El ciudadano Jean Longuet me ha enviado una carta cuyo contenido principal consiste en las mismas quejas que en su artículo: "¿Cómo engañan a los rusos?" ("Populaire"{55} del 10.I.1920). Longuet me ha enviado también este número de su periódico junto con el volante del "Comité para la Reconstrucción de la Internacional" ("Comité pour la Reconstruction de l'Internationale"){56}. En el volante están impresos dos proyectos de resoluciones para el próximo congreso del Partido Socialista Francés en Estrasburgo{57}. El volante está firmado en nombre del "Comité para la Reconstrucción de la Internacional" por 24 personas: Amédée Dunois, la ciudadana Fanny Clar, Caussy, Delépine, Paul Faure, L.-O. Frossard, Eugène Frot, Gourdeau, la ciudadana Leiciague, Le Troquer, Paul Louis, Jean Longuet, Maurice Maurin, Mayéras, Mouret, Morangé, Palicot, Peccher, la ciudadana Marianne Rauze, Daniel Renoult, Servantier, Sixte-Quenin, Thomassy, Verfeuil.

Responder a las quejas y ataques de Jean Longuet me parece superfluo: respuestas suficientes son el artículo de F. Loriot en "Vie Ouvrière"{58} del 16.I.1920, titulado: "¡Despacio, Longuet!" ("Tout doux, Longuet!") y el artículo de Trotsky en el nº 7-8 de "La Internacional Comunista"{59} titulado "Jean Longuet". Queda muy poco que añadir a esto; quizás habría que reunir material sobre la historia del fracaso de la huelga del 21.VII.1919{60}. Pero desde Moscú no puedo hacerlo. Solo he visto en un periódico comunista austriaco un extracto del "Avanti!"{61} que denuncia el papel infame en este asunto de uno de los más infames socialtraidores (¿o anarco-traidores?), el antiguo vociferante sindicalista y antiparlamentario Jouhaux. ¿Por qué Longuet no encarga a alguien el trabajo, que en París es fácil de hacer, de reunir todos los documentos, todas las notas y artículos de los periódicos comunistas europeos, todas las entrevistas especiales sobre la cuestión del fracaso de la huelga del 21.VII.1919 con todos los dirigentes y participantes interesados? Publicaríamos este trabajo con entusiasmo. Por "educación socialista", de la que los "centristas" de todo el mundo (los independientes en Alemania, los longuetistas en Francia, el I.L.P.{62} en Inglaterra, etc.) hablan tanto y con gusto, debe entenderse no la repetición pedante-doctrinaria de los lugares comunes del socialismo, que a todos tienen hartos, que a nadie, después de 1914-1918, inspiran confianza, sino la denuncia constante de los errores de los dirigentes y de los errores del movimiento.

Por ejemplo. Todos los dirigentes, todos los representantes destacados de los partidos socialistas, de los sindicatos, de las cooperativas obreras, que en la guerra de 1914-1918 estuvieron a favor de la "defensa de la patria", actuaron como traidores al socialismo. Denunciar su error constantemente, explicar sistemáticamente que esta guerra fue, por ambos lados, una guerra de bandidos por el reparto del botín saqueado, que es inevitable la repetición de una guerra similar sin el derrocamiento revolucionario de la burguesía por el proletariado, eso es realizar de hecho la labor de "educación socialista".

Precisamente las resoluciones que he mencionado hablan de tal educación, pero de hecho realizan una labor de corrupción socialista, pues encubren y silencian aquellas traiciones, aquellas defecciones, la rutina, la inercia, el espíritu de lucro, el filisteísmo, aquellos errores, en cuya superación, en cuya liberación consciente consiste la verdadera educación.

## II

Las resoluciones de los longuetistas no valen nada. Sin embargo, son muy útiles para un fin especial: para ilustrar el mal quizás más peligroso para el movimiento obrero en Occidente en el momento actual. Este mal consiste en que los viejos dirigentes, viendo la atracción irresistible de las masas hacia el bolchevismo y hacia el Poder Soviético, buscan (¡y a menudo encuentran!) una salida en el reconocimiento verbal de la dictadura del proletariado y del Poder Soviético, mientras que de hecho siguen siendo enemigos de la dictadura del proletariado, o personas incapaces o no dispuestas a comprender su significado y a ponerla en práctica.

Cuán enorme, cuán inmensamente grande es el peligro de este tipo de mal, lo demostró de manera especialmente evidente la caída de la primera República Soviética en Hungría (a la primera caída le seguirá una segunda victoriosa). Una serie de artículos en "La Bandera Roja" ("Die Rote Fahne", Viena{63}), órgano central del Partido Comunista de Austria, reveló una de las causas principales de esta caída: la traición de los "socialistas" que, de palabra, se pasaron al lado de Béla Kun y se declararon comunistas, pero de hecho no aplicaron una política correspondiente a la dictadura del proletariado, sino que vacilaron, se acobardaron, corrieron hacia la burguesía, en parte sabotearon directamente la revolución proletaria y la traicionaron. Los bandidos del imperialismo mundialmente todopoderosos que rodeaban a la República Soviética Húngara (es decir, los gobiernos burgueses de Inglaterra, Francia, etc.) supieron, por supuesto, aprovechar estas vacilaciones dentro del gobierno del Poder Soviético húngaro y la estrangularon brutalmente con las manos de los verdugos rumanos.

No hay duda de que una parte de los socialistas húngaros se pasó sinceramente al lado de Béla Kun y se declaró sinceramente comunista. Pero la esencia del asunto no cambia en absoluto por ello: una persona que se declara "sinceramente" comunista, pero que de hecho, en lugar de una política implacablemente firme, constantemente decidida, abnegadamente audaz y heroica (solo tal política corresponde al reconocimiento de la dictadura del proletariado), vacila y se acobarda, esa persona, con su falta de carácter, sus vacilaciones, su indecisión, comete la misma traición que un traidor directo. En el sentido personal, la diferencia entre un traidor por debilidad y un traidor por dolo y cálculo es muy grande; en el sentido político, esta diferencia no existe, pues la política es el destino real de millones de personas, y este destino no cambia porque millones de obreros y campesinos pobres sean traicionados por traidores por debilidad o por traidores por interés.

Qué parte de los longuetistas que firmaron las resoluciones que examinamos resultará ser de la primera o de la segunda de las categorías mencionadas, o de alguna tercera categoría, no se puede saber ahora e intentar resolver tal cuestión sería una ocupación vana. Lo importante es que estos longuetistas, como tendencia política, siguen actualmente precisamente la política de los "socialistas" y "socialdemócratas" húngaros que arruinaron el Poder Soviético en Hungría. Los longuetistas siguen precisamente esta política, pues de palabra se declaran partidarios de la dictadura del proletariado y del Poder Soviético, pero de hecho continúan comportándose como antes, continúan, tanto en sus resoluciones como en la vida, defendiendo y aplicando la vieja política de pequeñas concesiones al socialchovinismo, al oportunismo, a la democracia burguesa, de vacilaciones, indecisión, evasivas, subterfugios, silencios y cosas por el estilo. Estas pequeñas concesiones, vacilaciones, indecisión, evasivas, subterfugios y silencios, en suma, conducen inevitablemente a la traición a la dictadura del proletariado.

Dictadura es una palabra grande, dura, sangrienta, una palabra que expresa la lucha implacable a muerte de dos clases, de dos mundos, de dos épocas histórico-mundiales.

Tales palabras no se pueden echar al viento.

Poner en el orden del día la realización de la dictadura del proletariado y al mismo tiempo "tener miedo de ofender" a los Albert Thomas, a los señores Bracke, Sembat, a otros caballeros del más vil socialchovinismo francés, a los héroes del periódico traidor "L'Humanité", "La Bataille"{64} y demás, eso significa realizar la traición a la clase obrera, por ligereza, por falta de conciencia, por falta de carácter o por otras razones, pero en todo caso significa realizar la traición a la clase obrera.

La divergencia entre la palabra y el hecho arruinó a la Segunda Internacional. La Tercera no tiene aún ni un año de edad, y ya se está convirtiendo en moda y en cebo para politicastros que van adonde va la masa. La Tercera Internacional ya comienza a ser amenazada por la divergencia entre la palabra y el hecho. Cueste lo que cueste, en todas partes y por doquier, hay que denunciar este peligro, arrancar de raíz toda manifestación de este mal.

Las resoluciones de los longuetistas (como las resoluciones del último congreso de los independientes alemanes{65}, esos longuetistas germanos) convierten la "dictadura del proletariado" en un icono igual al que solían ser para los dirigentes, para los funcionarios de los sindicatos, para los parlamentarios, para los funcionarios de las cooperativas las resoluciones de la Segunda Internacional: hay que rezar ante el icono, se puede santiguar uno ante el icono, hay que inclinarse ante el icono, pero el icono no cambia en nada la vida práctica, la política práctica.

No, señores, no permitiremos que la consigna "dictadura del proletariado" se convierta en un icono, no nos conformaremos con que la III Internacional tolere la divergencia entre la palabra y el hecho.

Si estáis por la dictadura del proletariado, entonces no sigáis esa política evasiva, vacilante y conciliadora hacia el socialchovinismo que seguís y que está expresada en las primeras líneas de vuestra primera resolución: la guerra, si son tan amables, "desgarró" (a déchiré) la II Internacional, la separó de la obra de "educación socialista" (éducation socialiste), y "algunas partes de esta Internacional" (certaines de ses fractions) "se debilitaron" porque compartieron el poder con la burguesía, y así sucesivamente.

Este no es el lenguaje de personas que comparten consciente y sinceramente la idea de la dictadura del proletariado. Es el lenguaje de personas que dan un paso adelante y dos atrás, o de politicastros. Si queréis hablar en ese lenguaje, mejor dicho, mientras habléis en ese lenguaje, mientras esa sea vuestra política, quedaos en la II Internacional, vuestro lugar está allí. O que los obreros, que con su presión de masas os empujan hacia la III Internacional, os dejen en la II Internacional, y ellos mismos, sin vosotros, pasen a la III Internacional. A esos obreros, y al Partido Socialista Francés, y al Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania, y al Partido Obrero Independiente Inglés, les diremos, y en la misma condición: ¡bienvenidos!

Si se reconoce la dictadura del proletariado, si junto a ello se habla de la guerra de 1914-1918, hay que hablar de otra manera: esta guerra fue una guerra de bandidos del imperialismo anglo-franco-ruso contra los bandidos del imperialismo germano-austriaco por el reparto del botín, las colonias, las "esferas" de influencia financiera. La prédica de la "defensa de la patria" en tal guerra fue una traición al socialismo. Si no se explica esta verdad hasta el final, si no se erradica de las cabezas, de los corazones, de la política de los obreros esta traición, no se puede salvar de las calamidades del capitalismo, no se puede salvar de nuevas guerras, que son inevitables mientras se mantenga el capitalismo.

¿No queréis, no podéis hablar en ese lenguaje, hacer esa propaganda? ¿Queréis "perdonaros" a vosotros mismos o a vuestros amigos que predicaron la "defensa de la patria" ayer en Alemania bajo Guillermo o bajo Noske, en Inglaterra y en Francia bajo el poder de la burguesía? ¡Entonces perdonad a la III Internacional! ¡Hacedla feliz con vuestra ausencia!

## III

Hasta ahora he hablado de la primera de las dos resoluciones. La segunda no es mejor. La condena "solemne" ("solennelle") del "confusionismo" e incluso de "todo compromiso" ("toute compromission" – esto es una frase revolucionaria vacía, pues no se puede estar contra todo compromiso), y junto a ello, una definición evasiva, vacilante, que no aclara el concepto de "dictadura del proletariado", sino que lo oscurece, la repetición de frases generales, ataques a "la política del señor Clemenceau" (procedimiento habitual de los politicastros burgueses en Francia, que presentan el cambio de camarillas como un cambio de régimen), la exposición de un programa, en sus fundamentos reformista – impuestos, "nacionalización de los monopolios capitalistas", etc.

Los longuetistas no han comprendido y no quieren comprender (en parte: son incapaces de comprender) que el reformismo, encubierto con fraseología revolucionaria, fue el mal principal de la II Internacional, la causa principal de su vergonzoso derrumbe, del apoyo de los "socialistas" a esa guerra en la que fueron asesinados diez millones de hombres para resolver la gran cuestión de si el grupo anglo-ruso-francés o el grupo germano de capitalistas depredadores debe saquear al mundo entero.

Los longuetistas han seguido siendo de hecho los mismos reformistas, que encubren su reformismo con fraseología revolucionaria y que solo como frase revolucionaria emplean la nueva palabrita "dictadura del proletariado". El proletariado no necesita a tales dirigentes, como tampoco a los dirigentes del Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania, ni a los dirigentes del Partido Obrero Independiente de Inglaterra. Con tales dirigentes el proletariado no puede realizar su dictadura.

Reconocer la dictadura del proletariado no significa: a toda costa y en cualquier momento lanzarse al asalto, a la insurrección. Eso es un disparate. Para una insurrección exitosa se necesita una preparación larga, hábil, tenaz, que cueste grandes sacrificios.

Reconocer la dictadura del proletariado significa: una ruptura decidida, implacable y, sobre todo, plenamente consciente, plenamente consecuentemente llevada a la práctica, con el oportunismo, el reformismo, la indecisión, la evasiva de la II Internacional; una ruptura con los dirigentes que no pueden dejar de continuar la vieja tradición, con los viejos (no por la edad, sino por los métodos) parlamentarios, funcionarios de los sindicatos, cooperativas, etc.

Hay que romper con ellos. Es criminal compadecerlos: eso significa traicionar, por los mezquinos intereses de diez o cien mil, los intereses fundamentales de decenas de millones de obreros y campesinos pobres.

Reconocer la dictadura del proletariado significa: transformar radicalmente el trabajo cotidiano del partido, descender a las bases, a esos millones de obreros, jornaleros y campesinos pobres que no pueden ser salvados de las calamidades del capitalismo y las guerras sin los Soviets, sin el derrocamiento de la burguesía. Explicar esto concretamente, simplemente, claramente, para la masa, para las decenas de millones, decirles que sus Soviets deben tomar todo el poder, que su vanguardia, el partido del proletariado revolucionario, debe dirigir la lucha, eso es lo que es la dictadura del proletariado.

En los longuetistas no hay ni rastro de comprensión de esta verdad, ni una gota de deseo y capacidad de ponerla en práctica diariamente.

## IV

En Austria, el comunismo ha atravesado el período más difícil, que parece no haber terminado aún del todo: enfermedades del crecimiento, la ilusión de que, declarándose comunistas, un grupo puede convertirse en una fuerza sin una lucha profunda por la influencia entre las masas, errores en la elección de personas (errores inevitables al principio para toda revolución; nosotros tuvimos toda una serie de ellos).

El periódico diario de los comunistas, "La Bandera Roja", bajo la redacción de Koritschoner y Tomann, muestra que el movimiento está entrando en el camino serio.

Y hasta qué estupidez, bajeza y vileza llegan los socialdemócratas austriacos, lo demuestra con demasiada evidencia toda la política de Renner y de otros Scheidemann austriacos, a quienes – en parte por la más extrema estupidez y falta de carácter – ayudan los Otto Bauer y Friedrich Adler, convertidos en traidores vulgares.

He aquí un ejemplo: el folleto de Otto Bauer "El camino al socialismo". Tengo ante mí la edición berlinesa de la editorial "Freiheit", aparentemente del partido independiente, que está enteramente al mismo nivel miserable, vulgar y vil que este folleto.

Basta echar un vistazo a un par de lugares del § 9 ("Expropiación de los expropiadores"):

"...La expropiación no puede ni debe producirse en forma de una confiscación brutal (brutaler, bestial) de la propiedad capitalista y terrateniente; pues en esa forma no podría producirse sino al precio de una enorme destrucción de las fuerzas productivas, que arruinaría a las mismas masas populares, paralizaría las fuentes del ingreso nacional. La expropiación de los expropiadores, por el contrario, debe producirse de forma ordenada, regulada..." mediante impuestos.

Y el sabio varón explica aproximadamente cómo mediante impuestos se podría tomar de las clases poseedoras "cuatro novenos" de sus ingresos...

¿Parece suficiente? Por mi parte, después de estas palabras (y empecé a leer el folleto por el § 9) no he leído nada más y, sin necesidad especial, no pienso leer nada más en el folleto del señor Otto Bauer. Pues está claro que este mejor de los socialtraidores es, en el mejor de los casos, un sabio necio, completamente desesperanzado.

Es un modelo de pedante, un pequeño burgués hasta la médula. Escribió útiles libros y artículos científicos antes de la guerra, admitiendo "teóricamente" que la lucha de clases podría agudizarse hasta la guerra civil. Incluso participó (si estoy bien informado) en la redacción del Manifiesto de Basilea de 1912{66}, el cual prevé directamente la revolución proletaria precisamente en relación con esa guerra que estalló en 1914.

Pero cuando se llegó de hecho a esa revolución proletaria, prevaleció la naturaleza del pedante, del filisteo, que se asustó y empezó a untar con aceite de frases reformistas la revolución rugiente.

Él aprendió firmemente (los pedantes no saben pensar, saben recordar, pueden aprender de memoria) que teóricamente es posible la expropiación de los expropiadores sin confiscación. Siempre lo repitió. Lo aprendió. Lo sabía de memoria en 1912. Lo repitió de memoria en 1919.

No sabe pensar. Después de la guerra imperialista, y además de una guerra tal que incluso a los vencedores llevó al borde de la ruina, después del inicio de la guerra civil en una serie de países, después de que los hechos a escala internacional han demostrado la inevitabilidad de la transformación de la guerra imperialista en guerra civil, predicar, en el año de gracia de 1919, en la ciudad de Viena, la toma "ordenada" y "regulada" a los capitalistas de "cuatro novenos" de sus ingresos, para eso hay que estar o mentalmente enfermo, o ser ese viejo héroe de la vieja gran poesía alemana que pasa con entusiasmo "de librito en librito"...{67}

El amabilísimo buenazo, que probablemente es el más virtuoso padre de familia, el más honrado ciudadano, el más concienzudo lector y escritor de libros científicos, ha olvidado por completo una pequeñez: ha olvidado que semejante transición "ordenada" y "regulada" al socialismo (transición, sin duda, la más ventajosa para el "pueblo", hablando abstractamente) presupone la solidez absoluta de la victoria del proletariado, la desesperanza absoluta de la situación de los capitalistas, la necesidad absoluta para ellos y su disposición a prestar la más concienzuda sumisión.

¿Es posible tal concurso de circunstancias?

Teóricamente, es decir, en este caso completamente abstractamente, hablando: por supuesto que sí. Por ejemplo: supongamos que en nueve países, incluyendo todas las grandes potencias, los Wilson, Lloyd George, Millerand y demás héroes del capitalismo se encuentran ya en la misma situación que entre nosotros Yudénich, Kolchak y Denikin con sus ministros. Supongamos que en un décimo país pequeño, después de esto, los capitalistas proponen a los obreros: vamos, os ayudaremos concienzudamente, sometiéndonos a vuestras decisiones, a llevar a cabo una "expropiación de los expropiadores" "ordenada" y pacífica (¡sin destrucciones!), recibiendo por ello el primer año 5/9 del ingreso anterior, el segundo año 4/9.

Es perfectamente concebible que, en las condiciones que he señalado, los capitalistas del décimo país hagan tal propuesta en uno de los países más pequeños y "pacíficos", y no habría nada malo por parte de los obreros de ese país si discuten esta propuesta de manera práctica y (regateando: un comerciante no puede sin regatear) la aceptan.

Quizás ahora, después de esta explicación popular, incluso el sabio Otto Bauer y el filósofo (tan afortunado como político) Friedrich Adler comprendan de qué se trata.

¿Todavía no? ¿No está claro?

Pensad, amabilísimo Otto Bauer, amabilísimo Friedrich Adler, ¿se parece la situación del capitalismo mundial y de sus dirigentes en este momento a la situación de Yudénich, Kolchak y Denikin en Rusia?

No, no se parece. En Rusia los capitalistas fueron derrotados después de su desesperada resistencia. En todo el mundo aún están en el poder. Ellos son los amos.

Si vosotros, amabilísimos Otto Bauer y Friedrich Adler, aún ahora no habéis comprendido de qué se trata, os añadiré aún más popularmente: imaginaos que en el momento en que Yudénich estaba a las puertas de Petrogrado, Kolchak poseía los Urales, Denikin toda Ucrania, cuando en el bolsillo de todos estos tres héroes había fajos de telegramas de Wilson, Lloyd George, Millerand y Cía. sobre el envío de dinero, cañones, oficiales, soldados, imaginaos que en tal momento se presenta ante Yudénich, Kolchak o Denikin un representante de los obreros rusos y dice: nosotros, los obreros, somos mayoría, os daremos 5/9 de vuestros ingresos, y luego os quitaremos el resto "ordenadamente" y pacíficamente. ¿Trato hecho, "sin destrucción"?

Si este representante de los obreros estuviera simplemente vestido y lo recibiera solo un general ruso como Denikin, probablemente enviaría al obrero al manicomio, o simplemente lo echaría.

Pero si el representante de los obreros fuera un intelectual con traje decente, además hijo de un respetable papá (como el bueno y amable Friedrich Adler), si además Denikin no estuviera solo, sino que recibiera junto con un "consejero" francés o inglés, entonces este consejero, sin duda, le diría a Denikin:

"Escuche, general, este representante de los obreros es tan inteligente que es justo el indicado para ser nuestro ministro, como Henderson en Inglaterra, Albert Thomas en Francia, Otto Bauer y Friedrich Adler en Austria".

14.II.1920.