La guerra con Polonia, o más exactamente, la campaña de julio-agosto, ha cambiado radicalmente la situación política internacional.

Al ataque de los polacos contra nosotros precedió un episodio característico de las relaciones internacionales entonces establecidas. Cuando en enero propusimos a Polonia una paz sumamente ventajosa para ella, muy desventajosa para nosotros, los diplomáticos de todos los países lo entendieron a su manera: «los bolcheviques ceden desmesuradamente; luego, son desmesuradamente débiles». Una vez más se confirmó la verdad de que la diplomacia burguesa es incapaz de comprender los procedimientos de nuestra nueva diplomacia de declaraciones abiertas y directas. Por ello, nuestras propuestas provocaron únicamente una explosión de furioso chovinismo en Polonia, Francia y demás países, e impulsaron a Polonia a atacar. Polonia tomó primero Kiev; luego, nuestras tropas, mediante un contraataque, se aproximaron a Varsovia; después sobrevino el viraje, y retrocedimos más de cien verstas hacia atrás.

La situación, sin duda difícil, creada como resultado de ello, no es, sin embargo, en modo alguno una pérdida neta para nosotros. Desbaratamos cruelmente los cálculos de los diplomáticos sobre nuestra debilidad y demostramos que Polonia no puede vencernos, mientras que nosotros estuvimos y estamos cerca de la victoria sobre Polonia. Además, poseemos ahora cien verstas de territorio conquistado. Por último, nuestro avance hacia Varsovia ejerció un influjo tan poderoso sobre Europa Occidental y toda la situación mundial, que trastornó por completo la correlación de las fuerzas políticas internas y externas en lucha.

La aproximación de nuestro ejército a Varsovia demostró indiscutiblemente que en algún lugar cercano a ella se halla el centro de todo el sistema del imperialismo mundial, basado en el Tratado de Versalles. Polonia, el último baluarte contra los bolcheviques, que se halla enteramente en manos de la Entente, es un factor tan poderoso de ese sistema, que cuando el Ejército Rojo puso en peligro ese baluarte, todo el sistema se tambaleó. La República Soviética se convertía en la política internacional en un factor de importancia primordial.

En la nueva situación creada se manifestó ante todo el hecho de enorme importancia de que la burguesía de los países que viven bajo el yugo de la Entente está más bien de parte nuestra, y tales países constituyen el 70% de toda la humanidad en la tierra. Ya antes veíamos cómo pequeños Estados a los que había ido muy mal bajo la tutela de la Entente (Estonia, Georgia, etc.), que cuelgan a sus bolcheviques, firman la paz con nosotros contra la voluntad de aquella. Ahora esto se ha manifestado con especial fuerza en todos los confines del mundo. Con la aproximación de nuestras tropas a Varsovia, toda Alemania hirvió. Allí se produjo un cuadro como el que pudimos observar en nuestro país en 1905, cuando los centurias negras levantaban y llamaban a la vida política a las extensas capas más atrasadas del campesinado, que hoy iban contra los bolcheviques y mañana exigían toda la tierra de los terratenientes. Y en Alemania vimos ese bloque antinatural de los centurias negras con los bolcheviques. Apareció un extraño tipo de centuria negra revolucionario, semejante a ese mozo de aldea poco desarrollado de Prusia Oriental que, como leí hace unos días en un periódico alemán no bolchevique, dice que habrá que devolver a Guillermo porque no hay orden, pero que hay que seguir a los bolcheviques.

Otra consecuencia de nuestra permanencia cerca de Varsovia fue el poderoso influjo sobre el movimiento revolucionario de Europa, especialmente de Inglaterra. Si no logramos llegar hasta el proletariado industrial de Polonia (y esta es una de las causas principales de nuestra derrota), que se halla al otro lado del Vístula y en Varsovia, sí llegamos hasta el proletariado inglés y elevamos su movimiento a una altura sin precedentes, a un peldaño completamente nuevo de la revolución. Cuando el gobierno inglés nos presentó un ultimátum, resultó que primero había que preguntar a los obreros ingleses. Y estos obreros, de cuyos dirigentes nueve décimas partes son malvados mencheviques, respondieron a ello formando el «Comité de Acción»{111}.

La prensa inglesa se alarmó y gritó que esto era «poder dual». Y tenía razón. Inglaterra se encontró en la etapa de relaciones políticas que hubo en Rusia después de febrero de 1917, cuando los Soviets se veían obligados a controlar cada paso del gobierno burgués. El «Comité de Acción» es la unión de todos los obreros sin distinción de partidos, semejante a nuestro VTsIK de aquellos tiempos en que dominaban Gotz, Dan, etc.; una unión que compite con el gobierno y en la que los mencheviques se ven obligados a actuar mitad como bolcheviques. Y del mismo modo que nuestros mencheviques acabaron por enredarse y ayudaron a conducir a las masas hacia nosotros, así los mencheviques del «Comité de Acción» se ven obligados por el curso irresistible de los acontecimientos a desbrozar el camino a las masas obreras inglesas hacia la revolución bolchevique. Los mencheviques ingleses, según testimonio de personas competentes, ya se sienten como gobierno y se disponen a ocupar el lugar del burgués en un futuro próximo. Este será un peldaño ulterior en el proceso general de la revolución proletaria inglesa.

Estos gigantescos desplazamientos en el movimiento obrero inglés ejercen un poderoso influjo sobre el movimiento obrero mundial y, en primer lugar, sobre el movimiento obrero de Francia.

Tales son los resultados de nuestra última campaña polaca en la política internacional y en las relaciones que se están formando en Europa Occidental.

Ahora se nos plantea la cuestión de la guerra y la paz con Polonia. Queremos evitar una dura campaña invernal para nosotros y proponemos nuevamente a Polonia una paz ventajosa para ella, desventajosa para nosotros. Pero es posible que los diplomáticos burgueses, por vieja costumbre, vuelvan a considerar nuestra declaración abierta como un signo de debilidad. Con toda probabilidad, la campaña invernal está ya decidida por ellos. Y aquí conviene esclarecer las condiciones en que nos tocará entrar en el probable nuevo período de guerra.

Nuestra derrota provocó en Europa Occidental ciertos cambios y aglutinó contra nosotros elementos hostiles heterogéneos. Pero ya hemos visto frente a nosotros formaciones y estados de ánimo incluso más poderosos que, sin embargo, no decidieron la cuestión.

Tenemos contra nosotros el bloque de Polonia, Francia y Wrangel, en quien Francia ha puesto sus cartas. Sin embargo, este bloque adolece de la vieja enfermedad: la irreconciliabilidad de sus elementos, el miedo que la pequeña burguesía de Polonia siente hacia la Rusia de las centurias negras y hacia su representante típico, Wrangel. La Polonia pequeñoburguesa, patriótica, de los partidos PPS, ludovtsi, de los campesinos acomodados, quiere la paz. Los representantes de estos partidos decían en Minsk: «Sabemos que Varsovia y Polonia no fueron salvadas por la Entente, que no pudo salvarnos, sino que las salvó el entusiasmo patriótico». Estas lecciones no se olvidan. Los polacos ven claramente que saldrán de la guerra completamente arruinados desde el punto de vista financiero. Porque la guerra hay que pagarla, y Francia reconoce la «sagrada propiedad privada». Los representantes de los partidos pequeñoburgueses saben que ya antes de la guerra la situación en Polonia estaba en vísperas de una crisis, que la guerra acarrea una mayor ruina, y por ello prefieren la paz. Esta posibilidad queremos aprovechar proponiendo la paz a Polonia.

Se ha manifestado también un factor nuevo de suma importancia: el cambio en la composición social del ejército polaco. Vencimos a Kolchak y Denikin solo después de que cambió la composición social de sus ejércitos, cuando los principales cuadros sólidos se disolvieron en la masa campesina movilizada. Este proceso ocurre ahora en el ejército polaco, al que el gobierno se ha visto obligado a llamar a las edades mayores de campesinos y obreros, que han pasado por una guerra más cruel, la imperialista. Este ejército se compone ya no de muchachos a los que era fácil «adoctrinar», sino de adultos a los que no se puede enseñar cualquier cosa. Polonia ha traspasado ya la línea que le aseguraba primero una victoria máxima y luego una derrota máxima.

Si nos está destinada la campaña invernal, venceremos, de ello no hay duda, a pesar del agotamiento y el cansancio. Lo garantiza también nuestra situación económica. Esta ha mejorado considerablemente. Hemos adquirido, en comparación con el pasado, una sólida base económica. Si en 1917-1918 recogimos 30 millones de puds de grano, en 1918-1919, 110 millones de puds, en 1919-1920, 260 millones de puds, para el año próximo contamos con recoger hasta 400 millones de puds. Estas ya no son las cifras con las que luchábamos en los años de hambre. Ya no miraremos con tal horror los papelitos multicolores que vuelan por miles de millones y que ahora muestran claramente ser un fragmento, unos jirones del viejo ropaje burgués.

Tenemos más de cien millones de puds de petróleo. La cuenca del Donets nos da ya 20-30 millones de puds de carbón al mes. El asunto de la leña ha mejorado considerablemente. Y el año pasado nos manteníamos solo con leña, sin petróleo y sin carbón.

Todo esto nos da derecho a decir que, si concentramos nuestras fuerzas y las tensamos, la victoria será nuestra.

«Pravda» nº 216 e «Izvestia del VTsIK» nº 216, 29 de septiembre de 1920.

Se imprime según el texto del periódico «Pravda».