Impreso no completamente el 7 de noviembre de 1920 en el periódico «Pravda» n.º 250. Firma: Lenin

Impreso completamente el 20 de diciembre de 1920 en la revista «Internacional Comunista» n.º 15. Firma: N. Lenin

Se publica según el manuscrito

1

En el n.º 213 de la «Pravda» del 25 de septiembre de 1920 fue impresa mi pequeña «Carta a los obreros alemanes y franceses acerca de la discusión sobre el Segundo Congreso de la Internacional Comunista»[40]. El «Avanti!» («Adelante»){157}, órgano central del Partido Socialista Italiano, del 5 de octubre, al reimprimir esta carta, la acompañó de observaciones sobre las cuales vale la pena detenerse, pues muestran claramente lo incorrecto de la posición adoptada por el camarada Serrati, redactor del «Avanti!».

«Las explicaciones de Lenin, — leemos —, atenúan hasta cierto punto las condiciones draconianas dictadas por los camaradas que no están en condiciones de valorar correctamente a los hombres y las circunstancias a tanta distancia y con tanta diferencia de situación…

…Lenin ha dejado una presa suya: Modigliani…

…Ahora Lenin dice, — no sabemos si en nombre propio o en nombre del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista —, que también se admiten excepciones» (a la regla general, con el acuerdo del Comité Ejecutivo).

Las observaciones irónicas acerca de la «presa» que debe ser Modigliani, uno de los reformistas, dan en el vacío. Contra la opinión de Serrati, mi no mención del nombre de Modigliani (y de Longuet) no es en modo alguno intencionada. Los nombres que menciono los tomo a modo de ejemplo, para caracterizar una tendencia, y la cuestión de tales o cuales personas la dejo y la dejo de lado, sin comprometerme a resolverla, considerándola secundaria, señalando la admisibilidad de excepciones. Contra lo que afirma Serrati, él sabe perfectamente (pues se remite con exactitud a mi artículo en «Pravda») que hablo y solo puedo hablar en nombre propio, en modo alguno en nombre del Comité Ejecutivo.

Con sus observaciones, Serrati desvía a los lectores del «Avanti!» de la cuestión principal, fundamental, esencial: de la cuestión de si es admisible dejar ahora en el partido del proletariado revolucionario italiano a los reformistas. Serrati encubre lo incorrecto de la posición que ha adoptado, tratando de desviar la atención de lo esencial hacia lo secundario y lo insignificante.

Contra esto hay que luchar. Hay que aclarar lo esencial.

Serrati, tanto en esta nota como en otros artículos, habla de la insuficiente información del congreso de Moscú (II Congreso de la Internacional Comunista) acerca de los asuntos italianos. ¡Como si la esencia no estuviera en la lucha de dos direcciones fundamentales, no en la resolución de la cuestión fundamental de la admisibilidad de la «unidad» con los reformistas, sino en las divergencias acerca de lo que «Moscú» no está informado con exactitud!

La monstruosa incorrección de esta opinión — y de este intento de desviar la atención de lo principal — queda mejor descubierta por el informe oficial de las discusiones en el seno del Comité Central del Partido Socialista Italiano. Estas discusiones tuvieron lugar apenas unos días antes de la salida del mencionado número del «Avanti!», concretamente: los días 28, 29 y 30 de septiembre y 1 de octubre en Milán.

Estas discusiones terminaron con la votación de dos resoluciones, una de las cuales puede llamarse comunista y la otra «centrista», o evasiva, o que defiende en forma encubierta la alianza («¡unidad!») con los reformistas. La primera triunfó, reuniendo 7 votos (Terracini, Gennari, Regent, Tuntar, Casucci, Marziali y Belloni); la segunda fue rechazada (5 votos: Baratono, Zannarini, Bacci, Giacomini, Serrati).

La primera se distingue por una notable claridad y precisión. Comienza señalando que las «condiciones actuales» de la lucha revolucionaria italiana exigen una «mayor homogeneidad» del partido. Más adelante se dice que en el partido se permitió que todos permanecieran bajo la condición de someterse a la disciplina y que esta condición no se ha cumplido; que es erróneo esperar que se sometan a la disciplina quienes tienen convicciones opuestas a los principios y a la táctica de la III Internacional; que, por lo tanto, una vez aceptados los 21 puntos de las condiciones de Moscú, es necesario realizar una «depuración radical» del partido, expulsando de él los elementos reformistas y oportunistas.

Aquí no hay nombres, no hay particularidades. Aquí hay una línea política clara. Aquí se indican con precisión los motivos de la decisión: los hechos concretos de la historia del partido en Italia, las características concretas de su situación revolucionaria.

La segunda resolución es un modelo de evasiva y de mala diplomacia: aceptamos los 21 puntos, pero reconocemos que «estas condiciones admiten la posibilidad de interpretaciones dudosas», que «es necesario adecuar el criterio político de cada sección de la III Internacional Comunista a las condiciones históricas y a las características factuales concretas del país dado, sometiéndolas a la aprobación de la misma Internacional»; la resolución subraya «la necesidad de mantener la unidad del Partido Socialista Italiano sobre la base de los 21 puntos»; los casos particulares de violación de la disciplina deben ser severamente castigados por el Comité Central del partido.

La resolución comunista dice: la situación revolucionaria exige una mayor homogeneidad del partido. Esto es indiscutible. La resolución de los defensores de la «unidad» con los reformistas intenta eludir esta verdad indiscutible, sin atreverse a refutarla.

La resolución comunista dice: la particularidad de Italia consiste precisamente en que la condición del sometimiento de los reformistas a las decisiones del partido resultó incumplida. Ahí está el meollo del asunto. Si es así, dejar a los reformistas en el partido cuando se agudiza la situación revolucionaria general, incluso, quizás, en vísperas de batallas revolucionarias decisivas, no solo es erróneo, sino también criminal.

¿Es cierto el hecho o no? ¿Cumplieron los reformistas las decisiones del partido, se sometieron a él de hecho, aplicaron su política o no? La resolución de los defensores de los reformistas no puede responder afirmativamente, no puede refutar la respuesta negativa de los comunistas y se evade de la respuesta, da rodeos, da vueltas, se remite en general a las diversas características concretas de los distintos países, se remite a ellas para eludir y presentar bajo falsa luz la más importante «característica concreta» de Italia, precisamente en el momento dado. Pues esta característica concreta de Italia consiste justamente en que los reformistas ya han demostrado de hecho ser incapaces de cumplir realmente las decisiones del partido, de aplicar de hecho su política. Al mostrarse evasiva en esta cuestión fundamental, la resolución de los defensores de la unidad con los reformistas se anula por completo a sí misma.

Serrati, Baratono, Zannarini, Bacci y Giacomini han demostrado ya con esto, con la más completa evidencia e indiscutibilidad, que están radicalmente equivocados, que su línea política es radicalmente falsa.

Y las discusiones en el Comité Central del partido italiano han puesto aún más al descubierto esta completa falsedad de la línea de Serrati. Los comunistas señalaban precisamente que los reformistas, permaneciendo lo que son, no pueden dejar de sabotear la revolución, como ya la sabotearon durante el reciente movimiento revolucionario de los obreros italianos que ocupaban las fábricas.

¡Porque en eso está todo el meollo de la cuestión! ¿Cómo se puede preparar la revolución, ir al encuentro de las batallas decisivas, teniendo en el partido a personas que sabotean la revolución? Esto no es solo un error, es un crimen.

Y si Serrati contaba, como declara directamente en su carta a «L'Humanité»{158} del 14 de octubre, con la exclusión únicamente de Turati[41], también aquí el error de Serrati ha sido ya descubierto por los hechos. Pues los reformistas italianos no solo reunieron su propio congreso fraccional especial (en Reggio Emilia el 11 de octubre de 1920), no solo repitieron en él todo lo esencial de sus opiniones reformistas, no solo hicieron en ese congreso una ovación solemnísima a Filippo Turati, sino que declararon por boca de Treves: «O permanecemos en el partido, o salimos todos de él». Señalemos de paso que la prensa burguesa y los propios reformistas trataron por todos los medios de inflar la importancia de su congreso fraccional. Pero en el «Avanti!» del 13 de octubre (edición milanesa) leemos directamente que los reformistas reunieron representantes de solo 200 secciones del partido, ¡que cuenta con miles!

Pero detengámonos con más detalle en el principal argumento de Serrati sobre el fondo de la cuestión. Serrati teme una escisión que debilite al partido y, en particular, a los sindicatos, las cooperativas y los municipios. No destruir estas instituciones, necesarias para la construcción del socialismo, he aquí la idea fundamental de Serrati. «¿Dónde encontraremos nosotros —dice él («Avanti!», 2 de octubre de 1920, edición milanesa— tantos "comunistas", aunque sean los más ardientes comunistas de ayer, para ocupar todos esos puestos de responsabilidad de los que expulsaremos a la gente por propuesta de Terracini?» Y la misma idea aparece en la revista «Comunismo» (n.º 24, pág. 1627), dirigida por el camarada Serrati, en un artículo suyo sobre el II Congreso de la III Internacional: «Imagínense la comuna de Milán (es decir, la gestión municipal de Milán) dirigida por personas incompetentes, novatos que desde ayer se hacen pasar por ardientes comunistas».

Serrati teme la destrucción de los sindicatos, las cooperativas, los municipios, la inexperiencia y los errores de los novatos.

Los comunistas temen el sabotaje de la revolución por parte de los reformistas.

Esta comparación muestra el error de principio de Serrati. Él repite constantemente una idea: la necesidad de una táctica flexible. La idea es indiscutible. Pero todo el problema reside precisamente en que Serrati tuerce hacia la derecha, y en las condiciones italianas actuales es necesario torcer hacia la izquierda. Para llevar a cabo con éxito la revolución y defenderla, el partido italiano debe dar aún un paso determinado hacia la izquierda (sin atarse las manos en absoluto y sin olvidar que las circunstancias pueden exigir más adelante ciertos pasos hacia la derecha).

Teniendo en sus filas a reformistas, mencheviques, es imposible vencer en la revolución proletaria, es imposible defenderla. Esto es evidente en principio. Lo ha confirmado de manera palpable la experiencia tanto de Rusia como de Hungría. Esta consideración es decisiva. Comparar con este peligro el peligro de la «pérdida» o de los fracasos, errores, quiebras de los sindicatos, cooperativas, municipios, etc., es simplemente ridículo, y no solo ridículo, sino criminal. Arriesgar todo el destino de la revolución por consideraciones sobre si habrá o no fracasos en la gestión municipal de Milán, etc., significa estar completamente desorientado, no comprender en absoluto la tarea fundamental de la revolución, no saber preparar en absoluto su victoria.

En Rusia cometimos miles de errores y sufrimos miles de quiebras, pérdidas, etc., debido a la inexperiencia de los novatos y de las personas incompetentes en las cooperativas, comunas, sindicatos, etc. No dudamos de que otros pueblos, más civilizados, cometerán menos errores de ese tipo. Pero, a pesar de estos errores, logramos lo principal: la conquista del poder por el proletariado. Y hemos defendido ese poder durante tres años.

Los errores que señala el camarada Serrati son detalles, que se corrigen un millón de veces más fácilmente que el «error» de permitir que los mencheviques saboteen la revolución y la hagan fracasar. Esto es evidente por sí mismo. Lo demostró de manera palpable Hungría. También lo confirmó nuestra experiencia, pues durante tres años de poder proletario en Rusia se han dado muchas situaciones difíciles en las que el régimen soviético habría sido derrocado con toda seguridad si los mencheviques, los reformistas, los demócratas pequeño-burgueses hubieran permanecido dentro de nuestro partido o siquiera en número más o menos significativo dentro de instituciones centrales soviéticas como el Comité Ejecutivo Central.

Serrati no ha comprendido la peculiaridad del momento de transición que se da en Italia, donde, según reconocimiento general, se aproximan las batallas decisivas del proletariado contra la burguesía por la conquista del poder estatal. En un momento así, no solo es absolutamente necesario expulsar del partido a los mencheviques, reformistas, turatianos, sino que incluso puede resultar útil apartar de todo puesto de responsabilidad a excelentes comunistas que sean capaces de vacilar y muestren vacilaciones hacia la «unidad» con los reformistas.

Pondré un ejemplo ilustrativo. Justo antes de la Revolución de Octubre en Rusia y poco después, una serie de excelentes comunistas en Rusia cometieron un error del que ahora se habla de mala gana. ¿Por qué de mala gana? Porque, sin necesidad especial, es incorrecto recordar tales errores, que han sido totalmente corregidos. Para los obreros italianos es útil recordar este error. Bolcheviques y comunistas tan destacados como Zinóviev, Kamenev, Rýkov, Noguín, Miliutin mostraron vacilaciones en el período que señalo, en el sentido de temer que los bolcheviques se aislaran demasiado, que fueran a la insurrección de manera demasiado arriesgada, que fueran demasiado intransigentes con cierta parte de los mencheviques y «socialistas-revolucionarios». El conflicto llegó hasta el punto de que los camaradas mencionados abandonaron de manera ostentosa todos los puestos de responsabilidad tanto en el partido como en el trabajo soviético, para la mayor alegría de los enemigos de la revolución soviética. La cosa llegó a una polémica extremadamente encarnizada en la prensa por parte del Comité Central de nuestro partido contra los que habían dimitido. Y al cabo de unas semanas —a lo sumo unos meses— todos esos camaradas vieron su error y regresaron a los puestos más importantes del partido y de los soviets.

No es difícil entender por qué sucedió esto. En vísperas de la revolución y en los momentos de la lucha más encarnizada por su victoria, las más mínimas vacilaciones dentro del partido pueden arruinarlo todo, hacer fracasar la revolución, arrancar el poder de las manos del proletariado, porque ese poder aún no es sólido, porque la presión contra él es todavía demasiado fuerte. Si los dirigentes vacilantes se apartan en un momento así, eso no debilita, sino que fortalece al partido, al movimiento obrero y a la revolución.

En Italia ahora es precisamente ese momento. Que la crisis revolucionaria está madurando a escala nacional lo ven y lo reconocen todos. El proletariado ha demostrado con los hechos su capacidad de elevarse espontáneamente, de levantar a las masas hacia un poderoso movimiento revolucionario. El campesinado más pobre o los semiproletarios (en vano el camarada Serrati ha adquirido la mala costumbre de poner un signo de interrogación al usar esta palabra: es una palabra marxista correcta, expresa una idea correcta, confirmada por los hechos tanto en Rusia como en Italia, a saber, que el campesinado más pobre es mitad propietario, mitad proletario), el campesinado más pobre en Italia ha demostrado con los hechos que es capaz de levantarse en lucha revolucionaria siguiendo al proletariado. Ahora, lo más necesario y absolutamente necesario para la victoria de la revolución en Italia es que la vanguardia real del proletariado revolucionario en Italia se convierta en un partido enteramente comunista, incapaz de vacilar y de mostrar debilidad en el momento decisivo; un partido que reúna en sí el máximo fanatismo, la máxima entrega a la revolución, la máxima energía, la máxima audacia abnegada y determinación. Hay que vencer en una lucha extraordinariamente difícil, dura, que conlleva grandes sacrificios; hay que defender el poder conquistado en un ambiente de tentativas, intrigas, chismes, calumnias, insinuaciones, violencias increíblemente agudizadas por parte de la burguesía de todo el mundo, en un ambiente de las más peligrosas vacilaciones de cualquier demócrata pequeño-burgués, de cualquier turatiano, de cualquier «centrista», de cualquier socialdemócrata, socialista, anarquista. En un momento así, en un ambiente así, el partido debe ser cien veces más firme, más resuelto, más audaz, más abnegado y más implacable que en tiempos normales o menos difíciles. En un momento así y en un ambiente así, el partido se fortalecerá cien veces, y no se debilitará, si se apartan de él por completo los mencheviques, como los reunidos en Reggio Emilia el 11 de octubre de 1920, si se apartan de su dirección incluso excelentes comunistas, como probablemente lo son los miembros del actual Comité Central del partido Baratonno, Zannarini, Bacci, Giacomini, Serrati.

De las personas de esta última categoría, la mayoría, sin duda, si dimitieran ahora, volverían muy pronto, reconociendo su error, después de la victoria del proletariado, después de la consolidación de su victoria. E incluso de los mencheviques italianos, los turatianos, probablemente una parte también regresaría y sería aceptada en el partido después del período de mayores dificultades, como ahora ha pasado a nuestro lado (hemos vivido tres años difíciles después de la revolución) una parte de los mencheviques y eseristas que en 1917-1918 estaban al otro lado de la barricada.

Al proletariado revolucionario italiano le espera ahora un período de batallas no solo extraordinariamente difíciles, como he dicho, sino las más difíciles. Lo más difícil aún está por delante. Consideraría una ligereza y un crimen eludir estas dificultades. Me sorprende que el camarada Serrati haya podido publicar sin objeciones en su revista «Comunismo» (n.º 24, 15-30.IX.1920) un artículo tan frívolo como el de J. C.: «¿Estaremos bloqueados?». Personalmente, contrariamente a este autor, creo que el bloqueo de Italia, si en ella triunfa el proletariado, por parte de Inglaterra, Francia y América es posible y probable. En mi opinión, el camarada Graziadei planteó mucho más correctamente la cuestión del bloqueo en su discurso en la sesión del Comité Central del partido italiano (véase «Avanti!», 1.X.1920, edición milanesa). Él reconoció la cuestión del posible bloqueo como un asunto «muy importante» («problema gravissimo»). Señaló que Rusia se sostuvo a pesar del bloqueo, en parte gracias a la baja densidad de población y la enormidad del espacio; que la revolución en Italia «no podría resistir (resistere) mucho tiempo si no se coordinara con la revolución de algún otro país de Europa Central», que «tal coordinación es difícil, pero no imposible», pues toda la Europa continental atraviesa un período revolucionario.

Esto está dicho con mucha cautela, pero es correcto. Yo solo añadiría que Italia tiene asegurada una cierta coordinación —aunque aún insuficiente, aunque incompleta— y que por la coordinación plena habrá que luchar. Los reformistas señalan la posibilidad del bloqueo para sabotear la revolución, para asustar alejando de la revolución, para transmitir a las masas su estado de ánimo de pánico, temor, indecisión, vacilación, titubeo. Los revolucionarios y comunistas no deben negar el peligro y las dificultades de la lucha, para infundir a las masas mayor firmeza; para depurar al partido de los débiles, vacilantes, inseguros; para imbuir a todo el movimiento de mayor entusiasmo, mayor internacionalismo, mayor disposición al sacrificio por la gran meta: acelerar la revolución en Inglaterra, Francia y América, si estos países se deciden a bloquear la república italiana proletaria y soviética.

La cuestión de sustituir a los experimentados dirigentes reformistas o «centristas» por novatos no es una cuestión particular que afecte a uno de los países en algún caso especial. Es una cuestión general de toda revolución proletaria, y, precisamente como tal, está planteada y resuelta con toda exactitud en la resolución del II Congreso de la Internacional Comunista «Sobre las tareas fundamentales de la Internacional Comunista». En el § 8 leemos: «La preparación de la dictadura del proletariado exige no solo la explicación del carácter burgués de todo reformismo… sino también la sustitución de los viejos dirigentes por comunistas en todos los tipos de organizaciones proletarias, no solo políticas, sino también sindicales, cooperativas, educativas, etc. … Es necesario cien veces más audazmente que hasta ahora, desplazar a estos representantes de la aristocracia obrera o de los trabajadores aburguesados de todos sus puestos y reemplazarlos, aunque sea por los trabajadores más inexpertos, con tal de que estén vinculados a la masa explotada y gocen de su confianza en la lucha contra los explotadores. La dictadura del proletariado exigirá nombrar precisamente a tales trabajadores, sin experiencia, para los puestos estatales más responsables; de lo contrario, el poder del gobierno obrero será impotente y no será apoyado por la masa».

Por eso, Serrati se equivoca al decir que en el partido italiano «todos» están de acuerdo en aceptar las resoluciones del congreso comunista. En realidad, vemos lo contrario.

En su carta, mencionada por mí más arriba, a «L’Humanité», Serrati escribe entre otras cosas:

«…En cuanto a los últimos acontecimientos, hay que saber que los dirigentes de la Confederación General del Trabajo (la central sindical italiana, dirección central de los sindicatos) propusieron ceder la dirección del movimiento a quienes querían extenderlo hasta la revolución. Nuestros camaradas de la Confederación General del Trabajo declararon que estaban de acuerdo en seguir siendo soldados disciplinados, si los extremistas asumían la dirección de la insurrección. Pero los extremistas no aceptaron la dirección del movimiento…».

Por parte de Serrati sería extremadamente ingenuo tomar semejante declaración de los reformistas de la Confederación General del Trabajo como moneda de buen ley. En realidad, es una de las variedades del sabotaje de la revolución: la amenaza de dimisión en el momento decisivo. Aquí la cuestión no está en absoluto en la lealtad, sino en que no se puede vencer en la revolución si los dirigentes encuentran vacilaciones, titubeos, dimisiones entre «los suyos», entre los que están en la cúspide, entre los «jefes», en cada difícil giro de los acontecimientos. Quizás no sea inútil que el camarada Serrati sepa que a finales de septiembre de 1917, cuando la coalición de los mencheviques y eseristas rusos con la burguesía fracasó políticamente de manera evidente, no fueron otros que nuestros eseristas, el partido de Chernov, quienes escribían en su periódico: «Los bolcheviques estarán obligados a formar gabinete… Que no hagan vanos esfuerzos por esconderse tras las teorías improvisadas sobre la imposibilidad de tomar el poder. La democracia no aceptará estas teorías. Al mismo tiempo, los partidarios de la coalición deben garantizarles su pleno apoyo» (periódico eserista, periódico de su partido, periódico de Chernov, «Delo Naroda»{159}, 21 de septiembre de 1917, citado en mi folleto «¿Mantendrán los bolcheviques el poder del Estado?», Petrogrado, 1917, pág. 4[43]).

Creer en la lealtad de semejantes declaraciones sería por parte de los obreros revolucionarios un error tan fatal como creer a los turantianos húngaros, que prometieron ayuda a Béla Kun, entraron en el partido comunista y, sin embargo, resultaron ser saboteadores de la revolución, arruinándola con sus vacilaciones.

Resumo las conclusiones:

1) El partido del proletariado revolucionario en Italia debe mostrar la mayor firmeza, prudencia y sangre fría para valorar correctamente las condiciones en general, y el momento oportuno en particular, en las inminentes batallas decisivas de la clase obrera italiana contra la burguesía por el poder del Estado.

2) Toda la propaganda y agitación de este partido deben estar, al mismo tiempo, imbuidas del espíritu de la más firme determinación de llevar esta lucha, cueste lo que cueste, hasta la victoria final, de manera cohesionada, centralizada, con heroísmo sin reservas, cortando despiadadamente las vacilaciones, indecisiones, titubeos de los que están impregnados hasta los huesos los turantianos.

3) Semejante propaganda, como la que lleva ahora la edición milanesa de «Avanti!» bajo la redacción de Serrati, no educa al proletariado para la lucha, sino que introduce la descomposición en sus filas. El Comité Central del partido, en un momento así, debe dirigir a los obreros, prepararlos para la revolución, rebatir las opiniones incorrectas. Esto se puede (y se debe) hacer, dando al mismo tiempo la palabra a todas las tendencias. Serrati dirige, pero dirige en una dirección equivocada.

4) La exclusión del partido de todos los participantes en el congreso de Reggio Emilia del 11 de octubre de 1920 no debilitará, sino que fortalecerá al partido, pues tales «jefes» solo son capaces de arruinar la revolución «a la húngara», incluso permaneciendo leales. Los guardias blancos y la burguesía sabrán aprovechar los titubeos, vacilaciones, dudas, inseguridades y demás, incluso de los socialistas, socialdemócratas, etc. completamente «leales».

5) Si personas como Baratono, Zannarini, Bacci, Giacomini, Serrati vacilan y presentan su dimisión, no hay que suplicarles que se queden, sino aceptarla de inmediato. Después del período de las batallas decisivas, volverán y serán entonces más útiles al proletariado.

6) ¡Camaradas trabajadores italianos! No olviden la lección de la historia de todas las revoluciones, las lecciones de Rusia y Hungría en 1917-1920. Ante el proletariado en Italia se yerguen las más grandes batallas, las más grandes dificultades, los más grandes sacrificios. Del desenlace de estas batallas, de la cohesión, la disciplina, la abnegación de las masas obreras depende la victoria sobre la burguesía, el paso del poder al proletariado, el fortalecimiento de la República Soviética en Italia. La burguesía de Italia y de todos los países del mundo hará todo lo posible, recurrirá a todos los crímenes y atrocidades, para no dar el poder al proletariado, para derrocar su poder. Las vacilaciones, los titubeos, la indecisión de los reformistas y de todos aquellos que participaron en el congreso de Reggio Emilia el 11 de octubre de 1920, son inevitables, pues gentes semejantes, a pesar incluso de la honradez de muchos de ellos, en todas las épocas, en todos los países, han arruinado la causa de la revolución con sus vacilaciones. Gentes semejantes arruinaron la revolución (la primera revolución, tras la cual vendrá otra…) en Hungría, habrían arruinado también en Rusia si no hubieran sido retiradas de todos los puestos de responsabilidad y rodeadas de un muro de desconfianza proletaria, de vigilancia, de control.

Las masas trabajadoras y explotadas de Italia seguirán al proletariado revolucionario. La victoria será, finalmente, suya, porque su causa es la causa de los trabajadores de todo el mundo, porque no hay otra salvación de la continuación de las actuales guerras imperialistas, de las nuevas guerras imperialistas que ya se preparan, de los horrores de la esclavitud y la opresión capitalistas, fuera de la república soviética, de la república obrera.

4 de noviembre de 1920.

2. Falsos discursos sobre la libertad (a modo de epílogo)

El camarada Nobs, redactor del periódico socialista de izquierda suizo "Volksrecht" en Zúrich{160}, publicó recientemente la carta de Zinóview sobre la necesidad de ruptura con los oportunistas y su extensa respuesta a dicha carta. La respuesta de Nobs se reduce a que a la cuestión de la aceptación de la 21ª condición y del ingreso en la Internacional Comunista se da una respuesta decididamente negativa, en nombre de la «libertad», por supuesto, la libertad de crítica, la libertad frente a la excesiva exigencia o al dictado de Moscú (no conservé el artículo de Nobs y me veo obligado a citar de memoria, respondiendo por el sentido, no por tal o cual expresión).

El camarada Nobs, entre otras cosas, busca reclutar como aliado al camarada Serrati, quien, como se sabe, también está descontento con «Moscú», es decir, especialmente con los miembros rusos del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, y también se queja de la violación por Moscú de la «libertad» de las partes constituyentes, de los partidos particulares y de los miembros particulares de la Internacional Comunista. Por lo tanto, no estará de más decir algunas palabras sobre la «libertad».

Habiendo vivido tres años de dictadura del proletariado, tenemos derecho a decir que la objeción más corriente y popular contra ella en todo el mundo es la referencia a la violación de la libertad y la igualdad. Toda la prensa burguesa de todos los países, hasta la prensa de los demócratas pequeñoburgueses, es decir, de los socialdemócratas y socialistas, incluidos Kautsky, Hilferding, Mártov, Chernov, Longuet, etc., etc., ataca a los bolcheviques precisamente por la violación de la libertad y la igualdad. Desde el punto de vista teórico, esto es completamente comprensible. Que el lector recuerde las famosas palabras de Marx, llenas de sarcasmo, en "El Capital":

"La esfera de la circulación o del intercambio de mercancías, dentro de cuyos límites se realiza la compra y venta de la fuerza de trabajo, es un verdadero edén de los derechos humanos innatos. Aquí reinan solamente la libertad, la igualdad, la propiedad y Bentham" ("El Capital", tomo I, sección segunda, final del capítulo cuarto, edición rusa de 1920, pág. 152){161}.

Estas palabras, llenas de sarcasmo, están llenas del más profundo contenido histórico-filosófico. Deben compararse con las explicaciones populares de la misma cuestión por Engels en su "Anti-Dühring", en particular con las palabras de Engels de que la igualdad es un prejuicio o una necedad en tanto este concepto no se reduzca a la abolición de las clases{162}.

La abolición del feudalismo y sus huellas, la introducción de las bases del orden burgués (se puede decir con pleno derecho: burgués-democrático) ocupó toda una época de la historia universal. Y las consignas de esta época histórico-mundial fueron inevitablemente libertad, igualdad, propiedad y Bentham. La abolición del capitalismo y sus huellas, la introducción de las bases del orden comunista constituye el contenido de la nueva época de la historia universal que ahora comienza. Y las consignas de nuestra época son inevitablemente y deben ser: la abolición de las clases; la dictadura del proletariado para realizar este objetivo; el desenmascaramiento despiadado de los prejuicios democráticos pequeñoburgueses acerca de la libertad y la igualdad, la lucha despiadada contra estos prejuicios. Quien no haya comprendido esto, no ha comprendido nada en las cuestiones de la dictadura del proletariado, del poder soviético, de los fundamentos cardinales de la Internacional Comunista.

Mientras no sean abolidas las clases, toda conversación sobre la libertad y la igualdad en general es un autoengaño o un engaño a los obreros, así como a todos los trabajadores y explotados por el capital, es, en todo caso, defensa de los intereses de la burguesía. Mientras no sean abolidas las clases, en toda discusión sobre la libertad y la igualdad debe plantearse la pregunta: ¿libertad para qué clase? ¿y para qué uso concreto? ¿igualdad de qué clase con cuál? ¿y en qué aspecto concreto? La evasión de estas preguntas, directa o indirecta, consciente o inconsciente, es inevitablemente defensa de los intereses de la burguesía, de los intereses del capital, de los intereses de los explotadores. La consigna de libertad e igualdad, cuando se callan estas preguntas, la propiedad privada sobre los medios de producción, es una mentira y una hipocresía de la sociedad burguesa, que con el reconocimiento formal de la libertad y la igualdad encubre la falta de libertad y la desigualdad económicas reales para los obreros, para todos los trabajadores y explotados por el capital, es decir, para la inmensa mayoría de la población en todos los países capitalistas.

En Rusia ahora, gracias a que la dictadura del proletariado ha planteado prácticamente las cuestiones fundamentales, últimas, del capitalismo, se ve con especial claridad a quién sirven (cui prodest? "¿a quién benefician?") las conversaciones sobre la libertad y la igualdad en general. Cuando los eseristas y mencheviques, los Chernov y Mártov, nos presentan razonamientos sobre el tema de la libertad y la igualdad dentro de los límites de la democracia laboral – ¡pues ellos, vean ustedes, no son en absoluto culpables de razonamientos sobre la libertad y la igualdad en general! ¡no olvidan en absoluto a Marx! –, entonces les preguntamos: ¿qué hacer con la diferencia entre la clase de los obreros asalariados y la clase de los pequeños propietarios en el período de la dictadura del proletariado?

La libertad y la igualdad dentro de los límites de la democracia laboral es la libertad para el pequeño agricultor propietario (aunque explote su tierra nacionalizada) de vender los excedentes de grano a precio de especulación, es decir, de explotar al obrero. Cualquiera que hable de libertad e igualdad dentro de los límites de la democracia laboral – a condición de que los capitalistas sean derrocados, pero la propiedad privada y la libertad de comercio subsistan aún –, es un defensor de los explotadores. Y con tal defensor el proletariado, al ejercer su dictadura, debe proceder como con un explotador, aunque este defensor se llame a sí mismo socialdemócrata, socialista o incluso hombre que ha reconocido la podredumbre de la II Internacional, etcétera, etcétera.

Mientras subsista la propiedad privada sobre los medios de producción (por ejemplo, sobre los instrumentos agrícolas y el ganado, aunque la propiedad privada sobre la tierra esté abolida) y el libre comercio, subsistirá la base económica del capitalismo. Y la dictadura del proletariado es el único medio de lucha victoriosa contra esta base, el único camino hacia la abolición de las clases (sin la cual no puede hablarse de verdadera libertad para la persona humana – y no para el propietario –, de verdadera igualdad, en el aspecto sociopolítico, de hombre a hombre – y no de la igualdad hipócrita del propietario y el desposeído, del harto y el hambriento, del explotador y el explotado). La dictadura del proletariado conduce a la abolición de las clases, conduce a ello mediante el derrocamiento de los explotadores y la represión de su resistencia, por un lado; conduce a ello, por otro lado, mediante la neutralización, la anulación de las vacilaciones del pequeño propietario entre la burguesía y el proletariado.

La falsedad de los discursos de los camaradas Nobs y Serrati no consiste, por supuesto, en que sean falsos, insinceros. Nada de eso. Son completamente sinceros, y no hay en sus discursos ninguna falsedad subjetiva. Pero objetivamente, por su contenido, sus discursos son falsos, pues consisten en la defensa de los prejuicios de la democracia pequeñoburguesa, pues se reducen a la defensa de la burguesía.

La Internacional Comunista no puede en modo alguno reconocer la libertad y la igualdad para todos los que deseen firmar determinadas declaraciones, con independencia de su conducta política. Esto sería para los comunistas un suicidio, tanto teórico como práctico-político, igual que reconocer la libertad y la igualdad «dentro de los límites de la democracia obrera», etc. Para todo el que sepa leer y quiera comprender lo que lee, no puede no estar claro que todas las decisiones, tesis, resoluciones, acuerdos, condiciones de la Internacional Comunista no reconocen la «libertad y la igualdad» de quienes desean ingresar en la IC de modo incondicional.

¿En qué consiste, pues, la condición de nuestro reconocimiento de la «libertad y la igualdad»? ¿la libertad y la igualdad de los miembros de la Internacional Comunista?

En que en el número de miembros no puedan ingresar los oportunistas y «centristas», como los conocidos representantes del ala derecha de los partidos socialistas suizo e italiano. Pues estos oportunistas y «centristas», por mucho que firmen su reconocimiento de la dictadura del proletariado, siguen siendo en la práctica predicadores y defensores de los prejuicios, las debilidades, las vacilaciones de la democracia pequeñoburguesa.

Primero: ruptura con esos prejuicios, debilidades, vacilaciones; con los hombres que predican, defienden, encarnan en la vida esas opiniones y cualidades. Después, y solo con esta condición: «libertad» de ingreso en la IC, «igualdad» del comunista de hecho (y no del comunista de palabra) con cualquier otro comunista, miembro de la IC.

Usted es «libre», camarada Nobs, de defender las opiniones que defiende. Pero nosotros también somos «libres» de declarar esas opiniones prejuicios pequeñoburgueses, perjudiciales para la causa del proletariado, útiles para el capital; nosotros también somos «libres» de negarnos a entrar en alianza o en sociedad con hombres que defienden esas opiniones o la política correspondiente a ellas. Y nosotros ya hemos condenado esa política y esas opiniones en nombre de todo el II Congreso de la Internacional Comunista. Ya hemos dicho que exigimos incondicional y previamente la ruptura con los oportunistas.

¡No hablen en general de libertad e igualdad, camarada Nobs y camarada Serrati! Hablen de la libertad de no cumplir las decisiones de la IC acerca de la obligatoriedad incondicional de la ruptura con los oportunistas y «centristas» (que no pueden no minar, no pueden no sabotear la dictadura del proletariado). Hablen de la igualdad de los oportunistas y «centristas» con los comunistas. Tal libertad y tal igualdad para la Internacional Comunista no podemos reconocerlas; cualquier otra libertad e igualdad –cuanto se quiera.

La condición más importante y fundamental del éxito en vísperas de la revolución proletaria es la liberación, es la libertad de los partidos del proletariado revolucionario respecto a los oportunistas y «centristas», respecto a su influencia, sus prejuicios, debilidades, vacilaciones.

11. XII. 1920.