(Aplausos prolongados.) Camaradas, era natural esperar que en el informe sobre la actividad política del CC, las críticas, las observaciones, las adiciones, las enmiendas, etc., se dirigieran sobre todo a la labor política, a los errores políticos y que se hicieran indicaciones políticas.

Desgraciadamente, cuando se observan las discusiones aquí desarrolladas, cuando se releen una vez más los puntos principales planteados en estas discusiones, no se puede uno contener de preguntarse: ¿no será porque el congreso cerró tan rápidamente estas discusiones, que hablaron de un modo asombrosamente insustancial y casi únicamente los representantes de la «oposición obrera»? En realidad, ¿qué hemos oído sobre la labor política del CC y las tareas políticas del momento? La mayoría de los oradores se autodenominaban «oposición obrera», ¡no es un nombre de broma!... ¡Y no es cosa de broma constituir una oposición en un momento así, en un partido así!

La camarada Kollontai, por ejemplo, dijo directamente: «El informe de Lenin pasó por alto a Kronstadt». Cuando oí esto, no pude sino encoger los hombros. Todos los presentes en el congreso saben perfectamente —claro está, en los informes periodísticos habrá que hablar con menos franqueza que aquí— que aquí, en el informe que yo presenté, todo lo llevé a las lecciones de Kronstadt, todo de principio a fin;

* Véase el presente tomo, págs. 23-25. Red.

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y quizás merecí más bien el reproche de haber hablado en la mayor parte del informe de las lecciones para el futuro que se derivan de los sucesos de Kronstadt, y en menor parte, de los errores del pasado, de los hechos políticos y los puntos nodales de nuestro trabajo que, a mi juicio, determinan nuestras tareas políticas y nos ayudan a evitar los errores cometidos.

¿Qué hemos oído aquí sobre las lecciones de Kronstadt?

Si la gente habla en nombre de la oposición y llama a esa oposición «obrera» y dice que el CC dirigió la política del partido incorrectamente, a esa gente hay que decirle: se necesitan indicaciones sobre esas incorrecciones en las cuestiones fundamentales e indicaciones sobre cómo corregirlas. Desgraciadamente, no hemos oído absolutamente nada, ni un solo sonido, ni una sola palabra sobre el momento actual y sus lecciones. Aquí ni siquiera se acercaron a la conclusión que yo saqué. Es muy posible que sea incorrecta, pero para eso se hace un informe en el congreso, para que esas incorrecciones se corrijan. La cohesión del partido, la inadmisión de oposiciones en el partido: he ahí la conclusión política del momento actual; y la conclusión económica: no conformarse con lo hecho en la política de acuerdo de la clase obrera con el campesinado, buscar nuevos caminos, aplicar, probar eso nuevo. Yo señalé concretamente lo que hay que hacer. Quizás sea incorrecto, pero nadie dijo ni una palabra sobre ello. Alguien de los oradores, creo que Riazanov, me reprochó únicamente que el impuesto pareciera surgir de repente en mi discurso, sin estar preparado por una discusión. Esto es incorrecto. Sólo me sorprende cómo ante un congreso del partido camaradas responsables hacen tales declaraciones. La discusión sobre el impuesto fue abierta hace varias semanas en la «Pravda». Si en ella no quisieron participar los camaradas a los que les gusta jugar a la oposición y lanzar reproches de que no damos posibilidad de amplia discusión, la culpa es suya. Con la redacción de la «Pravda» estamos vinculados no solo porque el camarada Bujarin es miembro del Comité Central, sino también porque los temas más importantes y las líneas más importantes de la política siempre las discute el CC,

sin eso no puede haber labor política. La cuestión del impuesto fue planteada por el CC para discusión. Hubo artículos en la «Pravda». Nadie respondió a ellos. Con ello, los que no respondieron demostraron que no querían trabajar en esta cuestión. Y cuando, después de estos artículos, en la sesión del Soviet de Moscú intervino un miembro de la sesión —no recuerdo si era no partidario o menchevique— y empezó a hablar del impuesto, yo le dije: usted no sabe lo que escribe la «Pravda»*. Hacerle ese reproche a un no partidario era más natural que a un miembro del partido. La discusión fue planteada en la «Pravda» no casualmente, y en el congreso tendremos que ocuparnos de esta cuestión. Los oradores mostraron en la crítica una absoluta falta de sentido práctico. La cuestión fue planteada a discusión, y era necesario participar en ella; de otro modo, toda esa crítica se vuelve infundada. Lo mismo ocurre con la cuestión política. Repito: toda mi atención se concentró en que saquemos la conclusión correcta de los últimos acontecimientos.

Vivimos un momento en que se nos presenta una grave amenaza: la contrarrevolución pequeño burguesa, como ya he dicho, es más peligrosa que Denikin**. Los camaradas no lo han rechazado. Esta contrarrevolución es tanto más peculiar por ser pequeño burguesa, anárquica. Afirmo que entre las ideas y consignas de esta contrarrevolución pequeño burguesa, anárquica, y las consignas de la «oposición obrera» hay una conexión. Nadie de los que hablaron —aunque hablaron sobre todo los representantes de la «oposición obrera»— respondió precisamente a esto. Entre tanto, el folleto de la «oposición obrera», editado para el congreso por la camarada Kollontai, lo confirma de un modo tan evidente como no se puede más. Y tendré que detenerme, quizás, sobre todo en este folleto, para aclararles por qué la contrarrevolución de la que hablé adopta una forma anárquica, pequeño burguesa, por qué es tan enorme y peligrosa y por qué no comprenden en absoluto este peligro

* Véase Obras Completas, 5ª ed., t. 42, pág. 363. Red.
** Véase el presente tomo, pág. 18. Red.

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los representantes de la «oposición obrera», que intervienen aquí.

Pero antes de pasar a responder a los representantes de la «oposición obrera» que intervinieron aquí, para no olvidarme, diré dos palabras sobre otro tema, sobre Osinski. Intervino un camarada que ha escrito y ha intervenido mucho con su propia plataforma, con críticas al informe del CC. Era de esperar que en el congreso diera una crítica de las medidas fundamentales, muy importante para nosotros. En lugar de esa crítica, dijo que supuestamente «habían expulsado» a Sapronov y que de ello se deduce que las palabras sobre la necesidad de cohesión se contradicen con los hechos, y subrayó que habían elegido a dos de la «oposición obrera» para el presidium. ¡Me sorprende que con tales minucias, de importancia décima, intervenga un literato y trabajador del partido sumamente destacado, que ocupa un cargo responsable! La peculiaridad específica de Osinski es ver politicastrería en todo. Él ve politicastrería también en que se hayan dado dos puestos en el presidium a la «oposición obrera».

Yo señalé en una asamblea del partido en Moscú*, y, desgraciadamente, ahora tengo que repetirlo también en el congreso del partido, el comienzo del surgimiento de la «oposición obrera», que en octubre y noviembre se manifestó llevando a la práctica el sistema de las dos salas, hasta la formación de una fracción.

Hemos dicho repetidamente, y en particular yo —y en esto no hubo divergencias en el CC— que nuestra tarea es separar en la «oposición obrera» lo sano de lo enfermo, precisamente porque ha tenido cierta difusión, y en Moscú perjudicó el trabajo. En noviembre, cuando hubo la conferencia con dos salas 17 —cuando aquí estaban unos y en otro local del mismo piso otros, y cuando a mí también me tocó sufrir y, como mensajero, ir de una sala a otra—, eso fue un estropear el trabajo, el comienzo de la fraccionalidad y la escisión.

* Véase Obras Completas, 5ª ed., t. 42, págs. 33-34. Red.

Ya en septiembre, durante la conferencia del partido 18, veíamos nuestra tarea en separar lo sano de lo enfermo, pues no se puede tratar a este grupo como a un grupo sano. Cuando nos hablan de insuficiente aplicación del democratismo, decimos: esto es absolutamente cierto. Sí, en nosotros está aplicado insuficientemente. Se necesita ayuda en este sentido e indicaciones de cómo aplicarlo. Hace falta una aplicación real, no palabras. Aceptamos también a aquellas personas que se llaman a sí mismas «oposición obrera» e incluso con un nombre peor, aunque pienso que no hay otro nombre más malo e impropio para los miembros del Partido Comunista que éste. (Aplausos.) Pero incluso si hubieran creado un nombre mucho peor, nos decimos a nosotros mismos: puesto que esto es una enfermedad que afecta a una parte de los obreros, hay que prestar a esta enfermedad una atención especialmente grande. Y lo que el camarada Osinski, por alguna razón, nos echaba en cara, debemos considerarlo un mérito.

Ahora paso a la «oposición obrera». Ustedes reconocieron que se mantenían en la oposición. Ustedes han venido al congreso del partido con el folleto de la camarada Kollontai, con un folleto en el que está escrito: «oposición obrera». Ustedes entregaron la última corrección de pruebas cuando ya sabían de los sucesos de Kronstadt y de la contrarrevolución pequeño burguesa que se alzaba. ¡Y en ese momento vienen ustedes con el nombre de «oposición obrera»! ¡No comprenden qué responsabilidad asumen y cómo quebrantan la unidad! ¿En nombre de qué? Les interrogaremos, les haremos aquí un examen.

El camarada Osinski empleó esta expresión como polémica, veía alguna culpa o error de nuestra parte; igual que Riazanov, veía en nuestra política respecto a la «oposición obrera» politicastrería. Aquí no hay politicastrería, sino la política que el CC lleva y llevará. Cuando hay grupos enfermos, corrientes enfermas, prestémosles una atención triple.

Si hay algo sano en esta oposición, hay que emplear todas las fuerzas para separar lo sano de lo enfermo. No podemos luchar con pleno éxito contra el burocratismo, aplicar un democratismo consecuente,

X CONGRESO DEL PCR(b)
porque somos débiles, no hay fuerzas; y al que ayude en esto, hay que atraerlo, y al que so capa de ayuda ofrece esos folletos, ¡hay que desenmascararlo y separarlo!

Y esta separación ahora, ante el congreso del partido, se facilita. Aquí, en el presidium, se elige a los que representan un grupo enfermo, y ahora ya no se atreverán a quejarse, a lamentarse, estos «pobrecitos», «ofendidos», «deportados»... ¡Hagan el favor de subir ahora a la tribuna, tómense la molestia de dar respuesta! Ustedes hablaron más que nadie... Veamos ahora qué nos ofrecen en un momento en que se cierne sobre nosotros un peligro que ustedes mismos reconocen como más peligroso que el de Denikin. ¿Qué nos ofrecen? ¿Qué crítica nos dan? Este examen debe tener lugar ahora, y creo que será definitivo. ¡Basta, no se puede jugar así con el partido! El que se presenta en el congreso con semejante folleto, juega con el partido. No se puede hacer ese juego en un momento en que cientos de miles de combatientes desmoralizados arruinan, destruyen la economía; no se puede tratar así al partido, no se puede actuar así. ¡Hay que comprenderlo, hay que poner fin a esto!

Después de estas observaciones preliminares sobre las elecciones al presidium y el carácter de la «oposición obrera», llamaré su atención sobre el folleto de la camarada Kollontai. Este folleto merece realmente su atención y resume el trabajo realizado durante varios meses por esta oposición, o la descomposición producida por ella. Aquí ya señaló, parece que un camarada de Samara, que yo «administrativamente» pegué la etiqueta de sindicalismo a la «oposición obrera». La mención del administrativismo aquí es absolutamente fuera de lugar, y aquí hay que ver qué cuestión requiere una solución administrativa. El camarada Milonov quiso lucirse con una palabrita de esas más terribles, pero resultó torpe: como si yo «administrativamente» pegara una etiqueta. Yo he dicho más de una vez, cómo en las asambleas los camaradas Shliápnikov y otros me reprochaban que yo «aterrorizaba» con la palabra «sindicalismo». Y en alguna discusión, casi en el congreso de mineros, al mencionarlo, respondí

al camarada Shliápnikov: «¿A quién de las personas adultas queréis engañar?»*. Pues nosotros, el camarada Shliápnikov y yo, nos conocemos desde hace muchos, muchos años, desde el tiempo del trabajo en la clandestinidad y la emigración, ¡y cómo se puede afirmar que con la caracterización de ciertas desviaciones aterrorizo a alguien! ¡Y qué tiene que ver el administrativismo cuando yo digo sobre las posturas de la «oposición obrera» que esto no es correcto, esto es sindicalismo! ¿Y por qué la camarada Kollontai escribe que yo tiro ligeramente la palabra «sindicalismo»? Para hablar así, habría que demostrarlo un poco. Estoy dispuesto a aceptar a crédito que mi demostración es incorrecta y la afirmación de la camarada Kollontai es más sólida; estoy dispuesto a creerlo. Pero necesito al menos una pequeña prueba, no palabras sobre aterrorizar o administrativismo (del que, desgraciadamente, por mi cargo estoy muy ocupado), sino una respuesta precisa que refute la acusación que yo lanzo contra la «oposición obrera» de su desviación hacia el sindicalismo.

Esta acusación fue hecha por mí ante todo el partido, hecha con responsabilidad, y esto está impreso en un folleto, en 250 mil ejemplares, y todos lo han leído*. Evidentemente, todos los camaradas se preparaban para este congreso y todos deben saber que la desviación sindicalista es precisamente una desviación anárquica y que la «oposición obrera», que se oculta tras la espalda proletaria, es el elemento pequeño burgués y anárquico.

Que este elemento penetra en las amplias masas, se ve, y el congreso del partido lo ha iluminado. Que este elemento se lleva a la práctica, está demostrado por los folletos de la camarada Kollontai y las tesis del camarada Shliápnikov. Y aquí no se puede salir del paso solo con que, como siempre, el camarada Shliápnikov habla de su carácter verdaderamente proletario.

La camarada Kollontai comienza su folleto así: «En la oposición —leemos en la primera página— entra la parte avanzada de los proletarios organizados en clase, comunistas». En el congreso de mineros, el delegado de Siberia 19 ya señaló que allí surgieron

* Véase Obras Completas, 5ª ed., t. 42, págs. 256-261. Red.
** Ibíd., págs. 264-304. Red.

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las mismas cuestiones que en Moscú, y a esto se refiere la camarada Kollontai en su folleto:

«En nuestra tierra no teníamos la menor idea de que en Moscú había divergencias y discusión sobre el papel de los sindicatos —dijo el delegado de Siberia en el congreso de mineros—, pero ya nos inquietaban las mismas cuestiones que están ante ustedes».

Y más adelante:

«Detrás de la oposición obrera están las masas proletarias o, más exactamente: la oposición obrera es la parte de nuestro proletariado industrial unida en clase, consciente en clase y consecuente en clase».

Bueno, gracias a Dios, así que sepamos que la camarada Kollontai y el camarada Shliápnikov son «unidos en clase, conscientes en clase». Pero, camaradas, cuando se habla así y se escribe así, ¡hay que saber también un poco de medida! En la pág. 25 de este folleto, la camarada Kollontai escribe —y esto es uno de los puntos principales de las tesis de la «oposición obrera»:

«La organización de la dirección de la economía nacional pertenece al congreso panruso de productores, unidos en sindicatos profesionales y de producción, que eligen el órgano central que dirige toda la economía nacional de la república».

Esta es la misma tesis de la «oposición obrera» que yo en todos los casos, en la discusión y en la prensa, he citado. Y debo decir que, al leer esta tesis, ya no leí las demás, porque eso significaría perder el tiempo, ya que después de esta tesis está claro que la gente ya se ha expresado, que esto es el elemento pequeño burgués, anárquico, y que ahora, a la luz de los sucesos de Kronstadt, esta tesis es tanto más extraña de oír.

Yo señalaba en verano, en el II Congreso de la Internacional Comunista, la importancia de la resolución sobre el papel del Partido Comunista*. Esta resolución es una resolución que une a los obreros comunistas, a los partidos comunistas

* Véase Obras Completas, 5ª ed., t. 41, págs. 236-240. Red.

de todo el mundo. Esta resolución lo explica todo. ¿Significa esto que nosotros separamos al partido de toda la clase obrera, que realiza concretamente la dictadura? Así lo consideran algunos «izquierdistas» y muchos sindicalistas, y actualmente esta concepción está difundida por todas partes. Esta concepción es precisamente un engendro de la ideología pequeño burguesa. ¡Pues las tesis de la «oposición obrera» dan en la cara a la resolución del II Congreso de la Internacional Comunista sobre el papel del Partido Comunista en la realización de la dictadura del proletariado! Esto es sindicalismo, porque, piensen ustedes, es evidente que nuestro proletariado está en su mayor parte desclasado, que crisis inauditas, el cierre de fábricas han llevado a que la gente huya del hambre, los obreros simplemente han abandonado las fábricas, han tenido que establecerse en el campo y han dejado de ser obreros. ¿Acaso no sabemos esto y no observamos cómo crisis inauditas, la guerra civil, la interrupción de las relaciones normales entre la ciudad y el campo, la interrupción del suministro de pan han creado un intercambio de algunos productos pequeños fabricados en las grandes fábricas, algunos encendedores, por pan, cuando los obreros pasan hambre y cuando no se transporta el pan? ¿Acaso no hemos visto esto en Ucrania, no lo hemos visto en Rusia? Todo esto es lo que económica-mente engendra la desclasación del proletariado, lo que inevitablemente provoca y hace que se manifiesten aquí también las tendencias pequeño burguesas y anárquicas.

Después de haber pasado por todas estas calamidades, de haber visto todo esto prácticamente, sabemos lo endiabladamente difícil que es luchar contra ellas. Después de dos años y medio de Poder Soviético, nos presentamos ante el mundo entero y dijimos en la Internacional Comunista que la dictadura del proletariado es imposible si no es a través del Partido Comunista. Y entonces nos insultaron rabiosamente los anarquistas y sindicalistas, que decían: «¡Miren cómo piensan! Para realizar la dictadura del proletariado es necesario un Partido Comunista» 20. Pero nosotros lo dijimos ante toda la Internacional Comunista. Y después de esto vienen a nosotros personas «conscientes en clase y unidas en clase» que

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dicen que «la organización de la dirección de la economía nacional pertenece al congreso panruso de productores» (folleto de la camarada Kollontai). «Congreso panruso de productores», ¿qué es eso? ¿Vamos a perder todavía tiempo en semejantes oposiciones dentro del partido? ¡Me parece que basta ya de discutir sobre esto! Todos esos razonamientos sobre la libertad de palabra y la libertad de crítica, que pululan en todo este folleto y trasparentan en todos los discursos de la «oposición obrera», constituyen nueve décimas partes del sentido de los discursos, que no tienen un sentido particular; todo eso son palabras del mismo orden. ¡Pues hay que, camaradas, no hablar solo de las palabras, sino también de su contenido! ¡Con palabras como «libertad de crítica» no se nos engaña! Cuando se dijo que en el partido hay señales de enfermedad, nosotros dijimos que esta indicación merece una atención triple: sin duda, esta enfermedad existe. Ayudemos a curar esta enfermedad. Digan entonces, ¿cómo pueden curarla? Hemos pasado bastante tiempo en discusión, y debo decir que ahora «discutir con fusiles» es mucho mejor que con las tesis que ofrece la oposición. ¡No hace falta ahora oposición, camaradas, no es el momento! O aquí, o allí, con el fusil, y no con la oposición. Esto se deriva de la situación objetiva, no nos echen la culpa. Y creo que el congreso del partido tendrá que sacar esta conclusión, tendrá que sacar la conclusión de que para la oposición ahora se acabó, se terminó, ¡ya basta de oposiciones! (Aplausos.)

Criticar libremente este grupo tenía derecho ya desde hace tiempo. Y preguntamos ahora, en el congreso del partido: ¿cuáles son los resultados, cuál es el contenido de su crítica, qué han enseñado ustedes al partido con su crítica? A aquellos de ustedes que están más cerca de las masas, de las masas realmente unidas en clase y maduras en clase, estamos dispuestos a atraerlos al trabajo. Si el camarada Osinski ve en esto politicastrería, se quedará solo, y los demás verán en ello una ayuda conveniente a los miembros del partido. Debemos ayudar realmente a aquellos que realmente viven en la masa obrera, la conocen mejor, tienen experiencia y pueden dar al CC sus indicaciones. Y que

se llamen como quieran, es lo mismo, siempre que ayuden al trabajo, siempre que no jueguen a la oposición y no defiendan grupos y fracciones a toda costa, sino que simplemente nos ayuden. Si continúan jugando a la oposición, entonces el partido debe expulsarlos del partido.

Y cuando en la misma página de su folleto, la camarada Kollontai escribe en negrita: «La desconfianza hacia la clase obrera (se entiende, no en el terreno político, sino en el terreno de las capacidades creadoras económico-técnicas de la clase) — es toda la esencia de las tesis firmadas por nuestras cúpulas dirigentes», esto va sobre el tema de que ellos son la verdadera oposición «obrera». En la página 36 del mismo folleto hay una expresión aún más clara de esta idea:

«La «oposición obrera» no debe hacer concesiones, ni puede hacerlas. Eso no significa llamar a la escisión...». «No, su tarea es otra. Incluso en caso de derrota en el congreso —permanecer dentro del partido y, paso a paso, defender firmemente su punto de vista, salvando al partido y rectificando su línea».

«Incluso en caso de derrota en el congreso» —díganme, por favor, ¡qué previsión! (Risas.) Disculpen, pero yo personalmente me permito afirmar con seguridad que ¡el congreso del partido no lo permitirá! (Aplausos.) Rectificar la línea del partido tiene derecho cualquiera. A ustedes se les ha dado todas las posibilidades para ello.

En el congreso del partido se puso como condición que no hubiera ni sombra de sospecha de acusación de que queremos expulsar a alguien. Saludamos toda ayuda en el asunto de la aplicación del democratismo. Pero con frases solas no se engaña cuando el pueblo está agotado. Todo el que quiera ayudar en la causa debe ser saludado, y cuando se habla así de que «no se harán concesiones» y que salvarán al partido permaneciendo en el partido, ¡a ver si los dejan en el partido! (Aplausos.)

No tenemos derecho a dejar aquí ningún equívoco. El trabajo de ayuda en la lucha contra el burocratismo, el trabajo de ayuda en la defensa del democratismo, la ayuda en el asunto de una mayor vinculación con las masas realmente obreras

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son absolutamente necesarias. Ir en este sentido a «concesiones» podemos y debemos. Y por más que nos digan que ellos no van a hacer concesiones, nosotros repetiremos: nosotros sí vamos. Esto no son concesiones en absoluto, es ayuda al partido obrero. Con esto, todo lo que hay de sano y proletario en la «oposición obrera», lo recibiremos todo al lado del partido, quedarán los autores «conscientes en clase» de los discursos sindicalistas. (Aplausos.) En Moscú se ha seguido este camino. La conferencia provincial de noviembre en Moscú terminó con dos salas: en una estaban unos, en la otra otros. Eso es la víspera de la escisión. La última conferencia de Moscú dijo: «Tomaremos de la «oposición obrera» a quien nosotros queramos, no a quien ellos quieran», porque necesitamos la ayuda de personas vinculadas a las masas obreras, que nos enseñen prácticamente a luchar contra el burocratismo. Es una tarea difícil. Me parece que el congreso del partido debe tener en cuenta esta experiencia de los moscovitas y también proceder al examen, y no solo en este punto, sino dar el examen en todos los puntos del orden del día. Como resultado, a las personas que dicen que «no harán concesiones» hay que decirles: «Pero el partido sí hace concesiones», es necesario que el trabajo sea amistoso. Con esta política separaremos lo sano de lo enfermo en la «oposición obrera» y obtendremos el fortalecimiento del partido.

Miren, aquí se dijo que debe dirigir la producción el «congreso panruso de productores». Me cuesta trabajo encontrar con qué palabras caracterizar aún este absurdo, pero me consuelo con que aquí todos los trabajadores del partido son al mismo tiempo trabajadores soviéticos, que ya llevan uno, dos, tres años haciendo trabajo revolucionario. Ante ellos no está el criticar eso. Por eso cierran las discusiones cuando oyen tales discursos, porque es aburrido, no es serio hablar del «congreso panruso de productores» que dirige la economía nacional. Quizás esto podría proponerse en un país donde no se hubiera empezado en absoluto el trabajo, teniendo ya tomado el poder político. Nosotros tenemos ese comienzo. Y es curioso que en la página 33 del mismo folleto encontremos lo siguiente:

«La «oposición obrera» no es tan ignorante como para no tener en cuenta el gran papel de la técnica y de las fuerzas técnicamente instruidas...». «Ella no piensa crear su propio órgano de dirección de la economía nacional, elegido en el congreso de productores, y luego disolver los consejos de economía nacional, los comités centrales (glavkis) y los centros. No, ella piensa otra cosa: subordinar esos órganos de dirección técnicamente valiosos a su propia dirección, darles tareas teóricas, utilizarlos como en su tiempo los fabricantes y los industriales utilizaban las fuerzas de los técnicos especialistas».

Así, pues, la camarada Kollontai y el camarada Shliápnikov y los que les siguen, personas «unidas en clase»... subordinan a su necesaria dirección los consejos de economía nacional, los comités centrales y los centros, a los diversos Rikov, Noguin y demás «nulidades», ¡y les darán tareas teóricas! Y bien, camaradas, ¿se puede tomar esto en serio? Si ustedes tenían algunas «tareas teóricas», ¿por qué no las han dado? ¿Para qué declaramos la libertad de discusiones? No la declaramos para un simple intercambio de palabras. Durante la guerra decíamos: «No estamos para críticas, nos espera Wrangel; si cometemos un error, lo corregimos derrotando a Wrangel». Cuando terminamos la guerra, empiezan a gritarnos: «¡Den libertad de discusiones!». Cuando preguntamos: «Digan, ¿qué errores hemos cometido?», nos responden: «No hay que disolver los consejos de economía nacional y los comités centrales, hay que darles tareas teóricas». ¿Por qué el camarada Kiseliov, que en el congreso de mineros, como representante de la «oposición obrera» «unida en clase», quedó en minoría insignificante, por qué, cuando estuvo al frente del Glavtextil (Comité Central de la Industria Textil), no nos enseñó a luchar contra la burocracia? ¿Por qué el camarada Shliápnikov, cuando fue comisario del pueblo, por qué la camarada Kollontai, cuando también fue comisaria del pueblo, no nos enseñaron a luchar contra el burocratismo? Nosotros mismos sabemos que tenemos una capa burocrática, y nosotros, a quienes nos toca más de cerca tratar con este aparato burocrático, sufrimos por ello. Firmamos un papel, ¡pero cómo llega a la práctica? Cómo verificarlo, cuando el aparato burocrático es tan enorme? Ustedes saben cómo reducirlo, ¡compartan, por favor, con nosotros, queridos camaradas, su saber! Ustedes tienen ganas de discutir, pero, además

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de declaraciones generales, no dan nada. Ustedes dicen: «Los especialistas ofenden a los obreros, los obreros llevan una vida de presidiario en la república del trabajo». ¡Eso es pura demagogia!

Lean todo, camaradas, este folleto, se lo ruego encarecidamente. No puede haber mejor material contra la «oposición obrera» que el folleto de la camarada Kollontai «La oposición obrera». Verán que realmente no se puede enfocar así la cuestión. Que el burocratismo es una cuestión dolorosa, lo reconocemos todos, está incluso en nuestro programa del partido. La crítica de los comités centrales y los consejos de economía nacional es muy fácil, pero cuando ustedes critican así, las masas obreras no partidarias comprenden: ¡disolver! Eso lo recogen también los eseristas. Me dijeron camaradas ucranianos que en su conferencia 21 los eseristas de izquierda formularon sus proposiciones literalmente de la misma manera. ¿Y qué son las resoluciones de Kronstadt? 22 ¿No las han leído todas? Se las mostraremos: dicen lo mismo. Por eso subrayé el peligro de Kronstadt, porque este peligro consiste precisamente en que parece que solo se necesita un pequeño desplazamiento: «Que se vayan los bolcheviques», «nosotros corregiremos un poco el poder», eso es lo que quieren los de Kronstadt. Y resultó que Savinkov llegó a Revel, que los periódicos de París escribieron sobre estos acontecimientos dos semanas antes, que apareció un general blanco. Eso es lo que ocurrió. Y así han ido todas las revoluciones, parecido a esto. De ahí decimos: puesto que nos acercamos a esto, debemos cohesionarnos para responder a esa jugada con el fusil, por muy inocente que parezca, como ya señalé en mi primer discurso. A esto la «oposición obrera» no responde, sino que dice: «No disolveremos los consejos de economía nacional, sino que los «subordinaremos a nuestra dirección»». ¡El «congreso panruso de productores» subordinará a su dirección los 71 comités centrales del Consejo de Economía Nacional! Pregunto, ¿se están burlando acaso, y se puede tomar en serio a esas personas? Eso es el elemento pequeño burgués y anárquico no solo en la masa obrera, sino también dentro de nuestro partido, y no podemos permitirlo bajo ninguna circunstancia. Nos permitimos el lujo de dejar que la gente exponga con la mayor minuciosidad

sus opiniones, los escuchamos varias veces. Cuando en el II Congreso de Mineros tuve que polemizar con los camaradas Trotski y Kiseliov, se manifestaban claramente dos puntos de vista*. La «oposición obrera» decía: «Lenin y Trotski se unirán». Trotski intervino y dijo: «El que no comprende que hay que unirse, va contra el partido; por supuesto, nos uniremos, porque somos hombres del partido». Yo lo apoyé. Por supuesto, con el camarada Trotski divergíamos; y cuando en el CC se forman grupos más o menos iguales, el partido juzgará y juzgará de modo que nos unamos según la voluntad y las indicaciones del partido. Con tales declaraciones fuimos el camarada Trotski y yo al congreso de mineros y hemos venido aquí, y la «oposición obrera» dice: «No haremos concesiones, pero permaneceremos en el partido». ¡No, esta jugada no pasará! (Aplausos.) Diré una vez más que en la lucha contra el burocratismo, toda ayuda del obrero, como quiera que se llame, si quiere sinceramente ayudarnos, es una ayuda archi-deseable. En ese sentido, iremos a «concesiones» (empleando esta palabra entre comillas), cualesquiera que sean las declaraciones provocadoras que nos hagan, iremos a «concesiones» porque sabemos lo difícil que es trabajar. No podemos disolver los consejos de economía nacional y los comités centrales. Cuando se dice que tenemos desconfianza hacia la clase obrera, que no dejamos entrar a los obreros en los órganos dirigentes, eso es una completa falsedad. A cualquier administrador, aunque sea mediano, de entre los obreros, lo buscamos y nos alegramos de tomarlo, lo probamos. Pues si el partido no cree en la clase obrera y no deja entrar a los obreros en los puestos responsables, ¡entonces fuera ese partido, díganlo hasta el final! Yo señalaba que eso es falso: nos agotamos por la falta de fuerzas, la más mínima ayuda de una persona, aunque sea mínimamente útil, y tres veces más si es de los obreros, la aceptamos con ambas manos. Pero no tenemos tales. En este terreno surge la anarquía. Aquí hay que apoyar la lucha contra el burocratismo, y para eso se necesitan cientos de miles de personas.

* Véase Obras Completas, 5ª ed., t. 42, págs. 245-255. Red.

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La tarea de la lucha contra el burocratismo está planteada en nuestro programa como un trabajo extraordinariamente prolongado. Cuanto más desintegrado está el campesinado, tanto más inevitable es el burocratismo en el centro.

Es fácil escribir cosas como: «En nuestro partido no es limpio». Ustedes mismos comprenden lo que significa relajar el aparato soviético cuando dos millones de emigrantes rusos están en el extranjero. Los expulsó la guerra civil. Ellos nos han hecho la felicidad de que ahora estén sentados en Berlín, París, Londres y en todas las capitales excepto la nuestra. Ellos sostienen el mismo elemento que se llama pequeño productor, elemento pequeño burgués.

Todo lo que se pueda hacer para superar el burocratismo mediante la promoción de obreros desde abajo, lo haremos; toda indicación práctica en ese sentido la aceptaremos. Incluso si se llama a esto con la palabra inadecuada de «concesiones», como se hace aquí, no hay duda de que el 99 por ciento del congreso dirá, en contra de este folleto: «Y nosotros, en contra de esto, iremos a «concesiones» y conquistaremos todo lo que haya de sano». Pónganse junto a los obreros y enseñen cómo luchar contra el burocratismo, si lo saben mejor que nosotros, y no actúen como actuó Shliápnikov. Esto es algo de lo que no se puede zafar. No toco la parte teórica de su discurso, porque lo mismo está dicho en Kollontai. Diré algo sobre los hechos que él citó. Él dijo que se pudre la patata, y preguntó por qué no se somete a juicio a Tsiurupa.

Y yo pregunto: ¿por qué no se somete a juicio a Shliápnikov por tales intervenciones? ¿Hablamos en serio de disciplina, de unidad en un partido organizado, o estamos en una asamblea de tipo Kronstadt? Y eso es una frase de Kronstadt de espíritu anárquico, a la que se responde con el fusil. Somos miembros organizados del partido, hemos venido aquí a corregir nuestros errores. Si, según la opinión del camarada Shliápnikov, había que someter a juicio a Tsiurupa, ¿por qué Shliápnikov, como miembro organizado del partido, no apeló de ello a la Comisión de Control? Cuando creamos la Comisión de Control,

se dijo: el CC está abrumado de trabajo administrativo; elijamos a personas que gocen de la confianza de los obreros, que no estén tan abrumadas de trabajo administrativo y que examinen las quejas en lugar del CC. Esto daba un medio para desarrollar la crítica, corregir los errores. ¿Por qué, si Tsiurupa actuó tan incorrectamente, no se apeló de ello a la Comisión de Control, y Shliápnikov se presenta aquí, en el congreso, ante la asamblea más responsable del partido y de la República, y lanza una acusación sobre que se pudrió la patata, y pregunta por qué no se sometió a juicio a Tsiurupa? Y yo pregunto, ¿acaso en la administración militar no hay errores, no hay batallas perdidas, carros abandonados, propiedades? ¿Y qué? ¿Someter a juicio a esos trabajadores militares? El camarada Shliápnikov lanza aquí palabras en las que él mismo no cree, palabras que no puede demostrar. Tenemos patatas podridas. Por supuesto, habrá muchos errores, tenemos desorganización del aparato, desorganización del transporte. Pero cuando tales acusaciones, en lugar de corregir los errores, se lanzan a la ligera, y además, como ya señalaron aquí algunos camaradas, con un tono de regodeo, cuando se exige respuesta de por qué no se ha sometido a juicio a Tsiurupa, entonces sométannos a juicio a nosotros, al CC. Consideramos que esa intervención es demagogia. Hay que someter a juicio o a Tsiurupa y a nosotros, o a Shliápnikov, pero así no se puede trabajar. Cuando los camaradas del partido intervienen como Shliápnikov aquí —y él en otras asambleas interviene siempre así— y si en el folleto de la camarada Kollontai no se mencionan nombres, todo el espíritu del folleto es el mismo, decimos: así no se puede trabajar, porque esto es demagogia, en la que se basan los elementos anarquista-majnovistas y de Kronstadt. Ambos somos aquí miembros del partido, ambos comparecemos ante un tribunal responsable, y si Tsiurupa ha cometido una ilegalidad, y nosotros, el CC, lo encubrimos, entonces por favor, presenten una acusación concreta, y no lancen palabras que mañana serán aquí, en Moscú, transmitidas por chismes sin hilos a la burguesía inmediatamente; mañana todas las comadres de las instituciones soviéticas, apoyándose en las manos, repetirán con regodeo sus

X CONGRESO DEL PCR(b)
palabras. Si Tsiurupa es como lo acusa Shliápnikov, si, como él pide, hay que someterlo a juicio, entonces afirmo que hay que pensar seriamente sobre estas palabras; tales acusaciones no se lanzan simplemente. A quienes plantean tales acusaciones, o se les expulsa del partido, o se les dice: te enviamos a la patata, a tal o cual provincia, a ver si se pudre menos patata que en las provincias que dirigía Tsiurupa.

«Pravda» nº 54 e «Izvestia del Comité Ejecutivo Central Panruso» nº 54, 11 de marzo de 1921.