Pasemos ahora a esclarecer lo que ocurrió después del Pleno. A esta pregunta, Trotski e Ionov dan una respuesta concordante y simple. «Ni en las condiciones externas de la vida política – reza la resolución de Viena – ni en las relaciones internas de nuestro partido se han producido después del Pleno cambios reales que dificultaran el trabajo de construcción del partido…». Recaída fraccional, herencia no superada de las relaciones fraccionales, eso es todo.

Ionov da la misma explicación «en concreto».

«El Pleno terminó. Sus participantes se marcharon… Los dirigentes de las viejas fracciones se encontraron en libertad, emancipados de toda influencia y presión externas. Además, llegaron refuerzos considerables. Para unos: en la persona del camarada Plejánov, que últimamente predica con insistencia la declaración del partido en estado de guerra. Para otros: en la persona de dieciséis «viejos trabajadores del partido, bien conocidos por la redacción de La Voz del Socialdemócrata» (véase núm. 19–20, «Carta abierta»). «¿Cómo, en tales condiciones, no lanzarse a la lucha? Pues se pusieron manos a la obra con el viejo «asunto» de la mutua aniquilación» («Ecos del Bund» núm. 4, pág. 22).

Llegaron «refuerzos» para los fraccionalistas y – otra vez se pelearon, nada más. Cierto, como «refuerzo» para los bolcheviques llegó un menchevique del partido, Plejánov, que «llegó» con la guerra contra los liquidacionistas, pero para Ionov es igual. A Ionov no le gusta, evidentemente, la polémica de Plejánov con Potrésov, con el camarada I. (que proponía «disolverlo todo»), etc. Es su derecho, por supuesto, censurar esa polémica. Pero ¿cómo llamarla «declaración del partido en estado de guerra»? La guerra contra los liquidacionistas es declarar el partido en estado de guerra – recordemos esta «filosofía» del camarada Ionov.

Para los mencheviques del extranjero, el refuerzo fueron los mencheviques rusos. Pero esta circunstancia no hace reflexionar en absoluto al camarada Ionov.

Es comprensible qué conclusión práctica se desprende de semejante «valoración del momento» por Trotski e Ionov. No ha ocurrido nada extraordinario. Simplemente una riña fraccional. Poner nuevos neutralizadores – y el asunto está en el bote. Todo se explica desde el punto de vista de la diplomacia de círculo. Todas las recetas prácticas son una mera diplomacia de círculo. Están los que «se lanzan a la lucha», están los que quieren «reconciliar»: aquí eliminar la mención del «fundamento», allí añadir a Fulano en la «institución», allá «ceder» a los legalistas en los métodos de convocatoria de la conferencia… ¡Vieja, pero eternamente nueva historia del circulillo del extranjero!

Nuestra visión de lo ocurrido después del Pleno es otra.

Habiendo logrado resoluciones unánimes, eliminando todas las acusaciones «pendencieras», el Pleno acorraló definitivamente a los liquidacionistas. Ya no es posible ocultarse tras la pendencia. Ya no es posible alegar la intransigencia y la «represión mecánica» (variante: protección reforzada, estado de guerra, estado de sitio, etc.). Sólo se puede apartarse del partido por liquidacionismo (así como los partidarios de ¡Adelante! sólo pueden apartarse por el otzovismo y por la filosofía antimarxista).

Acorralados, los liquidacionistas descubrieron su «verdadera cara». Su centro ruso – da igual, formal o no formal, semilegal (Mijaíl y Cía.) o completamente legal (Potrésov y Cía.) – respondió negativamente al llamamiento a retornar al partido. Los legalistas-liquidacionistas rusos rompieron definitivamente con el partido, agrupándose en un grupo de socialistas independientes (independientes del socialismo y dependientes del liberalismo, por supuesto). La respuesta de Mijaíl y Cía., por un lado, y las intervenciones de «Nuestra Aurora» y «Renacimiento», por otro, señalan precisamente la agrupación de los círculos antipartido de «socialdemócratas» (mejor: supuestos s.d.) en un grupo de socialistas independientes. Por eso, los esfuerzos «conciliadores» de Trotski e Ionov son ahora ridículos y lastimosos. Sólo con una total incomprensión de lo que ocurre se pueden explicar estos esfuerzos, que ahora son inofensivos, pues detrás de ellos no hay nadie, salvo los diplomáticos de círculo en el extranjero, salvo la incomprensión y el desconocimiento en algún rincón perdido.

Los conciliadores à la Trotski e Ionov se equivocaron al tomar las condiciones especiales que hicieron florecer la diplomacia conciliadora en el Pleno por las condiciones generales de la actual vida del partido. Se equivocaron al tomar la diplomacia, que jugó su papel en el Pleno gracias a la existencia de condiciones que generaron profundas aspiraciones a la conciliación (– a la unificación del partido) en ambas fracciones principales, por un fin en sí mismo, por un instrumento duradero del juego entre «determinadas personas, grupos e instituciones».

En el Pleno hubo realmente lugar para la diplomacia, porque la unificación del partido de bolcheviques del partido y mencheviques del partido era necesaria, y sin concesiones, sin compromiso, era imposible. Al determinar la medida de las concesiones, los «corredores honestos» inevitablemente pasaron a primer plano – inevitablemente, porque para los mencheviques del partido y los bolcheviques del partido la cuestión de la medida de las concesiones era una cuestión secundaria, mientras estuviera en vigor la base principista de toda la unificación. Habiendo pasado a primer plano en el Pleno, habiendo tenido la oportunidad de desempeñar el papel de «neutralizadores», de «jueces» para eliminar la pendencia, para satisfacer las «reclamaciones» contra el CC, los «conciliadores» à la Trotski e Ionov se imaginaron que, mientras existan «determinadas personas, grupos e instituciones», siempre podrán desempeñar ese papel. Divertido error. Los corredores son necesarios cuando hay que determinar la medida de las concesiones necesarias para lograr la unanimidad. La medida de las concesiones hay que determinarla cuando existe una base principista común y manifiesta de unificación. La cuestión de quién entrará en esta unificación después de todas las concesiones quedó entonces abierta, porque en principio era inevitable la admisión condicional de que todos los socialdemócratas desearan entrar en el partido, todos los mencheviques desearan aplicar lealmente la resolución antiliquidacionista, todos los partidarios de ¡Adelante! – la resolución antiotzovista.

Ahora, en cambio, los corredores no son necesarios, no hay lugar para ellos, porque no existe la cuestión de la medida de las concesiones. Y no existe la cuestión de la medida de las concesiones porque no existe cuestión de concesión alguna. Todas las concesiones (e incluso excesivas) se hicieron en el Pleno. Ahora la cuestión se plantea exclusivamente sobre la posición principista de lucha contra el liquidacionismo, y además no contra el liquidacionismo en general, sino contra un grupo determinado de liquidacionistas-independientes, el grupo de Mijaíl y Cía., el grupo de Potrésov y Cía. Si con determinadas personas, grupos e instituciones intentan ahora «reconciliar» al partido Trotski e Ionov, entonces para nosotros, para todos los bolcheviques del partido y para todos los mencheviques del partido, serán simplemente traidores al partido, nada más.

Los conciliadores-diplomáticos fueron «fuertes» en el Pleno exclusivamente porque y en la medida en que tanto los bolcheviques del partido como los mencheviques del partido querían la paz, y subordinaban la cuestión de las condiciones de paz a la cuestión de la táctica antiliquidacionista y antiotzovista del partido. Yo, por ejemplo, consideraba las concesiones excesivas y luché por la medida de las concesiones (a lo que alude «La Voz» en el núm. 19–20 y de lo que habla directamente Ionov). Pero entonces estaba dispuesto a reconciliarme y estaría dispuesto ahora a reconciliarme incluso con concesiones excesivas, ya que la línea del partido no se veía quebrantada, ya que las concesiones no llevaban a la negación de esa línea, ya que las concesiones servían de puente para atraer a la gente del liquidacionismo y del otzovismo al partido. Pero, después de la agrupación y la intervención de Mijaíl y Cía., Potrésov y Cía. contra el partido y contra el Pleno, no participaré en ninguna conversación sobre ninguna concesión, pues el partido está obligado ahora a romper con estos independientes, obligado a luchar resueltamente contra ellos, como contra liquidacionistas total y definitivamente definidos. Y puedo hablar con seguridad no sólo por mí, sino por todos los bolcheviques del partido. Los mencheviques del partido se han pronunciado con suficiente claridad, por boca de Plejánov y otros, en el mismo espíritu, y en esta situación en el partido, los «conciliadores»-diplomáticos à la Trotski e Ionov deberán, o abandonar su diplomacia, o irse con los independientes fuera del partido.

Para convencerse de la agrupación definitiva de los legalistas en un grupo de socialistas independientes, basta echar una mirada general a los acontecimientos posteriores al Pleno, basta valorarlos en esencia, y no sólo desde el punto de vista de la pequeña y mezquina historia de los «conflictos», al que Ionov se limita equivocadamente.

1) Mijaíl, Román y Yuri declaran perjudiciales tanto las resoluciones del CC (del Pleno) como la propia existencia del mismo. Desde la publicación de este hecho han pasado unos dos meses, y el hecho no ha sido refutado. Está claro que es cierto[43].

2) Dieciséis mencheviques rusos, entre ellos al menos dos del mencionado trío y varios de los literatos mencheviques más destacados (Cherevanin, Koltsov, etc.), intervienen en «La Voz», con la aprobación de la redacción, justificando la salida de los mencheviques del partido, intervienen con un manifiesto puramente liquidacionista.

3) La revista legal menchevique «Nuestra Aurora» publica un artículo programático del señor Potrésov, en el que se dice directamente que «no hay partido, como jerarquía íntegra y organizada de instituciones» (núm. 2, pág. 61), que no se puede liquidar «lo que en realidad ya no existe como un todo organizado» (ibíd.). Entre los colaboradores de esta revista figuran Cherevanin, Koltsov, Martínov, Avgustovski, Maslov, Mártov – el mismo L. Mártov que puede ocupar un lugar en la «jerarquía organizada de instituciones» del partido ilegal, que tiene un centro como un «todo organizado», y pertenecer al grupo legal que, con el permiso misericordioso de Stolypin, declara inexistente a ese partido ilegal.

4) En la popular revista menchevique «Renacimiento» (núm. 5, 30 de marzo de 1910), con la misma composición de colaboradores, un artículo sin firma, es decir, editorial, elogia el mencionado artículo del señor Potrésov de «Nuestra Aurora» y añade, después de citar la misma cita que he reproducido arriba:

«No hay nada que liquidar – y, añadimos nosotros» (es decir, la redacción de «Renacimiento») «por nuestra parte, – el sueño de restaurar esta jerarquía en su vieja forma clandestina es una utopía simplemente nociva y reaccionaria, que denota la pérdida del sentido político en los representantes del que fue en otro tiempo el partido más realista» (pág. 51).

Quien considere todos estos hechos como casualidad, evidentemente no quiere ver la verdad. Quien piense explicar estos hechos por una «recaída del fraccionalismo», se adormece con frases. ¿Qué tiene que ver el fraccionalismo y la lucha fraccional, de la que el grupo de Mijaíl y Cía. y el grupo de Potrésov y Cía. se mantienen alejados desde hace mucho tiempo? No, para quien no quiere cerrar los ojos adrede, aquí no cabe duda alguna. El Pleno eliminó todos los obstáculos (reales o imaginarios) para el retorno de los legalistas del partido al partido, todos los obstáculos para la construcción de un partido ilegal teniendo en cuenta las nuevas condiciones y las nuevas formas de utilización de las posibilidades legales. Cuatro miembros mencheviques del CC y dos redactores de «La Voz» reconocieron eliminados todos los obstáculos para el trabajo común del partido. El grupo de legalistas rusos dio su respuesta al Pleno. Esta respuesta es negativa: no queremos ocuparnos de restaurar y fortalecer el partido ilegal, porque es una utopía reaccionaria.

Esta respuesta es el hecho político más importante en la historia del movimiento socialdemócrata. Se ha agrupado definitivamente y ha roto definitivamente con el partido socialdemócrata el grupo de socialistas independientes (del socialismo). Hasta qué punto está formalizado este grupo, si consiste en una sola organización o en una serie de círculos separados, muy lose (libremente, sin firmeza) vinculados entre sí, no lo sabemos aún, y además no es importante. Importante es que las tendencias a formar grupos independientes del partido – que desde hacía tiempo existían entre los mencheviques – han conducido ahora a una nueva formación política. Y de ahora en adelante, todos los socialdemócratas rusos que no quieran engañarse a sí mismos deben contar, como con un hecho, con la existencia de este grupo de independientes.

Para comprender el significado de este hecho, recordemos ante todo a los «socialistas independientes» de Francia, que en el Estado burgués más avanzado, más depurado de todo lo viejo, llevaron hasta el final las tendencias de esta corriente política. Millerand, Viviani, Briand pertenecían al partido socialista, pero actuaron repetidas veces independientemente de sus decisiones, en contra de ellas, y la entrada de Millerand en un ministerio burgués, bajo el pretexto de salvar la república y proteger los intereses del socialismo, condujo a su ruptura con el partido. La burguesía recompensó a los traidores del socialismo con cargos de ministros. El trío de renegados franceses continúa llamándose a sí mismo y a su grupo socialistas independientes, continúa justificando su conducta con los intereses del movimiento obrero y de la reforma social.

A nuestros independientes, por supuesto, la sociedad burguesa no puede recompensarlos tan rápidamente: comienzan en condiciones inconmensurablemente más atrasadas, deben contentarse con los elogios y la ayuda de la burguesía liberal (que desde antiguo apoyó las tendencias de los mencheviques al «independientismo»). Pero la tendencia fundamental es la misma aquí y allí: la independencia del partido socialista se motiva con los intereses del movimiento obrero; la «lucha por la legalidad» (consigna en la formulación de Dan, recogida con todo celo en el renegado «Renacimiento», núm. 5, pág. 7) se proclama consigna de la clase obrera; de hecho se agrupan intelectuales burgueses (parlamentarios en Francia, literatos entre nosotros) que actúan mezclados con liberales; se rechaza la sumisión al partido: al partido se le declara insuficientemente «realista» tanto Millerand y Cía. como «Renacimiento» con «La Voz»; del partido se dice que es una «dictadura de círculos clandestinos cerrados» («La Voz»), que se encierra en una comunidad estrechamente revolucionaria que perjudica el amplio progreso (Millerand y Cía.).

Tomemos, además, para comprender la posición de nuestros independientes, la historia de la formación de nuestro «partido socialista popular» ruso. Esta historia ayudará a comprender la esencia del asunto a quienes no ven el parentesco de nuestros independientes con Millerand y Cía. debido a la enorme diferencia de las condiciones externas de su «trabajo». Que nuestros «enpes» representan el ala legalista y moderada de la democracia pequeño-burguesa es de sobra conocido, y, al parecer, ningún marxista lo ha dudado jamás. Los socialistas populares aparecieron como liquidacionistas del programa, la táctica y la organización del partido revolucionario de los demócratas pequeño-burgueses en el congreso de los eseristas a finales de 1905; actuaron en estrechísimo bloque con los s.-r. en los periódicos de los días de libertad en otoño de 1905 y primavera de 1906. Se legalizaron y se separaron en un partido independiente en otoño de 1906, lo que no les impidió en las elecciones a la II Duma y en la II Duma fundirse casi de vez en cuando con los eseristas.

En otoño de 1906 me sucedió escribir en «El Proletario» sobre los socialistas populares, y los llamé «mencheviques eseristas»[44]. Pasaron tres años y medio, y Potrésov con Cía. logró demostrar a los mencheviques del partido que yo tenía razón. Sólo hay que reconocer que incluso los señores Peshejónov con Cía. obraron políticamente más honestamente que el señor Potrésov y su grupo, cuando, después de una serie de actos políticos de hecho independientes del partido de los s.-r., se declararon abiertamente independientes de los eseristas, como partido político separado. Por supuesto, esta «honestidad» está condicionada, entre otras cosas, por la correlación de fuerzas: Peshejónov consideraba impotente al partido de los s.-r. y creía que perdía con su unión no formal a él; Potrésov cree que gana con la azevschina política{112}, continuando figurando como socialdemócrata con independencia fáctica del partido socialdemócrata.

El señor Potrésov y Cía. consideran, por ahora, lo más ventajoso para ellos cubrirse con nombre ajeno, aprovechar furtivamente el prestigio del POSDR, descomponiéndolo desde dentro, actuando de hecho contra él, y no sólo independientemente de él. Es posible que el grupo de nuestros independientes intente disfrazarse con plumas ajenas el mayor tiempo posible; es posible que tras algún golpe al partido, tras un gran fracaso de la organización ilegal, o bajo una coyuntura especialmente tentadora, como la posibilidad de pasar, digamos, a la Duma independientemente del partido, los independientes mismos se quiten la máscara; no podemos prever todos y cada uno de los episodios de su charlatanería política.

Pero una cosa sabemos firmemente: que la actividad encubierta de los independientes es perjudicial y funesta para el partido de la clase obrera, el POSDR, y que debemos a toda costa desenmascararla, poner a los independientes al descubierto y declarar la ruptura de todo vínculo de ellos con el partido. El Pleno dio un paso gigantesco en este camino: por extraño que pueda parecer a primera vista, precisamente el acuerdo (insincero o inconsciente) de Mártov y Martínov, precisamente las concesiones máximas, incluso excesivas a ellos, ayudaron a abrir el absceso del liquidacionismo, el absceso del independientismo en nuestro partido. Ningún socialdemócrata concienzudo, ningún partidario del partido, por cualquier fracción que simpatice, puede negar ahora que el grupo de Mijaíl y Cía., el grupo de Potrésov y Cía. son independientes, que de hecho no reconocen al partido, no quieren el partido, trabajan contra el partido.

La rapidez o lentitud con que avanza el proceso de maduración de la escisión de los independientes y de formación por ellos de un partido aparte depende, por supuesto, de muchas causas y circunstancias incalculables. En los socialistas populares, un grupo aparte existía antes de la revolución, y la separación de este grupo, que se adhería temporal e incompletamente a los socialistas-revolucionarios, fue especialmente fácil. En nuestros independientes existen aún tradiciones personales, vínculos con el partido, que retrasan el proceso de escisión, pero estas tradiciones se debilitan cada vez más y, además, la revolución y la contrarrevolución sacan a la luz a nuevos hombres, libres de toda tradición revolucionaria y del partido. El ambiente circundante de los estados de ánimo «vejovianos» empuja con extraordinaria rapidez a la intelectualidad sin carácter hacia el independientismo. La «vieja» generación de revolucionarios desaparece de la escena; Stolypin persigue con todas sus fuerzas a los representantes de esta generación, que en su mayoría descubrieron todos sus seudónimos y todo su trabajo conspirativo en los días de libertad, en los años de la revolución. La cárcel, el exilio, los trabajos forzados, la emigración aumentan constantemente las filas de los que quedan fuera de combate, mientras la nueva generación crece lentamente. En la intelectualidad, especialmente en la que se ha «acomodado» a tal o cual actividad legal, se desarrolla una completa incredulidad en el partido ilegal, el deseo de no gastar fuerzas en el trabajo particularmente difícil y particularmente ingrato en nuestros tiempos. «Los amigos se conocen en la desgracia», y la clase obrera, que atraviesa duros tiempos de embestida de las viejas y nuevas fuerzas contrarrevolucionarias, observará inevitablemente la deserción de muchos y muchos de sus «amigos de un momento» intelectuales, amigos para la fiesta, amigos sólo para el tiempo de la revolución – amigos que fueron revolucionarios durante la revolución, pero que sucumben a la época de decadencia y están dispuestos a proclamar la «lucha por la legalidad» a los primeros éxitos de la contrarrevolución.

En una serie de países europeos, las fuerzas contrarrevolucionarias lograron barrer por completo los restos de las organizaciones revolucionarias y socialistas del proletariado después de 1848, por ejemplo. El intelectual burgués, que en sus días juveniles se adhirió a la socialdemocracia, en virtud de toda su psicología pequeñoburguesa, tiende a echarse a un lado: así fue – así será; defender la vieja organización ilegal es algo desesperanzador, crear una nueva lo es aún más; en general «exageramos» las fuerzas del proletariado en la revolución burguesa, atribuimos erróneamente al papel del proletariado un significado «universal» – todas estas ideas del renegado «Movimiento social» empujan directa o indirectamente a la renuncia al partido ilegal. Una vez en el plano inclinado, el independiente no advierte cómo rueda cada vez más abajo, no advierte que trabaja codo con codo con Stolypin: Stolypin destruye físicamente, policíacamente, con la horca y los trabajos forzados, el partido ilegal – los liberales hacen directamente lo mismo con la propaganda abierta de las ideas vejovianas – los independientes entre los socialdemócratas contribuyen indirectamente a la destrucción del partido ilegal, gritando sobre su «muerte», negándose a ayudarlo, justificando (véase la carta de los 16 en el núm. 19–20 de «La Voz») la salida de él. Paso a paso.

No cerremos los ojos ante el hecho de que la lucha por el partido se volverá tanto más dura para nosotros cuanto más se prolongue el período contrarrevolucionario. Que los partidarios del partido no minimizan el peligro, que lo miran directamente a los ojos, lo muestra, por ejemplo, el artículo del camarada K. en el núm. 13 del Órgano Central. Pero el reconocimiento resuelto y directo de la debilidad del partido, de la desintegración de las organizaciones y de la dificultad de la situación no provoca en el camarada K. – como no provoca en ningún partidario del partido – ni un minuto de vacilación sobre si es necesario, si es necesario trabajar para su restauración. Cuanto más difícil sea nuestra situación, cuanto más crezca el número de enemigos – anteayer se añadieron los vejovianos, ayer los socialistas populares, hoy los socialdemócratas independientes –, más estrechamente se agruparán todos los socialdemócratas sin distinción de matices en defensa del partido. A muchos s.-d., a quienes pudo dividir la cuestión de cómo conducir al asalto a las masas de ánimo revolucionario y que creen en la socialdemocracia, no podrá dejar de agruparlos la cuestión de si es obligatorio luchar por la conservación y el fortalecimiento del partido obrero socialdemócrata ilegal, creado entre 1895 y 1910.

Por lo que respecta a «La Voz» y los voceros, ellos confirmaron de manera destacadamente relevante lo dicho sobre ellos por la resolución de la redacción ampliada de «El Proletario» en junio del año pasado. «En el campo menchevique del partido – reza esta resolución (véase Apéndice al núm. 46 de «El Proletario», pág. 6) –, con la total cautividad del órgano oficial de la fracción, «La Voz del Socialdemócrata», por los mencheviques-liquidacionistas, la minoría de la fracción, después de haber recorrido hasta el final el camino del liquidacionismo, ya levanta la voz de protesta contra este camino y busca de nuevo un terreno del partido para su actividad…»[45]. La distancia hasta el «final» del camino del liquidacionismo resultó ser más larga de lo que entonces pensábamos, pero la corrección del pensamiento fundamental de las palabras citadas ha sido demostrada desde entonces por los hechos. Particularmente se confirmó el término «cautividad por los liquidacionistas» aplicado a «La Voz del Socialdemócrata». Son precisamente cautivos de los liquidacionistas, que no se atreven ni a defender directamente el liquidacionismo ni a levantarse directamente contra él. Ellos también en el Pleno aceptaron unánimemente las resoluciones no como hombres libres, sino como cautivos que por poco tiempo obtuvieron permiso de sus «amos» y volvieron de nuevo a la esclavitud al día siguiente del Pleno. No pudiendo defender el liquidacionismo, presionaron con todas sus fuerzas sobre todos los obstáculos posibles (¡y todos imaginarios!) no relacionados con las cuestiones de principio, pero que les impedían renunciar al liquidacionismo. Y cuando todos estos «obstáculos» fueron eliminados, cuando todas sus reclamaciones ajenas, personales, organizativas, financieras y demás fueron satisfechas, – ellos, contra su voluntad, «votaron» la renuncia al liquidacionismo. ¡Pobrecillos! no sabían que en ese momento el manifiesto de los 16 estaba ya en camino hacia París, que el grupo de Mijaíl y Cía., el grupo de Potrésov y Cía. se habían fortalecido en su defensa del liquidacionismo. ¡Y ellos, sumisamente, se volvieron tras los 16, tras Mijaíl, tras Potrésov, de nuevo hacia el liquidacionismo!

El más grande crimen de los «conciliadores» sin carácter, como Ionov y Trotski, que defienden o justifican a estas personas, consiste en que los pierden, reforzando su dependencia del liquidacionismo. Mientras que una intervención resuelta de todos los socialdemócratas no fraccionales contra Mijaíl y Cía., contra Potrésov y Cía. (¡estos grupos no se atreven a defenderlos ni Trotski ni Ionov!) podría devolver al partido a algunos de los cautivos voceros del liquidacionismo, – las contorsiones y los melindres de los «conciliadores», sin reconciliar en absoluto al partido con los liquidacionistas, sólo inspiran a los voceros «esperanzas insensatas».

Sin embargo, estas contorsiones y estos melindres, sin duda, se explican en no pequeña medida por la simple incomprensión de la situación. Sólo por incomprensión puede el camarada Ionov limitarse a la cuestión de la inclusión o no inclusión del artículo de Mártov, pueden los partidarios vieneses de Trotski reducir la cuestión a los «conflictos» en el Órgano Central. Tanto el artículo de Mártov («Por el buen camino»… hacia el liquidacionismo) como los conflictos en el Órgano Central son meros episodios particulares que no pueden comprenderse fuera de su conexión con el conjunto. Por ejemplo, el artículo de Mártov nos mostró claramente, a nosotros que estudiamos durante un año todos los matices del liquidacionismo y del vocerismo, que Mártov ha girado (o le han hecho girar). No podía un mismo Mártov firmar la «Carta» del CC sobre la conferencia y escribir el artículo: «Por el buen camino». Sacando el artículo de Mártov de la cadena de acontecimientos, de la «Carta» del CC que lo precedió, del número 19–20 de «La Voz» que lo siguió, del manifiesto de los 16, de los artículos de Dan («Lucha por la legalidad»), de Potrésov y de «Renacimiento», sacando de la misma cadena de acontecimientos los «conflictos» en el Órgano Central, Trotski e Ionov se privan de la posibilidad de comprender lo que ocurre[46]. Y, a la inversa, todo se vuelve perfectamente comprensible si se coloca en el centro lo que está en la base de todo, a saber: la agrupación definitiva de los independientes rusos y su ruptura definitiva con la «utopía reaccionaria» de restaurar y fortalecer el partido ilegal.