(Estruendosa ovación. Toda la sala se pone en pie y aplaude. El orador intenta hablar, pero los aplausos y las aclamaciones en todos los idiomas continúan. La ovación dura largo rato.) Camaradas: las tesis sobre las tareas fundamentales de la Internacional Comunista[20] han sido publicadas en todos los idiomas y (particularmente para los camaradas rusos) no representan nada esencialmente nuevo, pues en gran medida extienden algunos rasgos fundamentales de nuestra experiencia revolucionaria y las lecciones de nuestro movimiento revolucionario a toda una serie de países occidentales, a la Europa Occidental. Por eso, en mi informe me detendré un poco más, aunque sea brevemente, en la primera parte del tema que me ha sido asignado, concretamente, en la situación internacional.

La base de toda la situación internacional, tal como se ha configurado ahora, son las relaciones económicas del imperialismo. Durante todo el siglo XX se ha definido plenamente esta nueva, superior y última fase del capitalismo. Ustedes saben, por supuesto, que los rasgos más característicos y esenciales del imperialismo han sido que el capital ha alcanzado proporciones gigantescas. El monopolio de magnitudes gigantescas ha sustituido a la libre competencia. Un número insignificante de capitalistas ha podido concentrar en sus manos, a veces, ramas enteras de la industria; estas han pasado a manos de uniones, cárteles, sindicatos, trusts, a menudo de carácter internacional. De este modo, los monopolistas se han apoderado, en el aspecto financiero, en el del derecho de propiedad, y en parte en el de la producción, de ramas enteras de la industria, y no solo en países aislados, sino en todo el mundo. Sobre esta base se desarrolló un dominio nunca antes visto de un puñado de los más grandes bancos, reyes de las finanzas, magnates financieros, que convertían en la práctica incluso las repúblicas más libres en monarquías financieras. Antes de la guerra lo reconocían abiertamente, por ejemplo, escritores nada revolucionarios como Lysis en Francia.

Este dominio de una pequeña pandilla de capitalistas llegó a su pleno desarrollo cuando todo el globo terráqueo resultó repartido, no solo en el sentido de la captura de diversas fuentes de materias primas y medios de producción por los capitalistas más grandes, sino también en el sentido de la culminación del reparto preliminar de las colonias. Hace unos 40 años se contaba un poco más de un cuarto de millar de millones de habitantes en las colonias, que estaban sometidos a seis potencias capitalistas. Antes de la guerra de 1914 se contaban ya unos 600 millones de habitantes en las colonias, y si añadimos países como Persia, Turquía, China, que ya entonces estaban en situación de semicolonias, obtendremos, en cifras redondas, mil millones de habitantes que eran oprimidos por los países más ricos, más civilizados y más libres, mediante la dependencia colonial. Y ustedes saben que, además de la dependencia jurídica estatal directa, la dependencia colonial supone toda una serie de relaciones de dependencia financiera y económica, supone toda una serie de guerras que no se consideraban como tales, porque a menudo se reducían a una matanza, cuando las tropas imperialistas europeas y americanas, armadas con los más perfeccionados instrumentos de exterminio, masacraban a los habitantes inermes e indefensos de los países coloniales.

De este reparto de toda la tierra, de este dominio del monopolio capitalista, de esta omnipotencia de un puñado de los más grandes bancos – dos, tres, cuatro, cinco por Estado, no más – surgió, con toda inevitabilidad, la primera guerra imperialista de 1914-1918. Esta guerra se hizo para repartir de nuevo el mundo entero. La guerra se hizo para decidir cuál de los insignificantes grupos de los más grandes Estados – el inglés o el alemán – obtendría la posibilidad y el derecho de saqueo, de estrangulamiento, de explotación de toda la tierra. Y ustedes saben cómo la guerra resolvió esta cuestión a favor del grupo inglés. Y como resultado de esta guerra tenemos una agudización inconmensurablemente mayor de todas las contradicciones capitalistas. La guerra arrojó de golpe a cerca de un cuarto de millar de millones de habitantes de la tierra a una situación equivalente a la colonial. Arrojó a Rusia, en la que hay que contar unos 130 millones, a Austria-Hungría, Alemania, Bulgaria, en las que no hay menos de 120 millones. Un cuarto de millar de millones de habitantes en países que pertenecen, en parte, como Alemania, a los más adelantados, a los más ilustrados, cultos, técnicamente situados al nivel del progreso moderno. La guerra, mediante el Tratado de Versalles, les impuso tales condiciones, que los pueblos adelantados se encontraron en situación de dependencia colonial, de miseria, de hambre, de ruina y de falta de derechos, pues están atados por el tratado durante muchas generaciones y colocados en unas condiciones en que ningún pueblo civilizado ha vivido. Ustedes tienen el cuadro del mundo: después de la guerra, no menos de mil doscientos cincuenta millones de población sufren inmediatamente el yugo colonial, sufren la explotación del capitalismo bestial, que se jactaba de amor a la paz, y que hace cincuenta años tenía algún derecho a jactarse de ello, mientras la tierra no estaba repartida, mientras no dominaba el monopolio, mientras el capitalismo podía desarrollarse relativamente en paz, sin colosales conflictos militares.

Ahora, después de esta época "pacífica", hemos obtenido una monstruosa agudización de la opresión, vemos un retorno a la opresión colonial y militar aún peor que antes. El Tratado de Versalles colocó a Alemania y a toda una serie de Estados vencidos en condiciones de imposibilidad material de existencia económica, en condiciones de plena falta de derechos y de humillación.

¿Qué número de naciones se ha beneficiado de ello? Para responder a esta pregunta, debemos recordar que la población de los Estados Unidos de América, que es la única que ha ganado plenamente con la guerra, que se ha transformado por completo de país que tenía una masa de deudas en país al que todos deben – su población no pasa de 100 millones. La población de Japón, que ganó muchísimo, manteniéndose al margen del conflicto euroamericano y apoderándose de un gigantesco continente asiático, es igual a 50 millones. La población de Inglaterra, que después de estos países es la que más ha ganado, alcanza los 50 millones. Y si añadimos los Estados neutrales con población muy escasa, que se enriquecieron durante la guerra, obtendremos, en cifras redondas, un cuarto de millar de millones.

Obtienen ustedes, por tanto, en sus rasgos fundamentales, el cuadro del mundo tal como se ha configurado después de la guerra imperialista. Mil doscientos cincuenta millones de oprimidos en las colonias – países que se reparten en vida, como Persia, Turquía, China; países que han sido vencidos y arrojados a la situación de colonias. No más de un cuarto de millar de millones – son los países que se han salvado en la vieja situación, pero todos ellos han caído en dependencia económica de América y todos durante la guerra estuvieron en dependencia militar, pues la guerra envolvió al mundo entero, no permitió a ningún Estado permanecer neutral de hecho. Y tenemos, finalmente, no más de un cuarto de millar de habitantes en los países en que, naturalmente, solo la cúspide, solo los capitalistas se beneficiaron del reparto de la tierra. La suma – cerca de 1.750 millones, que constituyen toda la población de la tierra. Quisiera recordarles este cuadro del mundo, pues todas las contradicciones fundamentales del capitalismo, del imperialismo, que conducen a la revolución, todas las contradicciones fundamentales en el movimiento obrero, que han conducido a la lucha más encarnizada con la II Internacional, de lo que habló el camarada presidente – todo ello está ligado al reparto de la población de la tierra.

Naturalmente, solo en rasgos gruesos y fundamentales se ilustra con estas cifras el cuadro económico del mundo. Y, camaradas, es natural que sobre la base de este reparto de la población de toda la tierra, la explotación del capital financiero, de los monopolios capitalistas, haya crecido muchas veces más.

No solo los países coloniales, vencidos, caen en situación de dependencia, sino que también en el interior de cada país vencedor se han desarrollado contradicciones más agudas, todas las contradicciones capitalistas se han agudizado. Lo mostraré brevemente con algunos ejemplos.

Tomemos las deudas de Estado. Sabemos que las deudas de los principales Estados europeos han crecido de 1914 a 1920 no menos de siete veces. Citaré también otra fuente económica, que adquiere una importancia particularmente grande: Keynes, diplomático inglés, autor del libro "Las consecuencias económicas de la paz", que por encargo de su gobierno participó en las negociaciones de paz de Versalles, las observó directamente desde un punto de vista puramente burgués, estudió el asunto paso a paso en detalle y, como economista, tomó parte en las conferencias. Llegó a conclusiones más fuertes, más evidentes, más edificantes que cualquier conclusión de un comunista revolucionario, porque las conclusiones las hace un burgués manifiesto, un adversario implacable del bolchevismo, al que se imagina, como un pequeño burgués inglés, en una forma grotesca, feroz, bestial. Keynes llegó a la conclusión de que Europa y el mundo entero, con la Paz de Versalles, van hacia la bancarrota. Keynes dimitió, arrojó su libro a la cara del gobierno y dijo: estáis cometiendo una locura. Les daré sus cifras, que en general se reducen a lo siguiente.

¿Cómo se configuraron las relaciones de deuda entre las principales potencias? Traduzco las libras esterlinas a rublos oro, contando 10 rublos oro por libra esterlina. Y he aquí lo que resulta: Los Estados Unidos tienen un activo de 19 mil millones; pasivo – cero. Eran antes de la guerra deudores de Inglaterra. El camarada Levi, en el último congreso del Partido Comunista de Alemania, el 14 de abril de 1920, señaló con razón en su informe que han quedado dos potencias que actúan ahora independientemente en el mundo: Inglaterra y América. Solo América se ha encontrado en una situación financiera absolutamente independiente. Era deudora antes de la guerra, ahora es solo acreedora. Todas las demás potencias del mundo están endeudadas. Inglaterra ha caído en una situación tal que su activo es de 17 mil millones, su pasivo de 8 mil millones; ya está a medias en situación de deudora. Además, en su activo entran unos 6 mil millones que debe Rusia. Los suministros militares que Rusia hizo durante la guerra se incluyen en su deuda. Recientemente, cuando Krasin tuvo ocasión de conversar con Lloyd George, como representante del gobierno soviético ruso, sobre el tema de los tratados de deuda, les explicó claramente a los sabios y políticos, a los jefes del gobierno inglés, que si cuentan con cobrar también las deudas, están en un extraño error. Y este error ya lo ha puesto al descubierto el diplomático inglés Keynes.

La cuestión, por supuesto, no está solo en que el gobierno revolucionario ruso no quiere pagar las deudas. Cualquier gobierno no podría pagarlas, porque estas deudas son un recargo usurero sobre lo que ya se ha pagado veinte veces, y este mismo burgués Keynes, que no simpatiza en absoluto con el movimiento revolucionario ruso, dice: "Es comprensible que estas deudas no puedan contarse".

Con respecto a Francia, Keynes da cifras de este tipo: su activo es igual a tres mil quinientos millones, ¡y su pasivo a diez mil quinientos millones! Y esto es el país del que los propios franceses decían que era el usurero del mundo entero, porque sus "ahorros" eran colosales, el saqueo colonial y financiero que le proporcionó un capital gigantesco le dio la posibilidad de prestar miles y miles de millones, particularmente a Rusia. De estos préstamos obtenía un ingreso gigantesco. Y a pesar de esto, a pesar de la victoria, Francia ha caído en situación de deudora.

Una fuente burguesa americana, citada por el camarada Braun, comunista, en su libro "¿Quién debe pagar las deudas de guerra?" (Leipzig, 1920), determina la relación de las deudas con la riqueza nacional del siguiente modo: en los países vencedores, en Inglaterra y Francia, las deudas constituyen más del 50 % de toda la riqueza nacional. Con respecto a Italia, este porcentaje es del 60-70, con respecto a Rusia, del 90, pero a nosotros, como ustedes saben, estas deudas no nos preocupan, porque seguimos un poco antes de que apareciera el libro de Keynes su excelente consejo: anular todas las deudas. (Tormentosos aplausos.)

Keynes solo muestra al mismo tiempo la habitual rareza filistea: dando su consejo de anular todas las deudas, dice que, por supuesto, Francia solo ganará, por supuesto, Inglaterra no perderá mucho, pues de Rusia de todos modos no se sacará nada; América perderá bastante, ¡pero Keynes cuenta con la "nobleza" americana! En esto disentiremos de Keynes y de otros pacifistas pequeñoburgueses. Creemos que para anular las deudas tendrán que esperar algo más y trabajar en alguna otra dirección, y no en la dirección de contar con la "nobleza" de los señores capitalistas.

De estas brevísimas cifras se ve que la guerra imperialista creó también para los países vencedores una situación imposible. A ello apunta también la enorme desproporción entre el salario y el aumento de los precios. El Consejo Económico Supremo, que representa una institución que defiende el orden burgués en todo el mundo contra la creciente revolución, aprobó el 8 de marzo del corriente año una resolución que termina con un llamamiento al orden, la laboriosidad y la economía, naturalmente, a condición de que los obreros sigan siendo esclavos del capital. Este Consejo Económico Supremo, órgano de la Entente, órgano de los capitalistas de todo el mundo, resumió los siguientes resultados.

Los precios de los productos aumentaron por término medio en los Estados Unidos de América un 120 %, y el salario solo aumentó allí un 100 %. En Inglaterra – productos un 170 %, salario un 130 %. En Francia – precios de los productos un 300 %, salario un 200 %. En Japón – productos un 130 %, salario un 60 % (cotejo las cifras del camarada Braun en su folleto antes citado y las cifras del Consejo Económico Supremo del diario "Times"{94} del 10 de marzo de 1920).

Está claro que, en estas condiciones, es inevitable el crecimiento de la indignación de los obreros, el crecimiento de los estados de ánimo e ideas revolucionarias, el crecimiento de las huelgas espontáneas de masas. Pues la situación de los obreros se vuelve insoportable. Los obreros se convencen por la experiencia de que los capitalistas se han enriquecido inmensamente con la guerra y echan los gastos y las deudas sobre las espaldas de los obreros. Hace poco el telégrafo nos comunicó que América quiere deportar a Rusia a otros 500 comunistas, para librarse de "agitadores perniciosos".

Si América deportara hacia nosotros no 500, sino 500.000 "agitadores" rusos, americanos, japoneses, franceses, la cosa no cambiaría, pues subsistiría esa desproporción de precios con la que ellos no pueden hacer nada. Y no pueden hacer nada porque la propiedad privada está estrictamente protegida en sus países, allí es "sagrada". No hay que olvidar esto, pues la propiedad privada de los explotadores ha sido destruida solo en Rusia. Con esa desproporción de precios los capitalistas no pueden hacer nada, y los obreros no pueden vivir con el antiguo salario. Contra este calamidad no se puede hacer nada con los viejos métodos: ni las huelgas aisladas, ni la lucha parlamentaria, ni la votación pueden hacer nada, porque la "propiedad privada es sagrada", y los capitalistas han acumulado tales deudas que el mundo entero está esclavizado por un puñado de personas; mientras tanto, las condiciones de vida de los obreros se vuelven cada vez más insoportables. No hay salida si no es la destrucción de la "propiedad privada" de los explotadores.

El camarada Lapinski, en su folleto "Inglaterra y la revolución mundial", del cual nuestro "Boletín del Comisariado del Pueblo de Asuntos Exteriores"{95} publicó en febrero de 1920 valiosos extractos, señala que en Inglaterra los precios de exportación del carbón resultaron ser el doble de lo que suponían los círculos industriales oficiales.

En Lancashire se ha llegado a que el aumento del valor de las acciones se ha cifrado en un 400 %. La renta de los bancos constituye un mínimo del 40-50 %, debiendo señalarse además que al determinar la renta de los bancos, todos los banqueros saben hacer pasar clandestinamente la parte del león de la renta, de modo que no se llama renta, sino que se esconde bajo la forma de gratificaciones, tantiemes, etc. Así que también aquí los hechos económicos indiscutibles muestran que la riqueza de un puñado minúsculo de personas ha crecido increíblemente, el lujo inaudito sobrepasa todos los límites, mientras que la miseria de la clase obrera se acentúa cada vez más. Hay que señalar particularmente una circunstancia que subrayó extraordinariamente el camarada Levi en su informe antes citado: el cambio del valor del dinero. El dinero se ha depreciado en todas partes a causa de las deudas, la emisión de papel moneda, etc. La misma fuente burguesa que ya he citado, a saber, la declaración del Consejo Económico Supremo del 8 de marzo de 1920, hace el cálculo de que en Inglaterra la depreciación del dinero, en comparación con el dólar, es aproximadamente de un tercio; en Francia e Italia, de dos tercios, y en Alemania llega al 96 %.

Este hecho muestra que la "mecánica" de la economía capitalista mundial se descompone por completo. Las relaciones comerciales sobre las que se basa, bajo el capitalismo, la obtención de materias primas y la venta de productos, no es posible continuarlas; no es posible continuarlas precisamente sobre la base de la subordinación de toda una serie de países a un solo país, a causa del cambio del valor del dinero. Ningún país, por rico que sea, tiene posibilidad de existir y no tiene posibilidad de comerciar, porque no puede vender sus productos ni puede obtener materias primas.

Y así resulta que la misma América, el país más rico, al que están subordinados todos los países, no puede comprar ni vender. Y el mismo Keynes, que ha pasado por el fuego y el agua y los tubos de cobre de las negociaciones de Versalles, se ve obligado a reconocer esta imposibilidad, a pesar de toda su inquebrantable decisión de defender el capitalismo, a pesar de todo su odio al bolchevismo. Dicho sea de paso, no creo que ninguna proclama comunista o revolucionaria pueda compararse en fuerza con las páginas de Keynes en que describe a Wilson y el "wilsonismo" en la práctica. Wilson era el ídolo de los pequeñoburgueses y pacifistas como Keynes y de toda una serie de héroes de la II Internacional (e incluso de la Internacional "Dos y media"{96}), que rezaban ante los "14 puntos" e incluso escribían libros "eruditos" sobre las "raíces" de la política de Wilson, esperando que Wilson salvara la "paz social", reconciliara a explotadores con explotados, realizara reformas sociales. Keynes desenmascaró claramente cómo Wilson resultó ser un tonto, y todas estas ilusiones se hicieron añicos al primer contacto con la política real, mercantil, negociante del capital en la persona de los señores Clemenceau y Lloyd George. Las masas obreras ven ahora cada vez más claramente por la experiencia de su vida, y los pedantes eruditos podrían ver incluso del libro de Keynes, que las "raíces" de la política de Wilson se reducían solo a una estupidez popesca, a una frase pequeñoburguesa, a una total incomprensión de la lucha de clases.

Por todo ello, se derivan inevitable y naturalmente dos condiciones, dos tesis radicales. Por un lado, la necesidad, la ruina de las masas han crecido inauditamente, y en primer lugar con respecto a los 1.250 millones de personas, es decir, el 70 % de toda la población de la tierra. Estos son los países coloniales, dependientes, con población jurídicamente sin derechos, países sobre los que se ha "otorgado un mandato" a los salteadores financieros. Además, la esclavitud de los países vencidos la ha consolidado el Tratado de Versalles y los tratados secretos que existen con respecto a Rusia, aunque a veces de fuerza tan real como los papeles en que está escrito que debemos tantos miles de millones. Tenemos en la historia mundial el primer caso de consolidación jurídica del saqueo, la esclavitud, la dependencia, la miseria y el hambre con respecto a mil doscientos cincuenta millones de personas.

Y, por otro lado, en cada uno de los países que resultaron acreedores, los obreros se encontraron en una situación insoportable. La guerra trajo una agudización inaudita de todas las contradicciones capitalistas, y en esto reside la fuente de la más profunda efervescencia revolucionaria que se extiende, porque en la guerra los hombres fueron colocados en condiciones de disciplina militar, fueron arrojados a la muerte o puestos bajo la amenaza de un castigo militar inmediato. Las condiciones de la guerra no daban posibilidad de mirar la realidad económica. Los escritores, los poetas, los popes, toda la prensa se dedicaban a glorificar la guerra y nada más. Ahora, cuando la guerra ha terminado, han comenzado las revelaciones. El imperialismo alemán ha sido desenmascarado con su Paz de Brest-Litovsk. La Paz de Versalles ha sido desenmascarada, que debía ser una victoria del imperialismo y resultó su derrota. El ejemplo de Keynes muestra, entre otras cosas, cómo decenas y centenares de miles de personas de la pequeña burguesía, de los intelectuales, de entre los simplemente más o menos desarrollados, alfabetos, en Europa y América, debieron seguir este camino por el que fue Keynes, que dimitió y arrojó a la cara de su gobierno un libro que denunciaba a ese gobierno. Keynes mostró lo que ocurre y ocurrirá en la conciencia de miles y cientos de miles de personas cuando comprendan que todos esos discursos sobre la "guerra por la libertad", etc., fueron engaño puro, que como resultado solo se enriqueció un número insignificante, y los demás se arruinaron y cayeron en la servidumbre. ¡Pues el burgués Keynes dice que los ingleses deben, para salvar su vida, para salvar la economía inglesa, lograr que se reanuden las relaciones comerciales libres entre Alemania y Rusia! ¿Cómo se puede lograr esto? ¡Anulando todas las deudas, como propone Keynes! Esta no es una idea solo del economista erudito Keynes. A esta idea llegan y llegarán millones. Y millones de personas oyen que los economistas burgueses dicen que no hay salida excepto la anulación de las deudas, y por lo tanto "maldición a los bolcheviques" (que anularon las deudas) ¡y dirijámonos a la "nobleza" de América!! – creo que a tales economistas agitadores a favor del bolchevismo se les debería enviar, en nombre del congreso de la Internacional Comunista, un mensaje de agradecimiento.

Si, por un lado, la situación económica de las masas ha resultado insoportable, si, por otro lado, entre la insignificante minoría de los países vencedores todopoderosos ha comenzado y se acentúa la descomposición, ilustrada por Keynes, vemos precisamente el aumento de ambas condiciones de la revolución mundial.

Tenemos ahora ante los ojos un cuadro algo más completo del mundo entero. Sabemos lo que significa esta dependencia de un puñado de ricos de mil doscientos cincuenta millones de personas, colocadas en condiciones de existencia imposible. Y, por otro lado, cuando presentaron a los pueblos el Tratado de la Sociedad de Naciones, por el cual se declara que la Sociedad de Naciones ha puesto fin a las guerras y en adelante no permitirá que nadie perturbe la paz, cuando este tratado, como última esperanza de las masas trabajadoras de todo el mundo, entró en vigor, resultó ser la mayor victoria para nosotros. Cuando aún no había entrado en vigor, se decía: no se puede dejar de someter a un país como Alemania a condiciones especiales; cuando esté el tratado, verán lo bien que saldrá. Y cuando el tratado fue publicado, ¡los adversarios acérrimos del bolchevismo tuvieron que repudiarlo! Cuando el tratado comenzó a entrar en vigor, ¡resultó que sentaron a un insignificante grupo de los países más ricos, este "cuarteto gordo" – Clemenceau, Lloyd George, Orlando y Wilson – a arreglar las nuevas relaciones! Cuando pusieron en marcha la máquina del tratado, ¡esta condujo a la descomposición total!

Esto lo vimos en las guerras contra Rusia. La débil, arruinada, oprimida Rusia, el país más atrasado, lucha contra todas las naciones, contra la unión de los países ricos, poderosos, que dominan sobre toda la tierra, y resulta vencedora. No podíamos oponer una fuerza siquiera medianamente igual, y resultamos vencedores. ¿Por qué? Porque entre ellos no había ni sombra de unidad, porque una potencia actuaba contra otra. Francia quería que Rusia le pagara sus deudas y fuera una fuerza temible contra Alemania; Inglaterra quería el reparto de Rusia, Inglaterra intentó apoderarse del petróleo de Bakú y concluyó un tratado con los Estados periféricos de Rusia. Y en los documentos oficiales ingleses hay un libro donde se enumeran con extraordinaria escrupulosidad todos los Estados (contaron 14) que prometieron, hace medio año, en diciembre de 1919, tomar Moscú y Petrogrado. En estos Estados apoyaba Inglaterra su política, les daba préstamos de millones y millones. Pero ahora todos esos cálculos se han derrumbado, y todos los préstamos han estallado.

He aquí la situación que ha creado la Sociedad de Naciones. Cada día de existencia de este tratado es la mejor agitación a favor del bolchevismo. Pues los más poderosos partidarios del "orden" capitalista muestran que en cada cuestión se ponen la zancadilla mutuamente. Por el reparto de Turquía, Persia, Mesopotamia, China se desarrolla una rabiosa lucha entre Japón, Inglaterra, América y Francia. La prensa burguesa de estos países está llena de las más rabiosas acusaciones, de las más encarnizadas salidas contra sus "colegas" por arrebatarles la presa de debajo de las narices. Vemos una descomposición total en la cúspide, entre ese puñado minúsculo de los países más ricos. Es imposible que mil doscientos cincuenta millones de personas vivan como quiere esclavizarlas el capitalismo "adelantado" y civilizado, ¡y son el 70 % de la población de la tierra! Y el puñado minúsculo de las potencias más ricas, Inglaterra, América, Japón (Japón tuvo la posibilidad de saquear los países orientales, asiáticos, pero no puede tener ninguna fuerza financiera y militar independiente sin el apoyo de otro país), estos 2-3 países no son capaces de arreglar las relaciones económicas y dirigen su política a sabotear la política de sus participantes y socios en la Sociedad de Naciones. De ahí se deriva la crisis mundial. Y estas raíces económicas de la crisis son la causa fundamental de que la Internacional Comunista obtenga brillantes éxitos.

¡Camaradas! Hemos llegado ahora a la cuestión de la crisis revolucionaria como base de nuestra acción revolucionaria. Y aquí hay que señalar ante todo dos errores extendidos. Por un lado, los economistas burgueses presentan esta crisis como simple "inquietud", según la elegante expresión de los ingleses. Por otro lado, a veces los revolucionarios tratan de demostrar que la crisis es absolutamente sin salida.

Esto es un error. No hay situaciones absolutamente sin salida. La burguesía se comporta como un depredador descarado y que ha perdido la cabeza, comete una tontería tras otra, agravando la situación, acelerando su propia muerte. Todo esto es cierto. Pero no se puede "demostrar" que no hay absolutamente ninguna posibilidad de que adormezca a tal o cual minoría de explotados con tales o cuales concesiones, de que reprima tal o cual movimiento o sublevación de tal o cual parte de los oprimidos y explotados. Intentar "demostrar" de antemano la "absoluta" falta de salida sería pedantería vacía o juego de conceptos y palabras. La única "demostración" real en esta y otras cuestiones semejantes solo puede ser la práctica. El régimen burgués en todo el mundo atraviesa la más grandiosa crisis revolucionaria. Ahora hay que "demostrar" con la práctica de los partidos revolucionarios que tienen suficiente conciencia, organización, vinculación con las masas explotadas, decisión, habilidad para utilizar esta crisis en favor de una revolución victoriosa.

Para preparar esta "demostración" nos hemos reunido principalmente en el presente congreso de la Internacional Comunista.

Como ejemplo de hasta qué punto domina aún el oportunismo entre los partidos que desean adherirse a la III Internacional, hasta qué punto está aún lejos el trabajo de algunos partidos de preparar a la clase revolucionaria para utilizar la crisis revolucionaria, citaré al jefe del "Partido Laborista Independiente" inglés, Ramsay MacDonald. En su libro "Parlamento y revolución", dedicado precisamente a las cuestiones fundamentales que ahora también nos ocupan, MacDonald describe el estado de cosas aproximadamente en el espíritu de los pacifistas burgueses. Reconoce que hay una crisis revolucionaria, que el estado de ánimo revolucionario crece, que las masas obreras simpatizan con el Poder Soviético y la dictadura del proletariado (¡nótese: se trata de Inglaterra!), que la dictadura del proletariado es mejor que la actual dictadura de la burguesía inglesa.

Pero MacDonald sigue siendo un pacifista y conciliador burgués de pies a cabeza, un pequeño burgués que sueña con un gobierno sin clases. MacDonald reconoce la lucha de clases solo como un "hecho descriptivo", como todos los mentirosos, sofistas y pedantes de la burguesía. MacDonald pasa en silencio la experiencia de Kerenski y de los mencheviques con los socialrevolucionarios en Rusia, la experiencia análoga de Hungría, Alemania, etc., sobre la creación de un gobierno "democrático" y supuestamente sin clases. MacDonald adormece a su partido y a los obreros que tienen la desgracia de tomar a este burgués por socialista y a este filisteo por jefe, con las palabras: "Sabemos que esto (es decir, la crisis revolucionaria, la efervescencia revolucionaria) pasará, se calmará". ¡La guerra provocó inevitablemente la crisis, pero después de la guerra, aunque no sea inmediatamente, "todo se calmará"!

Y así escribe un hombre que es jefe de un partido que desea adherirse a la III Internacional. Tenemos aquí una revelación, rara por su franqueza y tanto más valiosa, de lo que se observa no menos a menudo en las cúpulas de los partidos socialista francés y socialdemócrata independiente alemán, a saber: no solo incapacidad, sino también falta de deseo de utilizar en sentido revolucionario la crisis revolucionaria, o, en otras palabras, tanto incapacidad como falta de deseo de realizar una preparación realmente revolucionaria del partido y de la clase para la dictadura del proletariado.

Este es el mal fundamental de muchísimos partidos que ahora se apartan de la II Internacional. Y precisamente por eso me detengo más en las tesis que he propuesto al presente congreso en la determinación lo más concreta y precisa posible de las tareas de preparación para la dictadura del proletariado.

Otro ejemplo. Recientemente se ha publicado un nuevo libro contra el bolchevismo. Libros de este tipo aparecen ahora en Europa y América extraordinariamente muchos, y cuantos más libros aparecen contra el bolchevismo, tanto más fuerte y rápidamente crecen en las masas las simpatías hacia él. Me refiero al libro de Otto Bauer "¿Bolchevismo o socialdemocracia?". Aquí se muestra claramente a los alemanes lo que es el menchevismo, cuyo vergonzoso papel en la revolución rusa es suficientemente comprendido por los obreros de todos los países. Otto Bauer ha dado un panfleto enteramente menchevique, aunque ha ocultado su simpatía por el menchevismo. Pero en Europa y América es necesario difundir ahora un conocimiento más preciso de lo que es el menchevismo, pues es un concepto genérico para todas las tendencias supuestamente socialistas, socialdemócratas, etc., hostiles al bolchevismo. A nosotros, los rusos, nos sería aburrido escribir para Europa sobre lo que es el menchevismo. Otto Bauer lo ha mostrado de hecho en su libro, y damos las gracias de antemano a los editores burgueses y oportunistas que lo editarán y traducirán a diferentes idiomas. El libro de Bauer será un complemento útil, aunque peculiar, de los manuales de comunismo. Tomen cualquier párrafo, cualquier razonamiento de Otto Bauer y demuestren en qué consiste aquí el menchevismo, dónde están las raíces de las concepciones que conducen a la práctica de los traidores del socialismo, amigos de Kerenski, Scheidemann, etc. – tal será la tarea que se podría proponer con utilidad y éxito en los "exámenes" para comprobar si se ha asimilado el comunismo. Si no pueden resolver esta tarea, aún no son comunistas y es mejor que no entren en el partido comunista. (Aplausos.)

Otto Bauer ha expresado magníficamente toda la esencia de las concepciones del oportunismo mundial en una frase por la cual – si dispusiéramos libremente en Viena – deberíamos erigirle un monumento en vida. La aplicación de la violencia en la lucha de clases de las democracias modernas – pronunció O. Bauer – sería "violencia contra los factores sociales de fuerza".

Probablemente les parecerá que suena extraño e incomprensible? He aquí un ejemplo de hasta dónde se ha llevado el marxismo, hasta qué banalidad y defensa de los explotadores se puede llevar la teoría más revolucionaria. Hace falta la variedad alemana del filisteísmo, y obtendrán la "teoría" de que los "factores sociales de fuerza" son el número, la organización, el lugar en el proceso de producción y distribución, la actividad, la educación. Si el jornalero en el campo, el obrero en la ciudad, realizan una violencia revolucionaria contra el terrateniente y el capitalista, eso no es en absoluto la dictadura del proletariado, no es en absoluto violencia contra los explotadores y opresores del pueblo. Nada de eso. ¡Esto es "violencia contra los factores sociales de fuerza"!

Quizás mi ejemplo ha resultado un poco humorístico. Pero tal es la naturaleza del oportunismo moderno, que su lucha contra el bolchevismo se convierte en humorístico. Atraer a la clase obrera, a todo lo que hay de pensante en ella, a la lucha del menchevismo internacional (MacDonalds, O. Bauers y Cía.) contra el bolchevismo, es para Europa y América lo más útil, lo más perentorio.

Aquí debemos plantear la cuestión de por qué se explica la solidez de tales tendencias en Europa y por qué este oportunismo en la Europa Occidental es más fuerte que entre nosotros. Porque los países adelantados han creado y crean su cultura con la posibilidad de vivir a costa de mil millones de personas oprimidas. Porque los capitalistas de estos países obtienen mucho más de lo que podrían obtener como ganancia del saqueo de los obreros de su propio país.

Antes de la guerra se consideraba que los tres países más ricos, Inglaterra, Francia y Alemania, solo de la exportación de capital al extranjero, sin contar otros ingresos, obtenían al año de 8 a 10 mil millones de francos de ingreso.

Es comprensible que de esta suma encantadora se pueda arrojar aunque sea medio millón en sobornos a los jefes obreros, a la aristocracia obrera, para toda clase de sobornos. Y todo el asunto se reduce precisamente al soborno. Esto se hace por miles de caminos diversos: elevando la cultura en los centros más grandes, creando instituciones educativas, creando miles de puestos para los jefes de las cooperativas, para los jefes de los sindicatos, jefes parlamentarios. Pero esto se hace en todas partes donde existen relaciones capitalistas civilizadas modernas. Y estos miles de millones de superganancia son la base económica sobre la que se sostiene el oportunismo en el movimiento obrero. Tenemos en América, en Inglaterra, en Francia una persistencia inconmensurablemente mayor de los jefes oportunistas, de la capa superior de la clase obrera, de la aristocracia obrera; ofrecen una resistencia más fuerte al movimiento comunista. Por eso debemos estar preparados para que la liberación de los partidos obreros europeos y americanos de esta enfermedad sea más difícil que entre nosotros. Sabemos que desde la fundación de la III Internacional se han hecho enormes progresos en la curación de esta enfermedad, pero aún no hemos llegado al fin decisivo: la purificación de los partidos obreros, de los partidos revolucionarios del proletariado en todo el mundo, de la influencia burguesa, de los oportunistas en su propio seno, está aún lejos de haber terminado.

No me detendré en cómo debemos realizar esto concretamente. De ello se habla en mis tesis, que han sido publicadas. Mi asunto es señalar aquí las profundas raíces económicas de este fenómeno. Esta enfermedad se ha prolongado, su curación se ha prolongado más de lo que los optimistas podían esperar. El oportunismo es nuestro principal enemigo. El oportunismo en las cúspides del movimiento obrero es socialismo no proletario, sino burgués. Prácticamente está demostrado que los activistas dentro del movimiento obrero pertenecientes a la tendencia oportunista son los mejores defensores de la burguesía que los propios burgueses. Sin su dirección de los obreros, la burguesía no podría mantenerse. Esto lo demuestra no solo la historia del régimen de Kerenski en Rusia, esto lo demuestra la república democrática en Alemania, con su gobierno socialdemócrata a la cabeza, esto lo demuestra la actitud de Albert Thomas hacia su gobierno burgués. Esto lo demuestra la experiencia análoga en Inglaterra y en los Estados Unidos. Aquí está nuestro principal enemigo, y tenemos que obtener la victoria sobre este enemigo. Debemos salir del congreso con la firme resolución de llevar hasta el fin esta lucha en todos los partidos. Esta es la tarea principal.

En comparación con esta tarea, la corrección de los errores de la corriente "izquierdista" en el comunismo será una tarea fácil. En toda una serie de países observamos un antiparlamentarismo que no es tanto traído por salidos de la pequeña burguesía, sino que es apoyado por algunos destacamentos de vanguardia del proletariado por odio al viejo parlamentarismo, por odio legítimo, correcto, necesario a la conducta de los parlamentarios en Inglaterra, Francia, Italia, en todos los países. Hay que dar orientaciones directrices de la Internacional Comunista, familiarizar a los camaradas más estrecha, más íntimamente con la experiencia rusa, con el significado de un verdadero partido político proletario. En la solución de esta tarea consistirá nuestro trabajo. Y la lucha con estos errores del movimiento proletario, con estas deficiencias, será mil veces más fácil que la lucha con esa burguesía que so capa de reformistas entra en los viejos partidos de la II Internacional y dirige todo su trabajo no en espíritu proletario, sino burgués.

Camaradas, para terminar, me detendré aún en un aspecto de la cuestión. Aquí el camarada presidente ha dicho que el congreso merece el nombre de mundial. Creo que tiene razón, particularmente porque tenemos aquí no pocos representantes del movimiento revolucionario de los países coloniales, atrasados. Esto es solo un comienzo débil, pero ya es importante que este comienzo se haya dado. La unión de los proletarios revolucionarios de los países capitalistas, adelantados, con las masas revolucionarias de aquellos países donde no hay proletariado o casi no hay, con las masas oprimidas de los países coloniales, orientales, esta unión se está produciendo en el presente congreso. Y depende de nosotros – estoy seguro de que lo haremos – consolidar esta unión. El imperialismo mundial debe caer cuando el embate revolucionario de los obreros explotados y oprimidos dentro de cada país, venciendo la resistencia de los elementos pequeñoburgueses y la influencia de la insignificante capa superior de la aristocracia obrera, se una con el embate revolucionario de los centenares de millones de la humanidad que hasta ahora ha estado al margen de la historia, considerada solo como su objeto.

La guerra imperialista ayudó a la revolución; la burguesía arrancó de las colonias, de los países atrasados, del abandono, soldados para participar en esta guerra imperialista. La burguesía inglesa inculcaba a los soldados de la India que la causa de los campesinos indios era defender Gran Bretaña de Alemania; la burguesía francesa inculcaba a los soldados de las colonias francesas que la causa de los negros era defender Francia. Les enseñaron a manejar las armas. Es una habilidad extraordinariamente útil, y por ello podríamos agradecer profundamente a la burguesía – agradecer en nombre de todos los obreros y campesinos rusos y en nombre de todo el Ejército Rojo ruso en particular. La guerra imperialista arrastró a los pueblos dependientes a la historia mundial. Y una de nuestras tareas más importantes ahora es pensar cómo colocar la primera piedra de la organización del movimiento soviético en los países no capitalistas. Allí los Soviets son posibles; no serán Soviets obreros, serán Soviets campesinos o Soviets de trabajadores.

Hace falta mucho trabajo, serán inevitables los errores, muchas dificultades se encontrarán en este camino. La tarea fundamental del II Congreso es elaborar o esbozar los principios prácticos para que el trabajo que hasta ahora se ha realizado entre centenares de millones de personas de manera desorganizada, se realice de manera organizada, cohesionada, sistemática.

Un año, poco más, después del I Congreso de la Internacional Comunista, nos presentamos ahora como vencedores con respecto a la II Internacional; las ideas soviéticas están ahora extendidas no solo entre los obreros de los países civilizados, no solo son comprensibles y conocidas para ellos; los obreros de todos los países se ríen de los sabihondos, entre los cuales no pocos se llaman a sí mismos socialistas y discurren de manera erudita o casi erudita sobre la "sistema" soviético, como gustan expresarse los sistemáticos alemanes, o sobre la "idea" soviética, como se expresan los socialistas "gremiales" ingleses{97}; estas disquisiciones sobre la "sistema" y la "idea" soviéticas suelen obstruir los ojos y las mentes de los obreros. Pero los obreros barren esta basura pedante y toman el arma que los Soviets les han dado. La comprensión del papel y la importancia de los Soviets se ha extendido ahora también a los países de Oriente.

El comienzo del movimiento soviético se ha dado en todo Oriente, en toda Asia, entre todos los pueblos coloniales.

La tesis de que el explotado debe sublevarse contra el explotador y crear sus propios Soviets no es demasiado complicada. Ella, después de nuestra experiencia, después de dos años y medio de la República Soviética en Rusia, después del I Congreso de la III Internacional, se hace accesible a los centenares de millones de masas oprimidas por los explotadores en todo el mundo, y si ahora en Rusia a menudo nos vemos obligados a llegar a compromisos, a esperar el momento, porque somos más débiles que los imperialistas internacionales, sabemos que mil doscientos cincuenta millones de población constituyen esa masa cuyos intereses defendemos. Por ahora nos estorban esas barreras, esos prejuicios, esa ignorancia que cada hora pasa al pasado, pero nosotros, cada vez más, representamos y defendemos de hecho ese 70 % de la población de la tierra, esa masa de trabajadores y explotados. Podemos decir con orgullo: en el primer congreso fuimos, en esencia, solo propagandistas, solo arrojamos al proletariado de todo el mundo las ideas fundamentales, solo lanzamos la consigna de lucha, solo preguntamos: ¿dónde están los hombres que son capaces de seguir este camino? Ahora tenemos en todas partes el proletariado de vanguardia. Tenemos en todas partes, aunque a veces mal organizado, necesitado de reorganización, el ejército proletario, y si nuestros camaradas internacionales nos ayudan ahora a organizar un ejército único, ningún defecto nos impedirá hacer nuestra obra. Esta obra es la obra de la revolución proletaria mundial, la obra de creación de la República Soviética mundial. (Aplausos prolongados.)

"Pravda" nº 162, 24 de julio de 1920.

Se imprime según el texto del libro "2º Congreso de la Internacional Comunista. Informe estenográfico". Ed. de la Internacional Comunista, Petrogrado, 1921, cotejado con la estenografía con las correcciones de V. I. Lenin.