(Aplausos tormentosos y prolongados, que se convierten en ovación.) Camaradas, permítanme en primer lugar saludar al Tercer Congreso Panruso en nombre del Consejo de Comisarios del Pueblo. (Aplausos.) Camaradas, el poder soviético está atravesando precisamente ahora un momento particularmente importante, que en muchos aspectos nos plantea tareas muy complejas y muy interesantes de un período de transición. Y precisamente la peculiaridad de este momento impone a los sindicatos tanto tareas especiales como una responsabilidad especial en la construcción del socialismo.

Por eso quisiera detenerme ahora no tanto en las resoluciones concretas del congreso del partido que acaba de terminar{122} (de esto ustedes tendrán un informe más detallado). Quisiera detenerme en aquellos cambios en las condiciones de la política soviética que vinculan todas las tareas de la construcción socialista con la actividad de los sindicatos. El rasgo fundamental del momento que vivimos es el paso de las tareas militares, que hasta ahora absorbían por completo la atención y los esfuerzos del poder soviético, a las tareas de la construcción económica pacífica. Y hay que señalar ante todo que el poder soviético y la República Soviética no atraviesan por primera vez un momento semejante. Volvemos a abordar la solución de esta cuestión por segunda vez: por segunda vez en el período de la dictadura del proletariado la historia sitúa en primer plano las tareas de la construcción pacífica.

La primera vez fue a comienzos de 1918, cuando, tras una breve ofensiva del imperialismo alemán, muy violenta por el golpe asestado, en las condiciones de la completa descomposición del viejo ejército capitalista, en condiciones en que no teníamos ejército propio y no podíamos crearlo en poco tiempo, los depredadores del imperialismo alemán nos impusieron la Paz de Brest. Parecía que las tareas militares, debido a la debilidad de la fuerza real del poder soviético, habían pasado a un segundo plano. Parecía que podríamos pasar a las tareas de la construcción pacífica. Ya entonces tuve que intervenir con un informe en el Comité Ejecutivo Central Panruso el 29 de abril de 1918[17], hace casi dos años. El Comité Central aprobó una serie de tesis relacionadas con mi informe y publicadas[18]. Les recuerdo esto porque ya entonces en las tesis se enumeraba una serie de cuestiones de disciplina laboral, etc., que están planteadas en el orden del día del presente congreso. En aquel momento hay un parecido con el que vivimos ahora. Afirmo que en las discusiones y divergencias que se sostuvieron en el movimiento sindical hace dos años, y ahora, se concentra nuestra atención. Decir que las resoluciones del IX Congreso del PCR fueron resultado de las discusiones actuales es sumamente erróneo. Semejante afirmación es capaz de desvirtuar el verdadero curso de los acontecimientos. Y por eso, para una comprensión correcta de la esencia de la cuestión y un enfoque correcto de su solución, es útil comparar y reflexionar sobre cuál era la situación a comienzos de 1918 y cuál es ahora.

Entonces, tras un breve intervalo de guerra con el imperialismo alemán, las tareas de la construcción pacífica se situaron en primer plano ante nosotros. Parecía que podríamos tener un largo período de construcción pacífica. La guerra civil aún no había comenzado. Krasnov apenas aparecía en el Don, valiéndose de la ayuda alemana. En los Urales y en el norte no había ninguna sublevación. En manos de la República Soviética había un enorme territorio, salvo lo que le arrebató la Paz de Brest. La situación era tal que se podía contar con un período prolongado de trabajo pacífico. Y en esta situación, lo primero que planteó el Partido Comunista y que fue subrayado en toda una serie de resoluciones, en particular el 29 de abril de 1918, fue la necesidad de una amplia propaganda, de insistir enérgicamente en la implantación de la disciplina laboral.

El poder dictatorial y la dirección unipersonal no contradicen el democratismo socialista. Es necesario recordar esto ahora para comprender tanto las resoluciones aprobadas por el congreso del partido celebrado como las tareas generales que se nos plantean. Esto no es en absoluto una respuesta a las preguntas suscitadas solo ahora, sino que está vinculado con las condiciones mismas de la época que vivimos. Y quien dude de ello, que compare la situación de hace dos años y comprenda que el momento actual traslada toda la atención a las cuestiones de la disciplina laboral, a las cuestiones de los ejércitos laborales, aunque hace dos años no se hablaba de ejércitos laborales. Solo comparando el planteamiento actual de la cuestión con el de entonces podremos llegar a una conclusión correcta, desechar los pequeños detalles y destacar lo general y fundamental. Toda la atención del Partido Comunista y del poder soviético está concentrada en la cuestión de la construcción económica pacífica, en las cuestiones de la dictadura, en las cuestiones de la dirección unipersonal. No solo la experiencia que hemos realizado durante dos años de guerra civil tenaz nos lleva a esa solución de estas cuestiones.

Cuando las planteamos por primera vez en 1918, no teníamos ninguna guerra civil y no podía hablarse de ninguna experiencia.

Por consiguiente, no solo la experiencia del Ejército Rojo y de la guerra civil victoriosa, sino algo más profundo, vinculado con las tareas de la dictadura de la clase obrera en general, nos ha obligado ahora, como hace dos años, a concentrar toda la atención en las cuestiones de la disciplina laboral, que es el eje de toda la construcción económica del socialismo, es la base de nuestra comprensión de la dictadura del proletariado. Después del derrocamiento del capitalismo, cada día de nuestra revolución nos separa radicalmente de esa comprensión de la que gritaban los viejos internacionalistas, completamente pequeñoburgueses, que creían que la decisión de la mayoría –manteniendo la propiedad privada de la tierra, los medios de producción y el capital– dentro de las instituciones democráticas del parlamentarismo burgués podía ser la solución del problema, cuando en realidad la única solución es solo la lucha de clases enconada. El significado de la dictadura del proletariado, sus condiciones prácticas reales, se desplegaron ante nosotros en el curso de los acontecimientos cuando, resuelta la cuestión de la conquista del poder, nos acercamos prácticamente a su realización; vimos que la lucha de clases no cesa después de esto, que la victoria sobre los capitalistas y terratenientes no ha eliminado estas clases, solo las ha derrotado, pero no las ha aniquilado definitivamente. Basta referirse al vínculo internacional del capital, que está mucho más consolidado de manera duradera y sólida que el vínculo de la clase obrera en el momento actual.

El capital, si se lo considera en escala internacional, sigue siendo hoy no solo en lo militar, sino también en lo económico, más fuerte que el poder soviético y el régimen soviético. Hay que partir de esta posición fundamental y no olvidarla jamás. Las formas de lucha contra el capital cambian, estas formas adquieren ora un carácter internacional abierto, ora se concentran en un solo país. Estas formas cambian. Ya sea la situación militar, la económica o cualquier otro momento de la estructura social, la lucha continúa, y la ley fundamental de la lucha de clases se confirma con nuestra revolución. Cuanto más se unifica el proletariado, derrocando a las clases burguesas, tanto más aprende. La revolución se desarrolla en el curso de la propia lucha. Y después del derrocamiento de los capitalistas, la lucha no cesa. Solo después de que ese derrocamiento se consolida en un país, adquiere un significado práctico para todo el mundo. Al comienzo de la insurrección de Octubre, los capitalistas consideraban nuestra revolución como una curiosidad: ¡cuántas rarezas no ocurren en las periferias!

Para que la dictadura del proletariado tuviera un significado mundial, era necesario que se afianzara prácticamente en algún país. Solo entonces los capitalistas, no solo los rusos, que enseguida corrieron a pedir ayuda a otros capitalistas, sino también los capitalistas de todos los demás países se convencieron de que la actitud hacia esta cuestión adquiría un significado internacional. Solo entonces la resistencia de los capitalistas alcanzó en escala internacional la fuerza que tuvo. Solo entonces se desplegó en Rusia la guerra civil, y todos los países vencedores se lanzaron por entero a ayudar en esta guerra civil a los capitalistas y terratenientes rusos.

La lucha de clases en Rusia se configuró plenamente hacia 1900, mientras que la victoria de la revolución socialista se realizó en 1917. No solo la resistencia de la clase derrocada se desarrolló después de su derrocamiento, sino que recibió una nueva fuente de sus fuerzas de las relaciones entre el proletariado y el campesinado. Todo esto lo saben quienes han estudiado algo de marxismo, quienes han situado el socialismo en el terreno del movimiento internacional de la clase obrera como la única base científica del mismo. Todos saben que el marxismo es la fundamentación teórica de la supresión de las clases. ¿Qué significa esto? Para la victoria del socialismo no basta derrocar a los capitalistas, sino que es necesario suprimir la diferencia entre el proletariado y el campesinado. El campesinado se encontró en una situación tal que, por un lado, es una clase de trabajadores que durante decenas de años y siglos fueron oprimidos por terratenientes y capitalistas, y por eso durante mucho tiempo no podrán desprenderse del recuerdo de que solo los obreros los liberaron de esa opresión. Sobre esto se puede discutir durante decenios, se han escrito montañas de papel sobre esta cuestión, y sobre ella se han formado muchas agrupaciones fraccionales, pero ahora vemos cómo estas divergencias se han empañado ante los hechos de la vida. Los campesinos, como trabajadores, durante muchos años no olvidarán, y de hecho fue así, que solo los obreros los liberaron de los terratenientes. Discutir contra esto no tiene sentido, pero ellos siguen siendo propietarios en el marco de la economía mercantil. Cada caso de venta de grano en el mercado libre, el acaparamiento y la especulación, es una restauración de la economía mercantil y, por consiguiente, del capitalismo. Cuando derrocamos a los capitalistas, liberamos con ello al campesinado, una clase que en la vieja Rusia constituía, sin duda, la mayoría de la población. El campesinado seguía siendo propietario en su producción, y engendraba y engendra, después del derrocamiento de la burguesía, nuevas relaciones capitalistas. He aquí los rasgos fundamentales de nuestra situación económica. De ahí provienen esos discursos absurdos que oímos de quienes no comprenden la situación. Discursos sobre igualdad, libertad y democracia en la situación actual son una tontería. Nosotros libramos una lucha de clases, y nuestro objetivo es suprimir las clases. Mientras sigan existiendo obreros y campesinos, el socialismo seguirá sin realizarse. Y en la práctica, a cada paso se produce una lucha irreconciliable. Hay que pensar cómo y en qué condiciones el proletariado, que tiene en sus manos un aparato de coacción tan fuerte como el poder estatal, puede atraer al campesino, como trabajador, y vencer o neutralizar, hacer inofensiva su resistencia como propietario.

Aquí la lucha de clases continúa, y ante nosotros se presenta el significado de la dictadura del proletariado bajo una nueva luz. Aquí se presenta no solo, e incluso no tanto, como la aplicación de los medios de coacción de todo el aparato del poder estatal para reprimir la resistencia de los explotadores. Por supuesto, tienen razón cuando dicen que hemos hecho mucho basándonos también en esto, pero además tenemos otro método, donde el papel del proletariado es el de organizador, el de quien ha pasado por la escuela del trabajo, la escuela de aprendizaje, la disciplina de la fábrica capitalista. Debemos saber organizar la economía sobre una base nueva, más perfecta, con la utilización y el aprovechamiento de todas las conquistas del capitalismo. Sin esto no podremos construir ningún socialismo ni comunismo. Esta tarea es mucho más difícil que la tarea militar. La tarea militar podemos resolverla en muchos aspectos con mayor facilidad. Puede resolverse con el auge de la energía, el sacrificio propio. Al campesinado le resultó más fácil y comprensible cuando iba contra el enemigo secular: el terrateniente. No necesitaba comprender el vínculo entre el poder de los obreros y la necesidad de vencer el libre comercio. A los guardias blancos rusos, terratenientes y capitalistas, con todos sus ayudantes en la persona de los mencheviques, fue más fácil vencerlos, pero esta victoria nos costará más cara, tanto en tiempo como en fuerzas.

En las tareas económicas no se puede vencer como en las militares. No se puede vencer el libre comercio con entusiasmo y sacrificio propio. Aquí se necesita un trabajo prolongado, aquí hay que avanzar palmo a palmo, aquí se necesitan las fuerzas organizadoras del proletariado, aquí se puede vencer si el proletariado realiza su dictadura como la fuerza organizada, organizadora y moral más grande para todos los trabajadores y, entre ellos, para las masas trabajadoras no proletarias. En la medida en que hemos resuelto con éxito y resolveremos con el mismo éxito la primera y más simple tarea –la represión de los explotadores que intentan directamente expulsar al poder soviético–, en esa misma medida se plantea la segunda tarea, más compleja: organizar las fuerzas del proletariado, aprender a ser un buen organizador. Hay que organizar el trabajo de un modo nuevo, crear nuevas formas de atracción al trabajo, de sometimiento a la disciplina laboral. Esta tarea incluso el capitalismo la resolvió durante decenios. Aquí a menudo se cometen gravísimos errores. Entre nuestros adversarios hay muchos que muestran una total incomprensión de esta cuestión. Nos declararon utópicos cuando decíamos que se podía tomar el poder. Por otra parte, nos exigen que realicemos la organización del trabajo en unos meses con el resultado de varios años. Esto es un absurdo. El poder se puede mantener, bajo ciertas condiciones del momento político, con el entusiasmo de los obreros, quizás a pesar del mundo entero. Y nosotros lo hemos demostrado. Pero crear nuevas formas de disciplina social, eso es cosa de decenios. Incluso al capitalismo le hicieron falta muchos decenios para transformar la vieja organización en una nueva. Cuando se espera de nosotros y se inculca a los obreros y campesinos que podemos transformar la organización del trabajo en un breve plazo, eso es teóricamente un completo absurdo.

Y no solo un absurdo, sino el mayor daño, porque impide a los obreros comprender claramente la diferencia entre las tareas nuevas y las viejas. La tarea nueva es la organización de la industria y, en primer lugar, de las propias fuerzas, y nosotros en materia de organización somos débiles, más débiles que todos los pueblos avanzados. La capacidad para ello se desarrolla a partir de la gran industria maquinizada. Y no existe ninguna otra base material histórica. La producción de millones de personas según un plan previamente establecido con los medios de la gran industria maquinizada: no existe ninguna otra base. Y aquí no hay coincidencia de intereses del proletariado y los campesinos. Aquí comienza un difícil período de lucha: la lucha contra el campesinado. Por otra parte, debemos demostrar al campesinado que no tiene salida: o debe ir con los obreros, ayudar al proletariado, o caer de nuevo bajo el poder de los terratenientes. No existe término medio; el término medio está en los mencheviques, que es una podredumbre total que se desmorona por todas partes, que se desmorona también en Alemania. Las masas campesinas no pueden entender esto a partir de la teoría y la observación de la II y la III Internacional. Las masas campesinas –decenas de millones de personas– solo pueden entenderlo a partir de su propia práctica, de su vida cotidiana. El campesinado pudo entender la victoria sobre Kolchak y Denikin. Contrapuso claramente a Kolchak y Denikin la dictadura de la clase obrera, cosa con la que más asustaban al campesinado y que aún hoy intentan asustarlo los mencheviques y eseristas. Pero el campesinado de hecho no podía ni puede ocuparse de teoría. Las masas campesinas ven que los mencheviques y eseristas mienten, y el campesinado ve la lucha que libramos contra la especulación. Hay que reconocer que los mencheviques también han hecho algunos progresos en la agitación, aprendiendo de nuestros departamentos políticos del ejército. Los campesinos veían una bandera en la que estaba escrito no «dictadura del proletariado», sino «Asamblea Constituyente», «democracia popular»; ellos no veían la palabra «dictadura», no comprendían la palabra «dictadura». Pero comprendieron en la práctica que el poder soviético resultaba mejor.

Y ahora tenemos ante nosotros la segunda tarea: la influencia moral sobre el campesinado. Y nuestros medios de violencia respecto al campesinado ayudarán poco a la causa. Aquí se resuelve la cuestión de la discordia económica dentro del campesinado. Los obreros en la lucha, después del derrocamiento de los capitalistas, se han soldado mediante la guerra civil de dos años, están cohesionados. El campesinado, en cambio, cuanto más avanza, más se divide. Los campesinos no pueden olvidar a los terratenientes y capitalistas, los recuerdan. Por otra parte, el campesinado actual no es homogéneo, los intereses de una parte divergen de los de otra. El campesinado no está cohesionado. Porque no todo campesino tiene excedentes en lo que respecta al aprovisionamiento. Aquí no hay ninguna igualdad. Eso es palabrería. Para dividir al campesinado y atraer a nuestro lado a los elementos no kulaks, hará falta mucho tiempo. Será una lucha prolongada, y en ella emplearemos todas nuestras fuerzas, todos nuestros medios. Pero no solo con la fuerza se puede vencer, hay que emplear también medios morales. He aquí de donde surgen todas las cuestiones sobre el poder dictatorial y la dirección unipersonal, que a muchos, en todo caso se puede decir con certeza –a algunos–, les parecen surgidas solo de nuestras discusiones de ayer. Pero eso es un error. Compárese con 1918. No hubo discusiones.

En cuanto después de la paz alemana se nos planteó la cuestión: ¿en qué basar el poder?, nosotros, los comunistas, respondimos: hay que explicar que el democratismo del poder soviético no contradice la dictadura. Esto no gustó a muchos dirigentes de la vieja Internacional. Kautsky me insultó también a mí.

Los campesinos son mitad trabajadores, mitad propietarios, y para atraerlos a nuestro lado se necesita una voluntad única, en cada cuestión práctica hace falta que todos actúen como uno solo. La voluntad única no puede ser una frase, un símbolo. Exigimos que esto sea en la práctica. La unidad de voluntad en la guerra se expresaba en que si alguien ponía sus propios intereses, los de su aldea, su grupo, por encima de los intereses generales, se le tildaba de egoísta, se le fusilaba, y ese fusilamiento estaba justificado por la conciencia moral de la clase obrera de que debía ir hacia la victoria. Sobre estos fusilamientos hablábamos abiertamente, decíamos que no ocultábamos la violencia, porque somos conscientes de que no podremos salir de la vieja sociedad sin la coacción sobre la parte atrasada del proletariado. En eso se expresaba la unidad de voluntad. Y esta unidad de voluntad se realizaba en la práctica con el castigo de cada desertor, en cada batalla, en cada campaña, cuando los comunistas iban al frente, dando ejemplo. Ahora la tarea es intentar aplicar a la industria, a la agricultura, esta unidad de voluntad. Tenemos un espacio de miles de verstas, una cantidad infinita de fábricas. Aquí comprenderán que no podremos realizar esto mediante la sola violencia, aquí comprenderán qué gigantesca tarea tenemos ante nosotros, qué significa esa unidad de voluntad. No es solo una consigna. Hay que pensar en ello, reflexionar. Esta consigna nos exige un trabajo cotidiano y prolongado. Tomen el año 1918, cuando no había estas discusiones y yo ya entonces señalaba la necesidad de la dirección unipersonal, la necesidad del reconocimiento de las facultades dictatoriales de una sola persona desde el punto de vista de la realización de la idea soviética. Todas las frases sobre igualdad de derechos son un absurdo. No libramos la lucha de clases sobre la base de la igualdad de derechos. Solo así puede vencer el proletariado. Puede vencer porque aquí hay cientos de miles de personas disciplinadas que expresan una sola voluntad, y puede vencer la fragmentación económica del campesinado, que no tiene una base común que cohesione al proletariado en la fábrica, el taller, las ciudades. El campesinado está disperso económicamente. Es en parte propietario y en parte trabajador. La propiedad lo arrastra hacia el capitalismo: «Cuanto más ventajoso venda, mejor». «Si hay hambre, vendo más caro». Y el campesino trabajador sabe que del terrateniente vio opresión, de la que lo liberó el obrero. Aquí hay una lucha de dos almas, que se deriva de la situación económica del campesinado. Hay que separar estas dos almas. Y solo venceremos cuando sigamos una línea firme. Todos los trabajadores serán siempre para nosotros trabajadores. Y con los campesinos propietarios hay que luchar. Además de que se pelean entre sí, son también ignorantes. Los señores de la «Sociedad de Naciones», gracias a Dios, no son ignorantes, son más cultos, quizás, que nuestros mencheviques y eseristas, pero ¿qué ocurre allí? Japón ensalza la «Sociedad de Naciones» y al mismo tiempo le pone la zancadilla a América, etc.

Todos están en la pelea, y nosotros somos uno, y por eso los obreros de todos los países se pasan a nosotros. Si a estos señores tan ilustrados, como los dirigentes de la política internacional, tan experimentados, ricos, que tienen cien veces más cañones y dreadnoughts que nosotros, los hemos derrotado, es ridículo pensar que no resolveremos la cuestión campesina. Aquí vencerán la disciplina, la lealtad, la unidad de voluntad. La voluntad de cientos y decenas de miles puede expresarse en una sola persona. Esta compleja voluntad se elabora por la vía soviética. Tantos congresos de campesinos y obreros como los que hemos tenido nosotros no los ha habido en ningún Estado del mundo. De este modo desarrollamos la conciencia. Lo que da la Constitución Soviética, ningún Estado ha podido darlo en 200 años. (Aplausos.) Tómese el simple número de congresos: ningún Estado en cien años de democratismo ha convocado tantos, y es precisamente de este modo como elaboramos las decisiones comunes y forjamos la voluntad común.

Sobre esta base amplísima se comprende nuestra Constitución Soviética, nuestro poder soviético. Da lo que las decisiones del poder soviético tienen una fuerza de autoridad inaudita en el mundo, la fuerza de los obreros y campesinos. Pero esto no nos basta. Somos materialistas, y con la fuerza de la autoridad no nos alimentamos. No, tengan a bien poner esto en práctica. Y vemos que aquí el viejo elemento burgués se impone, es más fuerte que nosotros; esto debemos reconocerlo abiertamente. Las viejas costumbres pequeñoburguesas de administrar por cuenta propia y fortalecer el libre comercio, todo esto es más fuerte que nosotros.

Los sindicatos surgieron del capitalismo como medio de desarrollo de una nueva clase. La clase es un concepto que se forja en la lucha y el desarrollo. Una muralla no separa una clase de otra. Obreros y campesinos no están separados por una muralla china. ¿Cómo aprendió el hombre a unificarse? Primero a través del gremio, luego por oficio. Cuando el proletariado se transformó en clase, se hizo tan fuerte que tomó en sus manos toda la maquinaria estatal, declaró la guerra al mundo entero y obtuvo aquí la victoria. Entonces los gremios y los oficios se vuelven atrasados. Hubo un tiempo también en el capitalismo en que la unificación de los proletarios se daba por gremios y oficios. Era entonces un fenómeno progresivo. De otro modo el proletariado no podía unificarse. Decir que el proletariado podía unificarse de inmediato en una clase es un absurdo. Semejante unificación puede ocurrir durante decenios. Nadie luchó tanto contra esas concepciones sectarias y miopes como Marx. La clase crece en el marco del capitalismo, y cuando llega el momento propicio para la revolución, toma en sus manos el poder estatal. Entonces todos los gremios y oficios resultan anticuados, desempeñan ya un papel atrasado, tiran hacia atrás, no porque allí se sienten personas malas, sino que las personas malas y los adversarios del comunismo encuentran aquí terreno para su propaganda. Estamos rodeados de pequeña burguesía, que regenera el libre comercio y el capitalismo. Carlos Marx luchó sobre todo contra el viejo socialismo utópico, exigiendo una concepción científica que indicara que sobre la base de la lucha de clases la clase crece y hay que ayudarla a madurar. Ese mismo Marx luchó contra los dirigentes de la clase obrera que incurrían en errores. En el Consejo Federal en 1872 se aprobó una resolución de censura contra Marx por haber dicho que los dirigentes ingleses estaban comprados por la burguesía. Por supuesto, Marx no lo entendía en el sentido de que tales personas fueran traidores. Eso es un absurdo. Hablaba del bloque con la burguesía de una parte de los obreros. La burguesía apoya a esa parte de los obreros directa e indirectamente. En eso se manifiesta su soborno.

Llevar representantes a los parlamentos –a este respecto la burguesía inglesa hacía maravillas, iba adelante de las demás. Marx y Engels, desde 1852 hasta 1892, durante cuarenta años, denunciaron a la burguesía, pero la burguesía actúa así en todos los países. En todo el mundo, el paso de los sindicatos del papel de esclavos al papel de constructores es un viraje. Nosotros existimos dos años y ¿con qué está vinculado esto? Actualmente esto significa un mayor hambre de la clase obrera. En 1918 y 1919 los obreros industriales del Estado recibieron solo 7 puds de grano, mientras que los campesinos de las provincias cerealeras recibieron 17 puds. Bajo el zar, en el mejor de los casos, el campesino tenía 16 puds, y bajo nuestro poder tiene 17 puds. Hay pruebas estadísticas de ello. El proletariado pasó hambre dos años, pero en este hambre se manifestó que el obrero puede sacrificar no solo sus intereses gremiales, sino también su vida. Durante dos años el proletariado supo soportar el hambre porque tenía el apoyo moral de todos los trabajadores, e iba a estos sacrificios en aras de la victoria del poder obrero-campesino. Ciertamente, continúa la división de los obreros por oficios, y entre estos oficios hay muchos que eran necesarios para los capitalistas, pero que no son necesarios para nosotros. Y sabemos que los obreros de estos oficios pasan más hambre que los demás. No puede ser de otro modo. El capitalismo está roto, pero el socialismo aún no está construido, y se construirá durante mucho tiempo todavía. Aquí tropezamos con todos los malentendidos, que no son casuales, sino que son el resultado del papel histórico de los sindicatos como instrumento de unificación gremial en el capitalismo y de unificación de clase de los obreros que han tomado el poder estatal. Tales obreros van a todos los sacrificios, crean una disciplina que obliga a hablar y a sentir vagamente que los intereses de clase están por encima de los intereses gremiales. A los obreros que no saben hacer tales sacrificios, los consideramos como egoístas y los expulsamos de la familia proletaria.

He aquí la cuestión fundamental sobre la disciplina laboral, la dirección unipersonal en su planteamiento general, de la que se ocupó el congreso del partido. He aquí la esencia de las resoluciones del congreso del partido, que todos ustedes conocen y que será expuesta más detalladamente por ponentes especiales. El sentido se reduce a que la clase obrera ha crecido y madurado; tomó el poder en sus manos y lucha contra todo el mundo burgués, y la lucha se vuelve cada vez más difícil. En la guerra era más fácil luchar. En el momento actual se requiere la obra de organización, la obra de educación moral. El número del proletariado en Rusia actualmente no es tan grande. Sus filas se han hecho más ralas durante la guerra. Debido a nuestras victorias, nos resulta más difícil gobernar el país. Tanto los sindicalistas como las masas obreras deben comprender esto. Cuando hablamos de dictadura, no es un capricho de centralistas. Las regiones conquistadas por nosotros han ampliado considerablemente el territorio de la Rusia Soviética. Hemos vencido en Siberia, el Don, el Kubán. Allí el proletariado es en porcentaje una cantidad insignificante, menor que aquí. Nuestro deber es ir directamente al obrero y decirle abiertamente acerca de la complicación de la situación del trabajo. Hace falta más disciplina, más dirección unipersonal y más dictadura. Sin esto no se puede ni soñar con una victoria mayor. Tenemos un ejército organizado de tres millones de personas. Seiscientos mil comunistas, miembros del partido, deben ser su vanguardia.

Pero hay que comprender que no tenemos otro ejército para la victoria que esos 600.000 comunistas y 3.000.000 de miembros de los sindicatos. La anexión de territorios con población campesina kulak exige una nueva tensión de las fuerzas proletarias. Estamos ante una nueva correlación de masas proletarias y no proletarias, de sus intereses sociales y de clase. Solo con violencia no se hará nada aquí. Se necesitan excepcionalmente organización y autoridad moral. De ello se desprende nuestra absoluta convicción, que sacamos del congreso del partido y que considero mi deber defender. Nuestra consigna fundamental es: más y más cerca de la dirección unipersonal, más disciplina laboral, apretarse, trabajar con decisión militar, firmeza, sacrificio propio, desechando los intereses de grupos, gremios, ¡sacrificando todos los intereses particulares! Sin esto no podemos vencer. Y si llevamos a la práctica esta decisión del partido, la llevamos a cabo como un solo hombre, a través de tres millones de obreros, y luego a través de decenas de millones de campesinos, que sentirán la autoridad moral, la fuerza de hombres que se han sacrificado por la victoria del socialismo, seremos absoluta y definitivamente invencibles. (Aplausos tormentosos.)

Publicado incompletamente el 8 de abril de 1920 en el «Boletín del III Congreso Panruso de los Sindicatos» N.º 2

Publicado por primera vez completo en 1921 en el libro «Tercer Congreso Panruso de los Sindicatos. Informe estenográfico»

Se imprime según el texto del libro, cotejado con el texto del «Boletín».