¡Señores! Ante la Duma ya ha tomado la palabra una serie de oradores, exponiendo los puntos de vista fundamentales de los diferentes partidos sobre la cuestión de la tierra. Es hora de sacar algunas conclusiones. Es hora de darse una respuesta clara y precisa a las preguntas: ¿en qué consiste la esencia de la controversia? ¿en qué consiste la dificultad de la cuestión de la tierra? ¿cuáles son los puntos de vista fundamentales de todos los partidos principales, cuyos representantes han hablado en la Duma? ¿en qué divergen decidida e irrevocablemente entre sí los diferentes partidos sobre la cuestión de la tierra?

En la Duma se expusieron cuatro puntos de vista principales sobre la cuestión agraria por parte de los representantes de los cuatro partidos o corrientes partidarias principales. El diputado Sviatopolk-Mirski expuso los puntos de vista de los «derechistas», englobando bajo esta palabra a los «octubristas», monárquicos, etc. 1). El diputado Kutler *) expuso el punto de vista de los kadetes, o del llamado «partido de la libertad popular». El diputado Karavaev 3) expuso los puntos de vista de los trudovikí. Fueron complementados, sustancialmente de acuerdo con él, por los diputados Zimin 4), Kolokolnikov 5), Baskin 6), Tijvinski 7). Finalmente, mi camarada Tsereteli 8) expuso las concepciones del partido obrero socialdemócrata de Rusia. El representante del gobierno, el ministro Vasilchikov 9), expuso los puntos de vista del gobierno, que se reducen, como mostraré detalladamente *) en mi discurso, a conciliar los puntos de vista de los «derechistas» y los puntos de vista de los «kadetes».

Veamos, pues, en qué consisten los puntos de vista fundamentales de estas cuatro orientaciones políticas en la cuestión agraria. Empezaré por el orden en que hablaron los diputados en la Duma, es decir, por los derechistas.

El punto de vista fundamental del diputado Sviatopolk-Mirski es el punto de vista de todos los llamados partidos «monárquicos» y de todos los octubristas, el punto de vista de la inmensa masa de los terratenientes rusos. El diputado Sviatopolk-Mirski lo expresó magníficamente con sus propias palabras: «¡Así pues, señores, abandonad toda idea de aumentar la superficie de la propiedad territorial campesina, salvo en casos excepcionales de verdadera estrechez de tierra!», cito según el informe del periódico «Tovarishch» 10), por ser el más completo, pues los informes estenográficos aún no han salido.

Está bien dicho: directo, claro y simple. Abandonad la idea de aumentar las tierras de los campesinos: he aquí el verdadero punto de vista de todos los partidos derechistas, desde la Unión del Pueblo Ruso hasta los octubristas. Y sabemos perfectamente que precisamente ese es el punto de vista de la masa de terratenientes rusos y de terratenientes de otras naciones que pueblan Rusia.

¿Por qué aconsejan los terratenientes a los campesinos abandonar la idea de ensanchar la propiedad territorial campesina? El diputado Sviatopolk-Mirski lo explica: porque las haciendas de los terratenientes están mejor organizadas que las campesinas, son más «cultas» que las campesinas. Los campesinos, dice, son «ignorantes, oscuros, incultos». Ellos no pueden, si se me permite, prescindir de la dirección de los terratenientes. «Tal el cura, tal la parroquia», bromeó el diputado Sviatopolk-Mirski. Cree firmemente, evidentemente, que el terrateniente será siempre el cura, que los campesinos serán siempre las ovejas del rebaño, siempre se dejarán esquilar.

¿Siempre, señor Sviatopolk-Mirski? ¿Siempre, señores terratenientes? ¡Ay, no fuera que os equivoquéis en esto! ¿No será que hasta ahora los campesinos han seguido siendo «ovejas del rebaño» porque eran demasiado «oscuros e ignorantes»? Pero ahora todos vemos que los campesinos se vuelven conscientes. Los diputados campesinos en la Duma no van hacia los «derechistas», sino hacia los trudovikí y los socialdemócratas. Discursos como el de Sviatopolk-Mirski ayudarán incluso a los campesinos más oscuros a discernir dónde está la verdad, si se puede realmente ayudar a aquellos partidos que aconsejan a los campesinos abandonar la idea de ensanchar la propiedad territorial campesina.

Por eso acojo con toda mi alma el discurso del diputado Sviatopolk-Mirski y los discursos de todos los futuros oradores de los escaños derechistas sobre esta cuestión. ¡Continuad en el mismo espíritu, señores! ¡Nos ayudáis magníficamente a abrir los ojos incluso a los campesinos más oscuros!

Dicen: las haciendas de los terratenientes son más cultas que las campesinas... ¡Los campesinos no pueden prescindir de la dirección de los terratenientes!

Y yo os diré: toda la historia de la propiedad territorial y de la economía terrateniente en Rusia, todos los datos sobre la actual economía terrateniente muestran que la «dirección» terrateniente siempre ha significado y significa violencias sin medida contra los campesinos, un escarnio infinito de la personalidad de los campesinos y campesinas, significa la más desvergonzada, la más descarada explotación (en ruso esto significa: saqueo) del trabajo campesino, inaudita en ninguna parte del mundo.

Semejante opresión y aplastamiento, semejante miseria como la de los campesinos rusos no se encuentra no solo en Europa Occidental, sino tampoco en Turquía.

Mi camarada Tsereteli ya habló de cómo se repartían las propiedades habitadas entre los advenedizos y favoritos de las «esferas» cortesanas. Yo quiero detener vuestra atención en la cuestión de la economía, tocada por el diputado Sviatopolk-Mirski, quien habló de la presunta «cultura» de los terratenientes.

¿Sabe este diputado qué llaman los campesinos trabajo por deudas o prestación personal? ¿qué llama la ciencia económica economía basada en prestaciones personales?

La economía terrateniente basada en prestaciones personales es herencia directa, pervivencia directa de la economía terrateniente feudal, basada en la prestación personal.

¿En qué consistía la esencia de la economía feudal? En que los campesinos recibían del terrateniente un lote de tierra para alimentar a su familia, y por ello debían trabajar tres días (y a veces más) en la tierra del terrateniente. En vez de pagar al obrero con dinero, como se paga ahora universalmente en las ciudades, se pagaba con tierra. Del lote recibido del terrateniente, el campesino apenas podía alimentarse. Y por este sustento, el campesino, él mismo y toda su familia, debían labrar la tierra del terrateniente con los caballos del campesino, con los aperos o «inventario» del campesino. Tal es la esencia de la economía feudal: un lote miserable en lugar del pago por el trabajo; labranza de la tierra del terrateniente con trabajo campesino e inventario campesino; obligación del campesino a trabajar bajo el palo del terrateniente. *)

En tal economía, el campesino mismo debía convertirse en siervo, porque sin la compulsión de la fuerza ninguna persona, viviendo en un lote, trabajaría para el terrateniente. Y cómo era ese derecho feudal para los campesinos, los propios campesinos lo saben demasiado, lo recuerdan demasiado bien.

Se considera abolida la servidumbre. Pero en realidad, los terratenientes conservan hasta hoy tal poder en sus manos (gracias a las tierras que robaron), que mantienen incluso ahora al campesino en dependencia servil mediante el trabajo por deudas.

El trabajo por deudas es precisamente la servidumbre contemporánea. Cuando mi camarada Tsereteli, en su discurso acerca de la declaración del gobierno, habló del carácter feudal de la propiedad territorial terrateniente y de todo el poder estatal actual en Rusia, un periódico que se arrastra ante el gobierno —el nombre de este periódico es «Nóvoe Vremia»— levantó un griterío sobre la falsedad dicha por el diputado Tsereteli. ¡No, el diputado del partido obrero socialdemócrata dijo la verdad! Solo ignorantes redomados o plumíferos venales **) pueden negar que el trabajo por deudas es una pervivencia directa de la servidumbre, que nuestra economía terrateniente se sostiene mediante el trabajo por deudas.

¿En qué consiste la esencia del trabajo por deudas? En que la tierra del terrateniente se labra no con inventario del terrateniente, no mediante el alquiler de obreros, sino con el inventario del campesino, esclavizado por el terrateniente vecino. Y el mujik tiene que caer en la esclavitud porque el terrateniente se ha reservado las mejores tierras, colocando al mujik sobre un «arenisco», arrinconándolo en un lote miserable.

Los terratenientes se apropiaron tantas tierras que los campesinos no solo no pueden llevar su hacienda, sino que «ni siquiera pueden dejar salir a una gallina».

Los comités provinciales de terratenientes en 1861 y los terratenientes —conciliadores de paz (se les llamó de paz, seguramente, porque condescendían con los terratenientes)— liberaron a los campesinos de tal modo que ¡una quinta parte de la tierra campesina resultó cortada por los terratenientes! ¡Liberaron a los campesinos de tal modo que por el lote que quedó a los campesinos después de este saqueo, obligaron al mujik a pagar un precio exorbitante! No es un secreto para nadie que durante el «rescate» de 1861 se obligó al mujik a pagar mucho más de lo que valía la tierra. No es un secreto para nadie que entonces se obligó al mujik a rescatar no solo la tierra campesina, sino también la libertad campesina. No es un secreto para nadie que el «beneficio» del rescate estatal consistió en que el erario arrancó a los campesinos más dinero por la tierra (en forma de pagos de rescate) del que entregó a los terratenientes. Fue una alianza fraternal del terrateniente y del funcionario «liberal» para el saqueo del mujik. Si el señor Sviatopolk-Mirski ha olvidado todo esto, los campesinos, seguramente, no lo han olvidado. Si el señor Sviatopolk-Mirski no lo sabe, que lea lo que escribió hace treinta años el profesor Yanson en su «Ensayo de investigación estadística sobre los lotes y pagos campesinos» 11) y lo que se ha repetido mil veces desde entonces en toda la literatura estadístico-económica.

Al campesino lo «liberaron» en 1861 de tal modo que enseguida cayó en la trampa del terrateniente. El campesino está tan oprimido por las tierras acaparadas por el terrateniente que le queda o morirse de hambre o caer en la esclavitud. ¡Y el campesino ruso «libre» en el siglo XX aún se ve obligado a caer en la esclavitud del terrateniente vecino, exactamente igual que en el siglo XI caían en la esclavitud los «smerdi» (así llama a los campesinos la «Rúskaya Pravda») y se «inscribían» como dependientes de los terratenientes!

Las palabras cambiaban, se promulgaban y desaparecían leyes, pasaban los siglos, y la esencia del asunto seguía siendo la misma. El trabajo por deudas es precisamente la dependencia esclavista del campesino, que se ve obligado con su propio inventario a labrar las tierras vecinas del terrateniente. La economía basada en prestaciones personales es lo mismo que la economía feudal, solo que renovada, maquillada, remozada.

Para explicar mi pensamiento, citaré uno de los innumerables ejemplos con que está llena la literatura sobre la economía campesina y terrateniente. Existe una extensa publicación del Departamento de Agricultura, de principios de los años 90, basada en datos obtenidos de los hacendados sobre el sistema de la economía terrateniente en Rusia («Informaciones agrícolas y estadísticas obtenidas de los hacendados». Ed. del Dpto. de Agricultura. N.º V. S.P.B. 1892). Procesó estos datos el Sr. S. A. Korolenko —no confundir con V. G. Korolenko; no es un escritor progresista, sino un funcionario reaccionario, ese Sr. S. A. Korolenko 12). En el libro procesado por él, en la página 118, se puede leer: «En el sur del distrito de Yelets (gubernatura de Oriol) *) en las grandes haciendas terratenientes, junto a la labranza con obreros anuales, una parte considerable de la tierra es labrada por campesinos a cambio de la tierra que se les arrienda. Los antiguos siervos (¡escuchad, señor Sviatopolk-Mirski!) continúan tomando en arriendo tierra de sus antiguos terratenientes y por ello labran la tierra de ellos. Tales aldeas continúan (¡observad esto!) llevando el nombre de "prestación personal" de tal o cual terrateniente».

Esto fue escrito en los años 90 del siglo pasado, cuarenta **) años después del presunto «liberación» de los campesinos. ¡Cuarenta años después de 1861 subsiste la misma «prestación personal», la misma labranza con inventario campesino de la tierra de los antiguos terratenientes!

Quizá se me objete que se trata de un caso aislado. Pero todo aquel que conozca la economía terrateniente en la franja central de tierra negra de Rusia, todo aquel que haya visto aunque sea un ápice de la literatura económica rusa, tendrá que reconocer que esto no es una excepción, sino la regla general. En las propias gubernaturas rusas, precisamente allí donde predominan los terratenientes verdaderamente rusos (¡no en vano son tan queridos para todos los verdaderamente rusos de los escaños derechistas!) predomina aún hoy la economía basada en prestaciones personales.

Me remito, por ejemplo, a una obra científica tan conocida como el libro «La influencia de las cosechas y de los precios de los cereales», compuesto por una serie de sabios. Este libro apareció en 1898 14). El predominio de la economía basada en prestaciones personales entre los terratenientes quedó demostrado en él respecto a las gubernaturas de: Ufimsk, Simbirsk, Samara, Tambov, Penza, Oriol, Kursk, Riazán, Tula, Kazán, Nizhni Nóvgorod, Pskov, Nóvgorod, Kostromá, Tver, Vladimir y Chernígov, es decir, ¡en 17 gubernaturas rusas!

Predominio de la economía basada en prestaciones personales... ¿qué significa esto? Significa que la tierra del terrateniente es labrada por el mismo inventario campesino, por el trabajo del campesino arruinado, empobrecido, esclavizado.

¡He aquí cómo es esa «cultura» de la que habló el diputado Sviatopolk-Mirski y de la que hablan todos los defensores de los intereses terratenientes! Los terratenientes tienen, por supuesto, mejor ganado, al que le va mejor en la cuadra señorial que al mujik en la choza campesina. El terrateniente tiene, por supuesto, mejores cosechas, porque los comités de terratenientes ya en 1861 se cuidaron de cercenar las mejores tierras a los campesinos y adjudicárselas a los terratenientes. Pero de la «cultura» de la economía de los terratenientes rusos solo se puede hablar en son de burla. En la masa de las propiedades no existe ninguna economía terrateniente, sino que se lleva la misma economía campesina: la tierra se ara con el extenuado caballo campesino, se labra con el viejo y malo inventario campesino. En ningún país de Europa se ha conservado hasta hoy esta economía feudal en grandes y grandísimas parcelas de tierra con ayuda del campesino esclavizado, ¡en ninguno, excepto en Rusia!

La «cultura» terrateniente es la conservación de la servidumbre terrateniente. La cultura terrateniente es la usura respecto al campesino empobrecido, a quien despluman como a un ave y esclavizan por una diezma de tierra, por el pastoreo, por el abrevadero, por el bosque, por un pud de harina prestada en sisa al mujik hambriento en invierno a intereses despiadados, ¡por un rublo de dinero mendigado por la familia campesina!

¡Y estos señores de los escaños derechistas aún hablan de la explotación de los campesinos por los judíos, de los intereses judíos! ¡Mil comerciantes judíos no despojarán al mujik ruso como lo despojan los terratenientes verdaderamente rusos, ortodoxos! ¡Ningún interés del peor usurero se comparará con los intereses que cobra el terrateniente verdaderamente ruso, que en invierno contrata al mujik para el trabajo de verano o le obliga a pagar por una diezma de tierra con dinero, con trabajo, con huevos, con gallinas *) y con Dios sabe qué más!

Esto parece una broma, pero esta amarga broma se parece demasiado a la verdad. Ahí tenéis un ejemplo práctico de lo que paga un campesino por una diezma de tierra (ejemplo tomado del conocido libro de Karishev sobre los arriendos campesinos): por una diezma, el campesino debe labrar 1½ diezmas, además traer 10 huevos y 1 gallina, además dar una jornada de trabajo femenino. (Véase pág. 348 del libro de Karishev.) 15)

¿Qué es esto? ¿«Cultura» o la más desvergonzada explotación feudal?

Dicen una flagrante falsedad acerca de los campesinos, calumnian a los campesinos quienes quieren hacer creer a Rusia y a Europa que nuestros campesinos luchan contra la cultura. ¡Falso! Los campesinos rusos luchan por la libertad contra la explotación feudal. El movimiento campesino se ha extendido más ampliamente, más audazmente, la lucha campesina contra los terratenientes ha sido más aguda precisamente en aquellas gubernaturas verdaderamente rusas donde se sostiene más firmemente, más arraigada está la servidumbre verdaderamente rusa, las prestaciones personales verdaderamente rusas, la esclavitud, el escarnio del campesino empobrecido y endeudado.

Las prestaciones personales no se sostienen por la fuerza de la ley —¡por la ley el campesino es «libre» de morirse de hambre!— se sostienen por la fuerza de la dependencia económica *) de los campesinos. Con ninguna ley, ninguna prohibición, ninguna «vigilancia» ni «tutela» se puede hacer absolutamente nada contra las prestaciones personales y la esclavitud. Para la destrucción de esta llaga en el cuerpo del pueblo ruso solo existe un medio: la abolición de la propiedad territorial terrateniente **), pues en la inmensa mayoría de los casos sigue siendo hasta hoy propiedad feudal, fuente y sostén de la explotación feudal.

Toda y cualquier conversación sobre «ayuda» a los campesinos, sobre «mejora» de su situación, sobre «cooperación» en la adquisición de tierra y demás discursos semejantes, tan queridos por los terratenientes y funcionarios, todos se reducen a excusas vacías y evasivas, en cuanto se pasa por alto la cuestión fundamental: conservar o no la propiedad territorial terrateniente.

En esto está el meollo del asunto. Y yo debo especialmente prevenir a los campesinos y a los diputados campesinos: no se puede permitir que se evite esta esencia del asunto. No se puede confiar en ninguna promesa, en ninguna palabra hermosa, mientras no se haya aclarado lo principal: ¿quedará la propiedad territorial terrateniente en manos de los terratenientes o pasará a los campesinos? Si queda en manos de los terratenientes, quedarán las prestaciones personales y la esclavitud. *) Quedará la miseria y las constantes hambrunas de millones de campesinos. La agonía de una lenta extinción por el hambre: eso es lo que significa para los campesinos la conservación de la propiedad territorial terrateniente.

Para mostrar claramente cuál es esta esencia de la cuestión agraria, hay que recordar las cifras principales sobre la distribución de la propiedad territorial en Rusia. Los datos estadísticos sobre la propiedad territorial en Rusia, los más recientes que existen, se refieren a 1905 **). El Comité Central de Estadística los recogió mediante una investigación especial, cuyos resultados completos aún no han sido publicados. Pero los resultados principales ya son conocidos por los periódicos.

En total, se cuentan en la Rusia Europea hasta 400 millones de diezmas. De los 395½ millones —de los cuales hay datos preliminares—, pertenecen al erario, a la casa imperial, a las iglesias e instituciones 155 mill. de diezmas, a particulares 102 mill. de diezmas, tierra campesina de asignación — 138½ mill. de diezmas. 16)

A primera vista puede parecer que la mayor parte de la tierra pertenece al erario, y que por tanto la cuestión no está en absoluto en las tierras de los terratenientes. Pero esto es un error, que a menudo se comete y que hay que eliminar de una vez por todas. Al erario pertenecen, ciertamente, 138 millones de diezmas, pero casi toda esta tierra corresponde a las gubernaturas septentrionales, Arjánguelsk, Vólogda, Olonéts, y además a tales localidades donde no se puede practicar la agricultura. Las tierras del erario que se pudieran entregar a los campesinos, el propio gobierno, según cálculos precisos de los estadísticos (me remito, por ejemplo, al Sr. Prokopóvich y su libro «La cuestión agraria en cifras» 17), no podría reunir más de 7 y pico millones de diezmas.

Por tanto, no se puede hablar en serio de las tierras del erario. Tampoco se puede hablar de las migraciones de campesinos a Siberia. Esto ya lo ha aclarado suficientemente el orador de los trudovikí en la Duma. ¡Que los propios señores terratenientes, si realmente creen en el beneficio de las migraciones a Siberia, se trasladen ellos mismos a Siberia! Los campesinos, probablemente, aceptarían esto... Pero la propuesta de curar la necesidad campesina con Siberia la acogerán, seguramente, con burla.

En lo que respecta a las gubernaturas rusas, y en especial a las gubernaturas centrales de tierra negra, donde la necesidad campesina es más fuerte, se trata precisamente de las tierras de los terratenientes y de ninguna otra. En vano habló el diputado Sviatopolk-Mirski de «casos excepcionales de estrechez de tierra». La estrechez de tierra en la Rusia central no es una excepción, sino la regla. Y los campesinos están apretados precisamente porque los señores terratenientes se han instalado con demasiada comodidad, con demasiada amplitud. «La estrechez campesina» significa el acaparamiento por los terratenientes de gran cantidad de tierras. «La falta de tierra de los campesinos» significa la abundancia de tierra de los terratenientes.

He aquí, señores, cifras simples y claras. Tierra de asignación campesina — 138½ millones de diezmas. Tierra de propiedad particular — 102 millones de diezmas. ¿Cuánta de esta última pertenece a los grandes terratenientes? Setenta y nueve millones y medio de diezmas de tierra pertenecen a propietarios que poseen más de 50 diezmas cada uno. ¿Y a qué número de personas pertenece esta ingente masa de tierra? A menos de 135 mil (cifra exacta: 133.898 propietarios).

¡Pensad bien en estas cifras: 135 mil personas, de entre más de cien millones de habitantes de la Rusia Europea, poseen casi ochenta millones de diezmas de tierra! ¡Y junto a esto, 12¼ (¡doce y cuarto!) millones de hogares campesinos de asignación poseen 138½ millones de diezmas. A un gran propietario, a uno (hablemos para simplificar) terrateniente, le corresponden 594 diezmas *). A un hogar campesino le corresponden 11⅓ diezmas **).

¡A esto llama el Sr. Sviatopolk-Mirski y sus correligionarios «casos excepcionales de verdadera estrechez de tierra»! ¿Cómo no va a haber una estrechez campesina general, cuando un puñado de ricos de 135 mil personas poseen 600 diezmas cada una, y millones de campesinos, 11 diezmas por explotación? ¿Cómo no va a haber una «falta de tierra» campesina con tan enorme y excesiva abundancia de tierra de los terratenientes?

El Sr. Sviatopolk-Mirski nos aconsejaba «abandonar la idea» de aumentar la propiedad territorial campesina. No, la clase obrera no abandonará esta idea. Los campesinos no abandonarán esta idea. Millones y decenas de millones no pueden abandonar esta idea, no pueden detener la lucha por alcanzar su objetivo. Las cifras que he citado muestran claramente por qué se lucha. Los terratenientes, que poseen un promedio de 600 diezmas por explotación, luchan por sus riquezas, por las rentas que ascienden, probablemente, a no menos de 500 millones de rublos al año. Y los más grandes terratenientes son muy a menudo también los más grandes dignatarios. Nuestro Estado, como ya dijo justamente mi camarada Tsereteli, defiende los intereses de un puñado de terratenientes, no los intereses del pueblo.

No es de extrañar que tanto la masa de los terratenientes como todo el gobierno luchen con saña contra las exigencias campesinas. No se han visto aún en la historia de la humanidad ejemplos de que las clases dominantes y opresoras renuncien voluntariamente a sus derechos de dominio, de opresión, a sus rentas de miles de rublos procedentes de los campesinos y obreros esclavizados.

Los campesinos, en cambio, luchan por la liberación de la esclavitud, de las prestaciones personales, de la explotación feudal. Los campesinos luchan por poder vivir de algún modo humano. Y la clase obrera apoya plenamente a los campesinos contra los terratenientes, apoya en interés de los propios obreros, sobre los que también pesa el yugo terrateniente, apoya en interés de todo el desarrollo social, que es frenado y oprimido por el yugo del poder terrateniente.

Para mostraros, señores, qué pueden y deben lograr los campesinos con su lucha, os presentaré un pequeño cálculo. El ministro de Agricultura, el Sr. Vasilchikov, dijo: «ha llegado el momento de, para esclarecer esta cuestión, recurrir ya no tanto a la elocuencia de las palabras, cuanto a la de las cifras, los hechos y la realidad». Estoy total, totalmente de acuerdo con el señor ministro. ¡Sí, sí, precisamente así, señores: más cifras, más cifras sobre las dimensiones de la propiedad territorial terrateniente y sobre las dimensiones de la propiedad campesina de asignación! Ya os he presentado cifras sobre cuánta tierra terrateniente «sobrante» hay. Ahora presentaré cifras sobre las dimensiones de la necesidad de tierra de los campesinos. En promedio, como ya he dicho, cada hogar campesino posee 11⅓ diezmas de tierra de asignación. Pero este cálculo medio encubre la necesidad campesina de tierra, porque la mayoría de los campesinos tiene lotes inferiores al promedio, y una minoría insignificante, superiores al promedio.

De los 12½ millones de hogares campesinos, 2 millones 860 mil (tomo con redondeo) hogares tienen lotes inferiores a 5 diezmas por hogar. Tres millones 320 mil tienen de 5 a 8 diezmas. Cuatro millones 810 mil tienen de 8 a 20 diezmas. Un millón 100 mil hogares tienen de 20 a 50 diezmas, y solo un cuarto de millón tienen más de 50 diezmas (estos últimos poseen en promedio, probablemente, no más de 75 diezmas por hogar).

Supongamos que los 79½ millones de diezmas de tierra terrateniente se destinan a ensanchar la propiedad territorial campesina. Supongamos que los campesinos, según las palabras del miembro partidario de la Unión Campesina, el sacerdote Tijvinski, no desean desposeer a los terratenientes y les dejan a cada uno 50 diezmas. Esto es, seguramente, una suma demasiado elevada para estos señores «cultos» como nuestros terratenientes, pero tomemos, de momento, esta cifra como ejemplo. Descontando 50 diezmas por cada uno de los 135 mil terratenientes, se liberarían para los campesinos 72 (setenta y dos) millones de diezmas de tierra. No hay fundamento para deducir de esta suma los bosques (como hacen algunos escritores, por ejemplo el Sr. Prokopóvich, cuyas cifras he utilizado no pocas veces), pues los bosques también dan renta, y dejar esta renta en manos de un puñado de terratenientes es imposible.

Añádase a estos 72 millones las tierras del erario convenientes (hasta 7,3 mill. de diezmas), luego todas las de la casa imperial (7,9 mill. de diezmas), las de la iglesia y monasterios (2,7 mill. de diezmas) — se obtiene una suma de hasta 90 millones de diezmas. *) Esta suma es suficiente para ensanchar la propiedad territorial de todos los hogares campesinos más pobres no menos de hasta 16 diezmas por hogar.

¿Comprendéis, señores, lo que esto significa? Esto sería un gran *) paso adelante, esto salvaría a millones de campesinos del hambre, esto elevaría el nivel de vida de decenas de millones de trabajadores y campesinos, les facilitaría la posibilidad de vivir de algún modo humano, como viven de algún modo los ciudadanos cultos de un Estado «culto», y no como vive la tribu en extinción del campesinado ruso actual. Esto no liberaría, por supuesto, a todos los trabajadores de toda miseria y opresión —para eso se necesita la transformación de la sociedad capitalista en socialista—, pero les facilitaría en grado inmenso la lucha por esa liberación.

Más de 6 millones de hogares campesinos, más de la mitad de todo el número de campesinos, poseen, como ya he dicho, menos de 8 diezmas por hogar. ¡Su propiedad territorial sería más que duplicada, casi triplicada! Esto significa que la mitad del campesinado, eternamente necesitada, hambrienta, que abarata el precio del trabajo de los obreros en las ciudades, en las fábricas y talleres, ¡la mitad del campesinado podría sentirse humana!

¿Y el Sr. Sviatopolk-Mirski o sus correligionarios pueden aconsejar seriamente a millones de obreros y campesinos abandonar la idea de una salida perfectamente posible, realizable y cercana de una situación insoportable, desesperada?

Pero esto no es todo: la mayor parte de los hogares de la pobreza campesina podría casi triplicar su propiedad territorial a costa de nuestros señores terratenientes, demasiado poseedores de tierra. Además de estos seis millones de hogares pobres, hay casi cinco (cifra exacta: 4,8) millones de hogares campesinos que poseen de 8 a 20 diezmas. De estos cinco millones de familias, no menos de tres millones también padecen, indudablemente, necesidad en sus míseros lotes. Y estos tres millones de hogares podrían elevar su propiedad territorial hasta 16 diezmas por hogar, es decir, aumentarla en una vez y media, y algunos incluso el doble.

En suma, resulta que de los 12½ millones de hogares campesinos, 9 millones de hogares podrían mejorar en grado inmenso su situación (¡y la situación de los obreros, a quienes dejarían de abaratar los precios!) a costa de las demasiado terratenientes y demasiado habituadas a la economía feudal de los señores terratenientes.

¡He aquí lo que dicen las cifras sobre las dimensiones comparativas de la gran propiedad terrateniente y de la insuficiente propiedad campesina!

Temo mucho que estas cifras y estos hechos no gusten al amante de las cifras y los hechos, el señor ministro de Agricultura, Vasilchikov. Pues él nos dijo en su discurso, a continuación del deseo de recurrir a las cifras: «...Al mismo tiempo no se puede dejar de expresar el temor de que aquellas esperanzas que muchos vinculan a la realización de reformas semejantes (es decir, amplias reformas agrarias), al confrontarlas con las cifras, no tengan probabilidades de su realización plena»...

¡Vanos temores, señor ministro de Agricultura! ¡Precisamente al confrontarlas con las cifras, las esperanzas de los campesinos en la liberación de las prestaciones personales y de la explotación feudal deben tener probabilidades de realización plena! Y por muy desagradables que sean estas cifras para el señor ministro de Agricultura, Vasilchikov, o para el Sr. Sviatopolk-Mirski y demás terratenientes, ¡estas cifras no pueden ser refutadas!

Paso ahora a las objeciones que pueden hacerse a las exigencias campesinas. Y, por extraño que pueda parecer a primera vista, al examinar las objeciones contra las exigencias campesinas tendré que analizar los argumentos principalmente del representante del llamado partido de la «libertad popular», el Sr. Kutler. 19)

La necesidad de esto no se deriva en absoluto de que yo desee discutir con el Sr. Kutler. Nada de eso. Yo estaría muy contento si los partidarios de la lucha campesina por la tierra tuvieran que discutir solo contra los «derechistas». Pero el Sr. Kutler, a lo largo de todo su discurso, objetó, en el fondo, contra las exigencias campesinas planteadas por los socialdemócratas y los trudovikí, objetó tanto directamente (por ejemplo, discutiendo la propuesta hecha por mi camarada Tsereteli en nombre de todo el partido obrero socialdemócrata de Rusia) como indirectamente, demostrando a los trudovikí la necesidad de limitar, restringir sus exigencias.

El diputado Sviatopolk-Mirski, en el fondo, ni siquiera pensó en convencer a nadie. Especialmente lejana de él estaba la idea de convencer a los campesinos. Él no convencía, sino que declaraba su voluntad, más aún: declaraba la voluntad de la masa de los terratenientes. Ningún aumento de la superficie de la propiedad territorial campesina — a esto se reducía, hablando simple y directamente, el «discurso» del diputado Sviatopolk-Mirski.

El diputado Kutler, por el contrario, todo el tiempo convencía y convencía principalmente a los campesinos, los convencía de renunciar a lo que él declaraba en el proyecto de los trudovikí como irrealizable o excesivo, y en el proyecto de nuestro partido socialdemócrata no solo irrealizable, sino incluso «la mayor injusticia», como él se expresó acerca de la propuesta del representante de la socialdemocracia.

Analizaré ahora las objeciones del diputado Kutler y todos los fundamentos principales de aquellos puntos de vista sobre la cuestión agraria, de aquellos proyectos de reforma agraria que defiende el llamado partido de la «libertad popular».

Empecemos por lo que el diputado Kutler, objetando a mi camarada de partido, llamó «la mayor injusticia». «Me parece —dijo el representante del partido kadete— que la abolición de la propiedad privada de la tierra sería la mayor injusticia mientras existan los demás tipos de propiedad de bienes muebles e inmuebles»...! Y luego más adelante: «...Ya que nadie propone abolir la propiedad en general, es necesario reconocer en toda su fuerza la existencia de la propiedad territorial».

Así razonaba el diputado Kutler, «refutando» *) a Tsereteli con la referencia a que «y otra propiedad (además de la territorial) ha sido adquirida por un medio quizá aún menos loable». Y cuanto más pienso sobre este razonamiento del diputado Kutler, más lo encuentro... ¿cómo decirlo más suavemente?... extraño... «Es injusto abolir la propiedad territorial si no se abolen otros tipos de propiedad»... Pero permitidme, señores, ¡recordad vuestras propias premisas, vuestras propias palabras y proyectos! Pues vosotros mismos partís de que ciertos tipos de propiedad terrateniente son «injustos» y lo son hasta tal punto que requieren una ley especial sobre los modos y maneras de su abolición.

¿Qué resulta de esto, en realidad? ¿La mayor injusticia es abolir un tipo de injusticia, no aboliendo otros tipos de ella? Así resulta de las palabras del señor Kutler.

Por primera vez veo ante mí a un liberal, y además tan moderado, sobrio, burocráticamente amaestrado, que proclame el principio: «¡todo o nada!». Pues el razonamiento del señor Kutler está construido enteramente sobre el principio «todo o nada». Y, en tanto que socialdemócrata revolucionario, debo alzarme decididamente contra este modo de razonar.

Imaginad, señores, que tengo que sacar del patio dos montones de basura. Y solo tengo un carro. Y en un carro no se puede transportar más de un montón. ¿Qué hacer? ¿Renunciar del todo a limpiar mi patio, sobre la base de que sería la mayor injusticia transportar un montón de basura, si no se pueden transportar ambos montones a la vez?

Me permito pensar que quien realmente quiere la limpieza completa del patio, quien sinceramente aspira a la limpieza y no a la suciedad, a la luz y no a las tinieblas, razonará de otro modo. Si realmente no se pueden transportar ambos montones a la vez, entonces transportaremos primero el primer montón, que podemos coger y cargar inmediatamente en el carro; luego vaciaremos el carro y volveremos a casa para encargarnos del segundo montón.

¡Eso es todo, señor Kutler! ¡Eso es todo!

Primero, el pueblo ruso debe sacar en su carro toda esa basura que se llama propiedad feudal, terrateniente, y luego, con el carro vacío, volver al patio más limpio y empezar a cargar el segundo montón, empezar a retirar la basura de la explotación capitalista.

¡Trato hecho, señor Kutler, si sois realmente un adversario de toda basura! Escribamos así, citando vuestras propias palabras, en la resolución de la Duma de Estado: «Reconociendo, junto con el diputado Kutler, que la propiedad capitalista no es más loable que la propiedad feudal terrateniente, la Duma de Estado resuelve librar a Rusia primero de esta última, con el fin de encargarse luego de la primera».

Si el señor Kutler no apoya esta mi propuesta, entonces me quedará la suposición inerradicable de que el partido de la «libertad popular», remitiéndonos de la propiedad feudal a la propiedad capitalista, simplemente nos remite, como se dice, de Poncio a Pilatos, o, hablando más simplemente, busca evasivas, se salva huyendo de la clara formulación de la cuestión.

De que el partido de la «libertad popular» quiera luchar por el socialismo, nunca hemos oído (pues la lucha contra la propiedad capitalista es precisamente la lucha por el socialismo) *). Pero de que este partido quiera luchar por la libertad, por los derechos del pueblo, hemos oído mucho... mucho, muchísimo. Y he aquí que ahora, cuando está a la orden del día precisamente la cuestión no de la realización inmediata del socialismo, sino de la realización inmediata de la libertad y de la liberación de la servidumbre, ¡el Sr. Kutler, de repente, nos remite a las cuestiones del socialismo! El Sr. Kutler declara «la mayor injusticia» la abolición de la propiedad terrateniente, basada en las prestaciones personales y la esclavitud, por la única razón, exclusivamente por la razón de que recordó la injusticia de la propiedad capitalista...

Como queráis, esto es un poco extraño.

Hasta ahora pensaba que el Sr. Kutler no era socialista. Ahora llego a la convicción de que no es demócrata en absoluto, ni partidario de la libertad popular, de la verdadera libertad popular, no tomada entre comillas. Pues a tales personas que, en la época de la lucha por la libertad, declaran «la mayor injusticia» la abolición de lo que mata la libertad, oprime y aplasta la libertad, a tales personas nadie en el mundo ha aceptado llamarlas y considerarlas demócratas...

Otra objeción del Sr. Kutler no iba dirigida contra el socialdemócrata, sino contra el trudovik. «Me parece —dijo el Sr. Kutler— que se pueden imaginar unas condiciones políticas bajo las cuales el proyecto de nacionalización de la tierra (se trata del proyecto del Grupo Laborista, y el Sr. Kutler lo caracteriza inexactamente, pero no es esto ahora el meollo del asunto) podría adquirir fuerza de ley, pero no puedo imaginarme en el futuro próximo unas condiciones políticas bajo las cuales esta ley sería realmente aplicada».

Otra vez un razonamiento sorprendentemente extraño, y extraño no desde el punto de vista del socialismo (¡nada de eso!), ni siquiera desde el punto de vista del «derecho a la tierra» o de algún otro principio «laborista» — no, extraño desde el punto de vista de esa misma «libertad popular» de la que oímos tanto del partido del Sr. Kutler.

El Sr. Kutler todo el tiempo convencía a los trudovikí de que su proyecto es «irrealizable», de que persiguen en vano el objetivo de «transformar radicalmente las relaciones territoriales existentes», etc., etc. Ahora vemos claramente que la «irrealizabilidad» la ve el Sr. Kutler no en otra cosa que en las condiciones políticas de la época actual y del futuro próximo.

Permitidme, señores, pero esto es directamente como una niebla, una imperdonable confusión de conceptos. Pues nosotros nos llamamos aquí representantes del pueblo, y nos consideramos miembros de una institución legislativa, precisamente porque discutimos y proponemos cambiar las malas condiciones por otras mejores. Y de repente, cuando discutimos la cuestión de cambiar una de las peores condiciones, se nos objeta: «irrealizable... ni ahora... ni en el futuro próximo... condiciones políticas».

O una de dos, Sr. Kutler: o la Duma misma es una condición política, y entonces no es decoroso para un demócrata acomodarse, amoldarse a las limitaciones que puedan provenir de otras «condiciones políticas». O la Duma no es una «condición política», sino una simple oficina que cuenta con lo que es grato o no grato a los de arriba, y entonces no tenemos por qué hacer figura de representantes del pueblo.

Si somos representantes del pueblo, entonces debemos decir lo que piensa y quiere el pueblo, y no lo que es grato a las alturas o a algunas «condiciones políticas» que existan por ahí.

Si somos funcionarios, entonces, quizá, estoy dispuesto a comprender que declaremos de antemano «irrealizable» aquello de lo que la «superioridad» nos ha hecho entender que no le es grato.

... «¡Condiciones políticas»!... ¿Qué significa esto? Significa: tribunales de campaña, estado de excepción, arbitrariedad y falta de derechos, el Consejo de Estado y otras no menos queridas ins-ti-tu-cio-nes **) del Imperio Ruso. ¿El Sr. Kutler quiere adaptar su proyecto agrario a lo que es realizable bajo los tribunales de campaña, el estado de excepción y el Consejo de Estado?

No me sorprendería si por esto el Sr. Kutler fuera recompensado... con la simpatía del pueblo, no, sino... con una condecoración por servicialidad.

El Sr. Kutler puede imaginarse unas condiciones políticas bajo las cuales el proyecto de nacionalización de la tierra podría adquirir fuerza de ley... ¡Ya lo creo! Un hombre que se llama demócrata no podía imaginarse unas condiciones políticas democráticas... Pero la tarea de un demócrata que se tiene por representante del pueblo no consiste solo en «imaginarse» toda clase de cosas buenas o malas, sino también en presentar al pueblo proyectos, declaraciones, exposiciones verdaderamente populares.

¡Que no se le ocurra al Sr. Kutler alegar que yo propongo apartarse de la ley o violarla en la Duma... Nada de eso! No existe tal ley que prohíba hablar en la Duma sobre la democracia y presentar proyectos de ley verdaderamente democráticos *). Mi colega Tsereteli no violó ninguna ley cuando presentó la declaración de la fracción socialdemócrata, que habla tanto de la «expropiación de la tierra sin rescate» como del Estado democrático.

Pues el razonamiento del señor Kutler se reduce enteramente a que, como nuestro Estado no es democrático, ¡no debemos presentar proyectos de ley agrarios democráticos! Por más que deis vueltas a los razonamientos del señor Kutler, no encontraréis en ellos ni un ápice de otro pensamiento, de otro contenido. Como nuestro Estado sirve a los intereses de los terratenientes, no podemos (¡representantes del pueblo!) escribir en los proyectos agrarios lo que no es grato a los terratenientes... No, no, señor Kutler, esto no es democratismo, esto no es libertad popular, esto es algo muy, muy alejado de la libertad, no lejano del servilismo **)...

Veamos ahora lo que dijo propiamente el Sr. Kutler sobre el proyecto agrario de su partido.

El Sr. Kutler, ante todo, hablando de la tierra, objetó a los trudovikí acerca de la «norma de consumo» y acerca de si habría suficiente tierra. El Sr. Kutler tomó la «norma de 1861», que, dice, es aún inferior a la norma de consumo, y comunicó que, «según su cálculo aproximado» (¡la Duma no oyó ni palabra sobre este cálculo y no sabe absolutamente nada!), incluso para esta norma faltan 30 millones de diezmas.

Os recordaré, señores, que el diputado Kutler habló después del representante del Grupo Laborista, Karavaev, y objetaba precisamente a él. Y el diputado Karavaev dijo directa y concretamente en la Duma y confirmó públicamente con una carta especial al periódico «Tovarishch» (21 de marzo) que para aumentar la propiedad territorial campesina hasta la norma de consumo son necesarios hasta 70 millones de diezmas. Dijo también que la suma de las tierras del erario, de la casa imperial, de la iglesia y de propiedad particular se corresponde con esta cifra.

El diputado Karavaev no indicó la fuente de sus cálculos, no dio a conocer a la Duma el modo de obtener esa cifra.

Mi cálculo, basado en la publicación oficial y más reciente del Comité Central de Estadística, indicada exactamente por mí, dio una cifra de más de 70 millones de diezmas. Solo de las tierras de propiedad particular están libres para los campesinos 72 millones de diezmas, y además las tierras de la casa imperial, del erario, de la iglesia, etc. *) dan más de 10 y hasta 20 millones de diezmas.

En todo caso, el hecho es un hecho: objetando al diputado Karavaev, el diputado Kutler trató de demostrar la insuficiencia de tierra para ayudar a los campesinos, pero no pudo demostrarlo, dando cifras gratuitas y, como he mostrado, cifras falsas.

En general, debo prevenirles, señores, contra el abuso de estos conceptos: «norma laboral», «norma de consumo». Nuestro partido obrero socialdemócrata actúa mucho más correctamente, evitando todas estas «normas». Estas «normas» introducen algo de funcionarial, de oficinista, en una cuestión política viva y combativa. Estas «normas» confunden a la gente y oscurecen la verdadera esencia del asunto. Trasladar la controversia a estas «normas», incluso hablar de ellas ahora, significa, en verdad, repartir la piel del oso antes de haberlo matado, y además repartirla verbalmente en una reunión de personas que, seguramente, no repartirán la piel de hecho cuando matemos al oso.

¡No os preocupéis, señores! Los propios campesinos repartirán la tierra cuando la tierra caiga en sus manos. Los campesinos sabrán bien cómo repartir la tierra, con tal de que consigan la tierra. Y no preguntarán a nadie cómo repartir la tierra. No permitirán que nadie se entrometa en cómo repartir la tierra.

Son vanas esas charlas sobre cómo repartir la tierra. Nosotros no somos aquí una oficina de agrimensura, ni una comisión de ordenación territorial, sino un órgano político. Debemos ayudar al pueblo a resolver la tarea económica y política, ayudar al campesinado en su lucha contra los terratenientes, como clase que vive de la explotación feudal. Esta tarea viva e inmediata es oscurecida por las charlas sobre «normas».

¿Por qué la oscurecen? Porque en lugar de la verdadera cuestión: si es necesario tomar o no 72 millones de diezmas de los terratenientes para el campesinado, se discute una cuestión lateral y en último término no importante sobre las «normas». Con ello se facilita la evasión de la cuestión, la respuesta evasiva sobre el fondo. Las disputas sobre la norma laboral y de consumo y demás normas enredan el verdadero núcleo de la cuestión: ¿es necesario tomar los 72 millones de diezmas de tierra terrateniente para los campesinos o no? Se intenta demostrar si hay suficiente tierra o no para tal o cual norma *). ¿Para qué estas demostraciones, señores? ¿Para qué estas charlas huecas, esta agua turbia en la que a algunos les es fácil pescar? ¿Acaso no está claro por sí mismo que a falta de pan buenas son tortas, que los campesinos quieren tierra no inventada, sino la muy bien conocida tierra vecina del terrateniente? Y hay que hablar no de «normas», sino de la tierra del terrateniente, no de si son suficientes unas u otras normas, sino de cuánta tierra del terrateniente hay. Todo lo demás son simples evasivas, excusas, incluso intentos de embaucar a los campesinos.

Por ejemplo, el diputado Kutler, así, sencillamente, evitó la verdadera esencia del asunto. El trudovik Karavaev, de un modo u otro, dijo directamente: ¡70 millones de diezmas! ¿Qué respondió a esto el diputado Kutler? No respondió a esto. Enredó la cuestión con «normas», es decir, se evadió directamente de responder si está de acuerdo, si su partido está de acuerdo en entregar todas las tierras de los terratenientes a los campesinos o no. El diputado Kutler se aprovechó del error del diputado Karavaev, que no planteó la cuestión con suficiente claridad y rotundidad, ¡y sorteó el meollo del asunto! Y en esto está todo el clavo de la cuestión, señores. Quien no está realmente de acuerdo en entregar todas las tierras de los terratenientes a los campesinos (recuerdo que he convenido en dejar 50 diezmas por cada terrateniente, ¡para no desposeer a nadie!), ese no está por los campesinos, ese no quiere una ayuda real a los campesinos. Pues si permitís que se oscurezca o se aplace la cuestión de toda la tierra del terrateniente, entonces todo el asunto queda en entredicho. Entonces cabe preguntarse: ¿quién determinará qué parte de la tierra del terrateniente entregar a los campesinos? ¿Quién lo determinará? 9 millones de diezmas de 79 también son una «parte», y 70 millones de diezmas también son una «parte». ¿Quién lo determinará, si no lo determinamos nosotros, si la Duma de Estado no lo dice clara y decididamente?

No en vano el diputado Kutler silenció esta cuestión. El diputado Kutler hacía ostentación de la palabra «expropiación forzosa». ¡Señores, no os dejéis llevar por las palabras! ¡No os dejéis seducir por bellas frases! ¡Mirad el fondo del asunto!

Cuando me dicen: «expropiación forzosa», pregunto *): ¿QUIÉN obligará a QUIÉN? Si millones de campesinos obligan a un puñado de terratenientes a someterse a los intereses del pueblo, entonces está muy bien. Si un puñado de terratenientes obliga a millones de campesinos a someter su vida al interés egoísta de ese puñado, entonces está muy mal.

¡Y he aquí que esta pequeña cuestión supo eludirla completamente el diputado Kutler! Con su razonamiento sobre la «irrealizabilidad» y las «condiciones políticas», él, en el fondo, incluso llamaba al pueblo a resignarse a estar sometido a un puñado de terratenientes.

El diputado Kutler habló inmediatamente después de mi camarada Tsereteli. Y Tsereteli, en la declaración de nuestra fracción socialdemócrata, hizo dos afirmaciones perfectamente determinadas que resuelven claramente precisamente esta cuestión fundamental y principal.

Primera afirmación: transferencia de las tierras al Estado democrático. Democrático significa aquel que expresa los intereses de la masa del pueblo, y no los intereses de un puñado de privilegiados. Debemos decir directa y claramente al pueblo que sin un Estado democrático, sin libertad política, sin una representación popular soberana, ninguna transformación territorial en beneficio de los campesinos es posible.

Segunda afirmación: necesidad de un debate previo de la cuestión agraria en comités locales igualmente democráticos.

¿Qué respondió a esto el diputado Kutler? Silencio. Mala respuesta es esa, señor Kutler. Guardasteis silencio precisamente sobre la cuestión de si serán los campesinos quienes obligarán a los terratenientes a ceder a los intereses del pueblo, o si serán los terratenientes quienes obligarán a los campesinos a ponerse al cuello un nuevo dogal de un nuevo y ruinoso rescate. Callar sobre semejante cuestión es imperdonable.

Sobre los comités locales, señores, hablaron en la Duma, además del socialdemócrata, los socialistas populares (diputado Baskin) y los socialrevolucionarios (diputado Kolokolnikov). Sobre los comités locales se ha hablado ya desde hace tiempo en la prensa, habló de ellos también la Primera Duma.

No debemos olvidar esto, señores. Estamos obligados a comprender bien, tanto nosotros como el pueblo, por qué se ha hablado tanto de esta cuestión y cuál es su verdadero significado.

La Primera Duma de Estado discutió la cuestión de los comités locales de tierras en la decimoquinta sesión, el 26 de mayo de 1906. Plantearon la cuestión los miembros del Grupo Laborista, que presentaron una declaración por escrito firmada por 35 miembros de la Duma (entre ellos dos socialdemócratas: I. Saveliev 20) e I. Shuválov 21). La declaración fue leída por primera vez en la Duma en la decimocuarta sesión, el 24 de mayo de 1906 (véase pág. 589 del «Informe Estenográfico» de las sesiones de la Primera Duma de Estado); luego **) fue impresa y discutida al día siguiente. Transcribo íntegramente los lugares principales de esta declaración:

«...Es necesario crear de inmediato en las localidades comités, elegidos sobre la base del sufragio universal, igual, directo y secreto, para el necesario trabajo preparatorio, como: la elaboración, con arreglo a las condiciones locales, de las normas de consumo y laboral de uso de la tierra, la determinación de la cantidad de tierra útil, la parte de ella que es arrendada y labrada con inventario propio y ajeno... etc. En vista de la necesidad de la más completa adaptación de la ley agraria a toda la diversidad de las condiciones locales, es conveniente que estos comités tomen parte activa en la discusión general de los propios fundamentos de la reforma agraria, expuestos en los diversos proyectos presentados a la Duma»... Los trudovikí proponían por ello elegir urgentemente una comisión y elaborar inmediatamente el correspondiente proyecto de ley.

¿Cómo acogieron esta propuesta los diferentes partidos? Los trudovikí y los socialdemócratas la apoyaron unánimemente en sus órganos de prensa. El partido llamado de la «libertad popular», en su órgano principal «Rech», se pronunció categóricamente el 25 de mayo de 1906 22) (es decir, al día siguiente de la primera lectura del proyecto de los trudovikí en la Duma) contra el proyecto de los trudovikí. «Rech» planteó directamente el temor de que tales comités de tierras pudieran «desplazar la solución de la cuestión agraria hacia la izquierda» *).

«Rech» escribió:

«Nos esforzaremos, en la medida en que dependa de nosotros, por conservar a los comités locales para asuntos de la tierra su carácter servicial **) y especial-negocial. Consideramos, por la misma razón, que formar estos comités mediante sufragio universal significaría prepararlos no para la resolución pacífica de la cuestión agraria en las localidades, sino para algo completamente distinto. La dirección de la orientación general de la reforma debe quedar en manos del Estado; por lo tanto, los representantes del poder estatal deben tener en las comisiones locales su lugar, sino con el fin de decidir, al menos con el fin de contralorear la decisión de la instancia local. Luego, también dentro de los límites de las bases generales de la reforma, en las comisiones locales deben estar representados, con la mayor uniformidad posible, aquellos intereses antagónicos en pugna que puedan ser conciliados sin violar el significado estatal de la reforma emprendida y sin convertirla en un acto de violencia unilateral que pueda terminar en un fracaso completo de todo el asunto».

Esto es completamente claro y definido.

El partido de la «libertad popular» valora la medida propuesta en el fondo y se pronuncia en contra de ella. El partido no quiere tales comités en las localidades que sean elegidos por sufragio universal, directo, igual y secreto, sino aquellos en los que deben estar representados uniformemente tanto el puñado de terratenientes como los millares, las decenas de millares de campesinos. Para el «contralor» deben participar representantes del poder estatal.

Que reflexionen bien en esto los diputados de los campesinos. Que comprendan cuál es el meollo, que lo expliquen a todo el campesinado.

Imaginad simplemente, señores, de qué se trata. En los comités locales están representados por igual los terratenientes y los campesinos, y el representante del gobierno — para el contralor, para la «conciliación». Esto significa: un tercio de los votos para los terratenientes, un tercio para los campesinos y un tercio para los representantes del Estado. ¡Y los más grandes dignatarios del Estado, todos los dirigentes de los asuntos del Estado son ellos mismos los terratenientes más ricos! Resulta que los terratenientes contralorearán a los campesinos y a los terratenientes. ¡Los terratenientes conciliarán a los campesinos con los terratenientes!

Sí, sí, esto será, indudablemente, una «expropiación forzosa», precisamente la expropiación forzosa por los terratenientes del dinero campesino y del trabajo campesino, exactamente igual que en 1861 los comités provinciales de terratenientes cercenaron a los campesinos una quinta parte de la tierra y les impusieron un precio doble por la tierra.

¡Tal reforma agraria no significa otra cosa que la venta por los terratenientes a los campesinos, a un precio exorbitante, de las tierras que no les son necesarias y de las peores, para esclavizar aún más a los campesinos! Semejante «expropiación forzosa» es mucho peor que un acuerdo voluntario entre campesinos y terratenientes, porque en un acuerdo voluntario la mitad de los votos estaría del lado de los campesinos, la mitad del lado de los terratenientes. En cambio, en la expropiación forzosa kadete, los campesinos tienen un tercio de los votos, y los terratenientes dos tercios: ¡un tercio por ser terratenientes, y el otro tercio por ser también funcionarios!

Sobre la «liberación» campesina y el maldito rescate de 1861, el gran escritor ruso, uno de los primeros socialistas en Rusia, martirizado por los verdugos del gobierno, Nikolái Gavrílovich Chernyshevski, escribió: mejor hubiera sido un trato voluntario entre campesinos y terratenientes que semejante «liberación con tierra» *) a través de los comités provinciales de terratenientes. **) En un trato voluntario para la compra de tierra, no se habría podido arrancar a los campesinos tanto como se les arrancó mediante la «conciliación» gubernamental de los campesinos con los terratenientes.

Y el gran socialista ruso tuvo razón. Ahora, 46 años después de la presunta «liberación con rescate», conocemos los resultados de la operación de rescate. El precio de venta de la tierra que pasó a los campesinos fue de 648 millones de rublos, y se obligó a los campesinos a pagar 867 millones de rublos, 219 millones de rublos más de lo que valía la tierra. 25) Y durante medio siglo los campesinos sufrieron, se consumieron, pasaron hambre, se extinguieron en tales lotes, bajo el yugo de tales pagos, bajo el yugo de la «conciliación» gubernamental de los campesinos con los terratenientes, ¡hasta que todo el campesinado llegó al actual estado insoportable!

Los liberales rusos quieren repetir una vez más una semejante «conciliación» de los campesinos con los terratenientes. ¡Cuidado, campesinos! El partido obrero ***) os previene: decenas de años de nuevos sufrimientos, hambrunas, esclavitud, humillaciones y escarnio: ¡eso es lo que traeréis al pueblo si aceptáis semejante «conciliación»!

La cuestión de los comités locales y del rescate: este es el verdadero clavo de la cuestión agraria. Y hay que orientar toda la atención a que aquí no pueda haber ambigüedades, reticencias, rodeos ni evasivas.

Y cuando, el 26 de mayo de 1906, se discutió esta cuestión en la Primera Duma de Estado, los kadetes Kokoshkin 26) y Kotliarevski 27), que hablaron contra los trudovikí, se despacharon enteramente con rodeos y evasivas. Insistían en que la Duma no puede decretar de inmediato tales comités, ¡aunque nadie proponía decreto alguno semejante! Hablaban de que esta cuestión está vinculada con la reforma del derecho electoral y del autogobierno local, es decir, simplemente retrasaban la cuestión apremiante y simple de la formación de comisiones locales que ayuden a la Duma a resolver la cuestión agraria. Hablaban de la «distorsión del curso del trabajo legislativo», del peligro de crear «en las localidades 80 ó 90 Dumas», de que «en la creación de tales órganos como los comités locales no hay, ni por su esencia, ninguna necesidad», etc., etc.

Todo esto son meras evasivas, señores, un continuo rehuir la cuestión que la Duma debe resolver clara y definitivamente: ¿debe resolver la cuestión agraria un Estado democrático o el actual? ¿Deben predominar en los comités locales de tierras los campesinos, es decir, la masa de la población, o los terratenientes? ¿Debe un puñado de terratenientes someterse a los millones del pueblo o deben los millones de trabajadores someterse a un puñado de terratenientes?

Y que no me hablen de la impotencia, la debilidad y la falta de derechos de la Duma. Lo sé muy, muy bien. Aceptaré de buen grado repetir y subrayar esto en cualquier resolución, declaración o manifestación de la Duma. Pero en esta cuestión no se trata de los derechos de la Duma —pues ninguno de nosotros ni siquiera pensó en hacer la más mínima propuesta violando la ley sobre los derechos de la Duma—. Se trata de que la Duma exprese clara, definitiva y, principalmente, correctamente los verdaderos intereses del pueblo, diga la verdad sobre la solución de la cuestión agraria, abra los ojos a la masa campesina sobre los escollos que se encuentran en el camino de la solución de la cuestión de la tierra.

¡Por supuesto, la voluntad de la Duma no es aún ley, y lo sé perfectamente! ¡Pero que se preocupen de limitar la voluntad de la Duma, de tapar la boca a la Duma, quien quiera, pero no la propia Duma!

Por supuesto, la decisión de la Duma encontrará aún toda clase de oposición, pero esto nunca justificará a quienes desde ahora empezaran a doblegarse y retorcerse, inclinarse y humillarse, amoldándose a una voluntad ajena, adaptando la decisión de los representantes del pueblo a cualquier otra voluntad. Por supuesto, no será la Duma la que resuelva en última instancia la cuestión agraria, no será en la Duma donde se desarrolle el acto decisivo de la lucha del campesinado por la tierra. Pero ayudar al pueblo con la aclaración de la cuestión, con su planteamiento claro, con la exposición completa de la verdad, con la eliminación completa de toda clase de rodeos y ambigüedades, podemos y estamos obligados, si queremos ser realmente representantes del pueblo, y no liberales funcionarios, si queremos servir realmente a los intereses del pueblo y a los intereses de la libertad.

Y para ayudar realmente al pueblo, en la resolución de la Duma debemos [esclarecer] con la más completa claridad las tres cuestiones fundamentales sobre la tierra que he expuesto en mi discurso y que el diputado Kutler eludía y enredaba.

La primera cuestión: [¿debemos entregar a los campesinos toda la tierra del terrateniente o no? ¿Toda, descontando 50 diezmas o la norma laboral, etc., o no? Dejar abierta esta cuestión, echar un velo sobre el punto más agudo, significa perjudicar al pueblo] sobre los setenta y nueve millones de diezmas de tierra terrateniente y sobre la necesidad de entregar de ellos no menos de 70 millones de diezmas a los campesinos.

La segunda cuestión: sobre el rescate. La transformación agraria reportará a los campesinos un beneficio medianamente serio solo si reciben la tierra sin rescate. El rescate sería un nuevo dogal al cuello del campesino, sería un tributo insoportablemente pesado para todo el desarrollo futuro de Rusia.

La tercera cuestión: sobre el régimen democrático del Estado, necesario para la realización de la reforma agraria, y especialmente sobre los comités locales de tierras, elegidos por sufragio universal, directo, igual y secreto. Sin esto, la reforma agraria será la obligación de la masa campesina de caer en la esclavitud de los terratenientes, y no la obligación del puñado de terratenientes de satisfacer las necesidades maduras de todo el pueblo.

He dicho al comienzo de mi discurso que el señor ministro de Agricultura, Vasilchikov, conciliaba a los «derechistas» con los «kadetes». Ahora, cuando he esclarecido el significado de la cuestión de los 70 millones de diezmas de tierra terrateniente, del rescate y, principalmente, de la composición de los comités locales de tierras, me basta citar un lugar del discurso del señor ministro:

«Manteniéndonos en este terreno —dijo el Sr. ministro, refiriéndose a la "intangibilidad de los linderos" de la propiedad terrateniente y a su "no desplazamiento" más que "en interés del Estado"—, manteniéndonos en este terreno y admitiendo en ciertos casos el desplazamiento forzoso de linderos, consideramos que no quebrantamos... los principios fundamentales de la propiedad»...

¿Habéis pensado bien *), señores, en estas significativas palabras del señor ministro? Vale la pena pensar en ellas... Hay que pensar en ellas... El Sr. Kutler convenció plenamente al señor ministro de que en la palabra «forzoso» no hay nada incómodo para los terratenientes... ¿Por qué? ¡Pues porque los propios señores terratenientes serán los que fuercen!

Espero, señores, haber conseguido esclareceros nuestra actitud socialdemócrata tanto hacia los partidos derechistas como hacia el centro liberal (kadetes) en la cuestión agraria.

Debo detenerme ahora en una importante diferencia del punto de vista socialdemócrata respecto a los puntos de vista de los trudovikí en el sentido amplio de la palabra, es decir, de todos los partidos que se sitúan en el punto de vista del «principio laborista»: tanto los socialistas populares como los «trudovikí» en sentido estricto y los socialrevolucionarios.

De todo lo que he dicho antes se ve ya que el partido obrero socialdemócrata apoya plenamente a la masa campesina en su lucha contra los terratenientes por la tierra, por la liberación de la explotación feudal. Los campesinos no tienen ni pueden tener aliados más seguros en esta lucha que el proletariado, que ha ofrecido más víctimas que nadie a la causa de la conquista para Rusia de la libertad y la luz. Los campesinos no tienen ni pueden tener otro medio de lograr la realización de sus justas exigencias que la adhesión al proletariado consciente, combatiente bajo la bandera roja de la socialdemocracia internacional. Los partidos liberales en todas partes, en todos los países de Europa, traicionaban a los campesinos y sacrificaban sus intereses a los terratenientes; y en nuestra Rusia, como he mostrado analizando el programa liberal kadete, ocurre lo mismo.

Las diferencias de los puntos de vista de los trudovikí y de los socialdemócratas sobre la cuestión agraria ya las he tocado en repetidas ocasiones en las partes precedentes de mi discurso. Ahora hay que analizar uno de los puntos de vista fundamentales del Grupo Laborista.

Para tal análisis me permitiré detenerme en el discurso del sacerdote Tijvinski. ¡Señores! Los socialdemócratas no comparten las concepciones de la religión cristiana. Pensamos que el significado y contenido social, cultural y político verdadero *) del cristianismo se expresa más fielmente por las opiniones y aspiraciones de tales personas eclesiásticas como el obispo Evlogi 28), que por las de tales como el sacerdote Tijvinski. Por eso, y en virtud de nuestra concepción científica, materialista del mundo, ajena a todo prejuicio, y en virtud de nuestras tareas comunes de lucha por la libertad y la felicidad de todos los trabajadores, nosotros, los socialdemócratas, nos relacionamos negativamente con la doctrina cristiana. Pero, al manifestar esto, considero mi deber decir ahora mismo, directa y abiertamente, que la socialdemocracia lucha por la plena libertad de conciencia y se relaciona con pleno respeto a toda convicción sincera en materia de fe, mientras esta convicción no se ponga en práctica mediante la violencia o el engaño. Me considero tanto más obligado a subrayar esto, cuanto que tengo la intención de hablar de mis diferencias con el sacerdote **) Tijvinski —diputado de los campesinos, digno de todo respeto por su sincera entrega a los intereses del campesinado, a los intereses del pueblo, que defiende sin temor y decididamente.

El sacerdote ***) Tijvinski apoya el proyecto agrario del Grupo Laborista, construido sobre los principios de la igualdad en el uso de la tierra. Defendiendo este proyecto, el diputado Tijvinski decía:

«He aquí cómo ve el campesinado, cómo ve el pueblo trabajador la tierra: la tierra es de Dios, y el campesino trabajador tiene derecho a ella como cada uno de nosotros tiene derecho al agua y al aire. Sería extraño si alguien empezara a vender o comprar o comerciar con el agua y el aire; igual de extraño suena para nosotros que alguien comercie, venda o compre la tierra. La Unión Campesina y el Grupo Laborista desean llevar a cabo el principio: toda la tierra para el pueblo trabajador. Y en cuanto al rescate de la tierra —de qué modo se realizará, mediante rescate, mediante simple expropiación sin rescate—, al campesinado trabajador no le interesa esta cuestión»...

Así habló en nombre de la Unión Campesina y del Grupo Laborista el diputado Tijvinski.

El error, el profundo error de los trudovikí consiste precisamente en que no les interesa *) la cuestión del rescate y de los modos de realización de la reforma agraria, mientras que de esta cuestión depende realmente si los campesinos lograrán la liberación del yugo terrateniente. En cambio, les interesa la cuestión de la compraventa de la tierra y del igual derecho de todos a la tierra, mientras que esta cuestión no tiene ninguna importancia seria en la lucha por la liberación real del campesinado del yugo terrateniente.

El diputado Tijvinski defiende el punto de vista de que la tierra no se puede comprar ni vender, de que todos los trabajadores tienen igual derecho a la tierra.

Comprendo perfectamente que tal punto de vista brota de los móviles más nobles, de una ardiente protesta contra el monopolio, contra los privilegios de los ricos parásitos, contra la explotación del hombre por el hombre; brota del afán de lograr la liberación de todos los trabajadores de toda opresión y toda explotación. Por este ideal, el ideal del socialismo, lucha el partido obrero socialdemócrata. Pero no se puede alcanzar este ideal por el camino de la igualdad en el uso de la tierra de los pequeños propietarios con el que sueñan el diputado Tijvinski y sus correligionarios.

El diputado Tijvinski está dispuesto a luchar honesta, sincera y decididamente —y espero que hasta el final— contra el poder de los terratenientes. Pero se ha olvidado de otro poder, aún más pesado, más opresor sobre el pueblo trabajador actual, del poder del capital, del poder del dinero.

El diputado Tijvinski dice que al campesino le parece extraña la venta de la tierra, del agua o del aire. Comprendo que en personas que viven toda la vida o casi toda la vida en el campo haya podido formarse esa concepción. Pero arrojad una mirada sobre toda la sociedad capitalista contemporánea, sobre las grandes ciudades, sobre los ferrocarriles, sobre las minas y explotaciones mineras, las fábricas y los talleres. Veréis cómo el agua y el aire y la tierra están acaparados por los ricos. Veréis cómo decenas y centenares de miles de obreros están condenados a la privación de aire fresco, al trabajo bajo tierra, a vivir en sótanos, a usar agua contaminada por la vecindad de las fábricas. Veréis cómo suben frenéticamente los precios de la tierra en las ciudades y cómo es explotado el obrero no solo por los fabricantes e industriales, sino también por los propietarios de casas, que, como es sabido, ganan mucho más con los pisos, cuartuchos, rincones y tugurios habitados por los obreros que con los pisos ricos. ¡Y qué hablar de la compraventa de agua, aire y tierra, cuando toda la sociedad actual se sostiene solo por la compraventa de la fuerza de trabajo, es decir, por la esclavitud asalariada de millones de personas!

Pensad: ¿puede hablarse de igualdad en la propiedad de la tierra, de prohibición de la compraventa de la tierra, existiendo este poder del dinero y poder del capital? ¿Puede el pueblo ruso librarse del yugo y la explotación si a cada ciudadano se le reconoce igual derecho a una parcela igual de tierra, y al mismo tiempo un puñado de personas posee decenas de miles o millones de rublos, mientras la masa sigue siendo miserable? ¡No, señores! Mientras se sostenga el poder del capital, será imposible cualquier igualdad entre propietarios de tierra, serán imposibles, ridículas y absurdas cualquier prohibición de vender y comprar tierra. Todo, no solo la tierra, sino también el trabajo humano, y la personalidad humana, y la conciencia, y el amor, y la ciencia, todo se vuelve inevitablemente vendible mientras se sostenga el poder del capital.

Al decir esto, no quiero en absoluto debilitar la lucha campesina por la tierra, debilitar su significado, su importancia, su urgencia. Nada de eso. Ya he dicho y repito que esta lucha es justa y necesaria, que los campesinos, tanto en su propio interés como en el interés del proletariado, como en el interés de todo el desarrollo social, deben sacudir de sí el yugo terrateniente feudal.

Los obreros conscientes no quieren debilitar, sino fortalecer la lucha campesina por la tierra. Los socialistas no aspiran a detener esta lucha, sino a llevarla aún más lejos y para ello librarla *) de toda fe ingenua en la posibilidad de igualar a los pequeños propietarios o prohibir la compraventa de la tierra existiendo el intercambio, el dinero y el poder del capital.

Contra los terratenientes, los obreros socialdemócratas apoyan plenamente a los campesinos. Pero no es la pequeña economía igualitaria, aunque sea igualitaria, lo que puede salvar a la humanidad de la miseria de las masas, de la explotación y la opresión del hombre por el hombre. Para eso es necesaria la lucha por la destrucción de toda la sociedad capitalista y su sustitución por la gran producción socialista. Esta lucha la llevan ahora millones de obreros conscientes, socialdemócratas, en todos los países del mundo. ¡Y solo adhiriéndose a esta lucha puede el campesinado, habiendo derribado a su primer enemigo, el terrateniente feudal, llevar a cabo una lucha exitosa contra el segundo enemigo, más terrible, contra el poder del capital!