(Aplausos.) Camaradas, quisiera llamar vuestra atención sobre un aspecto que distingue la presente guerra, desde el punto de vista internacional o, más exactamente, desde el punto de vista de la situación internacional de Rusia, de las guerras anteriores. Por supuesto, ninguno de vosotros duda ni puede dudar de que esta guerra representa uno de los eslabones de una larga cadena de acontecimientos que significan la resistencia furiosa de la burguesía internacional frente al proletariado victorioso, el intento furioso de la burguesía internacional de estrangular a la Rusia Soviética, de derrocar al primer poder soviético a toda costa, por cualquier medio. No cabe la menor duda de que existe indudablemente una relación entre estos fenómenos, entre los intentos anteriores de la burguesía internacional y la guerra actual. Pero al mismo tiempo vemos la enorme diferencia entre esta guerra y las anteriores desde el punto de vista de nuestra situación internacional, el gigantesco impulso que nuestra lucha ha dado al movimiento obrero internacional, cómo el proletariado mundial se relaciona con las victorias de la Rusia Soviética, cómo se desarrolla y fortalece la lucha proletaria mundial y qué gigantesco trabajo se ha realizado en los algo más de dos años que existe la República Soviética.

Recordáis cómo los ministros más responsables, más poderosos de las potencias capitalistas más poderosas, sin rival en el mundo, anunciaron no hace mucho la formación de una alianza de 14 potencias contra Rusia; sabéis cómo esta alianza, bajo la presión de los todopoderosos capitalistas de Francia e Inglaterra, aglutinó a Yúdenich, Kolchak y Denikin y cómo elaboró un plan verdaderamente grandioso desde el punto de vista militar y omnicomprensivo. Y si hemos destruido este plan, ha sido porque toda la unidad de los imperialistas era solo aparente y las fuerzas de la burguesía internacional no resisten ni una sola prueba cuando se trata de sacrificarse realmente. Resultó que, tras cuatro años de matanza imperialista, las masas trabajadoras no reconocen la justicia de la guerra contra nosotros, y tenemos en ellas a un gran aliado. El plan de la Entente era realmente destructivo, pero fracasó debido a que las potencias capitalistas, a pesar de su poderosísima alianza, no pudieron realizarlo: resultaron incapaces de llevarlo a la práctica. Ninguna de las potencias, cada una de las cuales podía tener superioridad sobre nosotros, pudo mostrar unidad, porque el proletariado organizado no la apoya; ningún ejército –ni el francés ni el inglés– pudo soportar que sus soldados en suelo ruso fueran capaces de luchar contra la República Soviética.

Si recorremos mentalmente las situaciones desesperadas en que se ha encontrado nuestra república, cuando realmente estuvo contra el mundo entero, contra potencias inconmensurablemente más poderosas, y recordamos cómo salimos plenamente victoriosos de todas estas duras pruebas, estos recuerdos nos darán una idea clara de lo que tenemos ante nosotros ahora. Tenemos aquí un plan no nuevo, pero al mismo tiempo que no tiene nada que ver con aquel plan verdaderamente omnicomprensivo y unitario que teníamos hace seis meses. Tenemos fragmentos del viejo plan, y esto nos da la mayor garantía, desde el punto de vista de la correlación internacional de fuerzas, respecto a la desesperanza del intento actual. En el viejo plan teníamos un intento por parte de todas las potencias imperialistas, en alianza con todos los pequeños estados fronterizos del antiguo Imperio ruso, que antes eran oprimidos descarada y vergonzosamente por el gobierno zarista y capitalista de la Gran Rusia, de estrangular a la república obrera y campesina; ahora, algunas potencias, en alianza con uno de los estados fronterizos, intentan hacer lo que no lograron hacer todas las potencias imperialistas en alianza con todos los estados fronterizos y que emprendieron hace un año y seis meses en alianza con Kolchak, Denikin y otros. Vemos ahora fragmentos del plan imperialista. Los planes imperialistas se distinguen porque la burguesía muestra aquí especialmente su tenacidad. Sabe que lucha por el poder en su propio país, que aquí no se decide una cuestión rusa o polaca, sino la cuestión de su propia existencia. Por lo tanto, hay que esperar que a partir de cualquier fragmento del plan intente reconstruir el viejo plan fracasado.

Para todos nosotros es clara la divergencia de intereses de los estados imperialistas. A pesar de todas las declaraciones de sus ministros sobre el arreglo pacífico de las cuestiones controvertidas, en realidad las potencias imperialistas no pueden dar ni un paso serio en cuestiones políticas sin discrepar. Los franceses necesitan una Polonia fuerte y una Rusia fuerte de tipo zarista, y están dispuestos a hacer todos los sacrificios para ello. Inglaterra, en cambio, partiendo de su situación geográfica, aspira a otra cosa: a la desmembración de Rusia, al debilitamiento de Polonia, para que haya un equilibrio entre Francia y Alemania que asegure a los imperialistas vencedores la administración de las colonias de las que se apoderaron como resultado de la guerra mundial, despojando a Alemania. Aquí la divergencia de intereses es flagrante, y por mucho que nos aseguren los representantes de las potencias imperialistas en San Remo{51} que entre los aliados reina una plena unanimidad, sabemos que entre ellos no hay ningún acuerdo.

Sabemos que la ofensiva de Polonia son fragmentos del viejo plan que en otro tiempo unía a toda la burguesía internacional, y si entonces no funcionó este grandioso plan, que desde el punto de vista puramente militar garantizaba un éxito absoluto, ahora, incluso desde ese punto de vista, el plan es desesperado. Además, sabemos que las potencias imperialistas que hicieron una alianza con la burguesía polaca y el gobierno polaco se han enredado como nunca. La burguesía polaca, con cada paso de su política en los últimos meses, semanas y días, se desenmascara ante sus propias masas trabajadoras, riñe con sus propios aliados y no puede dar ni un paso consecuente en su política. Ya declarando su actitud irreconciliable hacia la Rusia Soviética y la imposibilidad de entablar conversación alguna con ella, ya levantando el bloqueo y anunciándolo solemnemente en nombre de la supuesta alianza, de la supuesta Liga de las Naciones, ya comenzando de nuevo una política de vacilaciones, los imperialistas nos han dado y nos dan la oportunidad de demostrar nuestra política pacífica, de demostrar que nuestra política internacional no tiene nada en común ni con la zarista ni con la política de los capitalistas rusos o de la burguesía rusa, aunque sea democrática. Hemos demostrado ante el mundo entero que nuestra política exterior no tiene nada que ver con la que constantemente nos atribuyen todos los periódicos burgueses. Así, en la política de Polonia no queda ni un solo engaño que ellos mismos no hayan desenmascarado. Por la experiencia de tres revoluciones rusas sabemos cómo se prepararon estas revoluciones y cómo, sobre la base de cada una de ellas, se desarrolló posteriormente la política interior e internacional. Esta experiencia muestra que nuestros mejores auxiliares en la preparación de la revolución son las clases dominantes que, pretendiendo formar todo tipo de coaliciones, asambleas constituyentes, etc., pretendiendo expresar la supuesta voluntad popular, en realidad, con su propia política en cada momento serio, difícil y responsable de la vida nacional, muestran la codicia de los grupos burgueses que luchan entre sí, incapaces de reconciliarse, grupos de capitalistas que compiten entre sí y que, cien veces más que la propaganda comunista, se desenmascaran a sí mismos. En ningún país, en ningún Estado la clase obrera, por muy revolucionaria que fuera, podría haber sido revolucionada por ninguna propaganda y agitación si esta agitación no fuera confirmada por el comportamiento práctico de las clases dominantes de su propio país.

Lo que ocurre ahora en todos los países capitalistas, y cada vez con más fuerza, especialmente en un país como Polonia, nos da la certeza de que si hemos salido victoriosos de una guerra indudablemente más dura, si calculamos correctamente la desunión y la imposibilidad de reconciliación entre la burguesía de diferentes grupos y partidos en los momentos en que esa unificación les es especialmente necesaria, entonces la mejora de nuestra situación internacional es enorme. Esto nos da confianza no solo desde el punto de vista de la correlación interna de fuerzas, sino también desde el punto de vista internacional. Si tomamos todo el sistema de los estados imperialistas modernos, todas sus aspiraciones –y sabemos que sus aspiraciones son inextirpables en cuanto a aprovechar cada momento para atacar a Rusia– y evaluamos de manera completamente objetiva, basándonos en hechos irrefutables de la historia de los últimos años y especialmente del último semestre, nos mostrará que el enemigo internacional se debilita, que todos los intentos de unificación entre los imperialistas son cada vez más desesperanzados y que, por este lado, nuestra victoria está asegurada.

Pero, camaradas, cuando ahora, ocupados en la tarea económica, concentrando toda nuestra atención en la construcción económica pacífica, nos encontramos ante una nueva guerra que se avecina, para nosotros es esencialmente necesario reorganizar rápidamente nuestras filas. Todo nuestro ejército, que en los últimos tiempos fue un ejército de trabajo{52}, ahora debe dirigir su atención hacia el otro lado; debemos dejar todos nuestros asuntos y concentrarnos en esta nueva guerra. Sabemos perfectamente que el enemigo que tenemos ahora ante nosotros no nos da miedo después de lo que ya hemos vivido, pero puede exigir nuevos y graves sacrificios por parte de los obreros y campesinos, puede dificultarnos muchas veces nuestra construcción económica, llevar a la ruina y destrucción a decenas, cientos y miles de explotaciones campesinas, y también, con su éxito temporal, resucitar las esperanzas apagadas de los imperialistas a los que hemos derrotado, quienes, sin duda, no dejarán de unirse a él. Por lo tanto, debemos decir que aquella regla nuestra que mantuvimos en todas las guerras anteriores debe renacer invariablemente ahora. Si, a pesar de nuestras intenciones más conciliadoras, a pesar de que hemos hecho enormes concesiones, de que hemos renunciado a todas las reivindicaciones nacionales, los terratenientes polacos y la burguesía polaca nos han impuesto la guerra; si estamos seguros, y debemos estarlo, de que la burguesía de todos los países, incluso la que ahora no ayuda a los polacos, cuando la guerra estalle, les ayudará, porque no solo se decide una cuestión rusa o polaca, sino la cuestión de la existencia de toda la burguesía, entonces debemos recordar y, cueste lo que cueste, poner en práctica y llevar hasta el final la regla que hemos seguido en nuestra política y que siempre nos ha garantizado el éxito. Esta regla consiste en que, una vez que se ha llegado a la guerra, todo debe estar subordinado a los intereses de la guerra, toda la vida interna del país debe estar subordinada a la guerra. (Aplausos.) Ni la más mínima vacilación al respecto es admisible. Por muy difícil que sea para la gran mayoría de los camaradas apartarse del trabajo, que recientemente se ha encauzado por otras vías, más gratas y necesarias para las tareas de la construcción pacífica, hay que recordar que la más mínima omisión o descuido significa a menudo decenas de miles de muertes innecesarias de nuestros mejores camaradas, de nuestras jóvenes generaciones de obreros y campesinos, de nuestros comunistas, que, como siempre, están en las primeras filas de los combatientes. Por lo tanto, una vez más: todo para la guerra. Que no haya ni una asamblea, ni una reunión sin que, en toda discusión, la primera cuestión sea: ¿hemos hecho todo para ayudar a la guerra?, ¿están nuestras fuerzas suficientemente tensas?, ¿se ha enviado suficiente ayuda al frente? Es necesario que aquí solo se queden aquellos que no son capaces de ayudar en el frente. Para el frente, todos los sacrificios; para el frente, toda la ayuda, descartando toda vacilación. Y, concentrando todas las fuerzas y haciendo todos los sacrificios, sin duda venceremos también esta vez. (Aplausos.)

«Pravda» n.º 96 e «Izvestia del VTsIK» n.º 96, 6 de mayo de 1920.

Se publica según el texto del boletín «Actas taquigráficas del Soviet de Moscú de Diputados Obreros y del Ejército Rojo» n.º 4, cotejado con el texto del periódico «Pravda».