En los últimos tiempos se ha manifestado claramente un viraje en la lucha contra la deserción. En una serie de provincias, el desertor ha comenzado a regresar al ejército en masa; el desertor, sin exageración, ha afluido en tropel al Ejército Rojo. La causa es, en primer lugar, el trabajo más hábil y más sistemático de los camaradas del partido; en segundo lugar, la creciente conciencia del campesinado de que Kolchak y Denikin traen consigo el restablecimiento de un orden peor que el zarista, la restauración de la esclavitud de obreros y campesinos, los azotes, el saqueo, la vejación por parte de los oficiales y los hidalguillos.

Es necesario, por lo tanto, dedicarse por doquier y con todas las fuerzas al trabajo entre los desertores y para el retorno de los desertores al ejército. Esta es una de las primeras y más acuciantes tareas.

Incidentalmente. La posibilidad de influir sobre los desertores mediante la persuasión y el éxito de tal influencia muestran unas relaciones completamente peculiares del Estado obrero con el campesinado, a diferencia del Estado terrateniente y capitalista. La opresión del palo o la opresión del hambre: he ahí la única fuente de disciplina para estas dos últimas formas de Estado. Para el Estado obrero o para la dictadura del proletariado es posible otra fuente de disciplina: la persuasión de los campesinos por los obreros, su alianza fraternal. Cuando se escuchan los relatos de testigos presenciales de que en tal o cual provincia (por ejemplo, en la de Riazán) retornan voluntariamente miles y miles de desertores, de que en los mítines la apelación a los «camaradas desertores» tiene a veces un éxito indescriptible, entonces uno empieza a representarse cuánta fuerza, aún no utilizada por nosotros, reside en esa alianza fraternal de obreros y campesinos. El campesino tiene un prejuicio que lo lleva tras el capitalista, tras el eserista, tras la «libertad de comercio», pero tiene también la razón, que lo conduce cada vez más a la alianza con el obrero.