Compañeros, debo, ante todo, disculparme por violar el orden, pues para participar en los debates, claro está, debería haber escuchado el informe, el co-informe y los debates. Desgraciadamente, me siento tan indispuesto que no puedo hacerlo. Pero tuve ocasión ayer de leer los principales documentos impresos y preparar mis observaciones. Es natural que la violación del orden de que hablo entrañe para vosotros inconvenientes: posiblemente me repetiré, sin saber lo que otros han dicho, sin responder a lo que habría que responder. Pero no podía proceder de otro modo.

Mi material fundamental es el folleto del camarada Trotsky «Sobre el papel y las tareas de los sindicatos». Cotejando este folleto con las tesis que él propuso en el Comité Central, y al leerlo atentamente, me sorprende la cantidad de errores teóricos y de flagrantes incorrecciones que encierra. ¿Cómo ha sido posible, al pasar a una gran discusión del Partido sobre esta cuestión, en vez de dar una cosa más meditada, hacer una cosa tan desafortunada? Señalaré brevemente los puntos fundamentales en que, a mi juicio, se contienen los primeros errores teóricos radicales.

Los sindicatos no son solamente una organización históricamente necesaria, sino históricamente inevitable del proletariado industrial, que, en las condiciones de la dictadura del proletariado, lo abarca casi en su totalidad. Esta es la consideración más fundamental, y el camarada Trotsky la olvida constantemente, no parte de ella, no la valora. Porque el tema que él ha planteado: «El papel y las tareas de los sindicatos», es un tema inmensamente amplio.

De lo dicho se desprende ya que en toda la realización de la dictadura del proletariado el papel de los sindicatos es sumamente esencial. Pero ¿cuál es ese papel? Al pasar a discutir esta cuestión, una de las cuestiones teóricas más fundamentales, llego a la conclusión de que tenemos aquí un papel extraordinariamente peculiar. Por una parte, abarcando, incluyendo en las filas de la organización a los obreros industriales casi en su totalidad, los sindicatos son la organización de la clase que domina, que detenta el poder, que gobierna, de la clase que realiza la dictadura, de la clase que ejerce la coacción estatal. Pero no es una organización estatal, no es una organización de coacción, es una organización educativa, de captación, de enseñanza, es una escuela, escuela de administración, escuela de gestión económica, escuela de comunismo. Es una escuela de tipo absolutamente insólito, porque no nos las habemos con maestros y alumnos, sino con una combinación extraordinariamente peculiar de lo que ha quedado del capitalismo y no podía no quedar, y de lo que brotan de su seno los destacamentos revolucionarios de vanguardia, vale decir, la vanguardia revolucionaria del proletariado. Y hablar del papel de los sindicatos sin tener en cuenta estas verdades lleva forzosamente a una serie de incorrecciones.

Los sindicatos, por el lugar que ocupan en el sistema de la dictadura del proletariado, se hallan, si cabe expresarse así, entre el Partido y el poder del Estado. En el tránsito al socialismo es inevitable la dictadura del proletariado, pero esta dictadura no la realiza la organización total de los obreros industriales. ¿Por qué? Podemos leer sobre esto en las tesis del II Congreso de la Internacional Comunista acerca del papel del Partido político en general. No me detendré aquí en esto. Resulta lo siguiente: el Partido absorbe, digámoslo así, a la vanguardia del proletariado, y esta vanguardia realiza la dictadura del proletariado. Y sin una base como los sindicatos no se puede realizar la dictadura, no se pueden cumplir las funciones del Estado. Y hay que cumplirlas por medio de una serie de instituciones especiales, de nuevo de algún tipo, a saber: a través del aparato soviético. ¿En qué estriba la peculiaridad de esta situación en lo que se refiere a las conclusiones prácticas? En que los sindicatos crean el nexo de la vanguardia con las masas, los sindicatos mediante el trabajo cotidiano convencen a las masas, a las masas de la clase que es la única que puede llevarnos del capitalismo al comunismo. Esto, por una parte. Por otra parte, los sindicatos son el «reservorio» del poder del Estado. He aquí lo que son los sindicatos en el período de transición del capitalismo al comunismo. En general, no se puede realizar este tránsito sin la hegemonía de la clase que es la única que el capitalismo ha preparado para la gran producción y la única que se ha desprendido de los intereses del pequeño propietario. Pero realizar la dictadura del proletariado por medio de su organización total no es posible. Porque no sólo en nuestro país, uno de los países capitalistas más atrasados, sino también en todos los demás países capitalistas, el proletariado está todavía tan dividido, tan rebajado, tan corrompido en algunos sitios (precisamente por el imperialismo en determinados países), que la organización total del proletariado no puede realizar inmediatamente su dictadura. La dictadura sólo puede realizarla la vanguardia que ha absorbido la energía revolucionaria de la clase. Así resulta una especie de serie de ruedas dentadas. Y tal es el mecanismo de la base misma de la dictadura del proletariado, de la esencia misma del tránsito del capitalismo al comunismo. De aquí se ve ya que cuando en la primera tesis el camarada Trotsky habla, señalando la «confusión ideológica», de una crisis especial y precisamente de los sindicatos, hay en ello algo fundamentalmente falso. Si se habla de una crisis, sólo se puede hablar de ella después de un análisis del momento político. La «confusión ideológica» se da precisamente en Trotsky, porque él, precisamente en la cuestión fundamental del papel de los sindicatos, desde el punto de vista del tránsito del capitalismo al comunismo, ha perdido de vista, no ha tenido en cuenta que aquí hay un sistema complejo de varias ruedas dentadas y no puede haber un sistema simple, porque no se puede realizar la dictadura del proletariado por medio del proletariado organizado en su totalidad. No se puede realizar la dictadura sin varios «engranajes» que vayan desde la vanguardia a las masas de la clase de vanguardia, desde éstas a las masas trabajadoras. En Rusia, esta masa es la campesina; en otros países, esa masa no existe, pero incluso en los países más avanzados hay una masa no proletaria o no puramente proletaria. De aquí proviene realmente la confusión ideológica. Trotsky acusa de ella a los demás sin razón.

Cuando tomo la cuestión del papel productivo de los sindicatos, veo en Trotsky el error radical de que habla constantemente de esto «en principio», del «principio general». En todas sus tesis habla desde el punto de vista del «principio general». Ya en esto el planteamiento es radicalmente falso. Por no hablar de que el IX Congreso del Partido habló ya bastante y más que bastante del papel productivo de los sindicatos{96}. Por no hablar de que el mismo Trotsky cita en sus propias tesis declaraciones perfectamente claras de Lozovsky y Tomsky, que deben figurar en él, como se dice en alemán, como «chico para los azotes», o como un objeto sobre el que se puede ejercitar la polémica. No resulta que haya divergencias de principio, y han sido elegidos mal para ello Tomsky y Lozovsky, que han escrito cosas citadas por el mismo Trotsky. No encontraremos aquí nada serio en el terreno de las divergencias de principio, por mucho que se las busque. En general, un error gigantesco, un error de principio, consiste en que el camarada Trotsky tira hacia atrás al Partido y al Poder soviético planteando «de principio» la cuestión ahora. Hemos pasado, gracias a Dios, de los principios a la labor práctica, efectiva. En Smolny parloteábamos sobre principios y, sin duda, más de lo debido. Ahora, después de tres años, sobre todos los puntos de la cuestión de la producción, sobre toda una serie de elementos componentes de esta cuestión, hay decretos —cosa tan triste son esos decretos—, que se firman y luego nosotros mismos olvidamos y nosotros mismos no cumplimos. Y después se inventan razonamientos sobre principios, se inventan divergencias de principio. Luego citaré indicaciones sobre un decreto que se refiere a la cuestión del papel productivo de los sindicatos [10], decreto que todos han olvidado, incluso yo, de lo cual debo confesar mi culpa.

Las divergencias reales que existen no se refieren en absoluto a cuestiones de principios generales, si se exceptúan las que he enumerado. Las «divergencias» mías con el camarada Trotsky que he enumerado debía señalarlas, porque, al tomar un tema amplio: «El papel y las tareas de los sindicatos», el camarada Trotsky, a mi juicio, ha incurrido en una serie de errores relacionados con la esencia misma de la cuestión de la dictadura del proletariado. Pero si dejamos esto a un lado, la pregunta es: ¿por qué entre nosotros no resulta realmente el trabajo de acuerdo, que tanto necesitamos? Por la divergencia en la cuestión de los métodos de acercamiento a la masa, de dominio de la masa, de vinculación con la masa. En esto está toda la esencia. Y en esto reside precisamente la peculiaridad de los sindicatos como institución creada bajo el capitalismo, inevitable en el tránsito del capitalismo al comunismo, puesta bajo signo de interrogación en un futuro lejano. Ese es un futuro lejano, cuando los sindicatos se pongan bajo signo de interrogación; nuestros nietos hablarán de ello. Pero ahora se trata de cómo acercarse a la masa, dominarla, vincularse con ella, cómo ajustar los complejos engranajes del trabajo (del trabajo de realización de la dictadura del proletariado). Observad: cuando hablo de complejos engranajes del trabajo, no pienso en el aparato soviético. Lo que habrá todavía en cuanto a la complejidad de los engranajes es cosa aparte. Hablo por ahora sólo abstracta y fundamentalmente de las relaciones entre las clases en la sociedad capitalista; allí hay proletariado, hay masas trabajadoras no proletarias, hay pequeña burguesía y hay burguesía. Ya desde este punto de vista, aunque no hubiera burocratismo en el aparato del Poder soviético, resulta una complejidad extraordinaria de engranajes debido a lo que ha creado el capitalismo. Y en esto hay que pensar ante todo, si se plantea la cuestión de en qué consiste la dificultad de la «tarea» de los sindicatos. La divergencia real, repito, no está en absoluto en lo que ve el camarada Trotsky, sino en la cuestión de cómo dominar la masa, en la cuestión del acercamiento a ella, de la vinculación con ella. Debo decir que si estudiáramos minuciosa, detalladamente nuestra propia práctica, nuestra experiencia, aunque fuera en pequeña escala, evitaríamos centenares de «divergencias» superfluas y de errores de principio de que está lleno este folleto del camarada Trotsky. Por ejemplo, en este folleto hay tesis enteras dedicadas a la polémica con el «sindicalismo soviético». ¡No teníamos bastante pesar, hemos inventado un nuevo espantajo! ¿Y quién es ése? El camarada Riazanov. Conozco al camarada Riazanov desde hace más de veinte años. Vosotros le conocéis de menos tiempo, pero no menos por su obra. Sabéis perfectamente que entre sus cualidades fuertes, que las tiene, no está la valoración de las consignas. ¿Y vamos a presentar en tesis como «sindicalismo soviético» lo que a veces ha dicho no muy a propósito el camarada Riazanov? ¡Pero si esto es grave! Si es así, entonces tendremos «sindicalismo soviético», «antifirma de paz soviética» y no sé qué más. No hay un solo punto respecto al cual no se pueda inventar un «ismo» soviético. (Riazanov: «antibrést soviético».) Sí, exactamente, «antibrést soviético».

Y mientras tanto, cometiendo esta ligereza, el camarada Trotsky comete a su vez un error. Resulta que la defensa de los intereses materiales y espirituales de la clase obrera no es papel de los sindicatos en el Estado obrero. Esto es un error. El camarada Trotsky habla del «Estado obrero». Permítanme, eso es una abstracción. Cuando en 1917 escribíamos sobre el Estado obrero, era comprensible; pero ahora, cuando nos dicen: «¿Para qué defender, de quién defender a la clase obrera, puesto que la burguesía no existe, puesto que el Estado es obrero?», cometen un evidente error. No es enteramente obrero. Ahí está el quid. Aquí radica uno de los errores fundamentales del camarada Trotsky. Ahora hemos pasado de los principios generales a la discusión de asuntos concretos y a los decretos, y a nosotros, del comienzo de la labor práctica y concreta, nos tiran hacia atrás. Así no se puede. Nuestro Estado no es en realidad obrero, sino obrero-campesino —esto es lo primero—. Y de esto se desprende muchísimo (Bujarin: ¿Cuál? ¿Obrero-campesino?). Y aunque el camarada Bujarin grita desde atrás: «¿Cuál? ¿Obrero-campesino?», no le contestaré. El que quiera, que recuerde el recién terminado Congreso de los Soviets, y ahí tendrá ya la respuesta.

Pero esto no es bastante. De nuestro Programa del Partido se desprende —documento muy conocido por el autor del «ABC del Comunismo»—, de este Programa se desprende ya que nuestro Estado es un Estado obrero con deformación burocrática. Y nosotros hemos tenido que colgarle este triste —¿cómo decirlo?—, este marbete, digamos. He aquí la realidad de la transición. ¿Qué, con un Estado así, prácticamente formado, los sindicatos no tienen nada que defender, se puede prescindir de ellos para defender los intereses materiales y espirituales del proletariado, organizado en su totalidad? Esto es un razonamiento teóricamente completamente falso. Esto nos transporta a la región de la abstracción o del ideal que alcanzaremos dentro de 15 o 20 años, pero ni siquiera estoy seguro de que lo alcancemos en un plazo tan preciso. Ante nosotros está la realidad que conocemos bien, si no nos embriagamos, no nos dejamos arrastrar por charlas intelectuales, o razonamientos abstractos, o por lo que a veces parece «teoría» y en realidad es un error, una valoración incorrecta de las particularidades de la transición. Nuestro Estado actual es tal que el proletariado organizado en su totalidad debe defenderse a sí mismo, y nosotros debemos utilizar esas organizaciones obreras para defender a los obreros de su Estado y para que los obreros defiendan nuestro Estado. Una y otra defensa se realiza a través de un peculiar entretejimiento de nuestras medidas estatales y de nuestro acuerdo, «imbricación» con nuestros sindicatos.

De esta imbricación tendré que hablar todavía. Pero ya esta palabra muestra que inventarse un enemigo en la persona del «sindicalismo soviético» es cometer un error. Porque el concepto de «imbricación» significa que existen cosas diferentes que hay que imbricar; en el concepto de «imbricación» entra el que hay que saber utilizar las medidas del poder estatal para defender los intereses materiales y espirituales del proletariado unido en su totalidad de ese poder estatal. Y cuando en vez de la imbricación tengamos la fusión y la unificación, entonces nos reuniremos en un congreso en que se discuta de modo práctico la experiencia concreta, y no las «divergencias» de principio o los razonamientos abstracto-teóricos. El intento de hallar divergencias de principio con el camarada Tomsky y el camarada Lozovsky, que figuran en el camarada Trotsky como «burócratas» profesionalistas —sobre qué lado hay en esta disputa tendencias burocráticas, hablaré después—, también es desafortunado. Sabemos perfectamente que si el camarada Riazanov tiene a veces una pequeña debilidad de inventar forzosamente una consigna y casi de principio, el camarada Tomsky a muchos de sus pecados no añade éste. Por eso, me parece, abrir aquí una batalla de principio con el camarada Tomsky (como hace el camarada Trotsky) es algo que pasa toda medida. Me asombro francamente de ello. Hubo tiempo en que todos pecamos mucho en cuanto a divergencias fraccionales, teóricas y de toda clase —aunque, claro, hicimos también algo útil—, y parece que desde entonces hemos crecido. Y es hora de pasar de la invención y exageración de divergencias de principio a la labor práctica. Jamás he oído que en Tomsky predomine el teórico, que Tomsky pretenda al título de teórico; puede que sea un defecto suyo, es otra cuestión. Pero que Tomsky, que ha trabajado con el movimiento sindical, debe reflejar, consciente o inconscientemente —es otra cuestión, no digo que lo haga siempre conscientemente—, que en su posición debe reflejar esa compleja transición, y si en la masa algo duele y ella misma no sabe lo que le duele, y él no sabe lo que le duele (aplausos, risas), si él grita entonces, afirmo que eso es un mérito, no un defecto. Estoy completamente seguro de que Tomsky tiene muchos errores teóricos parciales. Y todos nosotros, si nos sentamos a la mesa y escribimos meditadamente una resolución o tesis, lo corregiremos todo, y quizá ni siquiera nos pongamos a corregirlo, porque la labor productiva es más interesante que corregir pequeñísimas divergencias teóricas.

Ahora paso a la «democracia productiva»; esto es, digámoslo así, para Bujarin. Sabemos perfectamente que todo hombre tiene sus pequeñas debilidades, y el hombre grande también tiene pequeñas debilidades, entre ellos Bujarin. Si hay una palabra con retruécano, ya no puede no estar a favor. Sobre la democracia productiva escribió en el Pleno del Comité Central del 7 de diciembre una resolución casi con deleite. Y cuanto más medito en esa «democracia productiva», más claro veo la falsedad teórica, veo la falta de reflexión. No hay más que gachas. Y en este ejemplo hay que decir una vez más, al menos en una asamblea del Partido: «Camarada N. I. Bujarin, menos retruécanos verbales: será en beneficio vuestro, de la teoría, de la república». (Aplausos.) La producción se necesita siempre. La democracia es una de las categorías del terreno exclusivamente político. No se puede objetar al empleo de esta palabra en un discurso, en un artículo. El artículo toma y expresa vivamente una relación determinada, y basta. Pero cuando convertís esto en una tesis, cuando de esto queréis hacer una consigna que una a los «conformes» y a los disconformes, cuando se dice, como Trotsky, que el Partido tendrá que «elegir entre dos tendencias», eso suena muy extraño. Hablaré especialmente de si el Partido tendrá que «elegir» y de quién es la culpa de que hayan puesto al Partido en situación de tener que «elegir». Puesto que ya ha ocurrido así, debemos decir: «En todo caso, elegid lo menos posible consignas tan teóricamente falsas, que no encierran en sí más que confusión, como la "democracia productiva"». Tanto Trotsky como Bujarin no han meditado teóricamente este término y se han enredado. La «democracia productiva» sugiere ideas que en absoluto están en el círculo de aquellas ideas que les han entusiasmado. Querían subrayar, concentrar más atención en la producción. Subrayar en un artículo, en un discurso, es una cosa, pero cuando lo convierten en tesis y cuando el Partido debe elegir, digo: elegid contra esto, porque es confusión. La producción se necesita siempre, la democracia no siempre. La democracia productiva engendra una serie de ideas radicalmente falsas. No hemos gastado ni una bota cuando predicábamos la dirección unipersonal. No se puede introducir confusión, creando el peligro de que la gente se enrede: cuándo democracia, cuándo dirección unipersonal, cuándo dictadura. En ningún caso hay que renunciar a la dictadura —oigo que detrás Bujarin gruñe: «Exactamente». (Risas. Aplausos.)

Además. Desde septiembre venimos hablando del paso de la prioridad a la igualdad, lo decimos en la resolución de la Conferencia general del Partido, aprobada por el Comité Central{97}. Cuestión difícil. Porque de un modo u otro hay que combinar la igualdad y la prioridad, y estos conceptos se excluyen mutuamente. Pero sin embargo hemos aprendido un poco de marxismo, hemos aprendido cómo y cuándo se pueden y deben unir los contrarios, y, sobre todo: en nuestra revolución, en tres años y medio, hemos unido prácticamente en repetidas ocasiones los contrarios.

Es evidente que hay que acercarse a la cuestión con mucha cautela y meditación. Porque todavía en esos tristes Plenos del Comité Central [11], en que resultaron sietes y ochos y el famoso «grupo amortiguador» del camarada Bujarin{98}, allí hablamos de esas cuestiones de principio y ya establecimos que la transición de la prioridad a la igualdad no es fácil. Y para cumplir ese acuerdo de la Conferencia de septiembre, debemos trabajar un poco. Porque se pueden combinar esos conceptos opuestos de tal modo que resulte una cacofonía, y se pueden combinar de modo que resulte una sinfonía. La prioridad es la preferencia de una producción entre todas las necesarias en nombre de su mayor urgencia. ¿En qué consiste la preferencia? ¿Cuán grande puede ser la preferencia? Es cuestión difícil, y debo decir que para resolverla no basta una sola ejecutividad, no basta siquiera un hombre heroico, que quizá tenga muchas cualidades excelentes, pero que es bueno en su puesto; aquí hay que saber acercarse a una cuestión muy peculiar. Y si se plantea la cuestión de la prioridad y la igualdad, hay que, ante todo, tratarla con reflexión, y esto precisamente no se nota en la obra del camarada Trotsky; cuanto más reelabora sus tesis iniciales, más posiciones falsas tiene. Esto es lo que leemos en sus últimas tesis:

«…En la esfera del consumo, es decir, de las condiciones de existencia personal de los trabajadores, es necesario seguir una línea de igualdad. En la esfera de la producción, el principio de prioridad seguirá siendo para nosotros durante mucho tiempo determinante…» (tesis 41, pág. 31 del folleto de Trotsky).

Esto es una completa confusión teórica. Es completamente falso. La prioridad es preferencia, y la preferencia sin consumo no es nada. Si a mí me prefieren de tal modo que reciba una ración de pan de 100 gramos, gracias por esa preferencia. La preferencia en la prioridad es también preferencia en el consumo. Sin esto, la prioridad es un sueño, una nubecilla, y nosotros somos materialistas. Y los obreros son materialistas; si dices prioridad, da entonces pan, vestido y carne. Sólo así lo hemos entendido y entendemos, cuando cientos de veces discutimos estas cuestiones, por motivos concretos, en el Consejo de Defensa, cuando uno tira para sí las botas, dice: «Yo tengo prioridad», y otro dice: «A mí las botas, si no, no resistirán tus obreros de choque y tu prioridad se perderá».

Y resulta que, en lo que se refiere a la igualdad y la prioridad, en las tesis la cuestión se plantea radicalmente mal. Además, resulta un retroceso respecto a lo que ha sido verificado y conquistado prácticamente. Así no se puede, y nada bueno puede salir de ese camino.

Además: la cuestión de la «imbricación». Lo más acertado sería, en el momento actual, callar respecto a la «imbricación». La palabra es plata, el silencio es oro. ¿Por qué? Porque ya nos hemos ocupado prácticamente de la imbricación; no hay un solo gran Consejo Económico provincial, gran departamento del Consejo Superior de Economía Nacional o del Comisariado del Pueblo de Vías de Comunicación, etc., donde no haya prácticamente imbricación. Pero ¿son del todo buenos los resultados? Ahí está el busilis. Estudia la experiencia práctica de cómo se ha realizado la imbricación y qué se ha conseguido con ello. Los decretos con que se ha introducido la imbricación en tal o cual institución son tantos que no se pueden contar. Pero estudiar prácticamente qué ha salido de eso, qué ha dado tal imbricación en tal rama de la industria, cuando tal miembro del sindicato provincial ocupaba tal cargo en el Consejo Económico provincial, a qué condujo eso, cuántos meses realizó esa imbricación, etc., estudiar de modo práctico nuestra propia experiencia concreta todavía no hemos sabido. Hemos sabido inventar una divergencia de principio sobre la imbricación y al hacerlo cometer un error; en eso somos maestros, pero estudiar nuestra propia experiencia y verificarla —para eso no estamos. Y cuando en nuestros Congresos de los Soviets, además de secciones para el estudio de las regiones agrícolas desde el punto de vista de tal o cual aplicación de la ley de mejora de la agricultura, haya secciones para el estudio de la imbricación, para el estudio de los resultados de la imbricación en la industria molinera de la provincia de Sarátov, en la metalúrgica de Petrogrado, en la hullera del Donbás, etc., cuando esas secciones, después de reunir un montón de materiales, declaren: «Hemos estudiado tal y tal cosa», entonces diré: «Sí, hemos empezado a ocuparnos del asunto, ¡hemos salido de la edad infantil!». Pero si después de emplear tres años en la imbricación, nos presentan «tesis» en que se inventan divergencias de principio sobre la imbricación, ¿qué puede haber más triste y erróneo que esto? Hemos entrado en el camino de la imbricación, y no dudo de que hemos entrado correctamente, pero todavía no hemos estudiado bien los resultados de nuestra experiencia. Por eso, la única táctica inteligente sobre la cuestión de la imbricación es: callar.

Hay que estudiar la experiencia práctica. He firmado decretos y disposiciones que contienen indicaciones sobre la imbricación práctica, y la práctica es cien veces más importante que toda teoría. Por eso, cuando dicen: «Hablemos de la "imbricación"», respondo: «Estudiemos lo que hemos hecho». Que hemos cometido muchos errores, no hay duda. Del mismo modo, puede ser que la mayor parte de nuestros decretos deban ser modificados. Estoy de acuerdo, y no siento el menor apego a los decretos. Pero entonces dad proposiciones prácticas: modificar tal y tal cosa. Eso sería un planteamiento práctico. Eso no sería trabajo improductivo. Eso no conduciría a un proyectismo burocrático. Cuando tomo en el folleto de Trotsky la sección VI: «Conclusiones prácticas», precisamente de ese pecado adolecen las conclusiones prácticas. Porque allí se dice que en el Comité Central de Sindicatos y en el Presídium del Consejo Superior de Economía Nacional deben entrar de una tercera parte a la mitad de miembros comunes a ambas instituciones, y en las comisiones colegiadas de la mitad a dos terceras partes, etc. ¿Por qué? Simplemente, «a ojo». Claro, en nuestros decretos se establecen repetidamente relaciones semejantes precisamente «a ojo»; pero ¿por qué en los decretos es inevitable? No soy defensor de todos los decretos y no quiero presentar los decretos mejores de lo que son en realidad. Allí, a menudo, tales magnitudes convencionales, como la mitad, una tercera parte de miembros comunes, etc., están tomadas a ojo. Cuando un decreto dice tal cosa, significa: intentad hacerlo así, y luego pesaremos el resultado de vuestro «intento». Luego analizaremos qué ha salido exactamente. Cuando analicemos, avanzaremos. Hacemos la imbricación y la haremos cada vez mejor, porque nos volvemos cada vez más prácticos y eficientes.

Pero me parece que he empezado a ocuparme de «propaganda productiva». ¡No hay remedio! Al hablar del papel productivo de los sindicatos, es necesario tocar esta cuestión.

Y paso a esta cuestión de la propaganda productiva. También esto es una cuestión práctica, y la planteamos de modo práctico. Existen instituciones estatales para llevar a cabo la propaganda productiva, que ya han sido creadas. Sean malas o buenas, no lo sé; hay que probarlas; y no se necesita en absoluto escribir «tesis» sobre esta cuestión.

Si se habla en conjunto del papel productivo de los sindicatos, sobre la cuestión de la democracia no hace falta nada más que el democratismo ordinario. Las sutilezas del tipo de la «democracia productiva» son falsas y no darán resultado. Esto es lo primero. Segundo: la propaganda productiva. Las instituciones ya han sido creadas. Las tesis de Trotsky hablan de propaganda productiva. Es en vano, porque las «tesis» son ya aquí cosa anticuada. Si la institución es buena o mala, aún no lo sabemos. Probémosla en la práctica, entonces diremos. Estudiemos e interroguemos. Supongamos que en el Congreso se organizan 10 secciones de 10 personas cada una: «¿Te has ocupado de propaganda productiva? ¿Cómo y qué ha resultado?». Después de estudiarlo, premiaremos al que más haya adelantado, desecharemos la experiencia desafortunada. Ya tenemos experiencia práctica, débil, pequeña, pero la tenemos, y de ella nos tiran hacia atrás, hacia las «tesis de principio». Esto es más bien un movimiento «reaccionario» que un «sindicalismo».

Además, en tercer lugar, los premios. He aquí el papel y las tareas productivas de los sindicatos: la distribución de primas en especie. Esto se ha iniciado. El asunto está en marcha. Se han concedido 500.000 puds de pan para ello; y ya se han gastado 170.000. Si se ha gastado bien, correctamente, no lo sé. En el Consejo de Comisarios del Pueblo se señaló: se reparte mal, en vez de prima resulta un suplemento de salario; lo señalaban tanto los sindicalistas como los del Comisariado del Trabajo. Designamos una comisión para estudiar el asunto, pero todavía no lo ha estudiado. Se han dado 170.000 puds de pan, pero hay que dar de modo que se premie al que ha demostrado heroísmo, ejecutividad, talento y fidelidad del gestor económico, en una palabra, las cualidades que Trotsky ensalza. Pero ahora no se trata de ensalzar en tesis, sino de dar pan y carne. ¿No sería mejor quitar, por ejemplo, la carne a tal categoría de obreros y darla en forma de prima a otros obreros, de «choque»? De esa prioridad no renegamos. Esa prioridad es necesaria. Estudiaremos atentamente la experiencia práctica de nuestra aplicación de la prioridad.

Luego, en cuarto lugar, los tribunales disciplinarios. El papel productivo de los sindicatos, la «democracia productiva», dicho sea sin ánimo de ofender al camarada Bujarin, son puras pamplinas si no tenemos tribunales disciplinarios. Y vosotros en las tesis no los tenéis. Así, tanto desde el punto de vista de principio, como teórico y práctico, una sola conclusión —sobre las tesis de Trotsky y la posición de Bujarin: ¡Quítenme ese peso de encima!.

Y llego aún más a esta conclusión cuando me digo a mí mismo: planteáis la cuestión de modo no marxista. No es bastante que en las tesis haya una serie de errores teóricos. El enfoque de la valoración del «papel y las tareas de los sindicatos» es no marxista porque no se puede abordar un tema tan amplio sin meditar en las particularidades del momento actual desde su aspecto político. No en vano escribimos con el camarada Bujarin, en la resolución del IX Congreso del PCR sobre los sindicatos, que la política es la expresión más concentrada de la economía.

Analizando el momento político actual, podríamos decir que vivimos un período de transición dentro del período de transición. Toda la dictadura del proletariado es un período de transición, pero ahora tenemos, digámoslo así, toda una porción de nuevos períodos de transición. La desmovilización del ejército, el fin de la guerra, la posibilidad de un respiro pacífico mucho más largo que antes, de un paso más firme del frente militar al frente del trabajo. Ya sólo por esto, por esto solo, cambia la relación de la clase proletaria respecto a la clase campesina. ¿Cómo cambia? Hay que observarlo atentamente, y de vuestras tesis no se desprende. Mientras no hayamos observado, hasta entonces hay que saber esperar. El pueblo está muy cansado, toda una serie de reservas que había que emplear en algunas producciones prioritarias ya se han empleado, la relación del proletariado respecto al campesinado cambia. El cansancio de la guerra es colosal, las necesidades han aumentado, y la producción no ha aumentado o no ha aumentado lo suficiente. Por otra parte, ya señalé en mi informe al VIII Congreso de los Soviets que aplicábamos correcta y acertadamente la coacción cuando sabíamos primero ponerle una base de persuasión[12]. Debo decir que esta consideración importantísima Trotsky y Bujarin no la han tenido absolutamente en cuenta.

¿Hemos puesto una base de persuasión bastante amplia y sólida bajo todas las nuevas tareas productivas? No, apenas hemos empezado a hacerlo. Todavía no hemos incorporado a las masas. ¿Y pueden las masas pasar inmediatamente a esas nuevas tareas? No pueden, porque la cuestión de, por ejemplo, si hay que derribar a Wrangel, el terrateniente, si hay que escatimar sacrificios para ello, esa cuestión no necesita ya propaganda especial. Pero la cuestión del papel productivo de los sindicatos, si se tiene en vista no la cuestión de «principio», no los razonamientos sobre el «sindicalismo soviético» y otras zarandajas por el estilo, si se tiene en vista el aspecto práctico de la cuestión, entonces apenas hemos empezado a elaborar la cuestión, apenas hemos creado la institución para la propaganda productiva; aún no tenemos experiencia. Hemos introducido las primas en especie, pero aún no tenemos experiencia. Hemos creado los tribunales disciplinarios, pero aún no conocemos los resultados. Y desde el punto de vista político, la preparación precisamente de las masas es lo más importante. ¿Está preparada la cuestión, estudiada, meditada, sopesada desde este punto de vista? Ni mucho menos. Y en esto radica un error político radical, profundísimo y peligroso, porque aquí, más que en ninguna otra cuestión, hay que obrar según la regla: «mide siete veces, corta una», y aquí se han puesto a cortar sin haber medido ni una vez. Dicen que «el Partido debe elegir entre dos tendencias», pero no han medido ni una vez, y han inventado una falsa consigna de «democracia productiva».

Hay que comprender el significado de esta consigna especialmente en un momento político como el actual, en que el burocratismo se ha presentado a las masas de un modo evidente para ellas y en que hemos puesto en el orden del día la cuestión del mismo. El camarada Trotsky dice en las tesis que sobre la cuestión de la democracia obrera al Congreso sólo le queda «registrar unánimemente». Esto no es verdad. No basta registrar; registrar significa fijar lo que está completamente sopesado y medido, y mientras tanto, la cuestión de la democracia productiva está lejos de estar sopesada hasta el fin, probada y verificada. Pensad qué interpretación puede obtener en las masas cuando se da la consigna de «democracia productiva».

«Nosotros, los campesinos medios, los miembros de base, decimos que hay que renovar, que hay que corregir, que hay que echar a los burócratas, y tú desvías la conversación, ocúpate de la producción, manifiesta la democracia en los éxitos de la producción, pero yo quiero ocuparme de la producción no con esa composición burocrática de direcciones, centros, etc., sino con otra». No habéis dejado hablar a las masas, asimilar, meditar, no habéis dejado al Partido adquirir nueva experiencia, y ya tenéis prisa, pasáis la medida, creáis fórmulas que son teóricamente falsas. ¿Y cuántas veces más reforzarán este error los ejecutores demasiado celosos? El dirigente político responde no sólo por cómo dirige, sino también por lo que hacen los dirigidos por él. Esto a veces no lo sabe, esto a menudo no lo quiere, pero la responsabilidad recae sobre él.

Paso ahora a los Plenos de Noviembre (9 de noviembre) y de Diciembre (7 de diciembre) del Comité Central, que ya expresaron todos estos errores no como desgloses lógicos, premisas, razonamientos teóricos, sino en la acción. Se produjo en el Comité Central un embrollo y un alboroto; esto es la primera vez en la historia de nuestro Partido durante la revolución, y es peligroso. El clavo fue que se produjo una escisión, apareció el grupo «amortiguador» de Bujarin, Preobrazhenski y Serebryakov, que fue el que más daño causó y más lío hizo.

Recordad la historia de la Glavpolitput{99} y del Tsektran. En la resolución del IX Congreso del PCR, en abril de 1920, se decía que se creaba la Glavpolitput, institución «temporal», y que «en el más breve plazo posible» había que pasar a la situación normal{100}. En septiembre leéis: «Pasad a la situación normal»[13]. En noviembre (9 de noviembre) se reúne el Pleno, y Trotsky trae sus tesis, sus razonamientos sobre el sindicalismo. Por muy buenas que sean frases sueltas en él acerca de la propaganda productiva, había que decir que todo eso no viene a cuento, no es del caso, es un paso atrás, no se puede uno ocupar de eso ahora en el Comité Central. Bujarin dice: «Eso es muy bueno». Puede que sea muy bueno, pero eso no es respuesta a la cuestión. Después de debates desesperados se aprueba una resolución por 10 votos contra 4, en la que se dice en forma cortés y camaraderil que el Tsektran mismo «ya ha puesto en el orden del día» «el fortalecimiento y desarrollo de los métodos de democracia proletaria dentro del sindicato». Se dice que el Tsektran debe «tomar parte activa en la labor general del Comité Central de Sindicatos, entrando en su composición con los mismos derechos que las demás uniones sindicales».

¿Cuál es la idea fundamental de esta decisión del Comité Central? Está clara: «Camaradas del Tsektran: cumplid, no sólo formalmente sino de fondo, las decisiones del Congreso y del Comité Central, para ayudar con vuestro trabajo a todos los sindicatos, para que no haya ni rastro de burocratismo, preferencia, soberbia, como que nosotros somos mejores que vosotros, más ricos que vosotros, recibimos más ayuda».

Después de esto, pasamos a la labor práctica. Se crea una comisión, cuya composición ha sido publicada. De la comisión Trotsky se retira, la sabotea, no quiere trabajar. ¿Por qué? El motivo es uno solo. Lutovinov tiene a veces afición a la oposición. Cierto, también Osinski. Es una afición desagradable, la verdad sea dicha. Pero ¿es eso un argumento? Osinski llevó la campaña de semillas magníficamente. Con él había que trabajar, a pesar de su «campaña de oposición», y un procedimiento como el sabotaje de la comisión es burocrático, no soviético, no socialista, incorrecto, políticamente dañino. En un momento en que hay que separar lo sano de lo malsano en la «oposición», ese procedimiento es triple y dañino. Cuando Osinski hace «campaña de oposición» —le digo: «campaña dañina»—, y cuando hace la campaña de semillas, para chuparse los dedos. Que Lutovinov comete un error en su «campaña de oposición», no lo negaré jamás, como Ischenko y Shliápnikov, pero por eso no se puede sabotear la comisión.

Mientras tanto, ¿qué significaba esa comisión? Significaba el paso de las charlas intelectuales sobre divergencias vacías a la labor práctica. De la propaganda productiva, de los premios, de los tribunales disciplinarios —de eso había que hablar y en eso tenía que trabajar la comisión. Aquí el camarada Bujarin, jefe del «grupo amortiguador», con Preobrazhenski y Serebryakov, viendo la peligrosa escisión en el Comité Central, se puso a crear un amortiguador, un amortiguador tal que me es difícil encontrar expresión parlamentaria para describir ese amortiguador. Si yo supiera dibujar caricaturas como sabe dibujar el camarada Bujarin, dibujaría al camarada Bujarin así: un hombre con un cubo de petróleo, que derrama ese petróleo sobre el fuego, y pondría al pie: «petróleo amortiguador». El camarada Bujarin quería crear algo; no hay duda de que su deseo era el más sincero y «amortiguador». Pero amortiguador no resultó, sino que resultó que no tuvo en cuenta el momento político y, además, cometió errores teóricos.

¿Era necesario llevar todas esas disputas a una amplia discusión? ¿Ocuparse de esa bagatela? ¿Ocupar las semanas necesarias para nosotros antes del Congreso del Partido? En este tiempo podríamos haber elaborado y estudiado la cuestión de los premios, de los tribunales disciplinarios, de la imbricación. Estas cuestiones las resolveríamos de modo práctico en la comisión del Comité Central. Si el camarada Bujarin quería crear un amortiguador y no quería encontrarse en la situación del hombre de quien se dice: «iba a la habitación, fue a parar a otra», tenía que haber dicho e insistido en que el camarada Trotsky permaneciera en la comisión. Si hubiera dicho y hecho eso, entonces habríamos salido al camino práctico, entonces en esa comisión hubiéramos examinado cómo es en realidad la dirección unipersonal, cómo es la democracia, cómo son los designados, etc.

Además. En el mes de diciembre (Pleno del 7 de diciembre) ya se había producido la explosión con los trabajadores del transporte fluvial, que llevó a un agravamiento del conflicto, y como resultado, en el Comité Central se reunieron ya 8 votos contra nuestros 7. El camarada Bujarin, a toda prisa, escribió la parte «teórica» de la resolución del Pleno de diciembre, tratando de «conciliar» y poner en juego el «amortiguador», pero, naturalmente, después del sabotaje de la comisión no podía salir nada de ello.

¿En qué consistió, pues, el error de la Glavpolitput y del Tsektran? En absoluto en que aplicaran la coacción. En esto, al contrario, estuvo su mérito. Su error consistió en que no supieron a tiempo y sin conflictos pasar, según la exigencia del IX Congreso del PCR, a la labor sindical normal, no supieron adaptarse como era debido a los sindicatos, no supieron ayudarles, poniéndose en relación de igualdad con ellos. Hay valiosa experiencia militar: heroísmo, ejecutividad, etc. Hay malo en la experiencia de los peores elementos de entre los militares: burocratismo, soberbia. Las tesis de Trotsky, contra su conciencia y su voluntad, resultaron apoyando no lo mejor, sino lo peor de la experiencia militar. Hay que recordar que el dirigente político responde no sólo por su política, sino también por lo que hacen los dirigidos por él.

Lo último que quería deciros y por lo que ayer tuve que llamarme a mí mismo imbécil es que pasé por alto las tesis del camarada Rudzutak. Rudzutak tiene el defecto de que no sabe hablar alto, impresionante, bonito. No te fijas, lo dejas pasar. Ayer, no pudiendo asistir a las asambleas, repasaba mis materiales y encontré en ellos una hoja impresa, editada para la V Conferencia de toda Rusia de los Sindicatos, celebrada del 2 al 6 de noviembre de 1920. Esta hoja se titula: «Las tareas productivas de los sindicatos». Os leeré toda esta hoja, no es grande.