DISCURSO EN DEFENSA DE LA TÁCTICA DE LA INTERNACIONAL COMUNISTA  

1 DE JULIO  
¡Camaradas! Con gran pesar mío, debo limitarme a la autodefensa. (Risas.) Digo con gran pesar porque, después de conocer el discurso del camarada Terracini y las enmiendas presentadas por tres delegaciones, me hubiera gustado mucho pasar a la ofensiva, pues contra las opiniones que defendían Terracini y esas 3 delegaciones se requieren, en realidad, acciones ofensivas 19. Si el Congreso no dirige una ofensiva resuelta contra tales errores, contra tales «estupideces» izquierdistas, todo el movimiento está condenado a la perdición. Tal es mi profunda convicción. Pero nosotros somos marxistas organizados y disciplinados. No podemos satisfacernos con discursos contra camaradas aislados. A nosotros, los rusos, esas frases izquierdistas ya nos tienen hartos hasta la náusea. Somos gente de organización. Al elaborar nuestros planes debemos proceder de manera organizada y tratar de encontrar la línea justa. Por supuesto, no es un secreto para nadie que nuestras tesis son un compromiso. ¿Y por qué no? Entre los comunistas, que ya convocan el tercer congreso y han elaborado determinados principios fundamentales, los compromisos, bajo ciertas condiciones, son necesarios. Nuestras tesis, propuestas por la delegación rusa, fueron estudiadas y preparadas del modo más minucioso y son el resultado de largas reflexiones y consultas con diversas delegaciones. Tienen por objeto establecer la línea fundamental de la Internacional Comunista y son necesarias especialmente ahora, después  

de que no solo hemos condenado formalmente a los verdaderos centristas, sino que también los hemos expulsado del partido. Tales son los hechos. Debo tomar estas tesis bajo mi defensa. Y cuando ahora se presenta Terracini y dice que debemos continuar la lucha contra los centristas, y luego cuenta cómo piensan llevar a cabo esa lucha, yo digo que si esas enmiendas deben significar una orientación determinada, entonces es necesaria una lucha implacable contra esa orientación, porque, de lo contrario, no hay comunismo ni hay Internacional Comunista. Me sorprende que el KAPD 20 no haya suscrito estas enmiendas. (Risas.) Escuchen ustedes no más lo que defiende Terracini y lo que dicen estas enmiendas. Comienzan así: «En la 1ª página, en la 1ª columna, en la línea 19, debe tacharse: “La mayoría...”». ¡La mayoría! ¡Esto es extraordinariamente peligroso! (Risas.) Luego, más adelante: en lugar de las palabras «principios fundamentales» debe ponerse «fines». Principios fundamentales y fines son dos cosas distintas: ¡pues en los fines estarán de acuerdo con nosotros también los anarquistas, porque también ellos están por la supresión de la explotación y de las diferencias de clase.  
En mi vida me he encontrado y he hablado con pocos anarquistas, pero sin embargo los he visto suficientes. A veces lograba entenderme con ellos acerca de los fines, pero nunca en lo que se refiere a los principios. Los principios no son ni el fin, ni el programa, ni la táctica, ni la teoría. La táctica y la teoría no son los principios. ¿Qué nos distingue de los anarquistas en el sentido de los principios? Los principios del comunismo consisten en la instauración de la dictadura del proletariado y en la aplicación de la coerción estatal en el período de transición. Tales son los principios del comunismo, pero no su fin. Y los camaradas que hicieron tal propuesta cometieron un error.  
En segundo lugar, allí se dice: «Debe tacharse la palabra “mayoría”». Lean todo:  
«El III Congreso de la Internacional Comunista procede a la revisión de las cuestiones de táctica en condiciones en que en toda una serie de países la situación objetiva se ha agudizado en sentido revolucionario y en que se ha organizado toda una serie de partidos comunistas  

de masas, que, sin embargo, en ninguna parte han tomado en sus manos la dirección efectiva de la mayoría de la clase obrera en su lucha revolucionaria real».  
¡Y quieren tachar la palabra «mayoría»! Si no podemos ponernos de acuerdo sobre cosas tan simples, entonces no entiendo cómo podemos trabajar juntos y conducir al proletariado a la victoria. Entonces no hay que extrañarse de que no podamos llegar a un acuerdo ni siquiera sobre la cuestión de los principios. ¡Indíquenme un partido tal que ya se haya apoderado de la mayoría de la clase obrera! Terracini ni siquiera pensó en aducir algún ejemplo. ¡Y tal ejemplo no existe!  
Así pues: en lugar de «principios» poner la palabra «fines», y tachar la palabra «mayoría». ¡Muchas gracias! Nosotros no aceptaremos eso. Incluso el partido alemán —uno de los mejores— no tiene detrás de sí a la mayoría de la clase obrera. Esto es un hecho. Nosotros, que estamos ante la lucha más dura, no tememos decir esta verdad, y he aquí que hay tres delegaciones que quieren empezar con una mentira, porque si el Congreso tacha la palabra «mayoría», con ello mostrará que quiere la mentira. Esto es completamente claro.  
Luego viene la siguiente enmienda: «En la pág. 4, en la columna 1, en la línea 10, las palabras “Carta Abierta” etc. “deben tacharse”» 21. Ya he oído hoy un discurso en el que encontré la misma idea. Pero allí era del todo natural. Era el discurso del camarada Hempel, miembro del KAPD. Dijo: «La “Carta Abierta” fue un acto de oportunismo». Con gran pesar mío y profunda vergüenza, ya había oído opiniones semejantes en privado. Pero cuando en el Congreso, después de debates tan prolongados, se declara que la «Carta Abierta» es oportunista, ¡eso es una vergüenza y una deshonra! Y se presenta el camarada Terracini, en nombre de tres delegaciones, y quiere tachar las palabras «Carta Abierta». ¿Entonces para qué la lucha contra el KAPD? La «Carta Abierta» es un paso político ejemplar. Así se dice en nuestras tesis. Y debemos defenderlo sin reservas. Es ejemplar como el primer acto del método práctico para atraer a la mayoría de la clase obrera. Aquel  

que no comprende que en Europa —donde casi todos los proletarios están organizados— debemos conquistar a la mayoría de la clase obrera, ese está perdido para el movimiento comunista, ese no aprenderá nunca nada si en el transcurso de tres años de gran revolución no lo ha aprendido aún.  
Terracini dice que en Rusia vencimos aunque el partido era muy pequeño. Él está descontento de que sobre Checoslovaquia se diga lo que se dice en las tesis. Aquí hay 27 enmiendas, y si yo pensara en criticarlas, tendría que hablar, como algunos oradores, no menos de tres horas... Aquí se ha afirmado que en Checoslovaquia el Partido Comunista cuenta con 300 a 400 mil miembros, que es necesario atraer a la mayoría, crear una fuerza invencible y continuar atrayendo nuevas masas obreras. Terracini ya está listo para el ataque. Dice: si en el partido hay ya 400 mil obreros, ¿para qué necesitamos más? ¡Tachar! (Risas.) Teme la palabra «masas» y quiere extirparla. El camarada Terracini ha entendido poco de la revolución rusa.  
Nosotros éramos en Rusia un partido pequeño, pero con nosotros estaba, además, la mayoría de los Soviets de diputados obreros y campesinos de todo el país. (Exclamación: «¡Cierto!».) ¿Dónde está eso en ustedes? Con nosotros estaba casi la mitad del ejército, que entonces contaba, por lo menos, con 10 millones de hombres. ¿Acaso detrás de ustedes está la mayoría del ejército? ¡Indíquenme un país así! Si estas opiniones del camarada Terracini son compartidas además por tres delegaciones, ¡entonces en la Internacional no todo está en orden! Entonces debemos decir: «¡Alto! ¡Lucha resuelta! De lo contrario, la Internacional Comunista perecerá». (Movimiento en la sala.)  
Basándome en la experiencia que poseo, debo decir, aunque ocupo una posición defensiva (risas), que el objetivo de mi discurso y su principio es la defensa de la resolución y las tesis propuestas por nuestra delegación. Por supuesto, sería pedantería decir que no se puede cambiar en ellas ni una letra. Me ha tocado leer no pocas resoluciones, y sé muy bien que en cada línea se podrían introducir magníficas enmiendas. Pero eso sería pedantería. Si ahora, sin embargo, declaro que en sentido político no puede cambiarse ni una letra, es porque las enmiendas tienen, como veo, un carácter político perfectamente definido, porque conducen a un camino perjudicial y peligroso para la Internacional Comunista. Por eso, tanto yo como todos nosotros, y la delegación rusa, debemos insistir en que no se cambie en las tesis ni una letra. No solo hemos condenado a nuestros elementos de derecha, sino que los hemos expulsado. Pero si de la lucha contra los derechistas se hace un deporte, como hace Terracini, entonces debemos decir: «¡Basta! ¡De lo contrario el peligro se hará demasiado grave!».  
Terracini defendió la teoría de la lucha ofensiva 22. Las famosas enmiendas proponen sobre este punto una fórmula de dos o tres páginas de largo. No necesitamos leerlas. Sabemos lo que está escrito allí. Terracini dijo con toda claridad de qué se trata. Defendió la teoría de la ofensiva, señalando las «tendencias dinámicas» y el «tránsito de la pasividad a la actividad». Nosotros, en Rusia, tenemos ya suficiente experiencia política en la lucha contra los centristas. Hace ya 15 años librábamos la lucha contra nuestros oportunistas y centristas, así como contra los mencheviques, y vencimos no solo a los mencheviques, sino también a los semianarquistas.  
Si no hubiéramos hecho eso, no habríamos sido capaces de mantener el poder en nuestras manos no solo durante tres años y medio, sino ni siquiera tres semanas y media, y no habríamos podido convocar aquí congresos comunistas. «Tendencias dinámicas», «tránsito de la pasividad a la actividad»: todo eso son frases que esgrimieron contra nosotros los socialrevolucionarios de izquierda. Ahora están en las cárceles, defienden allí los «fines del comunismo» y piensan en el «tránsito de la pasividad a la actividad». (Risas.) Argumentar como se hace en las enmiendas propuestas es imposible, porque en ellas no hay ni marxismo, ni experiencia política, ni argumentación. ¿Acaso nosotroos, en nuestras tesis, desarrollamos una teoría general de la ofensiva revolucionaria? ¿Acaso Radek o cualquier otro de nosotros cometió semejante estupidez? Nosotros hablamos  

de la teoría de la ofensiva con relación a un país perfectamente determinado y a un período perfectamente determinado.  
Podemos aducir casos de nuestra lucha contra los mencheviques que muestran que ya antes de la primera revolución había personas que dudaban de que el partido revolucionario debiera pasar a la ofensiva. Si a algún socialdemócrata —entonces todos nos llamábamos así— le surgían tales dudas, entrábamos en lucha con él y le decíamos que era oportunista, que no entendía nada del marxismo ni de la dialéctica del partido revolucionario. ¿Acaso puede el partido discutir sobre si es admisible en general la ofensiva revolucionaria? Entre nosotros, para encontrar tales ejemplos, habría que remontarse unos quince años atrás. Si hay algún centrista o centrista encubierto que discute la teoría de la ofensiva, hay que expulsar inmediatamente a esos individuos. Esta cuestión no puede suscitar controversias. Pero el hecho de que aún ahora, después de tres años de existencia de la Internacional Comunista, discutamos sobre «tendencias dinámicas», sobre el «tránsito de la pasividad a la actividad», es una vergüenza y una deshonra.  
Nosotros no tenemos controversia sobre esto con el camarada Radek, que elaboró junto con nosotros estas tesis. Quizás no fue del todo correcto empezar en Alemania las conversaciones sobre la teoría de la ofensiva revolucionaria después de que la ofensiva real no había sido preparada. No obstante, la acción de marzo es un gran paso adelante, a pesar de los errores de sus dirigentes 23. Pero eso no significa nada. Cientos de miles de obreros lucharon heroicamente. Por muy valientemente que el KAPD haya luchado contra la burguesía, debemos decir lo mismo que dijo el camarada Radek en un artículo ruso sobre Hölz. Si alguien, aunque sea anarquista, lucha heroicamente contra la burguesía, eso es, por supuesto, un gran hecho, pero si cientos de miles luchan contra la vil provocación de los socialtraidores y la burguesía, eso es un verdadero paso adelante.  
Es muy importante ser crítico con los propios errores. Nosotros empezamos por ahí. Si alguien, después de una lucha en la que participaron cientos de miles, se pronuncia contra  

esa lucha y obra como Levi, hay que expulsarlo. Eso se hizo. Pero debemos sacar una lección de aquí: ¿acaso preparamos la ofensiva? (Radek: «No preparamos ni la defensa».) Sí, de la ofensiva solo se habló en artículos de periódicos. Esta teoría, aplicada a la acción de marzo de 1921 en Alemania, era incorrecta; debemos reconocerlo; pero en general la teoría de la ofensiva revolucionaria no es en modo alguno falsa.  
Nosotros vencimos en Rusia, y con tanta facilidad, porque preparamos nuestra revolución durante la guerra imperialista. Esta es la primera condición. Diez millones de obreros y campesinos estaban armados entre nosotros, y nuestra consigna era: paz inmediata, a toda costa. Vencimos porque las masas campesinas más amplias estaban animadas revolucionariamente contra los grandes terratenientes. Los socialrevolucionarios, partidarios de la II y la II1/2 Internacional, eran en noviembre de 1917 un gran partido campesino. Exigían medios revolucionarios, pero, como verdaderos héroes de la II y la II1/2 Internacional, no tenían suficiente valor para actuar revolucionariamente. En agosto y septiembre de 1917 decíamos: «Teóricamente luchamos contra los socialrevolucionarios como antes, pero prácticamente estamos dispuestos a aceptar su programa, porque solo nosotros podemos realizar ese programa». Como dijimos, así lo hicimos. El campesinado, que estaba en contra nuestra en noviembre de 1917, después de nuestra victoria, y que envió a la mayoría de los socialrevolucionarios a la Asamblea Constituyente, fue conquistado por nosotros, si no en el transcurso de unos días —como erróneamente supuse y predije—, sí, en todo caso, en el transcurso de unas semanas. La diferencia fue pequeña. ¡Indíquenme en Europa un país donde pudieran ustedes atraer a su lado a la mayoría del campesinado en el transcurso de unas semanas! ¿Quizás Italia? (Risas.) Si se dice que vencimos en Rusia a pesar de que teníamos un partido pequeño, con ello solo se demuestra que no se ha entendido la revolución rusa y que no se comprende en absoluto cómo hay que preparar la revolución.  

Nuestro primer paso fue crear un verdadero partido comunista, para saber con quién hablamos y en quién podemos tener plena confianza. La consigna del I y II Congresos fue: «¡Abajo los centristas!». Si por toda la línea y en todo el mundo no liquidamos a los centristas y semicentristas, a los que en Rusia llamamos mencheviques, entonces ni siquiera el abc del comunismo nos será accesible. Nuestra primera tarea es crear un partido verdaderamente revolucionario y romper con los mencheviques. Pero esto es solo una escuela preparatoria. Ya estamos convocando el III Congreso, y el camarada Terracini insiste todavía en que la tarea de la escuela preparatoria consiste en perseguir, hostigar y desenmascarar a los centristas y semicentristas. ¡Muchas gracias! Ya nos hemos ocupado bastante de eso. Ya dijimos en el II Congreso que los centristas son nuestros enemigos. Pero es necesario avanzar. La segunda etapa consistirá en, una vez organizados en partido, aprender a preparar la revolución. En muchos países ni siquiera hemos aprendido cómo apoderarse de la dirección. Vencimos en Rusia porque de nuestro lado no solo estaba la indiscutible mayoría de la clase obrera (durante las elecciones de 1917, la inmensa mayoría de los obreros estaba con nosotros contra los mencheviques), sino también porque la mitad del ejército, inmediatamente después de que tomamos el poder, y 9/10 de la masa campesina, en el transcurso de unas semanas, se pasaron a nuestro lado; vencimos porque adoptamos no nuestro programa agrario, sino el de los socialrevolucionarios y lo realizamos en la práctica. Nuestra victoria consistió precisamente en que realizamos el programa de los socialrevolucionarios; por eso fue tan fácil esta victoria. ¿Acaso ustedes, en Occidente, pueden tener ilusiones semejantes? ¡Es ridículo! Comparen, pues, las condiciones económicas concretas, ¡camarada Terracini y todos ustedes que suscribieron la proposición de enmiendas! A pesar de que la mayoría se encontró tan rápidamente de nuestro lado, las dificultades que se nos presentaron después de la victoria fueron muy grandes. Sin embargo, salimos adelante porque no olvidamos no solo nuestros fines, sino también nuestros principios, y no toleramos en nuestro partido a personas que callaban acerca de los prin-  

cipios y hablaban de fines, «tendencias dinámicas» y «tránsito de la pasividad a la actividad». Quizás se nos acuse de que preferimos tener a tales señores en la cárcel. Pero sin eso la dictadura es imposible. Debemos preparar la dictadura, y esto consiste en la lucha contra frases semejantes y enmiendas semejantes. (Risas.) En todas partes en nuestras tesis se habla de la masa. Pero, camaradas, hay que entender qué es la masa. El KAPD, camaradas de la izquierda, abusa demasiado de esta palabra. Pero también el camarada Terracini y todos los que suscribieron estas enmiendas no saben qué debe entenderse por la palabra «masa».  
Ya estoy hablando demasiado tiempo; quisiera, por ello, decir solo algunas palabras sobre el concepto de «masa». El concepto de «masa» es variable, según cambia el carácter de la lucha. Al comienzo de la lucha bastan algunos miles de obreros verdaderamente revolucionarios para que se pueda hablar de masa. Si el partido logra involucrar en la lucha no solo a sus miembros, si logra conmover también a los no partidarios, eso ya es el comienzo de la conquista de las masas. Durante nuestras revoluciones hubo casos en que unos pocos miles de obreros representaban la masa. En la historia de nuestro movimiento, en la historia de nuestra lucha contra los mencheviques, encontrarán ustedes muchos ejemplos así, en los que en una ciudad bastaban unos miles de obreros para hacer evidente el carácter de masas del movimiento. Si algunos miles de obreros no partidarios, que normalmente viven una vida pequeñoburguesa y arrastran una existencia miserable, que nunca han oído nada de política, comienzan a actuar revolucionariamente, ante ustedes está la masa. Si el movimiento se extiende y se intensifica, gradualmente se convierte en una verdadera revolución. Eso lo vimos en 1905 y 1917, durante tres revoluciones, y también ustedes tendrán que convencerse de ello. Cuando la revolución está ya suficientemente preparada, el concepto de «masa» se vuelve otro: ya unos pocos miles de obreros no constituyen la masa. Esta palabra comienza a significar otra cosa. El concepto de masa cambia en el sentido de que bajo ella se entiende  

la mayoría, y no simplemente la mayoría de los obreros, sino la mayoría de todos los explotados; otra comprensión es inadmisible para un revolucionario, cualquier otro sentido de esta palabra se vuelve incomprensible. Es posible que también un partido pequeño, por ejemplo el inglés o el americano, después de estudiar bien el curso del desarrollo político y conocer la vida y las costumbres de las masas no partidarias, provoque en un momento favorable un movimiento revolucionario (el camarada Radek, como buen ejemplo, señaló la huelga de los mineros 24). Si ese partido sale en ese momento con sus consignas y logra que millones de obreros le sigan, ante ustedes hay un movimiento de masas. Yo no rechazo de modo absoluto que la revolución pueda ser iniciada por un partido muy pequeño y llevada hasta la victoria final. Pero hay que saber con qué métodos atraer a las masas al propio lado. Para ello es necesaria una preparación fundamental de la revolución. Pero he aquí que los camaradas aparecen con la declaración: renunciar inmediatamente a la exigencia de «grandes» masas. Es necesario declarar la lucha a tales camaradas. Sin una preparación fundamental no lograrán la victoria en ningún país. Basta un partido muy pequeño para arrastrar tras sí a las masas. En ciertos momentos no son necesarias grandes organizaciones.  
Pero para la victoria hace falta la simpatía de las masas. No siempre es necesaria una mayoría absoluta; pero para la victoria, para mantener el poder, es necesario no solo la mayoría de la clase obrera —empleo aquí el término «clase obrera» en el sentido europeo occidental, es decir, en el sentido del proletariado industrial—, sino también la mayoría de la población campesina explotada y trabajadora. ¿Han pensado ustedes en esto? ¿Encontramos en el discurso de Terracini siquiera un indicio de tal pensamiento? En él solo se habla de «tendencia dinámica», de «tránsito de la pasividad a la actividad». ¿Toca él, siquiera con una palabra, la cuestión alimentaria? Y sin embargo los obreros exigen alimentación, aunque pueden soportar mucho y pasar hambre, como vimos, hasta cierto punto, en Rusia. Debemos, por tanto, atraer a nuestro  

lado no solo a la mayoría de la clase obrera, sino también a la mayoría de la población campesina trabajadora y explotada. ¿Han preparado ustedes eso? Casi en ninguna parte.  
Por tanto, repito: debo defender sin reservas nuestras tesis y considero esta defensa obligatoria para mí. No solo hemos condenado a los centristas, sino que los hemos expulsado del partido. Ahora debemos volvernos contra el otro lado, que también consideramos peligroso. Debemos decir a los camaradas la verdad en la forma más cortés (y en nuestras tesis está dicho con amabilidad y cortesía), de modo que nadie se sienta ofendido: ante nosotros se presentan ahora otras cuestiones, más importantes que el hostigamiento a los centristas. Ya hemos tenido bastante de esta cuestión. Ya está un poco cansada. En lugar de eso, los camaradas deberían haber aprendido a llevar una verdadera lucha revolucionaria. Los obreros alemanes ya han empezado a hacerlo. Cientos de miles de proletarios lucharon heroicamente en ese país. A cualquiera que se pronuncie contra esa lucha hay que expulsarlo inmediatamente. Pero después de esto no hay que ocuparse en vanas declamaciones, sino que hay que empezar inmediatamente a aprender, a aprender de los errores cometidos, cómo organizar mejor la lucha. No debemos ocultar nuestros errores ante el enemigo. Quien teme esto, no es revolucionario. Por el contrario, si declaramos abiertamente a los obreros: «Sí, hemos cometido errores», eso significa que en adelante no se repetirán y que sabremos elegir mejor el momento. Si durante la lucha misma la mayoría de los trabajadores está de nuestro lado —no solo la mayoría de los obreros, sino la mayoría de todos los explotados y oprimidos—, entonces venceremos realmente. (Prolongados y tumultuosos aplausos.)  
El informe periodístico fue publicado  
el 5 de julio de 1921 en «Pravda» nº 144 e «Izvestia del VTsIK» nº 144  
Texto completo publicado  
el 8 de julio de 1921 en el «Boletín  
del Tercer Congreso de la Internacional  
Comunista» nº 11  

Se imprime según el texto del libro «Tercer Congreso Mundial  
de la Internacional Comunista.  
Informe estenográfico».  
Petrogrado, 1922