Camaradas, antes de empezar el informe, debo decir que el informe está dividido, como ocurrió también en el congreso anterior, en dos partes: la política y la organizativa. Esta división nos lleva ante todo a pensar en cómo se ha conformado el trabajo del Comité Central desde el punto de vista externo, organizativo. Nuestro Partido ha vivido ahora el primer año sin Y. M. Sverdlov, y esta pérdida no podía dejar de repercutir en toda la organización del CC. Saber unir en una sola persona el trabajo organizativo y político como sabía hacerlo el camarada Sverdlov, nadie lo supo, y tuvimos que intentar suplir su labor con el trabajo de un colegio.

La labor del CC durante el año que se informa se llevó a cabo, en lo que se refiere al trabajo cotidiano corriente, por dos colegios elegidos en el pleno del CC: el Buró de Organización del CC y el Buró Político del CC{100}, y, para la coordinación y coherencia de las decisiones de ambas instituciones, el secretario formaba parte de los dos burós. Así resultó que la tarea principal y real del Buró de Organización era la distribución de las fuerzas del Partido, y la del Buró Político, las cuestiones políticas. Es evidente que esta división es hasta cierto punto artificial; es evidente que no se puede llevar a cabo ninguna política sin expresarla en nombramientos y traslados. Por consiguiente, toda cuestión organizativa adquiere un significado político, y en la práctica se estableció entre nosotros que bastaba la solicitud de un miembro del CC para que cualquier cuestión, por unas u otras razones, fuera considerada como cuestión política. El intento de delimitar de otro modo la actividad del CC difícilmente habría sido conveniente y en la práctica difícilmente habría alcanzado su objetivo.

El modo indicado de llevar los asuntos condujo a resultados extraordinariamente favorables: no tuvimos ningún caso en que surgieran dificultades entre uno y otro buró. Los trabajos de ambos órganos se desenvolvieron, en general, armónicamente, y la aplicación práctica se facilitó por la presencia del secretario, quien cumplía íntegra y exclusivamente la voluntad del CC. Hay que subrayar desde el principio, para eliminar unos u otros malentendidos, que solo las decisiones colegiadas del CC, adoptadas en el Buró de Organización, en el Buró Político o en el pleno del CC, exclusivamente tales cuestiones eran llevadas a la práctica por el secretario del CC del Partido. De otro modo, el trabajo del CC no puede marchar correctamente.

Después de estas breves observaciones sobre el orden interior del trabajo del CC, pasaré a mi tarea, al informe del CC. Dar un informe sobre el trabajo político del CC es una tarea muy difícil, si se la entiende en el sentido literal de la palabra. Durante este año, una inmensa parte del trabajo del Buró Político se reducía a la resolución corriente de toda cuestión que surgía, relacionada con la política, que unifica la acción de todas las instituciones soviéticas y del Partido, de todas las organizaciones de la clase obrera, unificando y tratando de dirigir todo el trabajo de la República Soviética. El Buró Político resolvía todas las cuestiones de la política internacional e interior. Es comprensible que sea imposible proponerse enumerar aproximadamente estas cuestiones. En lo que el CC ha publicado para el presente congreso encontraréis el material necesario para una síntesis{101}. Intentar repetir esta síntesis en el informe sería para mí una tarea superior a mis fuerzas y, me parece, no sería interesante para los delegados. Cada uno de nosotros, trabajando en una u otra organización del Partido o soviética, sigue diariamente el extraordinario cambio de las cuestiones políticas, exteriores e interiores. La propia resolución de estas cuestiones, tal como se expresaba en los decretos del Poder Soviético, en la actividad de las organizaciones del Partido, en cada giro, era una valoración del CC del Partido. Hay que decir que las cuestiones eran tantas que a menudo había que resolverlas en condiciones de extraordinaria premura, y solo gracias al pleno conocimiento mutuo de los miembros del colegio, al conocimiento de los matices de opinión, a la confianza, se podía realizar el trabajo. De otro modo, sería una tarea inabarcable incluso para un colegio tres veces mayor. A menudo había que resolver cuestiones complejas sustituyendo las reuniones por conversaciones telefónicas. Esto se hacía con la seguridad de que algunas cuestiones, notoriamente complejas y discutibles, no serían eludidas. Ahora, cuando tengo que hacer un informe general, me permitiré, en lugar de una reseña cronológica y una agrupación de temas, detenerme en los momentos principales, más esenciales, y además en aquellos que vinculan la experiencia de ayer, mejor dicho, la experiencia del año vivido, con las tareas que tenemos ante nosotros.

Para la historia del Poder Soviético aún no ha llegado el tiempo. Si llegara, nosotros, hablo por mí – creo que también por el CC –, no vamos a ser historiadores, sino que nos interesa el presente y el futuro. Tomamos el pasado año del informe como material, como lección, como un escalón desde el cual debemos avanzar más. Desde este punto de vista, el trabajo del CC se divide en dos grandes ramas: el trabajo relacionado con las tareas militares y que determinan la situación internacional de la república, y aquel trabajo de la edificación económica interior y pacífica que empezó a pasar a primer plano, quizás solo a finales del año pasado o principios del presente, cuando quedó completamente claro que habíamos obtenido la victoria decisiva en los frentes decisivos de la guerra civil. En la primavera del año pasado, nuestra situación militar era sumamente difícil; nos esperaba, como recordáis, no pocas derrotas, nuevas y enormes ofensivas, antes no esperadas, de los representantes de la contrarrevolución y de los representantes de la Entente, que no se habían supuesto antes. Por lo tanto, es completamente natural que la mayor parte de este período transcurriera en los trabajos de cumplimiento de la tarea militar, de la tarea de la guerra civil, que a todos los pusilánimes, sin hablar del Partido de los mencheviques, eseritas y otros representantes de la democracia pequeño-burguesa, a la masa de elementos intermedios les parecía insoluble, que les obligó a decir con toda sinceridad que esta tarea es insoluble, que Rusia está atrasada y debilitada y no puede vencer al régimen capitalista del mundo entero, ya que la revolución en Occidente se ha retrasado. Y por eso teníamos que, manteniéndonos en nuestra posición, con toda firmeza y conservando una absoluta seguridad, decir que venceremos, teníamos que llevar a cabo la consigna: «todo para la victoria» y «todo para la guerra».

En nombre de esta consigna tuvimos que ir consciente y abiertamente a la insatisfacción de toda una serie de necesidades más apremiantes, dejando sin ayuda a menudo a muchísimos, con la seguridad de que debíamos concentrar todas las fuerzas en la guerra y vencer en esa guerra que la Entente nos había impuesto. Y solo gracias a que el Partido estaba en guardia, a que el Partido era rigurosamente disciplinado, y porque la autoridad del Partido unificaba todos los departamentos e instituciones, y a la consigna dada por el CC, como un solo hombre marchaban decenas, centenas, miles y, en última instancia, millones, y solo porque se hicieron sacrificios inauditos – solo por eso pudo ocurrir el milagro que ocurrió. Solo por eso, a pesar de la doble, triple y cuádruple campaña de los imperialistas de la Entente y de los imperialistas de todo el mundo, resultamos capaces de vencer. Y, por supuesto, no solo subrayamos este aspecto del asunto, sino que debemos tener en cuenta que este aspecto constituye una lección: que sin disciplina y sin centralización nunca habríamos realizado esta tarea. Los sacrificios inauditos que hicimos para salvar al país de la contrarrevolución, para la victoria de la revolución rusa sobre Denikin, Yudénich y Kolchak, son la garantía de la revolución social mundial. Para que esto se realizara, era necesario que hubiera disciplina del Partido, una centralización rigurosa, una seguridad absoluta de que los sacrificios increíblemente pesados de decenas y centenas de miles de personas ayudarían a llevar a la práctica todas estas tareas, de que esto realmente podía hacerse y asegurarse. Y para eso era necesario que nuestro Partido y la clase que ejerce la dictadura, la clase obrera, fueran elementos que unificaran a millones y millones de trabajadores tanto en Rusia como en todo el mundo.

Si pensamos en lo que estaba, en fin de cuentas, en la base más profunda de que ocurriera tal milagro histórico, de que un país débil, agotado, atrasado, venciera a los países más fuertes del mundo, vemos que esto es la centralización, la disciplina y un sacrificio personal inaudito. ¿Sobre qué base? Millones de trabajadores pudieron llegar, en un país el menos educado, a la organización, a que esta disciplina y esta centralización se realizaran solo sobre la base de que los obreros, que han pasado por la escuela del capitalismo, están unidos por el capitalismo; de que el proletariado en todos los países avanzados, y cuanto más avanzado es el país, en mayor medida, se unía; por otro lado, gracias a que la propiedad, la propiedad capitalista, la pequeña propiedad en la producción mercantil, desune. La propiedad desune, mientras que nosotros unimos y unimos a un número cada vez mayor de millones de trabajadores en todo el mundo. Ahora esto se ve, se puede decir, incluso por los ciegos, al menos por aquellos que no querían verlo. Cuanto más avanzamos, más se desunían nuestros enemigos. Los desunía la propiedad capitalista, la propiedad privada en la producción mercantil, ya sean los pequeños propietarios que especulan con la venta de excedentes de grano y se enriquecen a costa de los obreros hambrientos, ya sean los capitalistas de distintos países, aunque poseyeran poderío militar, crearan la «Sociedad de Naciones», la «gran liga única» de todas las naciones avanzadas del mundo. Tal unidad es una ficción absoluta, un engaño absoluto, una mentira absoluta. Y vimos que – el ejemplo más grandioso – esta pregonada «Sociedad de Naciones», que intentaba repartir derechos para administrar Estados, dividir el mundo, esta pregonada alianza resultó ser una fanfarronería que se deshizo inmediatamente, porque la fundaban sobre la propiedad capitalista. Lo vimos en la escala histórica más grande; esto confirma la verdad fundamental sobre cuyo reconocimiento basábamos nuestra razón, nuestra seguridad absoluta en la victoria de la Revolución de Octubre, en que emprendemos una causa a la que, a pesar de toda la dificultad, a pesar de todos los obstáculos, se unirán millones y millones de trabajadores en todos los países. Sabíamos que tenemos aliados, que hay que saber mostrar sacrificio personal en un país, al que la historia ha encomendado la tarea honrosa y dificilísima, para que los sacrificios inauditos se compensen cien veces, porque cada mes que vivamos en nuestro país nos dará millones y millones de aliados en todos los países.

Si, finalmente, pensamos por qué resultó que pudimos vencer, que debíamos vencer, es solo porque todos nuestros enemigos, formalmente ligados por cualquier vínculo con los gobiernos más poderosos del mundo y representantes del capital – por muy unidos que estuvieran formalmente –, resultaron desunidos; su vínculo interno, en esencia, los desunía, los lanzaba unos contra otros, y la propiedad capitalista los descomponía, los convertía de aliados en fieras salvajes, de modo que no veían que la Rusia Soviética aumentaba el número de sus partidarios entre los soldados ingleses desembarcados en Arjánguelsk, entre los marineros franceses desembarcados en Sebastopol, entre los obreros de todos los países donde los socialtraidores se pusieron del lado del capital en todos los países avanzados sin excepción. Y esta causa fundamental, la causa más profunda, en última instancia nos dio la victoria más segura; fue la fuente que continúa siendo la fuente más importante, inconquistable e inagotable de nuestra fuerza y que nos permite decir que, cuando realicemos en nuestro país plenamente la dictadura del proletariado, la máxima unificación de sus fuerzas a través de la vanguardia, a través de su Partido avanzado, podemos esperar la revolución mundial. Y esto es en realidad la expresión de la voluntad, la expresión de la decisión proletaria de lucha, la expresión de la decisión proletaria de la unión de millones y decenas de millones de obreros en todos los países.

Esto los señores burgueses y los supuestos socialistas de la II Internacional lo declararon frases de agitación. No, esto es una realidad histórica, confirmada por la experiencia sangrienta y dura de la guerra civil en Rusia, pues esta guerra civil fue una guerra contra el capital mundial, y este capital se descomponía por sí mismo en la pelea, se devoraba a sí mismo, mientras nosotros salíamos más templados, más fuertes, en un país de un proletariado que muere de hambre, de tifus. En este país, uníamos a trabajadores nuevos y nuevos. Lo que antes parecía a los conciliadores una frase de agitación, de lo que la burguesía solía reírse, este año de nuestra revolución, y sobre todo el año del informe, lo ha convertido definitivamente en un hecho histórico indiscutible, que permite decir con la mayor seguridad positiva: si hicimos esto, con ello se confirma que tenemos una base mundial, infinitamente más amplia que en cualquier revolución anterior. Tenemos una alianza internacional que no está registrada en ninguna parte, no está formalizada, no representa nada desde el punto de vista del «derecho estatal», pero en realidad, en el mundo capitalista en descomposición, lo representa todo. Cada mes, cuando conquistábamos posiciones o simplemente nos manteníamos contra un enemigo increíblemente poderoso, demostraba a todo el mundo que teníamos razón y nos daba nuevos millones de hombres.

Este proceso parecía difícil, iba acompañado de gigantescas derrotas. Al inaudito terror blanco en Finlandia{102} siguió, precisamente en el año del informe, la derrota de la revolución húngara, que fue estrangulada por los representantes de la Entente, mediante un tratado secreto con Rumanía, engañando a sus parlamentos.

Fue la traición más vil, una conspiración de la Entente internacional para estrangular la revolución húngara mediante el terror blanco, sin hablar de cómo recurrieron a todo tipo de acuerdos con los conciliadores alemanes para estrangular la revolución alemana{103}; cómo esas personas, que declararon a Liebknecht un alemán honesto, se abalanzaron sobre ese alemán honesto como perros rabiosos, junto con los imperialistas alemanes. Superaron todo lo que se podía, y cada una de esas represiones por su parte solo nos fortalecía, nos reforzaba, minaba el terreno bajo sus pies.

Y creo que esta experiencia fundamental que hemos realizado debe ser tenida en cuenta por nosotros sobre todo. Aquí debemos pensar sobre todo en hacer base de nuestra agitación y propaganda el análisis, la explicación de por qué vencimos, por qué estos sacrificios de la guerra civil se compensaron cien veces y cómo hay que actuar sobre la base de esta experiencia para obtener la victoria en otra guerra, la guerra en el frente incruento, en la guerra que solo ha cambiado de forma, pero que libran contra nosotros los mismos viejos representantes, servidores y caudillos del viejo mundo capitalista, solo que aún más reacios, furiosos y ardientes. En nuestra revolución, más que en cualquier otra, se confirmó la ley de que la fuerza de la revolución, la fuerza del empuje, la energía, la decisión y el triunfo de su victoria fortalecen al mismo tiempo la fuerza de resistencia de la burguesía. Cuanto más vencemos, más aprenden los explotadores capitalistas a unirse y pasan a ofensivas más decididas. Pues todos recordáis muy bien – no fue hace tanto tiempo desde el punto de vista temporal, pero sí hace mucho desde el punto de vista de los acontecimientos actuales –, recordáis que al bolchevismo se le consideraba al comienzo de la Revolución de Octubre como una curiosidad; y si en Rusia hubo que renunciar muy pronto a este punto de vista, también en Europa se renunció a este punto de vista, que era expresión del subdesarrollo, de la debilidad de la revolución proletaria. El bolchevismo se convirtió en un fenómeno mundial, la revolución obrera levantó la cabeza. El sistema soviético, en el que, al crearlo en octubre, seguíamos los preceptos de 1905, elaborando nuestra propia experiencia, este sistema soviético resultó ser un fenómeno histórico mundial.

Ahora dos campos, con plena conciencia, están frente a frente, en escala mundial, sin la menor exageración. Hay que señalar que solo durante este año se colocaron frente a frente en una lucha decisiva y final, y ahora, precisamente durante el congreso, vivimos quizás uno de los momentos más grandes, más agudos, inconclusos, de transición de la guerra a la paz.

Todos sabéis cómo los caudillos de las potencias imperialistas de la Entente, que gritaban al mundo entero: «nunca cesaremos la guerra con los usurpadores, salteadores, secuestradores del poder, enemigos de la democracia, bolcheviques» – sabéis cómo primero levantaron el bloqueo, cómo fracasó su intento de unir a los pequeños Estados, porque supimos atraer a nuestro lado no solo a los obreros de todos los países, sino que logramos atraer también a la burguesía de los pequeños países, porque los imperialistas son opresores no solo de los obreros de sus países, sino también de la burguesía de los pequeños Estados. Sabéis cómo atrajimos a nuestro lado a la burguesía vacilante dentro de los países avanzados, y he aquí que ha llegado el momento en que la Entente viola sus antiguas promesas, preceptos, viola sus tratados, que, entre otras cosas, concluyó decenas de veces con diferentes guardias blancos rusos, y ahora con esos tratados se queda con las manos vacías, porque en esos tratados gastó cientos de millones y no llevó el asunto hasta el final.

Ahora, levantado el bloqueo, ha iniciado de hecho negociaciones de paz con la República Soviética, y ahora no lleva estas negociaciones hasta el final, por lo que los pequeños Estados han perdido la fe en ella, la fe en sus fuerzas. Vemos que la situación de la Entente, su situación exterior, no se presta en absoluto a ser determinada desde el punto de vista de los conceptos habituales de la jurisprudencia. Los Estados de la Entente con los bolcheviques no están ni en paz ni en guerra; tienen tanto reconocimiento como no reconocimiento de nosotros. Y esta descomposición total de nuestros adversarios, que estaban seguros de que representaban algo, demuestra que no representan nada más que un puñado de fieras capitalistas, reñidas entre sí y completamente impotentes para hacernos nada.

Ahora la situación es tal que Letonia nos ha hecho oficialmente proposiciones de paz{104}; Finlandia ha enviado un telegrama en el que se habla oficialmente de la línea de demarcación, pero en esencia es una transición a la política de paz{105}. Por fin, Polonia, esa Polonia cuyos representantes especialmente hacían sonar las armas y continúan sonándolas, esa Polonia que ha recibido y recibe la mayor cantidad de trenes con artillería y promesas de ayuda, con tal de que Polonia continuara la lucha contra Rusia, incluso esa Polonia, cuya inestable situación del gobierno le obliga a ir a cualquier aventura de guerra, esa Polonia ha enviado una invitación para abrir negociaciones de paz{106}. Hay que ser sumamente prudente. Nuestra política exige sobre todo una actitud atenta. Aquí es más difícil encontrar la línea correcta, porque nadie sabe aún cuáles son los raíles sobre los que está el tren – el propio enemigo no sabe qué hará después. Los señores representantes de la política francesa, que son los que más incitan a Polonia, y los caudillos de la Polonia terrateniente y burguesa no saben qué pasará después, no saben qué quieren. Hoy dicen: «Señores, varios trenes de cañones, varios cientos de millones, y estamos dispuestos a guerrear con los bolcheviques». Ocultan las noticias sobre las huelgas que se extienden en Polonia, presionan a la censura para ocultar la verdad. Y el movimiento revolucionario allí aumenta. El crecimiento revolucionario en Alemania, en su nueva fase, en su nueva etapa, cuando los obreros, después de la kornilovada alemana, crean ejércitos rojos, dice directamente (los últimos telegramas de allí) que los obreros se enardecen cada vez más. En la conciencia de los propios representantes de la Polonia burguesa y terrateniente empieza a penetrar el pensamiento: «¿No será demasiado tarde?, ¿no será antes la República Soviética en Polonia que la realización de un acto estatal, pacífico o militar?» No saben qué hacer. No saben qué les traerá el día de mañana.

Sabemos que cada mes nos da un gigantesco fortalecimiento de nuestras fuerzas y dará más. Por eso estamos ahora, en el aspecto internacional, más firmes que nunca. Pero debemos tratar la crisis internacional con extraordinaria atención y disposición a encontrarnos con cualquier sorpresa. Tenemos una proposición formal de paz de Polonia. Estos señores se encuentran en una situación desesperada, tan desesperada que sus amigos, los monárquicos alemanes, personas más cultas, con mayor experiencia política y conocimiento, se lanzaron a una aventura, a la kornilovada. La burguesía polaca lanza una proposición de paz, sabiendo que la aventura puede ser una kornilovada polaca. Sabiendo que nuestro adversario se encuentra en una situación desesperadamente difícil – un adversario que no sabe qué quiere hacer, qué hará mañana –, debemos decirnos con toda firmeza que, a pesar de que hubo una proposición de paz, la guerra es posible. Es imposible prever su comportamiento ulterior. Hemos visto a estas personas, conocemos a estos Kerenski, mencheviques y eseritas. Durante estos dos años hemos visto cómo hoy los empujaba hacia Kolchak, mañana casi hacia los bolcheviques, luego hacia Denikin, y todo ello se cubría con frases sobre la libertad y la democracia. Conocemos a estos señores, por eso nos agarramos con ambas manos a la proposición de paz, yendo a las máximas concesiones, seguros de que la paz con los pequeños Estados impulsará el asunto adelante una cantidad infinitamente mayor de veces que la guerra, porque con la guerra los imperialistas engañaban a las masas trabajadoras, ocultaban bajo ella la verdad sobre la Rusia Soviética, por eso toda paz abrirá cien veces más y más ampliamente el camino a nuestra influencia. Ella es ya grande durante estos años. La III Internacional Comunista ha obtenido victorias inauditas. Pero sabemos al mismo tiempo que la guerra puede sernos impuesta cualquier día. Nuestros adversarios mismos no saben aún de qué son capaces a este respecto.

Que se hacen preparativos militares, no hay duda alguna. A este armamento estatal recurren ahora muchos vecinos de Rusia y, quizás, muchos Estados no vecinos. He aquí por qué tenemos que maniobrar sobre todo en nuestra política internacional y mantenernos con la mayor firmeza en el rumbo que hemos tomado, y estar preparados para todo. La guerra por la paz la llevamos a cabo con extraordinaria energía. Esta guerra da magníficos resultados. En este campo de lucha nos hemos manifestado de la mejor manera, en todo caso no peor que en el campo de actividad del Ejército Rojo, en el frente sangriento. Pero no depende de la voluntad de los pequeños Estados, aunque quisieran la paz, no depende de su voluntad la conclusión de la paz con nosotros. Están enteramente endeudados hasta el cuello con los países de la Entente, y allí hay una disputa y rivalidad desesperadas entre ellos. Por eso debemos recordar que la paz, desde el punto de vista de la escala histórica mundial, basada en la guerra civil y la guerra contra la Entente, es, por supuesto, posible.

Pero nuestros pasos hacia la paz debemos acompañarlos con la tensión de toda nuestra preparación militar, sin desarmar en absoluto a nuestro ejército. Nuestro ejército es la garantía real de que las potencias imperialistas no harán el menor intento, la menor agresión, porque aunque pudieran contar con algunos éxitos efímeros al principio, ninguna de ellas quedaría sin ser derrotada por la Rusia Soviética. Esto debemos saberlo, esto debe ser la base de nuestra agitación y propaganda, y a esto debemos saber prepararnos y resolver la tarea que, con la creciente fatiga, obliga a unir lo uno y lo otro.

Paso a las consideraciones principales más importantes que nos obligaban a dirigir con decisión a las masas trabajadoras por el camino de la utilización del ejército para resolver las tareas fundamentales y más urgentes. La vieja fuente de disciplina, el capital, está debilitada; la vieja fuente de unificación ha desaparecido. Debemos crear una disciplina distinta, otra fuente de disciplina y unificación. Lo que es coacción provoca indignación y gritos, y ruido, y aullidos de la democracia burguesa, que corre con las palabras «libertad» e «igualdad», sin comprender que la libertad para el capital es un crimen contra los obreros, que la igualdad del saciado y el hambriento es un crimen contra los trabajadores. Nosotros, en nombre de la lucha contra la mentira, nos colocamos en que realizamos el servicio laboral y la unificación de los trabajadores, sin temer en absoluto la coacción, pues ninguna revolución se ha hecho sin coacción, y el proletariado tiene derecho a ejercer la coacción para conservar lo suyo a toda costa. Cuando los señores burgueses, los señores conciliadores, los señores «independientes» alemanes, los «independientes» austriacos y los longuetistas franceses discutían sobre el factor histórico, olvidaban siempre tal factor como la decisión revolucionaria, la firmeza y la inflexibilidad del proletariado. Y esto es precisamente la inflexibilidad y el temple del proletariado de nuestro país, que se decía a sí mismo y a los demás y demostró en la práctica que pereceremos todos hasta el último antes que entregar nuestro territorio, antes que ceder nuestro principio, el principio de disciplina y política firme, por el que todos debemos sacrificarlo todo. En el momento de descomposición de los países capitalistas, de la clase capitalista, en el momento de su desesperación y crisis, decide solo este factor político. Las frases sobre la minoría y la mayoría, sobre la democracia y la libertad no deciden nada, por mucho que los héroes del período histórico anterior las señalen. Aquí deciden la conciencia y la firmeza de la clase obrera. Si está dispuesta al sacrificio personal, si ha demostrado que sabe tensar todas sus fuerzas, entonces esto resuelve la tarea. Todo para resolver esta tarea. La decisión de la clase obrera, su inflexibilidad para realizar su consigna – «pereceremos antes que rendirnos» – no solo es un factor histórico, sino también un factor decisivo, victorioso.

De esta victoria, de esta seguridad, pasamos, y hemos llegado a aquellas tareas de la edificación económica pacífica, cuya solución constituye la función principal de nuestro congreso. A este respecto, no se puede hablar, en mi opinión, del informe del Buró Político del CC o, mejor dicho, del informe político del CC; hay que decir directa y abiertamente: sí, camaradas, esta es una cuestión que vosotros resolveréis, que debéis ponderar con la autoridad de la más alta instancia del Partido. Esta cuestión la hemos esbozado ante vosotros con claridad. Hemos ocupado una posición determinada. Vuestro deber es confirmar definitivamente, corregir o modificar nuestra decisión. Pero el CC en su informe debe decir que en esta cuestión fundamental, candente, ha ocupado una posición completamente determinada. Sí, ahora la tarea consiste en aplicar a las tareas pacíficas de la edificación económica, a las tareas de restauración de la producción destruida, todo lo que puede concentrar el proletariado, su unidad absoluta. Aquí se necesita una disciplina de hierro, un régimen de hierro, sin el cual no habríamos resistido no ya dos años y pico, sino ni siquiera dos meses. Hay que saber aplicar nuestra victoria. Por otro lado, hay que comprender que esta transición exige muchos sacrificios, que ya de por sí ha hecho el país.

El aspecto principal del asunto estaba claro para el CC. Toda nuestra actividad estuvo subordinada a esta política, dirigida en este espíritu. Tal cuestión, por ejemplo, que parece un detalle, que por sí misma, si se la arrancara de su conexión, no puede, por supuesto, pretender un significado principal fundamental – la cuestión de la colegialidad y la unicidad, que vosotros vais a resolver –, debe ser planteada a toda costa bajo el ángulo de las adquisiciones fundamentales de nuestro conocimiento, de nuestra experiencia, de nuestra práctica revolucionaria. Se nos dice, por ejemplo: «La colegialidad es una de las formas de participación de las masas amplias en la administración». Pero nosotros en el CC sobre esta cuestión hemos hablado, hemos decidido, y debemos dar cuenta ante vosotros: camaradas, no se puede tolerar tal confusión teórica. Si en la cuestión fundamental de nuestra actividad militar, de nuestra guerra civil, hubiéramos permitido una décima parte de tal confusión teórica, habríamos sido derrotados, y con razón.

Permitidme, camaradas, en relación con el informe del CC y en relación con la cuestión de la participación de la nueva clase en la administración sobre la base de la colegialidad o la dirección unipersonal, introducir un poco de teoría, señalar cómo administra una clase, en qué se expresa el dominio de una clase. Pues nosotros en este aspecto no somos novatos, y nuestra revolución se diferencia de las revoluciones anteriores en que en nuestra revolución no hay utopismo. Si en lugar de la vieja clase ha llegado una nueva, solo en una lucha furiosa contra otras clases se mantendrá, y solo en ese caso vencerá hasta el final, si logra llevar a la aniquilación de las clases en general. Un proceso gigantesco y complejo de lucha de clases plantea el asunto así; de lo contrario, os hundiréis en el pantano de la confusión. ¿En qué se expresa el dominio de una clase? ¿En qué se expresaba el dominio de la burguesía sobre los feudales? En la constitución se escribía sobre la libertad, sobre la igualdad. Esto es mentira. Mientras haya trabajadores, los propietarios son capaces e incluso están obligados, como propietarios, a especular. Nosotros decimos que no hay igualdad, el saciado no es igual al hambriento y el especulador no es igual al trabajador.

¿En qué se expresa ahora el dominio de la clase? El dominio del proletariado se expresa en que se ha expropiado la propiedad terrateniente y capitalista. El espíritu, el contenido fundamental de todas las constituciones anteriores, hasta la republicana, democrática, se reducía a una sola propiedad. Nuestra Constitución tiene derecho y se ha ganado el derecho a la existencia histórica porque no solo en el papel está escrito que se suprime la propiedad. El proletariado victorioso ha suprimido y destruido hasta el final la propiedad; he aquí en qué consiste el dominio de la clase. Ante todo, en la cuestión de la propiedad. Cuando se resolvió prácticamente la cuestión de la propiedad, con ello quedó asegurado el dominio de la clase. Cuando la Constitución escribió después en el papel lo que la vida había decidido – la supresión de la propiedad capitalista, terrateniente – y añadió: la clase obrera según la Constitución tiene más derechos que el campesinado, y los explotadores no tienen ningún derecho –, con ello se escribió que habíamos realizado el dominio de nuestra clase, con lo que ligamos a nosotros a los trabajadores de todos los estratos y pequeños grupos.

Los pequeños propietarios están divididos; aquellos entre ellos que tienen mayor propiedad son enemigos de los que tienen menos, y los proletarios, al suprimir la propiedad, les declaran una guerra abierta. Hay todavía muchas personas inconscientes, oscuras, que están enteramente por cualquier comercio libre, pero que, cuando ven la disciplina, el sacrificio personal en la victoria sobre los explotadores, no pueden guerrear, no están por nosotros, pero son impotentes para actuar contra nosotros. Solo el dominio de la clase determina la relación de propiedad y la relación de qué clase está arriba. Quien vincula la cuestión de en qué se expresa el dominio de la clase con la cuestión del centralismo democrático, como observamos a menudo, introduce tal confusión que ningún trabajo exitoso puede realizarse sobre esta base. La claridad de la propaganda y la agitación es la condición fundamental. Si nuestros adversarios decían y reconocían que hicimos milagros en el desarrollo de la agitación y la propaganda, esto hay que entenderlo no exteriormente, que teníamos muchos agitadores y se gastó mucho papel, sino que hay que entenderlo interiormente: que la verdad que había en esta agitación se abría paso en las cabezas de todos. Y de esta verdad no se puede desviar.

Cuando las clases se sucedían, cambiaban la relación con la propiedad. La burguesía, al suceder al feudalismo, cambió la relación con la propiedad; la constitución de la burguesía dice: «Quien tiene propiedad, es igual al que es mendigo». Esta era la libertad de la burguesía. Esta «igualdad» daba el dominio en el Estado a la clase capitalista. Y qué – ¿creéis que cuando la burguesía sucedió al feudalismo, confundía el Estado con la administración? No, no eran tan tontos, decían que para administrar hay que tener personas que sepan administrar, para ello tomaremos a los feudales y los transformaremos. Así lo hicieron. ¿Y eso fue un error? No, camaradas, la capacidad de administrar no cae del cielo ni viene por el espíritu santo, y por el hecho de que una clase dada sea la clase avanzada, no se vuelve inmediatamente capaz de administrar. Lo vemos con el ejemplo: mientras la burguesía vencía, tomaba para administrar a personas salidas de otra clase, la feudal, y de otro modo no había de dónde tomarlas. Hay que mirar las cosas con serenidad: la burguesía tomaba a la clase anterior, y ahora nosotros tenemos también la tarea de saber tomar, subordinar, utilizar su conocimiento, preparación, aprovechar todo esto para la victoria de la clase. Por eso decimos que la clase vencedora debe ser madura, y la madurez se testimonia no con una cartilla o un certificado, sino que se testimonia con la experiencia, la práctica.

Los burgueses vencieron sin saber administrar, y se aseguraron la victoria declarando una nueva constitución y reclutando, tomando administradores de su clase y comenzaron a aprender, utilizando administradores de la clase anterior, y comenzaron a enseñar a sus nuevos, a prepararlos para la administración, poniendo en marcha para ello todo el aparato del Estado, incautando las instituciones feudales, poniendo en la escuela a los que son ricos, y así, a lo largo de largos años y decenios, prepararon administradores de su clase. Hoy en el Estado, organizado a imagen y semejanza de la clase dominante, hay que hacer como se hacía en todos los Estados. Si no queremos colocarnos en la posición del utopismo más puro y de frases vacías, debemos decir que debemos tener en cuenta la experiencia de los años anteriores, que debemos asegurar la Constitución conquistada por la revolución, pero para la administración, para la organización del Estado, debemos tener personas que posean la técnica de la administración, que tengan experiencia estatal y económica, y a tales personas no tenemos de dónde tomarlas más que de la clase anterior.

Muy a menudo la argumentación sobre la colegialidad está impregnada del espíritu más ignorante, del espíritu de anti-especialismo. Con tal espíritu no se puede vencer. Para vencer, hay que comprender toda la profundísima historia del viejo mundo burgués, y para construir el comunismo, hay que tomar la técnica y la ciencia y ponerlas en marcha para círculos más amplios, y no hay de dónde tomarlas más que de la burguesía. Esta cuestión fundamental hay que plantearla de relieve, hay que colocarla entre las tareas fundamentales de la edificación económica. Debemos administrar con ayuda de personas salidas de la clase que hemos derrocado – personas que están impregnadas de los prejuicios de su clase y a las que debemos reeducar. Junto con esto, debemos reclutar a nuestros administradores de las filas de nuestra propia clase. Debemos emplear todo el aparato del Estado para que los centros de enseñanza, la educación extraescolar, la preparación práctica – todo esto vaya, bajo la dirección de los comunistas, para los proletarios, para los obreros, para los campesinos trabajadores.

Solo así podemos plantear el asunto. Después de nuestra experiencia de dos años, no podemos razonar como si fuera la primera vez que nos pusiéramos a la edificación socialista. Cometimos suficientes tonterías en el período de Smolny y en los alrededores de Smolny. No hay nada vergonzoso en ello. ¿De dónde íbamos a tener inteligencia cuando por primera vez emprendíamos una obra nueva? Lo probamos de una manera, lo probamos de otra. Navegábamos a la deriva, porque no se podía separar el elemento correcto del incorrecto – para eso se necesita tiempo. Ahora esto es un pasado no lejano, del que hemos salido. Ese pasado, en el que reinaban el caos y el entusiasmo, ha pasado. Documento de ese pasado es la Paz de Brest. Es un documento histórico, más aún, es un período histórico. La Paz de Brest nos fue impuesta porque éramos impotentes en todos los terrenos. ¿Qué fue ese período? Fue un período de impotencia, del que salimos vencedores. Fue un período de colegialidad absoluta. De este hecho histórico no se puede saltar cuando se dice que la colegialidad es la escuela de la administración. ¡No se puede estar todo el tiempo sentado en la clase preparatoria de la escuela! (Aplausos.) Eso no pasará. Ahora somos adultos, y nos zurrarán y zurrarán en todos los terrenos si actuamos como colegiales. Hay que avanzar. Hay que elevarse con energía, con unidad de voluntad. Sobre los sindicatos recaen gigantescas dificultades. Hay que lograr que asimilen esta tarea en el espíritu de lucha contra los restos del pregonado democratismo. Todos estos gritos sobre los designados, toda esta vieja y dañina basura que encuentra lugar en diferentes resoluciones, conversaciones, debe ser barrida. De lo contrario, no podemos vencer. Si en estos dos años no hemos asimilado esta lección, estamos rezagados, y los rezagados serán vencidos.

La tarea es sumamente difícil. Nuestros sindicatos han prestado una ayuda gigantesca en la edificación del Estado proletario. Fueron el eslabón que unía al Partido con la masa millonaria y oscura. No juguemos al escondite: los sindicatos llevaron sobre sus hombros toda la tarea de lucha contra nuestras calamidades, cuando hubo que ayudar al Estado en el trabajo de abastecimiento. ¿Acaso no fue esta una tarea grandísima? Recientemente ha salido el «Boletín de la Dirección Central de Estadística»{107}. Allí se resumen los resultados por estadísticos a los que no se puede sospechar de bolchevismo de ninguna manera. Allí hay dos cifras interesantes: en 1918 y 1919, los obreros de las provincias consumidoras recibían 7 puds, mientras que los campesinos de las provincias productoras consumían 17 puds al año. Antes de la guerra, ellos mismos consumían 16 puds al año. He aquí dos cifras que muestran la correlación de clases en la lucha por el abastecimiento. El proletariado continuó haciendo sacrificios. ¡Gritan sobre la violencia! Pero él justificó y legalizó esta violencia y demostró la corrección de esta violencia por el hecho de que hizo los mayores sacrificios. La mayoría de la población, los campesinos de las provincias productoras de nuestra Rusia hambrienta y arruinada, por primera vez comieron mejor que durante cientos de años en la Rusia zarista y capitalista. Y diremos que las masas pasarán hambre hasta que venza el Ejército Rojo. Era necesario que la vanguardia de la clase obrera hiciera este sacrificio. Tiene escuela en esta lucha; saliendo de esta escuela, debemos seguir adelante. Ahora hay que dar este paso a toda costa. Como todo sindicato, los viejos sindicatos tienen su historia y su pasado. En ese pasado fueron órganos de resistencia contra quien oprimía el trabajo, contra el capitalismo. Pero cuando la clase se ha convertido en clase estatal y ahora tiene que hacer grandes sacrificios, perecer y pasar hambre, la situación ha cambiado.

No todos comprenden este cambio y no todos profundizan en él. Aquí nos ayudan algunos mencheviques y eseritas, que exigen la sustitución de la dirección unipersonal por la colegialidad. Disculpad, camaradas, ¡eso no pasará! Nos hemos desacostumbrado a eso. Ante nosotros tenemos ahora una tarea muy compleja: vencido en el frente sangriento, vencer en el frente incruento. Esta guerra es más difícil. Este frente es el más duro. Esto lo decimos abiertamente a todos los obreros conscientes. Después de la guerra que resistimos en el frente, debe venir una guerra incruenta. Resulta una situación tal que cuanto más vencíamos, más regiones aparecían como Siberia, Ucrania y Kubán. Allí hay campesinos ricos, allí no hay proletarios, y si hay proletariado, está corrompido por las costumbres pequeño-burguesas, y sabemos que allí todo el que tiene un pedazo de tierra dice: «Me importa un comino el gobierno. Al hambriento le sacaré lo que se me antoje, y el gobierno me importa un comino». Al campesino especulador, que, abandonado a Denikin, vaciló hacia nuestro lado, ahora le ayudará la Entente. La guerra ha cambiado de frente y de formas. Ahora lucha con el comercio, con la especulación, la ha hecho internacional. En las tesis del camarada Kámenev, que fueron publicadas en las «Izvestia del CC»{108}, la base principal de esto está expresada plenamente. Quieren hacer internacional la especulación. Quieren convertir la edificación económica pacífica en una descomposición pacífica del Poder Soviético. Disculpad, señores imperialistas, estamos alerta. Decimos: hemos guerreado y vencido, y por eso continuamos colocando como consigna fundamental la que nos ayudó a vencer. La conservamos íntegramente y la trasladamos al terreno laboral, precisamente la consigna de firmeza y unidad de voluntad del proletariado. Los viejos prejuicios, las viejas costumbres que han quedado, hay que terminar con ellas.

Puedo detenerme, para concluir, en el folleto del camarada Gúsev{109}, que, en mi opinión, merece atención en dos aspectos: es bueno no solo desde el punto de vista formal, no solo porque está escrito para nuestro congreso. Hasta ahora, por alguna razón, todos solíamos escribir resoluciones. Dicen que todos los géneros de literatura son buenos, excepto los aburridos. Las resoluciones, supongo, deben ser consideradas como un género aburrido de literatura. Sería mejor si nosotros, siguiendo el ejemplo del camarada Gúsev, escribiéramos menos resoluciones y más folletos, aunque tuvieran tal cantidad de errores de los que abunda su folleto. Pero a pesar de estos errores, es lo mejor, porque en él se coloca en el centro de atención el plan económico fundamental de restauración de la industria y la producción de todo el país, porque en él todo está subordinado al plan económico fundamental. El Comité Central ha introducido en sus tesis, que se han repartido hoy, todo un párrafo que tomó íntegramente de las tesis del camarada Gúsev. Podemos, con ayuda de los especialistas, elaborar aún más detalladamente este plan económico fundamental. Debemos recordar que este plan está calculado para muchos años. No prometemos librar al país del hambre inmediatamente. Decimos que la lucha será más difícil que en el frente de combate, pero nos interesa más, constituye un acercamiento más próximo a nuestras verdaderas tareas fundamentales. Exige la máxima tensión de fuerzas, esa unidad de voluntad que manifestamos antes y que debemos manifestar ahora. Si resolvemos esta tarea, entonces obtendremos una victoria no menor en el frente incruento que en el frente de la guerra civil. (Aplausos.)