9 DE ABRIL DE 1921

Camaradas, sobre la cuestión del impuesto en especie y del cambio de la política alimentaria, así como de la política económica del Poder Soviético, se oyen las opiniones más diversas, que engendran muchos malentendidos. Permítanme, de acuerdo con el camarada Kámenev, dividir nuestros temas de tal modo que a él le corresponda exponer las leyes recién publicadas en todos sus detalles. Esto será tanto más oportuno cuanto que el camarada Kámenev fue presidente de la comisión que fue designada primero por el Comité Central de nuestro Partido y luego confirmada por el Consejo de Comisarios del Pueblo, y que, en una serie de reuniones con representantes de los departamentos interesados, elaboró todas las leyes publicadas últimamente. La última de estas leyes se publicó ayer, y hoy ya hemos podido leerla en los periódicos 66. No cabe duda de que cada una de estas leyes suscita toda una serie de cuestiones prácticas, y hará falta no poco trabajo para que todos los trabajadores del Partido y de las instituciones soviéticas en las localidades puedan conocer suficientemente estas leyes y elaborar una práctica correcta para su aplicación en la realidad sobre el terreno.

Quisiera detener su atención en el significado general o de principio de todas las medidas mencionadas. ¿Cómo explicar que el Poder Soviético y la dictadura del proletariado emprendan este camino de reconocer, en mayor o menor medida, el libre comercio?

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¿En qué medida puede admitirse el libre comercio y la economía individual junto con la economía socialista? ¿En qué medida puede admitirse este renacimiento del capitalismo, que puede parecer inevitable al admitir, aunque sea limitadamente, el libre comercio? ¿A qué obedece ese cambio, cuál es su sentido real, su carácter y su significación, y cómo deben entenderlo los miembros del Partido Comunista? ¿Cómo hay que explicarlo y cómo hay que considerar los límites de su aplicación en la vida? He ahí, aproximadamente, la tarea que me propongo.

La primera cuestión es: ¿a qué obedece ese cambio, que a muchos les parece excesivamente brusco e insuficientemente fundado?

La causa principal y fundamental de este cambio es la crisis extraordinariamente agudizada de la economía campesina, su situación muy grave, que en la primavera de 1921 resultó ser mucho más grave de lo que se podía prever, y, por otra parte, las consecuencias de esta situación se manifestaron tanto en la restauración de nuestro transporte como en la restauración de nuestra industria. Quisiera señalar que cuando se habla de la sustitución del reparto forzoso por el impuesto en especie, cuando se discute el significado de esta sustitución, se cometen la mayoría de los errores porque no se plantean la cuestión de en qué consiste, precisamente, esta transición, de qué y a qué conduce, esa transición. La crisis extraordinariamente grave de la economía campesina, que después de todas las ruinas causadas por la guerra fue rematada además por una cosecha extraordinariamente mala y por la falta de forraje consiguiente, porque la mala cosecha afectó también a los pastos, y por la mortandad del ganado, el debilitamiento de las fuerzas productivas de la economía campesina, condenándola con frecuencia en muchos lugares directamente a la ruina: he ahí el cuadro de la economía campesina en la primavera de 1921. Y entonces surge la cuestión: ¿en qué relación se halla esta crisis, extraordinariamente agudizada, de la economía campesina con esa sustitución del reparto forzoso que ha emprendido el Poder Soviético? Yo digo que, para

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comprender el significado de esta medida, hay que preguntarse ante todo: ¿de qué y a qué pasamos aquí?

Si en un país con predominio de población campesina se produce una revolución obrera, y las fábricas, las plantas industriales y los ferrocarriles pasan a manos de la clase obrera, ¿en qué debe consistir la esencia de las relaciones económicas entre la clase obrera y el campesinado? Evidentemente, en que los obreros, produciendo en las fábricas y plantas industriales, que desde ahora les pertenecen, todos los productos necesarios para el país y, por tanto, también para el campesinado, como mayoría de la población, los transportan en sus ferrocarriles, en sus barcos fluviales, entregándolos al campesinado, recibiendo de él todos los excedentes de productos agrícolas. Esto es completamente evidente y apenas si necesita explicaciones aclaratorias. Pero, cuando se discute sobre el impuesto en especie, esto se olvida constantemente. Y es necesario tenerlo presente, porque para esclarecer el significado del impuesto en especie, que es sólo una medida transitoria, hay que comprender claramente a qué queremos llegar. Y de lo que he expuesto se desprende claramente que queremos llegar y debemos llegar a que los productos campesinos lleguen al Estado obrero no como excedentes según el reparto forzoso, y no como impuesto, sino que lleguen a cambio de todos los productos que le son necesarios al campesinado y que le son suministrados, transportados por los medios de transporte. Sobre esta base puede construirse la economía del país que ha pasado al socialismo. Si la economía campesina puede desarrollarse más, es necesario asegurar sólidamente la transición ulterior, y la transición ulterior consiste inevitablemente en que la economía campesina más desventajosa y más atrasada, pequeña, aislada, se vaya uniendo gradualmente y organice la agricultura social, en gran escala. Así lo han concebido siempre todos los socialistas. Así lo concibe también nuestro Partido Comunista. Repito que la mayor fuente de errores y malentendidos consiste en que se valora el impuesto en especie sin tener en cuenta en qué consiste la peculiaridad de esas medidas transitorias

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que son necesarias para que podamos llegar hasta donde podemos y debemos llegar.

¿Qué es, pues, el impuesto en especie? El impuesto en especie representa una medida en la que vemos algo del pasado y algo del futuro. Impuesto significa que el Estado toma de la población sin ninguna retribución. Si este impuesto se fija aproximadamente en la mitad de lo que se fijó el reparto forzoso el año pasado, el Estado obrero, para mantener al Ejército Rojo, a toda la industria, a toda la población no agrícola, para desarrollar la producción, para desarrollar las relaciones con el extranjero, cuya ayuda en cuanto a máquinas y equipos necesitamos, no puede arreglárselas solamente con el impuesto. Por un lado, quiere apoyarse en el impuesto, fijándolo aproximadamente en la mitad de lo que era antes el reparto forzoso; por otro lado, quiere apoyarse en el intercambio de productos industriales, en los excedentes que tenga la producción campesina. Es decir, en el impuesto hay una partícula del antiguo reparto forzoso y hay una partícula de aquel orden que es el único que se presenta como correcto, a saber: el intercambio de los productos de las grandes fábricas socialistas por los productos de la economía campesina a través de los órganos alimentarios del poder estatal perteneciente a la clase obrera, a través de la cooperación de obreros y campesinos.

¿Por qué, se preguntará, nos vemos obligados a recurrir a una medida en la que una partícula pertenece al pasado y sólo una partícula se coloca sobre los rieles correctos, sin estar ni mucho menos seguros de si lograremos colocar inmediatamente sobre los rieles correctos la parte que coloquemos sobre los rieles correctos? ¿Por qué nos vemos obligados a recurrir a una medida tan a medias, por qué en nuestra política alimentaria y económica debemos contar con medidas tales? ¿A qué obedece esta medida? Por supuesto, todo el mundo sabe que no obedece a una preferencia cualquiera del Poder Soviético por tal o cual política. Obedece a una necesidad extrema, a una situación sin salida. Ustedes saben que, durante varios años después de la victoria de la revolución obrera

en Rusia, después de la guerra imperialista, tuvimos que sostener la guerra civil, y ahora se puede decir sin exageración que, entre todos los países que se vieron arrastrados a la guerra imperialista, incluso entre los que más sufrieron por ella, porque se desarrolló en su territorio, no hay sin embargo ninguno que haya sufrido tanto como Rusia, porque, después de cuatro años de guerra imperialista, soportamos tres años de guerra civil, que, en cuanto a ruina, destrucción y empeoramiento de las condiciones de producción, fue mucho peor que la guerra exterior, porque esta guerra se desarrolló en el centro del Estado. Esta ruina desesperada constituye la causa fundamental de que al principio, en la época de la guerra, especialmente cuando la guerra civil aisló las regiones cerealeras, como Siberia, el Cáucaso y toda Ucrania, y aisló también el suministro de carbón y petróleo y redujo la posibilidad de transporte del resto del combustible, de que, hallándonos en una fortaleza sitiada, no pudiéramos resistir de otro modo que aplicando el reparto forzoso, es decir, tomando del campesinado todos los excedentes que hubiera, tomando a veces incluso no sólo los excedentes sino también algo necesario para el campesino, con tal de mantener capaz de lucha al ejército y no dejar que la industria se desmoronara por completo. Durante la guerra civil esta tarea fue extraordinariamente difícil, y, si se toma la valoración que de ella hacen otros partidos, fue declarada por todos como una tarea irresoluble. Tomemos a los mencheviques y a los eseristas, es decir, al partido de la pequeña burguesía y al partido de los kulaks. Estos partidos gritaron más durante los momentos más agudos de la guerra civil que los bolcheviques habían iniciado una empresa descabellada, que no se podía mantenerse en la guerra civil cuando todas las potencias acudieron en ayuda de los guardias blancos. En efecto, la tarea era extraordinariamente difícil, exigía la tensión de todas las fuerzas, y fue cumplida con éxito sólo porque los sacrificios que soportaron durante este tiempo la clase obrera y el campesinado fueron, se puede decir, sobrehumanos. Nunca una desnutrición, un hambre como durante los primeros años de su dictadura los experimentó la clase

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obrera. Y es comprensible que para resolver esta tarea no hubiera más posibilidad que el reparto forzoso, en el sentido de tomar todos los excedentes y parte de lo necesario para el campesino. «Tú también pasa hambre, pero todos juntos defenderemos nuestra causa y ahuyentaremos a Denikin y a Wrangel»: no podía concebirse ninguna otra solución.

No se trata de que hubiera un sistema económico, un plan económico de política, que se hubiera adoptado existiendo la posibilidad de elegir entre uno y otro sistema. Esto no ocurrió. Restaurar la industria cuando no estaba asegurado ni mínimamente el abastecimiento ni el combustible, no se podía ni pensar. Sólo conservar los restos de la industria, para que los obreros no se dispersaran del todo, tener un ejército: he ahí la tarea que nos proponíamos, y no se podía resolver de ningún otro modo que con el reparto forzoso sin retribución, porque el papel moneda, por supuesto, no es retribución. No teníamos ninguna otra salida. He ahí de lo que nos alejamos, y a lo que pasamos, ya se lo he dicho. Cómo realizar esta transición: para eso existe una medida como el impuesto. Si hubiera sido posible lograr más rápidamente la restauración de nuestra industria, quizás, a condición de una mejor cosecha, hubiéramos podido pasar más pronto al intercambio de productos industriales por productos agrícolas.

Muchos de ustedes recordarán probablemente cómo en el IX Congreso del Partido planteamos la cuestión de pasar al frente económico. Toda la atención se dedicó entonces a esta cuestión. Contábamos entonces con que nos habíamos librado de la guerra: en efecto, hicimos entonces a la Polonia burguesa una propuesta de condiciones de paz inauditamente ventajosas para ella. Como ustedes saben, la paz resultó rota, sobrevino la guerra polaca y su continuación: Wrangel y demás. El período del IX al X Congreso estuvo casi enteramente ocupado por la guerra; ustedes saben que sólo en el último momento firmamos la paz definitiva con los polacos y hace unos días el acuerdo de paz con los turcos, que por sí solo nos libra de guerras eternas en el Cáucaso. Sólo ahora hemos concluido un tratado comercial

con Inglaterra, que tiene importancia mundial, sólo ahora Inglaterra se ha visto obligada a entablar relaciones comerciales con nosotros; América, por ejemplo, hasta ahora se niega a ello. He ahí una idea de con qué trabajo hemos salido de esta guerra. Si hubiéramos podido realizar entonces las suposiciones del IX Congreso del Partido, entonces, por supuesto, hubiéramos podido dar muchos más productos.

Hoy ha estado conmigo el camarada Koroliov de Ivánovo-Voznesensk, de nuestra provincia más industrial, proletaria y roja. Ha aportado cifras y hechos. En el primer año trabajaban no más de seis fábricas y ninguna trabajó siquiera un mes seguido. Era una paralización completa de la industria. En este último año, por primera vez, se pusieron en marcha veintidós fábricas, que trabajaron sin interrupción durante varios meses, algunas durante medio año. El plan-tarea se había fijado en 150 millones de arshins; según las cifras que se refieren al último período, produjeron 117 millones; en cuanto al combustible, recibieron sólo la mitad de lo que se había asignado. He aquí cómo se frustraron las cosas, y no sólo a escala de Ivánovo-Voznesensk, sino a escala de toda Rusia. Esto estaba relacionado en gran medida con el quebranto de la economía campesina, con la mortandad del ganado, con la imposibilidad de transportar suficiente cantidad de leña a las estaciones y a los puertos. Los de Ivánovo-Voznesensk recibieron por eso menos leña, menos turba, menos petróleo. Y es un milagro que recibieran sólo la mitad del combustible y cumplieran el programa en 117 millones de los 150 millones. Aumentaron la productividad del trabajo y trasladaron a los obreros a las mejores fábricas, de lo que obtuvieron un gran porcentaje de rendimiento. He aquí un ejemplo, cercano y exacto, que muestra en qué situación hemos caído. Todo el programa de tejidos en el IX Congreso del Partido se fijaba en más de 600 millones; ahora no hemos cumplido ni la tercera parte, porque la provincia de Ivánovo-Voznesensk resultó ser la mejor, pero da sólo 117 millones. Pueden imaginarse la Rusia de muchos millones y estos 117 millones de arshins

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de tejidos. Eso es miseria. La restauración de la industria se retrasó en proporciones tan enormes que para la primavera de 1921 su restauración parecía completamente inconcebible. Necesitábamos un ejército enorme, y se llevó a una composición de muchos millones; desmovilizarlo rápidamente en invierno, debido a la ruina del transporte, era extraordinariamente difícil. Logramos todo ello al precio de una tensión inaudita.

He ahí la situación que se creó. ¿Y qué salida, sino la de reducir el reparto forzoso hasta sus últimos límites, tomar 240 millones de puds de grano, en lugar de 423? Ese es el mínimo que es necesario recoger con una cosecha media, con el cual podemos alimentarnos apenas. Para no limitarse a eso, hay que dar la posibilidad a la economía campesina de levantarse. Ahora se necesitan medidas. La mejor medida, por supuesto, sería la restauración de la gran industria. Naturalmente, esa sería la mejor, la única medida económica correcta: intensificar la producción de las fábricas y dar más productos que necesita el campesino, no sólo tejidos, que necesita el trabajador y su familia, sino también máquinas, herramientas, aunque sean las más sencillas, que el campesino necesita hasta el último extremo. Pero lo que ocurrió con los tejidos, ocurrió también con la industria metalúrgica. Así resultó ser nuestra situación. La industria no pudo restaurarse después del IX Congreso porque sobrevino un año de guerra, y la insuficiencia del suministro de combustible y la insuficiencia de transportes debilitaron la economía campesina hasta el último límite. ¿Qué medidas pueden adoptarse para dar la máxima ayuda a la economía campesina? No hay otras medidas que reducir el reparto forzoso, convertirlo en impuesto, que con una cosecha media se fija en 240 millones, con mala cosecha quizás aún menos, para que el campesino sepa que debe entregar una suma determinada, fijada en la menor cuantía, pueda dedicar con el mayor celo todo su trabajo a la producción, para que todos los demás productos puedan darle lo que necesita, para que puedan dar la posibilidad a la economía

campesina de mejorar no sólo a costa de la industria – esto sería lo más correcto, lo más racional, pero para ello no hay fuerzas suficientes. El impuesto se fija en la menor cuantía, y su aplicación en las localidades dará ya la restauración de la pequeña industria, pues no podemos poner en marcha la gran industria en el plazo que quisiéramos. Esto ya lo ha demostrado el programa de Ivánovo-Voznesensk, que dio la mejor parte de lo que habíamos previsto. Hay que esperar aún un año hasta que las reservas de combustible sean suficientemente abundantes para asegurar la producción en todas las fábricas. Bien si podemos hacerlo en un año, quizás en dos. ¿Podemos asegurar al campesino? Si la cosecha resultara buena, sería posible.

En el Congreso del Partido, cuando se decidió la cuestión del impuesto en especie, se repartió un folleto del jefe de nuestra Dirección Central de Estadística, el camarada Popov, sobre la producción cerealera de Rusia. Este folleto, en estos días, en forma ampliada, saldrá a la luz, y todos deben familiarizarse con él. Da una idea de la producción cerealera, está calculado sobre la base de los datos del censo que realizamos y que dio cifras exactas de toda la población y determinó aproximadamente las dimensiones de las economías. En él se indica que con una cosecha de cuarenta puds por diezina la economía campesina podría dar, en el territorio actual de la Rusia Soviética, 500 millones de puds de excedentes. Entonces cubriríamos totalmente la necesidad de la población urbana – 350 millones de puds – y tendríamos reservas para el comercio exterior y para mejorar la economía campesina. La mala cosecha fue tan grande que en promedio no tuvimos más de veintiocho puds por diezina. Hubo un déficit. Si se cuenta, como cuenta la estadística, que son necesarios dieciocho puds por alma, entonces hay que tomar de cada alma tres puds y condenar a cada campesino a cierta desnutrición para asegurar la existencia semihambrienta del ejército y de los obreros de la industria. He aquí que, en tal situación, no tuvimos otra salida que reducir al máximo

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el reparto forzoso y convertirlo en impuesto. Hay que dedicar todas las fuerzas y desvelos a mejorar la pequeña economía campesina. Darle tejidos, máquinas y otros artículos de las grandes fábricas: no pudimos resolver esta tarea, mientras que es necesario resolverla inmediatamente, y hay que resolverla con ayuda de la pequeña industria. El primer año de aplicación de la nueva medida debe dar ya resultados.

Ahora, ¿por qué se presta la mayor atención a la economía campesina? Porque sólo de ahí podemos obtener los alimentos y el combustible que necesitamos. La clase obrera, si quiere dirigir correctamente la economía, como clase dominante, como clase que ejerce su dictadura, debe decir: he ahí donde ha resultado el punto más débil: en la crisis de la economía campesina; esto hay que corregirlo para volver a emprender la restauración de la gran industria y lograr que en la misma región de Ivánovo-Voznesensk trabajen no veintidós fábricas, sino las setenta. Entonces esa gran producción fabril de tejidos cubrirá las necesidades de toda la población, y entonces los productos de la población campesina se tomarán no en forma de impuesto, sino en forma de intercambio por los productos industriales que le dará la clase obrera. He ahí la transición que estamos viviendo, cuando hay que compartir la necesidad y el hambre, para que, al precio de la desnutrición de todos, sean salvados aquellos sin los cuales no se puede mantener ni el resto de las fábricas, ni los ferrocarriles, ni el ejército, para oponer resistencia a los guardias blancos.

Nuestro reparto forzoso fue tan denigrado por los mencheviques, que decían que el Poder Soviético no había dado a la población sino el reparto forzoso, la necesidad y la destrucción, que después de la restauración de la paz parcial, después del fin de la guerra civil, resultó imposible restaurar nuestra industria en un plazo breve. Pero incluso en los países más ricos, el tiempo en que se puede restaurar la industria se cuenta por años. Incluso un país tan rico como Francia debe emplear mucho tiempo en la restauración

de su industria, y Francia no ha sufrido tanto por esta guerra como hemos sufrido nosotros, pues la destrucción allí afectó sólo a una pequeña parte del país. Hay que asombrarse de que en el primer año de paz incompleta hayamos conseguido, por ejemplo, que en Ivánovo-Voznesensk se pusieran en marcha veintidós fábricas de las setenta y se produjeran 117 millones de los 150 millones. El reparto forzoso en su momento fue inevitable, y ahora era necesario cambiar la política alimentaria, es decir, pasar del reparto forzoso al impuesto. Esto, sin duda, mejorará la situación del campesino, le dará la posibilidad de contar con más exactitud, más precisión y más seguridad de que todos aquellos excedentes libres de grano que tenga podrá ponerlos en intercambio, aunque sea por artículos de la industria artesanal local. He aquí por qué tal política económica del Poder Soviético es necesaria.

Ahora, para concluir, quiero detenerme en la cuestión de cómo es compatible esta política desde el punto de vista del comunismo y cómo resulta que el Poder Soviético comunista favorece el desarrollo del libre comercio. ¿Es esto bueno desde el punto de vista del comunismo? Para responder a esta pregunta, hay que observar atentamente los cambios que se han producido en la economía campesina. Al principio, la situación era tal que veíamos el empuje de todo el campesinado contra el poder de los terratenientes. Contra los terratenientes iban igualmente los pobres y los kulaks, aunque, por supuesto, con intenciones diferentes: los kulaks iban con el objetivo de quitar la tierra al terrateniente y desarrollar en ella su propia economía. Fue entonces cuando se pusieron de manifiesto entre los kulaks y los pobres intereses y aspiraciones diferentes. En Ucrania, esta divergencia de intereses se ve ahora con mucha mayor claridad que entre nosotros. Los pobres pudieron utilizar directamente esta transferencia de la tierra de los terratenientes muy poco, pues no tenían para ello ni materiales ni herramientas. Y vemos que los pobres se organizan para no dejar que los kulaks se apoderen de las tierras expropiadas. El Poder Soviético presta ayuda a los comités de pobres surgidos entre nosotros y a los «comités de campesinos pobres» en Ucrania 67. ¿Qué ocurrió como resultado?

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Como resultado, ocurrió que el elemento predominante en el campo fueron los campesinos medios. Lo sabemos por la estadística, y todo el que vive en el campo lo sabe por sus propias observaciones. Hay menos extremos hacia el kulakismo, menos hacia la miseria, y la mayoría de la población se ha ido aproximando al campesino medio. Si necesitamos elevar la productividad de nuestra economía campesina, debemos contar, en primer lugar, con el campesino medio. El Partido Comunista tuvo que construir su política en consecuencia.

Ya que el campo se ha hecho de campesinos medios, hay que ayudar al campesino medio a levantar su economía y, además, hay que presentarle las mismas exigencias que presentamos al obrero. En el último Congreso del Partido, la cuestión principal fue la propaganda alimentaria: todas las fuerzas al frente económico, elevar la productividad del trabajo y aumentar la cantidad de productos. Sin el cumplimiento de estas tareas es imposible cualquier avance. Si decimos esto con respecto a los obreros, debemos decir lo mismo con respecto al campesinado. Al campesino, el Estado le tomará un impuesto determinado, pero a cambio le exigirá que, después de pagar el impuesto, amplíe su economía, sabiendo que no le tomarán nada más y que le quedará todo el excedente para el desarrollo de su economía. Es decir, el cambio en la política con respecto al campesinado se explica porque ha cambiado la situación del propio campesinado. El campo se ha hecho más de campesinos medios, y para elevar las fuerzas productivas debemos contar con eso.

Luego recordaré también que me tocó en 1918, después de la conclusión de la Paz de Brest 68, discutir con el grupo de los llamados «comunistas de izquierda»*. Quien estaba entonces en el Partido recuerda cómo temían algunos comunistas que la conclusión de la Paz de Brest socavara toda política comunista. Entre otras cosas, en la discusión con esos camaradas yo decía: el capitalismo de Estado en nuestra Rusia no es temible,

* Véase Obras Completas, 5ª ed., t. 36, págs. 283-314. Red.

sería un paso adelante. Esto pareció muy extraño: ¿cómo es posible que en la República Socialista Soviética el capitalismo de Estado fuera un paso adelante? Y yo, respondiendo a esto, decía: observen atentamente lo que observamos en Rusia desde el punto de vista de las relaciones económicas reales. Observamos por lo menos cinco sistemas diferentes o formaciones, u órdenes económicos, y, contando de abajo arriba, resultan los siguientes: primero, la economía patriarcal, cuando la economía campesina trabaja sólo para sí misma o si se encuentra en estado nómada o seminómada, y de esas tenemos cuantas se quiera; segundo, la pequeña producción mercantil, cuando vende sus productos en el mercado; tercero, la capitalista, la aparición de capitalistas, de un pequeño capital privado; cuarto, el capitalismo de Estado, y quinto, el socialismo. Y, si observamos con atención, debemos decir que también ahora, en el sistema económico, en el régimen económico de Rusia, vemos todas estas relaciones. No podemos olvidar en modo alguno lo que observamos a menudo: la relación socialista de los obreros en las fábricas pertenecientes al Estado, donde los obreros mismos recogen combustible, materias primas y productos, o cuando los obreros tratan de distribuir correctamente los productos industriales entre el campesinado, los transportan por los medios de transporte. Eso es socialismo. Pero a su lado existe la pequeña economía, que a menudo existe independientemente de él. ¿Por qué puede existir independientemente de él? Porque la gran industria no está restaurada, porque las fábricas socialistas pueden obtener, quizás, sólo la décima parte de lo que deben obtener; y, en la medida en que no lo obtienen, ella permanece independiente de las fábricas socialistas. La inaudita ruina del país, la insuficiencia de combustible, materias primas y transporte conducen a que la pequeña producción exista separadamente del socialismo. Y yo digo: en tales condiciones, ¿qué es el capitalismo de Estado? Será la unificación de la pequeña producción. El capital

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unifica la pequeña producción, el capital brota de la pequeña producción. No hay que cerrar los ojos ante esto. Por supuesto, la libertad de comercio significa el crecimiento del capitalismo; no hay manera de esquivar esto, y quien piense esquivarlo y rechazarlo, sólo se consuela con palabras. Si hay pequeña economía, si hay libertad de intercambio, aparece el capitalismo. Pero, ¿es temible ese capitalismo para nosotros, si tenemos en nuestras manos las fábricas, las plantas industriales, el transporte y el comercio exterior? Y yo decía entonces, lo repetiré ahora y creo que es irrefutable, que ese capitalismo no nos es temible. Ese capitalismo son las concesiones.

Nos esforzamos intensamente por concertar concesiones, pero, por desgracia, hasta ahora no hemos concertado ninguna. Sin embargo, ahora estamos más cerca de ellas que hace algunos meses, cuando la última vez conversamos sobre las concesiones. ¿Qué es una concesión desde el punto de vista de las relaciones económicas? Es capitalismo de Estado. El Poder Soviético concierta un contrato con un capitalista. Por ese contrato se le concede una cierta cantidad de artículos: materias primas, minas, explotaciones, mineral de hierro o, como en uno de los últimos proyectos de concesiones, incluso una fábrica especial (proyecto de concesión de la empresa sueca de cojinetes). El poder estatal socialista entrega al capitalista los medios de producción que le pertenecen: fábricas, materiales, minas; el capitalista trabaja como contratista, como arrendatario, sobre medios de producción socialistas, y obtiene una ganancia sobre su capital, entregando una parte de los productos al Estado socialista.

¿Por qué necesitamos esto con urgencia? Porque obtenemos inmediatamente un aumento de la cantidad de productos, y eso lo necesitamos; nosotros solos no somos capaces de hacerlo. Y resulta el capitalismo de Estado. ¿Es temible para nosotros? No es temible, porque determinaremos en qué medida entregamos las concesiones. Digamos, una concesión petrolera. Eso nos dará inmediatamente millones de puds de queroseno, más del que nosotros mismos producimos.

Eso nos es ventajoso, porque el campesino nos dará los excedentes de su grano por ese queroseno, y no por papel moneda, e inmediatamente tendremos la posibilidad de introducir una mejora en la situación de todo el país. He aquí por qué ese capitalismo, que inevitablemente brotará del libre comercio, no nos es temible. Será el resultado del desarrollo del intercambio, el resultado del cambio de productos industriales, aunque sea de la pequeña industria, por productos agrícolas.

Por la ley de hoy se enterarán de que a los obreros se les ha concedido, en algunas ramas de la industria, en forma de prima en especie, recibir una parte conocida de los productos que se producen en sus fábricas, para cambiarlos por grano. Así, los obreros textiles recibirán, a condición de cubrir la necesidad del Estado, una parte de los tejidos para sí mismos y los cambiarán ellos mismos por grano. Esto es necesario para mejorar más rápidamente la situación de los obreros y la situación de los campesinos. A escala de todo el Estado no podríamos hacerlo, pero hay que hacerlo a toda costa. He aquí por qué no cerramos los ojos en absoluto a que la libertad de comercio significa en cierta medida el desarrollo del capitalismo, y decimos: ese capitalismo estará bajo control, bajo la vigilancia del Estado. Si el Estado obrero ha adquirido en sus manos las fábricas, las plantas industriales y los ferrocarriles, ese capitalismo no nos es temible. Eso nos dará una mejora del intercambio económico entre los productos campesinos y los artesanos vecinos, que, aunque no cubrirán tanto la necesidad del campesino de productos industriales, la cubrirán en cierta medida; la economía campesina mejorará en comparación con la anterior, y nosotros necesitamos mejorarla con urgencia. Y que la pequeña industria se desarrolle hasta cierto punto, que se desarrolle el capitalismo de Estado: eso no es temible para el Poder Soviético; debe mirar las cosas directamente, llamándolas por su nombre, pero debe controlar eso, determinar la medida de eso.

Las concesiones no son temibles si entregamos a los concesionarios algunas fábricas, conservando la mayoría

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en nuestras manos; eso no es temible. Por supuesto, sería completamente absurdo que el Poder Soviético entregara en concesión la mayor parte de lo que le pertenece; entonces no resultaría una concesión, sino un retorno al capitalismo. Las concesiones no son temibles mientras tengamos en nuestras manos todas las empresas estatales y pesemos exacta y rigurosamente cuáles y en qué condiciones podemos entregar en concesión y en qué proporciones. El capitalismo que crece de este modo está bajo control, bajo contabilidad, y el poder estatal permanece en manos de la clase obrera y del Estado obrero. Tanto el capital que vendrá en forma de concesiones como el que inevitablemente crecerá a través de las cooperativas, a través de la libertad de comercio, no nos son temibles; debemos tender a desarrollar y mejorar la situación del campesinado; debemos concentrar todos los esfuerzos para que eso sea en interés de la clase obrera. Todo lo que se pueda hacer para mejorar la economía campesina, para desarrollar el intercambio local, calculando al mismo tiempo la economía estatal de modo que la gran industria socialista se restaure más rápidamente que hasta ahora, todo eso lo haremos antes con ayuda de las concesiones que sin ellas; con ayuda de la economía campesina que ha descansado y se ha recuperado, lo haremos antes que con la absoluta necesidad que ha habido hasta ahora en la economía campesina.

Esto es lo que tenía que decir sobre la cuestión de cómo hay que valorar, desde el punto de vista comunista, esta política, por qué era necesaria, por qué, con una aplicación correcta, nos dará una mejora inmediata y, en todo caso, más rápida que si no se hubiera aplicado.

«Pravda» nº 81, 82 y 83; 15, 16 y 17 de abril de 1921.

Se publica según el texto del periódico «Pravda».