La cuestión de la dictadura del proletariado es la cuestión fundamental del movimiento obrero contemporáneo en todos los países capitalistas, sin excepción. Para esclarecer completamente esta cuestión es necesario conocer su historia. En escala internacional, la historia de la doctrina sobre la dictadura revolucionaria en general y sobre la dictadura del proletariado en particular coincide con la historia del socialismo revolucionario y especialmente con la historia del marxismo. Después —y esto, naturalmente, es lo más importante— la historia de todas las revoluciones de la clase oprimida y explotada contra los explotadores es el material y la fuente principales de nuestros conocimientos sobre la cuestión de la dictadura. Quien no ha comprendido la necesidad de la dictadura de cualquier clase revolucionaria para su victoria, no ha entendido nada de la historia de las revoluciones o no quiere saber nada en este terreno.

En escala rusa, tiene una importancia especial, si hablamos de la teoría, el programa del POSDR{129}, redactado en 1902-1903 por la redacción de «Zariá» y «Iskra» o, más exactamente, redactado por G. V. Plejánov y corregido, modificado y aprobado por esta redacción. La cuestión de la dictadura del proletariado está planteada en este programa con claridad y precisión, y además precisamente en relación con la lucha contra Bernstein, contra el oportunismo. Pero la importancia más grande la tiene, naturalmente, la experiencia de la revolución, es decir, en Rusia la experiencia de 1905.

Los tres últimos meses de este año —octubre, noviembre y diciembre— fueron un período de lucha revolucionaria de masas notablemente intensa, amplia y poderosa, un período de combinación de los dos procedimientos más poderosos de esta lucha: la huelga política de masas y la insurrección armada. (Observemos entre paréntesis que ya en mayo de 1905 el Congreso bolchevique, el «Tercer Congreso del POSDR», reconoció «la tarea de organizar al proletariado para la lucha directa contra la autocracia por medio de la insurrección armada» como «una de las tareas más importantes e inaplazables del partido» y encargó a todas las organizaciones del partido «explicar el papel de las huelgas políticas de masas, que pueden tener una importancia importante al comienzo y en el transcurso mismo de la insurrección»{130}.)

Por primera vez en la historia mundial se alcanzó una altura de desarrollo y una fuerza de la lucha revolucionaria tal que la insurrección armada se presentó unida a la huelga de masas, esta arma específicamente proletaria. Es evidente que esta experiencia tiene un significado mundial para todas las revoluciones proletarias. Los bolcheviques estudiaron esta experiencia con toda atención y celo, tanto desde el punto de vista político como desde el económico. Señalaré el análisis de los datos mensuales sobre las huelgas económicas y políticas de 1905, sobre las formas de conexión entre unas y otras, sobre la altura de desarrollo de la lucha huelguística alcanzada entonces por primera vez en el mundo; este análisis fue dado por mí en la revista «Prosveshchenie» de 1910 o 1911 y repetido, en resúmenes breves, en la literatura bolchevique en el extranjero de aquella época{131}.

Las huelgas de masas y las insurrecciones armadas planteaban por sí mismas en el orden del día la cuestión del poder revolucionario y de la dictadura, porque estos procedimientos de lucha engendraban inevitablemente —primero en escala local— la expulsión de las viejas autoridades, la toma del poder por el proletariado y las clases revolucionarias, la expulsión de los terratenientes, a veces la toma de las fábricas, etc., etc. La lucha revolucionaria de masas del período mencionado hizo surgir organizaciones como los Soviets de diputados obreros, antes nunca vistos en la historia mundial, y a continuación los Soviets de diputados soldados, los Comités campesinos, etc., etc. Resultó un hecho tal que las cuestiones fundamentales (el poder soviético y la dictadura del proletariado) que ocupan ahora la atención de los obreros conscientes en todo el mundo, resultaron planteadas en la práctica a finales de 1905. Si representantes tan destacados del proletariado revolucionario y del marxismo no falsificado como Rosa Luxemburgo valoraron de inmediato la importancia de esta experiencia práctica y se pronunciaron en reuniones y en la prensa con un análisis crítico de la misma, la inmensa mayoría de los representantes oficiales de los partidos socialdemócratas y socialistas oficiales, incluidos los reformistas y gente del tipo de los futuros «kautskianos», «longuetistas», partidarios de Hillquit en América, etc., mostraron una total incapacidad para comprender la importancia de esta experiencia y cumplir su deber de revolucionarios, es decir, ponerse a estudiar y propagar las lecciones de esta experiencia.

En Rusia, tanto bolcheviques como mencheviques, inmediatamente después de la derrota de la insurrección armada de diciembre de 1905, se pusieron a hacer balance de esta experiencia. Este trabajo fue acelerado especialmente por el hecho de que en abril de 1906 tuvo lugar el Congreso de Estocolmo, el llamado «Congreso de Unificación del POSDR», en el que estuvieron representados y formalmente unificados tanto mencheviques como bolcheviques. La preparación de este congreso fue llevada a cabo por ambas fracciones con extraordinaria energía. Ambas fracciones publicaron antes del congreso, a principios de 1906, los proyectos de sus resoluciones sobre todas las cuestiones más importantes. Estos proyectos, reimpresos en mi folleto «Informe sobre el Congreso de Unificación del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (carta a los obreros de Petersburgo)», Moscú, 1906 (110 páginas, de las cuales casi la mitad son textos de los proyectos de resolución de ambas fracciones y de las resoluciones definitivamente aprobadas por el congreso), son el material más importante para conocer la forma en que entonces se planteaba la cuestión.

Las discusiones sobre la importancia de los Soviets ya estaban entonces vinculadas a la cuestión de la dictadura. Los bolcheviques, ya antes de la revolución de octubre de 1905, plantearon la cuestión de la dictadura (véase mi folleto «Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática», Ginebra, julio de 1905, reimpreso en la colección «Por 12 años»)[33]. Los mencheviques se mostraban negativos ante esta consigna de «dictadura». Los bolcheviques subrayaban que los Soviets de diputados obreros «eran de hecho los gérmenes de un nuevo poder revolucionario» —así decía textualmente el proyecto de resolución bolchevique (pág. 92 del «Informe»). Los mencheviques reconocían la importancia de los Soviets, estaban a favor de «coadyuvar a su formación», etc., pero no los consideraban gérmenes del poder revolucionario, no hablaban en general de un «nuevo poder revolucionario» de este o similar tipo, rechazaban directamente la consigna de la dictadura. No es difícil ver que todas las discrepancias actuales con los mencheviques están ya en embrión en esta forma de plantear la cuestión. No es difícil ver también que los mencheviques (tanto rusos como no rusos, del tipo de los kautskianos, longuetistas, etc.) se mostraron y se muestran en su planteamiento de esta cuestión como reformistas u oportunistas, que reconocen de palabra la revolución proletaria, pero en los hechos niegan lo más esencial y fundamental del concepto de revolución.

Ya antes de la revolución de 1905, en el mencionado folleto «Dos tácticas», analizaba yo el argumento de los mencheviques, que me acusaban de haber «sustituido imperceptiblemente los conceptos: revolución y dictadura» («Por 12 años», pág. 459[34]). Demostraba detalladamente que precisamente con esta acusación los mencheviques revelaban su oportunismo, su verdadera naturaleza política, como correa de transmisión de la burguesía liberal, como conductores de su influencia dentro del proletariado. Cuando la revolución se convierte en una fuerza indiscutible, entonces incluso sus adversarios comienzan a «reconocer la revolución», decía yo, señalando (en el verano de 1905) el ejemplo de los liberales rusos, que seguían siendo monárquicos-constitucionalistas. Ahora, en 1920, se podría añadir que también en Alemania y en Italia los burgueses liberales o, por lo menos, los más educados y hábiles de ellos, están dispuestos a «reconocer la revolución». Pero «reconociendo» la revolución y al mismo tiempo negándose a reconocer la dictadura de una clase determinada (o de clases determinadas), los liberales rusos y los mencheviques de entonces, los liberales alemanes e italianos de ahora, los turatianos, los kautskianos, revelan precisamente con ello su reformismo, su total inutilidad como revolucionarios.

Pues cuando la revolución se ha convertido ya en una fuerza indiscutible, cuando la «reconocen» incluso los liberales, cuando las clases gobernantes no sólo ven sino que sienten el poder invencible de las masas oprimidas, entonces toda la cuestión —tanto para los teóricos como para los dirigentes prácticos de la política— se reduce a la definición de clase precisa de la revolución. Y sin el concepto de «dictadura» no se puede dar esta definición de clase precisa. Sin la preparación de la dictadura no se puede ser revolucionario de hecho. Esta verdad no la comprendieron en 1905 los mencheviques, no la comprenden en 1920 los socialistas italianos, alemanes, franceses y demás, que temen las estrictas «condiciones» de la Internacional Comunista, temen personas capaces de reconocer la dictadura de palabra, pero no de prepararla de hecho. Y por ello no será inoportuno reproducir detalladamente la explicación de las opiniones de Marx que publiqué en julio de 1905 contra los mencheviques rusos, pero que se refiere también a los mencheviques de Europa occidental de 1920 (sustituyo los nombres de periódicos, etc., por la simple indicación de si se trata de mencheviques o bolcheviques):

«Todo poder estatal provisional —escribía la "Nueva Gaceta Renana" el 14 de septiembre de 1848— después de una revolución exige una dictadura y una dictadura enérgica. Desde el principio echamos en cara a Camphausen (jefe del ministerio después del 18 de marzo de 1848) que no actuara dictatorialmente, que no hubiera destrozado inmediatamente y eliminado los restos de las viejas instituciones. Y mientras el señor Camphausen se adormecía con ilusiones constitucionales, el partido derrotado (es decir, el partido de la reacción) consolidó sus posiciones en la burocracia y en el ejército, e incluso comenzó a atreverse aquí y allá a una lucha abierta»{133}.

En estas palabras —dice con razón Mehring— se resume en pocas tesis lo que la «Nueva Gaceta Renana» desarrollaba detalladamente en largos artículos sobre el ministerio Camphausen. ¿Qué nos dicen estas palabras de Marx? Que el gobierno revolucionario provisional debe actuar dictatorialmente (tesis que los mencheviques, que rehuían la consigna de dictadura, no pudieron comprender de ningún modo); que la tarea de esta dictadura es la destrucción de los restos de las viejas instituciones (precisamente lo que se indica claramente en la resolución del III Congreso del POSDR (bolchevique) sobre la lucha contra la contrarrevolución y que se omitió en la resolución de los mencheviques, como hemos mostrado más arriba). Finalmente, en tercer lugar, de estas palabras se deduce que Marx fustigaba a los demócratas burgueses por sus «ilusiones constitucionales» en la época de la revolución y de la guerra civil abierta. El sentido de estas palabras se ve con particular claridad en el artículo de la «Nueva Gaceta Renana» del 6 de junio de 1848.

«La Asamblea Nacional Constituyente —escribía Marx— debe ser ante todo una asamblea activa, revolucionariamente activa. Y la Asamblea de Fráncfort{134} se ocupa de ejercicios escolares en parlamentarismo y deja actuar al gobierno. Supongamos que a este erudito concilio le hubiera sido posible, después de madura deliberación, elaborar el mejor orden del día y la mejor constitución. ¿Qué provecho se sacaría del mejor orden del día y de la mejor constitución si los gobiernos alemanes han puesto ya la bayoneta en el orden del día?»{135}.

He aquí el sentido de la consigna: dictadura...

Los grandes problemas de la vida de los pueblos se resuelven sólo por la fuerza. Las propias clases reaccionarias son las que suelen recurrir primero a la violencia, a la guerra civil, «ponen la bayoneta en el orden del día», como hizo la autocracia rusa y sigue haciendo sistemática e inexorablemente, en todas partes y por doquier, a partir del 9 de enero{136}. Y una vez creada esta situación, una vez que la bayoneta se ha colocado realmente a la cabeza del orden del día político, una vez que la insurrección ha resultado necesaria e inaplazable, entonces las ilusiones constitucionales y los ejercicios escolares en parlamentarismo se convierten en mero encubrimiento de la traición burguesa a la revolución, encubrimiento de cómo «se aparta» la burguesía de la revolución. La clase verdaderamente revolucionaria debe entonces levantar precisamente la consigna de dictadura»[36].

Así razonaban los bolcheviques sobre la dictadura antes de la revolución de octubre de 1905.

Después de la experiencia de esta revolución, tuve que examinar detalladamente la cuestión de la dictadura en el folleto «La victoria de los kadetes y las tareas del partido obrero», Petersburgo, 1906 (el folleto está fechado el 28 de marzo de 1906). De este folleto citaré todas las reflexiones más esenciales, advirtiendo que sustituyo una serie de nombres propios por la simple indicación de si se trata de kadetes o mencheviques. En general, el folleto está dirigido contra los kadetes y en parte contra los liberales sin partido, semikadetes, semimencheviques. Pero en el fondo, todo lo dicho sobre la dictadura se refiere precisamente a los mencheviques, que a cada paso resbalaban hacia los kadetes en esta cuestión.

«Precisamente en el momento en que se apagaban los disparos en Moscú, cuando la dictadura militar-policíaca celebraba sus orgías furiosas, cuando las ejecuciones y las torturas en masa recorrían toda Rusia, en la prensa kadete se alzaban voces contra la violencia desde la izquierda, contra los comités de huelga de los partidos revolucionarios. Los profesores kadetes, que comercian con la ciencia a costa de Dubásov, llegaban hasta el punto de traducir la palabra "dictadura" por "estado de vigilancia reforzada". Los "hombres de ciencia" deformaban incluso su latín de gimnasio para rebajar la lucha revolucionaria. Dictadura significa —llévenlo de una vez para siempre en cuenta, señores kadetes— un poder ilimitado, basado en la fuerza y no en la ley. Durante la guerra civil, todo poder vencedor no puede ser más que una dictadura. Pero la cuestión está en que existe la dictadura de la minoría sobre la mayoría, de una pandilla policíaca sobre el pueblo, y existe la dictadura de la inmensa mayoría del pueblo sobre una pandilla de violentos, saqueadores y usurpadores del poder popular. Con su vulgar deformación del concepto científico de "dictadura", con sus gritos contra la violencia desde la izquierda en la época del desenfreno de la violencia más inicua, más vil desde la derecha, los señores kadetes mostraron con hechos cuál es la posición de los "conciliadores" en la lucha revolucionaria agudizada. El "conciliador" se esconde cobardemente cuando la lucha se enciende. Cuando ha vencido el pueblo revolucionario (17 de octubre), el "conciliador" sale de su madriguera, se pavonea jactanciosamente, se deshace en charlatanería y grita hasta la irritación: aquella fue una huelga política "gloriosa". Cuando vence la contrarrevolución, el "conciliador" comienza a cubrir a los vencidos con amonestaciones y admoniciones hipócritas. La huelga victoriosa fue "gloriosa". Las huelgas vencidas fueron criminales, salvajes, insensatas, anárquicas. La insurrección vencida fue una locura, un desenfreno de los elementos, un barbarismo, un absurdo. En una palabra, la conciencia política y la inteligencia política del "conciliador" consiste en arrastrarse ante el que en ese momento es más fuerte, en enredarse entre las piernas de los combatientes, estorbar ora a un lado, ora al otro, embotar la lucha y embrutecer la conciencia revolucionaria del pueblo que libra una lucha desesperada por la libertad»[37].

A continuación. Será extraordinariamente oportuno citar las aclaraciones sobre la cuestión de la dictadura dirigidas contra el señor R. Blank. Este R. Blank exponía en un periódico menchevique en el fondo, pero formalmente sin partido, de 1906{137} las opiniones de los mencheviques, alabándolos porque «se esfuerzan por dirigir el movimiento socialdemócrata ruso por el camino por el que se mueve la socialdemocracia internacional encabezada por el gran partido socialdemócrata de Alemania».

Dicho de otro modo, R. Blank, igual que los kadetes, contraponía a los bolcheviques, como revolucionarios irrazonables, no marxistas, amotinadores, etc., a los «sensatos» mencheviques, presentando también al partido socialdemócrata alemán como menchevique. Este es el recurso habitual de la corriente internacional de los social-liberales, pacifistas, etc., que ensalzan en todos los países a los reformistas, oportunistas, kautskianos, longuetistas, como socialistas «sensatos», en contraposición a la «locura» de los bolcheviques.

He aquí cómo respondía yo al señor R. Blank en el mencionado folleto de 1906:

«El señor Blank confronta dos períodos de la revolución rusa: el primero abarca, aproximadamente, octubre-diciembre de 1905. Es el período del torbellino revolucionario. El segundo es el período actual, que nosotros, ciertamente, tenemos derecho a llamar período de las victorias kadetes en las elecciones a la Duma, o quizás, si nos atrevemos a adelantarnos, período de la Duma kadete.

Sobre este período, el señor Blank dice que ha llegado de nuevo el turno del pensamiento y la razón, y se puede volver a la actividad consciente, planificada, sistemática. El primer período, en cambio, lo caracteriza el señor Blank como un período de divergencia entre la teoría y la práctica. Desaparecieron todos los principios e ideas socialdemócratas, se olvidó la táctica siempre predicada por los fundadores de la socialdemocracia rusa, fueron incluso arrancados de raíz los fundamentos mismos de la concepción del mundo socialdemócrata.

Esta afirmación fundamental del señor Blank es de carácter puramente fáctico. Toda la teoría del marxismo divergió de la "práctica" del período del torbellino revolucionario.

¿Es así? ¿Cuál es el primer y principal "fundamento" de la teoría marxista? Que la única clase hasta el final revolucionaria de la sociedad contemporánea y, por tanto, la más avanzada en toda revolución es el proletariado. Se pregunta: ¿acaso el torbellino revolucionario arrancó de raíz este "fundamento" de la concepción del mundo socialdemócrata? Al contrario, el torbellino lo confirmó del modo más brillante. Precisamente el proletariado fue el combatiente principal, casi único al principio, de este período. Casi por primera vez en la historia mundial, una revolución burguesa se caracterizó por la aplicación en gran escala, sin precedentes incluso en países capitalistas más desarrollados, del arma de lucha puramente proletaria: la huelga política de masas. El proletariado fue a la lucha, directamente revolucionaria, en un momento en que los señores Struve y los señores Blank llamaban a ir a la Duma buliguiniana, cuando los profesores kadetes llamaban a los estudiantes a estudiar. El proletariado, con su arma proletaria de lucha, conquistó para Rusia toda esa, por así decirlo, "constitución" que desde entonces no han hecho más que estropear, recortar y cercenar. El proletariado aplicó en octubre de 1905 aquel procedimiento táctico de lucha del que hablaba medio año antes la resolución del III Congreso bolchevique del POSDR, que llamaba insistentemente la atención sobre la importancia de combinar la huelga política de masas con la insurrección; precisamente esta combinación caracteriza todo el período del "torbellino revolucionario", todo el último trimestre de 1905. Así, pues, nuestro ideólogo de la pequeña burguesía ha falseado la realidad del modo más desvergonzado y más clamoroso. No señaló un solo hecho que atestiguara la divergencia entre la teoría marxista y la experiencia práctica del "torbellino revolucionario"; intentó encubrir el rasgo fundamental de este torbellino, que dio la confirmación más brillante de "todos los principios e ideas socialdemócratas", de "todos los fundamentos de la concepción del mundo socialdemócrata".

¿Cuál es, sin embargo, la verdadera causa que impulsó al señor Blank a llegar a esta opinión monstruosamente falsa de que en el período del "torbellino" desaparecieron todos los principios e ideas marxistas? El examen de esta circunstancia es muy interesante: nos desenmascara una y otra vez la verdadera naturaleza del espíritu pequeñoburgués en política.

¿En qué consistió la diferencia principal entre el período del "torbellino revolucionario" y el actual período "kadete", desde el punto de vista de los diversos procedimientos de actividad política, desde el punto de vista de los diferentes métodos de creación histórica del pueblo? Ante todo y principalmente, en que en el período del "torbellino" se aplicaron algunos métodos especiales de esta creación, ajenos a otros períodos de la vida política. He aquí los más esenciales de estos métodos: 1) la "toma" por el pueblo de la libertad política, su realización, sin ningún derecho ni ley y sin ninguna limitación (libertad de reunión aunque sea en las universidades, libertad de prensa, de asociación, de congresos, etc.); 2) la creación de nuevos órganos de poder revolucionario: los Soviets de diputados obreros, soldados, ferroviarios, campesinos, los nuevos poderes rurales y urbanos, etc., etc. Estos órganos eran creados exclusivamente por las capas revolucionarias de la población, eran creados al margen de toda ley y toda norma, enteramente por vía revolucionaria, como producto de la creación popular original, como manifestación de la iniciativa propia del pueblo, liberado o que se libera de las viejas trabas policíacas. Estos eran, finalmente, precisamente órganos de poder, a pesar de todo su estado embrionario, espontaneidad, falta de forma, imprecisión en su composición y en su funcionamiento. Actuaban como poder, tomando, por ejemplo, imprentas (Petersburgo), deteniendo a funcionarios de la policía que impedían al pueblo revolucionario ejercer sus derechos (ejemplos hubo también en Petersburgo, donde el órgano correspondiente del nuevo poder era el más débil y el viejo poder el más fuerte). Actuaban como poder, dirigiéndose a todo el pueblo con el llamamiento a no dar dinero al viejo gobierno. Confiscaban el dinero del viejo gobierno (los comités de huelga ferroviarios del sur) y lo invertían en las necesidades del nuevo gobierno popular; sí, estos eran, indudablemente, gérmenes del nuevo gobierno popular o, si se quiere, revolucionario. Por su carácter social y político, esto era, en germen, la dictadura de los elementos revolucionarios del pueblo. ¿Se sorprenden ustedes, señor Blank y señor Kizewetter? ¿No ven aquí un "estado de vigilancia reforzada", equivalente para el burgués a dictadura? Ya les hemos dicho que ustedes no tienen la menor idea del concepto científico de dictadura. Ahora se lo explicaremos, pero antes señalaremos un tercer "método" de acción de la época del "torbellino revolucionario": la aplicación por el pueblo de la violencia contra los violentadores del pueblo.

Los órganos de poder por nosotros descritos eran, en germen, una dictadura, porque este poder no reconocía ningún otro poder ni ninguna ley, ninguna norma, viniera de quien viniera. Poder ilimitado, al margen de la ley, basado en la fuerza, en el sentido más directo de la palabra, eso es la dictadura. Pero la fuerza en que se apoyaba y a la que tendía a apoyarse este nuevo poder no era la fuerza de la bayoneta, arrebatada por un puñado de militares, no era la fuerza de la "comisaría", no era la fuerza del dinero, no era la fuerza de ninguna de las instituciones anteriores, establecidas. Nada de eso. Ni armas, ni dinero, ni viejas instituciones tenían los nuevos órganos del nuevo poder. Su fuerza —¿pueden imaginarlo, señor Blank y señor Kizewetter?— no tenía nada de común con los viejos instrumentos de la fuerza, nada de común con el "estado de vigilancia reforzada", si no se tiene en cuenta la vigilancia reforzada del pueblo contra la opresión que ejercían sobre él los órganos policíacos y otros del viejo poder.

¿En qué se apoyaba esta fuerza? Se apoyaba en la masa popular. He aquí la diferencia fundamental de este nuevo poder respecto de todos los órganos anteriores del viejo poder. Aquéllos eran órganos del poder de la minoría sobre el pueblo, sobre la masa de obreros y campesinos. Estos eran órganos del poder del pueblo, de los obreros y campesinos, sobre la minoría, sobre un puñado de violentadores policíacos, sobre una pandilla de nobles y funcionarios privilegiados. Tal es la diferencia entre la dictadura sobre el pueblo y la dictadura del pueblo revolucionario, ¡recuérdenlo bien, señor Blank y señor Kizewetter! El viejo poder, como dictadura de la minoría, podía mantenerse exclusivamente mediante artimañas policíacas, exclusivamente mediante la exclusión, la separación de la masa popular de la participación en el poder, de la vigilancia sobre el poder. El viejo poder desconfiaba sistemáticamente de la masa, temía la luz, se mantenía mediante el engaño. El nuevo poder, como dictadura de la inmensa mayoría, podía mantenerse y se mantenía exclusivamente mediante la confianza de la inmensa masa, exclusivamente atrayendo del modo más libre, más amplio y más fuerte a toda la masa a la participación en el poder. Nada oculto, nada secreto, ningún reglamento, ninguna formalidad. ¿Eres un trabajador? ¿Quieres luchar por la liberación de Rusia de un puñado de violentadores policíacos? Eres nuestro camarada. Elige a tu diputado, ahora mismo, inmediatamente; elígelo como consideres conveniente; nosotros aceptaremos gustosa y alegremente a tu diputado como miembro de pleno derecho de nuestro Soviet de diputados obreros, del Comité campesino, del Soviet de diputados soldados, etc., etc. Este es un poder abierto para todos, que hace todo a la vista de la masa, accesible a la masa, que emana directamente de la masa, órgano directo e inmediato de la masa popular y de su voluntad. Tal era el nuevo poder, o más exactamente, sus gérmenes, pues la victoria del viejo poder pisoteó muy temprano los brotes de la joven planta.

Preguntarán ustedes, quizás, señor Blank o señor Kizewetter, ¿por qué entonces la "dictadura", por qué la "violencia"? ¿Acaso la inmensa masa necesita violencia contra un puñado, acaso las decenas y centenas de millones pueden ser dictadores sobre un millar, sobre una decena de millares?

Esta pregunta la suelen hacer las personas que ven por primera vez la aplicación del término dictadura en una acepción nueva para ellas. Las personas están acostumbradas a ver sólo el poder policíaco y sólo la dictadura policíaca. Les resulta extraño que pueda haber un poder sin ninguna policía, pueda haber una dictadura no policíaca. Ustedes dicen que los millones no necesitan violencia contra los millares. Se equivocan, y se equivocan porque examinan el fenómeno no en su desarrollo. Olvidan ustedes que el nuevo poder no cae del cielo, sino que crece, surge junto al viejo poder, contra el viejo poder, en la lucha contra él. Sin violencias contra los violentadores que tienen en sus manos los instrumentos y órganos del poder, no es posible liberar al pueblo de los violentadores.

He aquí un pequeño ejemplo, señor Blank y señor Kizewetter, para que puedan asimilar esta sabiduría, inaccesible a la razón kadete, "vertiginosa" para el pensamiento kadete. Imagínense que Avrámov mutila y atormenta a Spiridónova. Del lado de Spiridónova, supongamos, hay decenas y centenas de personas desarmadas. Del lado de Avrámov un puñado de cosacos. ¿Qué haría el pueblo si las torturas de Spiridónova no tuvieran lugar en una mazmorra? Aplicaría la violencia contra Avrámov y su séquito. Sacrificaría quizás a algunos combatientes, fusilados por Avrámov, pero por la fuerza desarmaría a Avrámov y a los cosacos, y es muy probable que matara en el acto a algunos de estos, con permiso, hombres, y encerrara a los demás en alguna cárcel para impedir que sigan cometiendo atropellos y para entregarlos al tribunal popular.

Ya ven, señor Blank y señor Kizewetter: cuando Avrámov con los cosacos atormenta a Spiridónova, eso es la dictadura militar-policíaca sobre el pueblo. Cuando el pueblo revolucionario (capaz de luchar contra los violentadores, y no sólo de amonestar, exhortar, compadecer, condenar, gimotear y lamentarse, no limitado de modo pequeñoburgués, sino revolucionario) aplica la violencia a Avrámov y los Avrámov, eso es la dictadura del pueblo revolucionario. Esto es dictadura, porque es el poder del pueblo sobre Avrámov, poder no limitado por ninguna ley (el pequeñoburgués quizás estaría en contra de arrancar por la fuerza a Spiridónova de manos de Avrámov: ¡esto no es conforme a la "ley"! ¿Acaso tenemos una "ley" tal que autorice a matar a Avrámov? ¿Acaso no han creado algunos ideólogos del pequeñoburgués la teoría de la no resistencia al mal mediante la violencia?). El concepto científico de dictadura no significa otra cosa que el poder ilimitado, no restringido por ninguna ley, por ninguna regla absolutamente, basado directamente en la violencia. Nada más significa el concepto de «dictadura», recuérdenlo bien, señores kadetes. Además, en el ejemplo que hemos tomado vemos precisamente la dictadura del pueblo, porque el pueblo, la masa de la población, informe, «casualmente» reunida en un lugar dado, ella misma y directamente entra en escena, ella misma administra justicia y castigo, aplica el poder, crea un nuevo derecho revolucionario. Finalmente, esta es la dictadura precisamente del pueblo revolucionario. ¿Por qué sólo del revolucionario, y no de todo el pueblo? Porque en todo el pueblo, que sufre constante y cruelmente por las hazañas de los Avrámov, hay personas físicamente abatidas, atemorizadas, personas moralmente abatidas, por ejemplo, por la teoría de la no resistencia al mal mediante la violencia, o simplemente abatidas no por la teoría, sino por el prejuicio, la costumbre, la rutina, personas indiferentes, lo que se llama filisteos, pequeñoburgueses, que son más capaces de apartarse de la lucha aguda, pasar de largo o incluso esconderse (¡como para que no te alcance en la pelea!). He aquí por qué la dictadura no la ejerce todo el pueblo, sino sólo el pueblo revolucionario, que no teme, sin embargo, en absoluto a todo el pueblo, que descubre a todo el pueblo las causas de sus acciones y todos sus detalles, que atrae gustosamente a todo el pueblo a la participación no sólo en la administración del Estado, sino también en el poder, y a la participación en la organización misma del Estado.

Así, pues, el ejemplo sencillo que hemos tomado contiene todos los elementos del concepto científico: «dictadura del pueblo revolucionario», así como del concepto: «dictadura militar-policíaca». De este ejemplo sencillo, accesible incluso a un profesor kadete erudito, podemos pasar a fenómenos más complejos de la vida social.

La revolución, en el sentido estricto e inmediato de la palabra, es precisamente ese período de la vida del pueblo en que la cólera acumulada durante siglos contra las hazañas de los Avrámov irrumpe en acciones, no en palabras, y en acciones de las masas populares millonarias, no de individuos aislados. El pueblo despierta y se levanta para liberarse de los Avrámov. El pueblo libera a las innumerables Spiridónova de la vida rusa de los Avrámov, aplica la violencia a los Avrámov, toma el poder sobre los Avrámov. Esto ocurre, naturalmente, no de un modo tan sencillo y tan «repentino» como en el ejemplo, simplificado por nosotros para el señor profesor Kizewetter; esta lucha del pueblo con los Avrámov, la lucha en el sentido estricto e inmediato, este desembarazarse el pueblo de los Avrámov se prolonga durante meses y años del «torbellino revolucionario». Este desembarazarse el pueblo de los Avrámov es el contenido real de lo que se llama la gran revolución rusa. Este desembarazarse, si se examina desde el lado de los métodos de la creación histórica, se produce en las formas que acabamos de describir, hablando del torbellino revolucionario, a saber: toma por el pueblo de la libertad política, es decir, de una libertad cuya realización impedían los Avrámov; creación por el pueblo de un nuevo poder revolucionario, del poder sobre los Avrámov, del poder sobre los violentadores del viejo régimen policíaco; aplicación por el pueblo de la violencia contra los Avrámov para eliminar, desarmar y neutralizar a estos perros salvajes, a todos los Avrámov, Durnovó, Dubásov, Min, etc., etc.

¿Es bueno que el pueblo aplique tales procedimientos de lucha ilegales, desordenados, no planificados ni sistemáticos, como la toma de la libertad, la creación de un poder nuevo, formalmente no reconocido por nadie y revolucionario, la aplicación de la violencia contra los opresores del pueblo? Sí, esto es muy bueno. Es la manifestación más elevada de la lucha del pueblo por la libertad. Es aquella gran época en que los sueños de los mejores hombres de Rusia sobre la libertad se convierten en obra, obra de las propias masas populares, no de héroes aislados. Esto es tan bueno como bueno es el hecho de que la multitud (en nuestro ejemplo) libere a Spiridónova de Avrámov, y desarme y neutralice por la fuerza a Avrámov.

Pero aquí precisamente llegamos al punto central de los pensamientos y temores ocultos de los kadetes. El kadete es el ideólogo del pequeñoburgués porque traslada a la política, a la liberación de todo el pueblo, a la revolución, el punto de vista de aquel filisteo que en nuestro ejemplo de la tortura de Spiridónova por Avrámov detendría a la multitud, aconsejaría no violar la ley, no apresurarse a liberar a las víctimas de manos del verdugo que actúa en nombre del poder legítimo. Naturalmente, en nuestro ejemplo, ese filisteo sería directamente un monstruo moral, y aplicado a toda la vida social, la monstruosidad moral del pequeñoburgués es una cualidad, repetimos, no personal, sino social, condicionada quizás por los prejuicios firmemente arraigados en la cabeza de la ciencia jurídico-burguesa y filistea.

¿Por qué el señor Blank considera ni siquiera necesitado de prueba que en el período del «torbellino» fueron olvidados todos los principios marxistas? Porque él deforma el marxismo en brentanismo{138}, considerando no marxistas tales «principios» como la toma de la libertad, como la creación del poder revolucionario, como la aplicación de la violencia por el pueblo. Esta opinión trasluce en todo el artículo del señor Blank, y no sólo de Blank, sino de todos los kadetes, de todos los escritores del campo liberal y radical que hoy ensalzan a Plejánov por su amor a los kadetes, hasta los bernsteinianos de «Sin Título»{139}, los señores Prokopóvich, Kuskova y tutti quanti[38].

Examinemos cómo surgió esta opinión y por qué debía surgir.

Surgió directamente de la interpretación bernsteiniana o, más ampliamente, oportunista de la socialdemocracia de Europa occidental. Los errores de esta interpretación, que los «ortodoxos» en Occidente desenmascararon sistemática y totalmente, son ahora transferidos «a hurtadillas», bajo otra salsa y con otro pretexto, a Rusia. Los bernsteinianos aceptaban y aceptan el marxismo con exclusión de su lado directamente revolucionario. La lucha parlamentaria la consideran no como uno de los medios de lucha, adecuado especialmente en determinados períodos históricos, sino como la forma principal y casi exclusiva de lucha, que hace innecesarias la «violencia», las «tomas», la «dictadura». Esta vulgar, pequeñoburguesa deformación del marxismo es lo que ahora transfieren a Rusia los señores Blank y demás alabadores liberales de Plejánov. Están tan habituados a esta deformación que ni siquiera consideran necesario demostrar el olvido de los principios e ideas marxistas en el período del torbellino revolucionario.

¿Por qué debía surgir esta opinión? Porque corresponde del modo más profundo a la posición e intereses de clase de la pequeña burguesía. El ideólogo de la sociedad burguesa «purificada» admite todos los métodos de lucha de la socialdemocracia excepto precisamente aquellos que aplica el pueblo revolucionario en las épocas de «torbellino» y que aprueba y ayuda a aplicar la socialdemocracia revolucionaria. Los intereses de la burguesía exigen la participación del proletariado en la lucha contra la autocracia, pero sólo una participación que no se convierta en hegemonía del proletariado y el campesinado, sólo una participación que no elimine completamente los viejos órganos de poder autocráticos, feudales y policíacos. La burguesía quiere conservar estos órganos, sometiéndolos simplemente a su control directo; los necesita contra el proletariado, al que la destrucción completa de estos órganos facilitaría demasiado su lucha proletaria. He aquí por qué los intereses de la burguesía, como clase, exigen la monarquía y la cámara alta, exigen la no admisión de la dictadura del pueblo revolucionario. Lucha contra la autocracia, dice la burguesía al proletariado, pero no toques los viejos órganos de poder, los necesito. Lucha «parlamentariamente», es decir, dentro de los límites que yo te prescribiré de acuerdo con la monarquía, lucha por medio de organizaciones, pero no tales como los comités de huelga general, los Soviets de diputados obreros, soldados, etc., sino por medio de aquellas que la ley, promulgada por mí de acuerdo con la monarquía, reconoce y limita, neutraliza con respecto al capital.

Comprensible es, por tanto, por qué la burguesía habla del período del «torbellino» con desprecio, desdén, cólera, odio; y del período del constitucionalismo amparado por Dubásov con entusiasmo, embriaguez, con infinito enamoramiento pequeñoburgués... de la reacción. Esta es la misma cualidad constante e inmutable de los kadetes: la aspiración a apoyarse en el pueblo y el miedo a su iniciativa revolucionaria.

Comprensible es también por qué la burguesía teme más que al fuego la repetición del «torbellino», por qué ignora y encubre los elementos de una nueva crisis revolucionaria, por qué sostiene y difunde en el pueblo las ilusiones constitucionales.

Ahora hemos explicado completamente por qué el señor Blank y sus semejantes declaran que en el período del «torbellino» fueron olvidados todos los principios e ideas marxistas. El señor Blank, como todos los pequeñoburgueses, reconoce el marxismo con exclusión de su lado revolucionario; reconoce los procedimientos de lucha socialdemócratas con exclusión de los procedimientos más revolucionarios y directamente revolucionarios.

La actitud del señor Blank hacia el período del «torbellino» es extremadamente característica, como ilustración de la incomprensión burguesa de los movimientos proletarios, del miedo burgués ante la lucha aguda y decisiva, del odio burgués a todas las manifestaciones del modo abrupto, demoledor de las viejas instituciones, revolucionario en el sentido directo de la palabra, de resolver las cuestiones sociohistóricas. El señor Blank se ha delatado, ha delatado de golpe toda su limitación burguesa. Ha oído y leído que los socialdemócratas en el período del torbellino cometían «errores»; se apresuró a concluir y a declarar con aplomo, de modo inapelable y gratuito, que todos los «principios» del marxismo (¡de los que no tiene la menor idea!) fueron olvidados. Observaremos con respecto a estos «errores»: ¿acaso hubo un período en el desarrollo del movimiento obrero, en el desarrollo de la socialdemocracia, en que no se cometieran uno u otros errores? ¿acaso no se observaran tales o cuales desviaciones a la derecha o a la izquierda? ¿acaso la historia del período parlamentario de la lucha socialdemócrata alemana —aquel período que a todos los burgueses limitados de todo el mundo les parece el límite, el no plus ultra— no está llena de tales errores? Si el señor Blank no fuera un perfecto ignorante en cuestiones de socialismo, recordaría fácilmente a Mühlberger, a Dühring, la cuestión de la Dampfersubvention{140}, a los «jóvenes»{141}, la bernsteiniada, y muchas, muchas otras cosas. Pero al señor Blank no le importa el estudio del curso real del desarrollo de la socialdemocracia, él necesita sólo rebajar el vuelo proletario de la lucha para engrandecer la pobreza burguesa de su partido kadete.

En realidad, si miramos la cuestión desde el punto de vista de las desviaciones de la socialdemocracia de su camino habitual, «normal», veremos que también en este aspecto el período del «torbellino revolucionario» muestra una cohesión y una integridad ideológica de la socialdemocracia mayor, y no menor, en comparación con el anterior. La táctica de la época del «torbellino» no alejó, sino que acercó a las dos alas de la socialdemocracia. En lugar de las antiguas divergencias se obtuvo una unidad de opiniones sobre la cuestión de la insurrección armada. Los socialdemócratas de ambas fracciones trabajaban en los Soviets de diputados obreros, estos peculiares órganos del poder revolucionario embrionario, atraían a soldados, campesinos a estos Soviets, publicaban manifiestos revolucionarios conjuntamente con los partidos revolucionarios pequeñoburgueses. Las viejas disputas de la época prerevolucionaria se sustituyeron por la solidaridad en las cuestiones prácticas. El ascenso de la ola revolucionaria hizo a un lado las divergencias, obligó a reconocer la táctica de combate, eliminó la cuestión de la Duma, colocó en el orden del día la cuestión de la insurrección, acercó en el trabajo inmediato más próximo a la socialdemocracia y a la democracia burguesa revolucionaria. En «Severni Golos»{142} los mencheviques junto con los bolcheviques llamaban a la huelga y a la insurrección, llamaban a los obreros a no cesar la lucha hasta que el poder estuviera en sus manos. La situación revolucionaria sugería por sí misma las consignas prácticas. Las disputas se referían sólo a detalles en la valoración de los acontecimientos: «Nachalo»{143}, por ejemplo, consideraba los Soviets de diputados obreros como órganos de autogobiernos revolucionarios; «Novaya Zhizn»{144}, como órganos embrionarios de poder revolucionario, que unían al proletariado y a la democracia revolucionaria. «Nachalo» se inclinaba hacia la dictadura del proletariado. «Novaya Zhizn» mantenía el punto de vista de la dictadura democrática del proletariado y el campesinado. Pero, ¿acaso cualquier período en el desarrollo de cualquier partido socialista europeo no nos muestra tales y parecidas divergencias dentro de la socialdemocracia?

No, la deformación de los hechos por el señor Blank, su clamorosa falseadura de la historia de ayer se explica por esto y sólo por esto: tenemos ante nosotros una muestra de la complacida vulgaridad burguesa, a la que los períodos de torbellino revolucionario le parecen una locura («olvidados todos los principios», «el mismo pensamiento y la simple razón casi desaparecen»), y los períodos de represión de la revolución y de «progreso» pequeñoburgués (amparado por los Dubásov) le parecen una época de actividad razonable, consciente y planificada. Esta valoración comparativa de dos períodos (el del «torbellino» y el kadete) recorre como un hilo rojo todo el artículo del señor Blank. Cuando la historia de la humanidad avanza a la velocidad de una locomotora, esto es un «torbellino», un «torrente», una «desaparición» de todos los «principios e ideas». Cuando la historia se mueve a la velocidad del transporte de tracción animal, esto es la razón misma y la planificación misma. Cuando las masas populares mismas, con toda su prístina primitividad, su simple, tosca resolución comienzan a hacer historia, a encarnar en la vida directa e inmediatamente los «principios y teorías», entonces el burgués siente miedo y grita que «la razón pasa a segundo plano» (¿no es al revés, oh héroes del pequeñoburgués? ¿no es precisamente en tales momentos cuando la razón de las masas, y no la razón de individuos aislados, aparece en la historia? ¿no se convierte entonces la razón de masas en fuerza viva, activa, y no de gabinete?). Cuando el movimiento inmediato de las masas es aplastado por fusilamientos, ejecuciones, azotes, paro forzoso y hambre, cuando salen de las rendijas los chinches de la ciencia profesoral mantenida con el dinero de Dubásov y comienzan a resolver los asuntos por el pueblo en nombre de las masas, vendiendo y traicionando sus intereses a puñados de privilegiados, entonces a los caballeros del pequeñoburgués les parece que ha llegado la época del progreso apaciguado y tranquilo, «ha llegado el turno del pensamiento y la razón». El burgués es siempre y en todas partes fiel a sí mismo: tome usted «Polyarnaya Zvezda»{145} o «Nasha Zhizn», lea a Struve o a Blank, en todas partes lo mismo, en todas partes esta limitada, profesoral-pedantesca, burocráticamente muerta valoración de los períodos revolucionarios y reformistas. Los primeros son períodos de locura, tolle Jahre, de desaparición del pensamiento y la razón. Los segundos son períodos de «actividad consciente, sistemática».

No tergiversen mis palabras. No digan que hablo de la preferencia de los señores Blank por tales o cuales períodos. No se trata en absoluto de preferencia —de nuestra preferencia subjetiva no depende el cambio de los períodos históricos. Se trata de que en el análisis de las propiedades de uno u otro período (completamente independientemente de nuestra preferencia o de nuestras simpatías) los señores Blank falsean descaradamente la verdad. Se trata de que precisamente los períodos revolucionarios se distinguen por una mayor amplitud, una mayor riqueza, una mayor conciencia, una mayor planificación, una mayor sistematicidad, una mayor audacia y brillantez de la creación histórica en comparación con los períodos de progreso pequeñoburgués, kadete, reformista. ¡Y los señores Blank presentan las cosas al revés! Ellos presentan la pobreza como riqueza históricamente creadora. Ellos consideran la inactividad de las masas oprimidas o aplastadas como triunfo de la «sistematicidad» en la actividad de los burócratas, los burgueses. Ellos gritan sobre la desaparición del pensamiento y la razón, cuando en lugar de recortar proyectos de ley por todo tipo de escribientes de oficina y liberales penny-a-liner (escritorzuelos que viven a tanto la línea) llega el período de la actividad política directa de la «gente sencilla», que sencillamente, directa, inmediatamente rompe los órganos de opresión del pueblo, toma el poder, toma para sí lo que se consideraba perteneciente a todo tipo de saqueadores del pueblo, en una palabra, cuando precisamente despiertan el pensamiento y la razón de millones de personas aplastadas, despiertan no sólo para leer libritos, sino para la acción, la acción viva, humana, para la creación histórica»[39].

Tales fueron las discusiones sobre la dictadura en 1905-1906 en Rusia.

Los señores Dittmann, Kautsky, Crispien, Hilferding en Alemania, Longuet y Cía. en Francia, Turati y sus amigos en Italia, MacDonald y Snowden en Inglaterra, etc., discuten sobre la dictadura, en el fondo, exactamente igual que el señor R. Blank y los kadetes de 1905 en Rusia. No comprenden la dictadura, no saben prepararla, no son capaces de comprenderla y realizarla.

20. X. 1920.

Publicado el 9 de noviembre de 1920 en la revista «La Internacional Comunista» Nº 14

Se imprime según el manuscrito. Firma: N. Lenin