Todo el mundo sabe que los grandes desacuerdos crecen a veces a partir de las más pequeñas divergencias, insignificantes incluso al principio. Todo el mundo sabe que una herida insignificante, o incluso un rasguño, que cada cual ha recibido decenas de veces en su vida, puede convertirse en una enfermedad peligrosísima, e incluso absolutamente mortal, si la herida empieza a supurar, si se produce una infección de la sangre. Así ocurre en todo tipo de conflictos, incluso puramente personales. Así ocurre también en política.

Cualquier divergencia, por insignificante que sea, puede resultar políticamente peligrosa si existe la posibilidad de que se desarrolle hasta convertirse en una escisión, y además en una escisión de tal tipo que sea capaz de sacudir y destruir todo el edificio político, llevando –hablando con la comparación del camarada Bujarin– al descarrilamiento del tren.

Está claro que en un país que vive la dictadura del proletariado, una escisión dentro del proletariado o entre el partido proletario y la masa del proletariado no solo es peligrosa, sino peligrosísima, especialmente si en ese país el proletariado constituye una pequeña minoría de la población. Y las escisiones en el movimiento sindical (que, como intenté subrayar con todas mis fuerzas en mi discurso del 30 de diciembre de 1920, es el movimiento del proletariado organizado casi en su totalidad en sindicatos) significan precisamente escisiones en la masa del proletariado.

He aquí por qué, cuando «se armó la de San Quintín» en la V Conferencia Panrusa de Sindicatos del 2 al 6 de noviembre de 1920 (y se armó precisamente allí), cuando inmediatamente después de esa conferencia… no, me equivoco, durante esa conferencia se presentó en el Buró Político el camarada Tomsky, inusitadamente excitado, y, con el pleno apoyo del ecuánime camarada Rúdzutak, se puso a contar cómo el camarada Trotsky había hablado en esa conferencia sobre el «revolcón» (peretryajivanie) de los sindicatos y cómo él, Tomsky, había polemizado con eso; cuando esto ocurrió, decidí inmediata e irrevocablemente para mí que la esencia de la disputa reside precisamente en la política (es decir, en la política del partido respecto a los sindicatos) y que en el fondo de esta disputa el camarada Trotsky, con su política de «revolcón», está radicalmente equivocado frente al camarada Tomsky. Pues la política de «revolcón», incluso si estuviera parcialmente justificada por «nuevas tareas y métodos» (tesis 12 de Trotsky), es una política absolutamente inadmisible en el momento y en la situación dadas, por cuanto amenaza con la escisión.

Al camarada Trotsky le parece ahora que atribuirle una política de «revolcón desde arriba» «es la más pura caricatura» (L. Trotsky: «Respuesta a los camaradas de Petrogrado» en Pravda nº 9, del 15 de enero de 1921). Pero el vocablo «revolcón» es una verdadera «palabra alada» no solo en el sentido de que, al haber sido pronunciada por el camarada Trotsky en la V Conferencia Panrusa de Sindicatos, ya ha «volado», por así decirlo, por el partido y los sindicatos. No. Desgraciadamente, sigue siendo fiel hoy mismo en un sentido mucho más profundo. A saber: expresa, en la forma más breve, todo el espíritu, toda la tendencia del folleto-plataforma «El papel y las tareas de los sindicatos». De principio a fin, todo ese folleto-plataforma del camarada Trotsky está embebido precisamente del espíritu de la política de «revolcón desde arriba». ¡Basta recordar la acusación al camarada Tomsky o a «muchos sindicalistas» de que «desarrollan en su medio un espíritu de animadversión hacia los nuevos trabajadores»!

Pero si en la V Conferencia Panrusa de Sindicatos (2-6 de noviembre de 1920) recién comenzaba a crearse una atmósfera amenazante de escisiones, a principios de diciembre de 1920 la escisión del Tsektran (Comité Central del Transporte) se convirtió en un hecho.

Este acontecimiento es lo fundamental, lo principal, lo radical para valorar la esencia política de nuestras disputas; y los camaradas Trotsky y Bujarin yerran si piensan que el silenciamiento ayudará en algo. El silenciamiento en este caso no «amortigua», sino que aviva, pues la cuestión no solo ha sido puesta en el orden del día por la vida, sino que ha sido subrayada por el camarada Trotsky en su folleto-plataforma. Pues precisamente este folleto, en múltiples pasajes que he citado, especialmente en la tesis 12, plantea la cuestión: ¿la esencia está en que «muchos sindicalistas desarrollan en su medio un espíritu de animadversión hacia los nuevos trabajadores», o en que la «animadversión» de las masas es legítima debido a algunos excesos innecesarios y nocivos de burocratismo, por ejemplo, en el Tsektran?

El camarada Zinóviev, ya en su primer discurso del 30 de diciembre de 1920, planteó esta cuestión con toda razón y directamente, diciendo que a la escisión habían llevado «los partidarios desmesurados del camarada Trotsky». ¿Quizás por esto el camarada Bujarin calificó el discurso del camarada Zinóviev de «charlatanería»? Pero de la injusticia de este reproche se convencerá ahora todo miembro del partido que lea el acta taquigráfica de la discusión del 30 de diciembre de 1920 y vea que es precisamente el camarada Zinóviev quien cita hechos exactos y se apoya en hechos exactos, mientras que en Trotsky y Bujarin predomina la «verborrea» intelectual sin hechos algunos.

Cuando el camarada Zinóviev dijo: «El Tsektran está sobre pies de barro, ya se ha escindido en tres partes», el camarada Sosnovski lo interrumpió con la exclamación:

«¡Y usted lo fomentó!» (Acta taquigráfica, pág. 15).

He aquí una acusación grave. Si se hubiera demostrado, entonces, ciertamente, el culpable de fomentar la escisión aunque solo fuera de uno de los sindicatos no tendría lugar ni en el Comité Central, ni en el partido del PCR, ni en los sindicatos de nuestra república. Por suerte, la acusación grave ha sido planteada en forma poco seria por un camarada que, por desgracia, ya ha dado en más de una ocasión ejemplos de sus «arrebatos» polémicos poco serios. El camarada Sosnovski incluso sus excelentes artículos, digamos, del campo de la propaganda de producción, ha sabido a veces aderezarlos con tal «cucharada de alquitrán» que superaba con creces todos los aspectos positivos de la propia propaganda de producción. Hay naturalezas afortunadas (como, por ejemplo, Bujarin) que, incluso en el mayor encarnizamiento de la lucha, son las menos capaces de emponzoñar con veneno sus ataques; hay naturalezas no muy afortunadas que con demasiada frecuencia emponzoñan sus ataques con veneno. Al camarada Sosnovski le sería útil vigilarse en este aspecto e incluso pedir a sus amigos que lo vigilen.

Pero –podría decirse– la acusación ha sido formulada de todos modos. Sea en forma poco seria, desafortunada, abiertamente «fraccional». Pero es mejor decir la verdad de manera desafortunada que callarla, si el asunto es grave.

El asunto es indudablemente grave, pues aquí, repito, está el clavo de toda la disputa más de lo que se piensa. Y tenemos, por suerte, datos suficientemente convincentes y suficientemente objetivos para dar una respuesta de fondo a la cuestión planteada por el camarada Sosnovski.

En primer lugar. En la misma página del acta taquigráfica leemos la declaración del camarada Zinóviev, quien no solo respondió al camarada Sosnovski: «¡Falso!», sino que también adujo referencias precisas a hechos decisivos. El camarada Zinóviev señaló que el camarada Trotsky intentaba plantear (añado por mi cuenta: hallándose claramente en un arrebato fraccional) una acusación muy distinta a la planteada por el camarada Sosnovski, a saber, la acusación contra el camarada Zinóviev de que él, Zinóviev, con su intervención en la Conferencia Panrusa de septiembre del PCR, había contribuido a la escisión o la había provocado. (Acusación, observo entre paréntesis, insostenible ya porque la intervención de septiembre de Zinóviev fue aprobada en esencia tanto por el Comité Central como por el partido y nadie la impugnó formalmente jamás.)

Y el camarada Zinóviev respondió que el camarada Rúdzutak, en la sesión del Comité Central, con las actas en la mano, demostró que «esta cuestión (la cuestión de algunos excesos innecesarios y nocivos de burocratismo en el Tsektran) fue examinada tanto en Siberia, como en el Volga, como en el Norte, como en el Sur mucho antes de cualquier intervención mía (es decir, de Zinóviev) y mucho antes de la Conferencia Panrusa».

Esta es una declaración completamente clara, precisa y fáctica. La hizo el camarada Zinóviev en su primer discurso ante millares de miembros responsables del PCR, y ni el camarada Trotsky, que habló dos veces después de este discurso de Zinóviev, ni el camarada Bujarin, que habló también después de este discurso de Zinóviev, refutaron las indicaciones fácticas de Zinóviev.

En segundo lugar. Una refutación aún más precisa y oficial de la acusación del camarada Sosnovski es la resolución del Pleno del Comité Central del PCR sobre la cuestión del conflicto entre los comunistas del transporte fluvial y la fracción comunista de la asamblea del Tsektran, aprobada el 7 de diciembre de 1920, e incluida en la misma acta taquigráfica. La parte de esta resolución dedicada al Tsektran reza:

«En relación con el conflicto entre el Tsektran y los trabajadores del transporte fluvial, el CC acordó: 1) Crear en el Tsektran unificado una sección de transportistas fluviales. 2) Convocar en febrero un congreso de ferroviarios y transportistas fluviales, en el cual se realicen elecciones normales para el nuevo Tsektran. 3) Hasta entonces, dejar funcionar la composición anterior del Tsektran. 4) Suprimir inmediatamente la Glavpolitvod y la Glavpolitput, transfiriendo todas sus fuerzas y medios a la organización sindical sobre la base del democratismo normal».

El lector ve de aquí que no solo no se habla de condenar a los transportistas fluviales, sino que, al contrario, en todo lo esencial se reconoce que tienen razón. Mientras tanto, por esta resolución no votó ninguno (excepto Kámenev) de aquellos miembros del CC que suscribieron la plataforma común del 14 de enero de 1921 («Sobre el papel y las tareas de los sindicatos». Proyecto de resolución del X Congreso del PCR, presentado al CC por un grupo de miembros del CC y miembros de la comisión sindical. No miembro del CC, pero sí miembro de la comisión sindical, la firmó Lozovski; los demás: Tomsky, Kalinin, Rúdzutak, Zinóviev, Stalin, Lenin, Kámenev, Petrovski, Artiom Sérguev).

Esta resolución fue aprobada contra los citados miembros del CC, es decir, contra nuestro grupo. Pues nosotros habríamos votado en contra del mantenimiento temporal del antiguo Tsektran. Y la inevitabilidad de la victoria de nuestro grupo obligó a Trotsky a votar por la resolución de Bujarin, pues de lo contrario habría prosperado nuestra solución. El camarada Rýkov, que en noviembre estaba con Trotsky, participó en diciembre en los trabajos de la comisión sindical para el análisis del conflicto de los transportistas fluviales con el Tsektran y se convenció de que estos tenían razón.

Conclusión: la mayoría de diciembre (7 de diciembre) del CC estaba compuesta por los camaradas Trotsky, Bujarin, Preobrazhenski, Serebryakov, etc., es decir, por miembros del CC que nadie sospecharía de parcialidad contra el Tsektran. Y esta mayoría, por la esencia de su decisión, condenó no a los transportistas fluviales, sino al Tsektran, negándose solo a destituirlo inmediatamente. Por consiguiente, la inconsistencia de la acusación de Sosnovski queda demostrada.

Para no dejar lugar a la falta de claridad, hay que tocar aún otro punto. ¿En qué consistían «algunos excesos innecesarios y nocivos de burocratismo», que he mencionado más de una vez? ¿No había o no hay infundamentación o exageración en esta acusación?

También aquí la respuesta la dio el camarada Zinóviev en su primer discurso del 30 de diciembre de 1920, y una respuesta que no deja nada que desear en cuanto a precisión. El camarada Zinóviev citó un extracto de la orden impresa del camarada Zof sobre el transporte fluvial (del 3 de mayo de 1920), con la declaración: «la comitería se suprime». El camarada Zinóviev llamó a esto con razón un error radical. He ahí una muestra de exceso innecesario y nocivo de burocratismo y «nombramiento a dedo». Al mismo tiempo, el camarada Zinóviev advirtió inmediatamente que hay «camaradas nombrados mucho menos probados y menos experimentados» que el camarada Zof. He oído en el CC valorar a Zof como un trabajador valiosísimo, y mis observaciones en el Sovoboron (Consejo de Defensa) confirman plenamente esta valoración. Nadie piensa ni en minar la autoridad de tales camaradas ni en convertirlos en «chivos expiatorios» (como sospechó el camarada Trotsky en su informe, pág. 25, sin tener la más mínima base para ello). La autoridad de los «nombrados» la mina no quien corrige sus errores, sino quien osara defenderlos incluso cuando cometen errores.

Vemos, por lo tanto, que el peligro de escisiones en el movimiento sindical no era inventado, sino real. Vemos también de manera evidente en qué consistía exactamente la esencia no exagerada de los desacuerdos: en la lucha para que algunos excesos innecesarios y nocivos de burocratismo y de nombramiento a dedo no fueran defendidos ni justificados, sino corregidos. Eso es todo.