Estimados camaradas:

Tenía la intención de exponer mi punto de vista sobre las lecciones del III Congreso de la Internacional Comunista en un artículo detallado. Por desgracia, debido a una enfermedad, no he podido hasta ahora abordar este trabajo. La convocatoria del congreso de vuestro partido, el «Partido Comunista Unificado de Alemania» (V. K. P. D.), para el 22 de agosto me obliga a apresurarme con esta carta, que debo terminar en unas horas para no retrasar su envío a Alemania.

Por lo que puedo juzgar, la situación del Partido Comunista en Alemania es particularmente difícil. Ello es comprensible.

En primer lugar y sobre todo, la situación internacional de Alemania ha agudizado extraordinaria y rápidamente, desde finales de 1918, su crisis revolucionaria interior, empujando a la vanguardia del proletariado a la conquista inmediata del poder. Al mismo tiempo, tanto la burguesía alemana como la internacional, magníficamente armadas y organizadas, adiestradas por la «experiencia rusa», se abalanzaron sobre el proletariado revolucionario de Alemania con un odio rabioso. Decenas de miles de los mejores hijos de Alemania, sus obreros revolucionarios, han sido asesinados y atormentados por la burguesía, por sus héroes Noske y Cía., por sus servidores directos, los Scheidemann y demás, por sus cómplices indirectos y «sutiles» (y por ello especialmente valiosos para ella), los caballeros de la «Internacional 2 1/2», con su miserable falta de carácter, sus vacilaciones, su pedantería y su espíritu pequeño-burgués. La burguesía armada tendía trampas a los obreros desarmados, los mataba en masa, asesinaba a sus dirigentes, acechándolos sistemáticamente uno tras otro, utilizando magníficamente al mismo tiempo los aullidos contrarrevolucionarios de los socialdemócratas de ambos matices, tanto scheidemannianos como kautskianos. Y el partido verdaderamente revolucionario no existía entre los obreros alemanes en el momento de la crisis, debido al retraso en la escisión, debido al yugo de la maldita tradición de «unidad» con la pandilla de lacayos del capital, vendida (Scheidemann, Legien, David y Cía.) y falta de carácter (Kautsky, Hilferding y Cía.). En cada obrero honrado y consciente que tomaba el Manifiesto de Basilea de 1912 por moneda de buena ley, y no por una simple «evasiva» de los canallas de las categorías «II» y «II 1/2», despertaba con una agudeza increíble el odio hacia el oportunismo de la vieja socialdemocracia alemana, y este odio —el sentimiento más noble, más grandioso de los mejores hombres de la masa oprimida y explotada— cegaba a los hombres, no les permitía razonar con sangre fría, elaborar su estrategia correcta frente a la excelente estrategia de los capitalistas de la Entente, armados, organizados, adiestrados por la «experiencia rusa» y apoyados por Francia, Inglaterra y América; este odio les empujaba a insurrecciones prematuras.

He aquí por qué el desarrollo del movimiento obrero revolucionario en Alemania, a partir de finales de 1918, ha seguido un camino particularmente difícil y penoso. Pero ha ido avanzando y sigue avanzando inexorablemente. El desplazamiento gradual hacia la izquierda de la masa obrera, de la verdadera mayoría de los trabajadores y explotados en Alemania, tanto de los organizados en los viejos sindicatos mencheviques (es decir, al servicio de la burguesía), como de los no organizados o casi no organizados, es un hecho indiscutible. No perder la sangre fría y la firmeza; corregir sistemáticamente los errores del pasado; conquistar incesantemente a la mayoría entre las masas obreras, tanto dentro como fuera de los sindicatos; construir pacientemente un partido comunista fuerte e inteligente, capaz de dirigir realmente a las masas en todos y cada uno de los giros de los acontecimientos; elaborar una estrategia que esté a la altura de la mejor estrategia internacional de la burguesía más «ilustrada» (por la experiencia secular en general, y por la «experiencia rusa» en particular), esto es lo que hay que hacer y esto es lo que hará el proletariado alemán, esto es lo que le garantiza la victoria.

Por otra parte, en el momento actual, la difícil situación del Partido Comunista de Alemania se ve aún más agravada por la escisión de los malos comunistas por la izquierda («Partido Comunista Obrero de Alemania», K. A. P. D.) y por la derecha (Paul Levi con su revistilla: «Nuestro Camino» o «El Soviet»).

Los «izquierdistas», o «ka-apistas», han recibido de nosotros suficientes advertencias en el ámbito internacional, a partir del II Congreso de la Internacional Comunista. Mientras no se hayan formado, al menos en los países más importantes, partidos comunistas suficientemente fuertes, experimentados e influyentes, la participación de elementos semianarquistas en nuestros congresos internacionales tiene que ser tolerada, e incluso es útil hasta cierto punto. Es útil en la medida en que estos elementos sirven como un «ejemplo aterrador» palpable para los comunistas inexpertos, y también en la medida en que ellos mismos son aún capaces de aprender. En todo el mundo, el anarquismo se está dividiendo —y no desde ayer, sino desde el comienzo de la guerra imperialista de 1914-1918— en dos corrientes: una a favor del poder soviético y otra en contra; una a favor de la dictadura del proletariado y otra en contra. Hay que dejar que este proceso de descomposición del anarquismo madure y llegue a su término. En Europa Occidental casi no hay hombres que hayan vivido revoluciones de cierta envergadura; la experiencia de las grandes revoluciones está allí casi completamente olvidada; y la transición del deseo de ser revolucionario y de las charlas (y resoluciones) sobre la revolución al verdadero trabajo revolucionario es una transición muy difícil, lenta y penosa.

Es evidente, sin embargo, que solo hasta cierto punto se pueden y se deben tolerar los elementos semianarquistas. En Alemania los hemos tolerado durante mucho tiempo. El III Congreso de la Internacional Comunista les planteó un ultimátum con un plazo preciso. Si ahora se han ido solos de la Internacional Comunista, tanto mejor. En primer lugar, nos han ahorrado el trabajo de expulsarlos. En segundo lugar, ante todos los obreros vacilantes, ante todos los que sentían inclinación hacia el anarquismo por odio al oportunismo de la vieja socialdemocracia, se ha demostrado ahora con especial detalle y especial claridad, se ha probado con hechos precisos, que la Internacional Comunista era paciente, que en modo alguno expulsó inmediata e incondicionalmente a los anarquistas, que los escuchó atentamente y les ayudó a aprender.

Ahora hay que prestar menos atención a los ka-apistas. Solo les hacemos propaganda con nuestra polémica contra ellos. Son demasiado necios; tomarlos en serio es incorrecto; enfadarse con ellos no vale la pena. No tienen ni tendrán influencia en las masas, si nosotros mismos no cometemos errores. Dejemos que esta pequeña corriente muera de muerte natural; los obreros mismos comprenderán su inconsistencia. Propagaremos con más detalle y aplicaremos en la práctica las resoluciones organizativas y tácticas del III Congreso de la Internacional Comunista, y haremos menos propaganda a los ka-apistas con la polémica contra ellos. La enfermedad infantil del izquierdismo está pasando y pasará con el crecimiento del movimiento.

Del mismo modo, a Paul Levi le estamos ayudando en vano ahora, haciéndole propaganda con la polémica contra él. Él solo desea que discutamos con él. Hay que olvidarse de él después de la decisión del III Congreso de la Internacional Comunista y dirigir toda la atención, todas las fuerzas hacia un trabajo pacífico (sin riñas, sin polémica, sin recordar las peleas de ayer), práctico y positivo, en el espíritu de las decisiones de nuestro III Congreso. Contra esta decisión general y unánime del III Congreso peca mucho, según mi convicción, el artículo del camarada K. Radek: «El III Congreso Mundial sobre la acción de marzo y la táctica ulterior» (en el órgano central del Partido Comunista Unificado de Alemania, «Bandera Roja», números del 14 y 15 de julio de 1921). Este artículo, que me fue enviado por un camarada de los círculos de los comunistas polacos, está sin necesidad alguna —y con perjuicio directo para la causa— afilado no solo contra Paul Levi (esto aún no sería tan grave), sino también contra Clara Zetkin. ¡Y Clara Zetkin había concluido ella misma en Moscú, durante el III Congreso, un «pacto de paz» con el Comité Central del Partido Comunista Unificado de Alemania, para un trabajo amistoso y sin fracciones! Y este pacto fue aprobado por todos nosotros. El camarada K. Radek, en su inoportuno afán polémico, llegó hasta una falsedad directa al atribuir a Zetkin la idea de que ella «aplaza» (verlegt) «toda acción del partido» (jede allgemeine Aktion der Partei) «hasta el día en que se levanten las grandes masas» (auf den Tag, wo die grossen Massen aufstehen werden). Naturalmente, con tales procedimientos el camarada K. Radek presta a Paul Levi un servicio mejor del que este podría desear. Paul Levi desea precisamente que las disputas se prolonguen indefinidamente, que se arrastre a más gente a las disputas, que se intente alejar a Zetkin del partido mediante violaciones polémicas de aquel «pacto de paz» que ella misma concluyó y que fue aprobado por toda la Internacional Comunista. El camarada K. Radek ha dado con su artículo un magnífico ejemplo de cómo se ayuda a Paul Levi «desde la izquierda».

Debo explicar aquí a los camaradas alemanes por qué defendí durante tanto tiempo a Paul Levi en el III Congreso. En primer lugar, porque conocí a Levi a través de Radek en Suiza en 1915 o 1916. Levi era ya entonces bolchevique. Y no puedo dejar de sentir cierta desconfianza hacia los que llegaron al bolchevismo solo después de su victoria en Rusia y de una serie de victorias en el plano internacional. Pero, naturalmente, esta razón es relativamente poco importante, pues, después de todo, conozco personalmente a Paul Levi muy poco. Incomparablemente más importante era la segunda razón: que Levi tiene razón en lo fundamental en muchos puntos de su crítica a la acción de marzo de 1921 en Alemania (naturalmente, no en lo de que aquella acción fuera un «putsch»: esa afirmación de Paul Levi es un disparate).

Es verdad que Levi hizo todo lo posible y mucho de lo imposible para debilitar y estropear su crítica, para dificultarse a sí mismo y a los demás la comprensión del fondo del asunto con una multitud de detalles en los que está claramente equivocado. Levi revistió su crítica de una forma inadmisible y perjudicial. Levi, que predica a otros una estrategia prudente y meditada, hizo el tonto peor que cualquier muchacho, lanzándose a la lucha tan prematuramente, tan desprevenidamente, tan neciamente, tan salvajemente, que seguro que perdía la «batalla» (y estropeaba o dificultaba su trabajo por largos años), aunque esta «batalla» se podía y se debía ganar. Levi actuó como un «anarquista intelectual» (si no me equivoco, en alemán se llama Edelanarchist), en lugar de actuar como un miembro organizado de la Internacional Comunista proletaria. Levi violó la disciplina.

Con esta serie de errores increíblemente necios, Levi dificultó la concentración de la atención en el fondo del asunto. Y el fondo del asunto, es decir, la valoración y corrección de los numerosos errores cometidos por el Partido Comunista Unificado de Alemania durante la acción de marzo de 1921, tenía y tiene una importancia enorme. Para explicar y corregir estos errores (que algunos elevaban a la categoría de perla de la táctica marxista), era necesario estar en el ala derecha durante el III Congreso de la Internacional Comunista. De lo contrario, la línea de la Internacional Comunista habría sido incorrecta.

Defendí a Levi y debía defenderle, en la medida en que veía ante mí a tales adversarios suyos que sencillamente gritaban sobre el «menchevismo» y el «centrismo», sin querer ver los errores de la acción de marzo y la necesidad de explicarlos y corregirlos. Tales personas convertían el marxismo revolucionario en una caricatura, la lucha contra el «centrismo» en un deporte ridículo. Tales personas amenazaban con causar el mayor daño a toda la causa, pues «nadie en el mundo es capaz de comprometer a los marxistas revolucionarios, si ellos mismos no se comprometen».

Yo decía a tales personas: supongamos que Levi se ha convertido en menchevique. Conociéndole poco personalmente, no me obstinaré si me lo demuestran. Pero hasta ahora no está demostrado. Hasta ahora solo está demostrado que perdió la cabeza. Declarar a un hombre menchevique solo por esto es una necedad pueril. La formación de dirigentes del partido experimentados y muy influyentes es una tarea larga y difícil. Sin ellos, la dictadura del proletariado, la «unidad de voluntad» del mismo, seguirán siendo una frase. En Rusia, la formación del grupo dirigente duró 15 años (1903-1917), 15 años de lucha contra el menchevismo, 15 años de persecuciones por el zarismo, 15 años entre los que hubo años de la primera revolución (1905), una revolución grande y poderosa. Y sin embargo, entre nosotros se daban casos lamentables de «pérdida de la cabeza» incluso entre los mejores camaradas. Si los camaradas de Europa Occidental se imaginan que están a salvo de semejantes «casos lamentables», es una puerilidad con la que no se puede dejar de luchar.

Levi debía ser expulsado por violación de la disciplina. La táctica debía ser determinada sobre la base de una explicación y corrección detalladísimas de los errores de la acción de marzo de 1921. Si después de esto Levi quiere seguir comportándose como antes, entonces confirmará la justeza de su expulsión, entonces se demostrará con tanta más fuerza, con tanta más convicción para los obreros vacilantes o inseguros, la completa corrección de las decisiones del III Congreso acerca de Paul Levi.

Y cuanto más cautelosamente abordaba yo en el congreso la valoración de los errores de Levi, con tanta más seguridad puedo decir ahora que Levi se ha apresurado a confirmar las peores suposiciones. Tengo ante mí el nº 6 de su revistilla «Nuestro Camino» (del 15 de julio de 1921). Por la declaración editorial, impresa al frente de la revista, se ve que Paul Levi conoce las decisiones del III Congreso. ¿Su respuesta a ellas? Palabritas mencheviques sobre la «gran excomunión» (grosser Bann), sobre el «derecho canónico» (kanonisches Recht), sobre que él «discutirá» estas decisiones «con toda libertad» (in vollstandiger Freiheit). ¿Qué libertad puede ser más completa si un hombre ha sido liberado de la condición de miembro del partido y del Comintern? ¡Y, figúrense, en su revista escribirán miembros del partido anónimamente!

Primero, una intriga contra el partido, una lucha a escondidas, un entorpecimiento del trabajo del partido.

Luego, una discusión de las decisiones del congreso en el fondo.

Esto es magnífico.

Pero con esto Levi se remata definitivamente.

Paul Levi quiere prolongar la lucha.

El mayor error estratégico sería satisfacer este deseo. Yo aconsejaría a los camaradas alemanes: prohibir la polémica con Levi y con su revistilla en las páginas de la prensa diaria del partido. No hay que hacerle propaganda. No hay que permitirle que distraiga la atención del partido en lucha de lo importante a lo secundario. En casos de extrema necesidad, polemizar en revistas semanales, mensuales o folletos y, en lo posible, no proporcionar a los ka-apistas y a Paul Levi el placer que experimentan cuando se les nombra, sino hablar simplemente de «algunos críticos no muy inteligentes que pretenden, a toda costa, considerarse comunistas».

Me informan que en la última sesión del Comité Central ampliado (Ausschuss), incluso el izquierdista Friesland se vio obligado a pronunciarse duramente contra Maslov, que juega a ser izquierdista y desea practicar el deporte de la «caza de centristas». La insensatez (por decir poco) de la conducta de este Maslov se manifestó también aquí, en Moscú. Sería conveniente, realmente, que el partido alemán destinara por un par de años a la Rusia Soviética a este Maslov y a dos o tres de sus correligionarios y colaboradores, que no quieren observar el «pacto de paz» y se afanan sin medida. Les encontraríamos un trabajo útil. Los digeriríamos. Y el beneficio para el movimiento internacional y para el alemán sería evidente.

Cueste lo que cueste, los comunistas alemanes deben acabar con la lucha interna, amputar los elementos pendencieros de ambos lados, olvidarse de Paul Levi y de los ka-apistas, y dedicarse a la verdadera tarea.

Hay mucho trabajo por hacer.

Las resoluciones táctica y orgánica del III Congreso de la Internacional Comunista señalan, a mi juicio, un gran paso de avance del movimiento. Hay que concentrar todas las fuerzas para llevar a la práctica ambas resoluciones. Esto es difícil. Pero se puede y se debe hacer.

Primero, los comunistas debían proclamar sus principios ante el mundo entero. Esto se hizo en el I Congreso. Este fue el primer paso.

El segundo paso fue la estructuración orgánica de la Internacional Comunista y la elaboración de las condiciones de admisión en ella, las condiciones para separarse realmente de los centristas, de los agentes directos e indirectos de la burguesía en el seno del movimiento obrero. Esto se hizo en el II Congreso.

En el III Congreso había que comenzar el trabajo práctico, positivo, determinar concretamente, teniendo en cuenta la experiencia práctica de la lucha comunista ya iniciada, determinar cómo trabajar exactamente en adelante, en el aspecto táctico y en el aspecto organizativo. Este tercer paso lo hemos dado. Tenemos un ejército de comunistas en todo el mundo. Aún está mal adiestrado, mal organizado. Sería el mayor daño para la causa olvidar esta verdad o temer reconocerla. A este ejército hay que adiestrarlo, hay que organizarlo como es debido, con sentido práctico, con la máxima cautela y severidad, controlándonos a nosotros mismos, estudiando la experiencia de nuestro propio movimiento, poniéndolo a prueba en toda clase de maniobras, en diversos combates, en operaciones de ataque y de retirada. Sin esta larga y dura escuela, no se puede vencer.

El «meollo» de la situación en el movimiento comunista internacional en el verano de 1921 era que algunas de las mejores y más influyentes secciones de la Internacional Comunista no comprendían del todo correctamente esta tarea, exageraban un poquito la «lucha contra el centrismo», rebasaban un poquito el límite a partir del cual esta lucha se convierte en deporte, a partir del cual comienza el descrédito del marxismo revolucionario.

Este fue el «meollo» del III Congreso.

La exageración era pequeña. Pero su peligro era enorme. Era difícil luchar contra ella, porque la exageración la cometían elementos realmente los mejores, los más fieles, sin los cuales, quizás, ni siquiera existiría la Internacional Comunista. En las enmiendas tácticas, publicadas en el periódico «Moscú» en alemán, francés e inglés, firmadas por las delegaciones alemana, austriaca e italiana, esta exageración se manifestó de manera completamente definida, y tanto más definida cuanto que las enmiendas fueron presentadas al proyecto de resolución ya terminado (después de un largo y completo trabajo preparatorio). El rechazo de estas enmiendas fue un enderezamiento de la línea de la Internacional Comunista, fue una victoria sobre el peligro de la exageración.

Y la exageración, si no se corrige, habría arruinado con seguridad a la Internacional Comunista. Pues «nadie en el mundo podrá comprometer a los marxistas revolucionarios, si ellos mismos no se comprometen». Nadie en el mundo podrá impedir la victoria de los comunistas sobre la II y la II 1/2 Internacionales (y esto significa, en las condiciones de Europa Occidental y América del siglo XX, después de la primera guerra imperialista, la victoria sobre la burguesía), si los mismos comunistas no lo impiden.

Y exagerar, aunque sea un poquito, eso significa impedir la victoria.

Exagerar la lucha contra el centrismo significa salvar al centrismo, fortalecer su posición, su influencia sobre los obreros.

A combatir victoriosamente el centrismo aprendimos, en escala internacional, en el período comprendido entre el II y el III Congreso. Esto está demostrado por los hechos. Continuaremos esta lucha (expulsión de Levi y del partido de Serrati) hasta el final.

Pero a combatir contra las exageraciones incorrectas en la lucha contra el centrismo aún no hemos aprendido en escala internacional. Pero hemos comprendido este defecto nuestro, como lo demostró el desarrollo y resultado del III Congreso. Y precisamente porque hemos tomado conciencia de nuestro defecto, nos libraremos de él.

Y entonces seremos invencibles, pues la burguesía en Europa Occidental y América no está en condiciones de mantener el poder sin un apoyo dentro del proletariado (a través de los agentes burgueses de la II y la II 1/2 Internacionales).

Una preparación más minuciosa, más sólida para nuevas batallas, cada vez más decisivas, tanto defensivas como ofensivas, he aquí lo fundamental y principal en las decisiones del III Congreso.

«... El comunismo se convertirá en Italia en una fuerza de masas si el Partido Comunista de Italia, luchando continua e inflexiblemente contra la política oportunista del serratismo, logra al mismo tiempo ponerse en contacto con las masas proletarias en los sindicatos, en las huelgas, en los combates contra las organizaciones contrarrevolucionarias de los fascistas, fusionar los movimientos de todas las organizaciones de la clase obrera, convertir sus acciones espontáneas en combates cuidadosamente preparados...»

«... El Partido Comunista Unificado de Alemania podrá llevar a cabo acciones de masas tanto más exitosamente cuanto mejor sepa en el futuro adaptar sus consignas de lucha a la situación real, estudiar estas situaciones con la máxima minuciosidad, realizar las acciones con la mayor unidad y disciplina...»

Tales son los pasajes más esenciales de la resolución táctica del III Congreso.

Ganar para nuestro lado a la mayoría del proletariado, he aquí la «tarea principal» (título del § 3 de la resolución táctica).

Naturalmente, no entendemos esta conquista de la mayoría formalmente, como la entienden los caballeros de la «democracia» pequeñoburguesa de la II 1/2 Internacional. Cuando en Roma, en julio de 1921, todo el proletariado siguió a los comunistas contra los fascistas, tanto el proletariado reformista de los sindicatos como el proletariado centrista del partido de Serrati, eso fue la conquista de la mayoría de la clase obrera para nuestro lado.

Fue aún una conquista lejana, muy lejana de ser decisiva, solo parcial, solo momentánea, solo local. Pero fue la conquista de la mayoría. Tal conquista es posible, incluso cuando la mayoría del proletariado sigue formalmente a líderes de la burguesía o a líderes que llevan a cabo una política burguesa (tales son todos los líderes de la II y de la II 1/2 Internacionales), o cuando la mayoría del proletariado vacila. Tal conquista avanza inexorablemente en todo el mundo, en todas partes y de todas las maneras. Preparémosla con más solidez y cuidado, no perdamos ni un solo caso serio en que la burguesía obligue al proletariado a levantarse a la lucha, aprendamos a determinar correctamente los momentos en que las masas del proletariado no pueden menos de levantarse junto con nosotros.

Entonces la victoria está asegurada, por muy duras que sean aún las derrotas parciales y las transiciones parciales en nuestra gran campaña.

Nuestros procedimientos tácticos y estratégicos están aún atrasados (juzgando en escala internacional) con respecto a la excelente estrategia de la burguesía, que ha aprendido del ejemplo de Rusia y no se dejará «tomar por sorpresa». Pero las fuerzas son mayores, inconmensurablemente mayores, están de nuestro lado; estamos aprendiendo táctica y estrategia; hemos hecho avanzar esta «ciencia» con la experiencia de los errores de la acción de marzo de 1921. Dominaremos completamente esta «ciencia».

Nuestros partidos, en la inmensa mayoría de los países, están aún muy, muy lejos de ser lo que deben ser los verdaderos partidos comunistas, las verdaderas vanguardias de la clase realmente revolucionaria y única revolucionaria, con la participación total de todos los miembros del partido en la lucha, en el movimiento, en la vida cotidiana de las masas. Pero conocemos este defecto nuestro; lo hemos puesto al descubierto con la mayor claridad en la resolución del III Congreso sobre el trabajo del partido. Y superaremos este defecto.

¡Camaradas comunistas alemanes! Permítanme terminar con el deseo de que vuestro congreso del partido del 22 de agosto acabe con mano firme y para siempre con la mezquina lucha contra los escindidos por la izquierda y por la derecha. ¡Basta de lucha interna! ¡Fuera todo el que desee aún, directa o indirectamente, prolongarla! Conocemos ahora nuestras tareas mucho más clara, concreta y patentemente que ayer; no tememos señalar abiertamente nuestros errores para corregirlos. Dedicaremos ahora todas las fuerzas del partido a su mejor organización, a elevar la calidad y el contenido de su trabajo, a crear un vínculo más estrecho con las masas, a elaborar una táctica y una estrategia de la clase obrera cada vez más correctas y precisas.

Con saludo comunista

N. Lenin

14 de agosto de 1921

Publicado en alemán el 22 de agosto de 1921 en el periódico «Die Rote Fahne» nº 384
En ruso, publicado el 21 de octubre de 1921 en el «Boletín del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista» nº 3

Se imprime según el manuscrito.