este tipo de estados de ánimo, creo, si se mira a nuestro alrededor, se pueden percibir, y son extraordinariamente peligrosos, porque estos estados de ánimo, si se generalizaran, servirían solo para cegar los ojos a muchos, para dificultar la comprensión sobria de nuestras tareas inmediatas. Ocultarse a sí mismos, a la clase obrera, a las masas, que en el terreno económico en la primavera de 1921, y ahora en otoño-invierno de 1921-1922, seguimos aún retirándonos, significaría condenarnos a la total inconsciencia, significaría no tener el valor de mirar de frente la situación creada. En tales condiciones, el trabajo y la lucha serían imposibles.

Si un ejército, convencido de que no es capaz de tomar una fortaleza por asalto, dijera que no acepta retirarse de las viejas posiciones, que no ocupará nuevas, que no pasará a nuevos métodos de resolver la tarea, de tal ejército se diría: el que ha aprendido a atacar y no ha aprendido, en ciertas condiciones difíciles, adaptándose a ellas, a retirarse, ese no terminará victoriosamente la guerra. Guerras que empezaran y terminaran con un ataque continuo y victorioso no ha habido en la historia universal, o las ha habido como excepción. Y esto refiriéndonos a guerras ordinarias. Y en una guerra como esta, donde se decide el destino de toda una clase, se decide la cuestión: socialismo o capitalismo, ¿hay fundamentos razonables para suponer que un pueblo que resuelve esta tarea por primera vez puede encontrar inmediatamente el único método correcto, sin error? ¿Qué fundamentos hay para suponerlo? ¡Ninguno!

La experiencia dice lo contrario. No hubo una sola tarea de las que hemos resuelto que no nos exigiera volver a emprenderla de nuevo. Tras sufrir una derrota, emprenderla por segunda vez, rehacerlo todo, convencerse de cómo se puede abordar la solución de la tarea, no para una solución definitivamente correcta, sino al menos para una solución satisfactoria –así hemos trabajado, así debemos seguir trabajando. Si en la perspectiva que se abre ante nosotros no hubiera unanimidad en nuestras filas, sería el síntoma más triste de que un espíritu de desánimo extraordinariamente peligroso se ha instalado en el partido. Y, al contrario, si no tememos decir incluso la verdad amarga y dura con franqueza, aprenderemos, indefectible y absolutamente aprenderemos, a vencer todas y cada una de las dificultades.

Necesitamos ponernos sobre la base de las relaciones capitalistas existentes. ¿Nos asustará esta tarea? ¿O diremos que esta tarea no es comunista? Eso significaría no entender la lucha revolucionaria, no entender el carácter de esta lucha, la más tensa y ligada a los cambios más bruscos, de los que no podemos desentendernos en modo alguno.

Ahora resumiré algunas conclusiones.

Tocaré la cuestión que ocupa a muchos. Si ahora, en otoño e invierno de 1921, realizamos una retirada más, ¿cuándo terminarán estas retiradas? Esta pregunta, directa o no tan directamente, nos toca oír con frecuencia. Pero esta pregunta me recuerda una pregunta similar en la época de la paz de Brest. Cuando firmamos la paz de Brest, nos preguntaban: "Si ustedes cedieron al imperialismo alemán esto y lo otro, ¿cuándo terminarán las concesiones y dónde está la garantía de que esas concesiones terminarán? Y, al hacerlas, ¿no aumentan el peligro de la situación?". Por supuesto, aumentamos el peligro de nuestra situación, pero no hay que olvidar las leyes fundamentales de toda guerra. El elemento de la guerra es el peligro. En la guerra no hay ni un minuto en que no estés rodeado de peligros. Y ¿qué es la dictadura del proletariado? Es una guerra, y mucho más encarnizada,

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más prolongada y tenaz que cualquiera de las guerras habidas hasta ahora. Aquí el peligro amenaza cada uno de nuestros pasos.

La situación creada por nuestra nueva política económica –desarrollo de pequeñas empresas comerciales, arrendamiento de empresas estatales, etc., todo esto es desarrollo de relaciones capitalistas, y no verlo significaría perder completamente la cabeza. Por supuesto, la intensificación de las relaciones capitalistas ya de por sí es una intensificación del peligro. ¿Pueden ustedes señalarme algún camino en la revolución, alguna de sus etapas y métodos, donde no hubiera peligro? La desaparición del peligro significaría el fin de la guerra y el cese de la dictadura del proletariado, pero, por supuesto, ninguno de nosotros sueña con eso en este momento. Cada paso en esta nueva política económica significa toda una serie de peligros. Cuando en primavera decíamos que sustituíamos el sistema de requisiciones por el impuesto en especie, que decretábamos la libertad de comercio de los excedentes que quedaban después del impuesto en especie, dábamos con ello libertad al desarrollo del capitalismo. No saber esto significaría perder completamente la comprensión de las relaciones económicas fundamentales y privarse de la posibilidad de orientarse y actuar correctamente. Por supuesto, han cambiado los métodos de lucha, han cambiado también las condiciones del peligro. Cuando se decidía la cuestión del poder de los Soviets, de la disolución de la Asamblea Constituyente, el peligro amenazaba desde la política. Este peligro resultó insignificante. Cuando llegó la época de la guerra civil, apoyada por los capitalistas de todo el mundo, apareció el peligro militar, que ya era más amenazador. Cuando cambiamos nuestra política económica, el peligro se hizo aún mayor, porque, consistiendo en una enorme cantidad de menudencias económicas cotidianas, a las que normalmente uno se acostumbra y no advierte, la economía exige de nosotros especial atención y tensión y plantea con particular claridad la necesidad de aprender los métodos correctos para superarla. La restauración del capitalismo, el desarrollo de la burguesía, el desarrollo de relaciones burguesas a partir del ámbito

del comercio, etc., ese es el peligro propio de nuestra actual construcción económica, de nuestro actual acercamiento gradual a la solución de una tarea mucho más difícil que las anteriores. No debe haber aquí la menor ilusión.

Debemos comprender que las condiciones concretas actuales exigen la regulación estatal del comercio y la circulación monetaria, y que precisamente en este ámbito debemos manifestarnos. Hay más contradicciones en nuestra realidad económica de las que había antes de la nueva política económica: mejoras parciales, pequeñas, de la situación económica en unas capas de la población, en unas pocas; total desproporción entre los recursos económicos y las necesidades necesarias en otras, en la mayoría. Las contradicciones han aumentado. Y es comprensible que, mientras vivimos una ruptura brusca, no se pueda salir inmediatamente de estas contradicciones.

Me gustaría, para concluir, subrayar los tres temas principales de mi informe. El primero: la cuestión general: ¿en qué sentido debemos reconocer el error de la política económica de nuestro partido en el período anterior a la nueva política económica? He intentado con el ejemplo de una guerra explicar la necesidad del paso del asalto al asedio, la inevitabilidad del asalto al principio y la necesidad de comprender la importancia de los nuevos métodos de lucha después del fracaso del asalto.

Segundo. La primera lección y la primera etapa, definida para la primavera de 1921: el desarrollo del capitalismo de Estado en el nuevo camino. En este aspecto hay algunos éxitos, pero también hay contradicciones inauditas. Todavía no hemos dominado este ámbito.

Y tercero: después de la retirada que tuvimos que realizar en la primavera de 1921, de la construcción socialista al capitalismo de Estado, vemos que se ha planteado la regulación del comercio y la circulación monetaria; por muy alejada que nos parezca del comunismo la esfera del comercio, precisamente en esta esfera se nos presenta una tarea peculiar. Solo resolviendo esta tarea podremos acercarnos a la solución

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de las necesidades económicas absolutamente apremiantes, y solo así podemos asegurar la posibilidad de restaurar la gran industria por un camino más largo, pero más sólido, y ahora el único posible para nosotros.

Esto es lo principal que debemos tener ante los ojos en la cuestión de la nueva política económica. Al resolver las cuestiones de esta política, debemos ver claramente las líneas fundamentales del desarrollo para orientarnos en ese caos aparente que observamos ahora en las relaciones económicas, cuando junto a la ruptura de lo viejo vemos aún débiles brotes de lo nuevo, vemos a menudo también métodos de nuestra actividad que no responden a las nuevas condiciones. Debemos, planteándonos la tarea de elevar las fuerzas productivas y restaurar la gran industria como única base de la sociedad socialista, actuar de modo que nos acerquemos correctamente a esta tarea y la resolvamos a toda costa.